los honores, manifestando á Espina rendimiento galante: la actitud
correcta de un hombre versado en el protocolo mundano ante una mujer á
quien debe la más honrosa de las condescendencias... Excusándose de no
ofrecerla el brazo, por lo angosto de la escalera, sin hacer al pronto
caso de Silvio, el belga guió á sus visitantes, y ante ellos subió al
tercer piso, ocupado enteramente por el taller; en el segundo tenía su
vivienda. El taller impresionó á Silvio: tan ideal lo encontró para
sus retratos. Proscribiendo la mescolanza de antiguallerías, ya tan
trillada ó más que los salones amueblados por tapicero, Marbley había
arreglado su estudio sólo con mobiliario, telas y obras de arte de un
mismo período, del legítimo estilo Luis XV francés, sin adulteración
de barroquismo ni confusión de épocas. Tallas doradas, sedas rameadas,
porcelanas, bronces, retratos de pelo empolvado y amplios _paniers_,
todo había sido adquirido por Marbley con fino olfato de coleccionista;
porque el belga, eternamente mediocre, poseía los dones críticos, y
jamás se equivocaba en un regateo ni en una compra. Realizaba negocios
buenos, colocando entre su clientela americana objetos conseguidos á
precios aceptables, y revendidos, sin conciencia, á precios locos.
Primero le asparían que confesase este tráfico, pues aspiraba á que
todo su lujo se atribuyese á la ganancia de sus pinceles. Siempre
que vendía, aparentaba sacrificarse y desmembrar sus colecciones;
pero lo que adornaba su taller no lo enajenaba jamás. Esperaba al
yanqui, trasudando petróleo, ó al boyero de la América del Sur, que en
capricho, tanto más vehemente cuanto menos razonado, pusiese por el
conjunto, realmente admirable, una fortuna.
Silvio detallaba, embelesado, los canapés y sillones de Beauvais,
tapicería tramada de seda, con su franja mágica de tulipanes y
narcisos, granadas y uvas; los vasos de Sevres, azul y blanco, que
han pertenecido á la Pompadour y parecen delatar la mano de adornista
de Fragonard; los mueblecillos de marquetería, con delicadísimos
bronces cincelados; el reloj rococó, que al dar la hora toca una
música que habla de fiestas pasadas y amores muertos; los Clodiones,
en que travesean amorcitos hoyosos; el techo, obra de Natoire, escena
mitológica, rubia y rosada, con senos de perla, vuelos de tórtola,
lazos y carcajes; toda la molicie del siglo.
--Sin talento, sin probidad artística, se puede obtener esto en
París--pensaba Silvio;--y acaso algún muchacho genial muere de hambre y
calor en una buhardilla emplomada.
Tenía Marbley el físico de su especialidad, ya ofendido por el tiempo,
y se susurraba que, temeroso de la vejez, andaba á caza de algo
pingüe, santificado y asegurado por la bendición. Era alto, robusto
y esbelto aún; bajo su elegante blusa de taller, de seda clara, que
le refrescaba y animaba la tez, salteada por arrugas y pliegues de
fatiga y libertinaje, llevaba, con alarde de originalidad bohemia, en
realidad para no congestionarse, descubierto el bien modelado cuello, y
la garganta blanca y sin nuez visible. Su pelo rizoso, donde brillaban
hilos plateados, le formaban diadema á lo Lucio Vero, caracterizando la
figura con sello artístico. Gastaba una barba aparentemente indómita,
sin recortar; pero el descuido era cosa estudiada, y aquella barba la
impregnaban esencias, la había recorrido mil veces el peinecillo de
concha rubia con cifra de plata. Marbley tenía un tipo entre flamenco y
español, una cabeza conquistadora, á lo Rubens, cálida, sanguínea; raza
de hombres que, de mozos, se gastan por el amor; de maduros, por la
gula. Y, en efecto, Marbley empezaba á abusar de los sabios cocineros
de palacios y clubs.
