Maya. El aspecto de los desgraciados fugitivos inspira lástima, y hace
nacer en el corazón vehementes deseos de venganza....
XV
NUESTROS BRAVOS SOLDADITOS
Dejemos á los alzados en sus montañas, y á los americanos en sus
acorazados, y sus guarniciones, y dediquemos algunas frases de
admiración y cariño á nuestros heroicos soldados, que bien lo merecen.
Hablemos, en otras palabras, de algo que á todos por igual nos interesa
y nos atañe; de algo que debemos anteponer á nuestras ambiciones
personales y á nuestras opiniones políticas: hablemos, para
glorificarlo, del inimitable ejército cubano, sangre de nuestra sangre,
orgullo de la patria y sostén y garantía de nuestras instituciones.
Los que aquí, en la soberbia capital, solo conocen de las operaciones
militares los partes y relatos que publica la prensa periódica; los que
solo han visto á nuestras tropas en las maniobras y ejercicios de
Columbia y en las paradas y revistas del Malecón, no pueden tener una
idea de todo lo que representa, de todo lo que significa y de todo lo
que vale nuestro admirable ejército.
Esos oficiales tan inteligentes, tan correctos, tan irreprochables, y
esos soldados tan alegres, tan ordenados, tan pulcros, que estábamos
acostumbrados á ver en los restaurants, en los cafés, en los teatros y
en los paseos de nuestra bella ciudad capitalina, marchan hoy,
resueltos, animosos, decididos, indomables, por las abruptas montañas
del Oriente, recorriendo distancias enormes, atravesando valles y
cañadas, salvando espantosos precipicios; y siempre firmes, siempre
ardorosos, siempre entusiastas, insensibles á la fatiga, inconmovibles
ante el peligro, solo tienen una ambición: vencer, y un solo
pensamiento: mostrarse dignos de la confianza en ellos depositada.
Yo acabo de verles en acción y en ciertas ocasiones he tenido el honor
de acompañarles á traves de esas horribles é inhospitalarias montañas,
donde la muerte permanece en acecho constante, donde detrás de cada roca
puede hallarse en emboscada el plomo traidor, y donde cada soplo de
viento parece un gemido de dolor cuando no un rugido de amenaza.
Allí todo es hóstil, hasta el aire que se respira: tan pronto como se
pierde de vista la ciudad y empieza el interminable y cada vez más
escabroso camino de la sierra, se experimenta esa sensación de malestar
que produce siempre la cercanía del peligro: los árboles, los peñascos,
la selva virgen, el boscaje enmarañado, el negro abismo que obliga á
cerrar los ojos para sustraerse al vértigo... y la soledad, la horrible
y angustiosa soledad que oprime el corazón y pueblo el cerebro de
horripilantes imágenes y el alma de tristes presentimientos.
Por allí, escalando esos picachos, descendiendo al fondo de esos
desfiladeros, desafiando á cada paso la muerte y mostrandose insensibles
á la fatiga, á las privaciones, á la intemperie, á todo, en fin,
luchando á brazo partido con la naturaleza y con los hombres,
sobreponiéndose á los sufrimientos físicos y á las pesadumbres morales,
marchan nuestros bravos soldaditos alegres, orgullosos, indomables, con
el mismo orden, la misma corrección, y la misma disciplina, que si solo
se tratase de unas maniobras y no de una campaña que no tiene para ellos
ni siquiera el aliciente de la gloria militar, por la despreciable
calidad del enemigo.
¡Oh!...; yo no puedo sustraerme á un sentimiento de admiración sincera;
yo no puedo ahogar en mi garganta el grito de entusiasmo que brota de mi
pecho extremecido: ¡Viva el Ejército!
Nada importa que nuestras convicciones políticas nos inclinen á censurar
ó aplaudir á los hombres que rigen los destinos de la patria; nada
importa que militemos en tal ó cual partido: en momentos como este y en
presencia de espectáculos tan hermosos, solo podemos y debemos sentirnos
cubanos. El ejército no pertenece á ningún grupo ni defiende
determinadas aspiraciones: pertenece á todos, es nuestro, muy nuestro, y
todos debemos unirnos, olvidando agravios y recelos, para tributarle el
homenaje que merece.
