recogido, donde nos enseñan la leyenda de Santa Úrsula, vemos unos
_Desposorios de Cristo y Santa Catalina_, en que hay dos figuras
insuperables: la Santa Catalina y la Santa Bárbara. ¡Se descubre
allí la firme resolución del artista de no conceder su pincel sino á
cosas bellas, ilustres, ricas de forma y de materia; de no reproducir
sino caras redimidas de la miseria humana, vírgenes que son reinas
ó emperatrices, y bajo cuyos pies la impureza, la bestialidad y la
violencia no se atreven á desatar sus ondas de fango!
Esta parrafada es de Limsoe ante el cuadro de los Desposorios... “Vea
usted qué dos santas esas. Escogidas, ¿eh? No crea usted que están ahí
por casualidad, por antojo. Son las dos santas filósofas que desdeñaron
las bajezas materiales del paganismo y entraron en el Cristianismo
por amor de la pureza, pero sin renunciar á su elegancia artística,
sin confundirse nunca con los ascetas groseros. Á Santa Bárbara en su
torre, á Santa Catalina en su palacio, se las puede uno representar
leyendo un tratado de psicología, coronadas de perlas, veladas de
gasa, con manos tan lilíales como esas que ve usted ahí, las de Santa
Catalina; las que tiende al anillo del celeste Esposo, y que son la
perfección de la belleza en una cosa ya tan bella como una bella mano
de dama.”
Me acordé de la medalla de Santa Catalina que posee Solar de Fierro,
y, asociando memorias, me avergoncé de haber pensado un día que se
puede hacer un cuadro con la _Recolección de la patata_. Me desprecio,
me desprecio; pequé, pequé... ¡Vengan vírgenes de talle largo,
vengan paladines, renazca próximo á sus fuentes el sentimiento, el
romanticismo aristocrático y medioeval! Sí, señora; todo esto quiere
decir que me voy volviendo romántico, que me saltan dentro manantiales
que ignoraba, y que si por casualidad, hace dos años, me pongo á
trabajar en Madrid, con el espíritu de un fauno brutal dentro de mi
cuerpo y guiando mi mano inexperta, ¡oh! ¡ah! ¡nada, que yerro la
vocación!
* * * * *
_Gante._--¡Última carta! Es decir, última carta de este viaje. Porque
retorno á París en busca de cosas innobles y prosaicas, el alpiste, el
gabán de invierno.--Aquí ya Limsoe y yo estamos arrecidos, aunque nos
abriga el fuego de nuestras mágicas ilusiones.--Y hemos arrostrado la
emoción suprema... ¿Suprema por qué? ¡Justamente esto no se razona!
Limsoe lo reconoce... á pesar de su chifladura, que en parte me ha
pegado.
Si no fuese que hemos remontado la corriente del arte, que subimos
de los holandeses relativamente recientes hasta los inventores de la
pintura, y que, por lo tanto, nos cumplía ver á Memling antes que á Van
Eyck, era justo haber guardado la apoteosis final para este Memling,
que es el puro entre los puros, el serafín. Él es quien ha convertido á
Eva la contaminada en Beatriz la celestial. En Van Eyck se encuentran
mujeres hembras, lo horrible del sexo, mientras Memling sólo nos
presenta princesas Delgadinas como las del romance popular, azucenas
entreabiertas sobre tallos que ninguna mano tocó...--Así poco más ó
menos razona Limsoe. Juntos entramos en la catedral, San Bavón... El
sacristán, agitando su clásico manojo de llaves, nos guía de aquí para
allí, no nos perdona varias capillitas, nos fuerza á tragar los Crayer
y los Van der Meer... Mi sueco me da al codo, me hace guiños y señales
de impaciencia y de protesta contra obtusidad semejante. Por fin nos
permite el sacris (después de hacérnoslo desear bien) acercarnos á lo
único que buscamos, el tríptico titulado _El Cordero Místico_.
Por el trecho que media entre el hotel y la catedral, Limsoe me había
explicado detenidamente muchas noticias de este tríptico (que es
fácil que usted sepa también, á menos que las haya olvidado de puro
sabidas). En primer lugar, el capricho violento que inspiró á Felipe II
(lo cual no deja de extrañarme, porque debemos suponer que si Felipe
II tuviese tal antojo, no dejaría de satisfacerlo); los peligros que
corrió de arder ó hacerse astillas; cómo lo escondieron, porque un
Emperador se escandalizaba de la desnudez simíaca del Adán y la Eva;
cómo es ya difícil saber lo que allí resta de la labor de los hermanos,
porque, al menos, dos paineles consta que no son los originales...