No era fácil casar la persona y la pintura de Marbley. Silvio conocía
su _Harem turco_, obra de juventud, brote de savia pronto agotada,
y, juzgándole por su mejor página, profesábale cierto respeto. Quedó
estupefacto ante lo que mostraba el belga: el ampuloso retrato de una
dama chilena, uno ó dos estudios de paisaje--composiciones amaneradas,
plagiarias, de colorido falso y pobre.--Por mucho que Silvio se
despreciase y rebajase, en su ardiente humildad de catecúmeno, no le
era posible comparar con aquella desdicha sus pasteles. En éstos,
siquiera, convenía reconocer gentileza, fluidez, elegancia de postura,
leve idealidad, mariposeante por cima de lo facticio y afeminado del
procedimiento; pero en la producción del belga no había sino la nulidad
irremediable, la esterilidad de páramo, la angustia del manantial
seco. Veíase que el talento de Marbley había sido flor de juventud,
ese renuevo de poesía que coincide con la inquietud sexual, brote de
primavera que agosta el estío. Quedaba un fracasado resuelto á pelear,
no por la gloria, sino por el provecho. Lo peor era eso: Marbley,
convencido, amargamente desengañado, no cejaba: iba á su fin sin
escrúpulos. Para no carecer de su clientela rutinaria y antojadiza, de
rastacueros y _snobs_, apoyábase en la mujer, tejía complicadas redes
galantes, en que sólo á fuerza de estrategia no se enredaba también;
no perdía ripio en las salonerías. Espina era un alfil de su juego de
ajedrez; últimamente, se había sentido abandonado por ella, y lo creía
imposición de los celos de Valdivia, hasta que llegó á sus oídos el
anuncio de la próxima exposición de un famoso retrato “de las rosas”,
del cual contaban y no acababan; y cuando, poco después, supo que el
españolito retrataba al pretendiente de Albania, olfateó el riesgo.
Una conversación con Aladro previno el primer éxito de Silvio. Quedaba
en perspectiva el segundo, y pendía de un capricho de aquella criatura
tornadiza, la Porcel. Al verla entrar con su _petit espagnol_, sintió
aguda punzada de despecho. ¡Hola, hola!
Aparentando no mirar á Silvio, de reojo le detalló analíticamente.
Reparó la distinción y afinamiento del tipo, la dulzura atrayente
de los verdiazules ojos, la juventud y romanticismo de la figura,
inspiradora de simpatías fácilmente transformables, el prestigioso
parecido con los retratos de Van-Dyck... Y percibió además--Marbley
de tonto no tenía un pelo--la pasión estética, el entusiasmo, la
orientación todavía vacilante, pero de seguro honda y feliz, del
artista en marcha hacia su sueño; leyó el fervor del neófito, y
descifró algo más mortificante: la triste sorpresa, la mal disimulada
decepción que su labor causaba á Silvio. Observó cuánto se le
atravesaba la frase cortés de encomio, ante un cuadrito de caballete,
escena galante, que parecía, á fuerza de lamedura, un esmalte
industrial. Y como en la conversación saliese á plaza el nombre de
Millet, Marbley presenció la ferviente efusión de Silvio ante los
maestros. Adoptó entonces el belga un continente reservado, la actitud
discreta, hermética, con la cual la superioridad se sitúa á distancia;
su media sonrisa fué condescendencia de soberano que no se digna
descender á discutir. Espina encendía ya su emboquillado, después de
rehusar las golosinas y aceptar el té amarillo que una criadita, de
cofia y mandil de nieve, acababa de servir en tazas de Sajonia muy
auténticas, enguirnaldadas de peonías y rosas. Recobrando su animación
tocada de fiebre, pronunció sonriente la Porcel:
--Maestro, no haga usted mucho caso de las opiniones de este novicio...
