--¿De qué artista he de hablar? Del autor del retrato que acaba de
enseñarme Espina ahí en la estufa: del señor Marbley.
--¿El retrato que exhiben es del señor Marbley?--barbotó Lago.--¿Está
usted segura? ¿No hay mala inteligencia?
--¡Dios mío!--afirmó la Condesa.--Vengo de verlo. ¿Qué mala
inteligencia quiere usted que haya? ¿Qué sucede para que usted se
extrañe así?
--Es para enloquecer--tartamudeaba él.--¡Es para dudar de que uno
existe! Señora, perdone usted; voy á cerciorarme...
--No--exclamó la Condesa, rompiendo á pesar suyo la valla de
aristocrática reserva, arrastrada por la simpatía y acaso un poco por
la femenil curiosidad.--No se precipite; ofrézcame el brazo... Vamos
juntos... Le guiaré; á mí me abrirán paso más fácilmente...
Y echó á andar, resuelta, justiciera. Rompiendo por entre los grupos
se dirigieron á la estufa. La Pirineos sentía el temblequeo del brazo
de Silvio, enlazado al suyo. Entraron en el admirable jardín de
invierno, donde Espina había conseguido reunir plantas muy extrañas,
las que prefería. Una luz rubia, que hacía brillar las hojas bruñidas
de los pandanos y las hojas peludas de las dioneas, doraba las
estatuillas de alabastro, que artísticamente colocadas se entronizaban
sobre el follaje. Sus frías carnes adquirían un acaramelado de vida.
La techumbre de cristal era tan clara, los vidrios tan grandes y
diáfanos, que se creía estar al aire libre. En los ángulos manaban
fuentecillas, y se escuchaba su goteo, entre los revuelos del vibrante
vals que tocaba la orquesta de zíngaros, invisible en el fumadero
inmediato. Olía á esencias de Oriente y á tierra regada. El vapor--ya
en París empezaba á sentirse frío--mantenía dulce temperatura. En el
centro de la estufa, alrededor de un caballete dorado que era una
filigrana de talla atrevida, modernista, se agolpaba el gentío, tapando
la pintura. La Condesa, sin soltar al artista, se insinuó, hizo cuña
con su persona prestigiosa, y se encontraron ante el retrato de Espina,
obra de Marbley, en efecto,--¡y tanto! Obra limada, lamida, resobada,
de colorido acromado, con antipáticas pretensiones de originalidad
suprema. Vestían á la Porcel tules negros, rebordados de una especie de
arco iris; un traje estilo Fuller; algo que, tratado por mano maestra,
hubiera sido estudio interesante; y su pelo áureo, exageradamente
flojo, formaba al rostro sin vida, de muñeca de Sajonia, una especie
de aureola solar. El retrato era estudiadamente bonito, y sin embargo
afeaba á Espina. Pero en aquel momento no importaban á Silvio tales
pormenores; lo que le espantaba, lo que le dejaba petrificado, era la
perfidia, era el escarnio, era la revelación de un odio tan diamantino,
bajo un disimulo tan maquiavélico.
--¡Inconcebible!--murmuraba.--¡Inconcebible!--Y no sabía más que
repetir la palabra mecánicamente.
--Señor Lago--insinuó la Condesa,--veo que no está usted bien. No
conviene que se pare aquí. Vámonos á la galería...
Tiró de él, literalmente, y le condujo á la galería de las porcelanas,
casi solitaria, que tenía puerta de salida al jardinete. Nadie se
acercaba allí, donde más bien hacía frío; la gente que había detenida
principiaba á repartirse entre el salón para dar unas vueltas de vals,
y el comedor, abierto y servido con espléndidos refinamientos.
Con viveza, con interés, con algo de maternal en el gesto, la señora
preguntó nuevamente al artista:
--En fin, ¿qué le sucede á usted? ¿Puedo tranquilizarle?