Después de todos estos antecedentes, que debieron prevenirme en contra
de la obra de los Van Eyck, apenas me paro ante ella, quedo en un
estado de arrobamiento, que ahora conozco que no me ha causado ninguna
otra creación artística.
¿Es que pretendo que sea lo mejor de cuanto he visto? No. Probablemente
es que está, en este momento, más relacionado con mi sensibilidad
especial, en que tan singular transformación viene produciéndose. Habrá
que explicarlo así; si no, no se explicaría.
Desde luego se trata de una obra maestra; eso no se discute; pero,
además, es _la obra maestra_ de este momento de mi vida...
¿Qué pasa en mí?, dirá usted. Sería á veces doblemente curioso verse
á sí mismo, verse en plenitud de sentimiento, que ver á Van Eyck ni á
Franz Hals.
Bueno; el caso es que me he puesto como loco ante _El Cordero Místico_.
Por supuesto, que sólo hicimos caso del painel central todo de la mano
de Juan Van Eyck.
¿Cómo se lo describiría á usted?, porque aquí no valen ilustraciones ni
monos fantásticos. De esta clase de pintura no se puede decir que esté
bien ó mal dibujada, que sea ó no preferible su colorido á su diseño...
Diseño y colorido son inseparables y no podrían modificarse en un
ápice, dada la perfecta y sublime unidad de la intención del artista.
Es preciso no callar nada. Si se ríe usted... mejor; ríase cuanto
quiera; no me enojo. Figúrese que el sueco y yo, que estábamos de pie y
cogidos maquinalmente del brazo, trocamos una mirada, nos entendimos,
y muy poquito á poco, sin soltarnos, arrastrándome él y yo cediendo,
doblamos las rodillas, y así de hinojos sobre la tarima del altar nos
estuvimos un cuarto de hora, veinte minutos. No sentíamos lo incómodo
de la postura, y devorábamos con la alzada vista el cuadro. Nos lo
queríamos meter más allá de los ojos y los sentidos. Nos apretábamos
las manos de tiempo en tiempo, furtivamente.
Y la del sueco tenía corea, y sus ojos eran un lago verde, en que
había el misterio de las aguas dormidas, pero electrizadas...--Vamos,
ya escribo como en el manicomio. Todo se pega, y las sugestiones
artísticas, en mí, hallan un _sujeto_ admirable.--Sin embargo, no
fué allí donde nos comunicamos mejor y nos convencimos del cambio de
nuestro sér. Fué de noche, después de comer juntos por vez postrera,
con la efusión de afectividad que trae consigo la certidumbre de que
dos personas no han de volver á verse hasta sabe Dios, á lo sumo
después de mucho tiempo, cuando ya el placer de estar juntos se haya
disipado, sin culpa de nadie, por la ley de las cosas...
--¡Pero qué divino!--exclamaba el escandinavo.--Cierre los ojos. ¿Lo
ve usted bien? Ya no es el fondo de oro de los bizantinos: he ahí el
arranque, la iniciativa de los Van Eyck, relacionada con sus nuevos
procedimientos de pintura, y que la hizo humana, sin quitarle lo
celestial. ¿Ha visto usted aquel campo virgen, aquella primaveral
vegetación, que es la misma de las campiñas de Flandes, y que el
artista reprodujo tallo por tallo y salpicó de innumerables florecillas
que parecen también vírgenes, impregnadas de un rocío tan puro?
--Sí, lo estoy viendo y lo veré toda mi vida. Aquella ciudad que se
percibe en último término...
--La Jerusalén celeste--responde el sueco, perdida su mirada en el
vacío,--la Jerusalén celeste, patria de las almas. Ese cuadro, entre
sus condiciones asombrosas, cuenta la de ser cifra perfectísima de un
todo, de una ley universal, y es superior á la Divina Comedia (que
tiene igual asunto), porque mucho más sintéticamente, sin las crudezas
de mal gusto y la brutalidad pasional del Infierno, nos presenta esa
ley: la concepción religiosa íntegra. Encierra la revelación y la
redención, la Iglesia militante y la triunfante, y para producirnos
la emoción más honda no necesita recurrir á ningún elemento dramático
bastardo, sino á la simbólica en toda su noble serenidad y hermosura.
