nada se parecen á los realistas modernos, y si les conociesen, les
despreciarían por lo aprisa que embadurnan. Los holandeses, copien lo
que copien, se recogen, condensan, detallan con paciencia infinita.
--De los lienzos llenos de churretes y sin acabar de cubrir que hoy
se permiten ustedes--declara Limsoe,--se reirían estos artistas á
mandíbula batiente. Les parecerían la obra de un chiquillo ignorante:
monigotes. La luz de estos pintores es contra luz. ¡Váyales usted con
el aire libre moderno!
--Hoy pensarían como nosotros--le respondo.
--¡Nosotros! Pero si nosotros no pensamos nada fijo... Nosotros--digo,
los que no nos confundimos con la muchedumbre--estamos á cien leguas de
las rutinas de taller. Despreciamos la verdad. ¡La belleza! ¡He aquí
nuestra bandera, por la cual moriremos!
Cuando habla así, el sueco está hasta guapo de entusiasmo. Le hago un
apunte al pastel. Es moreno, y tiene unos ojos verdes, que relucen como
los de un gato, fosforescentes, de mirada insostenible.
Noto en él animosidad furiosa contra los holandeses, que tan
celestialmente--digo, tan terrestremente--pintan... ¡quién pudiese
hacer otro tanto! No es esto lo que le puede contentar á él. Está á mal
con la flema de tales artistas, con su materialismo pacífico, su falta
de imaginación, su glotonería animal y su lujuria burda, la insipidez
de sus asuntos, la atrofia de su sentimiento. “Los admito á ratos y
me exasperan”--repite, pasándose la mano por la frente sudorosa, y
suspirando hondo, como si le sucediese una gran desgracia.
Le vi particularmente rabioso ante una obra que me ha dejado con la
boca abierta: el famoso _Toro_ de Pablo Potter.
Ahí tiene usted algo que bastaba para mi felicidad; hacer una cosa así,
un cacho de verdad por este estilo: nada, sencillamente un tajo de
carne cruda; y luego... _E poi morire_, como dicen en esa Italia que
Dios sabe cuándo veré.
Véase el ideal renaciente de este pintorcillo de rasos y encajes,
perlas y rosas; véase, véase el bicho... Lo dibujo al margen. No es
más; nada de composición ni de triquiñuelas. Ese buey, tranquilo,
testarudo, ese animal, que impresiona como un numen antiguo, un Apis,
me infunde hasta devoción.
¡Pensar que Pablo Potter hacía esto cuando contaba veintitrés años de
edad, y que yo he cumplido veinticinco!
Mi sueco mira al _Toro_; al pronto no chista, no resuella; se diría
que le falta, como á mí, la respiración; se lleva la mano al pecho,
como si en él hubiese recibido un fuerte golpe; estriba en el compás
de sus largas piernas; se afianza los quevedos en la nariz; frunce el
ceño, siempre mudo. Al fin se desata, y empieza á poner defectos al
_Toro_. ¡Defectos á miles! No los defectos que cualquiera ve, como la
insignificancia del asunto, reparos de crítica intelectual, en suma,
sino otros del orden técnico, en el cual--¡cómo reconoce uno cada día
su ignorancia!--suponía yo al _Toro_ impecable. Según Limsoe, Pablo
Potter no sabía palabra del ejercicio de su profesión cuando pintó
este buey. Así es que, sobre no estar concebido, está pésimamente
ejecutado: hay en él trozos enteros que revelan inexperiencia pueril.
Por lo mismo que en el lienzo se reconoce algo genial, debemos ser con
él más severos. Son malos guías, son corruptores los que, como este
Potter, parecen aconsejar á la juventud que estúpidamente reproduzca,
para hacer una obra maestra, lo primero que se le pone delante. Yo me
siento herido, como si fuese el mismo Potter, y nos enzarzamos en una
discusión que degenera en disputa, llegando casi á injuriarnos. Á mí me
da por sostener que justamente lo bellísimo del _Toro_ consiste en no
ser nada; una res bajo un firmamento; un sincero estudio, ajeno á todo
tiquis miquis de intención sutil ó simbólica. Nos acaloramos; Limsoe
me impropera; hace ademanes circulares, rasgantes, amenazadores... El
conserje--que pasea tranquilamente por la sala próxima--asoma su faz
rubicunda, de holandés flemático, y nos dice en voz pastosa algo que
no entendemos, pero que será rogarnos compostura. Ve que no le hacemos
caso, y chapurrea en francés el mismo ruego, acercándose ya decidido á
la expulsión. Como me excuso, responde siempre plácido:
--Son frecuentes las disputas ante el _Toro_. Cada cual lo juzga á su
manera.
