extremo de la mesa, cosa que le sorprendió algo, pues suponía que el
banquete era en su honor, y notó que nadie le hacía caso, que le habían
colocado entre una inglesa espiritista y teósofa, correligionaria de
la Blavatzki, y una esposa de literato semicélebre, que sólo hablaba
de la última novela de su esposo. La heroína de la fiesta era una
morena de tipo español, de escote llenito y ojos de azabache, vestida
con discutible gusto, de raso azul, recargado de lentejuela azul
también. El ama de la casa, después de hacer la presentación de Silvio
á la morenita, había murmurado, con ese tono enfático que sugiere la
importancia del personaje y da por hecho que no es necesario explicar
nada de él:
--La señorita Gregoresco.
Sólo al levantarse de la mesa y encontrarse próximo á la morenita,
Silvio recordó, enlazó datos confusos, lecturas de periódicos... Era
una historia secreteada primero, divulgada después por las agencias,
los telegramas, las murmuraciones europeas; y Silvio creía notar ahora
en la Gregoresco no sé qué de apasionado, de lunático, chocante en
medio de la corrección mundana.
Estuvo á pique de darse una puñada en la frente. ¡Ah, ya! Estaba
viendo á la acariciadora de una doble quimera de amor y ambición, la
que había soñado una corona entre capítulos de una novela, y aspiraba
á conquistarla por medio de la poesía, sin abdicar de su dignidad de
mujer, de su pureza de virgen. ¡Imprevistos caprichos de la naturaleza,
que no adapta sino raras veces la exterioridad al destino! La inglesa,
que colocaron á la izquierda de Silvio, con el largo cuello, el pelo
de seda clara, los ojos de pervinca, la inmaterialidad de su tipo,
parecía de molde para el papel romántico de la mujer precipitada de lo
alto de su ensueño, de Safo casta que deplora, en versos inflamados,
la mentira infinita del amor. Y se figuraba á la señora Gregoresco
así, cuando las peripecias de sus amoríos con un príncipe heredero,
protegidos por una reina sentimental, contrariados por la diplomacia,
hacían el gasto de los telegramas y eran la fábula del mundo
diplomático. Hubiese querido Silvio más palidez en aquella frente,
más esbeltez en aquel talle, más afinamiento de tristeza y nostalgia
en aquella cabeza, otro estilo de vestir: unas gasas salpicadas de
lánguidas ramas de glicinia... Porque el mundo entero sabía que
Daría Gregoresco no se había consolado, que no quería consolarse,
que las cuitas de su corazón las exhalaba en estrofas empapadas de
lágrimas; y Silvio, ante el aspecto más bien vulgarmente atractivo de
la desengañada, añoraba el retrato que hubiese podido hacer, no menos
sensacional que el del pretendiente á la corona. Pero con el tipo de
Gregoresco... ¡quiá! Y recordando que le habían ofrecido presentarle
pronto á Isabel II, decíase:
--Esta república está llena de reyes que fueron, que serán, que
anhelarían ser...
Sin salir del salón de madama de Mélusine, podía ver á dos de éstos
aproximados á la corona; Daría contestaba al saludo de un príncipe,
Bojidar Karageorgewitch, hermano de otro pretendiente; y el día
anterior Valdivia había hablado á Silvio de ponerle en relación con
Roldán Bonaparte. ¡París!--Algo así como el propio salón de madama de
Mélusine, una vega abierta, en apariencia hospitalaria, en realidad
cortésmente despegada, que no tiene reparo en aceptar lo que llega,
siempre que su nombre resuene, brille, pique la curiosidad.--El
sentimiento de su nulidad en París volvió á abrumar al artista.
Recordó una conversación en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,
adonde sólo había concurrido media docena de noches, y en la cual se
trataba del proletariado artístico de París. ¡Diez mil pintores luchan
en la capital francesa con la penumbra, el anonimato, la indigencia!
¡Destacarse de entre esta piña!
--Pero--discurría, en la primer modorra suave de una digestión feliz,
que predispone al optimismo,--es imposible, vamos, imposible que yo no
sea algo; que esta calentura sin cesar renaciente, que esta obsesión
incurable, no lleguen á cristalizar. Yo veo, yo siento, no sólo los
colores y las formas de las cosas, sino su esencia íntima, oculta
para los groseros y los serviles. He menester tiempo, constancia,
posibilidad de hacer valer estas dotes.
