Y borró el trazado del cuadro que pensaba componer con sus dos modelos:

él, envuelto en una túnica blanca que parecía vestirle de luz; ella,

esmirriada, devorada por la anemia, apagada en su ropa negra humilde,

la misma ropa suya, de lana, muy traída y pobre, postrada á los

pies del Salvador, mostrándole, no su ardiente corazón ni su rubia

guedeja, sino sus pies descalzos y ensangrentados, como si dijese:

“Mira cuánto he padecido, cuál es mi miseria, y perdona si he errado,

hasta si he sido criminal”. Para fondo de esta página, Silvio pensaba

estudiar la melancólica aridez de un arrabal trabajador de París.

Pero no se atrevió, asaltado de escrúpulos de conciencia. ¡Un cuadro

de composición! ¡Ridículas pretensiones! Dibujar, dibujar... Lo otro

vendría: estaba seguro de ello, vendría á su hora...

No era, sin embargo, la modestia lo que cohibía á Silvio. No quería

ser modesto. Sorda rebelión le alzaba ya contra el maestro á cuyo

lado trabajase. Resolvía formarse á sí propio, no gastarse en vanas

admiraciones. Se propuso tener sus númenes entre los ilustres del

pasado; erigir altares á “lo que ha sido”, practicando, si le era

posible, “lo que va á ser”.

En esta liberación interior, orgullosa, de Silvio, había algo semejante

á un comienzo de envidia, de animosidad, porque otros ya habían

llegado, y él... él no llegaría tal vez nunca... En el taller, solo,

con la cabeza de Bobita descansando en sus rodillas, esta idea víbora

se le enroscaba al corazón. “¿Y si yo no tuviese talento? ¿si, á pesar

de mi vocación, de mi terca vocación, no tuviese talento ninguno?”

El taller, mal barrido por la descuidada portera, que siempre

pretextaba quehaceres para ahorrarse trabajo, tenía ese aspecto

decaído, ese velo polvoriento que influye sobre las imaginaciones vivas

sugiriendo aprensiones de fracaso, de esterilidades del esfuerzo, de

fatalidades lentas.

Los muebles rotos y mal encolados del artista que viajaba,

desbaratábanse como si á propósito lo hiciesen. Los tapices eran

jirones. Todo gritaba la penuria del dueño de aquel refugio. Silvio

sentía, con la intensidad que adquieren las molestias minúsculas en la

fantasía de los nerviosos, el peso de tanta mezquindad, y, cabizbajo,

pensaba que ocuparía por muchos años un taller semejante, hasta el día

en que... ¿Y si ese día no llegaba nunca? ¿si él era un frustrado,

definitivamente un frustrado?

No se trataba de ningún imposible. Llegar á convencerse de que no hay

facultades excepcionales, de que no se es un genio--este drama moral

se representa diariamente, con un mismo espectador y actor.--De una

generación artística, de diez ó doce mil muchachos que caen en París

como la falena en la lámpara, ¿hay acaso cien llamados á saborear la

gloria? ¿Y por qué había Silvio de ser uno de los ciento?

Soltaba entonces el lápiz; se tumbaba en el diván, manchado y

desvencijado, del desconocido pintor en cuyos penates artísticos se

cobijaba, y dábase á pensar, no sólo en su destino, sino--con tenacidad

que él mismo calificaba de insania--en el de aquel individuo de quien

no sabía cosa alguna. “¡Qué diantre! ¡Qué me importa! Así se lo lleve

la trampa...”

Descuidando el estómago, que era como descuidar la vida, Silvio, en el

nuevo acceso de pesimismo, no salía del taller, sosteniéndose largas

horas con un pedazo de queso, con un bollo de pan.

Una mañana se sintió tan débil, en tal estado de depresión nerviosa,

que se alarmó. Empezaba á notar con frecuencia--desde que se había

propuesto observarse y consagrar sus fuerzas todas á rehacerse para

entrar dispuesto y de refresco en la batalla--que sus estados de

perturbación moral iban acompañados de trastornos correlativos en lo

puramente orgánico.

Un miedo nunca sentido le acoquinaba; el de que pudiese faltarle,

además del dinero, la indispensable salud; ¡la salud, un instrumento de

trabajo más útil aún que la moneda!

Y á ratos se le figuraba baldía tal preocupación. Sus veinticinco años

eran ó debían ser inagotable reserva vital. ¿Qué importa la debilidad

de un estómago caprichoso y delicado? Enfermedad grave... muerte...