Y se encoge de hombros. Yo me vuelvo hacia mi amigo, quien en
presencia del mismo conserje, me tiende la mano, se atusa la cabellera
amarillenta, rebelde y erizada, como la de los muñecos que sirven para
las experiencias de electrización.
En fin, amiga insigne: ¡Pablo Potter, cuando pintaba mal, pintaba este
_Toro_!
¡San Lucas bendito, San Amaro milagroso, hacedme pintar mal así!
* * * * *
_Harlem._--Una escapatoria á Harlem, desde Amsterdam... Limsoe y yo nos
vinimos con un pedazo de queso en el bolsillo, entre dos trenes, pues
no queremos perder tiempo ni pasar la noche en Harlem... Cálculos de
economía. No somos ricos ni mi sueco ni yo.
Al bajarnos en la estación, el periodista me cuenta que allí hubo un
mar, un vasto mar, hasta fecha reciente, y que lo desecaron enterito;
se lo bebieron en pocos meses, para evitar inundaciones y ganar
terreno, donde establecieron grandes explotaciones agrícolas; y fué
medida prudente, porque si ellos no se tragan al mar, el mar se los
traga á ellos. Esta gente vive de milagro; por lo visto, el peor día
pueden encontrarse con que las aguas sumergen á Holanda toda... Debían
trasladar á sitio seguro los Museos. Lo demás, que se lo lleve el
diablo.
¡Qué pérdida si una inundación sorbiese los Franz Hals!
Franz Hals... ¿Cómo se lo diría yo á usted? Franz Hals es... algo que
me recuerda, sin que sepa explicar la similitud, á Quevedo y á nuestros
novelistas picarescos. Habría quien reclamase para otros pintores
holandeses este mérito; pero yo no puedo reconocerlo sino en Franz Hals.
¿Quién fué el imbécil contemporáneo nuestro que se imaginó haber
inventado el realismo? Es tan viejo como el mundo, y el autor del
_Escriba_ egipcio no fué ni más ni menos realista que el autor del
_Lazarillo de Tormes_ ó que Franz Hals.
Voy haciéndome muy pedante... Todo se pega; Limsoe es pedante mortal de
necesidad. No me deja vivir; me obliga á estar siempre razonando las
impresiones bellas.
Bueno, pues, Hals... Óigalo usted... Hals... Me tiembla la mano...
Hals... Agarrarse... ¡Hals pinta más que Velázquez...!
Más que Velázquez, ¡sí señora, no me vuelvo atrás...!
Es mano más experta (en la plenitud de su carrera, entendámonos), es
mano soberana para la reproducción de todos los elementos plásticos,
cabezas y accesorios. Menos tierra que en Velázquez. Pincelada más
expeditiva y segura que en Velázquez, en el cual hay “arrepentimientos”
inconcebibles. Acierto instantáneo. Ni fatiga, ni improvisación, ni
prolijidad. Le digo á usted que estoy convencido de que éste es el
Júpiter de la pintura.
Nadie le pone el pie delante; nadie pinta más.
Nadie dibuja más tampoco; ¡mentira!
¡La gente, pintada por Franz Hals, está viva, es de carne; sus cabezas
tienen meollo, sus pies caminan!
Aquí triunfo yo de mi sueco. No puede ponerle á Franz Hals--en su
buena época--defecto técnico ninguno, ninguno, ninguno; y ante
esta perfección que parece increíble, se inclina; su recurso es
refunfuñar.--“¡Qué nos importa la verdad! ¡Qué nos importa la misma
perfección!”
Y le respondo en español: “¡Nos importa, caramba!” enviando un beso
á una figura divina vestida de azul y amarillo verdoso, uno de esos
Arqueros del Gremio, que hacen competencia á los inmortales Síndicos de
Rembrandt. ¡Verdad santa!
* * * * *
_Amsterdam._--Ya los he visto, ya he visto á los Síndicos. ¡Ya he visto
la _Ronda nocturna_! No me llame veleta. Franz Hals, de quien tales
cosas dije á usted en mi anterior, no llega á esto. Hace más... y hace
menos. En fin, en Rembrandt--y aquí nos encontramos conformes mi sueco
y yo--descubro algo que hasta ahora había buscado inútilmente en la
pintura holandesa: la superioridad del artista, de su individualidad,
respecto á la nación en que le ha tocado nacer.
