entonces, vivir á tragos. Es preciso que yo sane. ¿Qué hacen esos
doctores que no me curan? ¡Si yo supiese que el Cristo...!
--Su reino no es de este mundo...--sugirió Minia.
Regresaron de la sacristía por la sala, llena de embetunadas pinturas,
lentamente, apoyado Silvio en su bastón, casi arrastrándose, apoyado
después en el brazo rudo del hortelano. Dejóse caer en la butaca, para
contemplar, según costumbre, la puesta del sol. Aquel día era imperial,
esplendorosa. Se anunciaban calor y tormenta, y el sol se reclinaba en
cúmulos de púrpura, inflamados, acuchillados por toques violentos de
plombagina, y esclarecidos con luces de erupción volcánica, focos que
parecen delatar el flamígero lengüeteo de la llama que sube. Era de
esos ocasos extraños, amenazadores, en que el cielo semeja indignado, y
que el pincel no puede reproducir á no caer en amaneramiento. Silvio se
complacía en él con el interés que despiertan en el campo los aspectos
de la Naturaleza, y con la impresión de grandiosidad que en su alma de
inspirado adquirían fácilmente las cosas. El soberano espectáculo le
hacía olvidar por sorpresa sus dolores; le sustraía momentáneamente á
la enfermedad. Los rubíes vivísimos, flúidos, movibles, lisonjeaban
su sentido de colorista.--Y, de pronto, en aquellas nubes ígneas y
caprichosas, entre el incendio del cielo, la fantasía le dibujó una
forma, destacándose entre las restantes. Era la de una alimaña, mezcla
de dragón y serpiente, cuyo dorso se dentellaba en agudos picos, cuyas
fosas nasales espurriaban fuego, cuya cola, de retorcidos anillos,
se tendía azotando el aire y rompiendo las otras nubes á su latigazo
triunfal. La apariencia reinó algunos instantes; pero cuando Silvio
quiso enseñársela á Minia, ya se desvanecía su colosal figura, ya su
brasero se apagaba...
Traído de Marineda, llegó entonces el correo.--Quiso la baronesa
sustraer una esquela de defunción, que timbraba sello extranjero.
Silvio le había echado mano y la abría; y su faz, un momento animada
por la contemplación de un cuadro, se descomponía rápidamente...
Era la esquela mortuoria de doña María de la Espina Porcel de Dión,
fallecida en Niza, “Villa Plaisirs”, según participaba interminable
cáfila de parientes, rogando que se la concediesen oraciones. El
artista dejó caer la cabeza sobre el pecho; la esquela rodó al
polvo.--Los pájaros no cantaban en las acacias corpulentas.
* * * * *
--¿La quiso usted mucho?--preguntaba Minia al notar el terrible efecto
de la nueva que contenía y certificaba aquel papel satinado, con
estrechísima orla negra, encabezado por una cruz, atestado de nombres
propios.
Silvio tardó en responder. Parte, por dificultad de respiración, y
parte, por incertidumbre ante la interrogación analítica.
--No he sabido nunca--pronunció al fin lentamente--si la quise, si
me fué indiferente, si la detesté. De todo habría á ratos. No he
sabido si me hizo bien ó mal. Era como la vida: que nos hiere, que nos
despedaza, que nos burla, que nos hace infames á fuerza de desengaños
y de mentiras, pero que... ¡es la vida, qué demonio! Y Espina, Espina
Porcel, era acaso, en el fondo, más artista que yo. Despreciaba más lo
vulgar; sí, lo despreciaba. Ha muerto de su exaltación artística, de
su afán de vivir de un modo refinado y bello, de agotar el ideal. Ha
muerto de no transigir con las sensaciones comunes y prosaicas. ¡Pobre,
pobre María!
--Según eso, ¿la ha perdonado usted?
--Y qué, ¿voy á odiarla, ahora que es un puñado de podredumbre?
--Tiene usted la feliz instabilidad de los geniales...--advirtió
Minia.--Pero no perdone por indiferentismo... Perdone por amor, por
sumisión. ¡Rece por ella!
La campana de Monegro rompió á doblar. No era el _Angelus_. Una
casualidad: doblaba á muerto por algún aldeano que había terminado su
jornada, soltado el azadón y empezado el reposo. Como en la hermosa
poesía de Longfellow, el alma respondía al toque de la campana.
