Era tan chiquitín aquel enamorado, tan inferior á la Valkiria

escandinava, que ella se divertía en burlarle, en huir, en tenderse en

posición de esfinge, haciéndose la desentendida, con evidente mofa y

crueldad. Luego retomaba á halagar á su amo, arrojándosele al cuello

ó mordiéndole y lamiéndole las manos consuntas, estremecidas bajo la

lengua fresca y violenta del animal. Y entonces Silvio, con acento de

hastío inexplicable, volvíase hacia la baronesa, implorando:

--¡Que se lleven á esta fiera... Que me la quiten... Parece una mujer!

* * * * *

Sólo las flores le agradaban. Las flores, quietas, dóciles, que no

hablan sino por la insinuación de su aroma, le acompañaban; las pedía;

siempre conservaba una, ó rara ó bella, al alcance de su olfato y

vista, ó la revolvía entre los dedos descarnados, sin fuerza para

sostener el tallo casi.

Arriesgándose,--no sin timidez,--el capellán entró á veces en el

cuarto de Silvio. El negro traje talar ya no asustaba al artista.

Sus sentidos se habían habituado á la sombría mancha. Y el capellán,

ni era un ergotista, ni un teólogo. Sólo hablaba de una Virgen muy

amiga de los enfermos, de un Dios que distribuye la salud al que le

conviene. Asimismo leía noticias de la Prensa, asombrándose de varios

telegramas,--que Silvio entendería mejor.--No era, sin embargo,

constante la serenidad del artista. Por momentos su cerebro sufría

perturbaciones. Desvaríos calenturientos le hacían revolverse en su

cama, y la disnea, obligándole á buscar el aire puro, el aire sin tasa,

le impulsaba hacia la ventana con fatal impulso. Pasaba el transporte

de locura; y después recaía en la cama, palpitando.

--No es que usted vaya á morirse como cree, Silvio--díjole Minia una

mañana en que le vió algo animoso.--Sosiegue su espíritu, y entréguese

en las Manos que rigen nuestro destino... La vida no es ningún tesoro.

Dolor en ella, dolor por ella: he ahí el fondo, Silvio. ¿Conoce usted

el cuento oriental? Un camellero descubrió un pozo y se echó al pie

de él, porque estaba muy fatigado, muy fatigado; ni andar podía. Se

llamaba Pozo de la vida... y este nombre atractivo ilusionaba al

camellero. Con su odre sacó agua el primer día, y el agua era un

cristal, una alegría de los ojos. Bebió y se refrigeró. Sacó agua al

segundo día, y era buena aún. Fué sacando, sacando... y el agua, poco

á poco, se hizo amarguilla, amarga, amargota... Hiel, de la hiel más

horrible. El camellero, ante el desengaño, se arrojó en el pozo, y

desde entonces, ¿sabe usted lo que ocurre? ¡Que el agua del Pozo de la

vida, además de amargar, sabe á muerto!

Minia calló. Recelaba haber dicho de más, suspensa siempre entre el

deseo de despertar y reanimar aquel alma temblorosa, asida al vivir

como un niño al seno de la madre, y el miedo de herirla con golpe

rudo. Silvio había escuchado el tétrico apólogo sin hacer el menor

comentario. Al fin, gimiendo:

--La vida...--murmuró.--La vida no es joya de gran valer, aunque á

veces encanta... Pero ¡el arte! ¡el arte! ¡Minia!

Y la compositora, derrotada, no pudo sino responder:

¡El arte... sí! El arte... ¡Eso es otra cosa...!

* * * * *

Como si la proximidad del fin sacase á luz en Silvio ese verdadero é

íntimo modo de ser que reaparece en las horas críticas, empezó desde

aquella hora á deplorar especialmente (según la hija del gibór hebreo

lloraba su virginidad, el bajar al sepulcro infecunda, sin que en sus

entrañas pudiese formarse el Mesías), á dolerse de lo que no había

hecho, de la obra sin cumplir. Despedíase del color que acaricia las

pupilas, de la línea soberana, que trae á la mente la idea de lo

divino, por la euritmia y la proporción; y cada forma bella era una

elegía que dentro de su espíritu brotaba. Al irse (convidado que se

alza de su silla sin haber gustado el vino, dejando colmada y espumante

la copa), sus lágrimas destilaban otro licor que absorbía callado, en

triste embriaguez. Y el sentimiento de pasar sin dejar huella, era

también manifestación inconsciente del inexplicable, del victorioso

apego vital.