No sé qué tiene esto de la compasión sincera, desinteresada, que no
sólo no da lugar á desconfianza, sino que suprime en un gesto, en un
parpadeo, distancias de clases, océanos de indiferencia. Como en casa
del modisto, Silvio fué de un impulso hacia la gran señora, que en
otro impulso iba hacia él. Se rindió á la piedad que le ofrecían. La
dama, por su parte, había olvidado--ella, la misma distinción, la misma
mesura--lo que podía tener de insólito el aparte con un desconocido de
quien sólo sabía el nombre y la profesión, que no era de su sociedad,
ni de su círculo. No hay nada más irregular, entre las irregularidades
sociales, que la actitud de intimidad repentina con alguien llovido
del cielo. La Condesa de los Pirineos arrostraba, no ciertamente el
descrédito, su buena fama era firme, pero esa nota de extravagancia
que es el principio de la desconsideración. Mas por lo mismo que la
Condesa de los Pirineos no es una mujer de decadencia, que en sus
venas corre, con la sangre gloriosa y heroica de los abuelos, algo de
sus energías; por lo mismo que esta mujer tiene conciencia de su alta
situación,--puede infringir alguna vez el código mundano.--Legitimista;
sobrina de aquellos príncipes de Robeck, grandes de España, á quienes
el Conde de Chambord trataba como á amigos, en cuya casa conservaba
recuerdos familiares de María Antonieta--la Pirineos experimentaba
simpatía especial por lo español. España era para ella--como lo fué
para muchos hasta la pérdida de las colonias, y como lo es todavía
para algunos,--país noble y desgraciado, caballeresco y mártir. Estas
impresiones vagas y difusas pueden encarnar en un individuo capaz de
infundir algún sentimiento de simpatía.
La dulce y poética figura de Silvio, su evidente consternación ante
una misteriosa tragedia, provocaron la expansión con que la Condesa,
atraída también por una curiosidad emocional, insistió, protectora,
cariñosa:
--¿Puedo tranquilizarle? ¿Puedo serle útil?
--Gracias, señora...--balbuceó Lago.--Iba á salir de esta casa, iba
á la calle, temeroso de cometer un desatino, porque hay cosas que se
suben á la cabeza... ¡Perdón! ¡Me hace usted tanto bien! Ya que tiene
usted la bondad de preguntarme, diré la verdad. Yo vine avisado por
Madama Porcel para asistir á la exhibición del retrato hecho por mí, de
un retrato que en Madrid se convino que lo verían gentes conocidas que
pueden encargar... Llego, y lo que se exhibe es otro retrato del señor
Marbley... Por eso no comprendía; por eso necesité ir al jardín de
invierno, á fin de convencerme de que no la engañaba á usted la vista,
cuando afirmaba que era de Marbley el retrato. ¡Mire, mire si ha sido
ridícula mi situación en este sarao donde supuse que se reunían para
ver algo mío, muy malo, muy insignificante, pero que podía asegurarme
la vida en París!
La Pirineos replicó asombrada:
--Todavía dudo... No concibo que pueda hacerse cosa tan poco leal, tan
poco disculpable... ¿Dice usted que Madama Porcel le ha escrito...?
Silvio sacó del bolsillo del frac su cartera y extrajo el último
billetito de Espina. La Condesa lo tomó aprisa y lo recorrió.
--Aquí no dice que el retrato sea el de usted... Es una invitación
como todas... Taza de té y exhibición... Verdad que en el mío añadía:
“Retrato, obra de Marbley”.
Por respuesta, Silvio revolvió en la cartera un poco y descubrió
la otra misiva, la del sobre gris con lacre blanco, fechada en el
extranjero, y la tendió á la Condesa.
--Estoy siendo indiscreta--murmuró ella como á pesar suyo; pero no
rehusó la carta: la descifró é hizo un gesto de desagrado, el que se
hace á la vista de una lacra física ó una bajeza moral.
--No dice aquí tampoco expresamente que el bellísimo retrato que
va á exhibirse al regreso á París, y que ya casi no se parece al
original, sea de usted; con todo, ya estoy segura. Las precauciones
no se han olvidado un momento, la premeditación parece evidente.
¡Miseria!--murmuró hablando consigo misma.
--Sí--confirmó Silvio,--¡miseria! Es cosa pensada, combinada fríamente.
Es la segunda parte de la escenita, por usted, señora, presenciada y
reprobada en casa del modisto...
--Siempre hay algo debajo de estas cosas...--murmuró la dama.
Silvio, en medio de su ira y su confusión, conservaba el sentido del
gesto artístico, de la bella actitud. Su instinto le dictaba lo que era
preciso decir y hacer para impresionar favorablemente á su repentina
amiga. Con sencillez de buen gusto pronunció:
--Nada que ofenda á Madama Porcel suponga usted, Condesa... Caprichos
de mujer bonita, antipatías... ¡qué sé yo! Mi situación no es por eso
menos crítica. Y, á no recibir de usted el generoso don del interés que
me está demostrando...