Silvio percibió una mortaja de sombra que le envolvía y lo envolvía
todo. Era, quizás, efecto de la impresión repentina causada por la
esquela mortuoria; era, quizás, que el obscuro presentimiento de su
propia destrucción se concretaba al fin. Imposible es trazar línea
divisoria entre ciertos estados de alma, fijar el momento en que á
la confianza sustituye la sospecha, al respeto el menosprecio, á la
esperanza, el desaliento absoluto; á la seguridad el terror. ¿Qué
había sucedido para que aquellos toques, en una parroquial de aldea,
en otro caso probablemente apreciados por el artista como efecto
estético, suscitasen entonces en él la percepción trágica, honda, no
de la muerte, sino de algo á que la muerte sirve de pórtico de mármol
negro?... Y todo se transformó á sus ojos, adquiriendo la solemnidad
que tiene para el reo la capilla donde ha de esperar su gran hora.
En un instante la realidad se traspuso á la otra margen, que el agua
del trozo de ría, llena de tinieblas, le representaba vivamente. No
fué impresión heroica, sino de espanto; de espanto frío, letal. Los
árboles, ya borrosos, le parecieron fantasmagóricos; la ría, lago
siniestro donde rema el barquero implacable; la silueta de las Torres,
temerosa, cual si fuese la de uno de esos edificios de la Edad Media,
cuyas paredes ahogaron sollozos y cobijaron dramas; y el toldo de las
acacias espléndidas, extendido como regio pabellón, un manto plomizo,
del cual goteaba humedad de tumba. ¡Morir! ¡Morir también, como Espina,
como la modernista radiante, la de inimitable existencia! ¡No ser,
desaparecer, reunirse con la Porcel en la macabra alcoba de la tierra
húmeda, ó entre el informe y caótico silencio de los cerrados nichos! Y
el ataque nervioso vino, fulminante. Silvio gritó ó más bien aulló su
pavor, su adhesión á los fantasmas de la realidad, su voluntad terca
de no sumergirse en el océano sin orillas, de oleaje monótono y fatal,
donde viene á parar todo...
* * * * *
Fueron días de prueba los que siguieron á aquél. El cerebro de Silvio,
por momentos, se desorganizaba, y sólo lo visitaban las alucinaciones
del miedo. No asomaba la resignación, ni aun el estoicismo con que la
juventud suele mirar la muerte. ¡Morir ya!--balbucía.--Pero ¿no habrá
quién me salve? ¿No habrá quién me tienda la mano?--Y por una de esas
singulares anomalías patológicas, en el agudo ataque de pavura, el
miedo á morir le hacía intentar arrojarse por la ventana, siempre
abierta, para acabar de una vez.
Mientras él sufría como un réprobo, la Naturaleza desplegaba galas de
fiesta nupcial. Había revoltosos enjambres de mariposas y avispas;
en la playa arealense las olas se tendían acariciadoras, tibias
ya; pintaban las cerezas, y en la noche de San Juan las hogueras,
desde lejos, en la cima de los montes, recordaban el rito sagrado,
la tradición adoniaca. Desde la terraza podía verse á chiquillos y
mozas armar sus lumbraradas rituales, echar en ellas brazados de leña
recogida en el monte, y saltar, riendo, por cima de la llama.
En el patio de las Torres, según costumbre, hízose la lumbrarada
también, más alta que todas, de leña más seca; una pira regular y
monumental.
Hundido en su butaca, Silvio la consideró primero con ojeada
indiferente y atónica, después con algo de goce infantil, cuando
la llama, chisporroteando, se elevó, y brotó centellas volantes,
charamuscas rápidas. Pero así que notó que iba apagándose, le asaltó la
congoja.--Todo lo que se extinguía renovaba en su espíritu aquel pavor
invencible, aquel frío de la nada. Fué preciso cebar la hoguera otra
vez.
Su terror estallaba á cada instante. Un día el capellán, á pretexto de
cortesía, de acompañarle, creyó poder entrar en su cuarto. La negra
sotana le heló la sangre; la poca, lánguida sangre de las venas. No era
la persona, era la ropa. Ni Minia ni su madre se atrevían á vestirse de
negro.
--Ea, ¿qué le pasa? ¡no sea chiquillo!--repetía la baronesa.--¿No
estamos aquí todos? ¿Á qué viene ese miedo? Si es un amigo, si no es
ninguna visión. Tranquilizarse... ¿Un sorbito de leche? ¿No? ¿Y cómo
quiere sanar, si no come?
