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DON JUAN RUIZ DE ALARCON
LOS FAVORES DEL MUNDO
Edición de Pedro Henríquez Ureña
CULTURA MEXICO, 1922
TOMO XIV. No. 4
PRELIMINAR
Dan Juan Ruiz de Alarcón nació en 1580 u 81 y murió en Madrid en 1639.
Vivió su país natal hasta los veinte años; de 1600 a 1608 estuvo en
España; regresó a México, y estuvo aquí otros seis años. En 1615 se le
halla de nuevo en España, ya cerca de los treinta y cinco de su edad; y
allí reside durante los veinticuatro que le restan de vida. Se dedicó
dar producciones al teatro probablemente unos dos lustros. Publicó dos
volúmenes de comedias, uno (_Primera parte_, que contiene ocho) en 1628
y otro (_Segunda parte_, que contiene doce) en 1634. Hay, publicadas
separadamente, otras cuatro obras suyas; se le atribuyen, como
colaborador o como autor, con poco fundamento las más veces, hasta otras
diez obras. Con esta breve labor, sin embargo, entra a formar, con Lope,
Calderón y Tirso, el cuarteto clásico del drama español.
El texto que se da aquí de _Los favores del mundo_ (obra cuyo asunto es
una leyenda en que figura un antecesor del dramaturgo) está
rigorosamente cotejado con el de la _Primera parte_ de las comedias de
Alarcón, 1628. Se ha modernizado la puntuación y la ortografía, excepto
en los casos en que la modernización implicaría cambiar la forma de las
palabras: así, se ha conservado _vitoria_ en vez de _victoria_, agora en
vez de _ahora_ (las más veces), _efeto_ en vez de _efecto_ (y en una
ocasión, al contrario, _respecto_ en vez de _respeto_), _pensaldo_ por
_pensadlo, dalle_ por _darle, vos intentastes_ o _vos guardastes_ en vez
de _intentasteis_ o _guardasteis_. Como las indicaciones de escenas y
otras acotaciones que se introdujeron al reimprimirse las comedias en el
siglo XIX tienen utilidad para el lector moderno, se las ha conservado,
pero entre corchetes []: todo lo que está entre corchetes, pues, es lo
que no figura en la edición de 1628. Las acotaciones entre paréntesis
(), en cambio, sí pertenecen a la edición primitiva.
P. H. U.
EL MEXICANISMO DE ALARCON
En el teatro español de los siglos de oro, artificioso pero rico y
brillante, Don Juan Ruiz de Alarcón manifestó personalidad singular.
Entróse como aprendiz por los caminos que abrió Lope, y lo mismo ensaya
la tragedia grandilocuente (en _El Anticristo_) que la comedia
extravagante (en _La cueva de Salamanca_). Quiere, pues, conocer todos
los recursos del mecanismo y medir sus propias fuerzas; día llega en que
se da cuenta de sus capacidades reales, y entonces cultiva y perfecciona
su huerto cerrado. No es rico en dones de poeta: carece por completo de
virtud lírica; versifica con limpieza (salvo en los endecasílabos) y a
veces con elegancia. No es audaz y pródigo como su maestro y enemigo,
Lope, como sus amigos y rivales: es discreto (como mexicano), escribe
poco, pule mucho, y se propone dar a sus comedias significación y
sentido claros. No modifica, en apariencia, la fórmula del teatro
español (por eso superficialmente no se le distingue entre sus émulos, y
puede suponérsele tan español como ellos); pero internamente su fórmula
es otra.
El mundo de la comedia de Alarcón es, en lo exterior, el mismo mundo de
la escuela de Lope: galanes nobles que pretenden, contra otros de su
categoría, o más altos (frecuentemente príncipes), a damas vigiladas, no
por madres que jamás existen, sino por padres, hermanos o tíos; enredos
e intrigas de amor; conflictos de honor por el decoro femenino o la
emulación de los caballeros; amor irreflexivo en el hombre, afición
variable en la mujer; solución, la que salga, distribuyéndose
matrimonios aun innecesarios o inconvenientes. Pero este mundo, que en
la obra de los dramaturgos peninsulares vive y se agita vertiginosamente
anudando y reanudando conflictos como en compleja danza de figuras, en
Alarcón se mueve con menos rapidez: su marcha, su desarrollo son más
mesurados y más calculados, sometidos a una lógica más estricta (salvo
los desenlaces). Ya señaló en él Hartzenbusch "la brevedad de los
diálogos, el cuidado constante de evitar repeticiones, y la manera
singular y rápida de cortar a veces los actos" (y las escenas). No se
excede, si se le juzga comparativamente, en los enredos; mucho menos en
las palabras; reduce los monólogos, las digresiones, los arranques
líricos, las largas pláticas y disputas llenas de brillantes juegos de
ingenio. Sólo los relatos suelen ser largos, por excesivo deseo de
explicación, de lógica dramática. Sobre el ímpetu y la prodigalidad del
español europeo que creó y divulgó el mecanismo de la _comedia_ se ha
impuesto, como fuerza moderadora, la prudente sobriedad, la discreción
del mexicano.
Y son también de mexicano los dones de observación. La observación
maliciosa y aguda, hecha con espíritu satírico, no es privilegio de
ningún pueblo; pero, si bien el español la expresa con abundancia y
desgarro (¿y qué mejor ejemplo, en las letras, que las inacabables
diatribas de Quevedo?), el mexicano la guarda socarronamente para
lanzarla, bajo concisa fórmula, en oportunidad inesperada. Las
observaciones breves, las réplicas imprevistas, las fórmulas
epigramáticas, abundan en Alarcón, y constituyen uno de los atractivos
de su teatro. Y bastaría comparar, para este argumento, los enconados
ataques que le dirigieron Quevedo mismo, y Lope, y Góngora, y otros
ingenios eminentes,--si en esta ocasión mezquinos--, con las sobrias
respuestas de Alarcón, por vía alusiva, en sus comedias, particularmente
aquella, no ya satírica sino amarga, de _Los pechos priviligiados_ (acto
III, escena III):
Culpa a aquel que, de su alma
olvidando los defetos,
graceja con apodar
lo que otro tiene en el cuerpo.
La observación de los caracteres y las costumbres es el recurso
fundamental y constante de Alarcón, mientras en sus émulos es
incidental: y nótese que digo la observación, no la reproducción
espontánea de las costumbres ni la libre creación de los caracteres, en
que no les vence. Este propósito de observación incesante se subordina
a otro más alto: el fin moral, el deseo de dar a una verdad ética
aspecto convincente de realidad artística.
