raíz de su captura, es un mulato que representa unos cincuenta años de
edad, y su aspecto afeminado, acaso tanto como el odio feroz que siempre
ha sentido por la raza blanca, le hace repulsivo y odioso desde el
primer momento.
Este hombre, que fué uno de los más entusiastas propagandistas de las
doctrinas del llamado "Partido Independiente de Color", recibió de manos
de Estenoz, en pago de sus servicios á la causa negra, el diploma de
Coronel de Estado Mayor, y provisto de este documento, marchaba con la
partida del cabecilla Heredia, al ocurrir la sorpresa de Kentucky, que
vamos á referir suscintamente, y sin más objeto que satisfacer á las
numerosas personas que nos preguntan todos los días por qué el Teniente
Ortiz no dió muerte á Surín.
El Teniente Arsenio Ortiz, oficial valiente, pundonoroso y muy conocedor
de las sierras orientales, operaba con una fuerza mixta de la Rural y
guerrillas; y habiendo sabido por un presentado que la partida de
Heredia se encontraba en un lugar denominado Sitges, levantó su
campamento, establecido en la finca "La Cristina", y emprendió marcha
con dirección al sitio expresado.
Cuando la columna de Ortiz hubo andado seis ú ocho leguas, comprendió su
animoso jefe que no le sería posible hacerse acompañar de la pequeña
fuerza de infantería que le seguía, pues los soldados, rendidos de
fatiga, no podían dar un paso más. Resolvió entonces el bravo teniente
proseguir la jornada sin más acompañamiento que quince números del
escuadrón "M" del Tercer Regimiento de Caballería de la Guardia Rural, y
con ellos llegó á Sitges, poco después de haberse retirado de dicho
lugar las partidas rebeldes.
Las huellas indicaban que se habían dirigido á "El Atalí", y á "El
Atalí" fué Ortiz con sus quince valientes, sin obtener otro resultado,
que cerciorarse de que Heredia y los suyos se habían replegado sobre la
inexpugnable posición de Kentucky, hacienda enclavada en el corazón de
la sierra, á una altura prodigiosa sobre el nivel del mar, y dotada de
tan formidables defensas naturales, que durante nuestras guerras
emancipadoras jamás se atrevieron las aguerridas tropas españolas á
intentar el desalojo de las fuerzas patriotas que hacían de ese lugar el
centro de sus operaciones.
A corta distancia del batey de Kentucky encontraron Ortiz y sus guardias
una avanzada rebelde, que "desecharon"; y después de ímprobos trabajos
y trepando por el temible "farallón", cayeron como irresistible turbión
sobre el campamento enemigo.
Heredia fué muerto; su ayudante, Despaigne, fué muerto también, y si los
doscientos negros que componían la partida no fueron totalmente
aniquilados, debióse á que la niebla, que en esos parajes jamás se
disipa por completo, favoreció la fuga de aquellos desgraciados.
Ortiz y sus valerosos guardias persiguieron á los fugitivos durante
algún tiempo, y cuando regresaron al sitio de la acción, hallaron á
Gregorio Surín que con seis de los suyos, se había rendido á un
indivíduo llamado "Pancho" Jaba, que había servido de práctico á las
tropas leales.
Al ver al Teniente, Surín, que le conocía personalmente, cayó de
rodillas, pidiendo humildemente que se le perdonase la vida; y Arsenio
Ortiz, que en aquel momento se sentía feliz y orgulloso con el triunfo
alcanzado, perdonó.
Al siguiente día fueron conducidos los prisioneros á "La Sigua", pequeña
ensenada distante unas treinta millas náuticas de Santiago de Cuba,
donde ya esperaba el cañonero _Baire_, cuyo comandante, el señor Alberto
de Carricarte, se hizo cargo de ellos, para su conducción á Santiago.
XX
SUSPENSION DE LAS GARANTIAS CONSTITUCIONALES
Al Congreso:
La grave perturbación del orden que amenaza la paz de la nación, me
obliga á acudir, como lo hago, al honorable Congreso, en cumplimiento de
lo que estatuye el Inciso segundo del artículo 68 de la Constitución,
para que el Poder Legislativo con su habitual sabiduría y apreciando la
situación porque atraviesa la República, dicte una Ley que me autorice
para suspender las garantías constitucionales en todo el territorio
nacional ó en determinada parte del mismo.