Palabras vanas. No creía Silvio que realmente podía morirse. Ni

siquiera quería confesarse que la emoción, la esperanza, la aspiración,

en suma, el devanar de su espíritu, era justamente lo que disipaba

aquel magnífico capital de juventud y de robustez que de la juventud se

deriva.

Como quien nota la disminución de una suma en monedas de oro encerrada

en un arca, Silvio comprendía que su vigor, que su resistencia

mermaban á cada alternativa de calenturienta ilusión; pero no sacaba

consecuencias de un hecho tan constante. No podía decir que fuese

la decepción lo que le postraba; se gastaba también en los momentos

de engreimiento; le rendía el breve transporte de un relámpago de

confianza en sí mismo.

No pudiendo luchar con estas circunstancias ni trazarse un método,

porque su situación era provisional y transitoria, aplazó,

despreocupado. La previsión de la muerte no arraigaba en su espíritu,

como no arraiga nunca en el de los que forman grandes planes y tienen

demasiadas ambiciones, demasiados sueños, tela cortada para fantasear.

--Cuando me normalice de vida y de trabajo--pensó--me cuidaré mucho.

Ahora... ¿qué más da?

Una carta,--un aguijón del destino, oculto bajo un sobrecito gris

sellado con lacre blanco, exhalando el aroma de una composición

demasiado conocida, que actúa sobre los nervios,--sacó á Silvio de sus

fluctuaciones. La dirección mostraba la acaballada letra de la Porcel,

letra sin personalidad, análoga á los palotes de todas las elegantes

que han aprendido en los mismos colegios por iguales métodos, y que

han suprimido, en la homogeneidad de la moderna educación, aquellas

características patitas de mosca de antaño.

Espina, ¡cosa increíble, á no tratarse de tan extravagante mujer!,

escribía una misiva casi tierna, mimosa. Se quejaba de la soledad y

el ruido de los hoteles; se lamentaba de quebrantos de salud; hablaba

vagamente de la inaguantable necesidad de consultar eminencias, de su

insubordinación á prescripciones que la contrariaban en sus caprichos;

ensalzaba la libertad “doblemente preciosa que una vida indigna de

que nadie se preocupe de conservarla á costa de afearla y hacerla

prosaica”--y en la postdata, al descuido, anunciaba su regreso á París

hacia mediados de Octubre, época en la cual ya se ve gente y se podrá

enseñar en debida forma cierto bello retrato á las amigas.--Al leer

este párrafo, Silvio vió lucecitas en el aire; su corazón brincó como

un cabritillo. El problema de París, resuelto. ¡La Porcel, mudable como

la ola, le había perdonado y cumplía su antigua promesa!

Respondió en cuatro carillas llenas de zalamerías, de las que su

índole, en algunos respectos femenina, le permitía engastar con la

gracia de brillantes falsos en el marco de una miniatura. Era carta

amistosa, y amistosa también la que contestaba; pero cuando entre

corresponsales de distinto sexo ha mediado cierto género de conexiones,

hay un dejo de reserva sentida y de insinuación inconfundible en la

menor frase, en los giros, en los encabezados y finales. Silvio,

temiendo á los celos de Valdivia, procuró componer su carta de modo

que, muy rendida y agradecida, no transparentase la confianza material,

la especialísima franqueza que engendran determinados recuerdos.

Era la misiva, entre las de Silvio (siempre bien escritas, cultas,

expresivas), un modelo de felino halago, de infantil abandono, de

adulación quintaesenciada. Cartas así se captan los corazones. Pero

Espina no tenía, puede afirmarse, lo que llamamos corazón, excepto para

sentir la belleza más allá del mal y del bien, y acaso preferentemente

más allá del mal, gozando la fruición de lo perverso, como se goza un

sabor, un perfume, una asociación de líneas.

Loco de alborozo, Silvio se echó á la calle. Almorzó en un restaurant

menos promiscuo que los _bouillons_, socorrido recurso de los flacos

de bolsa; se invitó á media botellita de tisana, buena marca, y al

salir del comedero había formado la resolución de emprender un viaje de

arte, porque no iba á poder entretener de otro modo la impaciencia, los

días que faltaban para el regreso de Espina, encontrándose hasta sin

medio de dibujar, porque el dueño de su taller, ya de vuelta, le había

dejado políticamente en la calle. Uno de los españoles tropezados

en el bulevar, hijo de un banquero de Madrid, venía de Holanda y le

había enterado de que allí se viaja baratamente. Aún no estaban muy

escurridos los tres mil francos del candidato al trono. Silvio confió

á Bobita á su camarero, y salió aquella misma tarde hacia Bélgica,

provisto de un billete circular y algunos bonos de hotel.

