--¿Pero de qué artista habla usted, señora?--balbuceó él.

--¿De qué artista he de hablar? Del autor del retrato que acaba de

enseñarme Espina ahí en la estufa: del señor Marbley.

--¿El retrato que exhiben es del señor Marbley?--barbotó Lago.--¿Está

usted segura? ¿No hay mala inteligencia?

--¡Dios mío!--afirmó la Condesa.--Vengo de verlo. ¿Qué mala

inteligencia quiere usted que haya? ¿Qué sucede para que usted se

extrañe así?

--Es para enloquecer--tartamudeaba él.--¡Es para dudar de que uno

existe! Señora, perdone usted; voy á cerciorarme...

--No--exclamó la Condesa, rompiendo á pesar suyo la valla de

aristocrática reserva, arrastrada por la simpatía y acaso un poco por

la femenil curiosidad.--No se precipite; ofrézcame el brazo... Vamos

juntos... Le guiaré; á mí me abrirán paso más fácilmente...

Y echó á andar, resuelta, justiciera. Rompiendo por entre los grupos

se dirigieron á la estufa. La Pirineos sentía el temblequeo del brazo

de Silvio, enlazado al suyo. Entraron en el admirable jardín de

invierno, donde Espina había conseguido reunir plantas muy extrañas,

las que prefería. Una luz rubia, que hacía brillar las hojas bruñidas

de los pandanos y las hojas peludas de las dioneas, doraba las

estatuillas de alabastro, que artísticamente colocadas se entronizaban

sobre el follaje. Sus frías carnes adquirían un acaramelado de vida.

La techumbre de cristal era tan clara, los vidrios tan grandes y

diáfanos, que se creía estar al aire libre. En los ángulos manaban

fuentecillas, y se escuchaba su goteo, entre los revuelos del vibrante

vals que tocaba la orquesta de zíngaros, invisible en el fumadero

inmediato. Olía á esencias de Oriente y á tierra regada. El vapor--ya

en París empezaba á sentirse frío--mantenía dulce temperatura. En el

centro de la estufa, alrededor de un caballete dorado que era una

filigrana de talla atrevida, modernista, se agolpaba el gentío, tapando

la pintura. La Condesa, sin soltar al artista, se insinuó, hizo cuña

con su persona prestigiosa, y se encontraron ante el retrato de Espina,

obra de Marbley, en efecto,--¡y tanto! Obra limada, lamida, resobada,

de colorido acromado, con antipáticas pretensiones de originalidad

suprema. Vestían á la Porcel tules negros, rebordados de una especie de

arco iris; un traje estilo Fuller; algo que, tratado por mano maestra,

hubiera sido estudio interesante; y su pelo áureo, exageradamente

flojo, formaba al rostro sin vida, de muñeca de Sajonia, una especie

de aureola solar. El retrato era estudiadamente bonito, y sin embargo

afeaba á Espina. Pero en aquel momento no importaban á Silvio tales

pormenores; lo que le espantaba, lo que le dejaba petrificado, era la

perfidia, era el escarnio, era la revelación de un odio tan diamantino,

bajo un disimulo tan maquiavélico.

--¡Inconcebible!--murmuraba.--¡Inconcebible!--Y no sabía más que

repetir la palabra mecánicamente.

--Señor Lago--insinuó la Condesa,--veo que no está usted bien. No

conviene que se pare aquí. Vámonos á la galería...

Tiró de él, literalmente, y le condujo á la galería de las porcelanas,

casi solitaria, que tenía puerta de salida al jardinete. Nadie se

acercaba allí, donde más bien hacía frío; la gente que había detenida

principiaba á repartirse entre el salón para dar unas vueltas de vals,

y el comedor, abierto y servido con espléndidos refinamientos.

Con viveza, con interés, con algo de maternal en el gesto, la señora

preguntó nuevamente al artista:

--En fin, ¿qué le sucede á usted? ¿Puedo tranquilizarle?

