humor.--Justamente hoy el día está magnífico, y usted se va á poner
elegante y se va á sentar en la terraza, sentadito, ¿eh?, no tendido en
la cama, sino sentado, porque es usted muy comodón, y acaba por perder
fuerzas... Ya instalado allí, tranquilo, verá la labor de la hierba,
que es preciosa...
Cumplióse el programa. Silvio, alentado por la dulzura aterciopelada
del aire, y en una de esas rachas de leve mejoría que traen á los
enfermos de muerte repentino engreimiento, se vistió, se acicaló, calzó
las elegantes botas inglesas que gastaba en el castillo de Alorne. Y
con su presunción de niño, murmuró, pavoneándose:
--Me he arreglado como si estuviese en el _manoir_ de la Condesa de los
Pirineos.
Minia, algo picada, preguntó, con la tolerancia que se otorga á los
enfermos:
--¿Hay una _toilette_ para sus grandes amigas de Francia, y otra para
las de España?
Silvio, en vez de responder, tomó la mano de Minia, y la besó. El
amistoso reproche era fundado, y el artista, en su ingenuidad, se
acusaba muchas veces de cierto esnobismo.
--Mis grandes amigas de Francia--murmuró--acaso no serían capaces de
sufrir mis chinchorrerías de enfermo... Soy un tonto, ya lo sé.
--Ya lo sabemos...--articuló riendo la compositora.--Ea, basta de
etiquetas, y vamos á ver la corta de la hierba, que es una sonatina
pastoral encantadora.
Salieron, apoyado Silvio en el brazo, todavía tan fuerte, de la
baronesa. Costábale trabajo andar; arrastraba los pies como un viejo;
se cansaba, se detenía. Sin embargo, vencida la cuestecilla entre el
patio y la terraza, respiró un poco mejor, dilató con delicia las
fosas nasales. Era que acababa de inundarlas la bocanada del perfume
más idílico: el de la hierba, no recién cortada (que entonces no
embalsama), sino ya medio seca por el sol encima del mismo prado, y
removida para voltearla.
En efecto, esta era la labor. Á distancia, el prado, cubierto de
hierba extendida, en vez de su color verde tenía tonos de plata
tostada, sedeña; y sobre el fondo de esta cosecha impregnada de sol,
trasegándola con los horcados, nadando en ella, las mozas, de refajo
grana y pañuelos amarillos, trabajaban entre risas y canciones. Era
imposible concebir cuadro más atractivo.
Se habían elegido por volteadoras rapazas aniñadas aún, de rubia
trenza, de pies menudos, ágiles dentro del zueco ó del grueso zapato;
y cumplían su tarea jugando, desafiándose á arrojar más arriba la
desflecada plata de la hierba.
Alrededor del prado gallardeaban las rosas en flor, y en el horizonte,
el bosque de castaños tendía un tapiz de verdura honda y reciente,
sobre el azul del cielo lavado y vivo como una acuarela. Silvio se
extasió desde su butaca. Experimentaba esa impresión de calma y
seguridad que produce una residencia como Alborada, cuando la animan
las labores campestres. El perfume de la hierba le embriagaba.
Y la gran poesía de todo aquello, la formuló con la más vulgar
incongruencia.
--¿No le dan á usted envidia algunas veces los jumentos?--preguntó á
Minia.
--Mil veces. No habría cosa más simpática que poder soltar la
razón, depositándola en una cajita bien cerrada, para recogerla
cuando á uno se le antojase. Nuestra tortura viene del cerebro. Las
sensaciones plácidas del asnillo en el prado nos aliviarían. ¡Porque,
verdaderamente, Silvio, ni aun el sueño nos reposa! Entre sueños, se
activa la vida ilusoria, toman cuerpo las ilusiones, y se sufre también.
--Entre sueños--aprobó Silvio--es precisamente cuando se me ocurren
á mí cosas estupendas, y me traigo una batalla de desatinos, que
se disfrazan de concepciones sublimes. Entre sueños pinto cosas
magníficas, y con facilidad asombrosa creo obras maestras. Y las
veo, las veo concluídas, radiantes... Entre sueños también lucho con
endriagos, fantasmas y visiones que me destrozan... ¡El sueño! Sobre
todo desde que enfermé, el sueño no me restaura: me aplana ó me excita.
La parte soñadora de nosotros mismos debe de ser la que sueña, y la que
nos restauraría sería la animal, y más aún la vegetativa, el tranquilo
cumplimiento de funciones puramente naturales... Por esto envidiamos al
jumento cuando se hunde entre los mullidos tablares del prado.