No por necesidad afectiva, que sólo experimentaba en los momentos

amargos, sino por no dejar evaporarse impresiones vehementes que

hubiese deseado conservar intactas, Silvio escribió entonces casi

diario y largo á Minia Dumbría, con encargo expreso de que no rompiese

las cartas y se las guardase en un armario vetusto de Alborada, atadas

con una cinta de seda, entre _lesta_ y hojas de hierbaluisa, para

reclamárselas alguna vez, como si fueran “otra cosa”.

IV

Intermedio artístico.

_Bruselas._--Amiga insigne, este viaje es un viaje de muñecas. No

se fatiga uno; casi no siente que se traslada, porque los trayectos

son cortísimos. El más largo, de París á Bruselas, donde fecho esta

epístola, dura cinco horas. Los otros serán expediciones de puro recreo.

Voy á darme un baño de maestros, un chapuzón de pintura seria.

¿Encontraré, entre estos grandes muertos, alguno lo bastante vivo para

influir en mí, ahora, en este año de gracia, ó mejor dicho, en el que

viene, y en el cual, es infalible, ha de fijarse mi orientación?

Porque es tiempo, gentil señora... Tengo veinticinco cumplidos; estoy

en la mitad del camino--á los treinta se declina ya--y todavía no soy

nada, ni sé qué va á ser de mí.

¿Se acuerda usted de mi última carta, tan desconsolada? Era una

tontería; me apuraba sin motivo. Espina, ¡pobre enferma!, después de

haberme arañado y mordido un poco, se apiada de mí, y á su regreso, que

tardará unos días, el retrato será expuesto ante una “taza de crema”,

ya que no ante la crema toda.

Esa crema me abre el apetito. ¡Ganar, ganar, comer, comer! La crema me

gusta, por alimenticia.

Entretanto, como no puedo esperar tranquilamente, tan nervioso me

siento (¿será cierto que soy un sistema nervioso predominante y

agitado, un neurótico?), me he venido aquí, á recoger impresiones. Iba

á escribir una bobería: iba á escribir que usted no puede figurarse lo

que uno patalea cuando no encuentra dirección para su aptitud.

Yo tengo disposiciones. Corriente. ¿Con qué salsa las guiso? ¿Qué

género va á ser el mío? ¿Cuál de los maestros va á ejercer sobre mí esa

influencia primera de que no hay medio de eximirse, hasta que logre

matarle dentro de mí, después de que con su ayuda salga á terreno

firme? Quiero empezar por esclavo y acabar por rey.

Si viese usted cómo me hace cavilar y sudar todo esto...--Apenas llego

á Bruselas... (No, no tenga usted miedo á descripciones; sólo de

pintura pienso hablar.) Apenas llego á Bruselas, me entero de que aquí

existe un Museo de las obras de un solo pintor contemporáneo, que no

quiso vender ninguna; un pintor de mediados del XIX, Antonio Wiertz.

Hállase el Museo instalado en el mismo taller del artista. Tales y

tan extrañas cosas oigo de él, que corro á visitar ese Museo. ¡Un

mundo de pensamientos me sugiere! Se compone de dos ó tres salas y una

habitación donde, en alacenas, se guardan el sombrero y algunos objetos

que han pertenecido al artista, el cual no murió viejo, y, según su

retrato, tenía una figura romántica, con trova, _à faire rêver_.

Este paisano de Marbley empezó imitando á Rubens. Entonces pintaba,

lo que se dice pintar, admirablemente. Hay un torso de mujer, desnudo,

que es “un trozo” en toda regla; jugoso de color, justo y razonado

de dibujo; inmejorable. Pero después de ser esclavo algún tiempo de

la individualidad ajena, Wiertz, que deliraba por triunfar--¡como

tantos, ay de mí!--quiso aislar la propia; y no sólo quiso eso, sino

que se propuso llevar ventaja ¿á quién dirá usted? á Miguel Angel y á

Rubens, el cual no pensaba; tenía pupila y carecía de cerebro... según

dicen ahora.--Y nuestro Wiertz se echó á inventar símbolos y embadurnó

lienzos, algunos colosales, llenos de extravagancias socialistas y

pacificistas; _El último cañón_, _La carne de cañón_; Napoleón ardiendo

en los infiernos, rodeado de espectros que le increpan; los poderosos

de la tierra oprimiendo á los débiles, figurados por un gigante brutal,

un Polifemo, que con sus patazas aplasta á los compañeros de Ulises...