--¡Y de qué manera está hecho!--exclamé.--¡Con qué prolijidad sin
pesadez están pintadas aquellas hierbas mullidas, bien olientes, los
bosquetes de rosales, mirlos y naranjales en flor, las procesiones
de figuras, los mártires, las vírgenes, con sus ropajes semi-azules,
semi-rosados como bañados por los reflejos del éter y de la aurora! ¡Y
las vestiduras que despiden majestad, y las caritas llenas de unción de
esos personajes espléndidos, profetas, patriarcas, apóstoles, papas,
obispos, emperadores de leyenda, solitarios y peregrinos, á quienes
guía San Cristóbal! ¡Y los ángeles soñados, que hacen guardia á la
Fuente de la vida, aquel surtidor tan cristalino que cae en un tazón de
mármol, y al Cordero, al cándido Cordero!
Callamos un momento, incapaces de expresar lo inefable con palabras
siempre áridas y pobres, y el sueco, recobrando primero el uso de la
palabra, me balbuceó:
--Voy á confiarle... Porque ya nos separamos, y en usted he hallado
casi un hermano... Yo no habré visto en balde correr el líquido
sacrosanto que llenó el Grial, yo no habré contemplado estérilmente
el misterio de la Sangre... Y además... Hace tiempo que mi conciencia
trabaja, que el remordimiento de males que causé me lleva hacia
Dios, que mi corazón reclama alimento, que necesito sentir mucho,
deshacerme, abrasarme. El amor me ahogaba. Wagner me había despertado;
Van Eyck espero que me dormirá otra vez en extático sueño. ¡Salgo de
Gante convertido! ¡Soy católico!... Es decir, lo he sido siempre. Lo
conozco ahora. Mi ideal estético ahí tenía que conducirme. ¡Nos hemos
encontrado en un momento bien decisivo de mi vida! La de usted va á
seguir su curso..., pero este amigo de pocas días le dirige un ruego:
acuérdese de que la belleza no es sino lo profundo y refinado del
sentimiento, y que la flor de la belleza es... lo que hemos sentido
esta mañana en San Bavón: _el éxtasis_.--¡No encanalle su pincel, no
manche su pensamiento, sea casto, sea sencillo, vuelva al arte de
los cuatrocentistas; y si quiere ser libre, véngase á vivir aquí,
entre Memling y Van Eyck, guardando su dignidad, huyendo y renegando
del arte si ha de servir para reproducir sensaciones comunes al
hombre y al cerdo! No se deje atraer por el cebo de la Naturaleza. La
Naturaleza no existe; la creamos nosotros; la Naturaleza no es digna
de atraer nuestras miradas sino en la hora mística de su comunión
con lo sobrenatural, cuando la acaricia el soplo del espíritu. ¡La
Naturaleza..., yo diría que es el gran cadáver del Paraíso, y los
gusanos del sensualismo, rebulléndose, son los que prestan apariencias
de vida á ese vasto cadáver!
Sobre este tema, el sueco, que á usted de seguro no le parece loco, y
á mí hay ratos, no crea usted, en que tampoco me lo ha parecido, ni
mucho menos, disertó hasta el amanecer--porque el tren que á él había
de llevarle á Hamburgo para regresar á su patria por el Báltico, salía
á las cinco de la mañana--y nos perdimos en un dédalo de confidencias y
disquisiciones; en fin, vaciamos el alma. ¡Hablamos también de usted!
Cuando se trató de correspondencia, Limsoe dijo:
--No estropeemos este recuerdo con cartas en que va resfriándose la
amistad entre protestas y mentiras. ¡Démonos un abrazo... y hasta el
cielo!
Le abracé conmovido. No lo estaba menos el neófito.
Momentos después el tren arrancaba, y desaparecía aquel extrañísimo
periodista, en busca de sí mismo, hacia los nuevos horizontes de su
sensibilidad.
Yo, después de dormir hasta las tres de la tarde, salgo hoy rumbo á
París. Ya le contaré á usted mis triunfos, mis glorias... es decir,
mis pobres retratos, y mi lucha, y lo que detrás viniere. ¡Allá os
quedáis, encantados vergeles de la pintura, Rembrandt enigmático, Franz
Hals, dueño de los secretos, Rubens imperial, Memling celeste! ¡Allá
te quedas, alférez abanderado, todo vestido de plata, todo viviente,
como cuando enviabas besos á los balcones! ¡Allá os quedáis, fantasmas
de la _Ronda nocturna_, graves síndicos, meditabundos doctores que
anatomizáis un cuerpo muerto! ¡Allá te quedas, _Cordero Místico_!