Alarcón crea, dentro del antiguo teatro español, la especie, en éste
solitaria, sin antecedentes calificados ni sucesión inmediata, de la
_comedia de costumbres_. No sólo la crea para España, sino también para
Francia: imitándolo, traduciéndolo, no sólo a una lengua diversa, sino a
un sistema artístico diverso, Corneille introduce en Francia, con _Le
menteur_, la alta comedia, que iba a ser en manos de Moliere labor fina
y profunda. Esa comedia, al extender su imperio por todo el siglo XVIII,
vuelve a entrar en España, para alcanzar nuevo apogeo, un tanto pálido,
con Don Leandro Fernández de Moratín y su escuela, en la cual figura,
significativamente, otro mexicano de discreta personalidad artística:
Don Manuel Eduardo de Gorostiza.
Pero la nacionalidad no explica por completo al hombre. Las dotes de
observador en nuestro dramaturgo, que coinciden con las de su pueblo, no
son todo su caudal artístico: lo superior en él es la trasmutación de
elementos morales en elementos estéticos, dón rara vez concedido a los
creadores. Alarcón es singular, por eso, no sólo en la literatura
española, sino en la literatura universal.
Su nacionalidad no nos da la razón de su poder supremo; sólo su vida nos
ayuda a comprender cómo se desarrolló. En un hombre de alto espíritu,
como el suyo, la desgracia aguza la sensibilidad y estimula el pensar; y
cuando la desgracia es perpetua e indestructible, la hiperestesia
espiritual lleva fatalmente a una actitud y a un concepto de la vida
hondamente definidos y tal vez excesivos. Ejemplo claro el de Leopardi.
En el caso de Alarcón, orgulloso y discreto, observador y reflexivo, la
dura experiencia social le llevó a formar un código de ética práctica
cuyos preceptos reaparecen a cada paso en las comedias.
No es una ética que esté en franco desacuerdo con la de los hidalgos de
entonces, pero sí señala rumbos particulares, que a veces importan
modificaciones. Piensa que vale más (usaré las expresiones clásicas) _lo
que se es_ que _lo que se tiene_ o _lo que se representa_. Vale más la
virtud que el talento y ambos más que loa títulos de nobleza; pero éstos
valen más que los favores del poderoso, y más, mucho más, que el dinero.
Ya se ve: Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza vivió mucho tiempo con
escasa fortuna, y sólo en la madurez alcanzó la posición económica
apetecida. En cambio, sus títulos de nobleza eran excelentes, como que
descendía de los Alarcones de Cuenca, ennoblecidos en la Edad Media, y
de la ilustrísima casa de los Mendoza. Alarcón nos dice en todos los
tonos y en todas las comedias--o punto menos--la incomparable nobleza de
su estirpe: debilidad que le conocieron en su época y que le censura en
su rebuscado y venenoso estilo Cristóbal Suárez de Figueroa.
El honor--¡desde luego! El honor debe ser cuidadosa preocupación de todo
hombre y de toda mujer; y debe oponerse como principio superior a toda
categoría social, aunque sea la realeza. Las nociones morales no pueden
ser derogadas por ningún hombre, aunque sea rey, ni por motivo alguno,
aunque sea la pasión legítima: el amor, o la defensa personal, o el
castigo por deber familiar, supervivencia de moral antehistórica. Entre
las virtudes ¡qué alta es la piedad! Alarcón llega a pronunciarse contra
el duelo, y, sobre todo, contra el deseo de matar. Además, le son
particularmente caras las virtudes que pueden llamarse lógicas: la
sinceridad, la lealtad, la gratitud, así como la regla práctica que debe
complementarlas: la discreción. Y por último, hay una virtud de tercer
orden que estimaba en mucho: la cortesía. Proverbial era la cortesía de
Nueva España precisamente en los tiempos de nuestro dramaturgo: "cortés
como un indio mexicano", dice en el _Marcos de Obregón_ Vicente Espinel.
Poco antes, el médico español Juan de Cárdenas celebraba la urbanidad de
México comparándola con el trato del peninsular recién llegado a
América. A fines del siglo XVII decía el Venerable Palafox, al hablar de
las _Virtudes del Indio_: "La cortesía es grandísima." Y en el siglo XIX
¿no fué la cortesía uno de los rasgos que mejor observaron los sagaces
ojos de Madame Calderón de la Barca? Alarcón mismo fué sin duda muy
cortés: Quevedo, con su irrefrenable maledicencia, lo llamaba "mosca y
zalamero." Y en sus comedias, se nota una abundancia de expresiones de
cortesía y amabilidad que contrasta con la usual omisión de ellas en los
dramaturgos peninsulares.
Grande cosa--piensa Alarcón--es el amor; ¿pero es posible alcanzarlo? La
mujer es voluble, inconstante, falsa; se enamora del buen talle, o del
pomposo titulo, o--cosa peor--del dinero. Sobre todo la abominable, la
mezquina mujer de Madrid, que vive soñando con que la obsequien en las
tiendas de plateros. La amistad le parece afecto más desinteresado, más
firme, más seguro. Y ¡cómo no había de ser así su personal experiencia!
El interés que brinda este conjunto de conceptos sobre la vida humana es
que se les ve aparecer constantemente como motivos de acción, como
estímulos de conducta. No hay en Alarcón tesis que se planteen y
desarrollen, silogísticamente, como en ciertos dramas del siglo XIX; no
surgen tampoco bruscamente, con ocasión de conflictos excepcionales,
como en _García del Castañar_ o _El Alcalde de Zalamea_: pues el teatro
de los españoles europeos, fuera de los casos extraordinarios, se
contenta con normas convencionales, en las que no se paran largas
mientes. No: las ideas morales de este que fué "moralista entre hombres
de imaginación" (según Hartzenbusch) circulan libre y normalmente, y se
incorporan al tejido de la comedia, sin pesar sobre ella ni convertirla
en disertación metódica. Por lo común, aparecen bajo forma breve,
concisa, como incidentes del diálogo; o bien se encarnan en un ejemplo,
tanto más convincente cuanto que no es un tipo unilateral: tales, el Don
García de _La verdad sospechosa_ y el Don Mendo de _Las paredes oyen_
(ejemplos _a contrario_) o el Garci-Ruiz de Alarcón de _Los favores del
Mundo_ y el Marqués Don Fadrique de _Ganar amigos_.