Enemigo de medidas extremas, he procurado sofocar el actual movimiento
sedicioso sin recurrir al Congreso, á fin de que dictase la Ley que
ahora solicito; pero la necesidad de terminar en una rápida campaña la
insurrección armada, cortando con ello complicaciones exteriores y
salvando la causa del orden y de la civilización, me obliga á dirigirme
á los Cuerpos Colegisladores para obtener de ellos una medida que sabré
hacer uso con la moderación que pongo en todos mis actos.
Palacio de la Presidencia, en la Habana, 3 de Junio de 1912.--(f.) José
Miguel Gómez.
XXI
LITERATURA AFRO-INDEPENDIENTE
He aquí una copia fiel de algunos de los más curiosos documentos
ocupados á los alzados, por las tropas del gobierno:
_Ejército Reivindicador_
Cuartel General en Campaña en el punto la Cristina.--He recibido del
Cdno. Capitán Tomás Maniel de este Ejército, en comisión por orden de
este Cuartel General á mis órdenes, 500 tiros de Mauser, un caballo
dorado tomado en el potrero "La Filipina", y otro del mismo color en la
Aguada de Juan B. Riveauz y dos armamentos Espinfes, viniendo con él
doce ciudadanos, cuyas generales han sido tomadas.
También he recibido dos caballos tomados el uno en el potrero de Enrique
Tomás, y otro en la finca "Filipina".
Y para su constancia le firmo el presente. En Patria, Derecho y
Libertad, á 29 de Mayo de 1912.
El Jefe del Estado Mayor,
_Isidoro Santos Carrero._
_La Gloria.--Municipio de Alto Songo.--Oriente_
Cuartel General del Ejército Reivindicador de la República Cubana en
Campaña--Campamento La Gloria.
Reverendo General en Jefe del Departamento, de Oriente en toda su
jurisdicción del E. R.
Con esta fecha, 23 de Mayo de 1912, le remito la expresada comunicación
para que sea tomada en cuenta y asentado al libro del Ejército la
comisión desempeñada por el infrascripto y el capitán Pablo Felisier y
el teniente Ayudante Francisco Duany y Méndez y Mauricio Rebollar y el
teniente armero Wenceslao Dávila y seis números; cuya comisión realizó
las hazañas siguientes: el 20 de Mayo á la 1 a. m. en la Hacienda del
Olimpo incomunicando la vía de Guantánamo y San Luis por el extremo Este
y Oeste y el hilo de la finca por el Norte, sacando seis caballos
aperados del Batey Olimpo y asaltando á la cantina del Sr. Juan Tejeiro
de donde nos llevamos los objetos que constan en el libro en la fecha
indicada.
Sin más, de Vd. atto. S. S.
El Comandante del Escuadrón de Caballería,
_Loreto Vera._
También el día 21 del presente con el mismo capitán y el Teniente
ayudante y tres números, hicimos un recorrido con rumbo á Belona, del
término municipal de Guantánamo.
Trayendo una res de una finca de ese término que fué entregada en ese
día al Jefe día del Cuartel General de que le participo para lo que
estime procedente. S. S. El Comandante del Escuadrón 10.
* * * * *
Cuartel General.--Pongo en su conocimiento que el dia primero del
precente mes dirigi á Vd. una comunicación en la que ponía en su
conocimiento que el día 31 del mes pasado le hecijí al teniente coronel
Vicente Amaya que me hisiera entrega de esta brigada haciéndole entrega
del diploma que se tuvo abien entregarme para dicho Sr. osponiéndose el
señor Amaya aserme la entrega del alchivo de esta brigada, porque dice
que es de su propiedad ciendo insierto que ese alchivo ha sido cojido en
case del alcalde del barrio Sr. Ramón Bravo.
Ademas el día 28 del mes pasado se tomó la cantina del Sr. Pelegrín,
habiendose sacado de dicho cantina se sacaron catorce asemilas cargadas
de eftcto y ademas la infanteria bino cargada de efetctos y la gente
unicamente vió lo que cargo la infantería pues lo demas factura nose
hapodido saber donde lo an trasportado; y ademas el día 2 le mande una
comunicación á Vd. la que rregreso á este cuartel el día 6 disiendo que
acausa de haber mucho enemigo y no saver suparadero no isieron entrega
dicha comunicación.
