hacerlo”--gritó con violencia frenética.--“Hay que hacerlo, así
cueste la vida. ¿Pende de mí, y no se había de realizar? ¿El ansia
que me devora, de nada ha de servir? ¿Lo que otro obtiene, me será
inaccesible? Pende de mí, de mis cualidades inferiores... Paciencia,
dotes de oficinista, de erudito apelmazado: ¡os solicito! Si es
necesario invertir seis años, ocho, en labor obscura... qué rayo, se
invertirán...”
Abrumado de desolación; convencido--allá en el fondo, muy en el
fondo--de que no se invertirían, se levantó, contempló otra vez la
majestuosa fachada. Allí estaba la catedral con la túnica de gloria,
de celestes desposorios, vestida por los rayos de la luna. Su eterno
candor, su eterna virginidad, sonreían castamente, murmurando
estrofas vagas, himnos sin rima, cánticos misteriosos. Delante de la
inmensa rosa que flanquean las otras dos menores, la figura mística,
soñadora, de la Virgen, se ofrecía á la adoración de los dos ángeles
extáticos, mientras allá lejos Adán y Eva lloraban su caída, que les
había divorciado eternamente de la Belleza. “Sí, pensó Silvio: la
bienaventuranza, el Paraíso, no es sino la hermosura”. Los simbolismos
de la basílica le agitaron el alma un instante: creyó que arriba las
gárgolas terribles, las fantásticas alimañas de la Era de plomo,
se inclinaban para aojarle y cuchicheaban: “Destino, destino”.
“Fatalidad”. Dolor súbito le paralizó. Su obra, fuese lo que fuese,
desaparecería tragada por el tiempo. Nunca debía aspirar á duración en
la memoria humana...
--¡Qué majadero soy!--murmuró sacudiéndose, desembrujándose.--Necesito
dormir, y estoy aquí lo propio que si fuese uno del Cenáculo... Al
hotel, al hotel; pero antes á tomar algo caliente.
Mucho le costó encontrar dónde tomar ese “algo caliente”. París no
trasnocha: los restaurantes cierran tempranísimo; los cafés, punto
menos. Por fin, en un café tardizo, pudo obtener un _beefsteack_ y una
bavaresa hirviendo. Al retirarse al hotel, pensaba:
--Para acostarse á las once y admirar catedrales, no merece la pena de
venirse á París. Lo mismo sería residir en Burgos.
* * * * *
Al otro día almorzó en la primorosa residencia campoelisiaca de la
Porcel. Los demás comensales eran Valdivia y una señora quintañona,
viva, azogada; madama de Mélusine, especialista en reunir la
actualidad y la novedad--artistas, poetas, cantantes, emigrados,
estrellas rabudas,--dando saraos magníficos, en los cuales el mundo
social se codea con el mundo estético, y donde los que han de vivir
de la celebridad y el reclamo pueden hacerse notorios relativamente.
Madama de Mélusine ha consagrado á esto su tiempo y fortuna; no la
guía interés alguno, excepto el ansia, tan parisiense, de dar pasto
á su emotividad, de buscar aliciente para la vida. Á toda costa esa
levadura, esa sal en el manjar insípido. Madama de Mélusine sólo se
agita para ofrecer á sus tertulianos la novedad, sea del género que
sea; pianista húngaro, coplero felibre, novelista rumano, conspirador
polaco, _authoress_ inglesa. Silvio, mediante el almuerzo, caía en las
uñas de la emotiva. Desde el primer plato tenía la invitación á comida
y postcomida en la casa internacional.
--Pienso--declaró Silvio--concurrir poco á fiestas. Aquí, mi deseo es
rehuir cuanto no sea el trabajo. Pero aceptaré una vez... y agradecido.
El almuerzo era delicioso; sobre todo, servido con filigranas y
detalles que sorprendieron á Silvio, aun después de haber sido comensal
de casas muy copetudas de Madrid. Todo sencillo, en apariencia, y
en efecto, refinadísimo. Las manzanas de la canastilla de frutas,
por ejemplo, sobre que no se comprendía verlas tan frescas en Julio,
eran todas exactamente del mismo tamaño y forma, y se advertía que
habían sido frotadas, bruñidas, para sacar un lustre que las hacía
parecer de oro y carmín. Las uvas tardías, limpias, como recortadas en
jade, ofrecían la misma igualdad. Las flores eran raras; los últimos
descubrimientos en floricultura. Las había por todas partes. En medio
de la mesa se alzaba y se derretía dentro de un tazón enorme de cristal
un grupo de ninfas tallado en hielo, sobre un macizo de orquídeas.