El don de crear personajes es el tercero de los grandes dones de
Alarcón. Para desarrollarlo, le valió de mucho el amplio movimiento del
teatro español, cuya libertad cinematográfica (semejante a la del
inglés _isabelino_) permitía mostrar a los personajes en todas las
situaciones interesantes para la acción, cualesquiera que fuesen el
lugar y el tiempo; y así, bajo el principio de unidad lógica que impone
a sus caracteres, gozan éstos de extenso margen para manifestarse como
seres capaces de aficiones diversas. No sólo son individualidades con
vida amplia, sino que su creador los trata con simpatía: a las mujeres,
no tanto (oponiéndose en esto a su compañero ocasional, Tirso); a los
protagonistas masculinos sí, aun a los viciosos. Por momentos diríase
que en _La verdad sospechosa_ Alarcón está de parte de Don García, y
hasta esperamos que prorrumpa en un elogio de la mentira, como después
lo harían Mark Twain u Oscar Wilde. Y ¿qué personaje hay, en todo el
teatro español, de tan curiosa fisonomía como _Don Domingo de Don Blas_,
apologista de la conducta lógica y de la vida sencilla y cómoda, sin
cuidado del qué dirán; paradójico en apariencia pero profundamente
humano; personaje digno de la literatura inglesa, en opinión de Wolf;
digno de Bernard Shaw, puede afirmarse hoy?
Pero, además, en el mundo alarconiano se dulcifica la vida turbulenta,
de perpetua lucha e intriga, que reina en el drama de Lope o de Tirso,
así como la vida de la colonia era mucho más tranquila que la de su
metrópoli: se está más en la casa que en la calle: no siempre hay
desafíos; hay más discreción y tolerancia en la conducta; las relaciones
humanas son más fáciles, y los afectos, especialmente la amistad, se
manifiestan de modo más normal e íntimo, con menos aparato de conflicto,
de excepción y de prueba. El propósito moral y el temperamento
meditativo de Alarcón iluminan con pálida luz y tiñen de gris
melancólico este mundo estético, dibujado con líneas claras y firmes,
más regular y más sereno que el de los dramaturgos españoles, pero sin
sus riquezas de color y forma.
Todas estas cualidades, que en parte se derivan de su propio genio,
original e irreducible, en parte de su experiencia de la vida, y en
parte de su nacionalidad y educación mexicanas, todas ellas, colocadas
dentro del marco de la tradición literaria española, hacen de Alarcón,
como magistralmente dijo Menéndez y Pelayo, "_el clásico de un teatro
romántico_, sin quebrantar la fórmula de aquel teatro ni amenguar los
derechos de la imaginación en aras de una preceptiva estrecha o de un
dogmatismo ético"; dramaturgo que encontró "por instinto o por estudio
aquel punto cuasi imperceptible en que la emoción moral llega a ser
fuente de emoción estética, y, sin aparato pedagógico, a la vez que
conmueve el alma y enciende la fantasía, adoctrina el entendimiento como
en escuela de virtud, generosidad y cortesía."
Hay en su obra ensayos que no pertenecen al tipo de comedia que
desarrolló y perfeccionó. De ellos, el mas importante es _El tejedor de
Segovia_, brillante drama novelesco, de extravagante asunto romántico,
pero a través del cual se descubre la musa propia de Alarcón, predicando
contra la matanza y definiendo la suprema nobleza. Ni debe olvidarse _El
Anticristo_, tragedia religiosa inferior a las de Calderón y Tirso; de
argumento a ratos monstruoso; pero donde sobresale, por sus actitudes
hieráticas, la figura de Sofía, y donde se encuentran pasajes de los más
elocuentes de su autor, de los que más se acercan al tono lírico: así el
que comienza: "Babilonia, Babilonia"...
* * * * *
Tiene la comedia dos grandes tradiciones, que suelen llamarse,
recortando el sentido de las palabras, romántica y clásica, o poética y
realista. Ambas reconocen como base necesaria la creación de vida
estética, de personajes activos y situaciones ingeniosas; pero la
primera se entrega desinteresadamente a la imaginación, a la alegría de
vivir, a las emociones amables, al deseo de ideales sencillos, y confina
a veces con el idilio y con la utopía, como en _Las aves_ de Aristófanes
y _La tempestad_ de Shakespeare: la segunda quiere ser espejo de la vida
social y crítica en acción de las costumbres, se ciñe a la observación
exacta de hábitos y caracteres, y a menudo se aproxima a la tarea del
moralista psicólogo, como Teofrasto o Montaigne. De la primera han
gustado genios mayores: Aristófanes y Shakespeare, Lope y Tirso. Los
representantes de la segunda son artistas limitados, pero admirables
señores de su dominio, cultores delicados y perfectos. De su tradición
es patriarca Menandro: a ella pertenecen Plauto y Terencio, Ben Jonson,
Moliere y su numerosa secuela. Alarcón es su representante de genio en
la literatura española,--muy por encima de Moratín y su grupo,--y México
debe contar como blasón propio haber dado bases, con elementos de
carácter nacional, a la constitución de esa personalidad singular y
egregia.
PEDRO HENRIQUEZ UREÑA
(_Don Juan Ruiz de Alarcón_, conferencia de 1913).
* * * * *
EL MEXICO DE ALARCON
Hacia 1581 nació--en la ciudad de México--Don Juan Ruiz de Alarcón y
Mendoza. Por su padre, Pedro Ruiz de Alarcón, descendía de una noble
familia de Cuenca, y por su madre, doña Leonor de Mendoza, estaba
emparentado con lo más ilustre de España. Su abuelo materno, Hernando de
Mendoza, se había establecido en la Nueva España, tal vez buscando la
protección del primer virrey, el benemérito Don Antonio de Mendoza, que
era su pariente. A la nobleza de su nombre en España, unía la familia el
título de ser una de las más antiguas de la colonia. Don Pedro, el padre
del poeta, figura como minero del Real de Taxco, población del actual
Estado de Guerrero, al Sur de la ciudad de México, que los viejos libros
describen como famosa por sus ricos metales, y "siempre apreciable por
la benignidad de su temperamento, por lo sereno y apacible de su cielo,
por la bondad de sus aguas"[1]. Decaída de su antiguo esplendor hacia
fines del siglo XVIII, conserva todavía hermosos templos y casas
señoriales que se destacan sobre el paisaje de líneas puras y el dibujo
fino de la serranía[2]. Los conquistadores habían acudido a Taxco
atraídos por la fama de que sus minas pagaban al emperador Moctezuma el
vasallaje en ladrillos de oro.
[Nota 1: José Antonio Jiménez y Frías, _El Fénix de los mineros
ricos de la América_. México, 1779.]
[Nota 2:--A. Peñafiel, _Ciudades coloniales y capitales de la
República mexicana, Estado de Guerrero_, México, 1908.--_La arquitectura
en México, Iglesias_, por Genaro García y Antonio Cortés. México. 1914.]
La ciudad de México,--en cuya Universidad comienza Alarcón sus estudios
por 1592,--fundada según las líneas de la villa española, tenía ya, a
fines del siglo XVI, un carácter propio, impuesto por las condiciones
sociales en que se desarrolló la Conquista. La raza triunfante vivía de
la raza postrada, y todo criollo, por el hecho mismo de serlo, estaba
acostumbrado a portarse como señor. Pronto la sociedad cobra un tinte de
reposada aristocracia, que contrasta vivamente con el ímpetu aventurero
del español recién venido. Mientras las Indias son para el peninsular
algo como un revuelto paraíso de lucro y de placer, el nativo de ellas
las tiene por tierra de natural nobleza.
