animado; luego pareció abatirse. Enmudecieron. Á una revuelta, el
artista preguntó;
--¿Llegaremos pronto?
--En seguida--afirmó la baronesa, mintiendo piadosamente.--¿Qué, no
conoce el camino? Media legua faltará.
--Es que no veo la hora de estar en Alborada... Allí en seguida voy á
ponerme bueno.
--¡En seguida!... Es decir, á los pocos días... Le daremos cosas muy
sanas, muy rica leche. Ya le tengo un pellón de manteca fresca, de la
que le gusta. Y pollito asado, _lirpas_ y mariscos.
Silvio sonrió con placer pueril.
--¡Es lo único que necesito! Comer mucho, y cosas que me sienten. Lo
que yo tengo no es más que eso: la pícara inapetencia, y, de ahí, la
debilidad; ¡pero qué debilidad, Minia! No puede usted figurarse. Una
desesperación. ¡Ahora que me faltaban manos para tanto retrato como en
el otoño me saldría en París!
--No hable usted mucho; cuidado--advirtió Minia.
Involuntariamente se palpó la falda, hacia donde caía el bolsillo.
Acordábase de que en él llevaba una carta de Alejandro San Martín, el
cual, habiendo reconocido á Silvio, hablaba de pulmón atacado ya, de
tuberculosis difusa.
--Va usted á ser juicioso, á dejarse cuidar--agregó la baronesa.
--Sí--asintió él;--pero no me ha de embutir usted con el atacador...
¿eh? Comeré de lo que se me antoje, la cantidad que quiera. Y mejor si
no me enteran antes del menú. Estoy muy caprichoso... ¿Se acuerda usted
de cuando yo decía que la felicidad es una buena digestión?
Calló, y dejó caer la cabeza, dando señales de desfallecer. La baronesa
ordenó al cochero:
--¡Arrea! ¡Aprisa!
Restalló la fusta, trotó largo el tronco, y un granujilla de la aldea,
que iba agarrado al juego trasero sin que le viesen, rodó al polvo,
mientras otros de su calaña, que diableaban en la cuneta, chillaban á
coro con entonaciones burlescas:
--¡Tralla atrás! ¡Tralla atrás!
Silvio, confortado, sonrió.
--¡Cómo conozco todo esto! Aquí, y sólo aquí, ¿lo oyen ustedes?, está
la vida.
Revolvían ya por el provincial que entre pinares y labradíos conduce á
Alborada, paisaje más campestre, no profanado aún por la promiscuidad
de tabernas y tenduchos que festonean el real. Desde que nos acercamos
á Alborada hay más soledad, más rusticidad; huele á trementina, á
madreselva, á lejanas brisas salitrosas, á fiemo de vaca. Se corta
la cinta de villas, casuchas, molinos, tapias, prolongación de los
arrabales de la floreciente Marineda, y entramos en la región aldeana,
en la Mariña rural. El aroma resinoso de los pinos que brotan su tierna
ramalla encantó á Silvio.
--¡Qué fresco tan delicioso!--murmuró.--En Alicante y Madrid, el calor
me agobiaba. ¡Sudar siempre! ¡Derretirse!
Habían pasado ante quintas antiguas, ante otra de enverjado moderno;
y á la nueva revuelta surgieron las blancas Torres, caladas por
ventanales atrevidos, dominando el valle, resaltando sobre un fondo de
arbolado sombrío, denso, sin límites visibles de murallas.
Minutos después Silvio descendía del coche en el patio. Su habitación
estaba preparada, su cama hecha. Propusiéronle que se acostase sin
tardanza; se avino, y del brazo de un criado antiguo destinado á
servirle, subió las escaleras casi exánime. Pero encontró agua
templada, jabón, toallas; el servidor abrió la maleta y le sacó ropa
limpia, le cepilló la de paño; y aseado, reanimado, quiso bajar, cruzó
el atrio de la capilla, y por su pie se acercó á la mesa de piedra.
En vez de las sillas de hierro le trajeron una butaca ancha y cómoda, y
se dejó caer en ella, rendido pero entusiasmado.
Ansiosamente contempló el panorama. La tarde caía; el crepúsculo
iba á ser interminable. Era difícil explicar en qué se notaba que
el día tocaba á su fin; acaso en que la claridad era mansa, como
enlanguidecida, velada por misterioso tul que no podía llamarse
sombra. Todo reposaba tranquilo. El poniente se esmaltaba de nácares
deliciosos, como los de las auroras. Los montes lejanos, la ría que
engañaba fingiendo un lago cerrado por anfiteatro de colinas, se
teñían de matices armoniosos fundidos suavemente, de pastel pasado.