Todo ello parece pintado al fresco, á borrones desteñidos. Arrastrado

por su delirio, Wiertz llegó á embadurnar cosas tan horribles y tan

macabras, que no se enseñan sino á quien las quiere ver por un agujero,

practicado en un cierre de tablas, que oculta el espantajo. Uno de

los reservados es lo siguiente. Una cripta. En ella ha sido enterrado

vivo un hombre. Consigue alzar una tabla de su féretro, y asoma entre

el sudario una faz lívida y un ojo demente, y lo que este ojo demente

logra ver es una calavera en el suelo de la cripta, y una enorme araña

negra, velluda, que trepa por el cráneo...

Otra concepción, también de las reservadas, es una mujer, joven aún,

que, impulsada por la locura, la miseria y el hambre, ha cortado en

pedazos á un niño suyo de pecho y cuece en una caldera parte de él,

mientras estrecha contra su corazón lo restante...

¿Qué opina usted? ¿Es esto artístico?

Mi pensamiento me traslada á Italia. Veo ese arte sereno, luminoso de

belleza, griego bajo su cristianismo claro y floreal: el arte de los

Luinis, los Peruginos, los Botticelli... y este belga tenido por genial

me parece grotesco y ridículo. ¡Puf! Vámonos de aquí; huyamos de esta

“galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas...”

Wiertz, en su período de “desarrollo individual”, pintaba, oiga usted

esto, mucho peor que al principio, cuando quien pintaba por su mano

eran los Maestros. Entregado á sí mismo, el colorido, la factura,

fueron desapareciendo, y sólo hacía bambalinas á chafarrinones. ¡Y era

un entusiasta nobilísimo, se privaba de todo, desdeñaba el interés,

sólo vivía para el arte!

¿No es cosa de echarse á temblar?

¿Seremos chiquillos, que en cuanto los dejan solitos no hacen sino

disparates?

Aquí tiene usted á Wiertz, á un hombre con innegable talento, con

facultades de primera. Además, este hombre no era un mercader; tenía

corazón de artista, aspiraba con infinita ansia. No se contentaba con

seguir huellas. No era, sin embargo, capaz de pintar como un genio, y

pintó como un loco raciocinador.

Y yo, que le escribo á usted esto, y que he salido del Museo

asqueado,--yo no podré, probablemente, ni pintar así.--Tal vez no

consiga ni disparatar de manera que salve mi nombre, relativamente, del

olvido...

* * * * *

_Amberes._--He vuelto á encontrar al amigo Rubens, más deslumbrador que

nunca. ¿Se acuerda usted de la impresión que me produjo en Madrid, en

el Museo, este tiazo?

Aquí me acaba de subyugar (sin serme tan simpático como antes,

por demasiado sensual y carnoso). Ya la he enterado á usted de la

transformación que han sufrido mis convicciones...

Pero, piense uno como piense, Rubens aturde y emborracha.

¡Qué orgías de color regio!

Regio es poco.--Rubens es imperial.

Amberes posee mucho de lo más sorprendente que pintó Rubens.

En la Catedral hay dos trípticos soberbios: el Descendimiento y la

Crucifixión; en el Museo Plantino, infinidad de retratos--y en el

Museo del Estado, un tesoro.--Estoy dominado, más que por las obras

de Rubens, por su persona, por el conjunto de sus cualidades, por su

temperamento de Titán. Su equilibrio me causa envidia. Ese sí que no

padecía de neurosis. Le veo marchar entre una aureola de luz ardiente,

echando chispas de fragua, forjando como un cíclope, sin caer nunca en

la debilidad ni en el descuido.

Vea usted, Minia; esto es lo desesperante para mí. Por momentos, en

París, he creído en la virtud infalible de la paciencia y del trabajo

intenso. Pero hay otra cosa, superior á lo que se hace reflexivamente.

¿Pueden todos los esfuerzos y paciencias del mundo formar un

temperamento de artista como el de Rubens?

