“Un artista bohemio--discurrió--no es bohemio porque deba dinero á

todo bicho viviente, ni por correr juergas, que también los filisteos

corren. La característica de la bohemia es querer triunfar sin

tiempo y sin lucha constante y terrible. La pereza milagrera--he

ahí la bohemia.”--Acordóse una vez más de Minia, de su teoría del

monje miniaturista, del arquitecto medioeval, y pensó que, sin el

hábito de burel, pero con el espíritu perseverante y el alma muda de

esos artistas de antaño, hay en París bastantes obreros que crean

porcelanas, alfombras, muebles, joyas, obras maestras donde el arte se

disfraza de industria.

“Estas telas de dibujos robados á la naturaleza, estas decoraciones de

elegancia ideal, estos bronces, estos Gobelinos, los mismos primores,

abrillantados por la imaginación, de la indumentaria femenina, esta

densidad de civilización refinada en el puño de una sombrilla, en

una bujería cualquiera, sellada por el depurado gusto de París, ¿no

son--pensaba Silvio--obra de artistas, que si no bajan á rezar al coro,

se esconden en las grandes manufacturas nacionales, y sin ambición, sin

calentura, resignados á que nadie pronuncie su nombre, crean su porción

de belleza y la expiden, entre el tráfago comercial, á esparcirse por

el mundo, á refinar la vida humana?

“Y los mismos que en París quieren que el aire sufra el peso de su

nombre, ¿cómo lo consiguen? En sus frentes arderá la llamita simbólica,

pero sus hombros sufren la carga del trabajo. Sus manos son recias y

duchas. Sus hombros son de cariátide. Su mirar es abstraído. Hasta en

sueños buscan la fórmula. Su edad florida ha pasado; ha llegado la

viril, ruda, concentrada en el objeto, y ya con el pelo gris, tal vez

laureados, siguen rodando, entre sudor y fatiga, la peña de su gloria,

para que no les recaiga sobre el pecho y les aplaste. No quieren

chapuzar en el olvido, vivos aún. Han probado el licor que embriaga;

disipada la embriaguez, no pueden prescindir del licor. Mas ¡ay del que

deja apagarse la lámpara!”

Y entonces, espantado del porvenir--cuando aún no tenía

presente,--deseaba la obscuridad, el encierro á solas con la hermosura.

Creía bastarse. Recordando que poseía singulares disposiciones para la

labor del adornista, se veía viejo, habitando en una de esas fábricas

de cerámica ó de tapices en que hay un jardín abandonado á propósito,

donde las plantas y las flores, libremente, adoptan formas gentiles,

indómitas; y se veía cortando brazados de ramaje, componiendo después,

en su estudio, motivos decorativos, cuyo tema es la rosa húmeda de

rocío ó la clemátida envuelta en su guirnalda verde.

En los talleres que empezaba tímidamente á frecuentar, Silvio

confirmaba sus observaciones. ¡La pereza ha muerto! ¡La bohemia ha

muerto! Aquellos artistas que desafiaban al calor y sólo se prometían

unas cortísimas vacaciones en la primera quincena de Agosto, tenían,

más que la preocupación, la obsesión del trabajo. Distribuían su

capital de tiempo con una regularidad tan racional, que olía á burguesa

prosa, á oficina. En sus conversaciones, en sus indiscreciones

chismográficas sobre las costumbres de los privilegiados del arte,

se revelaba el método estricto que practica hoy el artista célebre,

cultivador y conservador de su fama. Como el acróbata y el jockey,

que necesitan entrenarse, los artistas hacían gimnasia, salían al

campo á plazo fijo, dibujaban, apuntaban sin cesar, leían, seguían

la marcha estética y demostraban una inquietud higiénica sabiamente

fundamentada en consejos del Doctor. Salir al campo es muy bueno

porque se domina el _plein air_, y también porque se hace ejercicio

y se respira. Bastantes escultores y pintores cultivaban el músculo y

quemaban los ácidos por medio de la esgrima, y, entre trapos antiguos

y restos de tapiz, junto al velador árabe que sugiere orientales

indolencias y fumaduras soñadoras, se veían por el suelo las pesas y

las cuerdas, las caretas y los guantones sudados. Saben las cocineras

de estos artistas--ni más ni menos que si sirviesen á esos ricachones

que anhelan conservar la personita muchos años--recetas y condimentos

que no encalabrinan el estómago; y hasta Venus, la dominadora, la

embaucadora, la destructora, espera á la puerta del taller, igual que

la lavandera y el brochador del piso, á que llegue su hora y su día

de la semana, el prescrito, que no debilita la mente ni desasienta el

pulso.

Lo ímprobo del trabajo y lo calculado del esfuerzo: eso saltaba á los

ojos del joven retratista, como se percibe el congojoso palpitar de

la bayadera, el sudor de su dorada piel, bajo las gasas de su túnica

y los sartales policromos de su garganta. No: París no tiene el alma

de Espina, insaciable y saturada de sensaciones; esa es, á lo sumo, su

careta, su disfraz de Carnaval, su collar de bayadera danzarina.

Silvio se juraba que se evadiría de la Porcel, que se entregaría

venturosamente á la labor. Las aguas frías y serenas de la gran piscina

probática, depuradoras, agitadas por el ala de la inspiración, le

curarían de Espina... ¡Bah! Un gesto de París; lo que fermenta, lo que

gusanea en toda civilización avanzada. Su refinamiento, ¿qué? Fruto del

sudor de tantos laboriosos. Para sostener el artificio de su belleza

ardían los hornillos de los laboratorios, se destilaban las esencias de

los cálices, se inclinaban sobre la almohadilla frentes de encajeras,

allá en solitarias calles de Brujas ó de Malinas, velaba el dibujante,

cosían en domingo á doble precio las modistas, se estropeaba los ojos

la ensartadora de perlas. El gigante árbol de trabajo parisiense echaba

una flor venenosa: Espina.

Sin embargo--reconocía Silvio,--esta mujer, su aparición á una hora

dada en mi camino, fué el cambio de mi credo. Estoy divorciado para

siempre del verismo servil, de la sugestión de la naturaleza inerte,

de la tiranía de los sentidos. Soy libre y dueño de crearme mi mundo;

ya no venero á los que se limitan á copiar; ya no tengo fetiches; si

imitase, sería para dar muerte.

Y comprobaba, en su tendencia perseverante al realismo, la infusión del

ideal, la exigencia del espíritu, algo que va más allá del color y de

la forma. El mundo ya no le parecía solamente tierra fecundada por el

sol. En su superficie corría un agua encantada, y de su seno se alzaban

embrujadas vegetaciones, arborescencias de oro y cristal.

--“Esto tengo que agradecer á la Porcel, á su individualismo

aristocrático y poético, á su desprecio de la imitación literal y de la

verdad gruesa. ¡Tal vez ella me ha revelado á mí mismo!”

La hubiese perdonado, hasta la hubiese adorado, si ella no le

tiranizase, si le dejase en paz. Pero se desesperaba al recibir por el

teléfono de su hotel (donde dormía, no pudiendo hacerlo en el taller)

imperiosas llamadas, órdenes de presentarse en el palacete de los

Campos Elíseos.

Rendida por el calor, Espina se pasaba las mañanas y las primeras

horas de la tarde sin salir, reclinada en su meridiana favorita,

de forma griega, amplia como un lecho, revestida de telas blancas,

incesantemente renovadas, de cubrepiés de encaje, de almohaditas

minúsculas, copos de espuma que la envolvían en el aleteo de un bando

de palomas. Delante de la meridiana, una mesita inglesa, de bronce

y laca, sostenía refrescos y helados, y otra diminuta mesa, toda de

porcelana de Satsuma, los chismes de fumar y un cacharro persa atascado

de gardenias y jazmines. En el centro de la rotonda,--que rodeaba una

serie de columnas con capiteles de piedras raras, ágatas y jaspes

traídos de Italia,--sobre amplia concha de cristal nacarado, pieza rara

de Salviati, una gorgona dejaba escapar de sus fauces, incesantemente,

un surtidor de agua helada, y en los ángulos de la habitación, no

muy grande, pulverizadores automáticos y ventiladores eléctricos

sostenían temperatura deliciosa. Silvio no podía menos de complacerse;

el contraste era encantador; venía de las calles, polvorientas,

trasudantes, de luz cegadora, aturdidas por el estrépito de coches,

carros y ómnibus--los pedestres ómnibus á que recurría el pintor por no

gastar,--y sentía el hechizo de la penumbra, de la frescura, del lujo,

del supremo refinamiento, del silencio, del cuadro compuesto ya, que le

movía á exclamar: “Mañana traigo lápices”. Al oirlo, la Porcel saltaba:

“No lo sueñe usted. ¿Soy yo la Moros? Si quiere modelo, llame á las de

oficio”.

Cuando se presentaba Valdivia, Silvio, á pesar de lo irreprochable de

su proceder, sentía confusión de culpable; comprendía que no era fácil

que el celoso leyese en su conciencia, y, puesto que leyese, también

leería las páginas de Madrid; sabría el agravio, lo imperdonable,

lo que no se lava ni se borra. Una existencia entera de abnegación

no compensa, ante la exigencia de los celos, un minuto en que se ha

pecado. He ahí la mancha que todos los perfumes de Arabia no limpian.

El beso es más indeleble que la sangre. Valdivia, al entrar, si

encontraba á Silvio, hacía indefectiblemente un gesto dolorido, fruncía

un ceño torvo.

Silvio no iba á decirle: “Estoy porque Espina me ha llamado”.

Limitábase á exagerar la actitud correcta, el mutis de respeto, el

implícito reconocimiento de los derechos de Valdivia... No era mejor

táctica, como no lo es nunca lo artificioso, lo fabricado, en la esfera

del sentimiento. Al celoso, una vez alarmado, todo le previene. El

hecho más sencillo es tortura; la desconfianza es tan desmedida, como

la confianza fué incondicional.

Al tender la mano al brasileño, sentía Silvio retraerse nerviosamente

la diestra, volverse rígida, ó apartarse con un movimiento mecánico,

de los que no domina la voluntad. En los ojos apagados y estriados

de bilis de Valdivia, pasaban, como nubes ligeras sobre una charca,

fugaces expresiones de odio, de indignación y--lo que más preocupaba á

Silvio--de dolor sin consuelo.

Y Silvio no podía soportar la falta de perspicacia del celoso.

--“Estoy por llamarle á capítulo y asegurarle...”

¡Qué inocentada sería! ¿Acaso el celoso da crédito á las verdades?

--“Este hombre sería dichoso y, además, encantador, si no fuese la

víbora que lleva enroscada--pensaba Silvio.--Acabará él también por

mordernos á todos.”

De la impaciencia de Silvio ante la ceguera del brasileño, nació una

especie de menosprecio hacia hombre tan simpático, cuya felicidad

deseaba sinceramente, dispuesto á sacrificarse por ella. ¡Bah! ¡El

sacrificio, de nada servía!... Esta reflexión vulgar fué acaso

la excusa que se dió Silvio á sí propio, al sentir reflorecer,

involuntariamente, á cortos accesos, el capricho por Espina Porcel.

Extraña y casi puede decirse monstruosa atracción, análoga á la que nos

lleva á acariciar y jugar con el perro que muerde ó el gato que araña

y saca sangre. En la soledad del gabinete donde Espina le recibía; en

aquel eléctrico silencio ritmado por la canción hialina de la fuente,

pervertido por los violentos aromas del jazmín y las gardenias, la

tentación nacía del enervamiento, y Silvio la percibía unida al deseo

de herir y hacer daño, á un impulso malévolo, rabioso. ¿Por qué le

llamaba aquella loca? ¿Por qué se figuraba tonterías aquel insensato?

¿Por qué no le dejaban de una vez tranquilo, tendiéndole una mano si

podían, y si no, abandonándole de una vez, á luchar nuevamente, solo,

pero suelto y sin falsos auxiliares? Y en la imaginación del pintor se

delineaba la escena de violencia que le aliviaría y le vengaría: una

carcajada burlona en la cara del celoso, después de una mofadora y

ultrajante caricia á la mujer...

Solo con ella tantas horas, el enigma de la Porcel le irritaba. ¿Era

efectivamente, según la afirmación de Valdivia, una víctima de la

fatalidad? Silvio la clasificaba algunas veces, comparándola á Clara

Ayamonte. “Aquélla--pensaba--era una histérica del corazón, y ésta es

una histérica del cerebro.” Pensándolo mejor, esta frase, como todas

las frases, nada decía: no descubría lo substancial de las cosas,

lo que latía en el arcano de un espíritu refinado y desquiciado. La

clave del sentir de aquella hija de la decadencia no la poseía Silvio,

á pesar de prolongadas cavilaciones, cuando veía á Espina tendida

lánguidamente sobre la meridiana, fumando con visible beatitud, entre

el bando de palomas de sus almohadoncitos de encaje con hopos de cinta,

frescos como flores entreabiertas. ¿Qué silbo de culebra había salido

de aquellos labios retocados con carmín, para que se despertase en

Valdivia la desconfianza? Porque no lo dudaba el artista: el tránsito

de la fe á la negra duda no podía deberse sino á ardides de mujer

herida en su amor propio y resuelta á no perder el goce de vengarse

atormentando.

* * * * *

Una tarde, Silvio se sintió más acometido por la tentación que de

mancomún sugerían el calor, el agua cantadora, la calma musical,

los efluvios del jazmín y la inquietud maldita de la concupiscente

imaginación. No pudiendo deletrear lo interno de Espina, ansió

sorprender la forma, desconocida y recatada, de su cuerpo. La dama,

bajo el cubrepiés de rica guipure aplicada sobre transparente de seda

hortensia, se cubría y anubaba con las batistas de su ropa blanca y

las gasas de su _deshabillé_ flojo, de flotantes mangas y plegados

múltiples. Como siempre, Espina no mostraba sino lo que permite mostrar

la más exquisita corrección. El misterio de Espina irritaba á Silvio.

Con fría lucidez, en medio de su arrebato, calculó el golpe. Contó

con la sorpresa de la señora; se acercó arteramente, tomando un

pretexto... y con movimientos pensados é instintivos á la vez, la

atacó, precipitándose, desgarrando y desviando en un relámpago encajes

y telas... La nube se disipó, y Silvio retrocedió, de sorpresa aterrada.

Sobre el nítido torso, donde la línea de la espalda se inflexiona tan

graciosamente destacándose encima de nacaradas tersuras y morbideces

de raso, había divisado Silvio algo horrendo, una informe elevación

vultuosa y rugosa como la piel de un paquidermo, una especie de bolsa

inflada, que causaba estremecimiento y asco.--¡Allí estaba la fatalidad

á que se refería Valdivia, el estigma del vicio maniático, la señal de

las picaduras de la morfina!--¡Se descubría el enigma de aquel alma, al

ver sin velos su prisión de carne: la insaciabilidad, el tedio, tal vez

el ensueño nunca realizado, la enfermedad de toda una generación, el

lento suicidio, en la aspiración á momentos que hagan olvidar la vida,

y que sólo proporciona la droga de muerte!

La negra hinchazón, el estigma que Silvio acababa de descubrir,

revelaban la verdadera naturaleza de Espina, su exigencia interior, no

menos insaciable y desenfrenada que su lujo exterior. Por redimirse

de la pedestre realidad que tanto despreciaba, era por lo que Espina,

diariamente, introducía en sus venas el veneno. El amor á lo infinito,

el ansia de evadirse del prosaico mundo, podían más que los consejos de

los médicos y las enseñanzas de la experiencia, que dice que no llegan

á viejos los morfinómanos.

El veneno también destruye el alma. El sentido moral desaparece.--Si

Lago lo supiese, comprendería á Espina capaz de todo por engañar el

tedio. La ponzoña que corría por sus venas era la de las civilizaciones

avanzadas en su corrupción, el idealismo prisionero de la materia,

el ansia que busca, allende la realidad, flores de más ancho cáliz,

placeres desconocidos... Era la Quimera también, la Quimera mortal.

* * * * *

Bajo el afeite que reavivaba los colores de la tez de Espina, un

observador ya hubiese discernido letal huella, signo de irremediable

descomposición orgánica. Tal vez había principiado á usar la droga,

obligada por una de esas catástrofes morales que no dan lugar á la

prudencia y sólo reclaman un “olvidadero”, aunque sea transitorio.

La droga no se limita á producir esa peculiar embriaguez venturosa,

esa _euforia_ que tiende un instante velo de luz sobre la opaca vida:

suprime la memoria de lo reciente, aboliendo así, en una especie de

inconsciencia dulce, la razón del dolor humano. ¡Dolor que se olvida,

dolor que ha dejado de existir!

Tampoco se daba cuenta Silvio de que el mal de Espina iba en

aumento, que la dosis ha de subir para producir su contingente de

felicidad satánica. No sabía hasta qué punto, al través del cuerpo,

ataca al espíritu la droga, cómo aniquila las facultades afectivas,

cómo anestesia la conciencia. No sabía, después de los períodos

de postración de Espina (que Silvio en Madrid atribuía al tedio),

cuán extrañas impulsividades, cuán loco remolino de antojos alza su

polvareda turbia. No sospechaba (correspondiendo á las feas bolsas de

piel dura, como lardácea) otra deformación psicológica. El alma de

Espina se ensangrentaba en la lucha del que, advertido, amonestado

por médicos, no puede vencerse, y si se priva del veneno, siente

la necesidad de sustituirlo por caprichos, extravagancias, el goce

maldito de hacer sufrir... Aunque Silvio era complicado, no abarcaba

la complicación de Espina, su goce en el pesimismo, su desprecio

sarcástico de toda bondad y de toda fe, ni menos suponía cuál era el

ideal monstruoso,--irrealizable dentro de la civilización, semejante

al de las reinas y heroínas fabulosas, decapitadoras del hombre con

quien han palpitado,--de la Porcel herida de muerte. Aquella soñadora,

á quien la morfina había abierto breves instantes el paraíso, guardaba

particular rencor á los que sólo se lo habían hecho entrever; y cuando

fumaba, muda, entornando los ojos, veía entre nubes de púrpura tiendas

asirias, cabezas exangües que agarraban por los negros cabellos blancas

manos, y suspiraba, porque ya el mundo antiestético ha olvidado los

ritos de la fábula hermosa y cruel...

No había leído Silvio palotada de los efectos de la morfina; no sabía

que los médicos califican el estado de alma de los morfinómanos

de _moral insanity_. La flora del mal se desarrolla vivaz en el

espíritu del enviciado. La droga lleva consigo perversión, locura,

suicidio. Aun sin sospechar esto, la vista de los estigmas le reveló

el infierno en el fondo de aquella vida tan intensamente refinada,

aquella “vida inimitable”. No acertó ni á disfrazar su impresión de

espanto. Literalmente dió dos ó tres pasos atrás, inmutadísimo. Ella,

incorporada sobre la meridiana, altanera, yerta, con una especie de

extraña dignidad, se envolvía otra vez en sus rotos cendales de aire

tejido, cubriendo las señales delatoras de su perversión. Y en voz

reprimida, que por su propia monotonía y lentitud denunciaba el estado

excepcional del ánimo, pronunciaba:

--¡Vamos, se ha salido usted con la suya! Ya no tengo secretos para

usted. Puede escribir una bonita carta á Lina Moros, describiendo

mi _bosse_, para que ella vaya contándolo. ¿No adivina usted lo que

exclamarán? Yo, sí... Me parece que les oigo... ¡Dirán que ya entienden

el intríngulis de mi campaña contra el desnudo! En fin, usted estará

satisfecho. Quería leerme; me ha leído. Sin embargo... no cante

victoria. Si yo fuese nada más que esto...--y por cima de la ropa

señaló al sitio donde se alzaba la _bosse_--con haberlo visto podría

usted decir que me conoce... ¡Pero dentro hay más, mucho más! La piel

engaña, los ojos mienten, la boca sirve para archivar la palabra. No

sabe usted de mí sino lo que sus lápices embusteros de pastelista son

capaces de desfigurar. ¡Queda mucho, mucho que usted ni sospecha, en

Espina Porcel...!

Aniquilado, tartamudeó Silvio:

--Perdón, señora, perdón... ¡Hice mal; fuí un villano!

Adelantó, se arrodilló, clavó en ella los ojos, al implorar tan dulces.

--¡Perdón!--repetía sinceramente desconsolado, humillándose.

--¡Perdón!--respondió ella, encendiendo un largo emboquillado; el otro

se le había caído en la lucha.--¿Yo perdonar? ¡No les perdono á mis

papás que me hayan echado á este planeta!... No sea usted ridículo, y

levántese. Si Valdivia tiene la ocurrencia de entrar y le sorprende

así, buena la hicimos...

Su alma amarga, doliente, se asomó á sus pupilas puntilleadas de oro, y

una carcajada acre satirizó el tardío arrepentimiento. Alzóse Silvio,

triste, incapaz de decir nada que restableciese la normalidad de la

conversación.--Espina se encargó de ello. Principió, entre bocanada

y bocanada de humo suave, á tratar de cosas diferentes. Acabó por

animarse y por sonreir, proyectando una visita al taller de Marbley,

el retratista de elegancias. “Sobre todo, que mi Otelo no se entere.

Sería una historia. Tiene al pobre Marbley atragantado. Es preciso que

yo le quite esa aprensión. Por fortuna, anda estos días muy atareado

con no sé qué pesadez de operación financiera... Discreción, ¿eh? Para

imprudencias bastó la de hace un instante...”

* * * * *

Había quedado Silvio tan confuso, que, por algún tiempo, mientras no se

disipase la impresión de remordimiento y piedad, Espina haría de él lo

que quisiese. La reacción contra sí mismo, que había arrojado á Silvio

á los pies de la noble Ayamonte y de la bravía Churumbela, le sometía

ahora á la voluntad despótica de la Porcel.

Dócilmente, se dejó recoger en su fonda y conducir hacia el taller

del belga, á las cinco de una tarde neblinosa, sofocante, de esas que

encalabrinan los nervios. Espina, vestida de Chantilly negro sobre

transparente azul obscuro, parecía abatida y triste. Á la memoria de

Silvio acudieron las exclamaciones de Valdivia:

--¡Pobre María! ¡Pobre enferma!

Habitaba Marbley un hotel pequeño y nuevo, con su retal de jardín, en

una de las calles encalmadas y aristocráticas que abundan entre los

Campos Elíseos y el Arco de la Estrella. Un jornalero limpiaba las

calles después de haber regado el _grass_ y las flores, cuando llamó á

la verja el lacayito de Espina.

El vestíbulo ya infundía consideración. La escalera, desalfombrada,

relucía de holandesa pulcritud encerada, y tenía un balaustre torneado

y salomónico, en armonía con los viejos tapices, que vestían la pared

de un desfile de paladines, princesas, caballos paramentados y ciervos

místicos, crucíferos; del conjunto resultaba esa tonalidad armoniosa,

algo sombría, que vierte dignidad.

Les introdujeron en el piso bajo, en un saloncito desde cuya puerta,

al través de alta verja de hierro forjado, gótica, se trasparecía la

biblioteca, ricamente encuadernada, con que Marbley se daba tono de

artista cerebral, muy documentado para disfraces, instalaciones de

casas grandes, palacios y garzoneras con relieve estético. Espina,

dando muestras de cansancio, se dejó caer en un sillón. Silvio se

acercó á ella con solicitud. Era la primera vez que sentía por Espina

algo dulce, puro, humano; que la concebía como hermana en sufrimiento.

Durábale todavía el reconcomio de su brutalidad maligna, la vergüenza

del profanador, y tierna y cordialmente dijo á la señora:

--¿Se siente usted mal?

¡Qué destello de ferocidad instantánea en los ojos de venturina!

Irradiaban como esas piedras que parecen guardar luz en sus capas

minerales; pero el destello se extinguió, y la voz se hizo infantil,

delicada, para responder:

--Gracias... Un poco deprimida... Hay momentos...

La Quimera · 第 22 / 33 段