No sé qué tiene esto de la compasión sincera, desinteresada, que no

sólo no da lugar á desconfianza, sino que suprime en un gesto, en un

parpadeo, distancias de clases, océanos de indiferencia. Como en casa

del modisto, Silvio fué de un impulso hacia la gran señora, que en

otro impulso iba hacia él. Se rindió á la piedad que le ofrecían. La

dama, por su parte, había olvidado--ella, la misma distinción, la misma

mesura--lo que podía tener de insólito el aparte con un desconocido de

quien sólo sabía el nombre y la profesión, que no era de su sociedad,

ni de su círculo. No hay nada más irregular, entre las irregularidades

sociales, que la actitud de intimidad repentina con alguien llovido

del cielo. La Condesa de los Pirineos arrostraba, no ciertamente el

descrédito, su buena fama era firme, pero esa nota de extravagancia

que es el principio de la desconsideración. Mas por lo mismo que la

Condesa de los Pirineos no es una mujer de decadencia, que en sus

venas corre, con la sangre gloriosa y heroica de los abuelos, algo de

sus energías; por lo mismo que esta mujer tiene conciencia de su alta

situación,--puede infringir alguna vez el código mundano.--Legitimista;

sobrina de aquellos príncipes de Robeck, grandes de España, á quienes

el Conde de Chambord trataba como á amigos, en cuya casa conservaba

recuerdos familiares de María Antonieta--la Pirineos experimentaba

simpatía especial por lo español. España era para ella--como lo fué

para muchos hasta la pérdida de las colonias, y como lo es todavía

para algunos,--país noble y desgraciado, caballeresco y mártir. Estas

impresiones vagas y difusas pueden encarnar en un individuo capaz de

infundir algún sentimiento de simpatía.

La dulce y poética figura de Silvio, su evidente consternación ante

una misteriosa tragedia, provocaron la expansión con que la Condesa,

atraída también por una curiosidad emocional, insistió, protectora,

cariñosa:

--¿Puedo tranquilizarle? ¿Puedo serle útil?

--Gracias, señora...--balbuceó Lago.--Iba á salir de esta casa, iba

á la calle, temeroso de cometer un desatino, porque hay cosas que se

suben á la cabeza... ¡Perdón! ¡Me hace usted tanto bien! Ya que tiene

usted la bondad de preguntarme, diré la verdad. Yo vine avisado por

Madama Porcel para asistir á la exhibición del retrato hecho por mí, de

un retrato que en Madrid se convino que lo verían gentes conocidas que

pueden encargar... Llego, y lo que se exhibe es otro retrato del señor

Marbley... Por eso no comprendía; por eso necesité ir al jardín de

invierno, á fin de convencerme de que no la engañaba á usted la vista,

cuando afirmaba que era de Marbley el retrato. ¡Mire, mire si ha sido

ridícula mi situación en este sarao donde supuse que se reunían para

ver algo mío, muy malo, muy insignificante, pero que podía asegurarme

la vida en París!

La Pirineos replicó asombrada:

--Todavía dudo... No concibo que pueda hacerse cosa tan poco leal, tan

poco disculpable... ¿Dice usted que Madama Porcel le ha escrito...?

Silvio sacó del bolsillo del frac su cartera y extrajo el último

billetito de Espina. La Condesa lo tomó aprisa y lo recorrió.

--Aquí no dice que el retrato sea el de usted... Es una invitación

como todas... Taza de té y exhibición... Verdad que en el mío añadía:

“Retrato, obra de Marbley”.

Por respuesta, Silvio revolvió en la cartera un poco y descubrió

la otra misiva, la del sobre gris con lacre blanco, fechada en el

extranjero, y la tendió á la Condesa.

--Estoy siendo indiscreta--murmuró ella como á pesar suyo; pero no

rehusó la carta: la descifró é hizo un gesto de desagrado, el que se

hace á la vista de una lacra física ó una bajeza moral.

--No dice aquí tampoco expresamente que el bellísimo retrato que

va á exhibirse al regreso á París, y que ya casi no se parece al

original, sea de usted; con todo, ya estoy segura. Las precauciones

no se han olvidado un momento, la premeditación parece evidente.

¡Miseria!--murmuró hablando consigo misma.

--Sí--confirmó Silvio,--¡miseria! Es cosa pensada, combinada fríamente.

Es la segunda parte de la escenita, por usted, señora, presenciada y

reprobada en casa del modisto...

--Siempre hay algo debajo de estas cosas...--murmuró la dama.

Silvio, en medio de su ira y su confusión, conservaba el sentido del

gesto artístico, de la bella actitud. Su instinto le dictaba lo que era

preciso decir y hacer para impresionar favorablemente á su repentina

amiga. Con sencillez de buen gusto pronunció:

--Nada que ofenda á Madama Porcel suponga usted, Condesa... Caprichos

de mujer bonita, antipatías... ¡qué sé yo! Mi situación no es por eso

menos crítica. Y, á no recibir de usted el generoso don del interés que

me está demostrando...