Rectifique usted sus errores... Acaba de desembarcar; viene de Madrid á
probar fortuna. No aspira, naturalmente, á llegar á su altura de usted;
pero, como en Madrid le han mimado mucho, se ha salido de sus casillas,
y rebosa ilusiones. Se propone retratar á las guapas de París, porque
en Madrid no se le ha escapado una; y aunque yo le advierto que aquí no
son tan fáciles de contentar...
--¡Oh!--exclamó Marbley, ya en situación, secundando á Espina,--aquí
tiene el público su gusto artístico muy educado...
Silvio estaba absorto, ante una acometida con la cual no contaba.
Sintió unas uñas de gata rabiosa que le arañaban el corazón. Bajo el
destile de ponzoña, palideció. Algo candente subía por su garganta.
Espina le vió inmutado, y amainó.
--Ya, ya tendrá usted ocasión, maestro, de admirar los prodigios que
hace el muchacho. Me ha retratado en Madrid, y pienso reunir algunas
amigas para que vean... Ha sido en España un acontecimiento el tal
retrato.
--¡España! ¡Qué hermoso país!--murmuró chanceándose el belga.--Allí el
naranjo florece...
La intención satírica de la frase no se le escapó á Silvio. Embromaban
á Espina con él, y explicaban por capricho amoroso la protección que
ella parecía concederle. Ardiente rubor sustituyó á la palidez de antes.
Espina, tranquila, miraba á Marbley como si no comprendiese. Nadie la
igualaba en estas comedias de candidez y asombro.
--Maestro, le ruego que no tome en broma á mi protegido--y recalcó la
palabra _protegido_.--Indulgencia: los que llegaron á la cima no deben
ser rigurosos con los principiantes. Ya verá usted... Su retrato no
está mal. Sobre todo, Lago sabe vestir. Eso sí que sabe. Yo le digo que
en algunos de nuestros grandes talleres de modistería le sería fácil
ganar dinero.
Escuchaba Silvio, petrificado. No entendía si era mofa, si era odio, si
era aturdimiento, lo que dictaba la inconcebible conversación. Dudaba
entre protestar, tomar el sombrero y desfilar, ó hacerse el tonto.
Al fin se le desató la lengua, á pesar suyo.
--¡Me presenta usted bien--gritó--para que el Sr. Marbley forme de mí
un concepto original! ¡Sastre de señoras! Mil gracias... ¿Qué pensará
de mí el ilustre autor del _Harem turco_?
No podía caer peor la reminiscencia. Para desazonar á Marbley, bastaba
recordarle el _Harem_, lo único verdaderamente sentido y franco que su
pincel produjo. ¡Tema! ¡Todos habían de ensalzar el dichoso _Harem_! La
singular rivalidad de un artista consigo mismo, el despecho furioso de
haber tenido talento un solo día de la vida, podían tanto con el belga,
que había momentos en que, no acertando á repetir ó superar su obra,
sentía deseos de quemarla. Exasperado, pronunció entre dientes:
--¡Ah, sí, el _Harem turco_! Ya recuerdo... Labor de muchacho... Como
usted no conoce lo que hice después... He enviado á los Estados Unidos
mi producción seria. Aquí ni siquiera expongo; mi mercado no está aquí.
Era su artimaña, asegurar que expedía de cuando en cuando una obra
fundamental á Norteamérica. Las expedía, sí; pero eran ajenas,
antiguas, y algún que otro retrato hecho á las aves de paso en París, y
remitido en cajas de magnífico embalaje, lo mejor del envío...
--Nada tendría de extraño--pronunció Silvio incisivamente, pues sus
nervios triunfaban--que algún día conociese yo esas obras de usted.
Deseo recorrer esos países... Suplícole me dé nota de los museos y
colecciones particulares donde pueden verse. Además, me figuro que los
periódicos de arte habrán publicado reproducciones. En el _Estudio_,
por ejemplo, ¿no figura al menos una ó dos de las más notables...?
Marbley, cogido, calló. Un gesto de menosprecio fué su respuesta.
Espina mintió por él.
