Ha sucedido; he logrado infinitamente más de lo que podía fantasear,

y sólo experimento, al emprender otra peregrinación hacia la tierra

prometida, repugnancia á lo pasado. Casi raya en el asco que infunden

la comida mascada y el pan mordido. Quizás me espera en París el

verdadero desencanto: la certeza de que no tengo puños para lo único

que importa.

Si me convenzo de esto... Pero ¿puede uno convencerse nunca?

El retrato de Espina trastorna la cabeza á las señoras que lo ven.

Realmente (lo conozco), es (aunque algo cromito, cromito siempre)

de una _etereidad_, de una magia seductora. La cabecita rubia, los

nacarados hombros, virginales (Espina tiene una porción de detalles

que no pueden llamarse sino así), son un hechizo de finura. Los tules

y las rosas, vamos, no sé quién los haría mejor. Parece que las flores

están salpicadas de rocío, y que sus hojas de seda van á moverse, á

caer lánguidas, dulces. El efecto de absoluta sencillez, evitando la

cargazón de lujo y mal gusto de las señoras de aquí--y no exceptúo á

Lina Moros, que por cierto está torcidísima conmigo, que no tengo culpa

de las extravagancias de la Porcel,--el efecto de sencillez, un cuadro

sin una joya, sin un lazo, es atrayente, exquisito. En fin, el retrato

de Espina hace la competencia, como acontecimiento mundano, á la venida

del monarca portugués.

En ecos periodísticos, en las conversaciones, un concierto de elogios.

Y decir que al mismo tiempo que me inciensan, yo creo sentir alrededor

del pescuezo un collarín que me ahoga, la argolla de mi eterna

mediocridad.

¡La obsesión, la obsesión! Felices los imbéciles como Valdivia, esos á

quienes la fidelidad ó infidelidad de una pindonga...

Estas crudezas que pienso y escribo aquí me avergüenzan también; pero

comprendo que si tuviese la seguridad de mi talento, de mi genio; si

la tuviese perseverante, en vez de tenerla por acceso y caer luego en

desaliento incurable, si yo fuese Van Dyck, me creería autorizado á

pensar como me diese la gana de cosas y personas, y á retratarme con mi

engañado protector, sin escrúpulos...

Un genio en arte no reconoce ley; es rey, es águila.

Yo vivo anonadado, porque no sé si soy más que un pastelista de salón.

Es urgente averiguarlo. ¡Maldito yo si no lo averiguo!

* * * * *

He rehusado casi todas las invitaciones, sobre todo las de los bailes:

esto de no asistir me da tono... y comodidad. Las comidas las he

aceptado, porque se come mejor que en casa, naturalmente. He ido á

despedirme de las Dumbrías, que se alegran francamente de mi salida

en busca de aventuras. He dicho adiós igualmente al marqués de Solar

de Fierro, que se ha conmovido algo (como se conmueven los viejos,

pensando en sí mismos, en contingencias de no volver á ver al que

despiden), y me han llenado de consejos acerca de lo que debo reparar

en el Louvre, en Chantilly, en Cluny. Además me ha dado cartas y

tarjetas para que visite colecciones particulares que no se enseñan.

Y á fin de cumplir de una vez con todas mis amigas--llamémoslas así,

aunque sea presunción,--aprovecharé la butaca que me envía la Sarbonet

para la función regia en el Teatro Real.

* * * * *

¡Qué concurrencia, qué calor, qué lujo! Las peticiones de localidades

han sido tantas, que el ministro, oigo que dicen á mi lado, andaba

loco. Ha sido preciso enchiquerar á seis ú ocho señoras en cada palco.

Los señores, como puedan. Las que han conseguido sitio desde el cual se

ve á la Corte, satisfechísimas; las que no han logrado esa fortuna, se

prometen invadir el palco de una amiga en los entreactos para saturar

sus ojos de la atracción. Cantan nada menos que el _Don Juan_, de

Mozart, pero nadie quiere oir una nota de la divina música. Más que los

cantantes, cuya voz ahoga completamente el abejorreo de los diálogos,

de las observaciones acerca de tocados, galas y joyas, interesan al

público los dos alabarderos de guardia en los ángulos del escenario

con el telón, inmóviles. Son dos apariciones de antaño--morenos,

mostachudos, serios,--estatuas de la lealtad monárquica. Ayer he

visto á estos mismos alabarderos, en la corrida regia, resistir con

las alabardas, al pie del palco que ocupaban las reales personas, la

arremetida del toro. Sería un bonito asunto de cuadro, un Zuloaga...

