En la conversación de las señoras notábase cierta animosidad; el

rencor de las cuentas crueles, la eterna queja del comprador contra el

vendedor.

--Lo peor es--advirtió Espina--que se le vaya acabando la inspiración.

Dentro de poco no sabremos con quién vestirnos. Y ¿dónde andará ese

bajá de tres colas? Podía molestarse al saber que estamos aquí...

Se metió precipitadamente en el gabinetito, al lado del salón, al pie

de la escalera por donde debía bajar el modisto. Alfombran el piso

centenares de muestrarios, piezas de encaje á medio desenvolver,

adornos enrollados alrededor de cartones, cascadas de accesorios,

piezas de gasa de colores amortiguados, retazos de cintas anchas,

botonería de strass. Y Espina gritó imperiosamente á la rubia oficiala,

que la miraba entre alarmada y respetuosa:

--Advierta al Sr. Paquín que aquí estoy...

La oficiala se precipitó por la escalera misteriosa, pintada de

blanco, fileteada de oro. Entretanto, Silvio había suplicado á Espina:

“Presénteme á sus amigas... Sólo conozco á la condesa de los Pirineos,

y es fácil que ya no me recuerde... Acaso alguna se retrate...“ Y

Espina, sin calor, había presentado: “El Sr. Lago, un joven artista á

quien he conocido en Madrid...”

Bajaba el gran modisto. Silvio le miró con interés. No era un tipo

afeminado: al contrario. De aspecto militar, bigotes marciales, ojos

negros y duros, tez biliosa, se le podía llamar un buen mozo vulgar,

asargentado. Su tiesura poco galante se humanizó ante Espina y las

otras parroquianas, de la flor de su clientela. Sin embargo, se veía

que la excesiva complacencia no entraba en sus hábitos, y que aquel

empaque diplomático era lo único que llevaba como librea de distinción

sobre su basta figura.

Espina, resbalando más bien que andando por la alfombra, se le acercó y

murmuró:

--Señor Paquín, vengo con una pretensión muy extraordinaria... Que se

olvide usted de los modelos que nos enseña desde el mes de Abril, y

que me haga, para el baile de los Crouzat-Salvilly, algo inédito... Un

traje en que el rubí...

El modisto, frunciendo el ceño, herido en su infalibilidad, respondió:

--¿Cómo? ¿La señora querría...?

--Algo inédito, he dicho... Y algo que me hiciese usted el favor de no

reproducir en un par de meses, ni para expedirlo á Australia. Vamos,

prense usted la imaginación...

--¡Oh! ¡Señora!--murmuró el bajá dignamente.--Espero que no necesitaré

gran esfuerzo para encontrar algo delicioso... Indíqueme la señora

Porcel su idea, y daré instrucciones á mis dibujantes, y someteré á la

señora...

--¡Sus dibujantes de usted!--recalcó Espina.--¡Si están como los

caballos de los fiacres! No, Paquín... Se trata del baile de los

Crouzat, de algo serio, ¿eh? Me he traído el dibujante, el compositor,

el artista en elegancia... Aquí le tiene usted. El señor, en este

terreno, es un hallazgo, un tesoro... Me ha de dar usted gracias, y no

ha de querer soltarle, así que pruebe sus servicios...

Sin saber qué responder--no estaba en las costumbres de la casa aceptar

personal en semejante forma,--el bajá guardaba silencio, y Silvio,

atónito al pronto, convulso de ira con los verdes ojos anegados en

sombra, se lanzaba hacia la señora, atropellando exclamaciones:

--¿Qué dice usted? Pero ¿qué está usted diciendo?

--¿Qué le pasa?--repuso ella.--No sea usted niño, no lleve usted la

modestia á extremo tal. Nadie ignora en Madrid las disposiciones

de usted para la moda. ¿De qué se alarma? Le estoy situando en su

verdadero terreno, y creo serle útil al recomendarle á Paquín. ¿Qué?

¿Lo toma usted á ofensa? ¡Bah! Bueno. No hablemos más.

La extraña escena había fijado la atención del grupo de señoras. Se

entremiraban y miraban á Silvio, cuyo rostro, demudado, podía alarmar.

Y la Villars-Brancas y la de los Pirineos, muy amigas, cambiaron

expresiva ojeada, como diciéndose: “Aquí hay algo más de lo que sale á

la superficie...”