Esos soldados que tan bizarramente luchan en las montañas orientales, y
que han arrancado aplausos y elogios á los representantes extranjeros y
á los mismos jefes y oficiales del ejército americano, son acreedores á
los honores del triunfo y el pueblo cubano no desea otra cosa que
acordárselos.
Los habaneros, especialmente, que les ovacionaron al partir quieren
ovacionarlos á su regreso.
¡Qué bello espectáculo ofrecería ese ejército vencedor al desfilar por
las calles de la capital bajo arcos de triunfo y en medio de vítores y
aclamaciones! ¡Cómo se sentiría confortada el alma cubana, el alma
nacional, en presencia de ese abrazo fraternal que sellaría para siempre
el pacto de solidaridad entre el ejército y el pueblo!
Sería una ráfaga, un chispazo, un brote que acaso no tardaría en
extinguirse; pero por breve que fuese la visión, viviríamos, siquiera
durante algunos instantes, vida cubana; nos olvidaríamos del escabroso
presente para recordar el glorioso pasado y mirar de frente con
seguridad, con confianza, el incierto porvenir.
XVI
HONOR A QUIEN HONOR SE DEBE
El Mayor General José de Jesús Monteagudo, comandante en Jefe del
Ejército de la República, puede en justicia sentirse orgulloso y
satisfecho de haber logrado lo que ningún general europeo ni americano
pudo jamás lograr: aplastar en poco tiempo una revolución de
guerrilleros montañeses que se negaban sistemáticamente á combatir.
Los franceses vencieron en Argelia, y los ingleses en el Transvaal y los
americanos en Filipinas, porque tanto los argelinos, como los boers y
los tagalos aceptaban con frecuencia las batallas, y en no pocos casos
hasta se atrevían á provocarlas.
En cambio los españoles jamás pudieron vencer á los cubanos, por la
sencilla razón de que la famosa _táctica mambisa_ de los libertadores,
resultaba un problema demasiado complicado para los generales y soldados
peninsulares, que no obstante sus esfuerzos sólo conseguían encontrar al
enemigo cuando éste lo tenía por conveniente.
En campañas de la índole de las que invariablemente se han librado en
Cuba, cuanto más perfecta sea la organización del ejército leal, más
seguros del éxito pueden estar los rebeldes. La disciplina, la táctica,
la estrategia, el espíritu de cuerpo y casi, casi, estamos por decir que
hasta el valor colectivo, nada representan ni nada valen, y en no pocos
casos resultan otros tantos obstáculos.
Esto, precisamente, nos hizo temer, al iniciarse la rebelión
estenocista, que los esfuerzos de las tropas regulares, enviadas desde
esta capital para combatir á los alzados, se estrellarían contra el
sistema de guerrillas que, sin duda, adoptarían los jefes de la
rebelión.
Porque el ejército cubano es (y esto conviene que se sepa) uno de los
más brillantes y completos que existen, por lo que respecta á
organización, á disciplina, á todo, en fin, lo que caracteriza á los
ejércitos regulares.
Compuesto en su inmensa mayoría de jefes, oficiales y soldados punto
menos que improvisados, adquirió en breve tiempo un grado tal de
perfeccionamiento, que los mismos oficiales americanos que completaron
su instrucción (los capitanes Catley y Parker) se mostraron admiradores
de la sorprendente facilidad con que esos hombres, muchos de los cuales
no habían visto nunca un fusil moderno, se adaptaban al riguroso régimen
militar que se les imponía.
Tanto los artilleros, como los infantes y los admirables jinetes del
Tercio Táctico de Caballería de la Guardia Rural, se convirtieron en
menos de tres años en verdaderos soldados, no inferiores en modo alguno
á los de las primeras potencias militares de la vieja Europa.
Sin que el patriotismo nos ciegue, podemos asegurar que el Ejército de
la República de Cuba, dotado de los más eficaces v modernos armamentos
é instruído de acuerdo con el sistema americano (que no reconoce
superior en la práctica) puede sufrir ventajosamente cualquier
comparación á que quiera sometérsele.
