Pienso que sí.
ANARDA. Malas nuevas te dé Dios.
HERNANDO. (Mal disimula quien ama.) [_Ap_.]
ANARDA. ¿Puede saberse la dama?
HERNANDO. Oso decir que sois vos.
ANARDA. Pues, ¿cuándo me ha visto?
HERNANDO. Ahora.
ANARDA. Y ¿cómo sabéis que aquí
se ha enamorado de mí?
HERNANDO. Porque sé que os vio, señora.
ANARDA. ¿Lisonjas?
HERNANDO. Verdades son,
de que tengo algún indicio.
JULIA. Que viene el conde Mauricio.
ANARDA. Pues huyamos la ocasión.
[Sale el CONDE Mauricio y LEONARDO.
Se quedan en el fondo observando a las damas]
[ESCENA VIII]
LEONARDO. Lince eres en conocellas.
CONDE. Ciega amor y vista da.
¿Cúyo criado será
el que está hablando con ellas?
ANARDA. Tu nombre...
HERNANDO. Hernando es mi nombre.
ANARDA. ¿De qué?
HERNANDO. Hernando, cerrilmente,
que no le sirve al sirviente
más que el nombre el sobrenombre.
ANARDA. Mucho tu modo me obliga.
Gusto me ha dado tu humor.
HERNANDO. Eso, hablando a lo señor...
[Hablan aparte doña ANARDA y doña JULIA]
ANARDA. Dile, Julia, que nos siga,
como que sale de ti.
JULIA. (Tu mismo fuego me abrasa.) Aparte
Ven a saber nuestra casa,
que he de hablarte.
HERNANDO. Harélo así.
[Vanse las damas]
¡Pobretilla! ¿Ya me quieres?
Las armas de amor trajimos,
que un hombre a matar venimos,
y hemos muerto dos mujeres.
[Vase HERNANDO]
LEONARDO. El coche toman. Huyendo
van de ti, señor.
CONDE. Cuidado me da, Leonardo, el criado.
¿Ves cómo las va siguiendo?
LEONARDO. ¿Qué determinas?
CONDE. Saber
quién es su dueño y su intento,
que amor me forma del viento
mil visiones que temer.
[Vanse el CONDE y LEONARDO. Salen el PRINCIPE,
con gabán y ballesta, GARCIA y don JUAN]
[ESCENA IX]
GARCIA. Supuesto que obedecer
es forzoso a vuestra Alteza,
oya a quien ha ejercitado
más la espada que la lengua.
Garci-Ruiz de Alarcón
es mi nombre, en las fronteras
berberiscas más temido
que conocido en las vuestras.
Vasallos tengo en la Mancha,
que mis pasados heredan
del Zavallos, que a Castilla
abrió de Alarcón las puertas.
En ciñéndome la espada,
fuí a serviros a la guerra;
que heredar honra es ventura,
y valor es merecella.
Callar quiero mis hazañas
pues que la fama os las cuenta,
y en la tierra las escriben
ríos de sangre agarena.
Habrá, pues, señor, seis años
que en la batalla sangrienta
que tuvimos con los Moros
en Jerez de la Frontera,
militó Don Juan de Luna,
de cuyos rayos pudiera
el mismo sol envidiar
fuego para sus saetas,
porque su valiente espada
era encendido cometa
que a fuego y sangre amenaza
la berberisca potencia.
Al trabar la escaramuza,
con tan animosa fuerza
las huestes de África embisten,
que las de Castilla afrentan.
Desbaratados los nuestros
olvidaron su soberbia,
y aun volvieron las espaldas;
que esto es verdad, si es vergüenza.
Yo, despechado de ver
tan nunca usada flaqueza,
atájelos con la espada,
castiguélos con la lengua.
O se deba a mis razones,
o al valor dellos se deba,
corridos los castellanos
repararon la carrera,
y en nuevo Marte encendidos,
revuelven con tal violencia,
que más pareció el huir
artificio que flaqueza.
Vos, señor, al fin vencistes;
que son los reyes planetas,
y las obras del vasallo
se deben a su influencia.
Pues como yo fuí la causa
de que los nuestros volvieran,
por autor de la vitoria
todo el campo me celebra:
con que en algunos cobardes
la envidia tósigo siembra;
que la pensión de las dichas
es la emulación que engendran.
