de este pequeño pueblo ocupados en sus habituales tareas, cuando se
oyeron gritos por la parte llamada "El Palmar". Nadie al principio creyó
lo que momentos después habían de presenciar. Un grupo compuesto por
unos ciento cincuenta hombres, entró en el poblado á los gritos de
"¡viva el Partido Independiente! ¡vivan los negros!", produciendo entre
los pacíficos vecinos enorme pánico, el que fué en aumento al ver la
primera acción de los asaltantes, que fué impregnar con petróleo la
estación del ferrocarril, incendiándola después. El telegrafista, que
trató de sacar varios muebles de su propiedad fué maltratado por los
facciosos, que le propinaron planazos con sus paraguayos. Mientras ardía
la estación del ferrocarril, los asaltantes se encaminaron á varios
establecimientos, saqueándolos; y después les pegaban fuego por los
cuatro costados. La misma suerte corrieron las casas de los blancos:
todas fueron asaltadas y robadas y el cabecilla que mandaba los
foragidos hubo de amenazar á un joven que se encontraba en la tienda de
Fernando Campo, diciéndole que por cada negro que cayese ellos
"arreglarían" á dos blancos. Después este cabecilla, que dicen nombrarse
Ducauron, ordenó y así se hizo, que fuera incendiada una báscula de
pesar caña allí instalada. Terminada esta operación, un corneta dejó oir
un toque muy breve que fué la señal de retirada. Todos á una abandonaron
la población, no sin llevarse catorce cerdos de una pobre mujer, que
estaban en un corral, dispuestos para ser embarcados.
La única bodega que respetaron los rebeldes fué la de Marcelino Gómez,
que según se decía en el puebla había dado á los alzados trescientos
pesos para que le fuera respetada su propiedad.
No habían transcurrido quince minutos desde que los alzados abandonaron
la población, cuando llegó un escuadrón de la guardia rural, el cual se
disponía á perseguir á los incendiarios en momentos en que llegaba un
tren conduciendo cien hombres de artillería de costas. A uno de los
rurales hubo de escapársele un tiro, y la fuerza que venía en el
tren--creyéndose atacada--se lanzó del coche y á no ser por haberse
adelantado el capitán del escuadrón y advertído á los del tren que era
fuerza leal, se hubiera tenido que lamentar una funesta desgracia.
La caballería salió en persecución de los foragidos, regresando al lugar
de partida los cien hombres de la artillería. Los independientes
siguieron en dirección á las lomas, quemando todas las casas que
encontraban á su paso, entre ellas el pequeño poblado de Benito, donde
después de emborracharse en las tres cantinas que allí existían, les
hicieron correr la misma suerte que al resto de las casas.
Ahora, como puede usted ver, terminó mi comunicante, todos los que
habitábamos en "Carrera Larga" y sus alrededores los abandonamos para ir
á pasar miserias y penalidades á Guantánamo; pero en llegando allí, como
si fuésemos uno, empuñaremos el rifle para vengarnos del inmenso daño
que esos foragidos nos han causado.
Hablando en la noche de hoy con el coronel Carlos Machado, comandante
militar de esta plaza, me manifestó que las fuerzas americanas que han
desembarcado en esta población y que custodian las propiedades
extranjeras, obran con la mayor prudencia en todos los casos,
limitándose á custodiar los intereses de sus conciudadanos. También me
hizo saber que en una reunión celebrada en la tarde de hoy, los
veteranos de ésta, en número de cuatrocientos, y sin distinción alguna
de razas, le habían ofrecido su concurso, pidiéndole armas para salir á
operaciones.
Es verdaderamente extraño lo que ocurre con los partidas alzadas en
armas. Desaparecen como si la tierra las hubiera sepultado, perdiéndose
el rastro de los núcleos más importantes, en los caminos, y de tarde en
tarde un grupo incendia un indefenso poblado, ó asalta una cantina;
salen las tropas en su persecución y siguiendo la huella que sus
caballos dejan en el lodo, llegan por lo regular á un lugar donde esas
huellas se multiplican tomando distintas direcciones, y dejan indeciso y
sin saber qué rumbo tomar al jefe de la columna. Todo esto hace que se
prolongue este movimiento que tanto perjudica á Cuba.
Entre tanto la ley marcial ha sido promulgada y las medidas enérgicas
por parte de las tropas hacen concebir esperanzas de que esta situación
no ha de prolongarse mucho tiempo.