Pongo en conosimiento á ese cuartel que el señor Anaya el día primero
salió con rumbo á ese cuartel imponiéndose aserme entrega de los
armamentos que tenía en su escota pues se lo mande hapedir con el
coronel Eduardo Goulte, disiéndole que el no entregaba nada pues esos
armamentos los necesitaba el para su marcha y ademas disiendo el que
como el se hiva á poner á las ordenes de un brigadier sin camisa y sin
zapato, esto que le digo en estas líneas se lo pruevo en caso que el se
negara.
Sin mas su affmo, amigo.--Campamento Vinento, Junio 7 de 1912.
General de División,
_Felipe Vera._
* * * * *
_Ejército Reivindicador_
_Cuartel General en Campaña_
A la Jefatura General.
Sr. Jefe de la Provincia Oriental.
Señor:
A Vd. digo que habiendo operado en este Departamento Oriental y habiendo
tomado el poblado de Palmarito haciendo en parte vivieres y ropas las
fuerzas por particular, pasaron, al poblado de La yerba de Guinea,
habiéndose dado á la fuga las fuerzas del Gobierno ocupamos noventa y
siete tiros de Mauser Reformados y en las tiendas ocupamos un saquito de
municiones otro de balines á más de doscientos cartuchos y seis cajas de
pólvora de lo demás no puedo dar cuenta ni fe porque yo iba bajo las
órdenes de otro Brigadier.
Y esperando de Vd. tenga un acto de justicia para con nuestras fuerzas
que vamos atravesar para nuestro departamento y cruzamos desalmados y
sin parques creo tome en consideración por carecer de los elementos
indispensables, quedo de Vd. en espera nos reponga.
En 28 de mayo de 1912.
_Feliciano Acosta_, Brigadier.
XXII
ALGUNAS OBSERVACIONES
_Habana, Julio de 1912._
La República de Cuba ha escapado de los peligros y la vergüenza de una
nueva intervención extranjera, gracias al patriotismo de su pueblo, á la
energía de su gobierno, y al heroismo de su brillante ejército.
Ha caído Estenoz, ha caído Ivonet, se han sometido los pocos jefes del
movimiento que lograron sustraerse al plomo de las tropas leales; y como
consecuencia de tan resonantes victorias ha renacido la paz y va poco á
poco renaciendo la confianza.
Necio sería, sin embargo, que adormecidos por la embriaguez del triunfo,
olvidáramos los peligros pasados y no adoptásemos previsoras medidas
para lo porvenir.
El movimiento estenocista nos ha probado, en primer término, que los
negros, á los que tantas consideraciones hemos guardado, son bastante
ingratos para combatirnos con las armas en la mano y poner en peligro
las instituciones nacionales.
Es necesario, pues, que procuremos evitar á todo trance que vuelvan á
las andadas. El gobierno puede impedirlo, y para ello le bastará con
organizar un cuerpo de policía secreta nacional, es decir, un cuerpo
cuyos agentes (reclutados entre todos los elementos sociales del país)
puedan moverse libremente de un extremo á otro de la isla, y ejercer
estrecha y constante vigilancia sobre todos aquellos indivíduos á
quienes se considere capaces de recoger la triste herencia de los caídos
en Micara y Nueva Escocia.
Hecho esto, hay que pensar en la posibilidad de que, no obstante las
medidas preventivas que se adopten, puedan los racistas realizar una
nueva intentona.
Llegado este caso, planteada nuevamente la cuestión de fuerza, preciso
será que dispongamos de un ejército bastante numeroso para atender, á la
vez, á las seis provincias; porque no es lógico suponer que todas las
revoluciones (racistas ó de otra clase) que puedan ocurrir en Cuba hayan
de abarcar una extensión de territorio tan poco extensa como la que, por
suerte de todos, acaba de fracasar en Oriente.
Hemos dicho ya, y no nos cansaremos de repetirlo, que si Estenoz, más
osado, hubiese tenido bastante valor para levantar la bandera negra en
las provincias occidentales, difícil, si no imposible, hubiera sido la
tarea de aplastar el movimiento, puesto que el ejército relativamente
poco numeroso, habría tenido que fraccionarse.