Juntos, pues, los envidiosos,
a fabricar mis afrentas,
a Don Juan de Luna eligen
para el instrumento dellas.
Solo en su valor confían,
y en la confianza aciertan,
pues a lo que él se atrevió,
nadie, sin él, se atreviera.
Dícenle, para incitallo
a la venganza que intentan,
que de su espada y valor
he hablado mal en su ausencia;
que he dicho que las espaldas
suyas, fueron las primeras,
que vieron los enemigos
en la pasada refriega.
Uno el agravio denuncia,
los otros con él contestan,
y él con falsa información
justamente me condena.
Y estando en corrillo un día
con otros soldados, llega
determinando Don Juan,
diciendo desta manera:
--Yo soy Don Juan, cuya Luna,
de gloriosos rayos llena,
el honor de mis pasados,
con ser inmenso, acrecienta;
vos habéis dicho de mí
que soy cobarde en la guerra,
sabiendo que en valentía
os venzo, como en nobleza.
--¡Mentís en todo!, le dije;
mas húbelo dicho apenas,
cuando le tiró en un guante
a mi honor una saeta;
que si bien no me llegó,
es por la desdicha nuestra
el honor tan delicado,
que del intento se quiebra.
Saqué a vengarme la espada,
y él la suya en su defensa,
que de dos humanos Joves
dos rayos vibrados eran:
y a no impedírnoslo tantos,
no digo yo cuál muriera;
que con ventura se vence,
si con valor se pelea.
Al fin, no pude romper
muros de espadas opuestas;
que aunque el valor las excede,
no las igualan las fuerzas.
Ausentóseme Don Juan,
y yo, en sabiendo quién eran
los autores del engaño
de que resultó mi ofensa,
los dos, de tres, arrojé
al mar desde una galera:
por las bocas me ofendieron,
y entró la muerte por ellas.
El tercero se ausentó;
y a mí el agravio me lleva
buscando a Don Juan de Luna
por varios mares y tierras,
determinado a matar
o morir; y a sus esferas
seis vueltas ha dado el sol
mientras yo al mundo una vuelta.
Supe que estaba en Madrid;
vine y vílo en la ribera
de Manzanares agora;
embestí a vengar mi afrenta;
vino a los brazos conmigo,
donde al hijo de la tierra
en valor y fuerza excede;
pero yo al honor de Tebas.
La daga y brazo levanto,
que ardiente furia gobierna;
y él, viendo que ya en el suelo
ningún remedio le queda,
¡válgame la Virgen! dice:
valga, digo, y la sentencia
revoco en el mismo instante
que al golpe empezado resta.
Este el caso; Don Juan,
pues he hablado en su presencia,
me puede enmendar agora
lo que mi memoria yerra.
JUAN. Este, señor, es el caso.
PRINCIPE. Garci-Ruiz de Alarcón,
claras vuestras obras son;
desde el oriente al ocaso
da envidia vuestra opinión.
Las más ilustres historias
en vuestras altas vitorias
el _non plus ultra_ han tenido;
mas la que hoy ganais, ha sido
_plus ultra_ de humanas glorias.
Vuestra dicha es tan extraña,
que quisiera ¡vive Dios!
más haber hecho la hazaña
que hoy, García, hicistes vos,
que ser Príncipe de España.
Porque Alejandro decía
(¡ved cuanto lo encarecía!)
que más ufano quedaba
si un rendido perdonaba,
que si un imperio rendía.
Que en los pechos valerosos,
bastantes por sí a emprender
los casos dificultosos,
el alcanzar y vencer
consiste en ser venturosos;
mas en que un hombre perdone,
viéndose ya vencedor,
a quien le quitó el honor,
nada la fortuna pone,
todo se debe al valor.
Si vos de matar, García,
tanta costumbre tenéis,
matar ¿que hazaña sería?
Vuestra mayor valentía
viene a ser que no matéis.
En vencer está la gloria,
no en matar; que es vil acción
seguir la airada pasión,
y deslustra la vitoria
la villana ejecución.
Quien venció, pudo dar muerte;
pero quien mató, no es cierto
que pudo vencer; que es suerte
que le sucede al más fuerte,
sin ser vencido, ser muerto.
Y así, no os puede negar
quien más pretenda morder,
que más honra os vino a dar
el vencer y no matar,
que el matar y no vencer.
Dar la muerte al enemigo,
de temello es argumento;
despreciallo es más castigo,
pues que vive a ser testigo
contra sí, del vencimiento.