XII
COMO SE PRESENTO LACOSTE
Eugenio Lacoste es un mulato, hijo de franceses, que se encuentra
paralítico desde los 18 años de edad, contando en la actualidad unos
cuarenta y cinco años.
Es hombre de regular cultura, y su influencia entre los negros de este
término municipal es generalmente reconocida, pues en muchas ocasiones
ha hecho triunfar en Guantánamo á los distintos partidos políticos á que
ha pertenecido, trayendo á votar centenares de hombres que lo seguían
ciegamente. En las últimas elecciones presidenciales fué uno de los más
entusiastas defensores de la candidatura del General Gómez, procurándole
gran cantidad de votos. Desde que comenzaron á propagarse las doctrinas
del Partido Independiente de Color, fué Lacoste uno de los principales,
si no el principal jefe del Partido, pues nada se hacía sin contar con
su previa aprobación; dedicando á la propaganda del mismo todo su empeño
y hasta su dinero, pues posee una mediana fortuna como dueño que es de
una regular extensión de tierras sembradas de café en las inmediaciones
de Guantánamo, que son conocidas con el nombre de "Dios y ayuda".
Ya había salido días antes el comandante Rafael del Castillo en
persecución de Lacoste, y seguramente lo hubiera capturado, si no
hubiera recibido orden de regresar inmediatamente á Guantánamo, lo que
motivó que el valiente comandante tuviera que aplazar todas las
operaciones hasta su regreso.
El día 10 salió nuevamente el comandante Castillo en persecución de
Lacoste, quien según confidencias se encontraba internado en Yateras,
lugar que se encuentra en el centro de unas cordilleras de montañas
inaccesibles, y al cual solo puede llegarse dando enormes rodeos por
infernales caminos.
Desde que la columna Castillo entró por el lugar llamado Boquerón,
comenzó el tiroteo de los rebeldes. Estos, acostumbrados á que las
columnas españolas cuando la guerra de Independencia, para atravesar
aquellos caminos tenían que ir protegidas por el fuego de la artillería,
se creían inexpugnables en aquellas fortalezas naturales, y sostuvieron
largo rato el fuego; pero pronto abandonaron sus posiciones,
entregándose una vez más á su sport favorito: correr para ponerse á
prudencial distancia de las balas del ejército.
Durante todo el camino la columna Castillo fué hostilizada por pequeños
grupos de alzados, que internados en el centro de los más fragosos
montes disparaban sus armas sin que pudieran ser vistos. En más de una
ocasión salieron á batir esas partidas pequeño núcleos de fuerzas, al
mando de los tenientes Cruz, Estévez, Delgado, Sacramento, Baster y
Betancourt, los cuales procuraban acercarse todo lo que era posible á
las lomas en que las partidas tenían sus campamentos, y desde allí les
hacían fuego, produciéndoles siempre algunas bajas.
También el pelotón de la Guardia Rural al mando del sargento Rizo y el
cabo Fifí, prestó excelentes servicios, demostrando una resistencia y un
valor extraordinarios.
* * * * *
Hacía dos días que nos encontrábamos acampados en Guayabal de Yateras,
célebre por sus indios y su café. Estábamos sobre el rastro de Lacoste,
á quien ya se le habían capturado cuatro acémilas cargadas con víveres,
medicinas y otros efectos. A todas horas del día y de la noche salían y
entraban en nuestro campamento pelotones de infantería, los cuales se
internaban en el monte repartidos en pequeños grupos, buscando al
titulado Gobernador de Oriente Eugenio Lacoste. Tal era la activa
persecución que se le hacía, que el día 14 recibió el comandante
Castillo una esquela firmada por Lacoste, en la cual le manifestaba que
estaba incondicionalmente á su disposición; comisionando entonces el
comandante Castillo al teniente Estévez para que fuese á buscar al
"Tullido", nombre por el cual se conoce generalmente á Lacoste, al lugar
en que el que trajo el papel le indicara. Una hora después, y bajo
torrencial aguacero, era conducido Lacoste, en una hamaca, atada á una
vara y llevado en hombros por los soldados, á presencia del comandante
Castillo, quien lo envió á una casa para que estuviera más cómodo. A
Lacoste le acompañaban su esposa y una niña.
Al día siguiente muy de mañana emprendimos la marcha de regreso,
convenciéndome una vez más del buen espíritu de nuestros soldados y de
la resistencia que tienen, pues ninguno daba señales de fatiga, no
obstante haber recorrido doce leguas en menos de diez horas.