--Es usted un hidalgo de su patria--declaró afectuosamente la

señora--Sea cualquiera el móvil de la conducta de Espina (no

profundizo), esto no se quedará así. ¡Esto no se hace entre nosotras!

--Señora, yo respeto en medio de todo á Madama Porcel, pero no creo que

tratándose de usted y de ella, pueda decirse _nosotras_. Cuando una

dama como usted dice _nosotras_, debe mirar lo que dice.

La audacia no desagradó á la Pirineos. Concordaba con sus íntimos

sentimientos, con protestas frecuentes de su altivez y su decoro ante

ciertas promiscuidades y transigencias del mundo. Hay desplantes que

son homenajes. Silvio lo comprendió al ver que un ligero carmín se

extendía por las mejillas, ya algo marchitas, pero limpias de afeite,

de su ilustre interlocutora.

--Acaso tenga usted razón...--articuló.--No he dejado de pensar... En

fin, vamos, vamos; he de poner en claro esto... Cuando me acerque á

Espina, desvíese usted un poco...

Regresaron al jardín de invierno y al salón modernista, tratando de

realizar el casi imposible de conferenciar con la dueña de la casa, sin

testigos, en medio de una reunión. La gente se retiraba, desfilando

discretamente algunos; pero otros se entretenían en despedidas y

felicitaciones, preguntando por qué el maestro no había concurrido á

recibir enhorabuenas, y encargado á Espina que se las transmitiese. Los

íntimos, ó que presumen de tales, forman á esta hora piña más compacta,

y se arriman á la dueña de la casa, para convertir en tertulia alegre

lo que era ceremonioso sarao. Valdivia, sonriente, carenado por la cura

termal, en apariencia el hombre más feliz del mundo, había abandonado

el rincón del fumadero, donde se escondía desde la llegada de Silvio.

Al ver que se acercaba la Pirineos, sola ya, buscándola, creyó Espina

que trataba de marcharse, pues solía ser de las primeras en hacerlo;

pero lejos de corresponder al movimiento de la Porcel, que tendía la

mano para expresivo adiós, la Condesa se plantó tranquila, dominando

sus nervios.

--¿Nos ha enseñado usted, _ma belle_, todo lo que se proponía

hacernos ver esta noche? ¿Estoy mal informada al creer que nos oculta

otro delicioso retrato, que á fuer de amiga del Sr. Lago--y con

doble retintín que en casa del modisto, la gran señora recalcó la

palabra,--ardo en deseos de admirar?

Espina, sobresaltada, vaciló un momento. Sus ojos de ágata, que la

enfermedad rodeaba de livor disimulado por artificios, se fijaron en

Silvio, cortantes.

--¿Otro retrato?--silabeó.--¡Ah! Sí, en efecto; perdóneme.

--Pero ¿cómo no ha tenido usted la buena idea de exhibirlo al mismo

tiempo que el del Sr. Marbley?--insistió la Condesa, que se decía á

sí misma:--“Es muy incorrecto lo que hago... Pero sublevan demasiado

ciertas infamias...”

--¡Oh!--dejó caer Espina lentamente.--Para exhibir, para convocarlas á

ustedes, tenía que tratarse de un maestro... Lo de Lago es muy mono; un

juguete, una fantasía...

--Sin embargo--insistió la Condesa,--el señor Lago esperaba, fundado en

palabras de usted...

Hablaba ya fuera de sus casillas, perdido el aplomo á fuerza de

indignación:

--Ya sabe Lago que se le protege--declaró altaneramente Espina, que,

al contrario, se aplomaba, recogiéndose para luchar.--No se puede ir

tan aprisa; lo comprenderá, Condesa... No se quejará de mí... Le he

presentado á usted, por ejemplo... Lo demás vendrá á su hora...

--¡Me perdonará usted, sin embargo, que insista! Desearía ver hoy mismo

el trabajo del Sr. Lago... Esperaré á que la sea fácil complacerme...