La vitoria el matador
abrevia, y el que ha sabido
perdonar, la hace mayor,
pues mientras vive el vencido,
venciendo está el vencedor.
Y más donde a cobardía
no puede la emulación
interpretar el perdón.
Pues tiene el mundo, García,
de vos tal satisfacción,
dadme los brazos.
GARCIA. Señor,
con que a vuestros pies me abaje
premiáis mi hazaña mayor.
PRINCIPE. Esos pide el vasallaje,
y esotros debo al valor.
GARCIA. Como rey sabéis honrar.
PRINCIPE. Alzad, Alarcón, del suelo,
que en el suelo no ha de estar
quien ha sabido obligar
la misma Reina del cielo.
Y que pago considero
por libranza suya, a vos
las honras que daros quiero;
que es el rey un tesorero (_Échale los brazos_)
que tiene en la tierra Dios. (_Abrázale_)
Libre de ser derribado
ahora me juzgo yo;
que bien seré sustentado
de un brazo a quien, levantado,
tal furia no derribó.
Y así, en mi casa, García,
os quedad; desde este día
andemos juntos los dos;
que quiero aprender de vos
la piedad y valentía.
Gentilhombre de mi boca
os hago.
GARCIA. Dadme esos pies.
PRINCIPE. El servirme de vos es
para vos merced muy poca,
porque es mi propio interés.
Y yo no pretendo hacer
desto premio o beneficio;
porque el cargo ni el oficio,
no premia al que ha menester
el rey para su servicio.
El un hábito escoged
de los tres.
GARCIA. ¿Cuándo, señor,
serviré tanta merced?
(_Arrodíllase Don Juan_)
PRINCIPE. Aquesto a vuestro valor
y no a mí, lo agradeced.
Lo mucho que habeis servido,
el hábito manifiesta.
Pues ¿qué merced habrá sido
la que a mí nada me cuesta
y vos habéis merecido?--
¿Por qué estás, Don Juan, así?
JUAN. Estas honras que le das
a Garci-Ruiz por mí,
agradezco.
PRINCIPE. Debo más
a quien hoy me ha dado a ti.
A pagarle me apercibo
esta vida con que vivo,
en la que hoy, Don Juan, te dió;
que eres, amigo, otro yo,
y en tí la vida recibo.
A todos sabes honrar.
[ESCENA X]
Sale el paje GERARDO; apártase el PRINCIPE con el paje, y hablan
aparte GARCIA y DON JUAN.
[GERARDO.--EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN]
PRINCIPE. ¿Qué hay, Gerardo?
GERARDO. A vuestra Alteza
aparte quisiera hablar.
[_Desvíase el Príncipe con el paje, y hablan aparte
García y Don Juan_.]
JUAN. Merece vuestra nobleza
tan soberano lugar.
GARCIA. Un deudor en mí tenéis
de las honras que hoy recibo.
JUAN. Cuando a merced vuestra vivo,
nada deberle podéis
por ley a vuestro cautivo.
Mas donde el sujeto es tal,
no tanto estiméis que aplique
el ánimo liberal
el Príncipe Don Enrique
a haceros merced igual;
porque en su real persona
puso el cielo tal nobleza,
benignidad y largueza,
que hoy os diera su corona,
a tenerla en la cabeza.
PRINCIPE. (_Ap_.) Confuso estoy.
¿Qué he de hacer?
¿Al que tanto agora honré
tengo al punto de prender?
Pues dejar de obedecer
a Anarda, ¿cómo podré?
¡Oh fuero de amor injusto!
¿A tan heroico varón
hacer tal agravio es justo,
por sólo el liviano gusto
de una mujer sin razón?
Pero prendello, ¿qué importa,
si luego le he de soltar,
y a mí me viene a librar
su prisión liviana y corta
de un largo enojo y pesar?
Pero tengo por mejor,
por mostrarme poco amante
sufrir de Anarda el rigor,
que dar nota de inconstante
a un hombre de tal valor.
Mas si la causa le digo,
bien disculpará el efeto.
No me tendrá por discreto,
si aun no empieza a ser mi amigo
cuando le fío un secreto.
Mas ya sé lo que he de hacer.--
Vedme esta noche, García.
GARCIA. Vuestro soy.