--¡Qué bien me hace el olor de la hierba!--declaró el artista. Y
en efecto, los tres ó cuatro días que duró la labor, la mejoría de
Silvio pareció sostenerse. No era sino un alto en la enfermedad, cosa
frecuente en estos males de consunción; pero bastaba para sostener el
optimismo de Silvio, el convencimiento extraño de que no podía morir.
No cabía en la cabeza del joven la idea del desenlace. Las señoras
empezaban á pensar con angustia en el momento en que la Esqueletada,
llamando á la puerta con sus secos nudillos, trajese la terrible y
bienhechora verdad, clavase negro alfiler á la mariposa del alma...
Minia había oído hablar mil veces del tenaz optimismo de los tísicos,
pero lo creía una de tantas leyendas. Al comprobar la realidad del
fenómeno se admiraba.
Silvio (tal es la fuerza del instinto que nos apega á la persistencia
de nuestra individualidad) no apreciaba su destrucción. Alentado,
asistía con goce de los sentidos--de la vista, del regalado olfato--al
espectáculo interesante. Lánguidamente miraba alzar, remover, orear
y volcar la hierba, hasta que, seca ya por ambas caras, la apilaban
en montones de oro, inmensas cabezotas rubias, que surgían sobre el
fondo raso, de un verde infantil, del prado afeitado al rape. Con sus
horcados iban las mozas formando las _medas_, dándoles la primitiva
hechura de las _huttes_ salvajes, moradas del hombre cuando abandonó
la vida troglodítica. Realizaban este trabajo con destreza sin
igual, con rapidez graciosa, siempre jugando, siempre á carcajadas,
en labor que tiene mucho de recreo para jornaleras habituadas al
destripe de terrones, al corte y pise del espinoso tojo, al empile del
estiércol. Y las excitaba además--con prurito de rústica coquetería--el
que desde la otra terraza, frontera á la fachada principal, los
canteros y picapedreros las miraban á hurtadillas, comentando
vigores, robusteces y gallardías anatómicas... Desde las almenas de
la torre de Levante, que aquellos días estaban acabando de coronar,
otros obreros, distrayéndose de su peligroso trabajo, también las
requebraban, con carantoñas y burlas. Á medida que la tarde avanzaba,
las mozas cantaban más despacio y medaban menos: la fatiga, el calor,
retardaban el movimiento de sus brazos y ensordecían las canciones
de sus bocas. En vez de coplas maliciosas de desafío, entonaban un
¡alalalaaá! prolongado con melancolías vespertinas y cadencias lentas
de resignación, de soledad, de ausencia y nostalgia. Cuando por
casualidad las medadoras (en vez de lanzar ojeadas á los fornidos
canteros que silbaban tonadillas como para asociarse al canticio)
se volvían hacia la terraza, donde yacía, recostado, aquel señorito
de cara de cera, á cuyos pies se tendía un perrazo de pelo color de
humo,--su voz se volvía más baja, apagada con sordina de respeto y
compasión. ¿Qué tenía aquel señorito, malpocado? ¿Qué le pasaba, que ni
andar podía, sino sostenido por otros? Ellas sabían por la hermana de
Pilara, una medadora, que se le guisaban muchos platos, que de Marineda
venía el médico á menudo... Y susurraban bajo: “¡Tan nuevo! ¡Tan
mociño y tan galán! ¡Dios lo remedie!” Después continuaban erigiendo
sus _medas_ provisionales de oro blanquecino y seda pajiza. La meda
definitiva se constituiría en la era, cuando se llevasen la hierba los
carros. Vinieron éstos y se reanimó la labor, porque en ella tomaban
parte ahora mozas y gañanes, y los que guiaban el carro dirigían
retadoras miradas, desde el hondo prado que surcaban las _birtas_, á
los picapedreros y canteros, cuando subían las almenas y lanzaban, al
izarlas, un _ahuum_ penoso, salvaje. Andaban los de la parroquia--los
pocos varones que dejaba la emigración,--esquinados con los canteritos
jóvenes venidos de Pontevedra, que se llevaban á las rapazas de calle.