Todo el mundo tuerce la cabeza para mirar á la Corte, cuyo gran

palco domina la Sala, trastornando la categoría de las localidades,

elevando al primer rango á los palcos principales, otros días refugio

de la gente de medio pelo, y hoy reservados á los diplomáticos, á

las damas de la reina, á la alta servidumbre, á lo más granado de la

concurrencia. Se respira un aire embalsamado, asfixiante. Aquí se queda

eclipsada mi perfumería. Es difícil discernir qué olor domina: si

los aromas fuertes, ingleses, que gastan los muchachos _bien_, ó las

sutiles composiciones francesas, mixtiones delicadas y personalísimas,

de las cremosas. El conjunto levanta dolor de cabeza y solivianta los

nervios.

Enarbolo los gemelos que acabo de alquilar por dos pesetas, y me dedico

á pasar revista.

Es un abigarrado, un mariposeador remolino de hombros y senos

salpicados de pedrerías, arroyados de perlas; de cabezas coronadas

de brillantes; de uniformes, de dorados, de plumas, de pecheras de

blanco cartón. Es lo que desde hace meses me dedico á retratar; son

mis modelos, mi clientela, mi mundo, reunido y luciendo el tren de sus

vanidades, de sus pretensiones de tono, riqueza, belleza, posición,

galantería, superioridad social; éste es el momento crítico en que las

pequeñas Quimeras, las Quimeritas, revolotean ladrando, soltando humo

por las fauces...

Descanso los gemelos un instante. Á mi derecha tengo un gallardo, un

magnífico maestrante de Ronda. Su casaca ceñida le presta arrogancia

militar, bombeando y diseñando el bien formado pecho; sus calzones

blancos modelan sus esculturales muslos. Mira con mezcla de interés

y desdén á los palcos, sonríe de vez en cuando á una cara conocida,

arquea las cejas de puro ébano, contrae una frente juvenil, encuadrada

por el pelo negro alisado exageradamente, según el decreto de la moda.

Se ve que tiene calor y que más bien se aburre que otra cosa... pero

sería lástima que se fuese, con tan hermosa estampa. Á mi izquierda

dos damas muy maduras, emperifolladas, cejijuntas, desesperadas toda

la noche de Dios porque no han conseguido asiento en un palco. Su mal

humor se traduce en murmurar de todos y de todas, en cuchichearse,

escandalizadas, historias sin pies ni cabeza, en encontrar falsas

las perlas y los brillantes de cuantas lucen corona heráldica, y en

criticar el reparto acerbamente. Viene á saludarlas un señor calvo,

obsequioso, y le endosan la relación. “Figúrese usted que nos ha

engañado el ministro... Hasta última hora prometiendo palco, y luego

nos encaja esta ridiculez.”

El señor, sin duda para consolarlas, musita misteriosamente: “¿Y saben

ustedes que está en las butacas la Maricielos? ¿La amiga de Julio Ambas

Castillas? ¿Una _cocotte_? Está, acabo de verla... Un escándalo...”

Tiendo la vista por las butacas, y en el mujerío apenas descubro una

cara satisfecha. Querían palco todas. Unas disimulan, otras están

furiosas sin rebozo; sin embargo, se han colgado la espetera y sacado

el fondo del baúl. Entre los trajes claros hormiguean los fraques y

los uniformes; y me fijo, admirado, en la cantidad inverosímil de

condecoraciones, placas y cruces que brillan sobre el paño negro, azul

ó rojo. Si á estos signos se atendiese, somos el pueblo que cuenta con

más héroes, con más sabios, con más gente ilustre por un concepto ó

por otro. Hay pechos que son, no un calvario, como impropiamente se

dice (¿qué valen tres cruces?), sino la Vía Apia el día de la célebre

crucifixión colectiva.

Tampoco escasean las veneras y distintívos de Órdenes militares, ni

faltan maestrantes de Sevilla, Zaragoza y Ronda,--pero ninguno con

la planta arrogante del que á mi lado se sienta.--Sin embargo, la

vanidad burguesa se sobrepone á la nobiliaria; la inundación es de

bandas y condecoraciones militares y civiles, llegando á parecerme de

buen gusto, por contraste, la bermeja cruz gladiada de Santiago, que

algunos llevan como único distintivo. Miro á mi frac enteramente liso

y desnudo, condecorado con tres tallitos de _muguet_ y dos violetas

blancas en el ojal, y me siento muy vacío de vanidades, encastillado

solamente en mi orgullo loco de querer ser algo que no se expresa con

una cinta de colores ni con un trozo de metal.