PRINCIPE. Habéis de ver
a mi padre, que poner
vuestra persona querría
en el estado que cuadre
al valor que en vos se ve.
GARCIA. Con serviros lo tendré.
PRINCIPE. Esta noche de mi padre
el hábito alcanzaré. (_Vase_.)
JUAN. Ya con él os miro yo;
que el rey Don Juan a su Alteza
nada jamás le negó;
que de su padre heredó
el Príncipe la largueza. (_Vase_.)
GARCIA. En mar sangriento de cruel venganza,
de rabia, de ira y de coraje lleno,
corrí tormenta, de esperanza ajeno
de llegar en mi estado a ver bonanza.
Y un súbito accidente, una mudanza
el pecho libra de mortal veneno,
y el que en mi agravio a mi furor condeno,
en el perdón produce mi esperanza.
No la privanza me movió futura;
que fortuna en sus obras desiguales
no hace de los méritos memoria;
mas debo a mi piedad esta ventura;
y por lo menos en hazañas tales,
de la gentil acción queda la gloria. (_Vase_.)
[ESCENA XI]
[_Calle en que vive Anarda.--Es de noche_.]
Sale HERNANDO, con capa y sombrero viejo; INÉS.
HERNANDO. Tu nombre saber deseo.
INÉS. Inés.
HERNANDO. Decirte podré
según en mí no sé qué
siento después que te veo.
Un poco te quiero, Inés.
INÉS. A lo menos no dirás,
pues que ya dicho lo has,
yo te lo diré después.
HERNANDO. La lengua en amor osada
es más dichosa y más cuerda;
porque la mula que es lerda
tarde llega a la posada.
Enfermo es quien tiene amor,
y es el doctor el amado;
pues ¿cómo será curado
quien su mal calla al dotor?
[ESCENA XII]
Salen EL CONDE y LEONARDO, de noche.--
[HERNANDO, INÉS.]
LEONARDO. Ocupada está la puerta.
CONDE. Reconocer determino.
LEONARDO. El celoso desatino
tus acciones desconcierta.
CONDE. No me repliques. ¿Quién es?
INÉS. [_Ap_]
(Este es el Conde.) Inés soy,
que gozando el fresco estoy.
CONDE. No hablo contigo, Inés,
sino con aquese hidalgo.
INÉS. Un soldado es, que llegó,
como a la puerta me vió,
a pedir por Dios.
HERNANDO. Dad algo
para pagar la posada,
caballeros, a un soldado
desvergonzante y honrado,
que trae la pierna colgada
y tiene un brazo torcido,
por amor de...
LEONARDO. Perdonad.
HERNANDO. Miren la necesidad
con que, por Dios, se lo pido.
CONDE. ¿Queréis no ser majadero?
HERNANDO. ¿Así a un pobre se responde?
(_Ap_. ¿Este es conde? Sí: éste esconde
la calidad y el dinero.) (_Vase_.)
[ESCENA XIII]
[EL CONDE, LEONARDO, INÉS.]
CONDE. Hermana Inés, no concierta
con el honor desta casa
ver, quien a tal hora pasa,
hombres hablando a su puerta.
INÉS. Un mendigo remendado
que por Dios llega a pedir
¿qué puede dar que decir?
CONDE. Un tercero, disfrazado
de mendigo, busca así
la ocasión a su mensaje,
y a estas horas el mal traje
no se ve, y el hombre sí;
y a estar vos, como es razón,
encerrada en vuestra casa,
al mendigo y al que pasa
quitárades la ocasión.
INÉS. No sé yo, por vida mía,
desde cuándo acá o por dónde
le ha tocado, señor Conde,
el cargo a vueseñoría
de alcaide o de guardadamas
desta casa. ¿Qué marido,
padre o galán admitido
es de alguna de mis amas,
para que las guarde así?
CONDE. ¡Vive el cielo, que a no ser
de aquesta casa y mujer!...
LEONARDO. Calla, Inés, ¿estás en ti?
¿Así te atreves al Conde?
INÉS. Y al mismo rey me atreviera,
si tanta ocasión me diera.
Quien por su dueño responde
se atreve muy justamente.
Pero yo le diré a Anarda
que el Conde su puerta guarda,
para que el remedio intente. (_Vase_.)
[ESCENA XIV]
[EL CONDE, LEONARDO.]
LEONARDO. Perdido vas.
CONDE. Tal estoy
de celoso y desdeñado,
que ya de desesperado
en nuevos intentos doy.
