taller que comunica con el pasillo, y me dijo en voz tranquila, fina y
como infantil:
--No tengo gana de que nadie nos interrumpa.
La miré sin comprender, absorto en mi boceto.
--¿Qué va á pensar el criado?--fué la simpleza que solté por fin.
--Yo siempre ignoro que existen criados; para mí no son
personas--contestó encogiéndose de hombros.
Se acercó al caballete, y en sus ojos de venturina, de siempre
contraída pupila, advertí una luz de júbilo. Prorrumpió en
exclamaciones. Era encantador, era una idea; en París arrebataría.
¡Qué delicia exponerlo en su casa! Inmediatamente, es decir, por la
tarde, traería una pieza de tul blanco, y la arrugaríamos los dos á ver
quién lo hacía de un modo más artístico...
--La rosa, con todo, es flor algo trivial...--murmuró.--Orquídeas
debieran ser. Pero acaso no se presten. El efecto no sería el
mismo.--Y, con cierta ansiedad, añadió:--Supongo que aunque el pastel
de la Dumbría tampoco tiene cuerpo, no es sino gasas, el mío no se
le parecerá, no repetirá aquél. Dicen que es el mejor retrato de
usted, y que los de Lina Moros, hechos con tanta prolijidad, no pueden
comparársele.
--¿Qué sé yo?--respondí.--Es difícil dar el premio en concurso. Yo
deseo que el de usted salga admirable...
Ella, arrimándose, se pegó tanto á mí, que percibí su aliento, no
perfumado por la naturaleza, que pocos alientos perfuma, sino por
elixires y mascadijos muy delicados, en una boca tan cuidada ó más que
las agatinas uñas. Su respiración se espació sobre mis mejillas, con
revuelo sutil de mariposa, y su brazo derecho desquició violentamente
mi cabeza, inclinándola hacia sí, mientras la mano perlina me revolvía
los mechones de pelo y me arañaba con las sortijas la frente. El
_nevimaterno_ ó antojo que tengo cerca de la sien la extrañó, y sopló
con cierta repugnancia.
--¡Puah!
Á renglón seguido, con el infantilismo que exterioriza sus sensaciones,
clamó regocijada:
--Y no es ilusión; se parece mucho á Van Dick.
Después--al darme yo cuenta de lo que todo aquello forzosamente
envolvía,--buen cuidado tuve de evitar demostraciones pasionales, que
podían convertir en mofa su benevolencia. Silencioso, como jugando, me
apoderé de la presa. Para ensayar el retrato la envolví en rosas, que
deshojábamos magullándolas, y que se morían en el ambiente caluroso
del taller, en el cual las grandes vidrieras, á pesar de las cortinas
moderadoras, derramaban chorros filtrados de sol. El silencio pesado
de la mañana de Junio era perceptible, y sugería aislamiento, soledad,
libertad secreta. En la casa parecía no rebullir ni una mosca. Bobita
dormía hecha un ovillo. No había sonado ni una vez la campanilla de la
puerta.--De pronto sonó; me incorporé pavorido. Ella se puso en pie
igualmente, y me dijo, en voz susurradora:
--Nada de abrir sin saber á quién.
Me acerqué á la puerta del taller y oí andar en el pasillo, el
característico ruge-ruge de la faldamenta femenina. Espina puso un dedo
sobre los labios. Desde afuera, gritó la voz de Lina Moros:
--¡Lago! ¡Lago! ¿Puedo entrar? Me ha dado cita aquí Espina Porcel, para
que vea cómo adelanta su retrato... ¿Está usted solo?
Espina hizo seña de que ella abriría--y tardó, aparentando torpeza ó
malagana.--Lina, al entrar, se comió la partida inmediatamente. Había
que ver fulgurar sus negros ojos.
--Hija, si no te arreglaba que viniese, pudiste no citarme aquí...
Entonces Espina se mostró incomparable. Sin manifestar otra cosa que
una satisfacción que afectaba no poder reprimir, miró cara á cara á
Lina, se acercó á ella y la dió en el aire, no en las mejillas, un
beso, murmurando suavemente:
--Al contrario, _ma charmante_, si te avisé porque me arreglaba...
Quiero que sepas antes que nadie que el mejor retrato de Lago va á ser
el mío. ¡Una idea tan original y tan poética! Saldré de una especie
de triunfo de rosas, de una delicadeza ideal. En París producirá
entusiasmo. Cuantos retratos hizo Silvio hasta el día, son... psch...
banales. Así me lo ha dicho él...