Se habían vaciado casi por completo las estancias. Quedaba la

Villars-Brancas, que solía navegar de conserva con la Pirineos,

la joven Secretaria de la Embajada española, algunos muchachos

adoradores y cortejadores de la Porcel en las barbas (sobre todo en

las barbas, porque era más divertido) de Valdivia, y en un rincón,

fiel á la consigna, Silvio, haciéndose el indiferente, esperando. El

brasileño se había evaporado; no se le veía. Espina, escudándose en

sus aniñadas versatilidades, rió, y acercándose á la Pirineos, murmuró

condescendiente:

--Ya que usted se empeña...

Hizo una señal al grupo, una indicación graciosa á las damas, y todos

la siguieron. Silvio dudó un momento; al fin, lentamente, echó detrás.

Se dirigían al piso de arriba, por la linda escalera que arranca de la

antesala y que visten tapicerías simbolistas, ejecutadas expresamente

para Espina á cartón perdido.

Guiados por ella, entraron en el saloncito verde, cuyo tapizado de seda

desaparece bajo brochado de ramas de almendro en flor, y que precede á

la rotonda y al tocador de Espina.

Ésta se volvió, animada, chancera, y empezó á deshacerse en excusas

verbosas.

--Siento el viaje que les voy á imponer, pero como la Condesa desea

ver el retrato ahora mismo... Si no, podrían ustedes verlo mejor una

mañana; yo lo bajaría, lo colocaría convenientemente...

--Pues ¿dónde lo ha colocado usted?--preguntó con sarcasmo fino la

Pirineos.

--Es una desgracia... Como no tiene uno ya pulgada de pared

disponible...

Á esta frase de la Porcel dieron respuesta el ¡oh! exasperado de la

Condesa y la risa sofocada de los galanes. Silvio, desde la puerta,

oyó. No había medio de no reirse. En todo el salón sólo pendían de la

pared dos diminutos y lindísimos grabados.

Silvio, aunque no era camorrista, sintió cosquilleo en las manos, ganas

de hartar de bofetadas á los galancetes de la risa... ¿Por qué no se

encontraba Valdivia allí? Y la voz de Espina, una flauta de plata,

moduló:

--Vengan ustedes, excúsenme... Tengo que llevarles á mis habitaciones

enteramente particulares...

Pasaron primero á la rotonda donde la Porcel se tendía y fumaba sobre

la meridiana; después al tocador propiamente dicho. La Pirineos murmuró

al oído de la Villars:

--¡Qué paseo tan extraño nos hace dar! Se me figura que tendremos que

salir de aquí para siempre...

Todo el mundo se deshacía en elogios. Las habitaciones eran una

delicia: no se parecían á ninguna otra. Á su despecho, la misma Condesa

reconocía el gusto de la dueña, su acierto exquisito.

Se olvidaba el objeto de la excursión, y sobre todo al autor

del retrato, á Silvio, rezagado, estremecido, presintiendo ya,

sin comprender del todo aún. Iba como entre sueños por aquellas

habitaciones que conocía de sobra, y en cuyas paredes buscaba

inútilmente su labor... ¿Dónde estaba, no estando allí?... De pronto,

Espina hirió un timbre y apareció la doncella de guardia, la mulatita

brasileña que mil veces le había servido, de la cual había deseado

hacer un boceto al pastel. Espina ordenó, en voz aguda:

--_Eclairez..._

Y franqueada la puerta interior del tocador, se vió, al fulgir de las

luces eléctricas, una especie de ropero, una de esas habitaciones

útiles, cubierta de armarios de barnizada y sólida madera, y en un

rincón, medio tapado por los armarios que proyectaban sombra, entre

una fotografía de jockey y un calendario--evidentemente el museo de

la doncella,--el encantador pastel primaveral, el busto de Espina

surgiendo del ideal boscaje de rosas, al parecer recién cortadas. Hubo

un instante de embarazoso silencio. La intención despreciativa que

semejante colocación revelaba era patente. Había allí mofa, bofetón.

Nadie sabía qué actitud tomar. Al fin, uno de los galancetes rompió á

reir, y los demás le hacían coro, cuando la voz de la Pirineos se alzó,

dominando la explosión burlona.

--La felicito y la doy el pésame--articuló conteniéndose para mejor

asestar el golpe.--La felicito, por tener tan hechicero retrato; y la

doy el pésame, por haberlo colocado donde ni aun sus conocidos podemos

verlo, sin arriesgarnos á que nos tache usted de excesiva confianza.