Don Juan heredaba, pues, con su nombre, las preocupaciones de una
nobleza añeja y legitima, y el orgullo delicado del criollo español bien
quisto, pariente y amigo de virreyes. Siempre le había de envanecer este
timbre, y más tarde, había de atraerle las burlas de los desenfrenados
ingenios de Madrid. Por toda su obra se nota el rastro que dejó en su
espíritu el trato de la sociedad colonial y el recuerdo de su vida
aristocrática.
Para los tiempos de Alarcón--y aun medio siglo antes, cuando la describe
Francisco Cervantes de Salazar en _sus Diálogos latinos_--ya tenía la
ciudad de México ese aspecto monumental que, en continuada tradición,
había de hacer de ella la más hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Más tarde,
como todos los mexicanos saben, Alejandro de Humboldt la llamaría _la
ciudad de los palacios_[3]. A través de su comba lente de poeta,
Bernardo de Valbuena nos la hace ver en 1603 revestida de extraordinaria
belleza.
[Nota 3: V. sobre la arquitectura de México la obra de Sylvester
Baxter, _Spanish-Colonial Architecture in Mexico_. Boston, 1901, y la
utilísima de Federico E. Mariscal, _La patria y la arquitectura
nacional_, México, 1915.]
La Universidad de México fué fundada a mediados del siglo XVI, con todos
los privilegios y pompas de la salmantina; y ampliando poco a poco su
plan, llegó a ser una buena copia da su modelo. En tiempos de Alarcón,
conquistada la parte mejor de la tierra, la carrera de las letras
comenzaba a ser más deseable que las de las armas para los hijos de
buena familia que aspiraban a los cargos del Estado.
De España habían ido a servir a la nueva Universidad varones tan doctos
como el mismo Cervantes de Salazar, el jurista Bartolomé Frías de
Albornoz, celebrado por el Brocense, y el filósofo aristotélico Fray
Alonso de la Veracruz, grande amigo de Fray Luis de León. Y ya las
amplias posibilidades de la vida mexicana habían atraído a poetas y
literatos como Gutierre de Cetina, Juan de la Cueva, Eugenio Salazar de
Alarcón, sin contar la multitud de cronistas que acudían a relatar las
que entonces se llamaban "hazañas de la Iglesia". Poco después, durante
la juventud de Alarcón, fueron a México Luis de Belmonte, Diego Mejía,
Mateo Alemán. Y buen testimonio de la cultura propia de México dan los
poetas como Francisco de Terrazas y Antonio de Saavedra Guzmán.
Beristáin, en su _Bibliografía_ (1816-21), cita más de cien literatos
sólo en el siglo XVI, y Fernán González de Eslava, en uno de sus
_Coloquios espirituales_ (1610) hace decir a Doña Murmuración
desenfadadamente que "hay más poetas que estiércol". González de
Eslava--no se sabe si de extracción española--es ya un poeta de
educación mexicana, como asimismo lo fué Bernardo de Valbuena.
La imprenta, cuya actividad comenzara desde 1539, había ya tenido
tiempo de hacer cerca de doscientas publicaciones para fines del siglo
[4].
[Nota 4:--J. García Icazbalceta, _Bibliografía Mexicana del siglo
XVI_, México, 1886, y José Toribio Medina, _La Imprenta en México_,
Santiago de Chile, 1907-12.]
El teatro, finalmente, inaugurado por los misioneros para objetos de
catequismo, se desarrolló de tal manera, que ya por 1597 tenía edificio
propio en la _casa de comedias_ de don Francisco de León. Poco después,
al decir de Valbuena, hubo "fiesta y comedias nuevas cada día"[5].
[Nota 5: J. García Icazbalceta, prólogo de los _Coloquios
Espirituales y Sacramentales_, de Fernán González de Eslava, México,
1887; Luis González Obregón, _México Viejo_, 1521-1821, México, 1900;
diversas ediciones de autos mexicanos hechas por F. del Paso y Troncoso;
y F. A, de Icaza, _Orígenes del teatro en México_, Boletín de la Real
Academia Española, 1915, II, 57-76.]
Así pues, cuando don Juan Ruiz de Alarcón--acabados en aquella
Universidad los estudios de Artes y casi todos los de Cánones,--se
embarcó para la vieja España en 1600, con ánimo de continuar su carrera
en la famosa Salamanca, había ya vivido en un ambiente de sello
inconfundible y propio los veinte primeros años de la vida, que es
cuando se labran para siempre los rasgos de toda psicología normal.
ALFONSO REYES
(Prólogo a la edición Calleja de _Páginas escogidas de Alarcón_, Madrid,
1918).
* * * * *
LA OBRA DE ALARCON
Representa la obra de Alarcón una mesurada protesta contra Lope, dentro,
sin embargo, de las grandes líneas que éste impuso al teatro español. A
veces sigue muy de cerca al maestro, pero en otras logra manifestar su
temperamento de moralista práctico de un modo más independiente. Y, en
uno y otro caso, da una nota sobria, y le distingue una desconfianza
general de los convencionalismos acostumbrados, un apego a las cosas de
valor cotidiano, que es de una profunda modernidad, y hasta una escasez
de vuelos líricos, provechosamente compensada por ese tono "conversable
y discreto" tan adecuado para el teatro. Nota Pedro Henríquez Ureña que
es Alarcón un temperamento en sordina, preciosa anomalía de un siglo
ruidoso; y Menéndez Pelayo escribe: "Su gloria principal será siempre la
de haber sido el clásico de un teatro romántico, sin quebrantar la
fórmula de aquel teatro ni amenguar los derechos de la imaginación en
aras de una preceptiva estrecha o de un dogmatismo ético; la de haber
encontrado, por instinto o por estudio, aquel punto cuasi imperceptible
en que la emoción moral llega a ser fuente de emoción estética..."
Complejísima debió ser la elaboración de esta psicología refinada. Un
claro sentimiento de la dignidad humana parece ser su último fondo, y a
medida que del yo íntimo avanzamos hacia sus manifestaciones sociales y
estéticas, vamos encontrando, como otras tantas atmósferas espirituales,
un viril amor de la sinceridad, que nunca desciende a la crudeza; un
gran entusiasmo por la razón, que quisiera instaurar sobre la tierra el
régimen de la inteligencia, y siempre dedicado a mostrarnos el
desconcierto de las existencias que gravitan fuera de esta ley superior;
cierto orgullo caballeresco del nombre y la prosapia, por afición al
mayor decoro de la vida, como una nueva dignidad que sirve de máscara a
la dignidad interior; el gusto de la cortesía y el cultivo de las buenas
formas, freno perpetuo de la brutalidad, que hace vivir a los hombres en
un delicado sobresalto; el disgusto de la rutina y los convencionalismos
de su arte, pero sin consentirse--por el culto de la moderación--estallidos
revolucionarios; una elegancia epigramática en sus palabras, y en sus
retratos un objetivismo discreto; una actitud de cavilación ante la vida,
ocasionada tal vez por su desgracia y defectos personales, y hasta por
cierta condición de extranjero, que todos se encargaban de recordarle;
finalmente, una apelación a todas las fuerzas organizadoras de que el
hombre dispone, una fe perenne en la armonía, un ansia de mayor
cordialidad humana, que imponen a su vida y a su obra un sello de candidez.
Entre la revuelta jauría literaria, burlado y herido, Ruiz de Alarcón no
se convence de que la naturaleza humana sea fundamentalmente mala, y
busca por todos los medios una convicción externa, objetiva. Satisfecho
de su fama poética, reclama, con decente naturalidad, su parte en las
comodidades del mundo, y entonces aspira a ser un buen ministro. Dudamos
de que haya sido feliz; nada sabemos de su hogar, e ignoramos quién era
Angela Cervantes. Pero ¡noble amor el de la fama! Él cuida al poeta como
un verdadero demonio familiar y, descontando las penalidades presentes,
le permite proyectar a través del tiempo la imagen más pura de sí mismo,
y la más feliz. El arte es también desquite de la vida, y bienaventurado
el que puede alzar la estatua de su alma con los despojos de esta
realidad que todos los días nos asalta.
_Una mesurada protesta contra Lope_.--No sólo por su posición crítica
ante algunas convenciones del teatro, como la conducta de sus graciosos,
que--dice Barry--, a pesar de Lope y de la antigüedad, no son siempre
bribones, ni siempre se casan necesariamente al tiempo que sus amos[6].
De esta rutina, que da por momentos a la comedia cierto aire de danza
ritual, a través de las situaciones simétricas y contrarias de amos y
criados, ya se burlaba Quevedo en la "Premática" inserta en _El Buscón_;
también Tirso de Molina censura la intimidad inverosímil entre el amo y
el criado[7]. Ni siquiera pararon siempre en casamiento las comedias de
Alarcón, aunque no sea único en esto. No era su teatro un teatro de
fantasía y diversión como el de Tirso, sino de realismo y pintura de
caracteres. Pero nada de esto le es privativo, aunque todo ello concurra
a darle relieve distinto. Sino que en Lope, en el tipo fundamental de la
comedia española, la invención lo es todo, y aquella ráfaga avasalladora
de acción deshace hasta la psicología, y si no arrasa también la ética
(yo creo que muchas veces la arrasa), es porque el sentido moral se
salva prendido provisionalmente a las nociones mecánicas del "honor".
Alarcón, en cambio, procura que su acción tenga una verdad interna y,
como no puede menos de valerse de convenciones, hace disertar a sus
personajes--tal sucede en _La verdad sospechosa_--, para que se
demuestren a sí mismos, por decirlo así, la verosimilitud de la acción
en que están comprometidos; y, de tiempo en tiempo, pone en sus labios
resúmenes de los episodios que nos permitan apreciar su sentido. Por eso
decía Barry que se propone desarrollar una sola intriga, huyendo de la
confusión de asuntos, y que "no sin cierta dificultad" la lleva a
término. Esto paga a la debilidad de los recursos dramáticos de su
tiempo. Algo de aquel disgusto por lo convencional que su "Don Domingo
de don Blas" lleva a las cosas de la vida, anima a Alarcón en la esfera
del arte. Y _La verdad sospechosa_, su obra más característica,
verdadero compendio de su teatro, ¿no podría también interpretarse como
una ironía inconsciente de los procedimientos teatrales en boga? Su
final es frío y desconsolador: Corneille no se atrevió a conservarlo en
su adaptación francesa (_Le Menteur_), anulando el sentido que la
comedia tiene hoy para nosotros. Como en un cuento del humorista
norteamericano Mark Twain, la acción procede de una en otra
mixtificación, hasta que el héroe tropieza contra un verdadero muro
infranqueable. Lo ordinario es que en el teatro español los héroes se
abran paso de cualquier modo; pero en _La verdad sospechosa_--si no
para Alarcón, sí para sus lectores modernos--las leyes del orden, las
fuerzas de la razón se vengan: "La mano doy, pues es fuerza", dice Don
García, y éste es el resultado más lógico de su trama de embustes.
[Nota 6: _Los favores del mundo_, acto II, escenas 1 y 2, y _La
Verdad sospechosa_.]
[Nota 7: _Amar por señas_, acto I, escena I.]
ALFONSO REYES
(Prólogo a la edición de _La verdad sospechosa_ y _Las paredes oyen_ en
los Clásicos Castellanos de La Lectura, Madrid, 1918)
* * * * *
ALARCON EL CORCOVADO
Entre las fisonomías literarias españolas que el tiempo y la
investigación erudita han ido aclarando y definiendo, pocas más
afortunadas que la de Don Juan Ruiz de Alarcón. De una parte, ha
contribuído a ello su relativa sobriedad en el producir. Sólo
veintitantas comedias tenemos de su mano. Ante la inagotable vena de
otros contemporáneos suyos, de Tirso, por ejemplo, para no hablar de
Lope, a quien nadie quizá leyó nunca por entero, esta continencia de
Alarcón es ya, por sí sola, harto característica. De otra parte, el
hecho de haber nacido en el mundo colonial le ha valido a Alarcón buen
número de aficionados y devotos en las nuevas generaciones de aquellos
países, que hoy entran con marcha segura en los nuevos métodos
históricoliterarios, ganosas de escudriñar cuanto haya de grande y de
bello en su pasado próximo. Después del trabajo respetable de Don Luis
Fernández Guerra, ya anticuado, y de las aportaciones de Pérez Pastor y
Rodríguez Marín,--sin contar algunas sugestiones de Menéndez y Pelayo,
felicísimas y muy luminosas, con estar hechas de pasada,--los estudios
alarconianos han tomado nuevo impulso en América, merced a las rebuscas
eruditas de Don Nicolás Rangel, y sobre todo a la honda labor de Don
Pedro Henríquez Ureña. Ahora en Madrid salen simultáneamente dos
volúmenes de Alarcón, uno con dos comedias, en la colección de _Clásicos
castellanos_, y otro de _Páginas escogidas_, en la _Biblioteca Calleja_,
ambos por diligencia de Don Alfonso Reyes, que los ha ilustrado con
importante labor crítica en prólogos y anotaciones.