No. Eso es obra de la naturaleza. Usted, con su catolicismo, dirá que

de Dios. Bueno, de quien usted guste. De lo incognoscible.--¡Pintar

así, con esta facilidad y esta felicidad; manejar el color de esta

manera; producir esta sensación de realidad, cuando la inmensa mayoría

de sus cuadros reproduce escenas que él no pudo ver, de las cuales no

tiene el menor dato sensible, como son estas cristologías tremendas,

este _Cristo sobre la paja_, del cual envío á usted una fotografía que

nada dice--lo que hay que ver es el color,--y al mismo tiempo tener

á la realidad sujeta, esclavizada á la individualidad! Porque Rubens

grita desde lejos; avisa; planta su bandera. Yo creo á Rubens tan

prestigiosamente rico, que en cualquier época del arte se impondría. Á

todo era capaz de adaptarse, y en todo hubiese triunfado. Tiene hasta

sentimiento, sentimiento católico, muy profundo. Su cuadro _La última

comunión de San Francisco_ se traga á nuestros místicos realistas, á

los Ribaltas, á los Riberas, á los Murillos. Es la característica de

Rubens, que se traga á todo el mundo, y que, donde hay un cuadro suyo,

de los buenos, lo demás palidece, se desvanece.

Y sin embargo, en Rubens no hay esfuerzo penoso; no hay violencia de

ningún género.

Tampoco hay transiciones de maneras, ni decadencias, ni

arrepentimientos.--¡Semidiós!

Esto desespera: que nazcan hombres así, y no ser uno de ellos.

¡Pensar que Rubens, desde los primeros años de su mocedad, fué dueño de

todos los secretos, encontró su estilo, su color, su _hacer_!

¡Y qué dignidad en este Emperador! Nada trivial, todo

triunfante--porque con este colorido, estos azules, estos nacarados,

estos plateados, estos violetas--no hay asunto repulsivo, no hay

tristeza posible; lujo y fiesta todo.

¡Ay de mí! Rubens tenía lo que sospecho que me faltará siempre: acaso

los temperamentos artísticos son estómago, sangre y vigor.

Por eso su pintura--vengo fijándome, desde Bruselas--me hace un efecto

heroico. Heroísmo y elocuencia--las grandes cualidades de Rubens...

Para consolarme de no ser Rubens, y también porque necesito definir

mi estética, empiezo á buscarle defectos al mago de Amberes. Le

falta--¡vaya si le falta!--la distinción y el misterio de los

italianos, de un Bellini, de un Luini. Gesticula demasiado...

¿No sabe usted lo que me pasa? Tengo aquí un amigo. Á mi lado, en la

mesa del hotel, se sienta un viajero con el cual ligo inmediatamente.

Es un joven periodista sueco, venido á estas tierras para remitir á su

periódico noticias del movimiento socialista, que, según parece, es

importante. Pero me ha confesado que el socialismo no le da frío ni

calor, y que si los socialistas, sobre estropear la sociedad, han de

aburrir á las personas inteligentes, entonces sí que no tienen perdón;

que él escribe á su periódico lo primero que se le ocurre, para salir

del paso; que lo interesante de Bélgica y Holanda son los artistas, y

no concibe que nadie venga aquí á otra cosa que á empaparse de pintura.

Dado este modo de pensar, el sueco, que se llama Nils Limsoe, y yo,

nos hemos entendido como ladrones en feria. Nos juntamos para recorrer

iglesias y museos. Noto, sorprendido, que no está á bien con Rubens,

aunque reconoce su asombrosa personalidad. Él será lo que sea, un

coloso... pero ¿quién le propondrá por modelo, quién ha de seguirle?

Parece fácil de imitar, y no hay tal cosa. Parece que no hace nada, que

trabaja según fórmulas vulgares y previstas; pero el caso es que sus

discípulos, empeñados en sorprenderle los secretos, se quedaron tan

lejos de él... tan por bajo...

Me sublevo.--¿Y Van Dyck? ¿Está Van Dyck muy por bajo de Rubens?

Limsoe se sonríe y murmura (conversamos en francés):

--Ya, ya... Es usted un apasionado de Van Dyck, y, además, la fisonomía

de usted recuerda sus retratos... Van Dyck... Sí; es seguramente mucho

más fino y elegante, y mucho menos teatral que Rubens.

Comprendo, en la indulgencia de la sonrisa, que no le llenan ni uno ni

otro.

* * * * *

_El Haya._--Limsoe y yo hemos acordado no separarnos, visitar unidos

la tierra holandesa. Él escribe á su diario como si continuase en

Bélgica--y ni visto ni oído.--Iremos, en comparsa, á el Haya, á

Amsterdam, á Harlem.