Y los aldeanos, jactanciosos, erguidos sobre el carro, acalcaban
la hierba con los pies para cargar de una vez gran partida. Silvio
encontraba hermosísima la escena, deliciosa la nota de color; sobre
el prado las yugadas de los corpulentos, pachorrentos bueyes rojos,
los carros célticos, con sus ruedas macizas, sus _cainzas_ de mimbre
negruzco, y desbordándose de ellas, el rubio colmo de la hierba
encendido por un rayo muriente de sol y el gañán de pie sobre el carro,
dorada también su figura y recortada sobre el cielo... Raudales de
poesía bucólica le brotaban en el alma, y su sentimiento exquisito le
hacía saborear no sólo el cuadro, sino el plañidero toque de oración,
que suspendía la labor campestre.
--El cuadro es más hermoso, porque es religioso, Silvio--observó Minia.
--Sí--respondió el artista.--Es la nota de Millet. No es religioso un
cuadro porque represente una Virgen ó un Cristo; puede representar eso
y ser lo más profano del mundo. Y puede representar esto, unas medas,
unos carros... y si uno supiese traducirlo bien con el pincel, sería no
sólo religioso, sino místico.
--Me agrada que lo comprenda usted... Cada barrera de convencionalismo
que usted salve le hará más artista y más hombre.
--Parece que se me han caído de los ojos unas escamas--declaró
Silvio.--Yo antes fuí esclavo de la naturaleza en su aspecto material.
Ahora, sin salir de ella misma, encuentro tesoros de emoción.
¿Se acuerda usted de mi _Recolección de la patata_? Aquello era
sencillamente una vulgaridad, un rasgo de ordinariez. El asunto,
el modo de tratarlo, el colorido... Compárelo con esto que tenemos
delante, tan majestuoso, tan sereno... ¡Y pensar que ahora, que veo
claro lo mejor, se me caen de las manos paleta y pinceles!
Persuadido, añadió:
--No moriré de este mal; pero suponga usted, por un momento, que
muriese... Es aterrador, Minia... ¿Qué quedaba de mí? Cosas que ya no
responden á mi sentir. Ideas que ya rechazo... Y lo verdaderamente
íntimo, lo que he ido descubriendo... ¡eso nadie lo sabría! ¡Eso iría
conmigo al otro mundo!
Interrumpióse para escupir su pobre pulmón deshecho, y con rosetas de
fiebre en las mejillas, agregó:
--¿Qué diría usted, si en el techo del castillo de la Condesa de los
Pirineos reprodujese yo la corta de la hierba seca en el Pazo de
Alborada?
El último carro se retiraba chirriando, estridente y fatídico; el
horizonte era violeta; las hojas se estremecían.
La baronesa ordenó:
--Va á caer rocío... Á casa, á la cama los enfermos...
* * * * *
Se inició un período aún más angustioso: empezó á faltar el aire á
Silvio.
Por momentos respiraba normalmente; pero de pronto, la ansiedad
se apoderaba de él, y descompuesta la faz, lívidas las mejillas,
principiaba á jadear, á inspirar y espirar con esfuerzo horrible. Un
día que, sentado á la mesa, entre desganado y encaprichado, picaba con
el tenedor blanco filete de lenguado fresquísimo, rociado con limón,
se levantó de pronto llevándose las manos á la garganta, al pecho,
á las sienes después; se precipitó hacia la ventana, abrió la boca
en redondo, aspiró locamente, y como el jadeo de asfixia no cesase,
tambaleándose, se arrojó al suelo, tendido cuan largo era. No podían
las dos señoras, la baronesa muy forzuda, Minia de endebles puños y
delgadas muñecas, levantarle en vilo, ni aun con auxilio del criado,
porque Silvio hacía señas desesperadas, lanzaba ayes para que le
dejasen así, como un cadáver, aplacado al piso. Y daba horror su cuerpo
huesudo, largo, sacudido por el jadeo. Al cabo se logró acostarle sobre
un sofá. La disnea se calmó, dejándole en abatimiento sumo.
Desde entonces no tuvo Silvio comida gustosa, y empezó á cerrársele el
pico, á repugnarle todo, hasta esos alimentos que crían fibra y sangre.
Eran el último refugio, el último baluarte de su enfermera, los huevos,
los sanísimos huevos, blancos y limpios como capullos, que la baronesa
le enseñaba recién puestos, calientes aún del cuerpo de la gallina,
con transparencias rosadas al través de la nitidez de fina escayola de
su cáscara. Y, estando cenando, vió la baronesa que el enfermo movía
la cabeza, hacía un mohín de repugnancia á la yema batida con azúcar
y Jerez, y después, que dos lágrimas se deslizaban, lentas, por las
mejillas enflaquecidas.