Pero como antes decimos, estas mismas brillantes cualidades, ese
perfeccionamiento, ese carácter de "ejército regular" que le distingue,
eran para nosotros otros tantos motivos de duda. Nos parecían nuestros
soldados (digámoslo en una palabra) _demasiado regulares_ para luchar
sin desventaja con las hordas salvajes que infestaban las serranías
orientales.
Y he aquí lo más admirable, lo que para nosotros, testigos presenciales
de la cruenta campaña, constituye el más hermoso timbre de gloria con
cuya posesión pueden envanecerse las tropas cubanas: esos soldados,
instruídos para operar en grandes núcleos, para dar batallas campales,
para batirse en campo abierto, esos soldados, que por las lecciones que
recibieron solo parecían capaces de hacer lo que podríamos llamar "la
guerra seria", han demostrado que, llegado el momento, cuando las
circunstancias así lo exigen, pueden y saben hacer la guerra irregular;
que para ellos las formaciones en columna, los brillantes despliegues,
las líneas estratégicas, las cargas por escuadrones, las retiradas
escalonadas, los fuegos de "boleo", las postas cosacas; y hasta las
tiendas de campaña y los zapatos solo tienen un valor relativo.
De injustos pecaríamos, sin embargo, si no tributásemos, al mismo tiempo
que á los soldados, un elogio entusiástico v merecido al hombre que con
su firmeza de carácter, su inagotable valor moral y sus vastos
conocimientos prácticos de militar veterano y experimentado, supo
conducir á buen fin una campaña que, por su índole, amenazaba con
prolongarse indefinidamente, después de cansar al país irreparables
daños.
El Mayor General José de Jesús Monteagudo, á quien hoy, cuando no
existen ya Gómez, Maceo ni García, no vacilamos en llamar _el primer
guerrillero del mundo_, se ha hecho acreedor no sólo á la gratitud de su
pueblo, sino á los plácemes sinceros de la crítica. Ha dirigido las
operaciones con verdadero genio, revelándose en todas ocasiones como un
militar de talla, para quien la guerra de montañas no guarda secreto
alguno.
Cuando, á raíz del incendio de Ramón de las Yaguas, las partidas
rebeldes emprendieron la retirada hacia Mayarí Arriba, el General
Monteagudo, en vez de lanzar en seguimiento de los alzados grandes
contingentes de tropas, se limitó á situar fuerzas en los mismos parajes
que el enemigo acababa de visitar. Uno de los autores de este libro, al
darse cuenta de ello, y extrañándole sobre manera la conducta observada
por el general en Jefe, se permitió llamarle la atención: el General,
con su inalterable calma (esa calma que nunca le abandona) sonrióse
benévolamente y pronunció estas palabras, reveladoras de un espíritu de
observación profundo y de una sagacidad sorprendente: _Yo soy_, dijo,
_antes que nada y por encima de todo, un general mambí; y por lo mismo
sé cómo piensan y obran los mambises, cuya táctica se reduce á dar
grandes rodeos, para volver siempre, más tarde ó más temprano, al punto
de partida. Por esta razón, estoy convencido de que Ivonet y Estenoz,
con sus partidas, volverán á Ramón de las Yaguas, ó, por lo menos,
intentarán hacerlo. Este es el motivo por el cual estoy tomando todas
las medidas del caso, para recibirlos dignamente á su regreso, si es que
logran regresar, pues como tengo mis motivos para presumir la ruta que
se proponen seguir, he situado también algunas columnas en el camino
que, según mis cálculos, intentan recorrer en su viaje de regreso._
Dos días después de haber escuchado de labios del General Monteagudo
estas palabras, los rebeldes, rechazados en Sagua de Tánamo por el
valeroso Teniente de la Guardia Rural "Vivín" Rodríguez, tropezaban con
las tropas del teniente coronel Consuegra, que habían sido despachadas
por el Comandante en Jefe, obedeciendo al plan de referencia, y á partir
de ese momento puede decirse que no transcurrió un solo día sin que las
partidas, que como lo había previsto el General intentaban volver á
Ramón de las Yaguas, no sufrieran algún descalabro más ó menos serio.