Manjares, vajilla, cristalería, servicio, mantelería, llevaban la marca
del vehemente lujo de la Porcel, y aumentaba la sensación de alta vida,
el encontrar todo tan en su punto, á las pocas horas de llegar á París
la dueña de la casa. Como madama de Mélusine demostrase halagüeña
sorpresa, Espina sonrió, irónica ante el elogio.
--Lo mismo estaría si viene usted á cenar anoche. Y lo mismo me tienen
la casa preparada--excepto las esculturas en hielo; para eso es
necesario avisar al artista--cualquier día de mi ausencia. Mis órdenes
son terminantes. ¡No faltaría más que llegar de sorpresa y poder
dibujar el nombre sobre polvo en las lunas de los espejos!
Á aquel almuerzo siguieron otros. Diariamente estaba convidado Silvio;
hacíanle, de vez en cuando, conocer alguna gente: periodistas,
escritores, gente de banca, amigos de Valdivia. Percibía que en
Madrid hay varios círculos y una sola sociedad, mientras en París hay
múltiples sociedades que apenas coinciden. La rápida entronización de
Madrid no era fácil aquí, donde tanto se tarda en pasar de un grupo á
otro, que cabe invertir, en el traslado, la vida entera. La sociedad
en que Espina podía introducirle era de la mejor, excepto el _barrio_
propiamente dicho, y su composición mixta, conveniente á los fines
del artista joven que desea darse á conocer y reclutar clientela. Ya
había sido presentado á personalidades. Madama de Mélusine representaba
el elemento estético y cosmopolita; la condesa de los Pirineos, la
verdadera aristocracia, arrabal de San Germán; la embajadora de España,
la colonia española; Valdivia, la americana, portuguesa y brasileña,
almidonada, seria, que puede pagar ultragenerosamente, si quiere, un
retrato que agrade.
Á proporción, sin embargo, de los medios de favorecerle que poseían
Valdivia y su amiga, Silvio creyó notar que no le empujaban tanto,
tanto. Una frialdad ligera, suave, se insinuaba en sus relaciones.
Algo raro le pasaba á Valdivia: algo distinto de antes había en su
voz, en sus ojos desviados rápidamente, en sus gestos. ¿Sería que...?
Silvio, por una anomalía muy frecuente, creíase del todo impecable; á
Valdivia ningún mal le había hecho... puesto que ya voluntariamente se
abstenía.--Y declaró al brasileño injusto, versátil.
En espera, se dió á visitar, durante las ociosas mañanas, los museos.
El del Louvre el primero; así lo quiere la rutina. Salió del Louvre
menos aplastado de admiración, pero más confuso, que del Prado. En
Madrid era la pintura de dos ó tres maestros lo que le había sumido en
una especie de anonadamiento, seguido de fiebre; aquí era el conjunto
grandioso, el acarreo de cientos de siglos, de tantas formas de arte,
de tantas épocas, de tanta influencia de la historia, la religión,
el clima, la forma de gobierno, las costumbres--sobre una cosa que
él hubiese querido ver inmaterial y alada, el arte.--Al recorrer
las grandes salas asirias, egipcias, persas, griegas, romanas, se
dispersaba y evaporaba su espíritu. En Madrid sentía, como sillar
enorme sobre el pecho, la grandeza de los titanes, á quienes era
inútil pensar en aproximarse nunca; aquí, en cambio, el peso muerto
de las edades transcurridas, la fuerza incontrastable que ejerce la
época á que pertenecemos, y que nos arrastra, como colosal Caronte,
por el río negro, hacia donde el barquero quiere, sin tener en cuenta
nuestra voluntad. Al mismo tiempo, la idea del _progreso_ en arte, la
aspiración á fórmulas nuevas, que expresen algo bello mejor y con más
intensidad de lo que en ningún tiempo se ha expresado, se desvanecía
para siempre en Silvio. En cada edad hubo obras maestras, definitivas,
y no existe escultor moderno que supere en naturalismo, en verdad