Rembrandt no es “pintor holandés”, sino pintor del alma universal. Es
decir, del alma universal... artística, alucinada, soñadora, apasionada
de lo extraño.
La _Ronda nocturna_, examinada desde el punto de vista rigurosamente
profesional y de factura, muestra flojedades que sería imposible
registrar en un Franz Hals. Con todo eso, marea, confunde, sugestiona.
Es tan particular el efecto de luz en este lienzo, que nadie sabe qué
lo ilumina. Quién dice el sol, quién vota por las antorchas ó la luna.
¡Disputa baldía! Es la luz de Rembrandt, la luz que él lleva en sus
pupilas de visionario. Limsoe lo asegura, gesticulando, sobando su
rutilante cabellera escandinava: “Una de las cosas más innobles de la
pintura moderna es querer pintar todos los artistas con una misma luz.
La luz va dentro de nosotros”. Rembrandt, fulgurando desde la sombra
transparente, da la razón á mi compañero de viaje.
No lo digo sólo por este cuadro. Todos los Rembrandt que voy viendo, y
los que he visto en París y en Madrid, me subyugan por esa condición,
que algunas veces poseyó Goya; porque emiten una claridad que no
es la natural; porque son luciérnagas. Rembrandt traza una figura
completamente ensombrecida, y por cima de esa sombra sin opacidad frota
ligeramente un rastro iluminado, un destello misterioso que procede de
una cabellera, de una vestidura, de unas joyas. Es algo irreal, y sin
embargo, el cuadro está lleno de verdad. Para mí, lo mejor de Rembrandt
son sus figuras de espléndidas judías, de rabinos fastuosos, vestidos
de un brocado que alumbra.
Y á mí no me vengan con que la _Ronda nocturna_ es _Ronda diurna_.
Rembrandt sólo pintaba la noche. Es su inspiración una gran mariposa
negra.
¡Qué pintor tan divino!--Perdóneme Hals. ¡Voy creyendo que ni por ser
tan perfectamente dueño del secreto de la factura! Con Rembrandt y Hals
me sucede lo que me sucedió con Velázquez y Goya: Goya mató á Velázquez
dentro de mí. Está visto; hay en nuestras almas exigencias sin razonar
que acallan las de nuestra razón.
Á Rembrandt, á Goya, no se les puede meter en el potro del sentido
común, aunque los dos sean, quien lo duda, dos realistas. No hay
que irles con preguntas tontas. ¿Por qué ha hecho usted esto? ¿Qué
significa tal figura? ¿Cuál es el verdadero sentido de esta escena?
¿Por qué concentra usted los claros en la vuelta de la hopalanda de
este personaje? ¡Dios mío! Hay que ser muy duro de pellejo, muy boto de
sentido, para no sentir á Goya y á Rembrandt. Los dos aguafuertistas
son dos brujos, y cuando les da la gana, salen montados en su escoba á
recorrer el cielo ó el infierno.
¡Bah! Si se lo propone uno, demuestra por _a_ más _b_ que Rembrandt
no sabía pintar... Es decir, que pintaba imperfectamente. Amiga mía,
pensando en estas cosas que tanto me interesan, que son las únicas que
me interesan en el mundo, que no concibo que interesen otras, temo
volverme loco. Rembrandt y otro pintor que yo no conocía, Van der
Helst, un rival que forma con él un contraste despampanante, vienen á
dar golpe certero á los principios á que me había agarrado, y según los
cuales pensaba dirigir mi carrera.
Escúcheme usted y dígame si esto que discurro es un desatino...
Si el trabajo es la condición del triunfo artístico, como creí en
París; si ese lauro lo conquistan la regularidad, el método y el
continuado esfuerzo, entonces... Rembrandt no hubiese hecho nada. Y en
efecto, como labor concienzuda, hizo poco.--Asegura Limsoe que era un
bohemio, que murió en la miseria, que vivió entre judíos prestamistas,
anticuarios encubridores de robos y piraterías, corredoras de alhajas,
zurcidoras de voluntades, posaderos, bebedores, gente de la hampa, y
que las personas de cuenta le volvieron la espalda porque sus retratos
no se parecían ni chispa, mientras los de este Van der Helst, que ocupa
en el Museo de Amsterdam el lugar fronterizo á Rembrandt (haciéndole la
competencia después de muerto, como en vida), hablaban, eran la misma
persona fija en el lienzo. Este Van der Helst--ya le había visto en
Harlem, no renunciando á codearse con Franz Hals,--no sé si diga que
en cuanto á pintar, pintar con la mano y con la vista, no tiene que
envidiar nada á nadie. Su ejecución es un prodigio. ¡Qué caras, qué
manos, qué trajes de paño y de seda, qué bordados de plata, qué copas
de vidrio, qué limones, qué estandartes, qué corazas, qué valonas, qué
cuellos de encaje! Es la realidad; gente que tenemos ahí delante, con
su edad, su figura, sus humores, hasta los achaques que padecían. Dan
ganas de tocar ese paño, de arrugar esa seda, de dirigir la palabra
á esos buenos oficiales de la milicia ciudadana de Amsterdam. Y aun
ahora, si cierro los ojos, estoy viendo un portento de abanderado
joven, muy guapo, vestido de tisú blanco, elegante, arrogante, ¡que
debió de trastornar tantos corazoncitos! No es pintura; es _el
abanderado_. Respira. Galantea.