¡Combate, agonía, tortura, la de aquel alma, incrustada en el vivir,
como en la encía la raíz del diente nuevo! La vida, con su adhesividad
de pulpo, con sus tentáculos recios, se agarraba; no quería soltar la
presa. ¡Deseos, nostalgias, pena de lo incumplido, de lo fallido, de
lo vano é irrisorio del destino; dolor de las flores no cogidas, de
los aromas no respirados, de las glorias soñadas; agua que se derrama
sobre el arenal antes de acercarla á la boca; rabia, calentura, disnea,
fatiga, cansancio infinito, miserias orgánicas, la decadencia total!...
Y, por momentos, otra vez Maia con su velo de oro, con su tul que las
pedrerías rebordan.
--¿No sabe usted? Tengo apalabrado taller en París... Lo voy á decorar
con telas salamanquinas, charras; algo original, porque allí eso no
se conoce... Y me llevaré los muebles de Madrid, mi bargueño, la
arquilla que Solar de Fierro me ha regalado. El taller de Madrid lo
dejo resueltamente... ¿Para qué quiero gastar? En Madrid está agotado
el filón. No: Francia, Inglaterra. Después, probablemente, los Estados
Unidos. Pero ¡alto!... cuando ya haya pintado algo serio, ¿eh? algo de
lo que me propongo. En el retrato voy á cambiar de sistema. Es hora de
salir de cromitos... Y si no lo quieren así...
--No piense usted más que en la salud... Le hace daño formar
planes--repetían las enfermeras.
--¡Vivir!--suspiraba él.--¡Sanar! ¡Correr por los sembrados!
--No se preocupe de eso de la gloria--murmuró Minia.--¿No dice que lo
mejor del mundo es ser bueno? Dedíquese á ser muy bueno... siquiera
mientras está malo.
--Sí--contestaba él, alzando el macilento rostro.--Voy á procurar que
no me importe el arte ni ninguna de esas sublimes tonterías. Nada
más que comer, digerir, dormir... ¡Qué programa bonito! Vivir como
los demás hombres, y no como yo, que casi no me alimento sino de
potingues... ¡La poción de Jaccoud! ¡Puaá! ¡Valiente porquería!
* * * * *
La Torre de Levante se había terminado, y con ella quedaba completo
el vasto edificio del Pazo de Alborada. Cierta mañana apareció izado
sobre el almena central un pino joven, entero, que á tal altura sólo
parecía una rama frondosa. Era el _xeste_, signo del fin de la obra de
cantería. Aquel ramo pedía un refresco para los trabajadores. Parecióle
poco á la baronesa el habitual obsequio de aguardiente y pan, y dispuso
un convite en forma. Obras como la de Alborada quieren repique.
Al aire libre, bajo las ventanas del cuarto que ocupaba Silvio, se
dispuso la luenga mesa, y se colocaron los toscos bancos de madera,
afianzando en el suelo sus pies con cuñas. La cocina activó sus
hornillos, y borbotearon al fuego vastas cazuelas atestadas de arroz,
carne, bacalao. El festín debía principiar cuando el trabajo terminase.
Los obreros lo abandonaron una hora antes, para atusarse y vestir
camisa limpia. Era su frac; la camisa como la nieve, sin planchar,
oliendo á menta y lavanda.
Llegado el instante, no se precipitaron los obreros: entraron despacio,
charlando, despachando cigarrillos, aguardando el aviso del mayordomo,
la fórmula de acogida é invitación. Pensaban, sin embargo, en la
comida, sobre todo por curiosidad de los guisos de señores. Aquellos
trabajadores eran campesinos la mayor parte; picaban y sentaban en
verano, regresaban á sus casas en Navidad á matar el puerco, engendrar
los casados el chiquillo anual, y dejar las heredades labradas. El
no despreciable salario se lo llevaban casi entero á las mujeres en
un nudo de pañuelo, porque comían frugalísimamente y no practicaban
vicios. Gente buena, honrada “con vergüenza en la cara”, como ellos
decían. Mantenidos á brona, leche desnatada, pote de berzas, la idea
del convite les divertía, pellizcándoles la embotada imaginación. Sin
embargo, no querían atropellarse; esperaban, correctos y reservados,
muy en su lugar.