Deploro haberla tenido... aunque, bien mirado, á eso debo un hallazgo

inestimable. Señor Lago--añadió volviéndose hacia Silvio, más blanco

que enyesada pared,--no conocía su trabajo. Si la señora Porcel lucha

con la dificultad de no tener sitio en su hotel moderno para una obra

maestra, yo me alegraría de enriquecer con ella el viejo palacio de

los Pirineos, ó mi castillo de Alorne, que estoy restaurando. Y si

usted, señora Porcel, no quiere deshacerse de esa joya, yo no por eso

renuncio á poseer un retrato hecho por el señor Lago. No soy un modelo

tan brillante, pero el arte lo vence todo.

Y con un movimiento de “gran aire”, de altivez soberana velada en

cortesía, la Pirineos tomó el brazo del artista, esbozó una ligera

inclinación á la Porcel, sonrió á los demás y se retiró al través de

las habitaciones iluminadas, perfumadas, por la escalera “digna de

un zapato de raso”, saliendo directamente al vestíbulo. Allí dijo á

Silvio, con quien no había cruzado palabra hasta entonces:

--Hágame el favor de pedir mi abrigo.

Mientras el artista transmitía la orden, en su cabeza sentía como

un estrépito de galera; sus arterias saltaban. La excitación

nerviosa se desbordaba. Un torrente de sentimientos devastaba su

alma impresionable. La vida le parecía otra. Y se asombraba, no de

la malignidad de Espina, sino de que aquella malignidad la hubiese

él saboreado un día como extraño confite, y la hubiese tenido por

signo de elevación en las categorías humanas. Es de las cosas menos

lógicas, pero más usuales, que el desarrollo natural de un carácter

que conocemos nos sorprenda amargamente cuando nos afecta. Admitimos

complacidos, bromeando, un bribón teórico, una bribona abstracta, y

empieza la indignación cuando nos traicionan y nos hieren. Ahora le

parecía á Silvio que lo verdaderamente distinguido y raro es la bondad,

la justicia, la cólera contra felones y miserables.--Se recreaba en la

majestad de una gran señora, que era buena, tres veces buena.

Cuando la ayudaba á subir al coche, alzó hacia ella el rostro, y la

Condesa vió que los ojos del artista estaban vidriados por un velo de

humedad.

--Niño, niño...--murmuró dulcemente.--Serénese usted... Esto pasó...

Aquí tiene mi tarjeta para que sepa mis señas. Me encontrará, excepto

los jueves, de tres á cinco. Me complaceré en presentarle á mis amigas.

Confío en que retratos no le han de faltar.

Y como Silvio, entre un murmullo de respeto y enternecimiento, la

besase la mano con unción, lo mismo que en casa del modisto, la

Pirineos, firme en su preocupación del español creyente é hidalgo,

añadió:

--Estamos en una triste época; y al ver lo que hacemos las mujeres de

nuestra justa altivez, no debemos extrañar lo que hacen los hombres de

la suya... Yo no olvidaré esta lección. Escogeré mejor en lo sucesivo

mis relaciones, y las conoceré, no sólo por la apariencia dorada y la

vanidad frívola, sino por lo que no puede engañar, por su origen y sus

antecedentes... Usted es extranjero, de un país noble, heroico. No crea

que este tipo de mujer se parecía al de la aristocracia francesa.

Tomó de los fuelles de piel de su berlina el _carnet_ donde apuntaba

sus visitas, y buscando rápidamente el nombre de la Porcel, lo rayó con

un rasgo enérgico del lapicerito de oro.

--Adiós, hasta lo más pronto posible--añadió entre una sonrisa y un

saludo de la mano; y para dar fin á la escena, ordenó al lacayo:

--¡Á casa!

Silvio se quedó de pie en la acera, palpitando de un gozo y de una

esperanza que le movían á alzar los ojos hacia el firmamento, alto,

estrellado y frío, con ese gesto que hacemos involuntariamente

para referir nuestras grandes emociones á algo mayor que ellas, á

lo verdaderamente inmenso, á lo que nos envuelve y protege con su

magnitud.--La helada, que parecía descender de la majestuosa bóveda

salpicada de joyeles de pedrería, le sobrecogió; y la sensación glacial

que recorrió sus venas y sus huesos se enlazó con la idea vagamente

religiosa que descendía de los astros, de las constelaciones radiantes.