Se hace, pues, indispensable, aumentar considerablemente el efectivo
militar de la República; y como quiera que sería ridículo que un país de
tres millones de habitantes contase con un ejército regular de cincuenta
ó sesenta mil soldados (cosa que, por otra parte, gravaría enormemente
nuestro erario) debe el gobierno pensar con toda formalidad en la
organización de las milicias nacionales, tomando como modelo los cuerpos
similares que existen en los Estados Unidos, y que constituyen, como es
sabido, el núcleo militar más importante de la Gran República.
No hay que temer que las tropas milicianas puedan llegar á convertirse
en una amenaza para la paz pública; y no hay que temerlo, en primer
lugar, porque aun en el caso de que las milicias de una localidad y si
se quiere las de toda una provincia se sublevasen, las de las otras
regiones no tendrían motivo para hacer lo mismo; en segundo lugar,
porque para sublevarse no bastan los fusiles, sino que hacen falta
también las municiones, y éstas, como es lógico suponer, ya tendrían
buen cuidado los jefes del ejército de tenerlas á buen recaudo y en
sitio seguro, como se hace en Francia con la Guardia Nacional y en los
Estados Unidos con las milicias de los Estados; y por último, no hay que
olvidar que todos los hombres del mundo (y los cubanos en primer
término) por más levantiscos que sean, dejan de serlo desde el momento
que visten un uniforme y juran una bandera.
El General Monteagudo, que conoce mejor que nadie el problema, por
haberlo estudiado detenidamente bajo todos sus aspectos, es partidario
decidido de la organización de las milicias; y sus iniciativas en este
sentido deben encontrar en todas partes el apoyo decidido de cuantos se
interesen por el bienestar de Cuba.
Por lo que se refiere á reformas y modificaciones en el ejército regular
propiamente dicho, sabemos también que el General en Jefe tiene algunas
en cartera, tales como el aumento de la Guardia Rural y la creación de
un cuerpo de dragones, soldados instruídos y armados para combatir
indistintamente á pié y á caballo, y que, útiles en todas partes,
resultan indispensables, ó poco menos, en países como el nuestro, donde
la movilidad es, en la mayor parte de los casos, el auxiliar más
poderoso de la victoria.
Ahora bien: para que una tropa de esta índole sea verdaderamente eficaz,
lo primero que hay que hacer es dotarla de buenos caballos, y éstos
(contra lo que generalmente se supone) son muy escasos en nuestra
tierra.
El caballo criollo, que pudo ser en época lejana tan bueno como el
mejor, ha degenerado lastimosamente, y casi puede asegurarse que desde
la guerra de Independencia, y como triste consecuencia de ella, _no hay
caballos en Cuba_.
Testigos presenciales de las vicisitudes y los incidentes de la penosa
campaña que acaban de librar nuestras tropas en Oriente, hemos tenido
oportunidad de admirar en muchas ocasiones la increible resistencia de
los soberbios corceles del Tercio Táctico, de la Guardia Rural, que una
vez aclimatados resisten admirablemente la temperatura tropical y son
capaces de realizar jornadas increibles, lo mismo por la sierra que por
el llano, sin experimentar el más leve quebranto.
Ahí están en corroboración de lo que decimos los nobles brutos de los
escuadrones que mandan los capitanes Iglesias, Perdomo y Amiel, que
después de dos meses de incesante y cruenta labor, se conservan en
inmejorables condiciones, y tan frescos, saludables y robustos, como si
no hubieran salido del campamento de Columbia.
Y en cambio, y ofreciendo el más doloroso contraste, los misérrimos
caballejos criollos del Regimiento Núm. 3, á duras penas han podido
llenar medianamente su cometido.
También con esto que dejamos apuntado está de acuerdo el General
Monteagudo, entre cuyos proyectos figura el de adquirir en los Estados
Unidos, un número suficiente de caballos del mismo tipo de los que tan
excelente resultado han dado en el Tercio Táctico de la Guardia Rural.
XXIII
EL FUEGO DE PALMA MOCHA
_Por fuerzas del capitán Perdomo._
Después de largo tiempo de encontrarse en la provincia Oriental
persiguiendo en vano á las partidas rebeldes, sin lograr que éstas lo
esperaran, según costumbre inveterada en los alzados, el capitán del
Escuadrón "D" de la Guardia Rural, señor José Perdomo, recibió el día 12
de junio la visita de un vecino de Río Frío, informándole que una
numerosa partida de alzados se encontraba acampada en aquel lugar, por
lo que el referido capitán, muy de mañana aún, dispuso que la pequeña
columna que mandaba se pusiera en marcha con dirección al lugar en el
cual se decía se encontraba el mencionado grupo.