Silvio se había dejado caer en una silla. Su respiración era anhelosa;

una resaca violenta hacía palpitar sus hombros y su pecho. Espina se le

aproximó. Le prodigaba explicaciones.

--Vamos, no sea usted así... Sobre que hace uno las cosas con la mejor

intención... Pero vamos á ver: ¿qué tendría de particular que usted

me dibujase un traje? ¿Es algún delito? ¡No sabe uno de quien echar

mano para presentarse bien! Y usted, aunque se enfade, ¡viste tan

divinamente! ¡Si viese usted, Sr. Paquín! ¡Sedúzcale con proposiciones,

por si le restituímos á su verdadera vocación!...

El artista temblaba con todo su cuerpo; se torcía las manos para

contenerse; sentía, con fuerza casi irresistible, la impulsión

destructora, el ansia de abofetear, de herir, de gritar improperios, de

hacer algo afrentoso, de proferir, como quien escupe: “Esta mujer que

así me habla y yo...” ¿Qué se proponía Espina? ¿Qué monstruosa venganza

era aquella? ¿Qué goce para su estragado espíritu? ¿Cabía bañarse así

en el agua amarga del ajeno sufrimiento?

No se acordaba Silvio de que la indiferencia moral, el desprecio

á la humanidad, de Espina, le habían parecido en Madrid sello de

naturaleza escogida y artística, picante atractivo de su trato y su

persona... ¡Cuánto daría ahora por beber la expresión de la piedad y la

generosidad en unos ojos humanos! ¡Oh, Clara!

Se volvió, como si buscase... y encontró los ojos de la condesa de los

Pirineos,--alta señora, encantadora mujer, que no ha sido muy bella

nunca, pero tiene como nadie el aire de la distinción y dignidad social

que prestan una biografía diáfana y el hábito de recibir el homenaje

del respeto,--fijos en Espina con extrañeza y reprobación. Y la voz de

la dama, mesurada, simpática, pero firme, pronunció, con ese acento

sorprendido y algo irónico que manifiesta la censura entre gente de

educación exquisita:

--_Charmante_, no insista usted, se lo ruego... Se ve que su concepto

acerca de las aptitudes del señor Lago, á quien usted misma me

presentó en su casa como artista de porvenir... ¿no se acuerda? en un

almuerzo tan grato como todos los suyos, no está de acuerdo ni con los

propósitos que á él le animan, ni tal vez con la realidad. El Sr. Lago

aspira á otra cosa, y sus amigas--la Pirineos recalcó ligerísimamente

la palabra--deseamos que las aspiraciones del Sr. Lago se realicen.

No respondió Espina sino con imperceptible mohín. No se atrevió á

revolverse. Encogió los hombros, sonrió á medias.

Bajo la influencia de la emoción, Silvio se llegó á la Condesa, tomó

su mano y la besó, murmurando:

--Gracias...

Después se inclinó ante las otras señoras del grupo, que, reservándose,

habían asistido al incidente, y salió sin despedirse del modisto, el

cual,--envarado y engreído, de pie entre los retazos de encaje, los

muestrarios y los metros de gasa desplegada y arrugada por el jaleo

de las demostraciones á las parroquianas antojadizas y hartas de

trapo,--continuó oficiando de pontifical.

* * * * *

Los días que siguieron á este episodio, mejor dicho, los meses, fueron

para Lago de lo más sombrío de su existencia. París se había quedado

sin gente conocida; una calma provinciana aletargaba sus calles. El

calor de Agosto, unido á las vacaciones, vaciaba la capital. Silvio,

en su cuartito de la fonda, amueblado sucintamente, con lavabo, cómoda

y percha, y del cual, según la detestable costumbre de los hospedajes

franceses, no habían retirado alfombras ni cortinas, se consumía y

achicharraba. En su aplanamiento, algunos días le faltaba resolución

para trasladarse al taller. Además no podía gastar en modelo. Su escaso

peculio se disolvía como azucarillo en el agua.