Bien; pues calculo yo que á esto se podrá llegar con energía y trabajo,
si se tienen algunas condiciones naturales; sí, se puede llegar, como
llegó Van der Helst (que, sin embargo, no es lo que se entiende por un
gran pintor) á pintar mejor que Rembrandt. Pero á ser Rembrandt, ¿cómo
se llega? ¡Qué demonio! Siendo Rembrandt.
Y á los que no lo somos, y, en nuestro satánico orgullo, tendríamos por
desgracia ser Van der Helst, el que pinta estas manos, estos ropajes y
estas caras... ¿qué nos resta?
¡Pegarnos un tiro!
Así se lo digo á Limsoe.--Él me aquieta con una especie de murmurio
afectuoso, dándome palmadas en los hombros y dedadas en la sien. Me
va cobrando cariño este sueco. Los extranjeros, al pronto, no parecen
cordiales; pero apenas se establece confianza...
--Note usted otra verdad muy curiosa--exclama.--Que la originalidad
del asunto falta casi siempre en las obras maestras (excepción, su
_Quijote_ de ustedes, que no tiene antecedentes, ni tradicionales ni
literarios). Mire usted los cuadros de Rembrandt. Su famosa _Lección
de anatomía_, á la cual tantas significaciones se le han atribuído, es
un tema tratado por infinitos pintores antes que él. Tampoco el pensar
antes que nadie una cosa vale ni sirve. El toque está en pensarla, y,
sobre todo, en expresarla de una cierta manera...
--¡Que yo no sé cuál es!--fué mi triste comentario.
* * * * *
_Brujas._--Aquí estoy, en Brujas la Muerta; y tengo mucho que contar.
En primer término, mi conversión al catolicismo. He renegado de la
pintura protestante; de esa pintura de género, civil, anecdótica y
nacional; y después, las confidencias de Limsoe, que en el tren--en
el tren la gente se vuelve muy expansiva, con sujetos que no hemos
de volver á ver probablemente,--me confía (después de renegar de los
trenes holandeses; los suecos son los mejores del mundo, los mejor
suspendidos, parece que se va en trineo)--el secreto de su vida y sus
convicciones estéticas.
Limsoe está triste á ratos, y no dejará de estar triste nunca, porque,
sin querer, disparándosele un arma de fuego, dejó ciego á un hermanito
suyo, á quien adoraba; y Limsoe, dentro de su santuario de arte, es...
prerrafaelista.
¡Acabáramos! ¡Cómo había de entusiasmarle Franz Hals!
De su desgracia y sus remordimientos habló poco, en frases cortadas;
después bajó la cabeza, me apretó la mano, y le vi una contracción
en la cara, tan dolorosa, que parece seguro que este hombre no se
consolará.
En cuanto á su prerrafaelismo, lo predica con unción religiosa. Espera
catequizarme.
Me ha contado los orígenes de la escuela, de los cuales, á la verdad,
á pesar de ser para mí obligatorio no ignorar esas cosas, ni la menor
idea tenía.
¡Qué demonio! los prerrafaelistas son como los duendes; todo el mundo
habla de ellos, y nadie los ha visto, al menos en Madrid y París. Sus
obras andan tan desparramadas por galerías inaccesibles, en países
lejanos, que únicamente mediante la fotografía y el grabado se pueden
conocer... mal.
Pero Limsoe dice que lo capital de esta escuela no son sus obras, á
pesar de una gran belleza, sino sus teorías, que resumen el Evangelio
del arte. Por la doctrina estética, los prerrafaelistas han abierto
tanta huella en el mundo.