Resumen estos libros todo lo hecho hasta aquí en el estudio de Alarcón,
tanto en investigaciones documentales como en interpretación estética;
hay, además, en ellos cuanto podría esperarse, conocidas la seriedad y
cultura del literato que los ha dado a la imprenta. La ciencia
literaria, la seguridad del gusto, la novedad expositiva, tan rica en
alusiones y puntos de vista, con que los papeles críticos que avaloran
la fidelidad de los textos están trazados, son dignos de incondicional
encomio. A estos libros tendrá que acudir en adelante todo el que se
interese por el autor de _La verdad sospechosa_.
Podemos ver aquí cómo es Alarcón. Las burlas de que fué objeto por parte
de sus contemporáneos han llegado hasta nosotros, más todavía que sus
comedias, casi nunca representadas en tiempos recientes. Son éstas, al
lado de las de Lope, ruidosas, gallardas, empenachadas, o de la
insinuante agudeza de las de Tirso, modelos de reposo y de discreción;
en ellas la razón se impone y la fantasía se somete. Acaso la poesía
también: es raro, en Alarcón, el transporte lírico, tan frecuente en los
dramáticos de su tiempo. Las escasas obras no teatrales que de él nos
quedan son versos de circunstancias, sin mérito alguno. Es el hombre de
teatro, sin cariño por las demás formas literarias; y aun sus comedias
parece que las consideró como _virtuosos efectos de la necesidad_, para
entretener la espera de los cargos que pretendía. Logrados sus anhelos,
casi se aparta del teatro. Desde 1626 ya es persona importante: relator
interino primero, propietario después, en el Consejo de Indias. Cuando
publica sus comedias, en 1628 y en 1634, la vida literaria es cosa
pasada para él.
Los epigramas que le dispararon sus émulos, reunidos en antología,
pueden caracterizar el Parnaso de los comienzos del siglo XVII. Con _La
que adelante y atrás--gémina concha te viste_, se retrata en vocabulario
e inversión Don Luis de Góngora. ¿Quién sino Quevedo podría decir: _Don
Talegas--por una y por otra parte_? Tantas alusiones a su desdichada
figura, aunque él procurase pararlas con alfilerazos y donaires, habían
de amargarle la vida. Hasta en sus finos modales y atildada cortesía
encontraban reparo los ingenios de la corte; les parecerían--y en eso la
corte no ha tenido tiempo de variar en tres siglos--marca segura de
inferioridad provinciana.
El pobre corcovado, zaherido a todas horas y en todas partes, repetiría
más de una vez, para sus adentros, aquella redondilla que escribió en
_Las paredes oyen_:
En el hombre no has de ver
la hermosura o gentileza:
su hermosura es la nobleza;
su gentileza, el saber.
De noble y bien nacido blasonó siempre Alarcón; el tono moderado y
severo de moralista, que le señala y distingue entre todos los
dramáticos de su época, casa muy bien con tales aspiraciones,
desesperadamente abrazadas, a la falta de otros ideales, que huían de su
figurilla contrahecha. Esa redondilla, que si fuera de Lope se nos había
de antojar afectada y pegadiza, en Alarcón asume plena virtud
representativa y vale por una confesión.
ENRIQUE DÍEZ-CANEDO
(_Divagaciones literarias_, Madrid, 1922).
LOS FAVORES DEL MUNDO
Comedia en tres actos.
PERSONAS:
GARCI-RUIZ DE ALARCON.
DON JUAN DE LUNA.
EL PRINCIPE DON ENRIQUE.
DON DIEGO, viejo, tío de Anarda.
EL CONDE MAURICIO.
LEONARDO, su criado.
HERNANDO, gracioso.
GERARDO, paje del Príncipe.
ANARDA, dama.
JULIA, dama.
INÉS, criada de Anarda.
BUITRAGO, escudero.
DOS PAJES.
[CRIADOS.]
[La escena es en Madrid.]
ACTO PRIMERO
[_Llano al pie del parque de Madrid_.]
[ESCENA PRIMERA]
[Salen GARCIA y HERNANDO, de color.]
HERNANDO. ¡Lindo lugar!
GARCIA. El mejor;
todos, con él, son aldeas.
HERNANDO. Seis años ha que rodeas
aqueste globo inferior,
y no ví en su redondez
hermosura tan extraña.
GARCIA. Es corte del rey de España,
que es decillo de una vez.
HERNANDO. ¡Hermosas casas!
GARCIA. Lucidas;
no tan fuertes como bellas.
HERNANDO. Aquí, las mujeres y ellas
son en eso parecidas.
GARCIA. Que edifiquen al revés
mayor novedad me ha hecho;
que primero hacen el techo,
y las paredes después.
HERNANDO. Lo mismo, señor, verás
en la mujer, que adereza,
al vestirse, la cabeza
primero que lo demás.
GARCIA. Bizarras las damas son.
HERNANDO. Diestras, pudieras decir
en la herida del pedir,
que es su primera intención.
Cífrase, si has advertido,
en la de mejor sujeto,
toda la gala en el peto,
toda la gracia en el pido.
Tanto la intención cruel
sólo a este fin enderezan,
que si el "Padre nuestro" rezan,
es porque piden con él.
Hoy a la mozuela roja
que en nuestra esquina verás,
dije al pasar: ¿Cómo estás?
y respondió: Para aloja.
GARCIA. Con todo, siento afición
de Madrid en tí.
HERNANDO. Y me hicieras
merced, si aquí fenecieras
esta peregrinación;
que molerán a un diamante
seis años de caminar
de un lugar a otro lugar,
hecho caballero andante.
GARCIA. Hernando, estoy agraviado,
y según leyes de honor,
debo hallar a mi ofensor;
no basta haberlo buscado.
Mas no pienses que me canso,
que hasta llegar a matalle,
de suerte estoy, que el buscalle
tengo solo por descanso.
No a mitigarme es bastante
tiempo, cansancio ni enojos;
que siempre tengo en los ojos
aquel afrentoso guante.
¡Ah, cielos! ¿en qué lugar
escondeis un hombre así?
¡Cielos, o matadme a mí,
o dejádmelo matar!
Yo, que en la africana tierra
tantos moros he vencido;
yo, que por mi espada he sido
el asombro de la guerra;
yo, que en tan diversas partes
fijé, a pesar del pagano
y el hereje, con mi mano
católicos estandartes,
¿he de vivir agraviado
tantos años, cielo? ¿Es bien
que esté deshonrado quien
tantas honras os ha dado?
HERNANDO. Por Dios te pido, señor,
que no te aflijas así;
que yo espero en Dios que aquí
has de restaurar tu honor.
Si las señas no han mentido,
Don Juan en Madrid está;
sufre lo menos, pues ya
lo más, señor, has sufrido.
Deja esa pena inhumana,
no pienses en tu contrario.
GARCIA. Es pedir al cuartanario
que no piense en la cuartana.