Ya que no puedo obligar,
vengarme sólo deseo,
que estas visiones que veo,
la materia me han de dar.
El mozo que hoy en el río
las habló y siguió después;
hallar a la puerta a Inés
y hablarme con tanto brío;
de Anarda el airado ceño
hoy, porque al coche llegué:
todo dice, o nada sé,
que esta casa tiene dueño.
LEONARDO. ¿Eso dudas?
CONDE. De inquirirlo
y darles pesares trato.
LEONARDO. No le saldrá muy barato,
si tú dasen perseguirlo,
al pobre amante el favor.
CONDE. Tenga disgustos al peso
que los tengo.
LEONARDO. Para eso
te hizo Dios tan gran señor;
pagúela quien te la hiciere.
CONDE. Bien es, para tales hechos,
vestir de acero los pechos.
LEONARDO. Quien dar pesadumbres quiere
ha de vivir con cuidado.
CONDE. Vamos por armas, que el día
ha de hallarme aquí en espía,
Leonardo, hasta ser vengado. (_Vanse_.)
[ESCENA XV]
Salen GARCIA y HERNANDO, de noche.
GARCIA. Prosigue.
HERNANDO. Llegóse a mí
el dicho conde Mauricio,
como ve que sigo el coche,
y pregúntame a quién sirvo.
Digo que a nadie. Él replica:
de dónde soy conocido
de aquellas damas que hablaba,
y por qué ocasión las sigo.
Que ni sigo ni conozco,
le respondo y certifico.--
Pues no os tope yo otra vez
a vista del coche (dijo),
o a palos haré mataros.--
Yo me aparto, y a un mendigo,
que limosna entre los coches
pidiendo andaba en el río,
mi capa y sombrero doy,
y estos andrajos le pido,
con que, si me ves de día,
oso engañarte a tí mismo.
Con esto, y con que la noche
también ayuda nos hizo,
las seguí, y entré en su casa,
de que estamos tan vecinos,
que es esta que estás mirando,
cuyo soberbio edificio
avaramente publica
los tesoros escondidos.
Hablé con ellas; y al fin,
la que ser Lucrecia dijo,
me dió de tenerte amor,
si honestos, claros indicios.
Pregunta tu casa, y yo
con decilla me despido;
de mi humor dicen que gustan,
mas yo, que a tu amor lo aplico,
me di al disfrazado brindis
de "a más ver" por entendido.
A Inés, secretaria suya,
mandan que salga conmigo
hasta dejarme en la calle,
cosa bien fuera de estilo,
pero no de la intención,
que presumo y averiguo
que fué, porque yo de Inés
me informase en el camino
de lo que ellas me negaron:
lance de amor conocido.
Supe que era el nombre Anarda,
y Girón el apellido
de la que Doña Lucrecia
Chacón nombrarse me dijo.
La otra es su prima, Julia
su nombre, y un viejo tío
es el curador y el Argos
destas dos huérfanas Ios;
ambas por casar, y tienen
dos mayorazgos muy ricos
con que puede hacer dichoso
cada cual a su marido.
Ciertas esperanzas mías
dieron con esto en vacío,
y a Inés, envuelta en donairos,
una flecha de amor tiro.
Llegamos así a la puerta,
donde con celoso brío
se llegó a reconocerme,
determinando, Mauricio.
Dice que un mendigo soy
Inés; yo fínjolo al vivo.
Él responde: no hay que daros;
yo, a fuer de pobre, porfío.
Enfadóse, fuíme, halléte
en la posada, salimos,
las mercedes me contaste,
que hoy el Príncipe te hizo:
llegamos aquí, paramos...
Con que en breve suma he dicho
cuanto he hecho desde el punto
que me dejaste en el río.
GARCIA. De los favores de Anarda
y los celos de Mauricio,
me forman los pensamientos
un confuso laberinto.
Hernando, perdido estoy.
No sé qué poder divino
tiene Anarda, que en un punto
me arrebató los sentidos.
Tal estoy, que no me alegran
los favores que hoy me hizo
Su Alteza; que los de Anarda
sólo quiero y sólo estimo.
Juzga, pues, cuál me tendrán
las licencias de Mauricio;
que mucho tiene de dueño
quien cela tan atrevido.
HERNANDO. Advierte que a una ventana
dos personas han salido.