¡Á los palcos! Ahí se gallardean las que conozco, las que he retratado,

y también las que no he querido retratar. Ahí las Dumbrías, en platea,

con las hijas de un político de fama. Ahí la Palma, con su heráldica

diadema, su aire de gran señora. Ahí la Marquesa de Regis, honradota,

luciendo apelmazadas alhajas de familia, absolutamente _fagotée_...

y su hija, la de los bandós virginales, encinta ya de cuatro meses.

Ahí la Fadrique Vélez, pintada, empavesada, dislocada, porque tiene

cerca, de uniforme de gentilhombre, al consabido... Ahí Adolfina

Mendoza, que no cabe en su pellejo de contenta, porque la han puesto

con la Lanzafuerte y las Vegamillar, la pura crema de la pura nata...

Y un vapor de recuerdos me forma y dibuja la silueta de una carmelita,

postrada en un coro donde hay sarcófagos de piedra, góticos, de

Infantes de Castilla y León...

En el cristal de los gemelos se incrusta la cara regordeta, de

cocinera, de la Sarbonet. Sobre su pelo, teñido de color caoba,

brilla, entre los follajes de yedra, una serie de estrellas de

pedrería, y riachuelos de brillantes se escalonan en su tabla de pecho

apetitosa, de jamona en punto. Desvío los gemelos, y recaen en la

duquesa de Calatrava y en la marquesa de Camargo, reunidas con Celita

Jadraque, cuyas perlas engordé yo, cebándolas como á pavos en Navidad.

Justamente, la Camargo las alzaba, las sopesaba en aquel momento,

recordándome la escena del taller.

Á renglón seguido, Lina Moros, con un traje negro, refulgente de

lentejuelas de acero, una rosa roja, enorme, en el tocado, y una

hermosura que sólo la envidia de una neurótica pudo discutir.

En el mismo palco, una de esas diplomáticas averiadas, viejas y

horribles, que aquí nos endosan á veces, y otra encantadora--la

francesa,--deliciosamente ataviada, con un talle y un _chic_ que á

París me transportan ya. Al lado, la Torquemada, la madre de aquel

Robertito travieso que descubrió una petaca que yo creía sustraída por

la infeliz Churumbela... Y más allá, la de la encerrona inocente,

la marquesa de Imperiales, que me sonríe dirigiéndome un signo

confidencial... Á su lado, el palco de la noche, después del de los

Reyes; el palco hacia el cual convergen las miradas; el palco donde da

postín entrar y sentarse un entreacto; el palco donde están de visita

Lope Donado y Manolo Lanzafuerte, é irreprochablemente vestido, con

la sonrisa en los labios, Valdivia. En ese palco, por colmo de tono,

sólo se sientan dos señoras, la Flandes y Espinita. Y es toda la

contradicción de la sociedad actual este palco: la alta representación

de la casa de Flandes, lo puro, lo grandioso de la tradición, al lado

de la equívoca cosmopolita; junto al oro sin aleación, el talco...