Valdivia y la Porcel recorrían entretanto castillos y playas, asistían

á fiestas, se mecían en terrazas colgadas sobre puntos de vista

maravillosos, oreadas por la brisa de mares azules, soñados. Así por

lo menos se lo imaginaba, en su despecho, el joven artista, abandonado

y burlado por los que le habían traído á Francia. Desde lejos se ve

sólo el aspecto brillante y teatral de las existencias, y se oculta

su elemento trágico, fatal. Acaso, en Madrid, gentes de la Sociedad

de Acuarelistas ó del Círculo de Bellas Artes, cocidas en el horno de

ladrillo matritense, fantaseaban sobre el tema del viaje de Silvio, y

en vez de representárselo paseando con melancolía los malecones del

Sena al atardecer, en busca de un poco de aire fresco, se lo figuraban

libando placer y gloria, entre los halagos de la fama, en camino

de la reputación universal, hacia cuyo templo le empujaban bellas

ensortijadas manos.

En realidad, Silvio no podía decir que le sucediese ninguna grave

desgracia. Traducido en prosa su contratiempo, era sencillamente la

_cebolla_ del verano, que alcanza desde el humilde obrero al industrial

y hasta al artista. Los ricos--¡qué milagro!--se zafaban en busca de

diversión y salud, á balnearios y costas: en los ecos mundanos del

_Fígaro_ había leído Silvio el nombre de Marbley entre los concurrentes

á unas termas alemanas, donde también se encontraba Espina. Pensó si

se habrían citado allí los dos antiguos cómplices. “¿Por qué no?”--se

dijo, alzando los hombros. Y añadió para sí:--“Á poder, también iría...

Ó sencillamente, me tumbaría á la sombra de mis cuatro árboles viejos

de Záis, á recoger impresiones de paisaje, apuntes y tipos de las

celestes Mariñas...”

La decepción se manifestaba en Silvio por ese afán de estar en otra

parte, nostalgia del rincón natal, suspiro de “alas como de paloma”.

Hay períodos en que, sin ningún suceso grave, el horizonte se cierra

en niebla, y el suelo que pisamos se convierte en arenal abrasador. La

dorada fantasía se convierte en la imaginación calenturienta, y todo se

tiñe de obscuro, se baña en océanos de tristeza y desencanto.

Silvio veía á París como un Sahara. Ni los tesoros de los museos,

ni los umbríos y afelpados parques, ni lo regado y perfumado de sus

limpios jardines--la República los cuida regiamente,--ni el cuadro

de su actividad persistente en medio de los rigores de la estación

quitaban á Silvio la manía de que se encontraba, viajero rezagado

de la caravana, en un desierto. Le oprimía la soledad infinita de

los centros populosos, donde todavía no echó raíces nuestra alma.

Creía Silvio perdida del todo su campaña en el extranjero, su carrera

interrumpida... ¿hasta cuándo?

Con Espina, era evidente, no podía contar. No sólo no le ayudaba,

sino que le aborrecía con el odio que engendran las decepciones

humillantes; conspiraba contra él; se complacía y gozaba perversamente,

con refinamiento torturador, en destrozarle. Ella misma--no podía ser

nadie más--había provocado los tardíos celos de Valdivia, para robarle

la protección eficaz del brasileño. Con cálculo pérfido, había traído

á Silvio á París prematuramente, á fin de hacerle regresar á Madrid

avergonzado. ¿Cómo ingresar en el taller de un maestro francés, allá en

otoño, si no podía sostenerse, si no salían retratos, si las brillantes

perspectivas eran espejismo puro?

Todo parecía decirle que en París no se improvisan ni fama, ni gloria,

ni aun dinero. Rápidas surgen á veces las reputaciones; en arrebato de

locura brinda sus labios la parisiense, pero en esto, como en todo,

bajo su apariencia alocada, es reflexiva, tienen en cuenta muchos

antecedentes. En un día salda cuentas de años. Parece caprichosa, y ha

calculado... La parisiense no se deja sorprender.

La pérdida de la esperanza trajo á Silvio á un estado de

entumecimiento, como parálisis de las energías orgánicas de la

vitalidad. Extremoso, creyó tabicado el porvenir, y dió por cierto el

fracaso de sus aptitudes; la vida destruída, terminada en la sombra.

Rendido, pasaba horas enteras echado sobre la cama, sin ánimos para

salir, arredrado por el calor creciente, asfixiante. Los rigores

estacionales eran, sin embargo, pretexto; la verdadera causa, la rabia

del intento frustrado. Hubo instantes en que la idea del no ser le

halagó, como halaga la de dormir tras jornada fatigosa, en la cual

se han sufrido ansias de agonía. ¡Dormir siempre! “Si yo temiese á

esto--murmuraba para sí,--no sería cobarde: sería sencillamente necio,

pues lo único tolerable es dormir... ó soñar.”