Eternos son ya los nombres de Holman Hunt, Millais y Dante Gabriel
Rossetti. Fueron iniciadores, y fueron sobre todo poetas; sintieron,
se elevaron.
Hicieron estos tres muchachos lo que infinitos hacen sin que les dé
fruto: asociarse, fundar una Revista, y formar un cenáculo. Algo
tendría esta escuela, que ha salido á flote, entre tantas como
naufragan sumergidas por el ridículo.
No se lo escatimaron á ellos, pero su teoría era una perla que ningún
malandrín podía cubrir de barro. ¡Las miserias, los atropellos, las
impurezas de la labor de los modernos pintores, les enseñaron que
era preciso volver á los cuatrocentistas, artistas que profesaron
el respeto y la dignidad de su arte como fervoroso culto! Pintar
devotamente, con la pulcritud de los místicos, con su atención
grave y sostenida, sin manchones ni pinceladas rápidas, respetando
lo escrupuloso del deber y lo tierno y cándido del amor... Pintar
santamente, y si no, no pintar... ¡porque sería indigno!
Ser santo, y á la vez elegante y superior al vulgo, ¿no es un ideal
altamente estético?
Y esto sólo se hizo antes del triunfo de Rafael. La prueba de la
corrupción del arte, que sigue á Rafael y á Rubens, es toda esta
pintura holandesa. Pintura de zafios, de borrachos, de glotones. ¡Gente
que se retrata de sobremesa! ¡Gente que se retrata despedazando un
cadáver! ¡Gente que la reproducen devolviendo el vino que bebió! ¡Puach!
Limsoe se indigna, echa lumbres por sus ojos de gato rubio, y prosigue:
--Se burlaron mucho de los prerrafaelistas, y alguno de ellos,
descorazonado, no anduvo lejos de plantar la pintura y largarse al
Canadá á labrar una granja... Vino en su auxilio Ruskine, y gracias á
él no fracasó el movimiento, y sus iniciadores obtuvieron el respeto y
la atención de su época. Cada uno de los tres artistas se abrió paso,
pero, á mi ver, lo envidiable es el destino de Rossetti. Se obscureció
á medida que crecía: cada día tuvo menos público, y ese público, más
rendido, le adoró más. Cada día, los aficionados que adquirían sus
obras fueron más escasos, más inteligentes, más veneradores y más
ricos. Y cada día vivió más inaccesible al vulgacho. Es el mito de las
Sibilas: cuantas más hojas de sus libros se quemaban, más valían las
restantes...
Sin embargo, estos elegidos tienen su descendencia: no demasiado
numerosa, porque la misma substancia de la escuela repugna á lo
numeroso; porque, para entrar en las filas del prerrafaelismo, se
necesita conciencia, humildad, comunión diaria, ser puro, ser hermoso
por dentro...
El sueco hablaba así; y de pronto, encarándose conmigo, fijándome con
sus ojos de felino dulce é hidrófobo alternativamente, susurra:
--Desde que conozco la verdad en la belleza, no he cometido pecado
impuro; huyo de la mujer como de un abismo; mejor diría, como se huye
de una charca cuando se va vestido de blanco...
Lo confieso, amiga; en vez de quedarme edificado, el latino malicioso
que hay en mí se echó á reir á carcajadas... El sueco no pareció
desconcertarse por esta gansada mía. Hizo un movimiento de hombros
resignado, encontrando natural mi escepticismo, dada mi falta de
iniciación, y con sencillez infantil prosiguió su conferencia. Yo
entonces, avergonzado, le pedí excusas.
--No he debido--confesé--reirme de eso que usted me cuenta, puesto que,
al fin y al cabo, si yo no llego al extremo de abnegación de usted, el
sueño de mi arte me domina hasta tal punto, que me ha privado de la
facultad de amar. Y no he amado, ni amaré.
--¡Eso es peor, más duro, más terrible!--exclamó Limsoe.--¡No saber
amar! Yo no estrago mi vida, yo evito enlodarme, pero... pero amo, amo
de un modo sagrado, y ¡es delicioso amar así!
Sus ojos de esmeralda clara se perdieron á lo lejos, en un vago añorar
de cosas tal vez amargas, tal vez divinas.