Ni aun cuando el mayordomo les gruñó, lleno de cordialidad: “¡Vaya
muchachos, al _xeste_, al _xeste_!”, se decidieron á correr, sino
que emprendieron la marcha con lentitud, la propia pachorra con que
entran á la labor diaria. Guardaban política y mesura. La vista de la
mesa, tan cabal, con sus platos, su pan servido, sus servilletas, sus
tazas para el vino, sus cubiertos, les impresionó. Solían ellos comer
tumbados ó agazapados en tierra, sosteniendo el corrusco de pan con la
izquierda y manejando con la derecha la navaja que pincha el compango
de sardina. ¡Y ahora, aquella mesa servida como para caballeros!
Ya salía de la cocina, remangada, portadora del soperón humeante,
la mayordoma; y los invitados aún no se habían atrevido á llegarse:
manteníanse en pie. Fué necesario que les animase la misma baronesa:
--Á vuestro sitio, ea... á comer, que se enfría... Que luego se hace
noche...
Fueron acomodándose, más respetuosos que diplomáticos, y también
diplomáticamente atribuyeron el puesto de honor á quien le pertenecía:
al maestro de la obra, cantero todavía mozo, pero más entendido que
los restantes. El hortelano, invitado, y un asentador viejo, socarrón,
decidor, obtuvieron lugares de preferencia. Los demás se colocaron al
azar, sin desorden, poco á poco, y se miraban de soslayo á ver quién se
atrevía á trasegar la primer cucharada del gorduroso pote de berzas con
tajadas y costillas de cerdo.
Cerca de un minuto transcurrió así, sin que ninguno se arrojase. Pilara
les animaba, alabando el caldo, que estaba “que se comía solo”; al fin,
el viejo, con más mundo y aplomo que los rapaces, se llevó la cuchara á
la boca, y le imitaron, acompasadamente, cuidando, como manda la buena
crianza, de no tragar aprisa. Pero el caldo era manteca pura, y, con
sus tajadas, alborozaba el estómago.
Los servidores acudieron portadores de jarros, y escanciaron negro vino
en las tazas, animando á que los obreros remojasen las fauces, secas
del polvillo de la cantería. Las manos huesudas, recién mal lavadas, se
tendieron hacia los cuencos de barro; y después de beber regaladamente,
por falta de costumbre de utilizar la servilleta, que habían dejado
tiesa y doblada, limpiábanse con el dorso de la mano ó con su propio
pañuelo de hierbas.
El pote habíase agotado, y aún no se resolvían á hablar sino en voz
baja, cohibidos por los señores que les miraban, por la novedad
del festín. Silvio, hundido en su butaca, contemplaba aquel cuadro
pintoresco, deseando que adquiriese carácter á lo Teniers. ¿Por qué ni
hablaban, ni juraban, ni silbaban sus tonadillas irónicas, lo mismo que
cuando, colgados en el espacio, sobre la estadía, izaban enorme sillar
para asentarlo? Aquellos pájaros laboriosos no cantaban á gusto sino en
el aire ó bajo el cobertizo, moviendo el pico ó empuñando la palleta...
Sin embargo, al aparecer el segundo plato, un guisote de carne
que trascendía, estaba roto el hielo. Los cubiertos tilinteaban
alegremente. Se cuchicheaba, surgía alguna risotada. El asentador
viejo, representación de la experiencia y el mundanismo en la
cuadrilla, arriesgó un elogio humorístico.--¡Que así se volviesen todas
las piedras de la obra! ¡Que así se volviesen cuantas había sentado en
su vida! ¡Y que cayesen riba de él!--Se celebró. Tenedores y cucharas
se activaron; hubo alabanzas á la guisandera.--¡Que guisase así hasta
esfarraparse de vieja! ¡Que nunca las manos se le cansasen de guisar!