En torno suyo, todo indiferencia. Ni una hoja de los árboles, ni un

aliento del aire seco, blando, voluptuoso, se resentían de la agonía de

un sér joven, de aquel sufrimiento humano, tan largo y martirizador.

En otoño, la Naturaleza parece asociarse al sentir del hombre; pero

corría el mes de Julio, la roja y ardiente luna de Santiago, y olía

á hinojo, y en el ambiente sonaba la campanillita de oro del júbilo

de las romerías y fiestas. Las quintas se habían poblado de señorío;

gente de Madrid veraneaba; por los sembrados cruzaban grupos, y era un

florecer pronto de sombrillas, pamelas y claros trajes. Ante la verja

que domina la terraza de las acacias, pasaban disparados, alzando

polvo, cestos ligeros, faetones, borriquillos con sonajas, jinetes.

Areal reventaba de bañistas; los aldeanos andaban contentos, porque

la leche y los huevos y la legumbre y el lavado se pagaban bien; los

caballeros siempre sudan plata. Con frecuencia estallaban cohetes,

cruzaban murgas, gaiteros dirigiéndose á las parroquias donde se

festejaba al santo. Ruidos, actividad, regocijo, sol; y el artista se

moría allí, en la terraza, donde los gruesos corales del gran cerezo

viejo, torcido, añoso, caían y se pisaban, dejando en el suelo amplias

manchas, goterones de sangre.

Llegó un momento en que se le hizo difícil salir; apenas le permitía

moverse de su cuarto la extenuación. Sobre su cama, á la cabecera, una

Madona rubia, un cobre antiguo de escuela flamenca, de esos en que el

grupo de la Madre y el Niño aparecen rodeados de tulipanes y jacintos

de gayos tonos, le sonreía... Silvio la miraba. La idea de implorarla,

de rogar á la Consoladora, tenía que ocurrírsele, porque cuando se

sufre... Y, en efecto, un día en que sintió perderse, esfumándose,

todo; en que la lucha, el arte, la gloria, cuanto hermosea el existir y

nos vincula á él, se extinguió cual las músicas militares del ejército

triunfador se alejan dejando al herido solo en el campo de batalla, á

la hora del ocaso, con los cuervos que revuelan y graznan... Silvio

secreteó al capellán:

--¿Por qué no pide usted por mí, á... á Esa? ¡Que me sane, que haga un

milagro!

La puerta estaba abierta. La conversación era franca ya. “Es preciso

que no sea yo solo; que usted mismo la implore...”; y así, el artista,

impregnado de lo inefable, de lo eternamente femenino, recibió la

consagración de la postrimera esperanza, cogido á la túnica de

flotantes pliegues de la Mujer divina.

En voz baja, mezclando veras y esas bromas que se gastan con

los enfermos para distraerles (porque todo enfermo vuelve á ser

chiquillo), el sacerdote fué derramando el bálsamo. El germen existía,

bajo capas de guijarro. Faltaba removerlo, con dedos cuidadosos,

delicados, apacibles, huyendo de controversias enojosas y pedanterías

apologéticas. Faltaba preparar á las efusiones amantes, á los balbuceos

insensibles del alma, cuando recuerda con deleite íntimo, fresco,

la antigua canción de la cuna. Ese ardoroso sartal de ternezas que

sugiere la más sencilla devoción, una mirada á una estampa, una onda

argentada de luna que la ventana deja trasbordar, era lo que convenía

no interrumpir, como no se interrumpe nunca un diálogo de amor ó

una meditación grave. La menor intransigencia, la menor torpeza de

catequista, hubiesen irritado á Silvio sin convencerle. Dejar manar la

fuentecilla. Ya se humedecen los helechos que la cubren; ya filtra una

gota, perla de vidrio líquido; ya se escucha el rumor del chorro que

gorgotea... Ya surte, ya empapa la tierra árida del rastrojo...

Y á intervalos--á las horas en que la cabeza se despejaba un instante,

en que la fiebre remitía, en que la disnea abría sus tenazas, en que

los dolores se mitigaban y la desorganización se interrumpía--la fuente

manó.

--¡Minia! ¡Qué bueno fuera que hubiese cielo!

--Sí, pero un cielo más bonito...--respondía Minia sonriente, señalando

al que se encuadraba en la ventana.