VI

ALBORADA

Sentada ante la mesa granítica, bajo el toldo claro de las acacias

en flor, Minia Dumbría no acababa de resolverse á abrir el correo,

y seguía enfrascada en un librote, cuya portada rezaba:--_Argos

Divina.--Nuestra Señora de los Ojos grandes._--El correo la producía

fastidio, con los diarios que inunda la contradictoria información

telegráfica, con las revistas también inficionadas de noticierismo

intelectual, con el epistolario aburguesado por las postales; y siempre

vacilaba, antes de sufrir el chaparrón de papel.

Acertó á pasar la baronesa, empuñando su tijera de podar y su navaja de

injertar.

--Tienes ahí--exclamó--una carta de Silvio Lago. ¿Por qué no la abres?

--¡Verdad!--respondió la compositora.--Y ya no está en Busot. El timbre

es de Madrid.

Rompió el sobre y descifró la epístola, de esa letra rasgueada,

dibujada, que es la letra de tantos pintores.

--No ha mejorado--advirtió Minia.--Cansancio, sudores copiosos,

inapetencia, destemplanza... En Busot debió de ser alta la fiebre...

Dice que de noche sostenía animados diálogos con la caja de cerillas

y la palmatoria... Que se batió tres días con una paella amotinada en

el estómago. ¡Ah! Que nuestro Alejandro San Martín le ha visto y le

ordena campo, tranquilidad... Que te pregunte si permites que venga á

reponerse un poco, antes de emprender el regreso á Francia...

Preocupación grave se traslució en el rostro de la señora, y su mirada,

á pesar de la edad tan viva y despierta, se ensombreció un momento,

cruzándose ansiosa con la de su hija.

Las dos miradas expresaban un convencimiento igual. Minia fué la

primera á formularlo.

--Viene á morir.

Callaron. La tarde era divina, serena, radiosa. Otros años, en el mes

de Mayo, habían tenido que usar pieles; pero en aquél, la primavera

vestía de gala, el aire parecía entibiado por un hálito de amor.

Los tapetes verde manzana de la hierba se mostraban salpicados de

ranúnculos, cicutas y prímulas silvestres; las locas gramíneas alzaban

sus airones y desparramaban su lluvia menuda de mostacilla temblante

sobre invisibles hilos; las biznagas extendían su blanca umbela; las

primeras mariposas, vanesas amarillas y apolos de carmín, revoloteaban

nadando en un céfiro benigno, que las mecía con halago; y la vida

inquieta, rebosante, de la Naturaleza, se estremecía en el renuevo de

la vegetación, en los gorgoritos frescos del agua del surtidor, que

recae emperlando de rechazo las hojas carnosas, duras, de las últimas

camelias.--Minia contempla un instante el jardín, el prado, sobre cuya

linde los rosales en lujosa floración tienden guirnaldas Luis XV. Y,

pensativa, repite despacio:

--Viene á morir... ¿Qué le respondo?

La baronesa, en un arranque, grita:

--Que venga... Que nos avise, para esperarle en la estación con el

coche... Y el lunes, á Marineda, á comprar mantas nuevas... Voy á

enterarme de si hay sábanas en abundancia... Las asistencias piden

ropa...

* * * * *

Silvio llegó como diez días después. En el andén le aguardaban muy

preocupadas las señoras; sabían que ningún criado acompañaba al

enfermo, y temían que viniese destrozado de tan largo y molesto viaje.

No se engañaban. Para saltar del coche hubo que auxiliarle, que

suspenderle. No le sostenían las piernas. En cambio, Bobita se disparó

de la perrera como demente, con brincos de alimaña fantástica, con

rugientes ladridos, y arrastrando al criado que la asía por la gramalla.

En el cesto, que corría por ancha carretera hacia las Torres, á la

claridad franca del día despejado, Minia examinó al artista con esa

avidez curiosa que despiertan las faces humanas donde buscamos la

impronta del postrer sello. Aun descontando la fatiga, la ofensa del

polvo y de las partículas de carbón sobre la tez, todavía asustaba la

cara de Lago.

Sus mejillas se hundían, y bajo la gorra inglesa de viaje, sus orejas

de cera se despegaban y transparentaban la luz solar. Sus ojos,

cercados de livor, mazados, tenían en la pupila esa transparencia

acuosa que revela, antes que síntoma alguno, la rapidez de las

combustiones que, desnutriendo el organismo, determinan la consunción.

La Quimera · 第 28 / 33 段