La morena belleza sonrió despreciativa, y sin responder á su
interlocutora, se volvió hacia mí y lanzó:
--¡Es usted el hombre más galante... pero más embustero! Eso mismo
me contó cuando terminaba el famoso retrato del traje de terciopelo
_miroir_. Por cierto, deseo que cuanto antes me lo envíe usted á casa.
Quieren verlo unas amigas, de las que no son envidiosas, por lo cual
profetizo que lo encontrarán admirable... ¿Á ver, dónde anda esa obra
maestra?
¡Dios mío, qué compromiso! Quise aplazar, mentir... pero Espina,
exultante, desenterró el retrato, que yo había trasconejado ocultándolo
detrás de varios chirimbolos. Calcúlense cuál se quedó Lina al ver el
ultraje inferido á su imagen por el arrebato de la Porcel. Palideció
como las morenas, con tonos lívidos. Motivo había, es innegable. Yo, en
cambio, colorado de sofocación. No sabía por dónde salir. Y Espina, la
muy bribona--¿qué otro nombre puedo darla?--se echó á reir con risa
que de puro alegre era un gorjeo, y entre la cristalina cascatela de
sus carcajadas, exclamó con tono de perfecto candor:
--¿Pero cómo ha hecho usted, Lago, para estropear la maravilla?
Era demasiado fuerte. Lina, frunciendo las cejas de terciopelo, se
volvió hacia su amiga, y la disparó á boca de jarro:
--Abur, _ma toute belle_, te regalo el retrato y el autor... Están en
el mismo estado poco más ó menos; buen provecho te hagan...
Y salió, ocultando con el sarcasmo la desazón enorme. ¡Su retrato,
el alabadísimo, el que había de consagrar la memoria de su hermosura
triunfante, indiscutible!--Sin permitirme cumplir el deber de cortesía
de acompañar hasta la antesala á la ultrajada beldad, Espina cerró
nuevamente la puerta del taller con doble vuelta de llave...
* * * * *
Y aquí entra lo que verdaderamente me preocupa. Aunque la escena con
Lina fué desagradable, y en ella resulté faltando á una mujer á quien
sólo debo amistad, consideraciones, no tiene comparación con lo que
sigue.--Al cuarto de hora de marcharse la Moros, volvieron á llamar,
se oyeron de nuevo taconeos en el pasillo, esta vez sin ruge-ruge de
sedas, y Valdivia, el propio Valdivia, hirió con los nudillos...
Aterrado, me volví hacia Espina, consultándola con la mirada.
Detrás de la puerta me parecía que jadeaba una respiración, que
palpitaba agónico un aliento... y era el mío; el zumbar de la sangre
me aturdía las orejas. Espina, lenta, risueña, vino hacia mí. Creí que
iba á dirigirme algún advertimiento de prudencia, alguna palabra de
esas que el instinto de conservación dicta. Lo que hizo fué un guiño de
complicidad, un gesto pícaro, envuelto en una caricia fogosa. Y riendo
bajo, satisfecha, campante, exclamó:
--Aguarde un poco... ¡Nada de darse prisa!
La voz de Valdivia cruzó á través de la hoja de palo.
--Estás ahí, María. ¿Por qué no me abres?
Empujándola, imponiéndome, abrí. No sabía de qué manera recibir á aquel
hombre. Mi actitud sola era prueba clara. Jamás comprenderé, jamás me
explicaré este episodio de mi vida; verdad que la vida está llena de
enigmas sin clave.
Yo no puedo dudar de que Valdivia es un mártir de los celos. Pero
¿hasta qué punto esta amarga enfermedad, tan amarga que sólo por ella
debiéramos renegar de la tontaina de los amores, es compatible con la
lucidez? ¿Por qué, vamos á ver, se ríe la gente de los celosos? Pues
justamente porque los celos ponen venda más espesa que el amor todavía.
Valdivia, como todos sus compañeros de tortura, gime en su potro,
desconfía, no duerme; pero cuando se le antoja confiar, lo estaría
viendo y negaría el testimonio de sus ojos, la realidad que palpase.