* * * * *
A nuestra llegada á Jamaica, la entrada de la población se encontraba
materialmente repleta de vecinos que llenos de curiosidad, preguntaban á
los soldados "dónde venía el 'tullío'". De todas las casas salían á
verlo, y el pequeño pueblecito parecía que se encontraba de fiesta. La
importante casa comercial "La Princesa", de González y Hnos., obsequió
al comandante Castillo y oficiales con una suculenta comida,
celebrando--según allí se decía--el comienzo de la paz, pues Lacoste era
el que había armado el _revolico_.
Al igual que en Jamaica, la villa de Guantánamo estaba animadísima. Hubo
necesidad de adoptar ciertas precauciones, pues corrían rumores, según
pude enterarme después, de que iban á linchar á Lacoste, á su paso por
las calles de la población.
El Cuartel de la Rural, á donde fué conducido Lacoste, estuvo todo el
día rodeado de curiosos que deseaban verlo antes de que fuera trasladado
á Santiago de Cuba.
Lacoste prestó declaración ante el comandante auditor de la Guardia
Rural, señor Sardiñas, quien estuvo durante dos horas interrogándolo.
Ha producido tan buen efecto la captura de Lacoste, que el comandante
Castillo ha sido muy agasajado, no solo por sus compañeros, sino por los
particulares y el Ayuntamiento, el cual dedicó una velada en su honor.
El cuerpo de Bomberos obsequió con una recepción al valiente militar,
que ha sabido con exquisito tacto atraerse la confianza y las simpatías
de toda esta comarca, que vé en él á su heroico defensor.
Lacoste ha enviado varias cartas á las personas alzadas, recomendándoles
vuelvan á la legalidad, pues la protesta armada ha degenerado en guerra
y ésta ha fracasado.
XIII
LA ODISEA DE UN GALLEGO
Era Manuel Ferreiro un laborioso trabajador de las minas de Daiquirí, el
cual poseía un carro y varias parejas de mulos, que ocupaba en el
transporte de mineral, con lo que libraba la subsistencia holgadamente.
Tenía, además, algunos ahorros, que le facilitarían en época no lejana
realizar su sueño dorado: regresar á su país natal, para pasar el resto
de sus días en una posición relativamente cómoda.
Pero al alzarse en armas los independientes de color y poner en práctica
todos los recursos que el estar fuera de la ley les proporcionaba, un
día acamparon las fuerzas de Ivonet por las inmediaciones de Daiquirí, y
como consecuencia se llevaron todo lo que á su paso encontraron,
inclusive las mulas del buen Ferreiro. Este, desesperado por el robo que
acababan de hacerle, que constituía todo su caudal y la fuente de sus
ingresos, no se resignó á perder sus animales y se dispuso á
recuperarlos.
Al día siguiente tomó el camino del lugar por donde los alzados habían
salido, y dos días después se encontró con una partida que utilizaba sus
mulas como acémilas, para cargar los efectos procedentes de los saqueos
de las bodegas y cantinas. Ferreiro rogó, suplicó y hasta llegó á
amenazarles para que le entregaran sus mulos; pero todo fué inútil. El
que fungía de jefe le dijo que para que sus mulas le fueran devueltas
era preciso una orden del "mayor general" Ivonet, sin cuyo requisito
nada lograría Ferreiro, que es hombre tenaz, decidió seguir en busca de
Ivonet, acompañado de la partida. Entrada la noche, y en momentos que
todo parecía encontrarse tranquilo y que todos se disponían á descansar
de las fatigas del camino, tuvieron que desistir de su propósito, pues
había llegado al campamento un confidente participando que fuerzas del
gobierno venían á sorprenderlos, en vista de lo cual, el que mandaba
aquella horda, ordenó rápida marcha para ponerse fuera de peligro.
Aquello produjo en Ferreiro deplorable efecto, puesto que de hecho se
encontraba en idéntica situación legal que los alzados; y concibió la
idea de retroceder lo andado, comunicándole su decisión al generá. Este,
que no participó de la manera de pensar del galaico, le obligó á
continuar con la partida.
Dos días consecutivos anduvo Ferreiro atravesando montes, durmiendo
sobre yaguas en el suelo y pasando mil penalidades, hasta que al fin
llegaron al campamento de Ivonet cerca del poblado de Yerba de Guinea.