Adjunta una fotografía... ¿Pero quién fotografía la beatitud?
El hombre que va á cruzar la frontera francesa--diré reproduciendo unas
palabras de Limsoe--no es el mismo que la ha pasado con dirección á
Bruselas, hace próximamente dos semanas...
* * * * *
V
PARÍS
Apenas quitado el polvo, tomado alimento, Silvio se dirigió á la
residencia de la Porcel. Encontró cara de palo. La señora, algo
indispuesta desde su regreso, apenas recibía. Ya avisaría al señor
cuando la fuese posible dejarse ver.
Silvio entonces, alarmado, se encaminó á la garzonera de Valdivia,
muy próxima al hotel de su enemiga y señora. Tampoco el brasileño se
encontraba visible. Conferenciaba en aquel momento con su doctor, y
nadie podía distraerle. Ya avisaría..., etcétera.
Lago volvió á su hospedaje con las orejas gachas. No sabiendo qué
hacer, escribió á Espina un billete suplicante y mimoso, de paso que
la remitía el consabido retrato de las rosas, que, encajonado, había
permanecido hasta entonces en poder del autor. El billete era un
quejido, una deprecación; todo lo que pueden ser los renglones en que
un hombre pone su esperanza. No se atrevía á mentar el proyecto de
exhibición del retrato; pero lo anheloso del estilo, las reticencias
tristes, eran sobrado elocuentes.
Respondió al punto Espina. “Se encontraba malucha; sin embargo, no
tardaría en avisar á sus amigos para que admirasen un retrato muy
bello, que dentro de poco, si las cosas continúan así, ya no se
parecerá al original, habiendo que escribir debajo: Esta fué Espina...
Á la primer racha de mejoría, exhibición; y entonces podré tener el
gusto de ver á usted, y que me cuente sus excursiones por Holanda, y
sus aventuras, que no le habrán faltado... ¿Ha ido usted con alguna
madrileña?”
Silvio temió que tan campechana misiva disfrazase una moratoria; duró
cinco días la aprensión; á la mañana del sexto, otro billetito, esta
vez muy lacónico, le hizo saltar. Se reducía á una invitación. “Esta
noche, á las diez, taza de té y exhibición de retrato”.
El día corrió, como corren igualmente todos; los que pensamos empujar
á la sima del tiempo con la violencia del deseo, y los que quisiéramos
eternizar... y la noche vino, como viene sin falta para el día y para
el hombre. Silvio sentía impulsos de danzar su acostumbrada danza
inglesa, al punto de dar á un cochero las señas de la morada de Espina
Porcel; al mismo tiempo estaba rendido; no había parado desde que
recibió el billete, parte por necesidad de comprar varias cosillas,
parte por entretener su fiebre de impaciencia. Creía ya pasada la barra
de París, aseguradas subsistencia y fama naciente.
Al salir del hotel, acababa de acicalarse despacio. Bien ajustado el
talle por el frac; el pecho bombeado por la pechera de nieve; el pelo
bonito, cenizoso, en calculado desorden, con arreglos de peluquero
que no quitaban el gracioso desgaire natural; los ojos cambiantes,
brilladores y radiosos de alegría; todo su cuerpo confitado en limpieza
y perfumes del baño largo; las manos claras, pulidas; la blancura de la
corbata haciendo resaltar la fresca palidez juvenil del semblante, y el
reflejo de los dientes entre el bigote semidorado,--tenía la apostura
de un triunfador, cuya exterioridad comenta y confirma la leyenda de
sus obras. Á pesar de la impaciencia, se había retrasado á propósito,
para no hacer figura desairada madrugando.
Á la puerta del palacete de Espina, divisó Silvio--buen agüero--una
hilera de coches blasonados, en espera. Eran, en su mayor parte, de
esas berlinitas _egoístas_, donde la parisiense, que corretea sola al
través de la Metrópoli, halla modo de acomodar sus bártulos, el espejo
donde se mira para arreglar un rizo, el reloj con funda de plata, que
asegura la exactitud á pesar del ajetreo, el frasco de sales para el
desvanecimiento, el tarjetero y el catálogo de visitas y señas...
Silvio reconoció el coche y el blasón de la condesa de los Pirineos,
que había visto á la puerta de Paquín.