Mientras pensaba así, ofrecía á la Gregoresco un sillón, después de ser
presentado á la madre, señora respetable que acompaña por todas partes,
en su peregrinación, á la dolorida joven. Y Silvio se decía, implacable
en la exigencia estética:
--La mamá también me estorba. Esta novela de nostalgia pide lo bravío
de la soledad. ¡Una hija de familia! ¡Una mamá al canto!...
El salón iba llenándose de gente: ilustraciones masculinas, damas
vestidas con más atrevimiento que en Madrid. Había poetas capilares
codeándose con celebridades indiscutibles, como el gran Heredia.
Presentado á él, Silvio le miró con veneración fetiquista. El destino
de aquel hombre de corta estatura, de tipo español, sordo, distraido,
ya metido en años, era el destino envidiable, ideal, del artista. Con
reducida labor, breve pero intensísima, de una intensidad como no
ha solido verse desde el Renacimiento; sin soñar en renovar formas;
aceptando la más rígida, la más hecha y manejada de todas, el soneto;
sin reincidir en el intento victoriosamente logrado; sin perderse
en el afán de renovarse; sin decadencia posible, por lo único de la
obra; sin la lucha innoble con la necesidad y el envilecimiento de
la sobreproducción y del industrialismo; serenamente, bellamente,
señorialmente, había llegado á la plenitud de la gloria. ¿Y qué pintor
podía preciarse de haber igualado á Heredia, el colorista--á menos
que sea Moreau?--No era la primera vez que Silvio, sufridor de todas
las dudas por la misma incandescencia de su fe, se había preguntado,
leyendo á Flaubert, á Heredia, á los coloristas de la pluma, si era
dable superarles con el pincel; y ahora la duda reaparecía, al recordar
el esplendor de _Los Trofeos_, Antonio en brazos de Cleopatra, viendo
en sus ojos el inmenso mar y la huída de las galeras de Accio, los
Conquistadores españoles sobre el fosforescente azul del mar de los
Trópicos, en la proa de las blancas carabelas, inclinados para ver
surgir estrellas nuevas del fondo del Océano.
Sin haber tanteado aún sus disposiciones para el arte, ya padecía
Silvio la penosa incerteza, el titubeo de los desorientados y los
deslumbrados, la solicitación de las otras formas artísticas,
la ambigüedad ambiciosa que obliga al escultor á buscar efectos
pictóricos; al pintor, á introducir poesía lírica ó épica, literatura
en fin, en sus cuadros; al músico, á calcular efectos descriptivos y
notas de color, en vez de notas musicales; al escritor, á emular al
pintor, produciendo, á toda costa, la sensación artística, el efecto de
la luz ó del sonido; al arquitecto, á forzar las líneas, alterando la
serenidad, volviendo al barroquismo; á todos, en fin, á meter la hoz en
mies ajena, á sentir el desasosiego panestético, ansia de expresar la
belleza con mayor amplitud, más recursos, sentimiento más vario, algo
que abarca, en abrazo eterno, lo infinito de la hermosura, lo ilimitado
de su goce. La idea de que nunca pintaría como hace sonetos Heredia
sumió á Silvio en una de esas meditaciones desconsoladas en que se
quisiera renegar hasta del sér y convertirse en piedra. Hay instantes
en que los pensamientos nos ahogan como olas. ¡Ante Heredia, Silvio se
humilló: se vió tan pequeño, tan burlado por la suerte! Era su gran
sufrimiento, _querer ser otro_; era la negación del _yo_, de lo que más
se ama.
Las doce caían cuando irrumpió en el salón de madama de Mélusine
Espina Porcel. Sus pupilas agudas, vivaces, registraron el recinto
y descubrieron al joven pintor, perdido en la selva obscura de
sus reflexiones. Sacudió la cabeza Silvio y se acercó á la dama,
colocándose á su lado. Espina hacía gestos monos al fijarse en la
concurrencia, y decía por lo bajo:
--¡De mal en peor esta casa! Llegará día en que no se podrá venir. ¡Qué
ancha base! Seguro que me va á endilgar, sin previa consulta, á dos ó
tres notabilidades estrafalarias.
No se engañaba en sus presunciones la Porcel. Ya la Mélusine, con
el transporte entusiasta que la acometía al descubrir islas, se
aproximaba, llevando de la mano á Daría Gregoresco, y la presentaba
entre un balbuceo de simpatía apasionada, con igual emoción y secreteo
que Solar de Fierro al mostrar una maravilla única de sus colecciones.
--La señorita Gregoresco... ¡Ya sabe usted!... ¡La señorita
Gregoresco!... Nos ofrece la encantadora sorpresa de recitar algunas
poesías no dadas á conocer hasta hoy...
Espina se inclinó, lanzó un ¡ah! inefable, y murmuró un “¡encantada!”
de los más vagos y distraídos de su repertorio.
La Gregoresco se adelantó; hicieron corro á su alrededor,--en primer
término, la dueña de la casa, sonriente de beatitud. Estaba la poetisa
turbada, y leve ronquera velaba su voz al empezar. Heredia, á quien
respetuosamente habían dejado sitio en el aro estrecho del corro, hizo
con la diestra cartucho á la oreja para oir bien. Silvio notó que en
aquel salón parisiense se escuchaba, como no se escucha en Madrid jamás.
Alzábase ya más segura y timbrada la voz de la recitadora, y su dicción
pura y dulce iba encendiéndose con apasionados acentos, expresando la
cuita, la incurable añoranza del ayer tan próximo, el inextinguible
recuerdo del ensueño destrozado por la realidad; la queja salida de
las entrañas, que se deshace y rompe en sollozos al asomar á la boca.
Su poesía, no escultural y policromada; no impecable y soberana, como
la de Heredia; flébil á veces, como lamento de niño; altiva otras,
con la generosa altivez del sentimiento que conoce su nobleza y su
derecho á la vida, fluía de labios carnosos, poco espirituales, y los
transformaba, los afinaba con idealidad. Aquellas amantes querellas,
aquellos insistentes brazos extendidos hacia lo que no volverá, lo que
no puede volver, lo que tal vez no existía, porque si hubiese existido
seguiría existiendo, se sobrepondría á lo accidental y pasajero de la
existencia; aquel poema de pasión, con sus paseos á la luz de la blanca
luna, sus citas entre flores, decoración trillada y divina; aquella
pregunta ansiosa, triste, repetida--¿cómo se puede olvidar cuando
se ha querido de cierta manera?,--aquello que era fibras vivientes,
sangre de un corazón transformada en luz por la rima, al exhalarse por
la boca de la enamorada, la hacía momentáneamente sublime. Sus ojos
de sombra brillaban; sus mejillas, bruñidas al sol, se animaban con
carmín de fiebre; su estatura parecía crecer. De pronto cubrió su vista
un velo, una escarcha de llanto, y la emoción, haciendo palpitar su
seno, se reveló en la profundidad vibrante de la voz, en la trepidación
involuntaria del torso. Era una gran soprano dramática, y sus acentos
tenían poder comunicativo de dolor y piedad. Silvio, con sorpresa, se
sentía subyugado. Por primera vez un gemido de amor le conmovía.--Se lo
dijo á Espina, que, insensible, metida en su concha de mundano aplomo,
observaba como se observa una curiosidad cualquiera, un bicho raro, un
pájaro de colores. Y, alzando los hombros, contestó á Silvio quedamente:
--¿Le hace á usted efecto la cómica esa? Porque ya comprenderá que de
comedia se trata. Ni hubo tal amor, ni tal empeño del príncipe heredero
en casarse con ella.
Lago sabía lo contrario, como lo sabía todo el mundo; pero no le
preocupaba la autenticidad de la historia. Su naturaleza estética hacía
que los afectos le interesasen más vistos al través del arte que en la
realidad. “Una impresión bella no miente nunca”--era su divisa, y fué
su respuesta.
--¿No le parece á usted--añadió--que el amor es la cosa más vieja y más
nueva, más fecunda en sugestión, después de todo? ¡Cuánto siento que el
amor nada me diga! ¡Es posible que me engañe mi sueño de arte, y esté
perdiendo lo mejor de mi vida, los años que no tornan, privándome de la
única emoción que abarca lo infinito!
Espina le fijó sin pestañear y no contestó.
--Tal vez--pensaba Silvio--la Gregoresco, con su emoción perpetua, que
derrama en versos y que reabsorbe al recitarlos, vive vida más colmada,
más intensiva, que el sordo glorioso que la está felicitando en este
momento.
Se acercó á la poetisa cuando la dejaron algo libre los admiradores, y
apartándose del remolino de la multitud, que ahora se precipitaba para
oir recitar fábulas de Lafontaine á Coquelín menor, se encontró aislado
con Daría en una especie de gabinetito formado por cortinajes de
brocatel, plantas y dorados muebles. Daría respiraba afanosamente aún,
y, no creyéndose observada, se pasaba el pañuelo por los ojos, donde se
había vuelto agua corriente el rocío.
Silvio, como si la conociese de hacía muchos años, familiar, imperioso,
la preguntó:
--¿De modo que no le ha olvidado usted aún?
Hizo ella con la cabeza señal negativa, y se sentó, abrumada sin duda,
quebrantados los huesos y abatida el alma.
--Siempre--indicó el artista--la poesía consuela.
La poetisa le miró. Estaba, sin duda, habituada á distinguir la
verdadera simpatía de la compasión ficticia ó burlona. La cara
delicadamente expresiva de Silvio, el encanto artístico de su
semblante, la mirada sentimental de sus ojos cambiantes, verdiazules,
la tranquilizaron, y murmuró, melancólicamente, sumisamente:
--No sé si consuela... Por lo menos, da desahogo al sentimiento. Dicen
los médicos que si yo no hiciese estos pobres versos, me hubiese muerto
ó me hubiese vuelto loca.
--¡Si supiese usted--balbuceó Silvio--cómo la envidio su pena!
Quisiera, desde que la he oído, poder sentir así. No soy feliz, pero mi
pena no es de amor.
--¿De qué es entonces?--preguntó sorprendida ella; tal vez no creía
posible que se sufriese por otra cosa.
--De ambición artística... Soy pintor; nada he producido y aspiro á una
obra fuerte, señalada, que me eleve...
--¡Vanidad!--murmuró Daría.
--¡Delirio quizá el de usted!--declaró Silvio.
La enamorada suspiró, haciendo un noble ademán de resignación
á su eterna tortura, mitigada sólo por el canto. Y mientras se
comunicaban, sin conocerse casi, lo más arcano de sus almas, el
gentío, desimpresionado ya, olvidando la queja de la tórtola viuda, no
sospechando el anhelo del soñador de fama, del ansioso de creación, se
agolpaba en torno del actor de la Comedia Francesa, escuchándole bordar
y cincelar con recitación sorprendente la fabulilla salada por el buen
sentido.
Daría y Silvio, un momento, hicieron fondo común de sus penas hermosas.
La prosa les rodeaba; se refugiaban en la poesía de lo imposible.
¡Vanidad! ¡Delirio!--Para ellos, la mayor verdad; la que nosotros
mismos criamos.
* * * * *
Hízose más pesado el yugo que la Porcel imponía á Silvio; y el artista
tenía que someterse. Confiaba todavía en el apoyo de Valdivia, en la
cacareada exhibición del retrato de las rosas. Salir del anonimato en
esa forma no le era halagüeño; pero no había otro recurso.
Tampoco era infalible. Las victorias madrileñas podían convertirse en
naufragios parisienses. Una frontera, unos centenares de kilómetros...
y todo cambiado.--Silvio contaba, no obstante, con la homogeneidad del
gran mundo, que, en lo fundamental, es idéntico á sí mismo en cualquier
latitud.
Para fijar la atención distraída y volandera de ese gran mundo, el
señuelo era Espina. Ella podía, en un acceso de malignidad, retrasar
indefinidamente el momento en que París se convirtiese en escenario
y mercado para Silvio.--Creía tener en la mano el medio infalible
de subyugar á la Porcel. La fatuidad le sugería que una escenita,
magistralmente representada por el histrión que hay en todo artista,
restablecería las relaciones en pie de complicidad; pero no se poseía
lo bastante para resolverse á tal farsa. La perversa atracción de
Espina se le había transformado en repulsión, y Lago se conocía; sabía
que sus sentimientos eran brotes bravos de espino montés; que la misma
traición, el mismo disimulo artero, de los cuales sentíase capaz, no
podía provocarlos á voluntad y mediante reflexión: le reventaban del
alma bajo la presión de las circunstancias. Ni siquiera le movía ya el
romántico respeto á Valdivia; su alejamiento era otra cosa: una especie
de náusea moral. El cutis de Espina se le figuraba frío como el de un
reptil. La neurosis, el diablillo de la neurosis, debía de danzar en
esto...
Siempre que se aflojaba algún tanto su cadena, se sumergía en el
dibujo, ó desentrañaba el París artístico. Hundíase con deleite en el
inextinguible foco y luminar de arte, saboreando el placer que causan
las obras maestras en relación íntima con nuestra sensibilidad, ó
que la modifican y renuevan. Había dado por hecho Silvio que entre
los pintores modernos le arrebataría Courbet, y comprobó sorprendido
que el realismo, exagerado calculadamente, del discutidísimo _maître
d’Ornans_, casi le molestaba. Era la transformación de su ideal propio
lo que anulaba su admiración hacia Courbet, exaltada por los ditirambos
de Zola. Se quedó Silvio pensativo cuando hubo notado que Courbet,
antes, en su imaginación, rey de la pintura,--no era, al verle de
cerca, sino “un temperamento”, un sujeto de cualidades mal aprovechadas
y hasta estragadas por la estrechez de una fórmula.
Courbet--decidió Silvio--fué una naturaleza burda; tenía mucho de
grosero, no sólo en la producción, sino en su vida, en aquel su eterno
fumar y beber cerveza.--Sintió que la devoción cambiaba de santo, que
se pasaba á Moreau y á Millet, ¡dos ideales tan diferentes!--Millet le
embelesaba por impresionar á su manera la naturaleza, dominándola con
la intensidad del propio sentimiento, y soñaba hacer él en Alborada
otro tanto. Las Mariñas distantes le parecían entonces ese rincón del
mundo donde cada artista extrae una concepción peculiar de la realidad,
según sus propios ensueños de poeta.--“En Alborada haré yo mis
_Espigadoras_”--resolvía.--“No aquella _Recolección de la patata_, tan
tosca, tan villanesca. Otra cosa..., otra cosa... á lo Millet”.--Pero
Moreau le fascinaba más, no imaginando siquiera que pudiese su pincel
ejercer la influencia que ejerció aquel creador genial más próximo á
fray Angélico y á los místicos que á los modernos. Silvio comprendió
que su alma era del grupo poco numeroso á que perteneció el autor de
_Salomé_. Almas complicadas, pueriles y pervertidas, misantrópicas y
candorosas, modernas y bizantinas. Nunca almas panzudas de burgueses.
Almas siempre resonantes por la vibración de las cuerdas polifónicas de
sus nervios.
Silvio encontraba en la sensación peculiar de Gustavo Moreau mucho de
lo que había supuesto en París, en el alma de París, y que no descubría
en el París verdadero. Éste nada tenía de común con la ciudad de fiebre
y placer, cocotismo y despilfarro, de la leyenda internacional. La
“Babel” era un telón efectista hecho jirones, y aparecía la colmena,
el trabajo asiduo, normal, funcionando y saneando la atmósfera. Los
zánganos, en apariencia numerosos, eran en realidad contados. Y de
bracero con el trabajo, como esas parejas contentas de serlo que
se esparcen por París al anochecer, Silvio veía á la razón, obrera
metódica; la voluntad al servicio de la invención. La lección severa de
Lutecia era lo contrario de la sangría suelta de tiempo y energías de
Madrid.