sencilla, de puro sencilla fulminante, al desconocido egipcio que
modeló el _Escriba_, ni ceramista que venza en elegancia al autor
de ciertos azulejos asirios del palacio de Artajerjes. Se admira su
obra; pero nadie conoce su nombre. Este anonimato le parecía á Silvio
una aureola. ¡La miseria del nombre!--El caso es haberse realizado
plenamente, en una obra soberbia.--Pensativo, se detenía al pie de
algún coloso de pórfido rosa, cavilando en lo que sería la crítica
en aquellas remotas edades; en lo que dirían los inteligentes de
entonces, que seguramente los habría, pues no se concibe arte sin
quien lo saboree y lo juzgue. Se figuraba los pórticos guarnecidos
de hiladas de esfinges, las teorías de columnas con capitel de loto
ó de cogollo de palmera, y soñaba egipcios de facciones aniñadas y
regulares, egipcias con tocado de escarabajo hierático, discutiendo
la última obra de un ilustre de entonces.--“¿Me satisfaría á mí esa
clase de público?--discurría Silvio.--¡No! Necesito gente de ahora, que
siente como yo y sufre las mismas ansias. Sólo me importa el efecto que
una obra mía pudiese causarle á Minia, ó á _aquel á quien yo desearía
parecerme_... Y según esto, la gloria, nuestro hipo de gloria, ¿qué es?
¿Es orgullo? ¿Es vanidad? ¿Es el goce del niño que enseña un juguete á
sus camaradas?”
Por más que se esforzase, no podía representarse á los egipcios
admirando algo que hubiese pintado él. ¿Qué placer sería los aplausos
de Tebas? ¿Aplaudirían al menos? No; les pareceríamos bárbaros. Y, sin
embargo, la estatua del _Escriba_ es el _non plus ultra_ de lo que
pudiese hacer un moderno para ajustarse á fórmulas de estética que han
revolucionado el arte en nuestro siglo...
Mientras Silvio devanaba estas filosofías, Valdivia, algo distraído
y remiso, le proporcionaba, no obstante, un taller alquilado en una
calle próxima al bulevar de Estrasburgo. El pintor á quien el taller
pertenecía viajaba á la sazón, tomando apuntes de paisaje por las
montañas del Delfinado; proponíase terminar su veraneo en una playa,
y había dado al portero orden de subarrendar. Á Silvio le ilusionó
infinito el taller, asaz modesto, amueblado con cuatro trastos,
tapices hechos jirones y remendados, cacharros encolados y rotos,
sillas paticojas; un tufillo de bohemia; pero al cabo, ¡taller en
París! Desempaquetó y colocó, ante todo, el retrato de Espina, que en
aquel camaranchón polvoriento semejaba un rayo de primavera, entre la
frescura de sus rosas y la nube cándida de sus tules.
--Tenga usted paciencia--díjole desabridamente Valdivia.--París no es
Madrid. Pequé de optimista, empiezo á comprenderlo. Todavía no hemos
podido encontrar para usted retratos. María pensaba dar una fiestecita
y enseñar el suyo... ¿No le habla á usted de este plan?
Al formular la interrogación, la mirada del celoso era indefinible.
Silvio creía notar en ella una interrogación, un reproche, algo bien
distinto de la cordialidad de antes. Por contraste, Espina no daba ni
señales de recordar lo que más hiere el amor propio de una mujer: el
corte de la relación de amor, sin excusa válida. Nunca en sus ojos de
avellana puntilleados se encendía la llamarada del capricho ó se tendía
la niebla del recuerdo; nunca hablaba á Silvio con ese vago tono de
tristeza del bien perdido, que delata la tortura de la memoria y la
persistencia del cariño invencible.
Por instantes alarmaba á Silvio la actitud demasiado serena de Espina.
No era lógica tal conformidad, mediando lo que había mediado, mientras
continuaba viéndola, tratándola, frecuentando su casa. ¿Qué había bajo
aquella tranquilidad desdeñosa, complicada de aparente protección?