Comenzó la marcha atravesando las fincas de "Guanabo", "Vuelta Corta" y
"Filipinas", hasta llegar al lugar conocido por "Río Frío", que, como
decimos antes, era donde se encontraba el enemigo; pero ya los
cabecillas Felipe Vera, el "Brigadier" Anaya y Boulet, se habían
marchado precipitadamente de este lugar, por lo que el capitán Perdomo
hubo de practicar distintos reconocimientos y después de oir varias
confidencias y examinar el rastro, pudo comprobar que la partida rebelde
se encontraba cerca de "Palma Mocha". El capitán, no obstante el gran
número de alzados que componían dicha partida, pues el rastro que se
veía era enorme, no titubeó un solo instante, y dispuso que se
emprendiera sigilosamente la marcha por el infernal camino que conduce
al referido lugar.
Eran las 4 y 10 de la tarde, y aun ningún soldado había tomado alimento
alguno; los oficiales para dar el ejemplo se habían negado á tomar el
café que voluntariamente les ofrecieran varios vecinos. No obstante esta
circunstancia, todos iban bien dispuestos, animosos, llenos de fe;
¡quizás presentían el gran triunfo que se les aproximaba, á medida que
iban avanzando por el camino emprendido!
Ya cerca de Palma Mocha, se hizo alto y el capitán Perdomo, Jefe de la
columna, ordenó que el joven Teniente Jacinto Llaca, perteneciente al
cuerpo de la Guardia Rural, fuese desmontado con 10 hombres en la
extrema vanguardia de la columna, con el fin de que no pudieran los
rebeldes oir el tropel de los caballos.
No habían transcurrido aun 20 minutos y ya se sintieron en la vanguardia
los primeros tiros con que una avanzada enemiga, compuesta de 15
hombres, recibía á los 10, que al mando del Teniente Llaca, marchaban.
_¡Fuego por escuadras!_ oyóse decir en aquel mismo instante, y una serie
repetida de detonaciones se sintieron enseguida.
Aquella fué la señal. Los soldados que se encontraban con el resto de la
columna, enardecidos por el humo producido por la pólvora y por los
gritos de entusiasmo de sus compañeros que ya peleaban, se encontraban
alborozados, y esa emoción natural que produce en las almas de los
valientes el estampido de los primeros disparos, les embargaba.
Todos estaban atentos á la voz de mando, esperando que llegara el
instante para caer sobre la horda de racistas y exterminarla con el filo
de sus machetes.
El capitán Perdomo á cuyo lado estaba el valeroso oficial Ovidio Ortega,
estaba frío, impasible, siguiendo con la vista todos los movimientos que
el enemigo hacía.
El camino donde se encontraba la columna era muy estrecho y la posición
que ocupaban los rebeldes era espléndida, como escogida, por antiguos
mambises muy prácticos y muy conocedores de todos aquellos lugares.
De repente el capitán Perdomo ordenó _Al galope_, y todo el escuadrón
como un solo hombre obedecía con extraordinaria rapidez. Los diez
hombres que con el Teniente Llaca se habían desmontado volvieron á subir
á sus caballos respectivos. Pocos minutos después, ya se veían numerosos
grupos de alzados los cuales se encontraban acampados en el centro de un
llano rodeado completamente de monte.
La enérgica voz del capitán Perdomo, volvióse á oir: _Un pelotón por el
flanco izquierdo--dijo--La vanguardia que avance rápida por el centro.
Teniente Ortega, lleve el resto de la columna sobre aquella loma_, y
picando con sus espuelas los hijares de su brioso caballo, éste se puso
en carrera veloz sobre el campo enemigo, seguido de un grupo de
valerosos soldados.