Porque el tiempo había dado cambiazo; el bochorno que suele aportar

entre los pliegues de su esclavina de peregrino el señor Santiago,

el Apóstol batallador, habíase resuelto en tormenta, en vendaval

y, al cabo, en diluvio--de esos chaparrones propiamente galaicos,

en que se aproximan al suelo encharcado y parecen oprimirle con su

negra masa los desfondados odres de las nubes.--Los árboles lloraban

á hilo; el prado era una esponja; la fruta, antes de llegar á

madurez, había sido arrebatada y tumbada por el airote; los rosales

se inclinaban, derrengados bajo la violencia del aguacero; y de las

gárgolas monstruosas, de abiertas fauces, caía recto, inagotable, un

chorro impetuoso, que iba abriendo en la terraza hoyas y grietas.

Parecían las Torres un gran buque náufrago, combatido y azotado aún,

á quien las olas persiguen, lobos ensañados, hasta la playa misma. Y

la inclemencia de los elementos las rodeaba de una soledad eremítica;

nadie venía, ni de Marineda, ni de las quintas próximas, á ver á las

señoras, á enterarse del estado del enfermo; las labores del campo se

habían interrumpido; ni pájaros, ni mariposas, ni insectos zumbadores,

ni aromas, ni ruidos, más que el desolador sopeteo y chorreo del agua;

hasta las audaces palomas zuritas del jardín del estanque, amigas de

desafiar inclemencias, habíanse acogido á su palomar del hórreo, y de

vez en cuando sacaban por el tragaluz la cabecita, el pico rosa, y

giraban los vivos ojuelos de azabaches engastados en esmalte coralino.

Fué en medio de aquel esplín de las cosas sumergidas, anegadas, hechas

papilla; entre el gorgotear del agua, lento, fastidioso, plañidero é

insistente; bajo la monotonía abrumadora de un horizonte algodonáceo y

turbio, cuando el artista, en un momento de relampagueante lucidez, se

volvió hacia su enfermera y pronunció alto y claro:

--Voy á confesarme... que venga el sacerdote... ¡En seguida!

Corrió el capellán, reprimiendo mal el júbilo de la victoria. Era

tiempo; quedaba muy poca hebra sin retorcer, y en las descarnadas

falanges de una de las misteriosas hilanderas, las tijeras rechinaban

ya, frías y aguzadas, siniestramente brilladoras, dispuestas á dar el

corte... Fué un diálogo interrumpido por la fatiga del enfermo, un

cuchicheo ansioso, confidencial. Por primera vez en el curso de su

existir, Silvio se acusaba, no ante su conciencia, arbitrariamente

indulgente ó severa, sino ante algo que está fuera y por cima de

nuestros lirismos. Era en aquel instante como los marinos que

tripularon las galeras españolas con rumbo á región desconocida--la

última Tule,--y sus ojos, enlanguidecidos, expresaban la admiración de

que más allá del mundo interior del sueño hubiese comarcas, paraísos

surgiendo del agitado mar de la realidad. Para adquirir el derecho de

entrar en los nuevos continentes, bastaba aquello, un murmurio sincero

arrancado á lo hondo del sentimiento; bastaba reconocerse pequeño,

débil, confundirse, humillarse, ser verídico, declarar la miseria y el

barro en que se hunde nuestro pie enclavado, sujeto á lo terrestre.

--Pequé. Soy arcilla amasada con fermentos de impureza... He palpitado

por glorias y triunfos... ¡Engaño! ¡Polvo! ¡Nada!

Y como en el horizonte pluvioso se agolpasen las nubes, más plomizas,

más desfondadas en llanto, dejando verterse de sus urnas obscuras el

dolor universal, la voz estertorosa prosiguió:

--He pagado con desprecio y mofa á los que quisieron hacerme bien. Por

la dureza de mi corazón, una mujer vive encerrada en un claustro.

--¡Aleluya!--respondió el confesor.--¡Aleluya! Ella pide por usted.

--¡Pide por mí!--asintió Silvio.--¿Será oída?

--Lo será. Ella le ha precedido á usted en el camino de la

bienaventuranza. Y así y todo, es posible que usted llegue antes...

Absuelto, Silvio experimentó una sensación de alivio, una sedación,

refugiándose en bahía de tranquilas aguas, cerca de una costa fértil.

El problema del “tal vez soñar”, el mayor de los terrores del morir,

no le torturaba ya. Si soñase, soñaría como en vida--sueños de aurora,

de luz, de desconocidas felicidades,--en que se ensancha el espíritu,

y alcanza lo que nunca ofrece la limitada zona del vivir terrenal.

Y vió--al través del velo de la lluvia, que ahora caía mansa, en

hilos continuos de cardado cristal, como las lágrimas que bañan una

faz resignada, dolorosa--á su Quimera, antes devoradora, actualmente

apacible, hecha no de fuego, sino de brumas suaves y de aljófares

líquidos, de vapores transparentes y de claridad atenuadísima; y,

conformándose, sintióse reconciliado con el universo, con las Manos

que lo guían... Al adormecerse plácidamente las mortales inquietudes,

los hondos espantos; al borrarse la representación del abismo en que

caía, Silvio se quedó sonriente, iluminada la cara por ese reflejo

inconfundible, que se trasluce atravesando las carnes demacradas y los

huesos áridos.