En medio del agotamiento de sus fuerzas, persistía un ansia que

ya no era de gloria: era sencillamente--achaque de infelices--sed

inextinguible de bondad humana, de entrañas compasivas. Empezaba por

compadecerse á sí propio; se declaraba y reconocía enfermo, solo,

abandonado, pobre, despreciado, en París, entre la indiferencia

ambiente, la sordera espléndidamente cruel de una ciudad inmensa; y

en su necesidad momentánea y egoísta de afectos, decidió escribir á

cuantos creía sus amigos, para obtener de ellos una palabra cariñosa.

Era de los que, aniñadamente, necesitan piedad y amor cuando se sienten

tristes, sin cuidarse mucho de cultivar ese amor en los instantes de

prosperidad. Como quien recuenta el dinero de su bolsillo, pensó en los

que sincera y desinteresadamente le habían amparado: se acordó de las

Dumbrías, de la Palma... y también, con añoranzas tardías, de Clara

Ayamonte. Hubiese dado algo por sentarse á la mesa de las Dumbrías; por

oir aquella palabra, á veces dura, siempre franca y llena de interés

hacia los fines altos de la vida, de la famosa compositora. En un

periódico francés encontró, por casualidad, un elogio de las _Sinfonías

campestres_, el anuncio de que iban á ejecutarlas en un concierto,

y se conmovió, como si aquello fuese para él distinción personal,

halagüeña recompensa. Tomó la pluma y escribió á Minia, á la Palma,

cartas extensas, íntimas: la de Minia, humorística y respirando por la

herida, llena de caricaturas modernistas de la Porcel, representada por

un vampiro con sombrero de plumas, ó una melusina, que entre el esbelto

rebujo de las ropas saca su cola de serpiente.

Vino una tarde en que se resolvió á escribir á la Ayamonte. Era un

billete extraño y breve, especie de desesperado llamamiento de un

alma á otra alma. El billete le fué devuelto sin abrir, con lacónicos

renglones del confesor de la novicia.--¡Era tarde!--frase en que la

cronología responde de tantas irremediables desventuras.--Y, por otra

parte, Silvio había trazado la carta sin objeto: ni se prometía ni

ansiaba la respuesta, el perdón, que hubiera podido otorgarle una

mujer de sentimientos menos serios, de alma menos encendida y noble.

Para responderle, Clara le había querido demasiado, y quería demasiado

ahora, con profundo y fiero amor, á su Esposo _de allá_.

Las Dumbrías, la Palma, tampoco respondieron. Minia se encontraba

entonces absorbida por trabajos que no la permitían despachar

activamente su voluminosa correspondencia; la Palma había emprendido

el viaje de verano á Alemania, y las letras de Silvio no la llegaron,

cargadas de direcciones y tachaduras, hasta un mes después. Silvio,

impaciente, esperaba respuesta á vuelta de correo. No recibirla le

pareció ingratitud, desvío y terquedad de su infortunio. “Está visto:

nadie se acuerda de mí”.

Entonces le hostigó la idea de regresar á España. Pasaría el resto del

verano en Alborada, con las Dumbrías, patriarcalmente, y á la entrada

del invierno volvería á Madrid, seguiría haciendo retratos y retratos,

hasta que se le cayese el dedo índice. Todo menos continuar en París

sin utilidad y sin un solo amigo. Una tarde, en el bulevar, se puso,

instintivamente, á seguir á dos transeuntes: un joven elegante, una

señora entrada en años, que hablaban español. La conversación más

indiferente é insípida: molestias del viaje, comodidades del hotel,

detalles de una consulta médica. Silvio bebía, no las palabras, sino su

sonido, la cadencia de la lengua patria. Se acordaba de discusiones con

Minia Dumbría, que es patriota ardiente y tenaz; de alardes suyos de

indiferentismo y cosmopolitismo. Se reía de su chifladura, y continuaba

detrás de la señora y el mozo, hasta que en la esquina de la calle

subieron á un coche.