No perdió tiempo Ferreiro, y acto seguido encaminóse al lugar en que le
habían dicho que se encontraba el "mayor general", exponiéndole su
penosa situación al hallarse sin los mulos y rogándole que se los
devolviera, pues ellos eran el producto de muchos años de trabajos y
privaciones. Ivonet prometió devolvérselos, y Ferreiro, con la alegría
natural del que logra su objeto, se disponía á buscarlos, cuando fué
visto por un "coronel" que había sido su compañero de trabajo cuando aun
no poseía los mulos, y trabajaba en la colocación de barrenos de
dinamita para perforar las galerías de la mina.
Entregado Ferreiro á sus recuerdos de aquella época, fué llamado por el
"general", quien le preguntó si sabía manejar los petardos de dinamita,
á lo que respondió afirmativamente. Entonces Ivonet llamó á un tal
Ducoureau, diciéndole:
"Lleve al señor al lugar en que se encuentra acampada la 'artillería' y
dígale á Saborié que he nombrado á este blanco Jefe de la Artillería del
Ejército Reivindicador."
Ferreiro quedó confuso, anonadado. ¿Jefe de artillería él, que no sabía
ni qué forma tenía una granada, ni jamás había visto de cerca un cañón?
No obstante, dirigióse con su acompañamiento sin replicar nada, y
después de andar un trayecto como de cuatrocientos metros, llegaron al
lugar en que la artillería se encontraba.
Ferreiro no cesaba de dirigir miradas á su alrededor, buscando los
cañones que debía manejar; pero éstos no parecían. Los tendrían
escondidos ó quizás para más seguridad los habrían enterrado, pensaba el
nuevo jefe de artillería.
Al fin se le acercó Saborié, diciéndole: "Ahí tiene usted cuatro cajas
de dinamita y una de fulminantes y mechas. Para cuidarlas tiene 20
hombres, y para su transporte cinco caballos. Hasta luego, coronel".
Ferreiro se estremeció. Le habían llamado "coronel", y esto le alegraba,
al darle una dignidad con la que jamás había soñado, y por el momento
llegó á tomar su papel en serio.
Examinó las cajas que contenían la dinamita, y dió algunas instrucciones
á los hombres á sus órdenes.
Al caer la tarde la partida se puso en marcha, y Ferreiro sobre un
caballejo, iba orgulloso al frente de su artillería, regalándose los
oídos cada vez que lo llamaban "coronel".
Pero llegó un día en que, estando acampados en Jarahueca, las tropas al
mando del coronel Valiente y el capitán Amiell batieron rudamente á la
partida, y aquello fué un "sálvese quien pueda", por lo que Ferreiro
decidió abandonar su alta jerarquía militar y volver otra vez á la
legalidad, realizándolo dos días después á unas seis leguas de
Guantánamo, y presentándose acto seguido á las autoridades militares de
esta villa, á las cuales hizo el relato de su odisea.
Hoy Ferreiro goza de libertad, y ansía el momento de que estos sucesos
terminen, para volver á su trabajo, con la esperanza de realizar sus
doradas ilusiones.
XIV
LA NOCHE TRAGICA DE LA MAYA
_Santiago de Cuba, junio 2, 1912._
Acabo de llegar á esta hermosa y patriótica ciudad, después de visitar
La Maya, ó hablando con más propiedad, el montón informe de humeantes
ruinas que señala el sitio en que se levantó ese poblado, uno de los más
bellos y pintorescos de esta región, que alguien, con mucho acierto, ha
llamado "la Suiza Cubana".
Porque La Maya no existe ya; ha desaparecido devorada por las llamas
entre torbellinos de humo y torrentes de lágrimas. Ha sido si nó la
primera, la más importante víctima del criminal alzamiento, y sobre sus
escombros, en medio del llanto de las mujeres y las maldiciones de los
hombres, han jurado los cubanos guerra sin cuartel á los infames
perpetradores del horrendo crimen, que deja en la miseria á tantos
desgraciados.
Era ya tarde, más de las once de la noche, y yo me encontraba
departiendo con un grupo de jóvenes oficiales en el cuartel de la
Guardia Rural de San Luis, cuando se presentó un ordenanza, que traía un
telegrama urgente para el General Pablo Mendieta.
Como éste se había ya retirado á descansar, su Jefe de Estado Mayor, el
Teniente Coronel Varona, rasgó el sobre, y tan pronto como se hubo
enterado del contenido del despacho, se puso en pie de un salto y
ordenó que le trajeran su caballo, partiendo inmediatamente á galope,
acompañado del capitán García Vega.