--El maestro prohibe que se reproduzcan sus cuadros. No quiere que
los deshonre el fotograbado y que rueden por ahí. Los riquísimos
aficionados que forman su clientela no tienen ganas de que por un
franco se adquieran copias. Maestro, dispense la ignorancia de mi
protegido y sus preguntas cándidas. No está enterado el pobre.
Marbley sonrió á su defensora. Se pusieron de acuerdo en una mirada
rápida. El belga respiró: Espina le entregaba á discreción al rival
posible...
* * * * *
--¿Qué efecto le hace á usted el maestro?--preguntó la Porcel cuando
subieron al coche y rodaron hacia los grandes bulevares.
--¿Cuál maestro?--chilló Lago.--Señora, ¿se ha propuesto usted burlarse
de mí? En París hay muchos artistas á quienes no soy digno de desatar
la cinta del zapato; pero si esto es lo que usted llama un maestro...
¿Y por qué me rebajaba usted delante de él? Sepa usted que su Marbley
no vale un comino. Hoy no hace sino porquerías.
Excitado por la indignación, Silvio alzaba la voz, manoteaba. Impulsos
le venían de agarrar de la muñeca á Espina y zamarrearla, arrojándola
del coche al arroyo. Olvidado de los antecedentes, en la ferocidad que
desarrollan las heridas personales, no sentía ni asomos de piedad, ni
siquiera respeto. Ella le clavó sus ojos, puñales de ágata fría.
--¡Ah! Sí, sí... Me olvidaba de que, comparado con usted, Marbley es un
pigmeo...
--No soy nadie ni nada--murmuró con energía Silvio;--pero si no he de
llegar á más que Marbley, ¿lo oye usted?, ahora mismo renuncio á toda
mi ilusión y ocupo el asiento del pescante. ¡Lacayo, antes que Marbley!
--Según eso, ¿usted creía llegar adonde Marbley ha llegado? Bien se
ve que le han levantado de cascos Lina Moros y otras de su calaña.
¡Estamos en París! Vamos, vamos... ¿Quiere usted destruir una
reputación consagrada?
--Consagrada en los salones, si acaso; consagrada para quien no lo
entiende... En fin, señora, perdóneme; pero ¿á qué hablamos de todo
esto? Con usted sería mucho más discreto charlar de modas. ¡Mujer,
mujer! ¿Qué hay de común entre tú y yo?--profirió cerrando los puños y
ahogando un juramento.--¡Maldita la hora en que descendemos hasta la
mujer!...
--_Stop_--ordenó Espina.--El señor quiere bajarse.
Y dejando á Silvio en mitad de la avenida, recostándose indiferente, la
Porcel añadió:
--_Allez vite._
El coche se perdió en la lejanía, enrojecida por la puesta del sol,
ensombrecida por los árboles.
* * * * *
En dos días no supo Silvio de Espina; no pudo ni conjeturar si con
el incidente á la salida del taller del belga quedaban rotas sus
relaciones. Fueron cuarenta y ocho horas de ansiedad irritada, de
penosa incertidumbre. ¿Qué hacía el artista sin aquella mujer, al
cabo único asidero suyo en París? Se arrepintió de su arrebato. “Debí
hacerme el sueco”. No se decidió, sin embargo, á ir á casa de la
Porcel. La temía. “Es ridículo. No me pegará...”--pensaba. Y quedábase.
Al tercer día, estando Silvio en su cuarto escribiendo á Cenizate,
desahogando penas, el camarero le avisó de que le esperaba en la calle
una bella señora, en un coche. Silvio se atusó, se puso el sombrero,
bajó... La propia Espina, ataviada con caprichoso traje, en que la
incrustación de bordado inglés ocupaba más sitio que la tela. Bajo la
pantalla sedeña de su abierta sombrilla, su cara parecía bañada en
amortiguados reflejos del sol, y el nácar de sus dientes la iluminaba
con húmedas transparencias.