Silvio temía. La prudencia aconsejaba concesiones, pero creía que no
le era posible ya tocar á un cabello de aquella mujer, después de las
confidencias desesperadas de Valdivia. Se reía á solas de sí mismo,
de su quijotismo eternamente ignorado. Una vulgar modelo, una mujer
de la calle, antes que la inimitable Porcel: satisfecha la fatuidad
y la malignidad, Espina sería para él una de las ninfas de hielo,
transparentes, que se liquidaban, bañando de frescura las flores de
la mesa. Este orden de sentimientos se reflejaba en su trato con la
cosmopolita.--Había en su modo de hablarla admiración teñida de acidez,
cortesía interesada, con matices glaciales, involuntarios esguinces
de repulsión que la voluntad no siempre acertaba á disimular, un
oculto fuego de desprecio moral cuyo humo salía afuera; todo lo que
componía el sentimiento complejo, más de odio que de otra cosa, que
había llegado á infundirle la singular mujer. Ella--en los primeros
días de la estancia de Silvio en París, y aun en las ocasiones que
el viaje ofrece--había intentado disimuladas investigaciones para
averiguar la causa de la retirada amorosa del artista; curiosidad
también burlada. Silvio, en su tosca franqueza, resabio de sus tiempos
de vida popular, no se recataba para encomiar, delante de Espina, á
otras mujeres; y aunque observaba los labios de Espina, no veía en
ellos huella de sangre, sino la del carmín fino que los pintaba. Ni
escuchaba siquiera. Lanzando un ¡ah! gracioso, se tendía en el diván á
fumar sus cigarrillos saturados de opio, que la calmaban y la sumían en
adormilado bienestar.
No renunciaba á llevarse á Silvio consigo al través de París, como
le había llevado al través de Madrid. Y el artista, por lo mismo que
estaba en paz con su conciencia, que nada había allí de peligroso,
se dejaba arremolinar, cediendo al atractivo puramente cerebral,
peregrinamente mezclado con repugnancia, que ejercía sobre él una
naturaleza estética ultrarrefinada, al iniciarle en los misterios de
París.
Por entonces Valdivia cayó enfermo. Le postró en la cama una serie
de alifafes, y Espina, en vez de cuidarle, se lanzó con su “_rapin
espagnol_” ya al Bosque de Bolonia, ya á las _baignoires_ de los
teatrillos subalternos, donde las estrellas de Citera y Pafos se
codean con las beldades empingorotadas y curiosas. Eran expediciones
clandestinas, que no parecían inocentes, siéndolo en realidad hasta
la bobería. Por ventura la acompañaban amigas venidas de Madrid, á
pasar los primeros calores y á vestirse de verano, para las playas
ó para Biarritz en Agosto, ó de París mismo, que prolongaban la
temporada antes de desparramarse por costas é islas inglesas,
escolleras de Bretaña y Normandía ó bellos castillos del interior
de Francia. Silvio pasaba inadvertido; era un protegido, tal vez un
apasionado; algo adjetivo, subalterno; y en el torbellino de París,
donde el tiempo está avaramente contado, á nadie se le ocurría
hacerse retratar por aquel advenedizo. Silvio aprovechaba las mañanas
apuntando, dibujando, enterándose de mil cosas, en museos y galerías
particulares. La pintura contemporánea empezaba á revelársele, no con
el aspecto de improvisación, de revelación súbita, que afecta en
España, sino en forma de lenta, reflexiva conquista de la técnica,
antes de hilar la idea ó entonar la copla sentimental de cada uno. Y
volvía á sus primeros honrados propósitos: dibujar, dibujar, dibujar,
hasta que los huesos de las falanges se le cayesen. “En España no se
dibuja lo bastante, se fía todo al color”. Avisó modelos; estudió
encarnizadamente la forma humana, la infinita magnificencia del músculo
sobre el hueso y de la piel sobre el músculo.
Una tarde, Valdivia, desde su sillón de achacoso convaleciente, anunció
á Silvio que “tenemos un parroquiano. ¡Y qué parroquiano! De estos que
sólo se cazan en París... Mi amigo Perico Aladro, el pretendiente al
trono de Albania...” En el regocijo malicioso con que hablaba Valdivia,
Silvio pensó descubrir la satisfacción de escamotearle el encargo
sensacional á Marbley, el belga. Á éste no le conocía Silvio aún, á
pesar de oir su nombre, pronunciado en tono de consideración por la
gente de buena sociedad, en tono de burla por los contados artistas
con quienes había cruzado dos palabras... Valdivia, entre sus curas al
salicilato y sus baños eléctricos (el sistema de un Doctor yanqui de
paso en París), saboreaba de antemano la mortificación del belga, al
cundir la noticia de que el pretendiente de moda se retrataba con el
españolito. Marbley le había infligido crueles sufrimientos. Sangraba
la herida del celoso, mientras en el alma arenisca de Espina, donde
toda emoción de simpatía pasaba barrida por el viento, donde sólo
persistían los sentimientos de malignidad, ya Marbley no ocupaba
sino el lugar secundario de los objetos que se utilizan para dañar á
su hora, el lugar de un puñal colgado en una panoplia, con la punta
cuidadosamente emponzoñada.