Luego prosiguió:
--Hoy, se me figura que el respeto de todos y la admiración de las
generaciones nuevas rodean á la escuela prerrafaelista... Hay ya en
torno de ella una leyenda de gloria. Entre sus discípulos está el
excelso Burne Jones, que ha hecho revivir, en nuestra edad prosaica
por bastantes estilos (pues se ha empeñado en que posean todos los
hombres, no lo bello, sino lo útil), ha hecho revivir, digo, la edad
de la caballería, el sueño de la humanidad con alas... ¡Y qué artista
admirable es ese discípulo! ¡Qué sentimiento! ¡Qué piedad! ¡Qué
nobleza! ¡Qué altivez escondida en esa pintura tan delicada! ¡Qué
variedad, sobre todo! Porque usted habrá oído repetir por ahí--¡la
muchedumbre no sabe juzgar de otra manera!--que los prerrafaelistas
son monótonos. ¡Cada uno de estos grandes estéticos tiene su estilo
peculiar! Holman Hunt es más religioso (aunque todos son religiosos,
y no se puede ser gran artista, digo artista del ideal, sin
religiosidad); Rossetti... le gustaría á usted más, porque es un poeta
encantador, de imaginación católica, y tiene algo de la iluminación y
del don amoroso de los artistas primitivos franciscanos.
Objeté que ya es vieja la escuela, que ha transcurrido tiempo, sin que
haya logrado hacerse popular.
Me replica mansamente, con fervor de neófito:
--Ha estado en la penumbra; es una de sus grandes fuerzas. Desde
la penumbra ha irradiado sobre las almas exquisitas, sobre las
conciencias de los artistas que la tienen. Una corriente gemela de la
prerrafaelista ha producido la inspiración del inefable Wagner. En el
arte digno de este nombre, en el arte que no da náuseas, no hay sino
religiosidad, religiosidad, caballería andante, alma en busca del
cielo... ¿Sabe usted cuál es la última palabra del arte? La misma del
amor: el éxtasis.
Lo que sacó de sus casillas á mi sueco fué que yo le dijese, sin mala
intención:
--He oído que los prerrafaelistas son unos histéricos, unos degenerados.
Se puso rojo. Le había herido en lo vivo. Pero, por lo mismo que es un
convencido, no hizo explosión. Se limitó á pronunciar, conteniéndose
valerosamente:
--Sí, conozco todas las críticas, algunas infames, que se han dirigido
á la Confraternidad y á la Escuela... Los dogmas prerrafaelistas no
están cortados á la medida general. Por largas que sean las orejas
de asno de los críticos, el dogma va más lejos. No hay que preguntar
quién ataca al prerrafaelismo y al fecundo movimiento que ha salido
de él. Son los descendientes de aquel farmacéutico de Flaubert, los
representantes de la llamada razón... ¡La razón! ¡Que el Maelstroom se
la trague!
En este anatema andábamos tan conformes, que repetí, como brindando:
--¡Que el Maelstroom se la trague! ¡Amén!
Y en esta hermandad de deseos llegamos á Brujas la Muerta... No tenga
usted miedo de que le coloque la descripción; ya sé que está usted al
corriente, que ha leído á Rodenbach.
No; lo único que le diré á usted es que aquí he tenido el gusto de
ser presentado al señor de Memling... y que me encuentro en un estado
de ánimo que no sé si atribuir á la sugestión de este maniático de
Limsoe ó á los efluvios de la ciudad (reléase á Rodenbach), y noto
que involuntariamente pienso y juzgo casi como el sueco. Me acuerdo
de mis pintorazos holandeses, de sus comilonas, de sus trapatiestas y
fumaduras, _kermesses_ y tabernas; de los burgueses empavesados con
trajes de gala, de su realidad, de su tremenda verdad, y... siento la
náusea, el esguince. ¡El alma me pide otra cosa!
Esta otra cosa es Memling.
¿Será cierto que el artista murió en un convento de España? De todos
modos, nuestro misticismo no se parece al suyo.
¡Qué detalles, qué flor de sentimiento, qué novela caballeresca es su
_Urna de Santa Úrsula_! No acierto á decir si revela un devoto soñador
ó un poeta con corazón de niño.
Sobre la historia de la santa, narrada en los tableros del divino
cofrecillo, se puede hacer un largo poema. Ahora comprendo mucho de lo
que mi amigo me decía en el vagón. El sumo arte asocia lo religioso
y lo caballeresco, y salva á la religión, por medio del arte, de los
impuros contactos de la multitud. Si me acuerdo de la _Santa Isabel_ de
Murillo, y la comparo á esta _Urna_, me defiendo mal contra el desdén
de obras que admiré mucho.
No cabe duda: los Velázquez y los Franz Hals han pintado asombros; pero
¿pintaba peor, en su estilo, Memling?