--Vengo á hacer las paces con usted...--murmuró.--¿Qué es eso? ¿No se
le ha pasado todavía?
Silvio no sabía por dónde salir. No carecía de explicaderas,
seguramente; pero la Porcel, al infundirle mil sentimientos opuestos,
tenía á veces el dón de desconcertarle.
--Vengo--insistió Espina--á raptarle á usted. ¿Vamos, qué aguarda? Suba.
Silvio saltó al coche. Tardaba en encontrar la frase adecuada á su
especial situación, y se la proporcionó su interlocutora.
--Á ver... Pronto, ese acto de contrición.
Lo salmodiaba el pintor con cómicas añadiduras, cuando Espina
interrumpió:
--Por adelantado, la penitencia... Dijo usted que conmigo sólo se podía
hablar de modas... Va á acompañarme á casa del modisto. Figúrese que á
los Crouzat-Salvilly se les ha ocurrido dar un baile en su castillo,
pero un baile que será el de la temporada; han invitado á la _fleur
des pois_... Yo les hubiese agradecido infinito que no se acordasen
del santo de mi nombre, porque esos bailes que obligan á viajar en
ferrocarril no tienen pizca de divertidos... Pero Valdivia, erre con
que no falte; dice que á esa fiesta es preciso asistir... él sabrá por
qué. ¡Tonterías! Cuando menos se preocupa una de las invitaciones, más
le asedian. En fin, necesito arreglar joyas, y un traje que no sea
demasiado ridículo... ¡Estoy tan aburrida de lo poco que los modistos
discurren! ¡Y pensar que los modelos de estos calabazas, con diez
meses de retraso, forman la base de la elegancia vertiginosa de las
madrileñas!
Su antiguo despecho, sus celos sin amor, renacían, se desbordaban en
sátira. Describía el guardarropa de Lina Moros, á la moda de un año
atrás, admirado con la boca abierta por las que todavía daban golpes á
los trapos de hace un trienio.
No tuvo tiempo de completar la descripción. Ya el coche se paraba ante
una joyería en la calle de la Paz. Espina se bajó, ayudada por Silvio,
y el joyero, solícito, enseñó modelos; discutieron el arreglo y aumento
de los largos hilos de gruesas perlas que Espina poseía y pensaba
escalonar sobre el escote, á lo Médicis, y para los cuales deseaba un
broche espléndido, un rubí único en tamaño, color y talla. Aseguró el
joyero que el rubí se encontraría.
--Esta piedrecita--dijo la Porcel á Silvio--debe ser el _leitmotiv_ del
traje. Y maldito si sé cómo combinarlo.
Hablando así, adelantaban por esa calle en que el lujo de la mujer
parece filtrarse al través de las paredes, irradiar incendiando los
escaparates tentadores. Desde las deslumbrantes joyerías hasta las
britanizadas tiendas de objetos de viaje, con sus sacos de flexible y
luciente cuero repletos de utensilios de plata y cristal, todo hablaba
de necesidades complicadas, de atavíos fantásticos, de viajes en trenes
rapidísimos, en que se pasea la insolencia de la fortuna al través del
mundo. No cabía pensar en pisar aquellos establecimientos sino con
carteras rellenas de billetes, las bombeadas carteras de los americanos
y los ingleses, que hincha una tumefacción de caudal. En la calle
de la Paz, el lujo no se hace adaptable, accesible, como en tantos
puntos de París, por ejemplo, los grandes Almacenes, que anzuelan á
la mujer con el cebo de la baratura. Al contrario. La calle de la
Paz seduce, altanera, con lo exorbitante, lo que sólo allí se paga á
tal precio, aunque en otra parte se encuentre, acaso indiscernible.
Los sombreros de la calle de la Paz, las camisas de la calle de la
Paz, las joyas de la calle de la Paz, tienen la pretensión de cifrar
la plenitud é intensidad del lujo, lo serio y gallardo del derroche.