Silvio se alborozó. ¡Aquel retrato sería un reclamo magnífico! ¡Traería
dinero, indispensable, porque los cuatro mil de Valdivia se derretían
á semejanza de las esculturas de hielo! Era la misma actualidad
parisiense el elegante _hidalgo_ español, bulevardista, por otra
parte, hasta la médula, y convertido, cuando nadie se lo imaginaba, en
personaje de _Los Reyes en el destierro_... La figura del jerezano,
hasta entonces una de tantas siluetas del París que se divierte, subió
de pronto á ser una de las figuras con que París se emociona todas las
mañanas; su fotografía figuraba en escaparates, en las publicaciones
ilustradas de los kioscos. Silvio contaba con el retrato, en pintoresco
traje nacional albanés, para fijar un momento, á su vez, la atención de
ese París distraído--la imagen, creía él, de Espina.--Con entusiasmo
sentido pocas veces comenzó su tarea, charlando y fumando en compañía
del candidato al trono, que le refería datos genealógicos, la sucesión
directa del héroe, sus derechos claros, notorios, á una diadema
novelesca, oriental. Lo que preocupaba á Silvio era pensar si sería
ridículo ó cortés é imprescindible el tratamiento de Majestad. Con el
buen tono de un hombre de mundo, Aladro adivinó las dudas del artista.
“Somos dos amigos, dos españoles.” Estaba encantado del retrato, en el
cual su apostura, todavía gallarda é interesante, aparecía realzada por
el carácter y riqueza del atavío; y le agradaba la destreza de Silvio
para reconstruir una cara y un cuerpo, borrando el estrago de los años
sin perder la exactísima semejanza. Y la pintura ni era afeminada
ni muelle; la cabeza tenía un aire de altivez melancólica, la justa
idealización que cabía en el papel del retrato, en la significación de
la vestimenta. El pretendiente no se hartaba de alabar. “¡Qué talento
de muchacho!” Se expansionaba con Valdivia, le daba gracias. “Es
preciso que no quede descontento; haremos como quien somos”.
De la noche á la mañana, Aladro salió precipitadamente para Viena;
Valdivia quedaba encargado de pagar. La extrañeza de Silvio fué
grande al notar que Valdivia ni pagaba ni volvía á mentar el retrato.
Se atrevió á recordarle que lo expusiese. El brasileño sonrió. “No
es posible, no es prudente siquiera. ¿Qué sabemos por dónde lo toma
París? ¿Y si ponen en solfa el traje de albanés, si dicen que está
vestido para un baile de máscaras, y sobre la chunga de aquí viene el
mal efecto posible de _allá_? No, no puede ser, Lago. Aladro no me lo
perdonaría”.
Como Silvio insistiese, preguntando quién había sugerido á Aladro tal
recelo, Valdivia respondió con negligencia:
--Á Aladro no se le había ocurrido el peligro de tal exhibición;
Marbley, con buen sentido, fué quien le abrió los ojos.
--¡Ah, vamos, Marbley!--repitió Silvio, atónito de que Valdivia ahora
invocase y acatase la autoridad del belga.
--Marbley... Verá usted--detalló Valdivia,--tiene práctica; dice que
para exponer debe tratarse de un retrato serio, de algo que nadie
pueda discutir, de una firma segura. “No despistemos á París”, repite;
y Aladro, á su vez, no quiere despistar... María, á la sola idea de
presentar á Aladro con chaquetilla, faja y pistolas, se ha reído
inextinguiblemente...