La Flandes, erguida, larga de líneas como una ninfa de Goujon, no

parece sentir el peso de la soberbia corona ducal que surmonta sus

negros cabellos, ni el del collar de perlas, memorable, histórico,

que rodea su garganta, donde caben aún una carlanca de perlas más

chicas y un río de enormes solitarios. Espina, por estudiado golpe,

se ha complacido en reproducir fielmente, en su traje, el pastel

mío... Tul y más tul nubado sobre una seda flexible, y la guirnalda

de rosas naturales, sin otra diferencia sino que la salpican, en vez

de gotas de agua, una infinidad de brillantes pequeñísimos, que al

moverse la envuelven en chispas de irisadas luces. Y está seductora, y

de boca en boca comprendo que corre la noticia: “es el traje con que

Lago la retrató”. Me parece escuchar los madrigales, las bromas, los

comentarios. Miro al palco de las testas coronadas, y se me figura

que la Reina, valiéndose de sus lentecitos de concha, por no fijar los

gemelos, nota, se entera, sonríe con su inteligente sonrisa, haciendo

no sé qué observación á media voz, algo que podría ser elogio. Entre

el remolino resplandeciente de bandas, placas, colgajos, se destacó

entonces mi liso frac negro, y los gemelos empezaron á trabajar en

mi dirección, como si buscasen en mi cara la explicación de muchas

historias. Entonces, sin esperar á que se alzase otra vez el telón y

la estatua del Comendador pisase con pies de piedra la casa de don

Juan, opté por desfilar; me abrí paso difícilmente, esquivé á los

cumplimentadores, á los preguntones, á los buscadores de emoción; huí

del acosón del grupo de muchachos que en el _foyer_ se apiñaban, y tuve

la oportunidad de desaparecer, dejando en el teatro mi idea, mi nombre

zumbado en mil charlas, detrás de los abanicos, como un nombre de

triunfador.

Al trasponer el umbral del teatro y buscar con fatigas un simón que me

soltase en mi casa, me reía de mí mismo; me estimaba al propio tiempo,

por la distancia entre mi altiva Quimera de fuego, y las Quimeritas de

cartón que quedan agitando sus alas tenaces, en ese ambiente tan lleno

de olores y de mentiras...

* * * * *

Al otro día Valdivia me informa de que ya tenemos asientos reservados

en el sudexprés.

Aviso á Cenizate, paso con él un día entero. Está conmovido, más

blando que una breva. Le falta poco para llorar. Me pide, como á una

novia, que le prometa escribirle.

--Mira--le digo,--las Dumbrías, la Palma y tú, es lo único que siento

dejar en Madrid. Porque á Bobita... me la llevo. Va á darme la lata, ya

lo sé... pero no es posible que se la confíe á nadie.

--Te la cuidaría yo bien--objeta Marín afanoso.

--No; si es que carezco de valor para separarme de ella. La quiero

conmigo, ¿sabes?

Cenizate queda encargado de “darse una vuelta” por el taller, á ver si

los porteros lo tienen barrido, limpio y ventilado, y de escribirme

todo lo que ocurra.

--En Septiembre ó en Octubre--murmuro--debieras venirte á París, á

pasar conmigo unos días.

Me ayuda á hacer la maleta, á empaquetar mil cachivaches, y cuando me

dejo caer fatigado y descorazonado en el sofá, me habla de mis triunfos

franceses próximos, de que voy á ser allí un Gayarre de la pintura,

á metérmelos á todos “en el bolsillo”. Le permito disparatar por su

cuenta.--¡Madrid, adiós!

III

PARÍS

Sentar el pie en la estación del Quai d’Orsay no causó á Silvio el

efecto que se había figurado. Le sucedía así con frecuencia,--agotar

el contenido de una emoción con la fantasía, desflorándola de

antemano;--previendo todo, y más aún, de lo que la realidad contiene.

La presencia del ayuda de cámara y el lacayito de Valdivia le evitaron

esas molestias de la llegada que influyen en la impresión de una

ciudad desconocida. No tuvo que pensar en su saco, su rollo de mantas

y su baúl. Se encontró el equipaje entero estibado en la galería de

un fiacre, y hasta dadas las señas del hotel donde Valdivia le había

retenido habitación. Al despedirse, Espina le notificó que le esperaba

á almorzar al día siguiente, añadiendo el brasileño que, á ser posible,

le llevaría algún colega distinguido, algún periodista, algún crítico

de arte.

--¡No!--suplicó Silvio, azorado.--Señor Valdivia, ¡otro género de

exhibición! Vengo aquí á estudiar.

--¡Pero también á vivir!--arguyó el protector.--¡Si no le lanzamos, no

le encargarán, no ganará! ¡Es preciso que corra la voz, que se conozca

esa preciosidad que traemos bien encajonada, esa lindísima efigie de

María!

No respondió Silvio. Valdivia llevaba razón; pero al hollar el

pavimento de París, le dolía sentir otra vez el yugo del maldito

trabajo útil; presentía, con repulsión, el subibaja de los arcaduces de

la noria, el retratar para vivir, el vivir para retratar, sin alma, sin

ideal, sin tregua...