Fanatizan... Y no son sólo los escaparates con sus vidrios limpios y
altos los que incitan al poderoso. En todos los pisos de las casas, los
balcones están cruzados de letreros de oro, enormes, con el reclamo
del nombre de alguna celebridad ó especialidad de alta fantasía;
allí han fijado su residencia los grandes modistos, pontífices de la
vanidad y dictadores del trapo. Uno de los aspectos de París triunfante
es el trapo: el trapo, una de las maneras seguras que tiene Francia
de imponerse al mundo. La parisiense, modestísimamente ataviada,
trabajando toda la semana con sus dedos ágiles, prepara la derrota
del extranjero, el cuele de su fortuna en la caja nacional, fruto de
inmensa economía, que permitirá á la patria afrontar indemnizaciones,
desquites, reorganizaciones de su ejército... Francia se defiende con
el trapo; el trapo vale por muchos regimientos y muchas fortificaciones.
--¿Adónde me lleva usted?--interrogó Silvio.
--Á casa de Paquín... No tiene demasiado talento; se repite que es un
dolor... pero al fin es el menos seco y amanerado de todos... Vorth ya
es enteramente un modisto de teatro; sólo sabe hacer trajes de aparato,
de reina de baraja; Redfern, ¡pch! algo entiende el paño... En sedas y
gasas, calamidad... Laferriére se está echando á perder... Doucet, un
impertinente; tiene un _premier_ español que ha sido modisto en Madrid,
un joven linajudo, pero caprichoso y raro; sólo trabaja de buena fe
para las familias reales... Yo, á veces, le hago infidelidades á Paquín
con unas casas nuevas que se me figura que tienen porvenir. Descubro
estrellas. Boué es de mi escuela; nada pesado, nada que no plegue...
Es enemigo de estos bizantinismos y estos japonismos que les encantan
á las yanquis; en su manía de buscar lo pasado, las hace ilusión
vestirse con dalmáticas y capas pluviales... Aborrezco ese _genre_. Me
gusta otra cosa... Algo de poesía, de ensueño... ¿Verdad que eso es lo
bonito?
En esta plática llegaron ante la casa de Paquín. Silvio miró
sorprendido la fachada. Los dos pisos que correspondían al gran
modisto, parecían comentar las últimas palabras de la Porcel. La poesía
desbordaba por los balcones. Aquel día, el jardinero, que diariamente
los cuajaba de plantas en plena floración, había elegido tiestos de
soberbios lirios lancifolios, que abrían sus cálices de terciopelo
rosa, atigrados curiosamente,--lanzándose fuera del barandal de hierro.
Entre las flores, de involutos pétalos, follaje plumeado de helecho
mezclaba sus gráciles airones. Era el único edificio engalanado así
en toda la calle; un reto á los otros modistos; un llamamiento, una
galante invitación á la mujer, un jardín colgante que gritaba que allí
se colmaba el sueño femenino de lujo, gracia, capricho y hermosura.
Aquellas flores eran la voz insinuante de la sirena, y la mujer que lo
escuchase indiferente tendría su alma enajenada en otro hechizo.
Silvio y la Porcel subieron la escalera y entraron en el templo. La
puerta estaba franca: no era necesario llamar. Salvaron la antesala,
que cruzaban atareadas oficialitas, y se encontraron en el salón blanco
y oro, con ventanas á la calle. En sillas y sillones se repantigaban
señoras que, antes de dirigirse al paseo, se distraían en venir á ver
la exhibición de los modelos. Había allí de todo: verdaderas damas del
buen tono, de San Germán; opulentas banqueras; extranjeras que fiaban
en sus millones para transformarse en un santiamén en parisienses con
_chic_; actrices que no trabajan en esta época del año y preparan
elementos para la temporada próxima; dos grandes _cocottes_, imitadas
en su estilo y adornos por todas las señoras, y hechas, en aquel mismo
instante, una preciosidad de finura y de elegancia. Silvio miraba á la
clientela, y pensaba: “Con el retrato de éstas que están aquí, sería
lo bastante para hacerme en París un nombre y sostenerme algún tiempo
sin necesitar de Espina”. Después, tascando el freno, murmuraba: “Es
innoble tener siempre pendiente la cuestión de dinero. ¡Qué miseria!”