Los rebeldes al verse tan inesperadamente atacados, trataron de hacer
resistencia al empuje de nuestros soldados; pero el teniente Ortega que
mandaba el resto de la columna del capitán Perdomo, y que como decimos
antes, se encontraba en un lugar conveniente, cuidando de la impedimenta
y de las secciones de ametralladoras, dispuso que una de esas temibles
máquinas fuese emplazada para proteger con su mortífero fuego el avance
de las tropas. Tan pronto la ametralladora que estaba montada, comenzó á
vomitar cientos de balas por minuto, los alzados emprendieron
precipitada fuga, perseguidos muy de cerca por el aguerrido oficial Luis
Hernández, el cual llegó tan cerca de los grupos rebeldes, que su
machete aún guarda, huellas de la sangre de algunos de ellos.
El sargento Manuel Montalvo, de las ametralladoras hacía funcionar, en
unión del soldado Martínez una de aquellas temibles máquinas, que tantas
bajas produjeron á los rebeldes.
El fuego de fusilería continuaba rudo, gritos de dolor, mezclados con
voces de mando, dejábanse oir, el tiroteo estaba en todo su apogeo; pero
á medida que el tiempo transcurría, éste iba cesando hasta que
paulatinamente desapareció. Eran las 5 y 15 de la tarde. El Sol
comenzaba á esconderse detrás de las copas de los altos árboles, de que
se componía el monte donde tenía lugar la trágica contienda.
De pronto un pequeño grupo de rebeldes se deja ver sobre una pequeña
loma cercana al lugar en que la caballería se encontraba, el capitán
Perdomo no se hizo esperar. _Corneta, toca á la carga_: dijo, y al
escuchar los soldados los bélicos sonidos de la trompeta pusieron al
galope sus cabalgaduras y segundos después, se había entablado una
cruenta lucha, cuerpo á cuerpo, de la que no salieron muy bien tratados
los Independientes que la sostuvieron, breves minutos.
Sería una falta, que jamás nos perdonaríamos, si no hiciésemos mención
de los sargentos Pérez y Montalvo y los cabos Díaz y López del escuadrón
"F" de la Guardia Rural; y á los también cabos del escuadrón "L"
Martínez y Pérez, que tan heróicamente se comportaron en esta acción.
Ya terminado el fuego, procedióse, á pesar de lo avanzado de la hora, á
practicar un reconocimiento en el campo de batalla, el que dió como
resultado que se encontraron 12 cadáveres, dos de los cuales estaban en
el lugar donde se rompió el fuego por el teniente Llaca, también se
ocupó al enemigo 30 caballos, sacrificándolos acto seguido por no
encontrarse útiles.
También se ocuparon diversos objetos, tales como hamacas, sombreros,
zapatos y muchas monturas, lo que demuestra palpablemente lo
precipitados que anduvieron los revoltosos para ponerse fuera del
alcance de las temidas balas de nuestros valerosos soldados.
Terminada la operación, la columna se acampó en "San José", después de
haber recorrido 12 leguas. Solo un mulo fué herido por los alzados.
Aquella noche hubo rancho extraordinario para los soldados, y en el
campamento reinó la mayor alegría.
Al día siguiente el capitán Perdomo con la modestia que le caracteriza,
pasaba al Cuartel General un telegrama dando cuenta del encuentro del
día anterior; pero restándole importancia, solo exponiendo el valor de
sus soldados y la satisfacción que dá el deber cumplido.
[Illustration: General Monteagudo,
Jefe de las fuerzas armadas de la República.]
[Illustration: General Pablo Mendieta.
Jefe de la Brigada de Infantería.]
[Illustration: Comandante Collazo.
Jefe del Cuerpo de Ametralladoras.]
[Illustration: Coronel Francisco de Paula Valiente.
Jefe del Cuerpo de Artillería de Costas.]
[Illustration: Teniente Coronel Ibrahín Consuegra.
Actual Jefe Militar de Oriente.]
[Illustration: Coronel Carlos Machado y Morales.
Jefe del 2º Regimiento de Infantería.]
[Illustration: Teniente Coronel Quiñones.
Jefe de la Artillería de Montaña.]
[Illustration: Teniente Coronel J. Manuel Guerrero.
Auditor general del Ejército.]
[Illustration: Grupo de Jefes y Oficiales.]
[Illustration: Capitán Emiliano Amiell
del Tercio Táctico de la Guardia Rural.]
[Illustration: 1er. Teniente Arsenio Ortiz.
Que tanto se distinguió en la revolución estenocista.]
[Illustration: Grupo de Oficiales de la Artillería de Montaña]
[Illustration: Teniente Coronel Pujol y grupo de Oficiales.]