Tal le sucedió en este caso. ¿Qué sujeto de experiencia,--y Valdivia la
tiene muy cabal,--hubiese dudado, y qué carcajada no soltaría el propio
Valdivia si de otro le refiriesen esta aventura? ¡Encerrados, solos,
turbado yo, esparcidas las rosas! Pues sin embargo, no contento con
mostrarse tranquilo y sin escama de ninguna clase, por un fenómeno que
no es único, que es frecuente en los celosos, cuya razón acaso sea el
instinto egoísta de precaver sufrimientos, se adelantó á facilitarnos
la explicación, que yo al menos no era capaz de inventar:
--Han cerrado para librarse de importunos, de indiscretos que divulguen
por ahí lo original de la idea del retrato. Bien hecho. Pero yo no
cuento, ¿verdad? Yo me siento aquí tan formalito... y usted sigue en su
tarea...
Y Espina respondió, impávida:
--Si estorbas, te echaremos. Pero no estorbas. Has sido muy amable en
venir, como te encargué.
¡Ella misma le había avisado! ¿Qué aberración es ésta? Llamar á Lina
será una diablura; pero ¿llamar á Valdivia? Tiemblan un poco mis dedos
al coger los lápices, al extender las tintas. Valdivia aprueba; él y
Espina fuman, serenos, amigables.
* * * * *
Y sigue la historia. Me había levantado ayer hostigado por la
preocupación más común, estúpida y agobiadora del mundo. No tenía un
cuarto; no tenía lo que se dice un cuarto para hacer bailar á un ciego.
Las encerronas con Espina en esto habían venido á parar. No trabajar,
rehusar encargos de gente que según Espina no es lo bastante _smart_
para que yo le dispense tal honor... Y el sacristán de lo que canta
yanta...
¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Es que me estomaga pensar en dinero. El dinero es una de las peores
cochinadas de este cochino mundo.
Pero también, como pasa con otras cochinadas, si nos falta viene la
muerte.
Cada peseta representa una gota de sangre; cada duro es un nervio; cada
millar de duros, un pulmón.
Estaba anémico, neurasténico y tísico, sin dinero.
Empecé á revolver mis libros, por si desentrañaba algún retrato sin
cobrar, y me encontré que, excepto los consabidos millonarios y una
diplomática ausente, lo entregado estaba cobrado todo. Lo que pasaba
era que tenía algunos retratos empezados; pero como hace tiempo que
rehuyo dar sesión, no he terminado ninguno.
Un sudor de angustia me corría por las sienes. Encontrábame además
en ridículo. Espina tenía derecho á burlarse de mí, pues le había
sacrificado neciamente mi manera de vivir,--mi sustento diario.
¡Dinero! ¡Me faltaba dinero! No podía sosegar. ¡Ni que yo fuese un
codicioso! Es que el dinero, qué diablo, no hay hora ni momento en que
no nos haga una falta terrible. Sin miaja de codicia, somos esclavos de
él. No es codicia necesitar aire respirable. Nuestra sociedad respira
por el bolsillo.
Todo esto lo voy poniendo aquí, probablemente para disculpar...
Me he creado necesidades; tengo que pagar, sin falta, el alquiler de
la casa, la soldada del fámulo, las cuentas galanas de la portera, la
leche de Bobita, mi ropa, el gas, la electricidad... Tengo que vivir.
¿Qué hacer? ¿Suplicar un adelanto á la baronesa? ¿Cómo me recibirá?
¿Qué cosazas dirá de mi desorden, de mi falta de cabeza, de mi
desbarajuste?
Y cuando me hallaba sepultado en desesperadas meditaciones, llaman;
entra Valdivia, tétrico y ceñudo.
--¿María no ha venido aún? Me alegro. Tenemos que hablar...
¡Adiós! Sospechas, recriminaciones, lance... ¡Qué saldrá de aquí!
--Tenemos que hablar...--repite.--Pero antes, hágame usted el favor de
un vaso de agua clara...
--¿De agua clara?--repito embobado.
--Sí... Necesito absorber un poco de bicarbonato; mi estómago me está
gratificando, desde por la mañana, con una gastralgia horrible... ¿No
le ha dolido á usted nunca el estómago?
--¡Ya lo creo que me ha dolido!--respondo con expresión.--Sin ir más
lejos, ayer...
Y, llenos de cordialidad, unidos por una corriente de franca simpatía,
empezamos á confiarnos nuestras tribulaciones. Valdivia no tiene hueso
que bien le quiera, es un mapamundi de alifafes; le fastidia unos días
la cabeza, otros el estómago, siempre las articulaciones, muy á menudo
los riñones y no pocas veces el corazón. Cree tener síntomas del mal de
qué sé yo quién y de la afección de qué sé yo cuántos. Los médicos le
han ordenado rigurosamente campo, reposo, nada de emociones fuertes, un
régimen de lo más severo.