Bajo la terraza, las madreselvas y las grandes daturas venenosas
aromaban intensas. El humo de las cabañas flotaba inmóvil en la paz
del cielo y del suelo. Y, de lo alto de las acacias, llovían con
regularidad, acompasadamente, las blancas florecitas, aljofarando la
arena, y se creería que su descenso era una cadencia musical, un ritmo
de melancolía. El lucero empezaba á ser visible. De la parroquial de
Monegro vino el toque de oración.
Silvio alzó la cabeza transportado.
--No quisiera ahora haber salido nunca de aquí. ¡Cuando pienso que me
había jurado no poner los pies en Alborada hasta ser célebre!
--No piense ahora en eso... Descanse... Lo que tiene usted será
agotamiento, Silvio--advirtió la compositora.--Ha sufrido usted mil
ansiedades, ha padecido mil privaciones, y eso destruye...
--¡Ah!... Ya sé que esto no es de cuidado...--murmuró él lleno de
optimismo.--Pero ¡qué contrariedad! ¡Qué desbarate de planes! Ahora
debía yo encontrarme en el estudio de Dagnan Bouveret, ó en el castillo
de la Condesa de los Pirineos, pintando un techo para el gran salón...
Y ¡preso! ¡preso!--añadió, olvidándose de los himnos antes entonados á
Alborada.
Miraron hacia el camino: por él cruzaban figurillas pintorescas. Eran,
traveseando, pegándose, los niños de la Escuela de las Hijas de la
Caridad, fundación hecha por una vieja ricacha; era un cura de aldea,
de sombrerón de fieltro, caballero en un rocín; era un inmenso carro
de ramalla que atascaba el anchor de la carretera; era una pescadora
de Areal, de retorno, con su patela ya vacía. Y cuando se despobló el
camino, cuando dejó de pasar gente y se extinguió el chirriar de los
carros, exclamó Silvio:
--Sale la luna... ¡Tengo frío!
Se recogieron á casa. Silvio, los primeros días, mejoró visiblemente.
Una persona inexperta hubiese podido creer que la tuberculosis se batía
en retirada. El júbilo de recobrar unos asomos de fuerza hacía que el
artista cantase ditirambos al campo, á la existencia sin agitaciones,
á la ubérrima abundancia que las Torres ofrecen. Las bellas
tardes, secas, aromadas, elásticas, del luengo Mayo, se las pasaba
indolentemente echado entre almohadas, ya en la hamaca de cuerda, ya
en la butaca de persia á floripones, considerando, sin saciarse, los
juegos de la luz en el panorama extendido frente á la terraza, y el
espejo azul ó acerado del trozo de ría que se columbra á lo lejos,
entre el marco de felpón de los pinares y los eucaliptus. La paz de las
cosas recaía sobre su espíritu, y el descanso de no tener que pensar en
nada material le causaba hasta humorísticos transportes.
Una tarde gritó:
--¡Calla! ¡Ahí vienen mis augustos primos!
Ya llamaba Sendo á la campana de la verja. Su frescachona mujer se
había parado un poco atrás, sosteniendo en equilibrio sobre la cabeza
una cesta de mimbres, posada en un ruedo de paja y tapada con un paño
níveo. De su mano derecha colgaba el segundo de sus chicos, el que
llevaba el nombre de Silvio, aunque no fuese su ahijado. El pequeño
resistía un poco el impulso de la mano materna; era evidente que
entraría contra gusto.
Abierta la verja, Silvio les miró avanzar por la larga calle de
magnolias, con un paso medido, ceremonioso. Se acordaba de su llegada
á Areal, del almuerzo de sardinas saladas á granel y vino _pifón_,
y sentía una pena nostálgica, como si aquel recuerdo se refiriese á
tiempos de gran felicidad, ya desvanecida, imposible de gozar otra vez.
Y sin embargo, entonces estaba en los comienzos de su lucha, incierto,
abandonado, con leve esperanza. Entonces, el ideal hubiese sido lo de
ahora...
La familia penetró en el circuito que sombrean las acacias, saludando
con premura, insistencia y afectado regocijo. Las señoras creyeron
deber dejar solos á visitadores y visitado. María Pepa no pudo, al ver
á Silvio de cerca, reprimir un movimiento de franca compasión, que le
salió á la cara, más que nunca trigueña y dorada como el bollo que
acaban de desenhornar,--mientras Sendo forzaba la nota de cordialidad
alegre, repitiendo con falsa admiración:
--¡Estás muy gordo! ¡Estás más gordo que antes! ¡Estás rufo!