Largo rato permanecieron ambos oficiales en las oficinas telegráficas,
enviando y recibiendo mensajes, y durante ese tiempo, y á fuerza de
preguntar, logré saber que una partida rebelde estaba incendiando el
poblado de La Maya, y que se habían comunicado órdenes al comandante
Julio Sanguily, que con su columna se hallaba en las inmediaciones de
Songo, de acudir inmediatamente al pueblo atacado.
No tardó en aparecer en el horizonte un resplandor rojizo que fué poco á
poco extendiéndose, y pronto enormes llamaradas nos indicaron con toda
precisión el lugar en que se desarrollaba el sangriento drama.
"¡La Maya está ardiendo!", se gritaba por todas partes; y era
desgarrador el espectáculo que ofrecían los pacíficos habitantes de San
Luis, muchos de los cuales tienen parientes y amigos en el pueblo
incendiado. Los infelices asaltaron la oficina del telégrafo, y con
súplicas y amenazas pedían noticias de los seres queridos.
A las seis y diez de la mañana, y aprovechando el primer tren que parte
de San Luis, salí con dirección á La Maya. En Dos Caminos, primera
estación en que nos detuvimos, subieron al tren algunas familias, que,
noticiosas de lo ocurrido en La Maya, se apresuraban á refugiarse en
Santiago.
Después hizo una nueva parada el convoy en la estación de El Cristo, y
allí se tomó mucho pasaje, particularmente mujeres, niños y
norteamericanos.
En El Cristo cambié yo de tren, y pocos minutos después corría en
dirección al destruido poblado.
Pocos eran los pasajeros que conmigo hacían el triste viaje, y hasta
Songo fuí solo. En este pueblo subieron al vagón muchos viajeros, y pude
observar que los vecinos del lugar hacían preparativos para abandonar
sus hogares.
La población estaba alarmadísima.
Pocos minutos después de salir de Songo, el silbato de la locomotora nos
indicó que nos aproximábamos á una estación. Pregunté al conductor, y me
respondió que íbamos á llegar á La Maya.
Corrí á la plataforma delantera y traté de descubrir las casas del
poblado; pero por más esfuerzos que hice no pude percibir ni una sola
vivienda, ni nada que revelase la existencia de un lugar habitado.
Por fin, el tren se detuvo, y salté á tierra.
¡Qué horrible sensación! Aquel poblado tan bello, tan poético, con sus
casitas blancas, todas iguales, cubiertas de techos de zinc, limpias y
resplandeciente, que tan agradable impresión me causara pocos días
antes, al pasar por allí con la columna del General Mendieta, había
desaparecido, y solo algunos montones de ruinas negras y humeantes,
señalaban el sitio en que se alzó La Maya.
Las pocas casas que quedaban en pie estaban habitadas por familias
pertenecientes á la raza negra. Por lo que hace á las casas de los
blancos, todas habían sido destruídas, con una sola excepción, la
ocupada por la farmacia "El Dispensario", que no ardio, probablemente,
por su sólida construcción de mampostería y ladrillos.
En este sitio se hallaban reunidas casi todas las familias de la
localidad; hombres, mujeres y niños, medio desnudos y que presentaban un
aspecto de miseria y duelo imposible de expresar.
¡Qué terrible espectáculo! Yo he sentido á su vista nacer en mi corazón
un insaciable deseo de venganza; y ahora, por vez primera, me explico
que los soldados de Mendieta, en el combate de Yarayabo, lanzaran
exclamaciones de júbilo, cada vez que una granada hacía volar en todas
direcciones fragmentos de carne humana.
Todas las familias se trasladaron al tren, que resultaba pequeño para
conducir á tanta gente, y yo me dediqué á recorrer las distintas calles
del destruído caserío.
Algunos hombres á quienes encontré, se prestaron á facilitarme detalles
del doloroso acontecimiento; y allá van los que he podido recoger. La
pluma se resiste á describir ciertos sucesos, y hay momentos en que esta
profesión de periodista, tan bella en otros aspectos, resulta una carga
insoportable.
Serían las nueve y 25 de la noche, cuando se oyeron por el lado sur del
poblado, repetidos disparos de rifle, que produjeron la consiguiente
alarma en la población. Es de advertir que el lugar de donde partían las
detonaciones, conocido con el nombre de "El Platanillo," servía de
campamento á una partida rebelde, á la que, durante la tarde, había
salido á batir el capitán Cossío, quien al salir de La Maya, dejó
encomendada la defensa del poblado, al cabo Angulo, de la Guardia
Rural, con seis números.