Un auxiliar en extremo valioso resultó en esos días (los más importantes
y decisivos de la campaña) el cuerpo de Voluntarios de Occidente, que al
mando del valiente y prestigioso General Manuel Piedra, prestó un
extenso y penosísimo servicio de guarnición sobre la línea del
ferrocarril del Este (San Luis, Songo La Maya y Guantánamo).
La cooperación de los voluntarios occidentales fué de gran utilidad, en
primer término, porque gracias á ellos pudo destinarse á la persecución
activa de los rebeldes un respetable contingente de tropas regulares,
que de otro modo hubieran tenido que ser empleadas en guarnecer los
poblados, caseríos y estaciones ferroviarias, que, de manera tan eficaz,
guarnecieron aquéllos.
Es indudable, sin embargo, que, después del General en Jefe, la figura
más saliente de la campaña de Oriente ha sido la del Brigadier Pablo
Mendieta. De los primeros en llegar, al teatro de las operaciones, este
bizarro militar tuvo la gloria de administrar á los alzados la primera
derrota que sufrieron, en Yarayabo, y posteriormente cúpole en suerte
asestar el golpe decisivo á la rebelión, dando muerte á su jefe
principal, al ambicioso Estenoz, en los campos ensangrentados de Micara.
Hemos hecho justicia á los que, por sus grandes merecimientos han tenido
el privilegio de granjearse la eterna gratitud de todo un pueblo; pero
nuestra obra resultaría incompleta, si no hiciéramos también resaltar,
para tributarle el aplauso que merece, la inmensa labor realizada, con
ocasión del movimiento racista, por nuestra naciente marina nacional.
Sin la cooperación valiosísima de nuestras fuerzas marítimas, sin la
pericia, el arrojo y la incansable laboriosidad de nuestros hombres de
mar, las operaciones militares no habrían sido tan eficaces, las tropas
no hubieran podido moverse, en muchos casos, con la rapidez necesaria y
el costo de la campaña hubiera sido enorme.
En todos, desde los más altos hasta los más humildes, desde el General
en Jefe del Ejército hasta el último marinero de la escuadra, ha tenido
la República fieles y valiosos auxiliares, y todos, en su esfera
respectiva, se han distinguido por igual.
Y es que en todos alentaba el mismo espíritu patriótico de los días de
gloria... es que en el pecho de todos latía el corazón mambí....
* * * * *
XVII
EL PADRON DE HONOR
_Las bajas de la campaña_
No ha obtenido el brillante ejército de la República su completa y
decisiva victoria sobre las hordas rebeldes que infestaban las montañas
de Oriente, sino á costa de grandes sacrificios é ímprobos trabajos.
Las marchas interminables por la sierra, las noches pasadas al raso y
las privaciones de todo género que han tenido que sufrir nuestros
soldados, no fueron bastante, sin embargo, á abatir el espíritu de esos
bravos luchadores que parecían insensibles á las fatigas corporales.
Pocos casos de enfermedad se han registrado, y ésto, al par que á la
resistencia física de los soldados hace honor á la administración
militar del ejército.
Por lo que se refiere á las bajas sufridas en combate, pocas fueron,
relativamente; pero de todos modos los cuarentisiete valientes que
derramaron su sangre por la república y la paz, son mil veces acreedores
á la gratitud eterna de todos los cubanos.
He aquí una relación completa de las bajas de la campaña. En ella se
incluyen los nombres de los infelices voluntarios de Occidente que
perecieron, víctimas de la traición más horrible.
MUERTOS
Celestino Mayor.
Alejandro Marín Pagan.
Ramón Moya Sotolongo.
Eliseo Ramírez.
José Llanes.
Modesto de Armas Calderón.
José René.
Secundino Reyes.
Abelardo Aragón.
N. Saavedra.
Domingo Tamayo.
Julián Hernández.
Antonio Almeida Pérez.
Prudencio Céspedes.
Felipe Santiago.
Manuel Mengana Olión.
HERIDOS
Tomás Santos Suárez
Armando Sánchez.
Darío Naranjo.
Manuel Andreu.
Encarnación Alfonso.
José Ignacio Cáceres.
Ramón Izquierdo.
Esteban León.
José Pérez Zequeira.
Juan Aguirre.