Este sueco padece ataques de un entusiasmo frío, especie de

iluminismo--como dicen que les sucede á los nacidos en países del

Norte, cerca del círculo polar.--Yo diría de él que sufre vértigo

manso. No sé por qué me recuerda, en sus arrebatos, en sus accesos, el

célebre remolino de Poe. Lo cierto es que este mozo sabe muchísimo,

sabe una barbaridad, de mi profesión; sabe, teóricamente, lo que los

pintores siempre ignoramos. Le pregunto por qué su periódico, en vez de

consagrarle á la sociología, no le dedica á la crítica artística.

--Porque--me responde--el arte interesa á pocos lectores, y la

sociología, en mi patria, á todos. Ya escribo á veces, en una revista,

estudios sobre los artistas suecos contemporáneos; allí me desahogo...

pero me lee una minoría. Y como siempre les estoy diciendo que pintan

demasiado aprisa, y por lo tanto, mal, no pueden sufrirme.

--Y Rubens, ¿no pintaba aprisa?--le objeté.--¿no hizo en diez días _La

pesca milagrosa_? ¡Y cuidado que hay problemas resueltos en la tal

_Pesca_!

--Rubens debía de ser un fenómeno, una fuerza de la naturaleza; además,

ya sabe usted que entonces los discípulos ayudaban tranquilamente al

maestro, ejecutaban trozos enteros de un cuadro ¡Vaya usted, en estos

tiempos de lirismo, á insinuar solamente que puede ocurrir semejante

cosa!

Visitamos el museo de el Haya. ¡Alerta! ¡Qué sacudimiento!

--¿No es raro--me pregunta el sueco--que un territorio y una división

geográfica produzcan de una vez tantísimo pintor como produjo este

suelo de Holanda en el siglo XVII?

En efecto, es cosa rara. ¿Por qué hay países que crían á patulea, en

momentos dados, el pintor, el poeta, el escultor? ¿Por qué en España,

determinadas provincias son las que dan artistas, sin que exista en

ellas mayor estímulo que en otras? Los artistas, ¿somos una planta,

somos un tubérculo, fruta natural del terruño? Alguna vez que hablé de

esto en Madrid con Solar de Fierro, el buen marqués, muy inteligente en

la práctica, pero muy ajeno á las teorías, me sostenía la vieja tesis

de la superioridad de los países del sol sobre los de nieblas y frío,

explicando así que la zona artística de España sea el Levante y el Sur.

Y Holanda, ¿es acaso un país de sol?

¡Al contrario! Las humedades, las brumas, las tempestades de Holanda

han hecho á sus paisajistas y á sus marinistas.

Mi sueco, inspirado en Taine, dice que lo que determinó este frondoso

florecimiento de arte en Holanda fué la intensidad de la vida civil,

las grandes transformaciones de la sociedad, el civilismo y el

ciudadanismo de estos bátavos.

Son artistas, porque son ciudadanos, porque son comerciantes;

pero, si no hubiesen sido artistas, ¿no podríamos sostener la

tesis opuesta, que salieron ineptos para el arte por culpa de la

ciudadanía y del tráfico? En fin, por algo un país pequeño, en corto

espacio de tiempo, engendró tal hormiguero de pintores: Cuyp, Van

Ostade, Terburg--¿se acuerda usted de los vestidos de raso blanco de

Terburg?--Rembrandt--¿se acuerda usted de la luz de Rembrandt?; digo

la luz, ¡ojo!, no digo el color--Van der Helst, Gerardo Dow, Berghem,

Ruysdael, ¡qué paisajitos!; Pablo Potter, ¡ah, un tío tremendo!; Steen,

Der Neer, Hobbema...--nada, gentuza--Vandervelde... Wovermans, el del

blanco corcel... En fin, estoy aturdido. Me tienen vuelto tarumba estos

diablos de pintores nacionales, no por nacionales, sino porque sólo

retratan lo que los rodea, porque no adolecen de ideal ninguno--á lo

sumo, como Rembrandt, de un ideal lumínico,--y no sueñan; copian lo que

se les pone delante, reproducen indistintamente lo bonito y lo feo, y

acaso más lo feo... Estoy literalmente hechizado, porque ¡esto fué lo

primero que soñé yo, sugestionado con sus _Sinfonías campestres_ de

usted! Apoderarme con verdad y energía de una comarca. Eso debe bastar,

y aquí basta, ¡vaya si basta! Se confirman todos mis presentimientos.

La Quimera · 第 25 / 33 段