En momentos así, se acordaba de la Ayamonte. Á su lado, no necesitaría
sufrir ninguna humillación... Pero habría que ser su marido.--Espina,
remolcándole, había saludado á algunas conocidas que encontraba
allí, señoras legítimas: la condesa de Villars-Brancas, la condesa
de los Pirineos, nacida Rohan, la marquesa de Saint-Pol, una judía
archimillonaria, casada con un descendiente del célebre condestable que
hizo traición á Eduardo IV ante Calais.--Las extranjeras, olfateando
categorías sociales, aplicaban el oído, miraban ansiosamente, soñaban
un incidente, una casualidad que las pusiese en contacto. Las del
círculo aislábanse, estrechaban su grupo. Amablemente, la Saint-Pol
pedía consejo á Espina, cuyo buen gusto era tan conocido... Ese dichoso
baile de los Crouzat-Salvilly...
--No sé--decía ella, remilgada.--Se me figura que Paquín decae. No
tiene fertilidad de imaginación. Mírenme ustedes esos modelos. Bonito,
sí, bonito... todo lo bonito que se quiera... pero lo de siempre; los
pliegues en la cadera, se ha enamorado de ellos; las peregrinas...
¡y estamos de pliegues y de peregrinas hasta el moño! Sería hora de
renovar un poco las hechuras, la manera de comprender los adornos,
hasta el colorido... Nada: se pone pesado como los viejos...
Mientras Espina hablaba así, las seis muchachas encargadas del oficio
de maniquíes vivos se paseaban lentamente, estudiada la actitud, para
mejor hacer admirar el modelo que vestían. Daban la vuelta al salón,
dejando desplegarse con armonía la cola, con esa ciencia del efecto
de la tela sobre las formas, que Silvio había creído privativa de
Espina, y que iba pareciéndole uno de los infinitos gestos graciosos
y conquistadores de París. Se volvían, para enseñar á cada señora la
hechura del vestido ó abrigo, de espaldas y de frente, exhalando al
mismo tiempo murmullos de encomio, un himno á la originalidad de los
adornos, á lo delicioso de la prenda. Aquellos maniquíes vivos eran
mujeres hermosas, más hermosas que su clientela tal vez; las envolvía
el prestigio de la casa; parecían desdeñar á la dama que no tirase
miles de francos en hacerse ropa; y bajo los caprichosos trajes que
un momento las cubrían, llevaban sayas bajeras baratas, adquiridas de
ocasión en los Almacenes, calzado fatigado ya, camisas de tres días.
Con rapidez vertiginosa, desaparecían, se quitaban un vestido, se
enfundaban otro, y volvían á pavonearse, á hacer la rueda, sudando
bajo los abrigos de teatro y calle, que las asfixiaban.
Espina pronunció indignada:
--¡También es demasiada avaricia la de este Paquín! Estos modelos
están ya imposibles, de tanto enseñarlos todos los días. Mire usted;
las gasas parece que han fregado el piso, y ese traje rebordado de
lentejuela es un pingajo, como un faldellín de acróbata. El maestro
se ríe de nosotras... ¡Y pensar que después de sudarlos así, todavía
se los pagan, para modelos del invierno que viene, las modistas de
provincia!
Riéronse las parroquianas. Era verdad; no se concebía tacaño como él.
¡Cebado en la ganancia, y sólo pródigo de flores!
--Y después--indicó la Villars-Brancas,--quiere que traguemos que
fabrican expresamente para él todas las telas que gasta, cuando me
consta, digo que me consta, que pide á los grandes Almacenes géneros...
Somos unas infelices en creer sus embustes.