Entonces fué cuando Silvio, que miraba atentamente la escena desde
su ventana, empezó á sentir una tristeza envidiosa. Aquellas fuertes
mandíbulas, que masticaban vigorosamente; aquellos hombres entregados
á un deleite hondo, animal, bueno y gozoso; aquellos cuerpos ágiles,
curtidos, no desgastados por el alma, le causaban la fascinación
dolorosa de la envidia, la más torturadora de las pasiones, porque en
ella se sufre de ser quien somos, tal cual somos, de tener nuestro
_yo_ y no un _yo_ diferente. Silvio se acordaba del tiempo que había
pasado queriendo ser _otro_, un maestrazo del arte... Y ahora, bajo
las garras de la enfermedad, que tanto humilla el deseo, que reduce
las magníficas ambiciones y los alados sueños á la aspiración de una
función fisiológica normalmente cumplida,--sólo ansiaba volverse uno
de aquellos comilones embelesados, que saboreaban la fruición grosera,
franca y deleitosa de un guisote en punto cayendo en un estómago
virgen. Los rostros se coloreaban, los ojos relucían, y la aparición
del bacalao á la vizcaína, listado de rojo por las tiras de pimiento,
fué celebrada con explosión de regocijo. Se daban al codo, guiñaban el
ojo; y, para mayor contento, el gaitero entró entonces, seguido de su
tamborilero, preludiando la _muiñeira_ mariñana.
--Que no toque, que se siente y coma--ordenó la baronesa. Y la gaita
reposó; las notas agrestes, penetrantes, se cobijaron entre las rosas,
entre los saúcos y las madreselvas, porque el bacalao exhalaba un
tufo...
Bocado tras bocado, embaulando, vaciaban los tazones. Ninguna
preocupación debilitaba su fuerza digestiva, fuente de alegría, centro
de la felicidad orgánica. Eran como niños, igual los que en la barba
hirsuta y sin afeitar mostraban canas amarillas, que los mozos de
bigotillo naciente.
Y Silvio envidiaba, envidiaba... como el prisionero envidia el aire, la
luz, el solo bien de poder cruzar una calle, de estirar las piernas...
Su envidia tomaba la forma retrospectiva, que casi siempre conduce
á mayor amargura, á desolación sin límites. ¿Por qué no haber sido
un cantero, uno de los cortadores que grabaron los capiteles de la
capilla, de tan curioso estilo romántico? ¿Por qué no haber conservado
un alma del siglo XIII, un pulmón que respirase, una sangre pronta
á alborotarse ante la mujer, un estómago de hierro? No quería ser
un obrero á la moderna, de los que leen y piden reivindicaciones y
adelantos; nada de eso: aquello mismo; el cantero de aldea, sumiso,
frugal, muy sano, que, al bajarse de la estadía, rompe á correr hacia
el baile en la carretera...
--¡Qué felices, qué felices!--repetía, moviendo la cabeza, ya
temblona á fuerza de desfallecimiento.--Y ¡qué rico es eso que
comen!--suspiró.--Para mí no sazona tan bien Pilara...
--¿Qué está usted diciendo?--exclamó Minia.--¡Si lo oye ella! ¡Poniendo
sus cinco sentidos la pobre!
--No, lo que hacen para mí no huele tan exquisitamente--insistió el
artista.
--¿Probaría usted?
Una luz de esperanza loca brilló en los cambiantes ojos amortiguados...
La mano demacrada se agitó.
--¡Que me traigan un bocado, nada más que un bocado!
Momentos después, mientras los del _xeste_, ya amparados por la
penumbra del crepúsculo, que les envolvía en velo protector, acogían
con carcajadas y gritos de aprobación las soberbias fuentes de arroz
con leche bordadas de arabescos de canela, le presentaban á Silvio un
plato con el apetecido guisote. El enfermo se incorporó, olfateó...
La saliva cosquilleaba en su paladar. Tomó el tenedor, pinchó una
patata envuelta en pebre... y, antes de llegarla á los labios, soltó el
tenedor, que cayó al suelo, y se reclinó, se hundió nuevamente en la
butaca.
--¡No puedo! ¡no puedo! ¡no puedo!
--Un esfuerzo...--rogó la baronesa.
--¡No! ¡Asco! ¡Imposibilidad! ¡Que me lo quiten de delante!
Gimió, lloró casi; alzó al cielo las manos, los ojos... De súbito,
pareció calmarse, aceptar todo, despedirse de la vida material,
desarraigarse de la tierra.
--¡Es triste! ¿Verdad que es triste, amigas mías? ¡Triste no volver
á comer, lo que se llama comer! ¡Si se comprase un estómago! ¿No
se compran las obras de arte más hermosas? ¿No se compra el amor,
que dicen que es cosa tan sublime y celestial? ¿Por qué no se ha de
comprar lo prosaico y vil? ¡Prosaico! ¿Y por qué prosaico? Palabras,
falsedades, mentiras... ¿Sería prosa bajar ahí y decirle á uno de esos
bárbaros: “¡Dame tu estómago por mil duros! ¡Quiero hartarme, hartarme
de ese bacalao á la vizcaína!”?