Indefinible aprensión le salteó á este recuerdo ingrato. Subió
aceleradamente los peldaños de ónix que conducen al vestíbulo, dejó
su abrigo, entró en el salón bajo, que comunica por un extremo con la
galería de las porcelanas, por el fondo con el jardín de invierno, y se
encontró cogido en un remolino de gente, sin poder avanzar.
Casi estaba atestado aquel salón,--no muy grande, como no lo era
ninguna habitación en la residencia de la Porcel, é idealmente
puesto á estilo modernista, con verdaderos primores de decoración
y mobiliario.--Aunque Silvio no conociese á la inmensa mayoría de
los concurrentes, su sagacidad y lo observado en Madrid le dijeron
que era la reunión lucida y de alto fuste. Había allí señoras del
castizo arrabal, alguna celebridad masculina de las que mejor decoran,
bellezas profesionales, estrellas del tonismo, figuras salientes de la
colonia española, con la Embajadora á la cabeza, hartos galancetes,
_sportsmen_, agregados, hombres de caballo y club, diplomáticos,
primates de la banca y algún periodista de la prensa diaria. Se
esperaba á la Infanta, de paso por París, y sobre la hipótesis de
su venida, que no se juzgaba segura, ni mucho menos, giraban las
conversaciones. Silvio sorprendió al vuelo dos ó tres. “¡Del autor del
retrato--pensó enojado--no habla nadie; sólo se ocupan de la Alteza...!”
Al pronto, no vió á la dueña de la casa. Consiguió deslizarse entre los
grupos, cada vez más compactos, que obstruían la puerta por curiosidad
de no perder la problemática entrada de la Infanta, y logró divisar
á Espina, asediada de gente, envuelta en homenajes y almíbares. Al
pronto dudó si era ella: tal marca de padecimiento había impreso
aquel corto plazo de dos meses en el espiritual semblante, mucho más
joven que su edad. Al observar el estrago del mal en la fisonomía
de la Porcel, Silvio notó que se conmovía, cosa inexplicable, pues
no creía experimentar por ella nada que se asemejase á ternura,
sino al contrario; pero hay en nosotros un sér, y aun varios seres,
instintivos, que nuestro sér reflexivo ignora hasta que salen de las
umbrías de la selva interior.--Si hilamos delgado en nuestros sentires,
locos nos volveremos.--Silvio acaso se ablandaba, porque había
aprendido en su reciente viaje á cultivar la emoción, y porque, además,
no habiendo creído las quejas escritas de la Porcel, tenía delante de
los ojos su fundamento. Mentalmente, repitió la frase de Valdivia:
“¡Pobre María! ¡Pobre enferma!”
Mucho, sin embargo, disimulaba los destrozos de la morfina, el
artificio maravilloso para adornarse y componerse de aquella
idólatra de lo artificial. El tocador de la Porcel, su modistería,
encubrían--para quien no conociese tan á fondo como Silvio, por pericia
de retratista, y por haberlos contemplado horas enteras, empapándose
de ellos, los lineamientos de las facciones y las luces y matideces
del cutis,--la huella del envenenamiento. Vestía la Porcel con más
originalidad que nunca: su traje era como formado de una nube de
pétalos de flor, flor de gasa, con transparencia de seda plateada
debajo. Cada pétalo llevaba cosido, al desgaire, un diamantito, y
flecos desiguales de diamantes formaban el corpiño y se desataban sobre
los hombros. La cola del vestido parecía un copo de fina humareda,
entre la cual nieva el almendro su floración y juega el rocío. Sobre
el escote, las sartas, cerradas con el extraordinario rubí. Silvio
pensaba en el estigma, en la hinchazón negra. Todo el mundo ensalzaba
á la Porcel: la _toilette_ era un sueño. Y las señoras, en voz baja,
se decían que era preciso sorprender, cuando Espina se moviese, sus
zapatitos de tisú de plata, con hebilla de diamantes y rubíes,--un
hechizo.--Era la fuerza de Espina, su autoridad en el mundo--aquella
intensidad de elegancia.--Silvio maniobraba con objeto de llegar hasta
la señora, cuando le detuvo un conocido, el vizconde de Lenzano,
español muy aficionado al arte, que solía pasar temporadas en París.
--¿No sabe usted?--díjole.--Esta mañana tuve un mal rato... He visitado
al pobre Vierge...