Esta circunstancia hizo creer en los primeros momentos, que el fuego que
se sentía provenía de alguna escaramuza que libraba con los rebeldes el
citado capitán Cossío, y júzguese, pues, de la sorpresa de los
defensores de La Maya, cuando súbitamente los alzados se presentaron por
el extremo opuesto, atacando resueltamente el cuartel de la Rural.
El cabo Angulo y sus guardias se defendieron heroicamente; pero todo su
heroismo no fué bastante á impedir que las hordas de facinerosos que los
atacaban, validos de su inmensa superioridad numérica, lograsen
aproximarse al Cuartel, que pronto se vió envuelto en llamas, al empezar
á arder el edificio de Correos y Telégrafos, que era de reciente
construcción, y ofrecía excelente pasto á la candela.
Los valientes defensores de La Maya tuvieron entonces que abandonar el
cuartel, y para lograrlo se vieron precisados á abrirse paso á viva
fuerza á través de las masas de alzados.
Juan Formosa, Feliciano Santiesteban, Pastor Pérez y Carlos Tomé, que
así se llamaban los cuatro rurales, y el valiente cabo Angulo se han
hecho acreedores á una recompensa, y muy particularmente Carlos Tomé,
último que se retiró, después de batirse cuerpo á cuerpo con un
formidable negro que se había apoderado de la bandera nacional que se
guardaba en una de las habitaciones del cuartel, y la cual consiguió
rescatar el valeroso guardia.
Al mismo tiempo, también se recrudecía el fuego por la calle del
Comercio, donde un hombre de la raza de color, el valiente Pablo
Correoso, al frente de un pelotón de voluntarios, se batía
desesperadamente con los invasores.
De pronto empezó á arder el pueblo por los cuatro costados; los heroicos
defensores, abrumados por el número tuvieron que retirarse; cesó la
resistencia, y entonces, ¡oh, entonces! aquella masa de ochocientos
foragidos que capitaneaba Ivonet en persona, entregose á las delicias
del triunfo!
La escena que se desarrolló en La Maya no es para descripta. Sin hacer
el menor caso del llanto de los niños, ni de las súplicas de las
mujeres, aquellos desalmados se entregaron al saqueo. Nada respetaron, y
haciendo del incendio un complemento del robo, bien pronto convirtieron
aquel apacible y floreciente lugar en un verdadero infierno.
Grupo de hombres, medio desnudos y blandiendo los machetes y las teas,
penetraban en los hogares lanzando feroces gritos de ¡Vivan los negros!,
¡mueran los blancos!, y todas aquellas personas que intentaban oponer la
más leve resistencia, eran maltratadas.
Al farmacéutico Duvierti le obligaron, poniéndole los rifles al pecho, á
entregar todo el dinero que poseía, y lo mismo hicieron con los dueños y
dependientes de las casas mercantiles de Celedonio Gómez, Mancebo Hno.,
Isidoro Campa, Cucirié y Co., J. Servet y otras muchas.
Una nota cómica, al par que repugnante, del saqueo de La Maya, fué sin
duda la que ofrecieron las mujeres negras que acompañaban á los alzados,
las cuales, con un refinamiento de coquetería verdaderamente salvaje,
penetraban en los establecimientos y casas particulares, y haciendo caso
omiso de otro botín más valioso, se apoderaban con avidez de los frascos
de perfume, que destapaban de cualquier modo, y vertían el contenido de
los mismos sobre sus cuerpos sudorosos y jadeantes.
A un dependiente del establecimiento de Celedonio Gómez le dijo Ivonet
las siguientes palabras:
"Dile á Pablo Correoso, que lo estoy buscando para darle machete. Hoy ha
sido La Maya; pronto les tocará á Songo y El Cristo".
Cuando más contentos estaban los alzados, llegó un confidente, no se
sabe de dónde, y manifestó á Ivonet que una columna de Infantería, al
mando del comandante Sanguily, avanzaba á marchas forzadas sobre La
Maya, y que sus exploradores estaban ya muy cerca del poblado.
No esperó el cabecilla á que le repitieran el aviso y dando gritos de
"¡Pronto, muchachos, que viene la infantería!", abandonó el horrible
teatro de su "hazaña", seguido de sus ochocientos partidarios, que se
retiraron en pos de su jefe con dirección á La Prueba.