“Para regresar á España, como para todo”--pensó Silvio--“se necesita

dinero”... Hizo un balance, el fácil balance de los pobretones. Debía

en su hotel más de doscientos francos de pensión, en el taller un mes

de alquiler, y tenía disponibles quinientos francos por junto. No había

medio de salir de allí. Por otra parte, llegado el momento de preparar

la maleta, el anzuelo de París, del París todavía inexplorado y arcano,

le enganchaba el corazón. Escribió una carta respetuosa y sincera al

pretendiente al trono de Albania, manifestándole que Valdivia se había

olvidado de cumplir su encargo abonando el retrato; y agregaba la

cuenta, los dos mil francos, precio francés. Esperó con ansiedad la

respuesta. Era posible y natural que se retrasase, pues las señas que

habían dado á Silvio en la garzonera del pretendiente no eran seguras.

Se comprendía que las facilitaban con cierto recelo. No siempre

conviene decir por dónde andan los rondadores de coronas.

Mientras aguardaba, proyectando marcharse apenas recibiese el _cheque_,

su afectividad, dolorosamente exacerbada, se concentró en lo único

que tenía á mano. Bobita, la danesa, habitaba en el taller. La

portera la mantenía, mediante un franco diario, quejándose siempre

del feroz apetito del joven animal, que tragaba, decía la comadre,

como un león. Silvio había convenido en que á Bobita nada le faltase:

pan, leche, despojos de cortaduría... La perra medraba con rapidez

asombrosa; su cuerpo cenceño, enjuto, largo, se cubría de fuerte

terciopelo raso, color ceniza de cigarro fino. Su hocico fresco, que

exhalaba aliento sano y tibio, se guarnecía de dientes como almendras

acabadas de mondar. Tenía los ojos zarcos, preguntones, candorosos. En

cualquier posición que adoptase había donaire y vigor, la vitalidad

de la juventud animal, sin melancolías ni ensueños. Al entrar su

amo, se lanzaba sobre él, juguetona y acariciadora, exigiendo que la

entretuviesen, que la sacasen á pasear por ahí. Y Silvio, enternecido,

prendado, la daba nombres infantiles, “Bobirrita, Bobirris,

Bobitesoro”, y, con goce de abnegación, la sacaba á la calle, se

encaminaba á sitios donde la danesa hubiese de encontrarse á gusto, y,

á pesar de las apreturas de bolsillo, la compraba pasteles, galletas,

bizcochos, un collar de cuero rojo con cascabeles de plata. Antes de

despedirse de ella, en el taller, hasta el día siguiente, la besaba con

locura la suave piel del hocico. La portera, para designar á Bobita, no

decía sino “el amor”, y Silvio, al pedir su llave, preguntaba:

--¿Y el amor? ¿Me lo ha tratado usted bien, madama Laroche?

Así como al prisionero le bastan un jarro y una tarima por mobiliario,

porque la desgracia ha reducido sus necesidades, á Silvio, en aquellas

horas de desamparo, le bastó, para no languidecer del todo, Bobita. La

perra ocupaba mucho, molestaba, imponía obligaciones; era, pues, capaz

de llenar la existencia, más que si sólo divirtiese un rato con sus

caricias locas.

Quince días después de echada al correo la carta para el pretendiente,

cuando ya Silvio desesperaba, llegó la respuesta, con sellos

austriacos. Era del secretario; contenía libranza de tres mil francos

y las gracias más expresivas por el acierto con que había desempeñado

Silvio su misión.

Por las venas del artista se derramó alegría; su depresión desapareció

instantáneamente. “¡Cualquiera pensará que soy un codicioso!” Su dicha

era tanta, que le costaba trabajo no bailar, no abrazar á la camarera;

al fin lo hizo, bromeando, y mientras la sirviente protestaba y se

reía, sacó del bolsillo cinco francos y se los puso en la diestra.

--Ahora creo yo--pensaba al bajar las escaleras--que este señor tiene

derecho á la corona... ¡Me envía mil francos más!... ¡Rey, y muy rey,

le llamo!

Con recursos ya, se borró--como se borran las ideas de los momentos

obscuros ante la sonrisa de la esperanza--el propósito de regresar á

España y refugiarse en una aldea. Alborada se esfumó entre lontananzas

y brumas. “¡No vuelvo allá hasta ser célebre!” escribió á Minia, en

respuesta á una postal de la compositora.