--¿Urrabieta Vierge?--exclamó Silvio con interés.--¡Qué gran dibujante!
Es un genio. He visto de él cosas que hay que quitarse no digo el
sombrero, sino el cráneo.
--¡Y qué desdicha la suya!--murmuró el vizconde, arrastrando á Silvio
hacia un rincón, para mejor desahogar, pues sufría depresión y la
aliviaba comunicándola.--¿Usted ya estará enterado?...
--No sé de Vierge sino que es un dibujante colosal.
--Sí, pero figúreselo usted paralítico. Sólo trabaja con la mano
izquierda. ¡Paralítico, incurable! ¡Y si al menos le hubiese acometido
el mal en la vejez! Pero no: era un muchacho, treinta años, cuando
despertó así una mañana. Precisamente soñaba el hombre con subir (no sé
si es subir) del lápiz al pincel; iba á ilustrar una edición de _Gil
Blas_ que le pagaban espléndidamente, y con ese dinero y algo ahorrado,
se prometía hacer lo que se le antojase, realizar sus ideales...
Vea usted en que momento cayó sobre él la enfermedad. ¡Qué vida la
nuestra!--añadió, como si dijese cosa muy profunda.
Silvio, aterrado, calló. Sonábale aquella historia dolorosa á eco de su
historia. El sueño de Vierge, el suyo, la Quimera de todos. Al revolver
del camino, como en las estampas de Alberto Durero, la Esqueletada con
su segur.
Por un instante se absorbió en sombría meditación, abatiendo el vuelo
y abismando el alma. Entretanto, la gente susurraba, chismorreaba,
algunas señoras se retiraban, como desdeñosas; la Alteza no venía,
resueltamente. La mejor señal de que ya no se contaba con ella--si
alguna vez se había contado--era que la dueña de la casa empezaba á
llevarse á la gente hacia la estufa y el comedor, sin preocuparse de
abandonar el salón. ¡Fiesta _manquée_!
Convencidos de la decepción los invitados, las conversaciones tomaban
otro giro: la palabra “retrato” zumbaba, repetida en el aire. Á Silvio
se le enfriaron las manos un poco; el corazón le dió un vuelco. Estaban
enseñando su obra, y la gente, alrededor, hablaba de ella. Su aguda
percepción le dijo que, bajo la admiración convencional de los salones,
era la indiferencia, era cierto hastío, lo que se difundía por el
concurso,--en gran parte al menos.--Los inteligentes movían la cabeza;
Lenzano, que había desaparecido un momento, retornó cejijunto. Varias
señoras, sin embargo, se extasiaban.--“¡Qué traje! ¡Qué delicioso buen
gusto! ¡Qué habilidad la de ese hombre!”--Y Silvio, clavado al suelo,
temeroso de romper el encanto. Era, por otra parte, natural; de suyo
se caía que la Porcel viniese á buscarle, le llevase ante la obra. Su
actitud llamó la atención á la condesa de los Pirineos, la cual, del
brazo del Embajador de España, volvía en aquel momento de la estufa,
murmurando: “Dejo sitio, la gente se agolpa allí”. Al divisar á Silvio,
hizo cortesía al diplomático, y exclamó:
--Permítame; hablaré un instante con uno de sus compatriotas, artista á
quien conozco...
El diplomático se alejó discretamente, inclinándose. Silvio, halagado
por la iniciativa de la gran señora, sin contenerse, preguntó:
--¿Se dignaría usted decirme, Condesa, qué opina del retrato?
--¿Pero no lo ha visto usted aún, señor Lago?--respondió algo
evasivamente la dama.
--¡Figúrese usted si lo he visto! Demasiado quizás. Pero cuando se
expone, el juicio de personas como usted...
--¡Oh!--murmuró la dama.--Usted me adula. No soy inteligente, nada de
eso. Por otra parte, mi criterio disiente poco del de la mayoría. Los
inteligentes verdaderos se muestran reservados, y hasta me parece que
severos; yo, sencillamente, no me embeleso, pero creo que es un bonito
mueble, una pintura agradable. Por otra parte, hace tiempo oigo decir
que el artista desciende. Á mí, su colorido siempre me pareció algo
falso...
La cara de Silvio debió de expresar tal extrañeza, tal aturdimiento,
tal imposibilidad de comprender lo que escuchaba, que la dama,
repentinamente, se alarmó.
--¿Qué tiene usted?--murmuró, inquieta y turbada.