HERNANDO. Diviértete, considera
cómo está en caniculares,
con ser pobre, Manzanares,
tan honrada su ribera,
que dél dijo una señora,
cuyo saber he envidiado,
que es, por lo pobre y honrado,
hidalgo de los de agora.
Bien puede aliviar tus males
ver ese parque, abundoso
de conejo temeroso,
blanco de tiros reales.
GARCIA. Detente. ¿No es mi enemigo
el que miro?
HERNANDO. ¿Don Juan?
GARCIA. Sí,
el que viene hablando allí,
con aquel coche...
HERNANDO. Yo digo
que me parece Don Juan,
pero no puedo afirmallo.
GARCIA. Ya ves que importa no errallo.
Pues tan divertidos van,
al descuido has de acercarte,
y con cuidado mirar
si es él, que yo quiero estar
escondido en esta parte
hasta que vuelvas. Advierte
que certificado quedes;
despacio mirarlo puedes,
que él no podrá conocerte.
HERNANDO. El coche paró; una dama
sale; él sirve de escudero.
GARCIA. Acaba, vete.
HERNANDO. El cochero
me dirá cómo se llama. (_Vase._)
(Salen Anarda y Julia con mantos, y don Juan.)
[_Vase Hernando, García se esconde a un lado, y por
el opuesto salen Anarda, Julia y Don Juan._]
[ESCENA II]
[ANARDA y JULIA con mantos; DON JUAN.--GARCIA, oculto]
JUAN. El Príncipe, mi señor,
que deste parque en la cuesta
dando está con la ballesta
lición y envidia al amor,
como vuestro coche vio,
contento y alborotado,
a daros este recado,
bella Anarda, me envió.
Miraldo en aquel repecho,
sobre el hombro la ballesta,
la mira en el blanco puesta,
que sigue tan sin provecho.
ANARDA. Al parque, Don Juan, subiera,
no dando que murmurar;
mas está todo el lugar
de ese río en la ribera.
Perdón me ha de dar su Alteza,
y porque pueda advertir
que nace en mí el no subir
de honor, y no de esquiveza,
aquí me quiero asentar,
(_Siéntanse las damas, Don Juan se arrodilla_.)
donde el Príncipe me vea,
que ver lo que se desea,
algo tiene de gozar;
y vos, que con él priváis,
estaos aquí, porque arguya
que esta fortaleza es suya,
pues por alcaide quedáis.
JULIA. [_Hablando aparte con Anarda_.]
Parece que se mitiga
tu acostumbrado rigor.
ANARDA. A esto me obliga el temor,
ya que el amor no me obliga.
¿De rodillas? [_A Don Juan_.]
JUAN. Tus despojos
adoro.
ANARDA. Mucho te humillas.
JUAN. ¿No pondré yo las rodillas
donde el Príncipe los ojos?
Y cuando no a tu deidad
tal veneración le diera,
a tu prima se la hiciera,
pues adoro su beldad.
(_Sale Hernando_.)
[ESCENA III]
[HERNANDO.--ANARDA, JULIA, DON JUAN, GARCIA.]
GARCIA. [_Saliendo al encuentro a Hernando y hablando con
él, sin ser vistos de Don Juan ni las damas_.]
¿Es Don Juan?
HERNANDO. Sin duda alguna,
que yo pregunté al cochero:
¿quién es este caballero?
y dijo: Don Juan de Luna.
GARCIA. En cas del embajador
de Ingalaterra te espero.
Con mis joyas y dinero
ponte en salvo.
HERNANDO. Voy, señor. (Vase.)
(_Saca la espada y embiste a Don Juan; él te levanta
y la saca_.)
GARCIA. Aquí pagará tu vida
tu atrevimiento.
JUAN. Detente.
GARCIA. ¡Ah, Don Juan! aquí no hay gente
que la venganza me impida.
ANARDA. ¡Qué confusión!
JULIA. Prima mía,
¿qué haremos?
ANARDA. ¡Oh trance fuerte!
JUAN. ¿Veniste a buscar tu muerte?
¿No me conoces, García?
GARCIA. Tanto mayores serán,
si aquí te venzo, mis glorias,
cuanto lo son tus victorias.
ANARDA. ¡Vencido cayó Don Juan!
(_Vienen a los brazos, cae debajo Don Juan, saca la
daga García y levanta a dalle una puñalada_.)
GARCIA. Ya llegó el tiempo en que salga
de tanta afrenta. ¡Enemigo,
este es tu justo castigo!
[_Va á darle una puñalada_.]
JUAN. ¡Válgame la Virgen!
GARCIA. (_Detiene el brazo levantado, y levántase_)
Valga;
que a tan alta intercesora
no puedo ser descortés.
JUAN. Déjame besar tus pies.
GARCIA. Don Juan, a nuestra Señora,
Vírgen. Madre de Dios hombre,
de la vida sois deudor;
que refrenar mi furor
pudiera sólo su nombre.
JUAN. Matadme, que más quisiera
morir, que haber agraviado
a quien la vida me ha dado.
GARCIA. Más queda desta manera
satisfecha la honra mía;
que si ya pude mataros,
más he hecho en perdonaros
que en daros la muerte haría.
Matar pude, vencedor
de vos solo; mas así
he vencido a vos y a mí,
que es la vitoria mayor.
Sólo faltó derribar
el brazo ya levantado;
más fué perdonar airado,
que era, pudiendo, matar.
ANARDA. [_Ap_.] (De turbada estoy sin mí)
Necio, descortés, grosero,
si valiente caballero,
fuera bien mirar que aquí
estaba yo, para dar
a ese intento dilación.
¿Faltáraos otra ocasión
de poderlo ejecutar?
GARCIA. En que os habéis ofendido
reparad, señora mía,
llamando descortesía
lo que ceguedad ha sido.
Ciego llegué del furor;
que ¿quién, señora, os mirara,
que suspenso no quedara
o de respeto o de amor?
ANARDA. Vanas las lisonjas son,
cuando con lo que intentastes
de ningún modo guardastes
el decoro a mi opinión.
¿Qué dijeran los que están
buscando qué murmurar,
viendo a mi lado matar
un hombre como Don Juan?
JUAN. Si advertís, señora mía,
perdón merece en su error
quien, por tener mucho honor,
tuvo poca cortesía.
ANARDA. ¡Bueno es disculparlo vos!
JUAN. ¿No estoy a hacello obligado,
cuando la vida me ha dado?
(_Sale un paje_.)
[ESCENA IV]
[GERARDO.--GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.]
GERARDO. Su Alteza llama a los dos.
GARCIA. ¿El Príncipe?
GERARDO. Veislo allí.
JUAN. No tenéis que alborotaros,
que presto pienso pagaros
lo que habéis hecho por mí.
[_A las damas_.]
Su Alteza a llamarme envía.
ANARDA. Bien es que le obedezcáis.