¡Quedarse en París! ¿Cómo se le había podido ocurrir otra cosa? ¿Qué

fuerzas humanas le apartaban á él de aquel foco de fiebre artística?

Quedarse, estudiar, esperar la vuelta de los emigrantes... Ya empezaban

los bandos de golondrinas á acogerse al alero. En los bulevares, en

el patio del Gran Hotel, en las aceras de la calle de la Paz, Silvio

encontraba otra vez conocidas españolas, de paso hacia la frontera, que

se detenían á hacer provisiones de trapetería para el invierno próximo.

Algunas pensaban prolongar su estancia hasta que empezasen á afilar sus

cuchillos los cierzos del Sena. Silvio aceptó dos ó tres invitaciones

en restaurantes de fama. Lo que nadie le proponía, era un retrato. Se

dió cuenta de lo mucho que había influído en el alza y hervor de su

mercado de Madrid, la rutina que empuja á la sociedad á atropellarse

en un mismo punto. No le preocupó ni mucho ni poco. Estaba en plena

racha de entusiasmo y labor de otro género, labor libre. Como si la

subsistencia asegurada le restituyese las vitalidades de la voluntad,

se preparaba, por medio de fuertes sesiones de modelo, al ingreso en

un taller magistral. Así como así, el dueño del suyo regresaría, y se

le imponía el problema de no poder dar pincelada si no buscaba dónde

trabajar.

Sus modelos--la hembra, una criatura delgadita, sin plástica, con

algo de airoso y delicado en las líneas, la gracia parisiense, que se

percibe hasta en la mujer despojada de sus ropas, y el macho, un guapo

borrachín en la flor de la vida, no desfigurado aún por el abuso del

alcohol--le referían indiscreciones de taller, rarezas de artistas

famosos, lances de pingües ventas de cuadros, que no se colocaban

en París, y que un cliente americano paga carísimos, llevándoselos

inmediatamente en una caja de embalaje. Se veía que este aspecto

lucrativo de la profesión artística era lo que danzaba en la cabeza de

los pobres diablos de modelos, cuya existencia precaria se revelaba

en la empobrecida constitución de ella, en los estigmas con que el

alcohol, recurso contra el hambre, empezaba á marcar la cabeza hermosa,

de Cristo rubio, de él. Á Silvio se le ocurrió aprovechar aquellas dos

figuras para la composición de un cuadro religioso: una arrepentida,

la Magdalena de hoy, semitísica, y un Jesús triste y grave, que, al

perdonarla, perdona también á la humanidad, no porque haya amado mucho,

sino porque mucho ha sufrido y sufre. Esta idea, la compasión de Jesús

por la humanidad, simbolizada en una mujer consumida de privaciones,

mostraba cuánto camino había andado el pensamiento de Silvio desde los

tiempos en que las burdas y enérgicas reproducciones de una naturaleza

sin alma eran su canon de hermosura. Como sucede á ciertas mujeres

desatadamente soñadoras, que agotan las emociones de una pasión sin

que llegue á saberlo el mismo que es objeto de ella, Silvio había

agotado ya dentro de sí, antes de realizar obra alguna de cuenta,

la virtualidad de una teoría estética, atravesando las landas del

naturalismo y abandonándolas.

Ahora era un idealista, un moderno, y lo que perduraba de sus

devociones antiguas, lo que practicaba con mayor fanatismo si cabe,

era ese culto del dibujo firme, concienzudo, ahondado, que cada día

prestaba mayor seguridad á su mano y mayores vuelos á su imaginación

misma, en la cual la forma sensible de las cosas, lo concreto del

espectáculo natural, se enriquecía y extendía, pronto á servir á la

concepción ideal del poeta que siempre había existido en Silvio, y que

se revelaba lleno de sentimiento y de efusión interior. Un Silvio nuevo

surgía como la imagen sobre la placa fotográfica cuando la sumergen

en el baño reactivo. Ya no aspiraba á la obra fuerte, al trozo de

realidad: quería, en esa realidad, realizarse él también, derramar su

propia esencia, dominar con su yo lo externo, penetrándolo.

--“Pero--meditaba--no es posible imponerse por sorpresa: antes hay que

arar, ser buey, para poder ser algún día arcángel, como Millet ó como

Moreau”.

La Quimera · 第 24 / 33 段