Germán Cauce.
Antonio Plasencia.
Enrique Salas Prado.
Fortunato Cortés.
Amador Rodríguez.
Juan Garzón.
Juan Sánchez González.
Antonio Mendoza.
Policarpo Garvey.
Antonio Moiño.
Juan José de la Paz.
Alberto Valentín.
Eleuterio Veranés.
Luis Llanes Oliva.
Francisco Martínez.
Camilo Cuenca.
Ramón Suárez Proenza.
Nemesio Medina (ó Díaz)
José Batista.
Juan Reyes.
Angel Garía.
XVIII
JUICIO DEL ALZAMIENTO
La convulsión racista toca á su fin. Capturado Gregorio Surín, en
Kentucky; sometido el paralítico Lacoste; muertos Heredia y Zapata y
acosados sin tregua ni descanso Ivonet, Estenoz, Antomarchi y sus
amedrentados compañeros, puede desde luego asegurarse (sin que al
hacerlo nos veamos obligados á exagerar la nota optimista) que el
alzamiento ha perdido ya su carácter político, para convertirse en
bandidaje de montaña.
No es ya la Ley Morúa lo que preocupa á los directores del movimiento; y
la carta de Evaristo Estenoz al cónsul de los Estados Unidos en
Santiago, prueba que los que hace un mes se lanzaron al campo invocando
los derechos de una raza, se darían por satisfechos hoy--á los treinta
días cabales de iniciado el movimiento--con escapar al plomo y el
machete de sus incansables perseguidores.
Eugenio Lacoste, hoy moribundo en el hospital de Santiago, y que, como
nadie ignora, fué el cerebro de la revolución, ha declarado que tanto él
como los demás jefes del movimiento acometieron la peligrosa aventura en
la creencia de que el gobierno, en su afán de ahorrarse líos y
complicaciones con los americanos, se apresuraría á comprar la paz á
cualquier precio; y esto me parece bastante probable; pero lo que ni el
paralítico ni ninguno de los cabecillas prisioneros ó presentados dice,
es que la llamada "revolución racista" no debía limitarse á un chispazo
sin importancia en las Villas y á un alzamiento de fuerza más aparente
que real en las serranías orientales.
Todo hace creer, por el contrario, que el movimiento armado debió
estallar simultáneamente en las seis provincias, lanzando al campo de la
revolución veinte ó treinta mil negros, que antes de ser sometidos
hubieran convertido en ruinas el país y provocado una nueva y acaso
definitiva intervención americana.
De tan terrible contingencia nos hemos librado merced al patriotismo de
nuestro pueblo y al valor de nuestros soldados; pero ante todo, debemos
dar gracias á Dios, que hizo tan cobarde á Evaristo Estenoz.
Este ciudadano, que por su osadía en la tribuna y por otras causas de
todos conocidas y que por lo mismo no creo necesario mencionar, habíase
convertido en "leader" del llamado "Partido Independiente", gozaba de
gran prestigio entre los negros occidentales, pero su influencia en
Oriente no fue nunca comparable á la de Lacoste, Ivonet y otros,
quienes, si bien es verdad que le reconocían como jefe supremo de la
conspiración que se fraguaba, y estaban dispuestos á secundar el
movimiento, no se comprometieron á ello sino á condición de que Estenoz
levantase la bandera racista en Occidente, con lo cual, no sólo se
obligaría á las tropas leales á subdividirse para combatir á los
rebeldes en muchos puntos á la vez, sino que se crearía la impresión de
un movimiento unánime desde la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio.
Los elementos _independientes_ de las Villas y Habana cumplieron al pie
de la letra el compromiso adquirido; y al mismo tiempo que Lacoste, en
Guantánamo, Ivonet en los alrededores de Santiago y Zapata, Pitillí y
otros en distintos lugares de Oriente daban el grito de rebeldía,
aparecieron pequeñas partidas en Sagua, Santo Domingo, Marianao, etc.