El niño se había ocultado--temeroso de aquella faz cérea, de aquella
morada de señores,--tras las faldas de su madre, y ésta, arrimándole
un moquete, destapaba la cesta, descubriendo bajo el blanco mantel
rudo una empanada decorada con jeroglíficos de tirillas de masa,
el tradicional dibujo que tal vez recuerda un arte primitivo. Olor
apetitoso se derramó por el aire. La baronesa llegaba en el mismo
momento precedida del criado, portador de amplia bandeja, y en ella
bizcochos, mantecadas, una jarra de recién ordeñada leche.
--Aquí trajimos esta pobreza, porque al primo le gustan las sardinas
en empanada--declaró Sendo excusándose.--No se ha podido arreglar cosa
mejor...
--Huele á gloria--afirmó Silvio, engolosinado por capricho súbito.
--Ahora, mejor será que tomen leche todos--ordenó la baronesa,--y este
pequeño, que se acerque; darle mantecadas.
--Aquí, nene--suplicó el artista.--Otro día que vengas temprano te
he de retratar. Eres rubio y bonito. Y á usted también, baronesa,
la retrato seriamente. Ya estoy deseando trincar los pinceles ó los
lápices... En Busot nada he pintado, ni estos últimos tiempos en Madrid.
--Pero allá en Madrid y en París de Francia, ¿ganabas mucho,
verdad?--murmuró como á su pesar Sendo. Y desmenuzaba atentamente al
primo, buscando en la ropa señales de la ganancia.
--Lo que gané se fué volando--respondió él con alarde de buen
humor.--No creas que vengo millonario... Eran los dineros del sacristán.
La baronesa sonreía. Sabía que Silvio, para emprender su viaje, había
necesitado que le diese mil pesetillas una de sus mejores y más
desinteresadas protectoras. Y se representaba las ideas que bullían en
el cerebro de la pareja artesana, visitada por la prosaica, pero dulce
Quimera del primo poderoso en virtud de aquellos santos y aquellos
monifates que trazaba sobre el papel, y que (no se sabe la razón)
valían tantos cuartos y tanta honra.
El panadero sospechó que su primo “se lloraba”, ocultaba la riqueza por
no compartirla.
--Luego quiérese decir, que todo lo despabilaste ¿eh?--murmuró en tono
reticente.
--Todo... ó poco menos--recalcó Silvio.--Pero ¡no importa! Ahora es
cuando voy á ganar...--Y el velo de ilusión cubrió sus verdiazules
pupilas.--Ahora sí que os prometo que el mayorcito... ó si no éste, que
es tan guapo... corren de mi cuenta.
Como en aquel momento se acercase la danesa, impetuosa, brincadora,
ladradora, dispuesta á saltarle el cuello á su amo--el niño, aterrado,
rompió á llorar.
--¡No quiero!--cuchicheó á su madre.--¡No quiero que este señor me
lleve! ¡Está difunto! ¡Está difunto!
La panadera le tapó la boca con su mano recia, carnuda.
* * * * *
Los doctores venidos de Marineda mostráronse conformes con el
diagnóstico de su ilustre compañero de Madrid. Tuberculosis difusa...
La más grave, la más rebelde... Existía, sin embargo, una leve
diferencia de pronóstico. El doctor Moragas, más desengañado, no dejó
esperanza alguna. El doctor Lemasis todavía fiaba un tanto en el
régimen, en el descanso, en la sobrealimentación, en los cuidados de la
baronesa, gran enfermera...
--Al aire libre todo el día... Las ventanas de su aposento, que nunca
se cierren... Que coma lo más posible, platos nutritivos... Si aumenta
de peso, nos hemos salvado... Tísico que engorda, tísico que cura... La
tisis es un fenómeno de desnutrición... Huevos, huevos, aves blancas...
Y empezó en Alborada una época de incesante preocupación alimenticia.