* * * * *

Al otro día, de mañana, le trajeron al Señor.

La ventana, siempre abierta, dejaba ver el campo que rebrillaba húmedo,

bajo la caricia dorada de un sol de primeros de Agosto, bebedor

sediento de los charcos de la diluviada, y dedicado á chupar, con

avidez de abeja que liba, los rastros de la lluvia en la vegetación.

Las plantas habían erguido la frente; las flores soltaban tanto aroma,

que para adornar la habitación del enfermo fué preciso elegir las casi

inodoras, por no enloquecer su cerebro, en el fugaz intervalo lúcido.

Eran begonias rosa, de elegantes hechuras y avelludado follaje; eran

dondiegos, que sólo al anochecer vierten su pomo; eran rosas blancas y

té, que apenas sugieren la dulzura de una brisa; eran margaritas, que

de cerca tienen un tufo acerbo, balsámico, parecido á un consejo lleno

de experiencia; eran salvias carmesíes y moradas, en cuyo cáliz se mece

una gota de almíbar, eran cruentas eritrinas y pasifloras cristíferas,

emblemas de la Sangre y la Pasión redentoras, raudal de amor...

Dispuestas en jarrones, distribuídas sobre los pocos muebles y sobre la

cama que adornaba la hereditaria colcha de damasco color prelado, con

arabescos de raso enranciado por el tiempo, y cuyos tonos armoniosos

aún placían á la pupila del artista moribundo,--las flores hablaban

su lenguaje lírico, preparando el alma á recibir al Huésped.--En la

fantasía de Silvio, acaso por vez postrera, el mundo real, visto

ya como lo ven los reclusos, por el hueco abierto en la pared del

claustro, se transformaba y revestía de los matices y las refulgentes

irisaciones de la hermosura. La campiña, impregnada, refrescada por

la lluvia honda y caudalosa, que había penetrado hasta sus entrañas;

la campiña, antes seca, vestida de verdor primaveral otra vez, era la

misma campiña de Flandes, trasladada por Van Eyck al paraíso; tierra

hecha cielo, sin que perdiese los accidentes terrenales, el risueño

atavío de florescencia menuda, rebosante de jugo y salpicada de rocío

mañanero. Y por las lejanías, sobre el anfiteatro de montañuelas y

bosques, que prende con broche de turquesa el trozo de ría, avanzaban

en hilera los personajes vestidos de rosicleres de amanecer y tintas

celestes; las santas, los mártires, los profetas, los reyes, toda la

gloria de la Iglesia triunfante. Entre aquellas santas, una carmelita:

su veste es de jacinto encendido, su rostro parece arder, su expresión

es extática, la luciente substancia de su ropaje y de su cuerpo ciegan,

y su voz timbrada, amante, murmura estrofas de poemas divinos. Detrás

de ella, entre las vírgenes, una que ostenta corona hierática, toda de

pedrería, y un ramo de madreperlas, figurando azahar, sobre el seno;

trae los ojos bajos, las mejillas encendidas de rubor... Y cuando

se incorporan y funden estas figuras y fantasmas luminosos en una

sola llama terrible, deslumbradora, en el centro de ella, cercada de

estrellas de más viva luz todavía,--diamantes dentro del piélago de

llama,--aparece la única Mujer celestial, la que espera paciente, al

pie de los lechos mortuorios, á recoger el soplo imperceptible, el

último gemido libertador...

* * * * *

Silvio, cerrando por un momento los párpados, sintió que sobre su

lengua descansaba la suave partícula. El Cordero místico, manso y

herido, derramando de su costado abierto un río de granates, vino

entonces á recostársele sobre el hombro. Balaba tiernamente; parecía

decir: “También muero; mira cómo mi vida fluye de mis venas... Muero

por ti... Por ti, ¿no lo ves?”

* * * * *

La cabeza del moribundo recayó sobre las almohadas. La baronesa

acercaba á sus labios agua, el sorbo que sigue á la comunión. En el

pasillo se oían exclamaciones y sollozos de servidores.