JUAN. Si el coche, Anarda, tomáis,
dejaros en él querría.
ANARDA. Desde aquí del aire y soto
gozar queremos las dos.
JUAN. Julia, adiós.
JULIA. Don Juan, adiós.
(_Vase Don Juan_.)
GARCIA. Perdonad este alboroto,
si puedo esperar perdón
de quien, sólo con mirar,
da muerte.
ANARDA. De perdonar
vos me habéis dado lición.
JULIA. ¡Qué bizarro caballero!
Las almas lleva tras sí.
(_Sale Hernando_.)
[ESCENA V]
[HERNANDO.--GERARDO, GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.]
GARCIA. [_Encontrándose con su criado al retirarse y hablando
aparte con él_.]
¿Aquí estás?
HERNANDO. Quise de aquí
ver el suceso primero.
GARCIA. Quédate, y sabe quién son
esas mujeres.
HERNANDO.
¿Ya estás
herido?
GARCIA. En ellas verás
si es bastante la ocasión.
_Vase_ [_García, Hernando se queda en el fondo_.]
[ESCENA VI]
[ANARDA, JULIA, GERARDO, HERNANDO, _retirado_.]
GERARDO
El Príncipe, mi señor,
que este caso viendo ha estado,
os dice que se ha alegrado
de tener competidor;
que a su privado ha querido,
porque os hablaba, ofender;
que dueño debe de ser
quien cela tan atrevido.
ANARDA. Decid, Gerardo, a su Alteza,
que mostrárseme penado
deste susto que me han dado,
fuera más alta fineza
que condenarme a liviana
con tanta resolución
por sólo la información
de una conjetura vana.
Que ya de Don Juan sabrá
cuán otra la causa ha sido,
y de haberme así ofendido
el yerro conocerá.
Y porque entienda que yo
no sé a dos favorecer,
le suplico haga prender
al que mi agravio causó
Id con Dios.
GERARDO. Quede contigo. (_Vase_.)
[ESCENA VII]
[ANARDA, JULIA, HERNANDO, _retirado_.]
JULIA. Yo pensé que merecía
su humildad y cortesía
antes premio que castigo.
Villana estás, por mi fe,
con quien perdón te pidió.
(_Ap_. Préndaos Anarda, que yo,
forastero, os libraré.)
ANARDA. ¡Oh, qué mal me has entendido!
¿Ves este enojo y rigor?
pues ardides son que amor
ha trazado y ha fingido.
JULIA. ¿Quieres al Príncipe ya?
ANARDA. Nunca tan necia te ví.
Quien vió el forastero, dí,
¿cómo otro dueño querrá?
Aquel bizarro ademán
con que la espada sacó,
el valor con que venció
y dió la vida a Don Juan;
la gala, la discreción
en darme disculpa, el modo,
gentileza y talle, todo
me ha robado el corazón.
JULIA. (_Ap_.) ¡Rabiando estoy de celosa!
ANARDA. Y así, por volver a vello,
lo aseguro con prendello,
de que se irá temerosa,
porque forastero es.
JULIA. Cuando se apartó de aquí,
al oido hablar le ví
a aquel mancebo que ves.
Él informarte pudiera.
ANARDA. Bien dices: hablalle quiero.
JULIA.(_Ap_.) Así, ha de ser, forastero,
mi contraria mi tercera.
ANARDA. ¡Ah caballero!
HERNANDO. (_Ap_. ¿Si a mí
caballero me llamó?
¿tan buen talle tengo yo?)
¿Es a mí, señora?
ANARDA. Sí.
HERNANDO. Extrañé la nueva forma,
cuando me ví caballero;
si bien no soy el primero
que en la corte se trasforma.
Mas son vanas intenciones
cuando con pobreza lidio,
que es el dinero el Ovidio
de tales trasformaciones.
Pero si puedo serviros,
dama, sin ser caballero,
mandadme.
ANARDA. Pediros quiero...
HERNANDO. Pues bien podéis despediros.
¿Para pedirme, decid,
sólo me llamáis las dos?
Animosas sois, por Dios,
las mujeres de Madrid.
Que pida la que se ve
de mí rogada y querida,
vaya; mi amor la convida,
y pues pido, es bien que dé.
Que la mujer que hablo yo
en la iglesia, tienda o calle,
me pida, vaya; el hablalle
ya por ocasión tomó.
Mas ¡llamarme, hacerme andar,
y luego pedirme! ¿Es cosa
el dar tan apetitosa,
que he de andar yo para dar?
ANARDA. Lo que pediros intento,
sólo hablar ha de costaros.
HERNANDO. De eso bien me atrevo a daros
cuanto os pinte el pensamiento.
ANARDA. Oid, pues.
HERNANDO. Decid, señora.
ANARDA. Que me digáis sólo quiero
quién es aquel forastero
que al oído os habló agora.
HERNANDO. Con que vos, señora mía,
antes quién sois me digáis,
os lo diré; y no tengáis
lo que os pido a grosería;
porque sin saber a quién,
decir quién es no conviene,
puesto que enemigos tiene.
ANARDA. ¡Qué cauto sois!
HERNANDO. Hago bien;
que en la corte es menester
con este cuidado andar;
que nadie llega a besar
sin intento de morder.
ANARDA. Si así ha de ser, yo me llamo
Doña Lucrecia Chacón.
HERNANDO. Garci-Ruiz de Alarcón
es el nombre de mi amo.
ANARDA. ¿Es caballero?
HERNANDO. ¿Tan mal
os informa su apellido?
La Mancha no lo ha tenido
más antiguo y principal.
Y sin el nombre, el sujeto
os pudiera haber mostrado
su calidad.
ANARDA. ¿Es casado?
HERNANDO. No, sino hombre muy discreto.
ANARDA. Déte el cielo buenas nuevas.
JULIA. [_Ap. a Anarda_.] Disimula. Loca estás.
ANARDA. [_Ap. a Julia_.] ¿Qué quieres?
JULIA. [_Ap. a Anarda_.] Pregunta más,
sin mostrar el fin que llevas.
ANARDA. ¿Es rico?
HERNANDO. ¡Gracias a Dios
que llegamos al lugar!
Si queríades preguntar
solo ese punto las dos,
¿qué sirve parola vana
y hablar de falso primero?
Bien sé que apunta al dinero
toda aguja cortesana.
ANARDA. Ya no lo quiero saber,
por mostrar otros cuidados.
HERNANDO. Pues hasta dos mil ducados
de renta, deben de ser
los que en sus vasallos tiene.
ANARDA. ¿A qué vino a este lugar?
HERNANDO. Ese es mucho preguntar.
ANARDA. Sólo si de espacio viene me decid.
HERNANDO. Si no es aquí rémora un nuevo cuidado...
ANARDA. ¿Hase acaso enamorado?