--¡Me han repugnado!--repetía Silvio con infinito desconsuelo.--¡Se
acabó! ¡Me han repugnado definitivamente! ¡Mejor comería cualquier
asco! ¡Repugnado, repugnado los huevos!
La baronesa también sentía la amargura profunda de aquel vulgarísimo
y tremendo accidente. ¡Lo más nutritivo, lo que se asimila mejor!
¡Desgracia grande! Y ¿qué darle ahora? ¿qué discurrirle? ¡Perdido ya el
estómago! ¿Cómo defender la plaza? Era la derrota.
Y se empeñó la lucha con lo imposible... La enfermedad se cebaba en su
presa, triunfaba. Los síntomas eran á cada paso más varios y crueles.
Aflicciones nerviosas, síncopes, desfallecimientos, dolores de huesos,
molimiento infinito... Una noche, á las altas horas, la baronesa, que
había trasladado su dormitorio para debajo del del enfermo, á fin de
vigilar la asistencia, oyó la voz del criado de guardia, que la llamaba
con apuro.
--El señorito Lago... El señorito Lago...
La señora saltó de la cama, se envolvió atropelladamente en una bata,
corrió... Silvio parecía agonizar. Sobre la almohada blanca, su faz
era de tierra amasada con yeso, sus ojos se retraían, su nariz se
afilaba, su boca se llenaba de sombra lívida. Mil veces había pensado
la baronesa en la llegada de aquel instante; empero, sintióse aterrada,
como ante un caso imprevisto. Se precipitó á sostener la cabeza del
artista, inerte.
--¡Silvio!--repetía.--¿Qué es esto? ¿Qué tiene usted?
Débilmente, en un soplo, Silvio pronunció:
--Mucho frío... Me hielo...
La baronesa, rehecha ya, empezó á dictar órdenes.
--Calentar una manta... Espíritu de vino... Ron... Coñac. El
calentador...
Toda la casa se había puesto en pie, con la alarma. Pilara reavivaba
el fuego, sacaba brasas para el calentador; el sirviente empapaba
en alcohol franelas, y friccionaba el cuerpo flaco, devorado por la
calentura.
Silvio volvió á suspirar:
--Tengo frío... Tengo frío...
Fuera, la noche era espléndida, estrellada. Llegaba el verano con
sus caricias y sus vitales soplos. La ventana, por orden expresa del
médico, debía permanecer abierta siempre. Pero la baronesa la cerró,
bajo la impresión de aquella queja, y dispuso calentar por dentro á
toda costa.
Á los labios del moribundo acercó una cucharada de coñac. Al
principio, Silvio apretaba los dientes y resistía; pero la baronesa le
entreabrió la boca con el rabo de la cuchara, y deslizó el líquido.
Según iba cayendo, oloroso y fuerte, y por las venas entraba su virtud,
el agonizante resucitaba, sus ojos se entreabrían, mirando á la
baronesa con transporte.
--¡Dios mío!--murmuraba.--¡Qué congoja he pasado! ¡Qué frialdad tan
horrible! ¡Qué bueno es tener calor! ¡Qué bueno es tener quien le
quiera á uno!
Y con efusión de reconocimiento, repitió extendiendo las manos:
--Sólo los buenos, sólo los buenos... Denme la bondad, el abrigo... ¡Me
siento tan bien! Me ha salvado usted, baronesa. ¡Qué trabajo la doy!
¡Qué trabajo á todos los de esta casa!
--Déjese de eso, y duerma... Á ver si concilia el sueño un poquito...
Llegaba tarde la advertencia. Silvio acababa de aletargarse dulcemente,
aturdido por el bienestar.
Al día siguiente estuvo animado, fué por su pie al jardín, tomó leche
con gusto (leche _de engaño_, en la cual la baronesa deslizaba la yema
de un huevo, afirmando que la vaca daba una leche amarilla, de un
color raro, pero sabrosa, muy sabrosa...) Y la idea de la muerte, si
es que un instante había rozado con ala de murciélago su imaginación,
desapareció como desaparecen, en cuanto el sol alumbra, los bichos
nocturnos y las mariposas atropos, que llevan una calavera en el
corselete...
--Es el problema que tenemos aquí--decía Minia en conversación con el
antiguo capellán de la casa, bajo los castaños del soto, en la revuelta
donde no podían llegar sus palabras á los oídos de nadie.--¡Es un
problema bien extraño! Cuando más avanza la muerte, menos cree en ella,
menos siente la presencia de esa definitiva realidad.