Silvio, sin replicar, se retiró, aniquilado. Aunque el retrato del
pretendiente le proporcionase recursos (Valdivia ni aun en eso
pensaba), él había soñado otra cosa. Su conciencia artística le decía
que el retrato tenía el arranque, la vitalidad infundida, por ejemplo,
á la cabeza del Doctor Luz. “Al buscar clientes bonitas--pensaba--hago
lo contrario de lo que me conviene. Los mejores modelos son los
hombres, y no pudiendo ser, las mujeres feas.” Estaba arrebatado en la
contemplación y estudio de los grandes retratistas europeos; no volvía
de su asombro ante el cuadro del “Mariscal Prim”, obra del malogrado
Regnault; ante los Carolus Durán--un estilo tan español;--ante
los Bonnat, maravillas de realismo, retratos de inteligencias, de
cerebros, que resumen la energía mental de los modelos, los Taine,
los Renan. Como seducción, llegó á preferir los Benjamín Constant.
Este era el maestro prestigioso, el mago de la paleta. Provocaba las
dificultades por el placer de vencerlas, y daba á su pintura toda la
lujuriosa intensidad del color que acaricia y prende, con el vigor de
una ejecución profunda. “Esto es pintar”, exclamaba Silvio atónito;
y entonces encontraba justo que el pretendiente no hubiese querido
exhibir su estudio al pastel,--un juguete, una miseria.
Completamente fascinado, repetía ante las obras fuertes: “Así se
pinta”. Renegaba de sí; á sus transportes de entusiasmo seguían accesos
de inmenso desaliento; él no llegaría á nada nunca; no había que
forjarse ilusiones; todo estaba cumplido, los puestos ocupados, el
arte en su plenitud. Blasfemaba: desconocía la inexhausta fecundidad,
la virtud de renovación del arte, y daba por hecho que, después de una
generación gloriosa, rica, se secaba el suelo y nada germinaba ya bajo
el sol.
Otras veces, en sus correrías--cuando soltaba el yugo de Espina y se
lanzaba solo á apoderarse de París,--la loca esperanza le concedía
besos incendiarios. Lo mismo que le parecía motivo de desconsuelo,
era ahora causa de ilusión para su cambiante naturaleza. Donde se
habían ramificado tantas y tan variadas direcciones, donde tantas
personalidades surgían, ¿por qué no surgiría él también á su hora, con
su fórmula, con su dón peculiar, con su individualidad sagrada?
Después de la generación de Bastien Lepage, de Moreau, de Millet, ¿no
se alzaba ya otra llena de vida, no sospechada por ellos, distinta
de ellos? ¿No había visto en pos de los retratistas acatados, á los
nuevos, al genial Chartran, al extraño neblinista Carrière--y no era
él de carne, de hueso, no tenía dedos, no tenía ojos, no tenía corazón
para sentir, sangre que derramar en la pelea?
--Ahora--pensaba--paciencia, y unos francos de reserva, es lo que he
menester... Iré al estudio de Dagnan Bouveret: es el más impecable
dibujante.
Le obligó Espina, á pretexto de _lanzamiento_, á hacer efectiva la
invitación á comida y postcomida de madama de Mélusine. La morada de
esta señora es espaciosa, espléndida, algo abigarrada como el espíritu
de la dueña; ostenta un lujo sin intimidad ni densidad aristocrática;
recuerda la fisonomía cosmopolita de los grandes hoteles. La comida
era más bien frustrada: los convidados no habían sido elegidos con
esa inteligencia exquisita que revela el tacto del ama de casa, sino
al capricho de la notoriedad ó al azar del último descubrimiento de
las que Espina llamaba islas desconocidas, pobladas de antropófagos.
Silvio, con su lucidez instintiva para lo social, vió desde el primer
momento que aquello no era gran mundo, ni siquiera mundo homogéneo,
donde todos se conocen y desde el primer momento saben cómo tratarse
y qué decirse. Mientras esperaban en el salón blanco y oro, deslucido
por tanto tráfago, que precedía al comedor, los invitados se miraban
puntiagudamente, las presentaciones eran laboriosas. El artista
comprendió por qué Espina se excusaba de ir al banquete, proponiéndose
limitarse--había dicho con acento desdeñoso--á “dar una vuelta”, una
aparición en la velada. Valdivia también apelaba á su enfermedad para
evitar el convite. Dejaban allí á Silvio, náufrago.
En el concepto gastronómico, la comida fué insuperable. Silvio,
estómago exigente, encontró perfecto lo de mascar. Detalles y monerías
se echaban de menos. Era oro derrochado en comestibles, cocineros,
vinos, servicio.