Pilara, la mayordoma, excelente cocinera al estilo sencillo y suculento
de nuestros abuelos, se consagró á aderezar piperetes y golosinas,
á variar, evitando el hastío. Salieron á relucir los flanes, las
natillas, los huevos moles, los ladrillados trasudando almíbar, el
tocino del cielo, las mantequillas, los roscones, las torrijas, las
compotas balsámicas, el chantilly con su toque de vainilla negra sobre
el armiño de la crema untuosa. El doctor había aconsejado “disfrazar”
los huevos y los lacticinios. La baronesa en persona vigiló los asados
y los beefsteacks. Las pescadoras que cruzaban ante el portalón eran
llamadas, para que trajesen en el viaje próximo lo más “vivo” y selecto
de mariscada y pesca. Silvio, antojadizo, rechazaba la mayor parte de
los platos; pero á veces se entusiasmaba con un manjar, y de aquel
devoraba ávidamente. Hubo almuerzo en que se le presentaron doce ó
quince platos diferentes en fuentes diminutas--pues la comida en
cantidad le repugnaba.--La baronesa hacía el panegírico. ¡Qué bueno,
qué sabroso! Que comiese, que comiese; el campo haría lo demás...
Y como en el sillón empezaba á fatigarse, se le improvisó una
camacatre, mullida, coquetona, con colcha de pabellones, para que
pasase las horas de sol echado en el jardín de la fuente. Lo prefería
á la terraza ahora, por ser, de los jardines de Alborada, el más
florido y alegre en aquella estación. La musiquita lenta, cristalina,
flébil, como de manucordio antiguo, que hacía el surtidor, arrullaba
al enfermo, le ayudaba á conciliar un sueño menos febril que el de
la verdadera cama, donde se liquidaba en sudores mortales. Á ratos,
dormitaba; á ratos, abría lánguidamente los ojos, y su mirada,
infinitamente lacia, se posaba, con destellos de placer, en la
floración que le rodeaba y que halagaba su sibaritismo, envolviéndole
en la embriaguez de los efluvios primaverales.
* * * * *
Las tres de la tarde serían. No hacía calor: casi nunca lo hace en
Alborada: una brisa deliciosamente húmeda abanica siempre á las
celestes Mariñas. Silvio, adormilado, despertó, porque el aire, cargado
de penetrante perfume de azucenas y de gotitas microscópicas arrancadas
al surtidor, acababa de acariciarle las macilentas sienes. Medio se
incorporó, suspirando.--Minia estaba allí, en una mecedora.
--¿Por qué se ha vestido usted de un color tan obscuro?--refunfuñó el
artista.
Tenía esta exigencia: que el traje de las mujeres fuese claro,
delicado, y de última moda.
--¿Pero á usted qué le importa cómo me he vestido?--protestó ella
riendo.--Ahora iré á ponerme el traje de batista perla con entredoses,
ya que le da á usted por ahí... Figúrese que vengo de dirigir á los
picapedreros y se llena uno de arena y de barro... Pero le comprendo
á usted bien. El jardín, con este océano de azucenas en flor, está
muy artístico, y usted no quiere nada que descomponga el cuadro... La
casualidad se lo va á completar. Mire usted...
--¡Qué hermoso!--no pudo menos de exclamar el pintor.
Por las calles tortuosas, bajo el arco de tupida yedra, asomaba un
grupo de tres monjitas. Eran las Hermanas de la Escuela, cuyo edificio
se divisa desde toda la posesión de Alborada. Vestían su humilde traje,
rematado por las tocas, que envuelven en sombra y calma el rostro; pero
una de las hermanas se diferenciaba de las demás en extraños detalles
de su atavío. Silvio creyó soñar, al ver sobre el pecho de la monja,
al lado izquierdo, un ramo de azahar de cera, y sobre su cabeza una
corona de flores hierática y rígida, alta como las de las imágenes del
siglo XVII. La carita oval, pequeña, de una infancia de líneas, digna
del pincel de un primitivo, la iluminaba la pasión y la radiación de
dos ojos negros, murillescos, melados. Un júbilo candoroso, apenas
reprimido, se leía en ellos, en la boca bermeja, en la frente reducida,
hecha para la aureola de la toca; y al divisar á Silvio, la piedad
sustituyó á aquella enajenación de triunfo.
--¿Es el enfermito?--preguntó.--¡Qué jovencito! ¡Pobre!
Y las dos monjas acompañantes de la desposada, más expertas, se
apresuraron á decir:
--¡Pero ya está muy repuesto!... ¡Ya parece otro!
--Es sor Margarita, la parvulista, que ha profesado esta
mañana--explicó Minia.--Hoy está de novia; celebra sus bodas.
--De novia está servidora, por cierto--repitió la cándida voz juvenil.
--Refrescaremos luego--advirtió Minia.--Sor Margarita, siéntese junto
al enfermo, para que la vea.
--¡Nuestra Señora le sane!--deseó fervorosamente la desposada.
--¿Por qué la llaman á usted parvulista?--preguntó Silvio á sor
Margarita.
--Porque servidora es la que enseña á los pequeñitos--contestó la
monja.--Los pequeñitos, los párvulos...
Hablaba de los niños con inflexiones muy suaves. Bajaba los ojos,
ruborosa. Silvio la contemplaba, y veía temblar sus negras, pobladas
pestañas, sobre la mejilla sonrosada, de una tersura maciza de capullo.
Y, detrás de sor Margarita, las azucenas formaban semicírculo, como
el fondo de una página de misal. Las había muy abiertas; otras no
desabrochaban aún, escondiendo en su seno de perla peraltada el oro
de sus pistilos. Silvio no se acordaba del mal. Absorto en el hechizo
de aquella acuarela--la monjita, con su corona hierática y su ramo
de azahar sobre el pecho, rodeada de las flores marianas, envuelta
en el perfume de sus incensarios místicos,--no pensaba en otra
cosa. Entre el canto del agua del surtidor--no menos pura, no menos
musical,--escuchaba un acento que repetía:
--¡Nuestra Señora le sane! ¡Le dé lo que más necesite! Por el día en
que estamos se lo he de pedir...
Dos horas después, Silvio secreteaba á Minia:
--¿No cree usted que la monjita ha de pensar algo en mí, al quedarse
sola, aunque no quiera?
Minia sonrió de la fatuidad candorosa del artista... Lo que había
exclamado sor Margarita al salir del jardín era esto:
--¿Se dispondrá? ¿Le ocurrirá cuidar de su alma? ¡Dichoso él entonces!
Y las dos monjas mayores repitieron:
--¡Dichoso él entonces! Y se va á quedar como un pajarito, á la hora
menos pensada...
Preocupado aún, Silvio murmuraba:
--¡Qué mona es esa esposa... sin esposo!
--¿Sin esposo?--repitió Minia.--De las mujeres que conoce usted, ¿es
ésta la que está sin esposo? Piense en las demás... en sus amigas...
¿Es tener esposo tener al lado un señor de bastón y gabán? La
parvulista tiene esposo; vive por él, con él. Acuérdese usted de lo que
me escribió desde Holanda, cuando pudo usted contemplar el _Cordero
Místico_... Hay una verdad, una verdad que no está en el barro, ni en
la fisiología...
Y el artista, riente como niño que olvida sus miedos, aprobó:
--Está tal vez en las azucenas...
--Está de fijo en las azucenas--confirmó Minia.--Todo lo demás es bien
deleznable.
--Parece una niña la parvulista--observó Silvio.
--Joven es, pero no tanto como representa; su inocencia le sirve de
infancia. ¡Si supiese usted á qué trabajo se dedica! Toda su enseñanza
es de viva voz. Hay días en que se acuesta despedazada, hecha trizas la
laringe.
--Contraerá una tisis--pronunció Silvio, apiadado, sin reflexionar. Y
Minia, asombrada de la ironía de las cosas humanas, de aquel moribundo
vaticinando á un sér todavía sano su mal mismo, suspiró.
--No suelen llegar á viejas estas parvulistas...--dijo.--Sor Margarita,
hoy, era una rosa entreabierta, pero á diario está muy pálida,
consumida. Quiere de un modo infinito á los pequeños, y aunque hagan
mil trastadas, no los castiga jamás. Madre es, madre entrañable... No
diga usted lo contrario.
--Lo que digo es que quisiera retratarla, sobre esta línea de azucenas,
con su corona de flores y su azahar sobre el corazón. ¡Qué hermosa es
la primavera, Minia! ¿Cree usted que se dejará retratar la monja?
--¡Estoy segura de que la superiora no se lo permite!...
* * * * *
La sacudida se prolongaba en los nervios de Silvio. Llamaradas breves
de arte, de gloria, encendían su diaria calentura. Habiendo comido
un poco mejor, reposado algo, recibido la benéfica influencia del
renuevo, de la germinación y expansión de la naturaleza,--esperanzas,
impaciencias, llamamientos de lo exterior le soliviantaron.--Y una
mañana, al rechazar la bandeja con la copa de leche vacía, susurró al
oído de la baronesa:
--¡Estoy mejor!... ¡Estoy mucho mejor!... He resuelto empezar á pintar.
Iré por ahí, tomaré apuntes de paisajes...
Nadie le contradijo. Levantado al otro día más temprano que de
costumbre, afeitado, aseado, galvanizado, dijérase que, en efecto,
recobraba la salud por instantes. En la sala del piano, donde
acostumbraban pasar la velada, sobre anchurosa mesa antigua, de caoba
lustrada por el uso, dispuso el artista que se colocasen y extendiesen
los chirimbolos del oficio. De todo había traído en abundancia: rollos
de papel, cajas de lápices, lienzo imprimado, pinceles, tubos de color;
la baronesa suministró el caballete. Domingo, el criado que atendía al
artista enfermo, sin repugnancias ni aprensiones de contagio, acudió
solícito á evitarle la fatiga, á arreglar y limpiar tanta menudencia.
Mientras el servidor frotaba, ordenaba, dejaba la paleta libre de
cazcarrias de color seco, reluciente de aceite, como bruñida, Silvio,
desde su sillón, seguía las operaciones con ansia, pareciéndole que se
tardaba mucho en terminar. Sobre un tablero extendieron el papel gris
y lo sujetaron con chinches: Silvio no sabía si empezar por un pastel
ó un óleo, y también en largo bastidor le clavaron lienzo... Cuando
todo estuvo corriente, formado, en orden los pinceles, las brochas,
las buretas, el frasquito del barniz secante, á buena distancia del
caballete, levantóse Silvio, rechazó la manta con que la baronesa le
había cubierto las piernas, como siempre,--y á paso vacilante se acercó
á la mesa, exprimió color de los tubos, encajó el pulgar izquierdo en
la paleta, agarró el tiento, un puñado de pinceles... Quería “manchar”
cualquier cosa...--De repente un vértigo le cubrió de sombra las
pupilas, una mano de bronce le cayó sobre el pecho: era la palma de
un gigante obscuro, que había entrado por la abierta ventana, y que,
del manotón le arrancaba paleta, pinceles, todo... Y desvanecido,
Silvio soltó los instrumentos, y recayó en el sillón, gesticulando
insensatamente. Sobrevino el ataque de nervios, anunciado por el
primero de los rugidos estertorosos que habían de llegar á ser forma
usual y aterradora de su queja...
Desde aquel momento, los trebejos de pintar desaparecieron; el artista
no volvió á reclamarlos, no porque se hubiese penetrado de la verdad
tremenda, sino porque sus fuerzas decaían, y entraba en ese período
en que el enfermo no atiende sino á sufrir. No era su lenta agonía la
extinción suave, insensible, de la vida del pájaro, que habían predicho
las monjas; entre todas las formas del mal, había tocado en suerte á
Silvio la más cruel. Su enfermedad empezaba á ascender hacia la cabeza.
Por momentos, las alucinaciones de Busot volvían, pero no humorísticas,
sino terribles, delatoras de que un instinto misterioso anuncia
siempre á nuestra sensibilidad lo que la razón impotente y torpe se
resiste á ver. Mientras Silvio creía, despierto, que recobraría la
salud, dormido el alma le avisaba, profética, con graznidos de ave
sepulcral.
Sobre todas las demás sensaciones angustiosas, percibía una, casi
intolerable: la de la disociación.--Silvio, que tanto había aspirado á
sobrevivirse afirmando su individualidad victoriosa, sentía vagamente
disolverse los elementos que la componían.--Era sin duda el trabajo
sordo, obscuro, de la enfermedad en su cerebro, desbaratando esa
trabazón de las percepciones en que se basa la unidad de la conciencia;
era el soplo del mal, haciendo oscilar la luz, columpiándola antes
de extinguirla, dispersándola en el vacío. Silvio, como artista y
sensitivo afinado y refinado, había reconocido siempre poderosamente la
identidad de su sér; pero al presente, horas enteras, bañado en viscoso
sudor, molidos los huesos por la prolongada estancia en el lecho,
invadida la cabeza por las colonias microbianas, perdía la noción de su
realidad, se sentía hundido, anegado en la naturaleza enemiga, en la
dañina materia. Era una percepción sorda y confusa del aniquilamiento
de lo único que nos sostiene y escuda contra el empuje de las fuerzas
desintegradoras: del _yo_, esa enérgica reacción de un individuo contra
lo que no es él.--Y, alzando la húmeda y descolorida frente, Silvio
repetía con la dolorosa sonrisa de los martirizados:
--¿Sabe usted, baronesa, que esta noche soñé que era hierba, y que me
pastaban los bueyes?