No se hallaba fatigado, á pesar del feroz traqueteo del sudexprés, el

más quebrantahuesos de todos los trenes. Apenas el fiacre le soltó en

el zaguán del hotel--uno barato, en la calle Daunou,--y encomendó sus

bagajes, se echó á corretear á la ventura, con ese afán de apoderarse

cuanto antes de la topografía y los aspectos de las cosas, que

caracteriza á los viajeros algo inteligentes. Fué á dar, de la primer

zancajada, á la calle de Rivoli. Contaba, para no perderse y no tener

ni que preguntar, con el conocimiento instintivo de esa ciudad que

nadie ha dejado de ver en sueños antes de pisarla. Sabía de memoria

el plano de París. Todo era familiar, previsto, manejado, como rostro

conocido, cuyos rasgos se llevan en la memoria. Le sorprendería que

algo de París le sorprendiese: hasta tal punto estaba seguro de cobijar

dentro de sí, por incesante frecuentación espiritual, á París, á su

forma, á su esencia.

Los nombres de las calles eran música, cuyos ritornelos tarareaba.

Desde América, se había impregnado de París. En Buenos Aires, de París

hablan los artistas como de la tierra de promisión. En Madrid, hasta

los gatos hacen la naveta, van y vuelven cada verano. Los nombres de

los grandes pintores franceses, como clavos hincados por martillazo

seguro, habían penetrado en su cerebro, y advertía, al perderse en las

vías de la amada Metrópoli, esa impresión á la vez prevista y honda de

los sitios respirados moralmente, antes de haberles bebido el aire.

De la larga y amplia calle de Rivoli, revolvió á la Plaza del Teatro

Francés, y con goce pueril deletreó el anuncio de las funciones para

la semana: _Le Misanthrope, de Molière; Phédre, de Racine_. El teatro

estaba iluminado; entraba gente; Silvio sintió impulsos de pasar

también. Pero el antojo de seguir _flaneando_ pudo más, y echó Avenida

de la Ópera arriba. La Ópera--el edificio neroniano--se erguía más

elegante de noche, apagado el brillo de sus oros y el colorido de sus

mármoles, fundido todo en armonioso conjunto. El grupo de Carpeaux,

entrevisto, era ligero, puro, de una sensualidad espiritualizada.

Ante la Ópera, el Bulevar rechispeaba de luces, rebosaba gentío; se

agolpaban alrededor de las mesas de los cafés, sacadas á la acera;

circulaban sorbetes y refrescos.

Silvio, rápidamente, anduvo, anduvo hacia la Magdalena; contempló un

minuto el seco monumento; después retrocedió, atraído por el foco de

la animación; volvió á cruzar frente á la Ópera; caminó en dirección

al antiguo solar del Teatro de la Ópera Cómica, destruido por voraz

incendio; evocó minutas de comidas refinadas al rasar el café Inglés,

letras cobradas y millones removidos rozando el Crédito Lionés, y no

paró hasta llegar cerca de la Puerta de San Martín. Desde allí se

perdió por callejuelas sin fisonomía y sin recuerdos, y embriagado de

soledad, recayó hacia el río, desanduvo, se entretuvo en los desiertos

jardines de las Tullerías, y se enhebró y engolfó en los rincones de

muelles y mercados, á la romántica sombra de las iglesias góticas y de

las torres que hablan de historias muertas... Altas fachadas le echaron

encima su silencio grandioso; el río, obscuro, mudo, le habló en el

extraño lenguaje del agua que chapotea, que parece calificar de vanidad

y miseria cuanto es acción, aconsejando la contemplación tan sólo... Y

Silvio siguió adelante; buscaba la Cité, buscaba á Nuestra Señora.

No era difícil descubrirla: su masa solemne atraía la mirada desde

lejos. La luna, roja y ardiente, como de Julio, había salido y

ascendía; y Lago iba á ver y admirar, ni más ni menos que los poetas

melenudos del Cenáculo, á Nuestra Señora de París á la luz del

satélite, ironizada por Musset.

Alta ya en el cielo, plateaba la fachada principal, bañando las dos

torres, dejando en tinieblas la finísima aguja. El artista veía

resaltar las relevaduras prolijas y delicadas, la fila de estatuas

bajo la enorme flor del rosetón, las figuras místicas que se alinean

en la base de los profundos arcos avialados del pórtico, y la hilera

de arquitos bilobulados, bajo los cuales se yerguen las veintiocho

figuritas de reyes. El sentimiento que despertaba Nuestra Señora

en Silvio era especial, poco sincero, facticio; en aquel instante

deseaba ser uno de esos misalistas ó imagineros de que Minia le había

hablado, que sin dolor y sin lucha, sin la dura angustia humana de

nuestro siglo, produjeron labor de arte anónima para generaciones y

generaciones. La edad presente, por un momento, le repugnó; la serena

hermosura secular de la Catedral se impuso á su conciencia artística.