Desde aquel punto el moribundo fué agonizante. Cada hora pesó sobre

él con peso de losa sepulcral. Su cerebro, un instante iluminado,

se ensombreció gradualmente, quedando sólo vigilante la sensibilidad

afectiva, las efusiones en que, agradeciendo los cuidados de su

enfermera con balbuciente gratitud de niño, la llamaba, la nombraba

sin cesar. Algunas veces, en fugitivos lampos, la conciencia parecía

despertarse, y hasta los ensueños fallidos, las ambiciones, volvían

á rozarle con sus alas; después recaía en el estado comatoso, que

interrumpían accesos de insania, nerviosos ataques, ahogos y asfixias

pasajeras.

No se sabía cómo sostener aquella existencia sin raíces. La leche,

los alcohólicos, las pociones, la cafeína... Y la lucecilla temblante

chisporroteaba, para languidecer más y apagarse.

Fué en las primeras horas de la mañana cuando Silvio se alzó de

repente en el lecho revuelto y manchado. Sus manos crispadas azotaban

el ambiente; sus ojos desvariados buscaban en el espacio lo que no

podían encontrar: aire. Su boca se abría en redondo, ávida, suplicante,

negra. Fué un segundo. Aplanóse, jadeando. El jadeo, sin embargo, á los

pocos segundos, disminuyó, cesó, y una expresión de beatitud serena se

esparció por la cara desencajada y cárdena, ahora amarilla. La baronesa

se había precipitado á llamar al capellán. Cuando éste llegó, su

experiencia le dijo lo cierto.

--Agua bendita--exclamó.--Rociaremos el cadáver...

La palabra siniestra arrancó á la señora la explosión de llanto, hasta

entonces reprimida.

* * * * *

Ya la otoñada se acerca. Minia, á las doce de la noche, en el

historiado balcón del último piso de la torre de Levante, está de

bruces, recorriendo senda atrás, con la memoria, un ciclo, una vida.

Lo que ve en las lejanías vaporosas, que la luna aviva con toques de

gasa de plata,--es un destino humano, corto, intenso, que empezó allí

mismo, en Alborada, y en Alborada vino á concluir. Así sobre el paisaje

bordamos nuestra emoción del momento, y así la materia se transforma,

se asimila á nuestro espíritu y adquiere realidad en él.

Le veía llegando á buscar recursos para cebar aspiraciones más altas;

le veía manejando con su genial gracia de inspirado los lápices;

le veía en Madrid, sin recursos, sin muebles; escuchaba el gentil

cuchicheo de salón á que debió su rápido encumbramiento; le veía afinar

su tipo con los retoques de la moda; recordaba á la enamorada Ayamonte,

al doctor Luz, á Solar de Fierro, con su romántica trova; releía las

cartas de París, pensaba en las perfidias de Espina y fantaseaba en

irónica reconciliación, ó en no menos irónico rencor, el encuentro de

dos esqueletos que se pedían cuentas, ó desdeñosos se perdonaban...

Luego,--en vez de la enorme perla gris y nacarada de la luna, rodando

silenciosa en el esplendor de la noche estival, Minia fantaseaba

una nube caprichosa, tenue, la forma del blanco Cordero redentor y

expiatorio, cuyos contornos se esfumaban poco á poco, borrándose.--Y

acudía á su imaginación Silvio como en letargo, idealizado por la

liberación final, vestido de frac, cubierto de flores--ahora su perfume

no le dañaba,--depositado en el rincón de un humilde cementerio

campesino, entre la calma del olvido, lejos de la victoria, lejos del

hálito de brasa de la Quimera...

--Dichosos los que yacen en paz--murmuró la compositora, cerrando

un instante los ojos y reclinándose en la columna de granito del

ventanal.--Oyó furiosos baladros: podrían ser de los canes guardadores

de las chozas. Un soplo de fuego la envolvió: unas pupilas de agua

marina alumbraron la estancia con su reflejo, parecido al de los

gusanos de luz... Y,--ya segura de que el monstruo acababa de penetrar

por los huecos del balcón consagrado á las Musas--Minia descubrió el

harmonio, se sentó ante él, y empezó á tantear la composición de una

SINFONÍA, tal vez más sentida que las anteriores.

FIN

INDICE

Páginas

PRÓLOGO. 5

SINFONÍA.--_La muerte de la Quimera._ 11

I.--Alborada. 29

II.--Madrid. 73

III.--París. 341

IV.--Intermedio artístico. 433

V.--París. 469

VI.--Alborada. 491

* * * * *

Notas del transcriptor

El texto en cursiva ha sido indicado con _guiones bajos_.

Se ha respetado la ortografía del original, que en ocasiones se

presenta como inconsistente, con excepción de las instancias listadas a

continuación:

La Quimera · 第 32 / 33 段