Silvio devoró, vencido por una tentación de glotonería. Estaba al

extremo de la mesa, cosa que le sorprendió algo, pues suponía que el

banquete era en su honor, y notó que nadie le hacía caso, que le habían

colocado entre una inglesa espiritista y teósofa, correligionaria de

la Blavatzki, y una esposa de literato semicélebre, que sólo hablaba

de la última novela de su esposo. La heroína de la fiesta era una

morena de tipo español, de escote llenito y ojos de azabache, vestida

con discutible gusto, de raso azul, recargado de lentejuela azul

también. El ama de la casa, después de hacer la presentación de Silvio

á la morenita, había murmurado, con ese tono enfático que sugiere la

importancia del personaje y da por hecho que no es necesario explicar

nada de él:

--La señorita Gregoresco.

Sólo al levantarse de la mesa y encontrarse próximo á la morenita,

Silvio recordó, enlazó datos confusos, lecturas de periódicos... Era

una historia secreteada primero, divulgada después por las agencias,

los telegramas, las murmuraciones europeas; y Silvio creía notar ahora

en la Gregoresco no sé qué de apasionado, de lunático, chocante en

medio de la corrección mundana.

Estuvo á pique de darse una puñada en la frente. ¡Ah, ya! Estaba

viendo á la acariciadora de una doble quimera de amor y ambición, la

que había soñado una corona entre capítulos de una novela, y aspiraba

á conquistarla por medio de la poesía, sin abdicar de su dignidad de

mujer, de su pureza de virgen. ¡Imprevistos caprichos de la naturaleza,

que no adapta sino raras veces la exterioridad al destino! La inglesa,

que colocaron á la izquierda de Silvio, con el largo cuello, el pelo

de seda clara, los ojos de pervinca, la inmaterialidad de su tipo,

parecía de molde para el papel romántico de la mujer precipitada de lo

alto de su ensueño, de Safo casta que deplora, en versos inflamados,

la mentira infinita del amor. Y se figuraba á la señora Gregoresco

así, cuando las peripecias de sus amoríos con un príncipe heredero,

protegidos por una reina sentimental, contrariados por la diplomacia,

hacían el gasto de los telegramas y eran la fábula del mundo

diplomático. Hubiese querido Silvio más palidez en aquella frente,

más esbeltez en aquel talle, más afinamiento de tristeza y nostalgia

en aquella cabeza, otro estilo de vestir: unas gasas salpicadas de

lánguidas ramas de glicinia... Porque el mundo entero sabía que

Daría Gregoresco no se había consolado, que no quería consolarse,

que las cuitas de su corazón las exhalaba en estrofas empapadas de

lágrimas; y Silvio, ante el aspecto más bien vulgarmente atractivo de

la desengañada, añoraba el retrato que hubiese podido hacer, no menos

sensacional que el del pretendiente á la corona. Pero con el tipo de

Gregoresco... ¡quiá! Y recordando que le habían ofrecido presentarle

pronto á Isabel II, decíase:

--Esta república está llena de reyes que fueron, que serán, que

anhelarían ser...

Sin salir del salón de madama de Mélusine, podía ver á dos de éstos

aproximados á la corona; Daría contestaba al saludo de un príncipe,

Bojidar Karageorgewitch, hermano de otro pretendiente; y el día

anterior Valdivia había hablado á Silvio de ponerle en relación con

Roldán Bonaparte. ¡París!--Algo así como el propio salón de madama de

Mélusine, una vega abierta, en apariencia hospitalaria, en realidad

cortésmente despegada, que no tiene reparo en aceptar lo que llega,

siempre que su nombre resuene, brille, pique la curiosidad.--El

sentimiento de su nulidad en París volvió á abrumar al artista.

Recordó una conversación en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,

adonde sólo había concurrido media docena de noches, y en la cual se

trataba del proletariado artístico de París. ¡Diez mil pintores luchan

en la capital francesa con la penumbra, el anonimato, la indigencia!

¡Destacarse de entre esta piña!

--Pero--discurría, en la primer modorra suave de una digestión feliz,

que predispone al optimismo,--es imposible, vamos, imposible que yo no

sea algo; que esta calentura sin cesar renaciente, que esta obsesión

incurable, no lleguen á cristalizar. Yo veo, yo siento, no sólo los

colores y las formas de las cosas, sino su esencia íntima, oculta

para los groseros y los serviles. He menester tiempo, constancia,

posibilidad de hacer valer estas dotes.

Mientras pensaba así, ofrecía á la Gregoresco un sillón, después de ser

presentado á la madre, señora respetable que acompaña por todas partes,

en su peregrinación, á la dolorida joven. Y Silvio se decía, implacable

en la exigencia estética:

--La mamá también me estorba. Esta novela de nostalgia pide lo bravío

de la soledad. ¡Una hija de familia! ¡Una mamá al canto!...

El salón iba llenándose de gente: ilustraciones masculinas, damas

vestidas con más atrevimiento que en Madrid. Había poetas capilares

codeándose con celebridades indiscutibles, como el gran Heredia.

Presentado á él, Silvio le miró con veneración fetiquista. El destino

de aquel hombre de corta estatura, de tipo español, sordo, distraido,

ya metido en años, era el destino envidiable, ideal, del artista. Con

reducida labor, breve pero intensísima, de una intensidad como no

ha solido verse desde el Renacimiento; sin soñar en renovar formas;

aceptando la más rígida, la más hecha y manejada de todas, el soneto;

sin reincidir en el intento victoriosamente logrado; sin perderse

en el afán de renovarse; sin decadencia posible, por lo único de la

obra; sin la lucha innoble con la necesidad y el envilecimiento de

la sobreproducción y del industrialismo; serenamente, bellamente,

señorialmente, había llegado á la plenitud de la gloria. ¿Y qué pintor

podía preciarse de haber igualado á Heredia, el colorista--á menos

que sea Moreau?--No era la primera vez que Silvio, sufridor de todas

las dudas por la misma incandescencia de su fe, se había preguntado,

leyendo á Flaubert, á Heredia, á los coloristas de la pluma, si era

dable superarles con el pincel; y ahora la duda reaparecía, al recordar

el esplendor de _Los Trofeos_, Antonio en brazos de Cleopatra, viendo

en sus ojos el inmenso mar y la huída de las galeras de Accio, los

Conquistadores españoles sobre el fosforescente azul del mar de los

Trópicos, en la proa de las blancas carabelas, inclinados para ver

surgir estrellas nuevas del fondo del Océano.

Sin haber tanteado aún sus disposiciones para el arte, ya padecía

Silvio la penosa incerteza, el titubeo de los desorientados y los

deslumbrados, la solicitación de las otras formas artísticas,

la ambigüedad ambiciosa que obliga al escultor á buscar efectos

pictóricos; al pintor, á introducir poesía lírica ó épica, literatura

en fin, en sus cuadros; al músico, á calcular efectos descriptivos y

notas de color, en vez de notas musicales; al escritor, á emular al

pintor, produciendo, á toda costa, la sensación artística, el efecto de

la luz ó del sonido; al arquitecto, á forzar las líneas, alterando la

serenidad, volviendo al barroquismo; á todos, en fin, á meter la hoz en

mies ajena, á sentir el desasosiego panestético, ansia de expresar la

belleza con mayor amplitud, más recursos, sentimiento más vario, algo

que abarca, en abrazo eterno, lo infinito de la hermosura, lo ilimitado

de su goce. La idea de que nunca pintaría como hace sonetos Heredia

sumió á Silvio en una de esas meditaciones desconsoladas en que se

quisiera renegar hasta del sér y convertirse en piedra. Hay instantes

en que los pensamientos nos ahogan como olas. ¡Ante Heredia, Silvio se

humilló: se vió tan pequeño, tan burlado por la suerte! Era su gran

sufrimiento, _querer ser otro_; era la negación del _yo_, de lo que más

se ama.

Las doce caían cuando irrumpió en el salón de madama de Mélusine

Espina Porcel. Sus pupilas agudas, vivaces, registraron el recinto

y descubrieron al joven pintor, perdido en la selva obscura de

sus reflexiones. Sacudió la cabeza Silvio y se acercó á la dama,

colocándose á su lado. Espina hacía gestos monos al fijarse en la

concurrencia, y decía por lo bajo:

--¡De mal en peor esta casa! Llegará día en que no se podrá venir. ¡Qué

ancha base! Seguro que me va á endilgar, sin previa consulta, á dos ó

tres notabilidades estrafalarias.

No se engañaba en sus presunciones la Porcel. Ya la Mélusine, con

el transporte entusiasta que la acometía al descubrir islas, se

aproximaba, llevando de la mano á Daría Gregoresco, y la presentaba

entre un balbuceo de simpatía apasionada, con igual emoción y secreteo

que Solar de Fierro al mostrar una maravilla única de sus colecciones.

--La señorita Gregoresco... ¡Ya sabe usted!... ¡La señorita

Gregoresco!... Nos ofrece la encantadora sorpresa de recitar algunas

poesías no dadas á conocer hasta hoy...

Espina se inclinó, lanzó un ¡ah! inefable, y murmuró un “¡encantada!”

de los más vagos y distraídos de su repertorio.

La Gregoresco se adelantó; hicieron corro á su alrededor,--en primer

término, la dueña de la casa, sonriente de beatitud. Estaba la poetisa

turbada, y leve ronquera velaba su voz al empezar. Heredia, á quien

respetuosamente habían dejado sitio en el aro estrecho del corro, hizo

con la diestra cartucho á la oreja para oir bien. Silvio notó que en

aquel salón parisiense se escuchaba, como no se escucha en Madrid jamás.

Alzábase ya más segura y timbrada la voz de la recitadora, y su dicción

pura y dulce iba encendiéndose con apasionados acentos, expresando la

cuita, la incurable añoranza del ayer tan próximo, el inextinguible

recuerdo del ensueño destrozado por la realidad; la queja salida de

las entrañas, que se deshace y rompe en sollozos al asomar á la boca.

Su poesía, no escultural y policromada; no impecable y soberana, como

la de Heredia; flébil á veces, como lamento de niño; altiva otras,

con la generosa altivez del sentimiento que conoce su nobleza y su

derecho á la vida, fluía de labios carnosos, poco espirituales, y los

transformaba, los afinaba con idealidad. Aquellas amantes querellas,

aquellos insistentes brazos extendidos hacia lo que no volverá, lo que

no puede volver, lo que tal vez no existía, porque si hubiese existido

seguiría existiendo, se sobrepondría á lo accidental y pasajero de la

existencia; aquel poema de pasión, con sus paseos á la luz de la blanca

luna, sus citas entre flores, decoración trillada y divina; aquella

pregunta ansiosa, triste, repetida--¿cómo se puede olvidar cuando

se ha querido de cierta manera?,--aquello que era fibras vivientes,

sangre de un corazón transformada en luz por la rima, al exhalarse por

la boca de la enamorada, la hacía momentáneamente sublime. Sus ojos

de sombra brillaban; sus mejillas, bruñidas al sol, se animaban con

carmín de fiebre; su estatura parecía crecer. De pronto cubrió su vista

un velo, una escarcha de llanto, y la emoción, haciendo palpitar su

seno, se reveló en la profundidad vibrante de la voz, en la trepidación

involuntaria del torso. Era una gran soprano dramática, y sus acentos

tenían poder comunicativo de dolor y piedad. Silvio, con sorpresa, se

sentía subyugado. Por primera vez un gemido de amor le conmovía.--Se lo

dijo á Espina, que, insensible, metida en su concha de mundano aplomo,

observaba como se observa una curiosidad cualquiera, un bicho raro, un

pájaro de colores. Y, alzando los hombros, contestó á Silvio quedamente:

--¿Le hace á usted efecto la cómica esa? Porque ya comprenderá que de

comedia se trata. Ni hubo tal amor, ni tal empeño del príncipe heredero

en casarse con ella.

Lago sabía lo contrario, como lo sabía todo el mundo; pero no le

preocupaba la autenticidad de la historia. Su naturaleza estética hacía

que los afectos le interesasen más vistos al través del arte que en la

realidad. “Una impresión bella no miente nunca”--era su divisa, y fué

su respuesta.

--¿No le parece á usted--añadió--que el amor es la cosa más vieja y más

nueva, más fecunda en sugestión, después de todo? ¡Cuánto siento que el

amor nada me diga! ¡Es posible que me engañe mi sueño de arte, y esté

perdiendo lo mejor de mi vida, los años que no tornan, privándome de la

única emoción que abarca lo infinito!

Espina le fijó sin pestañear y no contestó.

--Tal vez--pensaba Silvio--la Gregoresco, con su emoción perpetua, que

derrama en versos y que reabsorbe al recitarlos, vive vida más colmada,

más intensiva, que el sordo glorioso que la está felicitando en este

momento.

Se acercó á la poetisa cuando la dejaron algo libre los admiradores, y

apartándose del remolino de la multitud, que ahora se precipitaba para

oir recitar fábulas de Lafontaine á Coquelín menor, se encontró aislado

con Daría en una especie de gabinetito formado por cortinajes de

brocatel, plantas y dorados muebles. Daría respiraba afanosamente aún,

y, no creyéndose observada, se pasaba el pañuelo por los ojos, donde se

había vuelto agua corriente el rocío.

Silvio, como si la conociese de hacía muchos años, familiar, imperioso,

la preguntó:

--¿De modo que no le ha olvidado usted aún?

Hizo ella con la cabeza señal negativa, y se sentó, abrumada sin duda,

quebrantados los huesos y abatida el alma.

--Siempre--indicó el artista--la poesía consuela.

La poetisa le miró. Estaba, sin duda, habituada á distinguir la

verdadera simpatía de la compasión ficticia ó burlona. La cara

delicadamente expresiva de Silvio, el encanto artístico de su

semblante, la mirada sentimental de sus ojos cambiantes, verdiazules,

la tranquilizaron, y murmuró, melancólicamente, sumisamente:

--No sé si consuela... Por lo menos, da desahogo al sentimiento. Dicen

los médicos que si yo no hiciese estos pobres versos, me hubiese muerto

ó me hubiese vuelto loca.

--¡Si supiese usted--balbuceó Silvio--cómo la envidio su pena!

Quisiera, desde que la he oído, poder sentir así. No soy feliz, pero mi

pena no es de amor.

--¿De qué es entonces?--preguntó sorprendida ella; tal vez no creía

posible que se sufriese por otra cosa.

--De ambición artística... Soy pintor; nada he producido y aspiro á una

obra fuerte, señalada, que me eleve...

--¡Vanidad!--murmuró Daría.

--¡Delirio quizá el de usted!--declaró Silvio.

La enamorada suspiró, haciendo un noble ademán de resignación

á su eterna tortura, mitigada sólo por el canto. Y mientras se

comunicaban, sin conocerse casi, lo más arcano de sus almas, el

gentío, desimpresionado ya, olvidando la queja de la tórtola viuda, no

sospechando el anhelo del soñador de fama, del ansioso de creación, se

agolpaba en torno del actor de la Comedia Francesa, escuchándole bordar

y cincelar con recitación sorprendente la fabulilla salada por el buen

sentido.

Daría y Silvio, un momento, hicieron fondo común de sus penas hermosas.

La prosa les rodeaba; se refugiaban en la poesía de lo imposible.

¡Vanidad! ¡Delirio!--Para ellos, la mayor verdad; la que nosotros

mismos criamos.

* * * * *

Hízose más pesado el yugo que la Porcel imponía á Silvio; y el artista

tenía que someterse. Confiaba todavía en el apoyo de Valdivia, en la

cacareada exhibición del retrato de las rosas. Salir del anonimato en

esa forma no le era halagüeño; pero no había otro recurso.

Tampoco era infalible. Las victorias madrileñas podían convertirse en

naufragios parisienses. Una frontera, unos centenares de kilómetros...

y todo cambiado.--Silvio contaba, no obstante, con la homogeneidad del

gran mundo, que, en lo fundamental, es idéntico á sí mismo en cualquier

latitud.

Para fijar la atención distraída y volandera de ese gran mundo, el

señuelo era Espina. Ella podía, en un acceso de malignidad, retrasar

indefinidamente el momento en que París se convirtiese en escenario

y mercado para Silvio.--Creía tener en la mano el medio infalible

de subyugar á la Porcel. La fatuidad le sugería que una escenita,

magistralmente representada por el histrión que hay en todo artista,

restablecería las relaciones en pie de complicidad; pero no se poseía

lo bastante para resolverse á tal farsa. La perversa atracción de

Espina se le había transformado en repulsión, y Lago se conocía; sabía

que sus sentimientos eran brotes bravos de espino montés; que la misma

traición, el mismo disimulo artero, de los cuales sentíase capaz, no

podía provocarlos á voluntad y mediante reflexión: le reventaban del

alma bajo la presión de las circunstancias. Ni siquiera le movía ya el

romántico respeto á Valdivia; su alejamiento era otra cosa: una especie

de náusea moral. El cutis de Espina se le figuraba frío como el de un

reptil. La neurosis, el diablillo de la neurosis, debía de danzar en

esto...

Siempre que se aflojaba algún tanto su cadena, se sumergía en el

dibujo, ó desentrañaba el París artístico. Hundíase con deleite en el

inextinguible foco y luminar de arte, saboreando el placer que causan

las obras maestras en relación íntima con nuestra sensibilidad, ó

que la modifican y renuevan. Había dado por hecho Silvio que entre

los pintores modernos le arrebataría Courbet, y comprobó sorprendido

que el realismo, exagerado calculadamente, del discutidísimo _maître

d’Ornans_, casi le molestaba. Era la transformación de su ideal propio

lo que anulaba su admiración hacia Courbet, exaltada por los ditirambos

de Zola. Se quedó Silvio pensativo cuando hubo notado que Courbet,

antes, en su imaginación, rey de la pintura,--no era, al verle de

cerca, sino “un temperamento”, un sujeto de cualidades mal aprovechadas

y hasta estragadas por la estrechez de una fórmula.

Courbet--decidió Silvio--fué una naturaleza burda; tenía mucho de

grosero, no sólo en la producción, sino en su vida, en aquel su eterno

fumar y beber cerveza.--Sintió que la devoción cambiaba de santo, que

se pasaba á Moreau y á Millet, ¡dos ideales tan diferentes!--Millet le

embelesaba por impresionar á su manera la naturaleza, dominándola con

la intensidad del propio sentimiento, y soñaba hacer él en Alborada

otro tanto. Las Mariñas distantes le parecían entonces ese rincón del

mundo donde cada artista extrae una concepción peculiar de la realidad,

según sus propios ensueños de poeta.--“En Alborada haré yo mis

_Espigadoras_”--resolvía.--“No aquella _Recolección de la patata_, tan

tosca, tan villanesca. Otra cosa..., otra cosa... á lo Millet”.--Pero

Moreau le fascinaba más, no imaginando siquiera que pudiese su pincel

ejercer la influencia que ejerció aquel creador genial más próximo á

fray Angélico y á los místicos que á los modernos. Silvio comprendió

que su alma era del grupo poco numeroso á que perteneció el autor de

_Salomé_. Almas complicadas, pueriles y pervertidas, misantrópicas y

candorosas, modernas y bizantinas. Nunca almas panzudas de burgueses.

Almas siempre resonantes por la vibración de las cuerdas polifónicas de

sus nervios.

Silvio encontraba en la sensación peculiar de Gustavo Moreau mucho de

lo que había supuesto en París, en el alma de París, y que no descubría

en el París verdadero. Éste nada tenía de común con la ciudad de fiebre

y placer, cocotismo y despilfarro, de la leyenda internacional. La

“Babel” era un telón efectista hecho jirones, y aparecía la colmena,

el trabajo asiduo, normal, funcionando y saneando la atmósfera. Los

zánganos, en apariencia numerosos, eran en realidad contados. Y de

bracero con el trabajo, como esas parejas contentas de serlo que

se esparcen por París al anochecer, Silvio veía á la razón, obrera

metódica; la voluntad al servicio de la invención. La lección severa de

Lutecia era lo contrario de la sangría suelta de tiempo y energías de

Madrid.

Recordaba Silvio la capital española como si aún se encontrase en

su taller de la calle de Villanueva: las vías públicas, concurridas

lo mismo á las cinco de la tarde que á media noche; aquel visiteo

injustificado, aquel zanganeo y zascandileo en que las horas se

esfuman, cayendo en el curso del mes y del año como granitos de sal

en mares de tedio, placer y turbulencia. Y en cambio, en el París que

la literatura diseca para descubrir perversiones, y que fotografía

sorprendiendo extrañas muecas, en imposibles actitudes, Silvio, al

echarse á la calle temprano para dirigirse á su taller, se tropezaba

con bandadas de madrugadores intelectuales, pálidos de sueño, que

asaltaban las limpias cremerías y se desayunaban con un panecillo

de media luna y un vaso de leche, antes de desparramarse, vademécum

bajo el brazo, á enseñar ó aprender; ¡á trabajar! Á tal hora, en que

los madrileños, pobres ó ricos, leen entre sábanas el primer diario

que su mujer ó sus criados les suben, Silvio veía á los parisienses,

ciudadanos de la metrópoli del sibaritismo, según fama, entregarse

con taciturna asiduidad á los preliminares de una jornada laboriosa,

seguida de otras y otras, interrumpidas por el descanso dominical

disfrutado en sencillos esparcimientos, tan distintos del pagano y

sanguinario dominguerismo taurino de Madrid. Los porteros, mozos y

dependientes de comercio, barriendo, bruñendo y atersando aceras,

llamadores, vidrios y escaparates, como el soldado acicala sus armas

para combatir; los profesores, corriendo con ropa raída y estómago mal

lastrado á arrancar de entre colchones al alumno, si éste no aguarda

ya con las orejas relucientes de fricción y los ojos entumecidos de

soñolencia; el personal de los establecimientos públicos, oficinas,

tiendas, desde temprano en plena actividad--repetían que la palabra

de la esfinge parisiense es TRABAJO.--Los ciclistas desfilan,

portadores de mensajes ó carga; los coches circulan, socarrones,

acechando al peatón, que se apresura y los evita; una multitud

seria, preocupada de su objeto, invade las aceras, sin agolparse en

cualquier parte á curiosear cualquier cosa; Silvio se confunde entre

esta multitud, se codea, se hinca, hace cuña y no percibe esa chispa

de pasión, de simpatía ó antipatía, que en Madrid se transmite de

uno á otro transeunte. La gente que pasa á su lado, que le empuja

involuntariamente, que le esquiva con ágil respingo para no detener ni

ser detenida, no le ve siquiera. Va á la obligación, va á la labor.

Contados están los minutos, trazado y distribuído el día, tasado el

reposo y repartida la tarea.

Esa decisión de funcionar, esa trepidación como de máquina que rinde

su contingente, corre en oleada desde los resplandecientes bulevares

hasta los barrios semiprovincianos de la _banlieue_. Hay en París zonas

solitarias, pero no holgazanas. La colmena no zumba en la calle; se

refugia en las celdillas, en los pisos modestos sobre cuyas ventanas se

leen un nombre y un oficio... Ni las breves vacaciones parecen amenguar

la actividad de la colmena invisible. Cuando el azar de sus correrías

lleva á Silvio, por ejemplo, hacia el Jardín de Plantas, la calma del

tranquilo barrio no le impide notar la palpitación del esfuerzo, el

anhelar de yunta que abre surco. Humilde es el vecindario; conságrase

á labor poco retribuída, pero acata el precepto, de cuyo cumplimiento

nacen la riqueza, el vigor y la hermosura. Siente á su alrededor Silvio

la ahincada presión del trabajo. Hasta la daifa que recorre un trozo

de acera, siempre el mismo, y que interpela al transeunte, muestra la

aplicación de la laboriosidad, tiene dejos de obrera, compelida por la

tarea forzosa.

La conseja de la bohemia artística, del descuido y la holganza

entrecortada por hipos de genio y arrechuchos de inspiración, con

risas, trampas y fumaduras de pipas, se derrumbaba en su romántica

falsedad. El divino grupo de Capeaux, _La Danza_, que Silvio había

creído símbolo de la desenfrenada existencia parisiense, ahora se le

figuraba, en su nervioso vértigo, expresión de un afanar constante, el

de tantos cerebros y tantos brazos.

“Cabe bohemia en literatura--deducía Silvio,--porque una estrofa

puede inmortalizar, y una estrofa puede nacer sin esfuerzo; pero

nosotros, pintores, escultores, ¿hemos de improvisar monigotes en la

pared, muñecos tallados al cortaplumas?” Recordaba su antigua fe en

el milagro, sus esperanzas--las de todos--en el golpe de suerte, en

la idea feliz que saltea al despertar, en el cuadro-gancho, en el

cuadro-trompeta, en lo que á infinitos alucina, y ya se reía de sí

mismo. Lo que se hace sin aplicación es deleznable, banco de arena seca

y suelta que el aire arrebata, resplandor momentáneo de luciérnaga en

estío.

La Quimera · 第 21 / 33 段