--No me sorprende--confirmaba el sacerdote--lo que usted dice... En
mi ejercicio de auxiliar moribundos he visto que, aunque estén con el
estertor, muchos no creen llegado su término... Y en esta enfermedad,
lo que es en ésta... ¡nunca!
--Decírselo... ¡No hay fuerzas para decir una cosa así! Y por otra
parte... yo no sé lo que piensa, yo no he calado su alma. Es probable
que esté petrificado en indiferencia absoluta; quizás no cabe en él más
que su Quimera... ¡Si es así, y se entera de su condena á muerte, y ve
que se va sin realizar lo soñado, se entregará á la desesperación en
vez de aceptar el consuelo de las horas supremas!
--Explórele usted--murmuró el sacerdote, que había venido desde
Marineda con tal fin.--Explórele; usted le conoce mejor... Yo no
acierto... Estos artistas ¡son tan diferentes de todo el mundo!
Persuádale.
--¡Persuadirle!--repitió la compositora.--Me fiaría más en un arranque
de sentimiento...
Entró de mañana en el cuarto del enfermo. Este no se había levantado
aún. Medio incorporado en la cama, intentaba escribir, sirviéndole
de pupitre un elegante portfolio de marroquí inglés, con cantoneras
de plata--regalo de Lina Moros.--Sobre la cama, andaban esparcidas
diez ó doce cartas, cuyo perfume revelaba la procedencia femenina.
Algunas lucían escuditos heráldicos en oro, plata y colores; otras
mostraban, sobre el papel satinado gris, un círculo en que se
encontraba inscrito el nombre en elegantes caracteres. Las formas del
papel eran originales, y aquella correspondencia daba sensación de vida
exquisita, de plena _high life_. Era la clientela de Silvio, sus amigas
momentáneas, las de la sonrisa zalamera, las del galanteo ocasional
y el repentino capricho, las que se encanallaban un día, por variar,
hartas de lo monótono del amorío sin idealidad con los hombres de
caballo y club. Y Minia, frente á sí, en la pared, vió agrupadas, con
la peculiar gracia de Silvio, con su coquetería de arte, fotografías
de las corresponsales, en trajes de elegancia rebuscada y efectista,
escotadas, haciendo resaltar las bellezas de su cuerpo, en la actitud y
con la sonrisa que más favorece.
Á ellas es á quienes Silvio quería responder, asiéndose á aquel interés
frívolo, bastardo, como á forma palpitante y ardiente de la vida que le
abandonaba... Las otras, las protectoras buenas y serias, la Condesa
de la Palma, la Pirineos, se habían informado de su salud preguntando
extrajudicialmente á la baronesa y á Minia. Éstas, las guerrilleras de
vanidad y amor, acaso ni sabrían que sus cartas iban á caer en un lecho
mortuorio.
Silvio empezó á hacer garrapatos; su mano temblaba; la letra era
ininteligible... Sudor penoso trasmanaba de su sien. Agachó la cabeza,
suspirando, soltó la pluma, y exclamó lleno de desconsuelo:
--Imposible... No acierto á trazar dos renglones. No es el pensamiento,
es la mano... ¡Ni pintar, ni aun escribir!
Y al cabo de un instante, buscando el engaño de la fantasía:
--Es la debilidad. No es otra cosa. Así que me fortalezca un poco...
--Entretanto--dijo Minia--¿por qué no olvida usted enteramente este
aspecto de su vida? No hay nada que descanse, que fortalezca, Silvio,
como olvidar. Nuestro sentir es una especie de mosaico, que no debemos
mirar obstinadamente en sus pedazos de piedras de colores, sino en su
conjunto. ¿Le importan á usted las monísimas corresponsales?
--No las tengo ningún cariño... Al contrario... Ya sabe usted mi modo
de ser... pero se me figura que no nos apegamos á la vida por lo que
nos infunde cariño, sino por lo que nos causa irritación, picor de
vanidad... ¡Minia! ¡Qué hermoso será vivir, cuando me cure y vuelva
allá, á realizar mi ensueño de siempre!
Minia callaba.
--¿Cree usted que tardaré mucho tiempo en curarme? ¡Usted no tiene fe
en que yo sane antes del invierno!