--Es usted un hidalgo de su patria--declaró afectuosamente la
señora--Sea cualquiera el móvil de la conducta de Espina (no
profundizo), esto no se quedará así. ¡Esto no se hace entre nosotras!
--Señora, yo respeto en medio de todo á Madama Porcel, pero no creo que
tratándose de usted y de ella, pueda decirse _nosotras_. Cuando una
dama como usted dice _nosotras_, debe mirar lo que dice.
La audacia no desagradó á la Pirineos. Concordaba con sus íntimos
sentimientos, con protestas frecuentes de su altivez y su decoro ante
ciertas promiscuidades y transigencias del mundo. Hay desplantes que
son homenajes. Silvio lo comprendió al ver que un ligero carmín se
extendía por las mejillas, ya algo marchitas, pero limpias de afeite,
de su ilustre interlocutora.
--Acaso tenga usted razón...--articuló.--No he dejado de pensar... En
fin, vamos, vamos; he de poner en claro esto... Cuando me acerque á
Espina, desvíese usted un poco...
Regresaron al jardín de invierno y al salón modernista, tratando de
realizar el casi imposible de conferenciar con la dueña de la casa, sin
testigos, en medio de una reunión. La gente se retiraba, desfilando
discretamente algunos; pero otros se entretenían en despedidas y
felicitaciones, preguntando por qué el maestro no había concurrido á
recibir enhorabuenas, y encargado á Espina que se las transmitiese. Los
íntimos, ó que presumen de tales, forman á esta hora piña más compacta,
y se arriman á la dueña de la casa, para convertir en tertulia alegre
lo que era ceremonioso sarao. Valdivia, sonriente, carenado por la cura
termal, en apariencia el hombre más feliz del mundo, había abandonado
el rincón del fumadero, donde se escondía desde la llegada de Silvio.
Al ver que se acercaba la Pirineos, sola ya, buscándola, creyó Espina
que trataba de marcharse, pues solía ser de las primeras en hacerlo;
pero lejos de corresponder al movimiento de la Porcel, que tendía la
mano para expresivo adiós, la Condesa se plantó tranquila, dominando
sus nervios.
--¿Nos ha enseñado usted, _ma belle_, todo lo que se proponía
hacernos ver esta noche? ¿Estoy mal informada al creer que nos oculta
otro delicioso retrato, que á fuer de amiga del Sr. Lago--y con
doble retintín que en casa del modisto, la gran señora recalcó la
palabra,--ardo en deseos de admirar?
Espina, sobresaltada, vaciló un momento. Sus ojos de ágata, que la
enfermedad rodeaba de livor disimulado por artificios, se fijaron en
Silvio, cortantes.
--¿Otro retrato?--silabeó.--¡Ah! Sí, en efecto; perdóneme.
--Pero ¿cómo no ha tenido usted la buena idea de exhibirlo al mismo
tiempo que el del Sr. Marbley?--insistió la Condesa, que se decía á
sí misma:--“Es muy incorrecto lo que hago... Pero sublevan demasiado
ciertas infamias...”
--¡Oh!--dejó caer Espina lentamente.--Para exhibir, para convocarlas á
ustedes, tenía que tratarse de un maestro... Lo de Lago es muy mono; un
juguete, una fantasía...
--Sin embargo--insistió la Condesa,--el señor Lago esperaba, fundado en
palabras de usted...
Hablaba ya fuera de sus casillas, perdido el aplomo á fuerza de
indignación:
--Ya sabe Lago que se le protege--declaró altaneramente Espina, que,
al contrario, se aplomaba, recogiéndose para luchar.--No se puede ir
tan aprisa; lo comprenderá, Condesa... No se quejará de mí... Le he
presentado á usted, por ejemplo... Lo demás vendrá á su hora...
--¡Me perdonará usted, sin embargo, que insista! Desearía ver hoy mismo
el trabajo del Sr. Lago... Esperaré á que la sea fácil complacerme...
Se habían vaciado casi por completo las estancias. Quedaba la
Villars-Brancas, que solía navegar de conserva con la Pirineos,
la joven Secretaria de la Embajada española, algunos muchachos
adoradores y cortejadores de la Porcel en las barbas (sobre todo en
las barbas, porque era más divertido) de Valdivia, y en un rincón,
fiel á la consigna, Silvio, haciéndose el indiferente, esperando. El
brasileño se había evaporado; no se le veía. Espina, escudándose en
sus aniñadas versatilidades, rió, y acercándose á la Pirineos, murmuró
condescendiente:
--Ya que usted se empeña...
Hizo una señal al grupo, una indicación graciosa á las damas, y todos
la siguieron. Silvio dudó un momento; al fin, lentamente, echó detrás.
Se dirigían al piso de arriba, por la linda escalera que arranca de la
antesala y que visten tapicerías simbolistas, ejecutadas expresamente
para Espina á cartón perdido.
Guiados por ella, entraron en el saloncito verde, cuyo tapizado de seda
desaparece bajo brochado de ramas de almendro en flor, y que precede á
la rotonda y al tocador de Espina.
Ésta se volvió, animada, chancera, y empezó á deshacerse en excusas
verbosas.
--Siento el viaje que les voy á imponer, pero como la Condesa desea
ver el retrato ahora mismo... Si no, podrían ustedes verlo mejor una
mañana; yo lo bajaría, lo colocaría convenientemente...
--Pues ¿dónde lo ha colocado usted?--preguntó con sarcasmo fino la
Pirineos.
--Es una desgracia... Como no tiene uno ya pulgada de pared
disponible...
Á esta frase de la Porcel dieron respuesta el ¡oh! exasperado de la
Condesa y la risa sofocada de los galanes. Silvio, desde la puerta,
oyó. No había medio de no reirse. En todo el salón sólo pendían de la
pared dos diminutos y lindísimos grabados.
Silvio, aunque no era camorrista, sintió cosquilleo en las manos, ganas
de hartar de bofetadas á los galancetes de la risa... ¿Por qué no se
encontraba Valdivia allí? Y la voz de Espina, una flauta de plata,
moduló:
--Vengan ustedes, excúsenme... Tengo que llevarles á mis habitaciones
enteramente particulares...
Pasaron primero á la rotonda donde la Porcel se tendía y fumaba sobre
la meridiana; después al tocador propiamente dicho. La Pirineos murmuró
al oído de la Villars:
--¡Qué paseo tan extraño nos hace dar! Se me figura que tendremos que
salir de aquí para siempre...
Todo el mundo se deshacía en elogios. Las habitaciones eran una
delicia: no se parecían á ninguna otra. Á su despecho, la misma Condesa
reconocía el gusto de la dueña, su acierto exquisito.
Se olvidaba el objeto de la excursión, y sobre todo al autor
del retrato, á Silvio, rezagado, estremecido, presintiendo ya,
sin comprender del todo aún. Iba como entre sueños por aquellas
habitaciones que conocía de sobra, y en cuyas paredes buscaba
inútilmente su labor... ¿Dónde estaba, no estando allí?... De pronto,
Espina hirió un timbre y apareció la doncella de guardia, la mulatita
brasileña que mil veces le había servido, de la cual había deseado
hacer un boceto al pastel. Espina ordenó, en voz aguda:
--_Eclairez..._
Y franqueada la puerta interior del tocador, se vió, al fulgir de las
luces eléctricas, una especie de ropero, una de esas habitaciones
útiles, cubierta de armarios de barnizada y sólida madera, y en un
rincón, medio tapado por los armarios que proyectaban sombra, entre
una fotografía de jockey y un calendario--evidentemente el museo de
la doncella,--el encantador pastel primaveral, el busto de Espina
surgiendo del ideal boscaje de rosas, al parecer recién cortadas. Hubo
un instante de embarazoso silencio. La intención despreciativa que
semejante colocación revelaba era patente. Había allí mofa, bofetón.
Nadie sabía qué actitud tomar. Al fin, uno de los galancetes rompió á
reir, y los demás le hacían coro, cuando la voz de la Pirineos se alzó,
dominando la explosión burlona.
--La felicito y la doy el pésame--articuló conteniéndose para mejor
asestar el golpe.--La felicito, por tener tan hechicero retrato; y la
doy el pésame, por haberlo colocado donde ni aun sus conocidos podemos
verlo, sin arriesgarnos á que nos tache usted de excesiva confianza.