Afortunadamente para Cuba, los rebeldes occidentales no tardaron en
desanimarse al observar que su jefe nato, el travieso Estenoz, en vez de
ponerse al frente de los grupos habaneros y villareños--como lo había
prometido--había tomado el prudente partido de sublevarse en las
montañas orientales, proclamándose al mismo tiempo "Presidente de la
República", es decir, asumiendo un cargo eminentemente civil,
convirtiéndose, de hombre de acción en elemento pasivo y llegando á ser
para Ivonet y los suyos una impedimenta inútil y peligrosa.
Esta reunión de los tres principales cabecillas entre Guantánamo y
Santiago hizo posible que el gobierno dirigiese todas las tropas de la
República contra un solo punto, lo que no habría ocurrido si Estenoz,
más arrojado, se hubiera puesto á la cabeza de sus parciales en las
llanuras de Occidente.
La excesiva prudencia del fogoso tribuno racista, ha sido, pues,
providencial para Cuba; pero ha servido, al mismo tiempo (y esto es, á
juicio mío, lo más grave) para demostrar, primero, que la revolución que
agoniza era un movimiento de negros contra blancos; segundo, que el
problema de razas ha quedado definitivamente planteado en nuestra
patria, y tercero, que los elementos dispuestos á enarbolar la bandera
negra están diseminados por todo el territorio de la República, y sólo
tienen necesidad de un jefe valiente, enérgico y prestigioso para
volver á las andadas.
No debemos, por tanto, hacernos ilusiones y considerar el triunfo de
nuestros bravos soldados en Oriente como un triunfo definitivo de la
buena causa.
El fracasado alzamiento de Estenoz debe, por el contrario, impulsarnos á
tomar medidas para lo porvenir; debemos, en otras palabras, poner los
medios para impedir un nuevo brote racista que acaso resultaría más
difícil de vencer, pues no siempre tendremos que habérnoslas con jefes
tan prudentes como Estenoz ni con gobiernos americanos tan honrados como
el que en la actualidad rige los destinos de la Gran República.
Yo no abrigo la menor duda sobre el resultado favorable de la campaña
militar en Oriente; pero afirmo con toda la sinceridad de mi alma, que
si por conveniencias políticas, ó por lo que sea, llevamos nuestro
optimismo hasta el extremo de hacernos la ilusión de que con el éxito
incompleto que estamos obteniendo hemos aplastado para siempre la hidra
del racismo, cometeremos un gravísimo error del que pronto tendremos que
arrepentirnos.
XIX
LA CAPTURA DE SURIN
Una de las notas características de la campaña librada por las tropas de
la República contra la rebelión racista, ha sido la inflexible energía
con que fueron tratados los revoltosos. Para los principales jefes del
movimiento, sobre todo, no ha habido piedad; las fuerzas leales los han
perseguido sin tregua ni descanso, los han acosado con desesperante
tesón, y cuando han logrado echarles el guante, les han dado muerte sin
misericordia.
Los han tratado, en otras palabras, como se trata en todas partes á los
que se colocan fuera de la ley, á los que atentan contra las
instituciones patrias, y á los que, invocando derechos más ó menos
imaginarios, hacen buen uso del mismo estado de alarma que han creado,
para apoderarse de lo ageno contra la voluntad de su dueño.
Para castigar á los directores de una asonada revolucionaria perjudicial
para los grandes intereses de la comunidad todos los medios son
igualmente aceptables, y tanto da uno como otro; desde el consejo de
guerra sumarísimo hasta la convencional y elástica "ley de fuga".
En Cuba, por razones de nadie desconocidas, no se procedió nunca contra
los revoltosos con bastante energía; y tal vez haya sido esto causa de
que los procedimientos de rigor puestos en planta en esta campaña por
los jefes y oficiales del ejército, quienes, dicho sea de paso, se
limitaban á cumplir las órdenes é instrucciones que recibían de sus
superiores, hayan causado general sorpresa y provocado en no pocas
ocasiones censuras y protestas, absolutamente injustificadas en la
inmensa mayoría de los casos.
Entre los pocos cabecillas racistas que lograron sustraerse al plomo ó
el machete de las tropas, figura en primer término Gregorio Surín (hoy
recluído en la Cárcel de Santiago de Cuba), y que, como se sabe, cayó
prisionero de los valientes rurales del escuadrón "M", del Tercer
Regimiento, en el glorioso combate de Kentucky.