[ESCENA XVI]
Salen ANARDA e INÉS _a la ventana_.
[ANARDA, INÉS, GARCIA, HERNANDO].
ANARDA. Dos son.
INÉS. El Conde y Leonardo
siguen el intento mismo.
ANARDA. ¿Es el Conde?
GARCIA. El Conde soy.
(_Ap_.) (A mi muerte me apercibo;
pero venid, desengaño;
que cuanto os temo os estimo.)
Aparta; que las verdades [_a Hernando_.]
de amor no quieren testigos,
y saber estas deseo.
HERNANDO. A esa esquina me retiro. (_Vase_)
[ESCENA XVII]
[GARCIA, ANARDA, INÉS.]
ANARDA. Conde, a vuestro atrevimiento
y grosera demasía,
ni conviene cortesía
ni es cordura el sufrimiento.
¿En qué favor fundamento
el guardarme así ha tenido?
A quien nunca fué admitido
pretendiente ni galán,
decid: ¿qué leyes le dan
las licencias de marido?
Si con tanta libertad
guardáis mi puerta y mi calle,
¿quién hará al vulgo que calle,
o estime mi honestidad?
Si bien me queréis, mirad
mi fama y reputación
que es forzosa obligación
que al bien amar corresponde.
[ESCENA XVIII]
Salen EL CONDE y LEONARDO, armados, y el CONDE
escucha a ANARDA.
[EL CONDE, LEONARDO, GARCIA, ANARDA, INÉS.]
ANARDA. Y si no me queréis, Conde,
dejadme en este rincón.
[_El Conde escucha a Anarda_]
Y si os pretendéis vengar,
con eso, de mi desden,
sabed que el no querer bien
no ofende, ni obliga a amar;
que inclinar o no inclinar
sólo lo puede el amor.
Y si el veros tan señor
esfuerza vuestra malicia,
el Rey sabe hacer justicia,
y yo sé tener valor. [_Retíranse las dos._] (_Vase_)
CONDE. (_Ap_.) Huélgome; que no soy yo
solamente el desdeñado.
GARCIA. (_Ap_.) La vida mi amor ha hallado
donde la muerte esperó.
CONDE. (_Ap_.) ¡Pobre amante!
LEONARDO. [_Hablando aparte con su amo_.]
¿Muere, o no?
CONDE. Viva, pues vive penando.
[ESCENA XIX]
Sale HERNANDO.
[HERNANDO, GARCIA, EL CONDE, LEONARDO.]
HERNANDO. [_Llegándose a su amo y hablándole aparte_.]
¿Qué tenemos?
GARCIA. Vida, Hernando:
el Conde muere.
HERNANDO. Con esto
¿cenaremos?
GARCIA. Vamos presto;
que está el Príncipe esperando. (_Vanse_.)
[ESCENA XX]
[EL CONDE, LEONARDO.]
CONDE. Sospecho que no hago bien,
Leonardo, en no conocello.
Si es mi igual, sacaré dello
el consuelo a mi desdén,
y a lo menos sabré quién
no ha de causarme cuidado.
Vamos tras él.
LEONARDO. Acosado
toro embestimos, señor;
que aun sospecho que es peor
un amante desdeñado. (_Vanse_.)
ACTO SEGUNDO
[_Cámara del Príncipe en el Alcázar de Madrid_.]
[ESCENA PRIMERA]
Salen EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN, GERARDO y
HERNANDO, de noche.
PRINCIPE. De lo que el Rey os ha honrado,
que me deis gracias no es bien,
Alarcón, mas parabien,
pues tanto gusto me ha dado.
GARCIA. Vuestro soy.
PRINCIPE. Decid amigo;
mostrarlo puede el efeto,
pues mi más alto secreto
a declararos me obligo.
No me tengáis por liviano
por mostraros presto el pecho,
porque estoy muy satisfecho
que con vos nunca es temprano.
Y así, justamente digo
que os puedo dar parte dél;
que ha mucho que sois fiel,
si ha poco que sois amigo.
Mas pues quiero daros hoy
la llave del alma mía,
de mi cámara, García,
también con ella os la doy.
GARCIA. No sólo no he de poder
serviros merced tan alta;
mas aun a la lengua falta
el modo de agradecer.
PRINCIPE. Alzad.
JUAN. Los brazos os doy,
alegre de que su Alteza
honre así vuestra nobleza.