Deploro haberla tenido... aunque, bien mirado, á eso debo un hallazgo
inestimable. Señor Lago--añadió volviéndose hacia Silvio, más blanco
que enyesada pared,--no conocía su trabajo. Si la señora Porcel lucha
con la dificultad de no tener sitio en su hotel moderno para una obra
maestra, yo me alegraría de enriquecer con ella el viejo palacio de
los Pirineos, ó mi castillo de Alorne, que estoy restaurando. Y si
usted, señora Porcel, no quiere deshacerse de esa joya, yo no por eso
renuncio á poseer un retrato hecho por el señor Lago. No soy un modelo
tan brillante, pero el arte lo vence todo.
Y con un movimiento de “gran aire”, de altivez soberana velada en
cortesía, la Pirineos tomó el brazo del artista, esbozó una ligera
inclinación á la Porcel, sonrió á los demás y se retiró al través de
las habitaciones iluminadas, perfumadas, por la escalera “digna de
un zapato de raso”, saliendo directamente al vestíbulo. Allí dijo á
Silvio, con quien no había cruzado palabra hasta entonces:
--Hágame el favor de pedir mi abrigo.
Mientras el artista transmitía la orden, en su cabeza sentía como
un estrépito de galera; sus arterias saltaban. La excitación
nerviosa se desbordaba. Un torrente de sentimientos devastaba su
alma impresionable. La vida le parecía otra. Y se asombraba, no de
la malignidad de Espina, sino de que aquella malignidad la hubiese
él saboreado un día como extraño confite, y la hubiese tenido por
signo de elevación en las categorías humanas. Es de las cosas menos
lógicas, pero más usuales, que el desarrollo natural de un carácter
que conocemos nos sorprenda amargamente cuando nos afecta. Admitimos
complacidos, bromeando, un bribón teórico, una bribona abstracta, y
empieza la indignación cuando nos traicionan y nos hieren. Ahora le
parecía á Silvio que lo verdaderamente distinguido y raro es la bondad,
la justicia, la cólera contra felones y miserables.--Se recreaba en la
majestad de una gran señora, que era buena, tres veces buena.
Cuando la ayudaba á subir al coche, alzó hacia ella el rostro, y la
Condesa vió que los ojos del artista estaban vidriados por un velo de
humedad.
--Niño, niño...--murmuró dulcemente.--Serénese usted... Esto pasó...
Aquí tiene mi tarjeta para que sepa mis señas. Me encontrará, excepto
los jueves, de tres á cinco. Me complaceré en presentarle á mis amigas.
Confío en que retratos no le han de faltar.
Y como Silvio, entre un murmullo de respeto y enternecimiento, la
besase la mano con unción, lo mismo que en casa del modisto, la
Pirineos, firme en su preocupación del español creyente é hidalgo,
añadió:
--Estamos en una triste época; y al ver lo que hacemos las mujeres de
nuestra justa altivez, no debemos extrañar lo que hacen los hombres de
la suya... Yo no olvidaré esta lección. Escogeré mejor en lo sucesivo
mis relaciones, y las conoceré, no sólo por la apariencia dorada y la
vanidad frívola, sino por lo que no puede engañar, por su origen y sus
antecedentes... Usted es extranjero, de un país noble, heroico. No crea
que este tipo de mujer se parecía al de la aristocracia francesa.
Tomó de los fuelles de piel de su berlina el _carnet_ donde apuntaba
sus visitas, y buscando rápidamente el nombre de la Porcel, lo rayó con
un rasgo enérgico del lapicerito de oro.
--Adiós, hasta lo más pronto posible--añadió entre una sonrisa y un
saludo de la mano; y para dar fin á la escena, ordenó al lacayo:
--¡Á casa!
Silvio se quedó de pie en la acera, palpitando de un gozo y de una
esperanza que le movían á alzar los ojos hacia el firmamento, alto,
estrellado y frío, con ese gesto que hacemos involuntariamente
para referir nuestras grandes emociones á algo mayor que ellas, á
lo verdaderamente inmenso, á lo que nos envuelve y protege con su
magnitud.--La helada, que parecía descender de la majestuosa bóveda
salpicada de joyeles de pedrería, le sobrecogió; y la sensación glacial
que recorrió sus venas y sus huesos se enlazó con la idea vagamente
religiosa que descendía de los astros, de las constelaciones radiantes.
VI
ALBORADA
Sentada ante la mesa granítica, bajo el toldo claro de las acacias
en flor, Minia Dumbría no acababa de resolverse á abrir el correo,
y seguía enfrascada en un librote, cuya portada rezaba:--_Argos
Divina.--Nuestra Señora de los Ojos grandes._--El correo la producía
fastidio, con los diarios que inunda la contradictoria información
telegráfica, con las revistas también inficionadas de noticierismo
intelectual, con el epistolario aburguesado por las postales; y siempre
vacilaba, antes de sufrir el chaparrón de papel.
Acertó á pasar la baronesa, empuñando su tijera de podar y su navaja de
injertar.
--Tienes ahí--exclamó--una carta de Silvio Lago. ¿Por qué no la abres?
--¡Verdad!--respondió la compositora.--Y ya no está en Busot. El timbre
es de Madrid.
Rompió el sobre y descifró la epístola, de esa letra rasgueada,
dibujada, que es la letra de tantos pintores.
--No ha mejorado--advirtió Minia.--Cansancio, sudores copiosos,
inapetencia, destemplanza... En Busot debió de ser alta la fiebre...
Dice que de noche sostenía animados diálogos con la caja de cerillas
y la palmatoria... Que se batió tres días con una paella amotinada en
el estómago. ¡Ah! Que nuestro Alejandro San Martín le ha visto y le
ordena campo, tranquilidad... Que te pregunte si permites que venga á
reponerse un poco, antes de emprender el regreso á Francia...
Preocupación grave se traslució en el rostro de la señora, y su mirada,
á pesar de la edad tan viva y despierta, se ensombreció un momento,
cruzándose ansiosa con la de su hija.
Las dos miradas expresaban un convencimiento igual. Minia fué la
primera á formularlo.
--Viene á morir.
Callaron. La tarde era divina, serena, radiosa. Otros años, en el mes
de Mayo, habían tenido que usar pieles; pero en aquél, la primavera
vestía de gala, el aire parecía entibiado por un hálito de amor.
Los tapetes verde manzana de la hierba se mostraban salpicados de
ranúnculos, cicutas y prímulas silvestres; las locas gramíneas alzaban
sus airones y desparramaban su lluvia menuda de mostacilla temblante
sobre invisibles hilos; las biznagas extendían su blanca umbela; las
primeras mariposas, vanesas amarillas y apolos de carmín, revoloteaban
nadando en un céfiro benigno, que las mecía con halago; y la vida
inquieta, rebosante, de la Naturaleza, se estremecía en el renuevo de
la vegetación, en los gorgoritos frescos del agua del surtidor, que
recae emperlando de rechazo las hojas carnosas, duras, de las últimas
camelias.--Minia contempla un instante el jardín, el prado, sobre cuya
linde los rosales en lujosa floración tienden guirnaldas Luis XV. Y,
pensativa, repite despacio:
--Viene á morir... ¿Qué le respondo?
La baronesa, en un arranque, grita:
--Que venga... Que nos avise, para esperarle en la estación con el
coche... Y el lunes, á Marineda, á comprar mantas nuevas... Voy á
enterarme de si hay sábanas en abundancia... Las asistencias piden
ropa...
* * * * *
Silvio llegó como diez días después. En el andén le aguardaban muy
preocupadas las señoras; sabían que ningún criado acompañaba al
enfermo, y temían que viniese destrozado de tan largo y molesto viaje.
No se engañaban. Para saltar del coche hubo que auxiliarle, que
suspenderle. No le sostenían las piernas. En cambio, Bobita se disparó
de la perrera como demente, con brincos de alimaña fantástica, con
rugientes ladridos, y arrastrando al criado que la asía por la gramalla.
En el cesto, que corría por ancha carretera hacia las Torres, á la
claridad franca del día despejado, Minia examinó al artista con esa
avidez curiosa que despiertan las faces humanas donde buscamos la
impronta del postrer sello. Aun descontando la fatiga, la ofensa del
polvo y de las partículas de carbón sobre la tez, todavía asustaba la
cara de Lago.
Sus mejillas se hundían, y bajo la gorra inglesa de viaje, sus orejas
de cera se despegaban y transparentaban la luz solar. Sus ojos,
cercados de livor, mazados, tenían en la pupila esa transparencia
acuosa que revela, antes que síntoma alguno, la rapidez de las
combustiones que, desnutriendo el organismo, determinan la consunción.