--¡Quién sabe, Silvio!--articuló ella.--Las enfermedades vienen pronto
y se van tarde... Escúcheme... La enfermedad tiene algo de serio,
algo de augusto, algo que nos familiariza con lo inmortal que existe
en nosotros... ¿No piensa usted así? Un enfermo es un hombre que
momentáneamente renuncia á vanidades, concupiscencias, flaquezas... La
existencia de un enfermo es necesariamente moral, necesariamente pura...
--Sin duda mi enfermedad es más antigua de lo que creí--respondió
él;--porque hace meses me conduzco como un santo... relativo. Al Doctor
Moragas se lo he dicho, y se hizo cruces. Él creía que, estragado
por los vicios de París... Y á mí lo que me ha consumido, lo que me
tiene tan débil, es... mis sueños... ¡mis sueños, Minia! ¡Eso me ha
emponzoñado las venas! ¡Eso es lo que me devora!
--No lo dudo... Pero al mismo tiempo...--La mirada de Minia se fijó
de nuevo en la pared; buscó las fotografías, las semidesnudeces, las
sonrisas artificiosas,--el que entrase aquí creería... ¡Si Moragas ha
visto todo eso!
Silvio, otra vez abismado en su almohada, hizo un gesto de indiferencia
suprema.
--¡Bah! He puesto eso ahí como podría poner un niño un pliego de
aleluyas...
--Pues desdicen esas fotografías de la dignidad, de la nitidez de una
alcoba de enfermo, Silvio... Ya sabe usted que soy franca.
--Quítelas; haga lo que considere oportuno.
Minia recogió los retratos, y por un refinamiento de delicadeza, no
quiso guardarlos ni en la maleta ni en los cajones. Los archivó fuera,
en un mueble. No se escandalizaba, ni creía que tales retratos fuesen
reprobables, si allí no estuviese un hombre sentenciado. El cuarto
era capilla. Y, al mirar las paredes blancas de cal, desnudas, pensó
que todavía no era tiempo de traer allí á la Madre, á la que los
ángeles rodean y las estrellas coronan; á la que tiende su mano, húmeda
de lágrimas y oliente á incienso, á los moribundos. Ya llegaría la
ocasión...--Por ahora bastaba un violetero, un cuadrito, un jarrón con
rosas blancas. El cuarto perdería su aspecto bohemio, y se purificaría
por la hermosura de esas rosas que apenas dan olor.
El camino tenía que ser insinuar el respeto á la enfermedad. No se
le podría decir á Silvio que se acercaba la gran Acreedora... pero
sí cercarle de lo que inclina á pensar en ella sin sorpresa, sin
incredulidad, sin escepticismo.
Él experimentaba, no obstante, repulsión á cuanto podía traerle un
pensamiento ascético. Su fantasía, repleta de formas sensibles, se
apegaba á apariencias, á los ruidos, á los fenómenos de la vida
terrestre.
Á pretexto de que “podía inspirar un boceto ó un cuadro”, llevó Minia
á Silvio á la sacristía de la capilla de Alborada, donde, sobre la
cajonería severa, lisa y sin adornos, bajo un dosel de terciopelo
granate franjeado de oro, se alza la efigie del Cristo del Dolor.
Visten al Cristo unas enagüillas de raso violeta y lentejuela, y la
larga cabellera obscura, como enmarañada por sudores de agonía, que
vela su faz desencajada y los cárdenos labios, la sujeta una corona
tejida de ramas de espinos del monte, que rodea su frente salpicada de
gotas denegridas de sangre. La palidez del Divino Rostro se acentúa
en ellas, y son aterradoras las melenas al descender sobre el pecho
de saliente costillaje, hasta el costado abierto por la lanza. Es
la imagen del más ardiente romanticismo; trágica, sugestiva.--Dos
cirios la alumbraban, y su luz incierta, amarilla como un diamante
brasileño, deteniéndose un punto en el Rostro, le prestaba apariencia
sobrenatural. Silvio se detuvo impresionado.
--¿Verdad que es hermoso?
--Me da miedo--suspiró Silvio.--No comprendo cómo usted se rodea de
estas imágenes recordadoras de los terrores de la muerte. Allí el arco
sepulcral, que ya una vez... ¿se acuerda? ¡Y aquí, este Cristo que
expira, y que lleva en la peana la lúgubre advocación del Dolor!
--¡De la muerte no hay que olvidarse nunca! ¡Es nuestra compañera
fiel... y cuántas veces bienhechora!
Y él respondió, refractario: