Rió con risa exasperada, alto.--“Bien, pues todo eso hay que

hacerlo”--gritó con violencia frenética.--“Hay que hacerlo, así

cueste la vida. ¿Pende de mí, y no se había de realizar? ¿El ansia

que me devora, de nada ha de servir? ¿Lo que otro obtiene, me será

inaccesible? Pende de mí, de mis cualidades inferiores... Paciencia,

dotes de oficinista, de erudito apelmazado: ¡os solicito! Si es

necesario invertir seis años, ocho, en labor obscura... qué rayo, se

invertirán...”

Abrumado de desolación; convencido--allá en el fondo, muy en el

fondo--de que no se invertirían, se levantó, contempló otra vez la

majestuosa fachada. Allí estaba la catedral con la túnica de gloria,

de celestes desposorios, vestida por los rayos de la luna. Su eterno

candor, su eterna virginidad, sonreían castamente, murmurando

estrofas vagas, himnos sin rima, cánticos misteriosos. Delante de la

inmensa rosa que flanquean las otras dos menores, la figura mística,

soñadora, de la Virgen, se ofrecía á la adoración de los dos ángeles

extáticos, mientras allá lejos Adán y Eva lloraban su caída, que les

había divorciado eternamente de la Belleza. “Sí, pensó Silvio: la

bienaventuranza, el Paraíso, no es sino la hermosura”. Los simbolismos

de la basílica le agitaron el alma un instante: creyó que arriba las

gárgolas terribles, las fantásticas alimañas de la Era de plomo,

se inclinaban para aojarle y cuchicheaban: “Destino, destino”.

“Fatalidad”. Dolor súbito le paralizó. Su obra, fuese lo que fuese,

desaparecería tragada por el tiempo. Nunca debía aspirar á duración en

la memoria humana...

--¡Qué majadero soy!--murmuró sacudiéndose, desembrujándose.--Necesito

dormir, y estoy aquí lo propio que si fuese uno del Cenáculo... Al

hotel, al hotel; pero antes á tomar algo caliente.

Mucho le costó encontrar dónde tomar ese “algo caliente”. París no

trasnocha: los restaurantes cierran tempranísimo; los cafés, punto

menos. Por fin, en un café tardizo, pudo obtener un _beefsteack_ y una

bavaresa hirviendo. Al retirarse al hotel, pensaba:

--Para acostarse á las once y admirar catedrales, no merece la pena de

venirse á París. Lo mismo sería residir en Burgos.

* * * * *

Al otro día almorzó en la primorosa residencia campoelisiaca de la

Porcel. Los demás comensales eran Valdivia y una señora quintañona,

viva, azogada; madama de Mélusine, especialista en reunir la

actualidad y la novedad--artistas, poetas, cantantes, emigrados,

estrellas rabudas,--dando saraos magníficos, en los cuales el mundo

social se codea con el mundo estético, y donde los que han de vivir

de la celebridad y el reclamo pueden hacerse notorios relativamente.

Madama de Mélusine ha consagrado á esto su tiempo y fortuna; no la

guía interés alguno, excepto el ansia, tan parisiense, de dar pasto

á su emotividad, de buscar aliciente para la vida. Á toda costa esa

levadura, esa sal en el manjar insípido. Madama de Mélusine sólo se

agita para ofrecer á sus tertulianos la novedad, sea del género que

sea; pianista húngaro, coplero felibre, novelista rumano, conspirador

polaco, _authoress_ inglesa. Silvio, mediante el almuerzo, caía en las

uñas de la emotiva. Desde el primer plato tenía la invitación á comida

y postcomida en la casa internacional.

--Pienso--declaró Silvio--concurrir poco á fiestas. Aquí, mi deseo es

rehuir cuanto no sea el trabajo. Pero aceptaré una vez... y agradecido.

El almuerzo era delicioso; sobre todo, servido con filigranas y

detalles que sorprendieron á Silvio, aun después de haber sido comensal

de casas muy copetudas de Madrid. Todo sencillo, en apariencia, y

en efecto, refinadísimo. Las manzanas de la canastilla de frutas,

por ejemplo, sobre que no se comprendía verlas tan frescas en Julio,

eran todas exactamente del mismo tamaño y forma, y se advertía que

habían sido frotadas, bruñidas, para sacar un lustre que las hacía

parecer de oro y carmín. Las uvas tardías, limpias, como recortadas en

jade, ofrecían la misma igualdad. Las flores eran raras; los últimos

descubrimientos en floricultura. Las había por todas partes. En medio

de la mesa se alzaba y se derretía dentro de un tazón enorme de cristal

un grupo de ninfas tallado en hielo, sobre un macizo de orquídeas.

Manjares, vajilla, cristalería, servicio, mantelería, llevaban la marca

del vehemente lujo de la Porcel, y aumentaba la sensación de alta vida,

el encontrar todo tan en su punto, á las pocas horas de llegar á París

la dueña de la casa. Como madama de Mélusine demostrase halagüeña

sorpresa, Espina sonrió, irónica ante el elogio.

--Lo mismo estaría si viene usted á cenar anoche. Y lo mismo me tienen

la casa preparada--excepto las esculturas en hielo; para eso es

necesario avisar al artista--cualquier día de mi ausencia. Mis órdenes

son terminantes. ¡No faltaría más que llegar de sorpresa y poder

dibujar el nombre sobre polvo en las lunas de los espejos!

Á aquel almuerzo siguieron otros. Diariamente estaba convidado Silvio;

hacíanle, de vez en cuando, conocer alguna gente: periodistas,

escritores, gente de banca, amigos de Valdivia. Percibía que en

Madrid hay varios círculos y una sola sociedad, mientras en París hay

múltiples sociedades que apenas coinciden. La rápida entronización de

Madrid no era fácil aquí, donde tanto se tarda en pasar de un grupo á

otro, que cabe invertir, en el traslado, la vida entera. La sociedad

en que Espina podía introducirle era de la mejor, excepto el _barrio_

propiamente dicho, y su composición mixta, conveniente á los fines

del artista joven que desea darse á conocer y reclutar clientela. Ya

había sido presentado á personalidades. Madama de Mélusine representaba

el elemento estético y cosmopolita; la condesa de los Pirineos, la

verdadera aristocracia, arrabal de San Germán; la embajadora de España,

la colonia española; Valdivia, la americana, portuguesa y brasileña,

almidonada, seria, que puede pagar ultragenerosamente, si quiere, un

retrato que agrade.

Á proporción, sin embargo, de los medios de favorecerle que poseían

Valdivia y su amiga, Silvio creyó notar que no le empujaban tanto,

tanto. Una frialdad ligera, suave, se insinuaba en sus relaciones.

Algo raro le pasaba á Valdivia: algo distinto de antes había en su

voz, en sus ojos desviados rápidamente, en sus gestos. ¿Sería que...?

Silvio, por una anomalía muy frecuente, creíase del todo impecable; á

Valdivia ningún mal le había hecho... puesto que ya voluntariamente se

abstenía.--Y declaró al brasileño injusto, versátil.

En espera, se dió á visitar, durante las ociosas mañanas, los museos.

El del Louvre el primero; así lo quiere la rutina. Salió del Louvre

menos aplastado de admiración, pero más confuso, que del Prado. En

Madrid era la pintura de dos ó tres maestros lo que le había sumido en

una especie de anonadamiento, seguido de fiebre; aquí era el conjunto

grandioso, el acarreo de cientos de siglos, de tantas formas de arte,

de tantas épocas, de tanta influencia de la historia, la religión,

el clima, la forma de gobierno, las costumbres--sobre una cosa que

él hubiese querido ver inmaterial y alada, el arte.--Al recorrer

las grandes salas asirias, egipcias, persas, griegas, romanas, se

dispersaba y evaporaba su espíritu. En Madrid sentía, como sillar

enorme sobre el pecho, la grandeza de los titanes, á quienes era

inútil pensar en aproximarse nunca; aquí, en cambio, el peso muerto

de las edades transcurridas, la fuerza incontrastable que ejerce la

época á que pertenecemos, y que nos arrastra, como colosal Caronte,

por el río negro, hacia donde el barquero quiere, sin tener en cuenta

nuestra voluntad. Al mismo tiempo, la idea del _progreso_ en arte, la

aspiración á fórmulas nuevas, que expresen algo bello mejor y con más

intensidad de lo que en ningún tiempo se ha expresado, se desvanecía

para siempre en Silvio. En cada edad hubo obras maestras, definitivas,

y no existe escultor moderno que supere en naturalismo, en verdad

sencilla, de puro sencilla fulminante, al desconocido egipcio que

modeló el _Escriba_, ni ceramista que venza en elegancia al autor

de ciertos azulejos asirios del palacio de Artajerjes. Se admira su

obra; pero nadie conoce su nombre. Este anonimato le parecía á Silvio

una aureola. ¡La miseria del nombre!--El caso es haberse realizado

plenamente, en una obra soberbia.--Pensativo, se detenía al pie de

algún coloso de pórfido rosa, cavilando en lo que sería la crítica

en aquellas remotas edades; en lo que dirían los inteligentes de

entonces, que seguramente los habría, pues no se concibe arte sin

quien lo saboree y lo juzgue. Se figuraba los pórticos guarnecidos

de hiladas de esfinges, las teorías de columnas con capitel de loto

ó de cogollo de palmera, y soñaba egipcios de facciones aniñadas y

regulares, egipcias con tocado de escarabajo hierático, discutiendo

la última obra de un ilustre de entonces.--“¿Me satisfaría á mí esa

clase de público?--discurría Silvio.--¡No! Necesito gente de ahora, que

siente como yo y sufre las mismas ansias. Sólo me importa el efecto que

una obra mía pudiese causarle á Minia, ó á _aquel á quien yo desearía

parecerme_... Y según esto, la gloria, nuestro hipo de gloria, ¿qué es?

¿Es orgullo? ¿Es vanidad? ¿Es el goce del niño que enseña un juguete á

sus camaradas?”

Por más que se esforzase, no podía representarse á los egipcios

admirando algo que hubiese pintado él. ¿Qué placer sería los aplausos

de Tebas? ¿Aplaudirían al menos? No; les pareceríamos bárbaros. Y, sin

embargo, la estatua del _Escriba_ es el _non plus ultra_ de lo que

pudiese hacer un moderno para ajustarse á fórmulas de estética que han

revolucionado el arte en nuestro siglo...

Mientras Silvio devanaba estas filosofías, Valdivia, algo distraído

y remiso, le proporcionaba, no obstante, un taller alquilado en una

calle próxima al bulevar de Estrasburgo. El pintor á quien el taller

pertenecía viajaba á la sazón, tomando apuntes de paisaje por las

montañas del Delfinado; proponíase terminar su veraneo en una playa,

y había dado al portero orden de subarrendar. Á Silvio le ilusionó

infinito el taller, asaz modesto, amueblado con cuatro trastos,

tapices hechos jirones y remendados, cacharros encolados y rotos,

sillas paticojas; un tufillo de bohemia; pero al cabo, ¡taller en

París! Desempaquetó y colocó, ante todo, el retrato de Espina, que en

aquel camaranchón polvoriento semejaba un rayo de primavera, entre la

frescura de sus rosas y la nube cándida de sus tules.

--Tenga usted paciencia--díjole desabridamente Valdivia.--París no es

Madrid. Pequé de optimista, empiezo á comprenderlo. Todavía no hemos

podido encontrar para usted retratos. María pensaba dar una fiestecita

y enseñar el suyo... ¿No le habla á usted de este plan?

Al formular la interrogación, la mirada del celoso era indefinible.

Silvio creía notar en ella una interrogación, un reproche, algo bien

distinto de la cordialidad de antes. Por contraste, Espina no daba ni

señales de recordar lo que más hiere el amor propio de una mujer: el

corte de la relación de amor, sin excusa válida. Nunca en sus ojos de

avellana puntilleados se encendía la llamarada del capricho ó se tendía

la niebla del recuerdo; nunca hablaba á Silvio con ese vago tono de

tristeza del bien perdido, que delata la tortura de la memoria y la

persistencia del cariño invencible.

Por instantes alarmaba á Silvio la actitud demasiado serena de Espina.

No era lógica tal conformidad, mediando lo que había mediado, mientras

continuaba viéndola, tratándola, frecuentando su casa. ¿Qué había bajo

aquella tranquilidad desdeñosa, complicada de aparente protección?

Silvio temía. La prudencia aconsejaba concesiones, pero creía que no

le era posible ya tocar á un cabello de aquella mujer, después de las

confidencias desesperadas de Valdivia. Se reía á solas de sí mismo,

de su quijotismo eternamente ignorado. Una vulgar modelo, una mujer

de la calle, antes que la inimitable Porcel: satisfecha la fatuidad

y la malignidad, Espina sería para él una de las ninfas de hielo,

transparentes, que se liquidaban, bañando de frescura las flores de

la mesa. Este orden de sentimientos se reflejaba en su trato con la

cosmopolita.--Había en su modo de hablarla admiración teñida de acidez,

cortesía interesada, con matices glaciales, involuntarios esguinces

de repulsión que la voluntad no siempre acertaba á disimular, un

oculto fuego de desprecio moral cuyo humo salía afuera; todo lo que

componía el sentimiento complejo, más de odio que de otra cosa, que

había llegado á infundirle la singular mujer. Ella--en los primeros

días de la estancia de Silvio en París, y aun en las ocasiones que

el viaje ofrece--había intentado disimuladas investigaciones para

averiguar la causa de la retirada amorosa del artista; curiosidad

también burlada. Silvio, en su tosca franqueza, resabio de sus tiempos

de vida popular, no se recataba para encomiar, delante de Espina, á

otras mujeres; y aunque observaba los labios de Espina, no veía en

ellos huella de sangre, sino la del carmín fino que los pintaba. Ni

escuchaba siquiera. Lanzando un ¡ah! gracioso, se tendía en el diván á

fumar sus cigarrillos saturados de opio, que la calmaban y la sumían en

adormilado bienestar.

No renunciaba á llevarse á Silvio consigo al través de París, como

le había llevado al través de Madrid. Y el artista, por lo mismo que

estaba en paz con su conciencia, que nada había allí de peligroso,

se dejaba arremolinar, cediendo al atractivo puramente cerebral,

peregrinamente mezclado con repugnancia, que ejercía sobre él una

naturaleza estética ultrarrefinada, al iniciarle en los misterios de

París.

Por entonces Valdivia cayó enfermo. Le postró en la cama una serie

de alifafes, y Espina, en vez de cuidarle, se lanzó con su “_rapin

espagnol_” ya al Bosque de Bolonia, ya á las _baignoires_ de los

teatrillos subalternos, donde las estrellas de Citera y Pafos se

codean con las beldades empingorotadas y curiosas. Eran expediciones

clandestinas, que no parecían inocentes, siéndolo en realidad hasta

la bobería. Por ventura la acompañaban amigas venidas de Madrid, á

pasar los primeros calores y á vestirse de verano, para las playas

ó para Biarritz en Agosto, ó de París mismo, que prolongaban la

temporada antes de desparramarse por costas é islas inglesas,

escolleras de Bretaña y Normandía ó bellos castillos del interior

de Francia. Silvio pasaba inadvertido; era un protegido, tal vez un

apasionado; algo adjetivo, subalterno; y en el torbellino de París,

donde el tiempo está avaramente contado, á nadie se le ocurría

hacerse retratar por aquel advenedizo. Silvio aprovechaba las mañanas

apuntando, dibujando, enterándose de mil cosas, en museos y galerías

particulares. La pintura contemporánea empezaba á revelársele, no con

el aspecto de improvisación, de revelación súbita, que afecta en

España, sino en forma de lenta, reflexiva conquista de la técnica,

antes de hilar la idea ó entonar la copla sentimental de cada uno. Y

volvía á sus primeros honrados propósitos: dibujar, dibujar, dibujar,

hasta que los huesos de las falanges se le cayesen. “En España no se

dibuja lo bastante, se fía todo al color”. Avisó modelos; estudió

encarnizadamente la forma humana, la infinita magnificencia del músculo

sobre el hueso y de la piel sobre el músculo.

Una tarde, Valdivia, desde su sillón de achacoso convaleciente, anunció

á Silvio que “tenemos un parroquiano. ¡Y qué parroquiano! De estos que

sólo se cazan en París... Mi amigo Perico Aladro, el pretendiente al

trono de Albania...” En el regocijo malicioso con que hablaba Valdivia,

Silvio pensó descubrir la satisfacción de escamotearle el encargo

sensacional á Marbley, el belga. Á éste no le conocía Silvio aún, á

pesar de oir su nombre, pronunciado en tono de consideración por la

gente de buena sociedad, en tono de burla por los contados artistas

con quienes había cruzado dos palabras... Valdivia, entre sus curas al

salicilato y sus baños eléctricos (el sistema de un Doctor yanqui de

paso en París), saboreaba de antemano la mortificación del belga, al

cundir la noticia de que el pretendiente de moda se retrataba con el

españolito. Marbley le había infligido crueles sufrimientos. Sangraba

la herida del celoso, mientras en el alma arenisca de Espina, donde

toda emoción de simpatía pasaba barrida por el viento, donde sólo

persistían los sentimientos de malignidad, ya Marbley no ocupaba

sino el lugar secundario de los objetos que se utilizan para dañar á

su hora, el lugar de un puñal colgado en una panoplia, con la punta

cuidadosamente emponzoñada.

Silvio se alborozó. ¡Aquel retrato sería un reclamo magnífico! ¡Traería

dinero, indispensable, porque los cuatro mil de Valdivia se derretían

á semejanza de las esculturas de hielo! Era la misma actualidad

parisiense el elegante _hidalgo_ español, bulevardista, por otra

parte, hasta la médula, y convertido, cuando nadie se lo imaginaba, en

personaje de _Los Reyes en el destierro_... La figura del jerezano,

hasta entonces una de tantas siluetas del París que se divierte, subió

de pronto á ser una de las figuras con que París se emociona todas las

mañanas; su fotografía figuraba en escaparates, en las publicaciones

ilustradas de los kioscos. Silvio contaba con el retrato, en pintoresco

traje nacional albanés, para fijar un momento, á su vez, la atención de

ese París distraído--la imagen, creía él, de Espina.--Con entusiasmo

sentido pocas veces comenzó su tarea, charlando y fumando en compañía

del candidato al trono, que le refería datos genealógicos, la sucesión

directa del héroe, sus derechos claros, notorios, á una diadema

novelesca, oriental. Lo que preocupaba á Silvio era pensar si sería

ridículo ó cortés é imprescindible el tratamiento de Majestad. Con el

buen tono de un hombre de mundo, Aladro adivinó las dudas del artista.

“Somos dos amigos, dos españoles.” Estaba encantado del retrato, en el

cual su apostura, todavía gallarda é interesante, aparecía realzada por

el carácter y riqueza del atavío; y le agradaba la destreza de Silvio

para reconstruir una cara y un cuerpo, borrando el estrago de los años

sin perder la exactísima semejanza. Y la pintura ni era afeminada

ni muelle; la cabeza tenía un aire de altivez melancólica, la justa

idealización que cabía en el papel del retrato, en la significación de

la vestimenta. El pretendiente no se hartaba de alabar. “¡Qué talento

de muchacho!” Se expansionaba con Valdivia, le daba gracias. “Es

preciso que no quede descontento; haremos como quien somos”.

De la noche á la mañana, Aladro salió precipitadamente para Viena;

Valdivia quedaba encargado de pagar. La extrañeza de Silvio fué

grande al notar que Valdivia ni pagaba ni volvía á mentar el retrato.

Se atrevió á recordarle que lo expusiese. El brasileño sonrió. “No

es posible, no es prudente siquiera. ¿Qué sabemos por dónde lo toma

París? ¿Y si ponen en solfa el traje de albanés, si dicen que está

vestido para un baile de máscaras, y sobre la chunga de aquí viene el

mal efecto posible de _allá_? No, no puede ser, Lago. Aladro no me lo

perdonaría”.

Como Silvio insistiese, preguntando quién había sugerido á Aladro tal

recelo, Valdivia respondió con negligencia:

--Á Aladro no se le había ocurrido el peligro de tal exhibición;

Marbley, con buen sentido, fué quien le abrió los ojos.

--¡Ah, vamos, Marbley!--repitió Silvio, atónito de que Valdivia ahora

invocase y acatase la autoridad del belga.

--Marbley... Verá usted--detalló Valdivia,--tiene práctica; dice que

para exponer debe tratarse de un retrato serio, de algo que nadie

pueda discutir, de una firma segura. “No despistemos á París”, repite;

y Aladro, á su vez, no quiere despistar... María, á la sola idea de

presentar á Aladro con chaquetilla, faja y pistolas, se ha reído

inextinguiblemente...

Silvio, sin replicar, se retiró, aniquilado. Aunque el retrato del

pretendiente le proporcionase recursos (Valdivia ni aun en eso

pensaba), él había soñado otra cosa. Su conciencia artística le decía

que el retrato tenía el arranque, la vitalidad infundida, por ejemplo,

á la cabeza del Doctor Luz. “Al buscar clientes bonitas--pensaba--hago

lo contrario de lo que me conviene. Los mejores modelos son los

hombres, y no pudiendo ser, las mujeres feas.” Estaba arrebatado en la

contemplación y estudio de los grandes retratistas europeos; no volvía

de su asombro ante el cuadro del “Mariscal Prim”, obra del malogrado

Regnault; ante los Carolus Durán--un estilo tan español;--ante

los Bonnat, maravillas de realismo, retratos de inteligencias, de

cerebros, que resumen la energía mental de los modelos, los Taine,

los Renan. Como seducción, llegó á preferir los Benjamín Constant.

Este era el maestro prestigioso, el mago de la paleta. Provocaba las

dificultades por el placer de vencerlas, y daba á su pintura toda la

lujuriosa intensidad del color que acaricia y prende, con el vigor de

una ejecución profunda. “Esto es pintar”, exclamaba Silvio atónito;

y entonces encontraba justo que el pretendiente no hubiese querido

exhibir su estudio al pastel,--un juguete, una miseria.

Completamente fascinado, repetía ante las obras fuertes: “Así se

pinta”. Renegaba de sí; á sus transportes de entusiasmo seguían accesos

de inmenso desaliento; él no llegaría á nada nunca; no había que

forjarse ilusiones; todo estaba cumplido, los puestos ocupados, el

arte en su plenitud. Blasfemaba: desconocía la inexhausta fecundidad,

la virtud de renovación del arte, y daba por hecho que, después de una

generación gloriosa, rica, se secaba el suelo y nada germinaba ya bajo

el sol.

Otras veces, en sus correrías--cuando soltaba el yugo de Espina y se

lanzaba solo á apoderarse de París,--la loca esperanza le concedía

besos incendiarios. Lo mismo que le parecía motivo de desconsuelo,

era ahora causa de ilusión para su cambiante naturaleza. Donde se

habían ramificado tantas y tan variadas direcciones, donde tantas

personalidades surgían, ¿por qué no surgiría él también á su hora, con

su fórmula, con su dón peculiar, con su individualidad sagrada?

Después de la generación de Bastien Lepage, de Moreau, de Millet, ¿no

se alzaba ya otra llena de vida, no sospechada por ellos, distinta

de ellos? ¿No había visto en pos de los retratistas acatados, á los

nuevos, al genial Chartran, al extraño neblinista Carrière--y no era

él de carne, de hueso, no tenía dedos, no tenía ojos, no tenía corazón

para sentir, sangre que derramar en la pelea?

--Ahora--pensaba--paciencia, y unos francos de reserva, es lo que he

menester... Iré al estudio de Dagnan Bouveret: es el más impecable

dibujante.

Le obligó Espina, á pretexto de _lanzamiento_, á hacer efectiva la

invitación á comida y postcomida de madama de Mélusine. La morada de

esta señora es espaciosa, espléndida, algo abigarrada como el espíritu

de la dueña; ostenta un lujo sin intimidad ni densidad aristocrática;

recuerda la fisonomía cosmopolita de los grandes hoteles. La comida

era más bien frustrada: los convidados no habían sido elegidos con

esa inteligencia exquisita que revela el tacto del ama de casa, sino

al capricho de la notoriedad ó al azar del último descubrimiento de

las que Espina llamaba islas desconocidas, pobladas de antropófagos.

Silvio, con su lucidez instintiva para lo social, vió desde el primer

momento que aquello no era gran mundo, ni siquiera mundo homogéneo,

donde todos se conocen y desde el primer momento saben cómo tratarse

y qué decirse. Mientras esperaban en el salón blanco y oro, deslucido

por tanto tráfago, que precedía al comedor, los invitados se miraban

puntiagudamente, las presentaciones eran laboriosas. El artista

comprendió por qué Espina se excusaba de ir al banquete, proponiéndose

limitarse--había dicho con acento desdeñoso--á “dar una vuelta”, una

aparición en la velada. Valdivia también apelaba á su enfermedad para

evitar el convite. Dejaban allí á Silvio, náufrago.

En el concepto gastronómico, la comida fué insuperable. Silvio,

estómago exigente, encontró perfecto lo de mascar. Detalles y monerías

se echaban de menos. Era oro derrochado en comestibles, cocineros,

vinos, servicio.

La Quimera · 第 20 / 33 段