Se vió deleznable, falso y, sobre todo, pequeño, inútil, impotente. Un

desaliento incurable le hizo temblar las piernas y caer desmayadamente

los brazos á lo largo del cuerpo. “Nunca, nunca”, escuchaba entre

el silencio de la noche, ese hermoso silencio de los sitios poco

frecuentados de las grandes capitales, silencio nervioso, realzado por

la conciencia del ruido y bullicio alrededor.

“Nunca, nunca”. Era el efecto aplanador de París; la primera emoción

depresiva de sentirse pequeño entre la muchedumbre. Así como en torno

de la paz de aquel atrio, en tales momentos desierto, percibía Silvio

el rumor oceánico de la gran ciudad, notaba también, difuso en el

aire, latente detrás de las paredes de las casas, el esfuerzo enorme,

la suma incalculable de trabajo y de voluntad que en París se gasta

para salir á luz ó sólo para ganar la vida. Acordóse de los poetas del

Cenáculo, de los que venían cada noche como druidas á tributar culto á

la luna. “El mundo era más joven, la celebridad se lograba más pronto”,

pensó. Después se fijó en que entre aquellos melenudos también había

pintores, y un cierto Petrus Borel, universalmente famoso por sus

luengas guedejas y su velida barba, no había marcado la menor huella en

el arte. “Un destino irónico... ¿Y si fuese el mío que nadie me conozca

sino por mis pasteles aduladores y mi tipo Van Dyck?”

Dejó caer la frente entre las manos, y cerró los ojos por evitar la

divina claridad de la luna, que tiene la virtud de causar una especie

de embriaguez á los felices y hacer insondable la tristeza de los poco

afortunados. Empezó á acusarse, á vituperarse, á macerar su alma en

su propio desprecio. Lo bello de la arquitectura da una sensación de

solidez y supervivencia, que hace encontrar mezquino todo lo efímero.

Para Lago, en aquel momento, los recuerdos de Madrid eran una niebla;

el ansia de crear algo eterno, como un fuego activo, le devoraba

las entrañas. La figura de Clara Ayamonte, evocada de súbito por la

majestad religiosa de la Catedral, por los insidiosos balbuceos de la

leyenda, flotó un instante, blanquecina, envuelta en su hábito, como

disuelta entre la claridad ambiente.

“¡Cuánto la envidio!”--pensó el pintor.--“Yo no sé ni querer lo que

quiero. Yo debiera no vivir sino para mis fines, para mi resolución.

¿Qué hay de común entre lo transitorio y yo? Está visto; la tela de

mi carácter se rompe. Voy sin rumbo. ¡Cuántos años todavía de anhelar

y no conseguir! ¿Tengo siquiera lo que se llama vocación? El que

_quiere_ hace lo que Clara hizo. ¡Es que Clara logró asirse á algo! Yo

hasta he perdido la fe con que estudiaba la Naturaleza, sencillamente

la impresión real de la Naturaleza, sin poner en ella nada de mi

alma. ¿Será culpa de mi cuerpo? Indudablemente tengo los nervios

desasentados. Muy á menudo siento la corriente de agua fría que me

cruza por el estómago. Consultaré aquí á un buen médico. ¡Bah!--Dirá

lo que todos. Higiene, campo, prívese de esto, tome lo de más allá...

Y lo que me consume, este afán, esta locura, ¿me lo va á curar ningún

potingue de farmacia? Ya estoy desengañado... Nunca pintaré. Nunca

saldrá de mis manos lo que se llama _un trozo de pintura_. Cuento cerca

de veinticinco años; pinto desde que era un muñeco; no he cesado un día

de embadurnar. Si tuviese aptitudes, lo que se llama aptitudes ¿eh?,

ya las habría demostrado. Soy un pelele, un blando pelele. ¡No hay que

esperar nada de la inspiración! La inspiración no existe. Una serie de

esfuerzos vigorosos y pacienzudos para libertarse de las admiraciones y

encontrarse á sí propio--ahí está el arte actual.--Los románticos como

Víctor Hugo descubrían genialidad desde los diez y ocho años. ¡Miseria

la nuestra! Estoy á las puertas todavía, no he llegado ni á ese período

de la admiración y la imitación. Iré al taller de un maestro y seré _le

petit espagnol_”.

La Quimera · 第 19 / 33 段