Recordaba Silvio la capital española como si aún se encontrase en
su taller de la calle de Villanueva: las vías públicas, concurridas
lo mismo á las cinco de la tarde que á media noche; aquel visiteo
injustificado, aquel zanganeo y zascandileo en que las horas se
esfuman, cayendo en el curso del mes y del año como granitos de sal
en mares de tedio, placer y turbulencia. Y en cambio, en el París que
la literatura diseca para descubrir perversiones, y que fotografía
sorprendiendo extrañas muecas, en imposibles actitudes, Silvio, al
echarse á la calle temprano para dirigirse á su taller, se tropezaba
con bandadas de madrugadores intelectuales, pálidos de sueño, que
asaltaban las limpias cremerías y se desayunaban con un panecillo
de media luna y un vaso de leche, antes de desparramarse, vademécum
bajo el brazo, á enseñar ó aprender; ¡á trabajar! Á tal hora, en que
los madrileños, pobres ó ricos, leen entre sábanas el primer diario
que su mujer ó sus criados les suben, Silvio veía á los parisienses,
ciudadanos de la metrópoli del sibaritismo, según fama, entregarse
con taciturna asiduidad á los preliminares de una jornada laboriosa,
seguida de otras y otras, interrumpidas por el descanso dominical
disfrutado en sencillos esparcimientos, tan distintos del pagano y
sanguinario dominguerismo taurino de Madrid. Los porteros, mozos y
dependientes de comercio, barriendo, bruñendo y atersando aceras,
llamadores, vidrios y escaparates, como el soldado acicala sus armas
para combatir; los profesores, corriendo con ropa raída y estómago mal
lastrado á arrancar de entre colchones al alumno, si éste no aguarda
ya con las orejas relucientes de fricción y los ojos entumecidos de
soñolencia; el personal de los establecimientos públicos, oficinas,
tiendas, desde temprano en plena actividad--repetían que la palabra
de la esfinge parisiense es TRABAJO.--Los ciclistas desfilan,
portadores de mensajes ó carga; los coches circulan, socarrones,
acechando al peatón, que se apresura y los evita; una multitud
seria, preocupada de su objeto, invade las aceras, sin agolparse en
cualquier parte á curiosear cualquier cosa; Silvio se confunde entre
esta multitud, se codea, se hinca, hace cuña y no percibe esa chispa
de pasión, de simpatía ó antipatía, que en Madrid se transmite de
uno á otro transeunte. La gente que pasa á su lado, que le empuja
involuntariamente, que le esquiva con ágil respingo para no detener ni
ser detenida, no le ve siquiera. Va á la obligación, va á la labor.
Contados están los minutos, trazado y distribuído el día, tasado el
reposo y repartida la tarea.
Esa decisión de funcionar, esa trepidación como de máquina que rinde
su contingente, corre en oleada desde los resplandecientes bulevares
hasta los barrios semiprovincianos de la _banlieue_. Hay en París zonas
solitarias, pero no holgazanas. La colmena no zumba en la calle; se
refugia en las celdillas, en los pisos modestos sobre cuyas ventanas se
leen un nombre y un oficio... Ni las breves vacaciones parecen amenguar
la actividad de la colmena invisible. Cuando el azar de sus correrías
lleva á Silvio, por ejemplo, hacia el Jardín de Plantas, la calma del
tranquilo barrio no le impide notar la palpitación del esfuerzo, el
anhelar de yunta que abre surco. Humilde es el vecindario; conságrase
á labor poco retribuída, pero acata el precepto, de cuyo cumplimiento
nacen la riqueza, el vigor y la hermosura. Siente á su alrededor Silvio
la ahincada presión del trabajo. Hasta la daifa que recorre un trozo
de acera, siempre el mismo, y que interpela al transeunte, muestra la
aplicación de la laboriosidad, tiene dejos de obrera, compelida por la
tarea forzosa.
La conseja de la bohemia artística, del descuido y la holganza
entrecortada por hipos de genio y arrechuchos de inspiración, con
risas, trampas y fumaduras de pipas, se derrumbaba en su romántica
falsedad. El divino grupo de Capeaux, _La Danza_, que Silvio había
creído símbolo de la desenfrenada existencia parisiense, ahora se le
figuraba, en su nervioso vértigo, expresión de un afanar constante, el
de tantos cerebros y tantos brazos.
“Cabe bohemia en literatura--deducía Silvio,--porque una estrofa
puede inmortalizar, y una estrofa puede nacer sin esfuerzo; pero
nosotros, pintores, escultores, ¿hemos de improvisar monigotes en la
pared, muñecos tallados al cortaplumas?” Recordaba su antigua fe en
el milagro, sus esperanzas--las de todos--en el golpe de suerte, en
la idea feliz que saltea al despertar, en el cuadro-gancho, en el
cuadro-trompeta, en lo que á infinitos alucina, y ya se reía de sí
mismo. Lo que se hace sin aplicación es deleznable, banco de arena seca
y suelta que el aire arrebata, resplandor momentáneo de luciérnaga en
estío.