GARCIA. Sois amigo, y vuestro soy.
JUAN. A Vuestra Alteza, señor,
los pies beso agradecido,
pues honra tanto al vencido
cuanto honrare al vencedor.
PRINCIPE. Bien, Don Juan, sabéis mostrar
vuestro hidalgo corazón,
pues no os causa emulación
la competencia en privar.
Y con eso ganáis tanto,
que en mi gracia os levantáis
al paso que os alegráis
de lo que a Alarcón levanto.
No por su privanza viene
mi amor a menos con vos,
porque es el rey como Dios,
que muchos privados tiene.
Y así, cuanto estas acciones
muestran en vos más valor,
tanto a vuestro vencedor
tengo más obligaciones.
Que cuando no le pagara
la vida que en vos me dió,
porque a tal hombre venció,
con justa razón le honrara.
GARCIA.
A la esperanza, señor,
vuestros favores exceden.
PRINCIPE. Esos criados se queden.
JUAN. El Príncipe, mi señor,
manda que os quedéis. (_Vase Gerardo_.)
GARCIA. [_Hablando aparte con Hernando_.]
Hernando,
en nuestra calle me aguarda,
y mientras no voy, a Anarda
te encargo.
HERNANDO. ¿Estaré velando?
GARCIA. Nunca tan necio has estado.
HERNANDO. ¿Y dormir?
GARCIA. Dormir de día.
[_Vanse el Príncipe, García y Don Juan_.]
[ESCENA II]
[HERNANDO.]
Temprano, por vida mía,
en el uso hemos entrado.
Alto; somos de palacio;
trasnochar, ir a dormir
al amanecer, vivir
de prisa, y morir de espacio.
Si el cielo no lo remedia,
la sátira encaja aquí;
mas no ha de haber cosa en mí
de lacayo de comedia.
¡Cuál a la corte pusiera
algún poeta, si el caso
y el lacayo en este paso
de la comedia tuviera!
¡Cuál pusiera yo a su Alteza!
¡Qué libremente le hablara,
y qué poco respetara
su poder y su grandeza!
¡Luego me apartara dellos,
cuando a graves cosas van
él y mi amo y Don Juan!
¡Mal año! por los cabellos
de otra parte me trajera,
y en todo el caso me hallara,
que el Príncipe aun no fiara
quizá a los dos, si pudiera.
Y estando en lo más famoso,
grave, fuerte y apretado,
saliera el señor criado
con un cuento muy mohoso,
o una fábula pueril
de la zorra y el león,
y la más alta cuestión
concluyera un hombre vil.
No, no; el criado servir;
con el rey la gente grave;
aconsejar el que sabe,
y el que predica reñir. (_Vase_.)
[ESCENA III]
[_Calle en que vive Anarda.--Es de noche_.]
[EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN.]
PRINCIPE. Pensé que un pecho tan fuerte
como el vuestro triunfaría
del amor tierno, García.
GARCIA. Iguala amor a la muerte.
PRINCIPE. Militares embarazos
a muchos dél defendieron.
GARCIA. Al dios Marte no valieron
contra los venéreos lazos.
PRINCIPE. ¿No os admirará en efeto
deciros que amo, García?
GARCIA. No, porque ya lo sabía.
PRINCIPE. ¿Cómo?
GARCIA. Sé que sois discreto.
PRINCIPE. ¡Qué bien sabéis consolar!
JUAN. Es su consecuencia clara,
puesto que amor se compara
a la piedra de amolar,
en que el más agudo acero
da a sus filos perfección.
PRINCIPE. Esta es la calle, Alarcón,
en que vive por quien muero.
GARCIA. (_Ap_.) ¿Qué es esto? Ya el niño Amor
destas sombras se acobarda,
y la hermosura de Anarda
hace cierto mi temor.
PRINCIPE. Esta es la casa.
GARCIA. (_Ap_.) ¡Ay de mí!
PRINCIPE. Haz la seña. Mas detente;
que el recato es conveniente,
y pienso que hay gente allí.
JUAN. La calle despejaré.
PRINCIPE. Tú no; que presumirán,
si eres la flecha, Don Juan,
que soy yo quien la tiré.
Vaya Alarcón.
GARCIA. Voy, señor.
PRINCIPE. En esta esquina os espero.
(_Vanse él [Príncipe] y Don Juan_.)
[ESCENA IV]