Sobre este tema divagó buen rato, interrumpiendo á veces sus
reflexiones congojas nerviosas, desfallecimientos, risas de insensato
y quejas tiernas, infantiles. Abajo, los obreros ya no se contenían;
amplios manchones de vinazo deshonraban el mantel, y los comensales
empezaban á fumar, á hacer trueques y comistrajos con el postre. El
viejo asentador, desdentado, ensopaba en vino su arroz con leche,
diciendo que era un estilo de cuando muchacho, que lo había visto comer
siempre así. Bobita había puesto las patas sobre el reborde y zampaba
los corruscos de pan sobrantes. El banco donde se sentaba el hortelano
se hundió, y la caída se celebraba con risotadas, empujones, bromas,
aplausos. El gaitero, hombre corrido, malicioso, contaba cuentos, y
se apiñaban por oirle. Sonaban vivas entusiastas. Las volteadoras de
la hierba, los caseros, los jornaleros, entraban recelosos; adquirían
confianza, pero rehusaban probar el arroz, murmurando que “no tenían
voluntad”, según ley de política. Venían, curiosamente, á admirar
aquel festín cumplido, en el cual, se susurraba, habría hasta café y
copa. Los servidores repartían ruedas de mantecoso queso de tetilla.
El sacristán de la parroquia disponíase á dar fuego á los cohetes,
y Pilara, fregando una contra otra dos conchas veneras, saltando,
acompañaba á su hermana, que repicaba el pandero, entonando una copla
allí mismo improvisada.
Silvio, ya tendido sobre la cama, respiraba el frasco de antihistérica
que la baronesa le acercaba á la nariz. Su diestra consumida, de marfil
pálido, asía una gardenia, una fresca gardenia acabada de cortar.
Expresión de repugnancia le contraía el rostro.
--¡Brutalidad!--murmuraba.--¡Esos guisotes! ¡Apestan hasta aquí! ¡La
bestia humana!
Vino el criado; le alzó en peso; ayudó la baronesa también; lleváronle
de allí á la sala, donde no percibiese ni los ruidos ni las
exhalaciones de la comilona. Había anochecido; el cielo, estrellado,
puro, era bello dosel colgado muy alto, inaccesible. Entonces un
cohete de lucería de color rasgó el aire. Sus lágrimas lentas, de
resplandeciente pedrería, se extinguieron antes de llegar al suelo.
Otro cohete salpicó el espacio de chispas de luz, fugaces, menudas.
Al apagarse los fuegos artificiales, el firmamento augusto convidaba
á abismar el pensamiento en la infinita majestad de su extensión. La
noche, templada y veraniega, se rebozaba en terciopelos turquíes, y
del mar distante venían soplos salobres, la vida de los océanos en que
se formó tal vez nuestra vida mortal. Los ojos de Silvio se alzaron.
No dijo nada. Silencioso, arrojaba entonces al abismo, por siempre, la
carga de esperanzas é inquietudes, el estorbo para el gran viaje que
iba á emprender, al través de otros mares mudos y sombríos, hacia el
país del misterio...
* * * * *
No era todavía, sin embargo, la resignación; no la nueva razón de ser
de un espíritu que se somete y renuncia á los fenómenos y apariencias
sensibles. Eran más bien silencios de pena inconsolable, marasmos,
tormentas y naufragios continuos, insumisiones en que se destroza
el corazón, cual se destroza las uñas el prisionero al atacar las
paredes de granito de su calabozo. Y sin poderlo remediar, sordas ó
declaradas irritaciones contra todo y todos; impaciencias transitorias,
seguidas de explosiones de gratitud, efusiones que tomaban forma de
desgarradoras despedidas.
Cualquier detalle, el más leve, exasperaba su susceptibilidad dolorosa.
Así, los bulliciosos juegos, la salvaje vitalidad juvenil de Bobita,
habían llegado á serle insufribles. Encerraban frecuentemente á la
danesa; pero con su agilidad y su ímpetu, el animal se escapaba,
saltaba ventanas, empujaba puertas, y de improviso saludaba á su amo
con insensatas caricias. Después solía entretenerse desdeñosamente,
llena de coquetería, en desesperar á Taikun, el japonesillo.