--Pero--objeto yo--entonces...
--Entonces--replica afablemente, mientras deslíe el bicarbonato--tales
prescripciones no se siguen jamás. No hay valor para separarse de
María. Los médicos, ¿qué saben?
--¿Por qué no se van ustedes los dos al campo?--pregunto.--Allí, con un
poco de voluntad...
Los ojos de Valdivia, del antiguo Tenorio, del hombre con espolones de
acero--lo he visto, no puedo dudarlo,--se arrasan de lágrimas. Me echa
una mirada infinitamente expresiva, de esas en que se vuelca la urna de
la pena, y murmura, bajando la cabeza y como acortado:
--Ella no quiere... No es cosa, ya ve usted, de encerrarla en una aldea
á la cabecera de un enfermo...
Y, pronunciada la primera frase, quitado el primer tapón, la
confidencia, de un modo casi involuntario, surte de los labios secos,
marchitos. Sale á pedazos, unas veces brusca y fiera, otras humillada,
resignada; pero sale, entreverada con quejidos sordos que la tenaza de
la gastralgia arranca del fondo del pecho. Lamentaciones sobre la salud
perdida se mezclan con quejas del animal que sufre y del enamorado
que no ha podido curarse del daño que el filtro causa. Al principio se
tropieza en las palabras, se quiere tapujar, velar con formas decorosas
lo ignominioso. Poco á poco se va ahondando, se introducen los dedos
en la llaga, se descubre la infección. Por los bordes abiertos y
sanguinolentos, asoman su cabeza de víbora los celos afrentosos.
--¡Ni un día sin celos!--repetía hecho un ovillo en el sofá, porque
arreciaba la gastralgia.--¡Ni un día de dulce sosiego, de serenidad,
de fe! ¿Comprende usted esto, Silvio? Es como un maleficio, y á veces,
créalo usted, sin ser supersticioso, me ocurre que estoy embrujado. Hay
días en que me parece que odio á María más que otra cosa. ¡Desconfiar,
desconfiar siempre! Y ¿sabe usted la razón de mi desconfianza? Mi
detestable experiencia. Si yo fuese un poco menos corrompido, fiaría
más en María, y eso ganaba. Por haber sido traidores creemos que nos
traicionan. Me da por ataques repentinos, como el dolor de estómago,
y es gracioso: se me ocurren cien barbaridades que no cometo. Mi
desgracia es tanta, que estoy gastado para la voluntad firme de
realizar un acto de energía, y no lo estoy para el sufrimiento que
dicta esos actos á otros hombres, á la gente ordinaria. Se me ha puesto
aquí que si mato á María quedo libre de mi obsesión; porque muerta
ella no hay celos, y mi pasión es celos; nada más. Suprima usted esa
negrura, y el amor se evapora. Si me parece que con tanto devaneo
celoso no estoy enamorado; no quiero, lo que se dice querer, á María...
Oiga usted esta monstruosidad: si María cogiese ahora el tifus y se
muriese, estoy por decir que me alegro. ¿En qué piensa usted? ¿Me cree
loco?
--Pienso en qué cosas tan diferentes nos marean á los dos. En su caso
de usted, yo tan fresco. Ahí tiene usted... Sólo me desvela mi pintura,
los medios de irme á estudiar lejitos. Y aunque aparentemente se diría
que me aproximo á mi ideal, la verdad es que á cada paso lo veo más
distante. No tengo cabeza para hacer economías; me las arreglo tan mal,
que...
Apenas dicho me pesó; quisiera recogerlo. Este hombre no va á
creer nunca que hablé así... arrastrado por el torrente de las
espontaneidades.--Me miró con interés, y exclamó con una bondad que me
pasó el alma como un cuchillo:
--Cuente usted conmigo para todo. Tendré verdadero, verdadero gusto
en serle útil. ¡Y, á propósito! Me alegro que se suscite esta
conversación, porque soy su deudor de usted, y he de pagar, antes que
con mis males y mis chifladuras me distraiga. Dos retratos de María ha
hecho usted ya.
--No--me apresuré á gritar,--uno solo. El otro es un boceto, un estudio.
--El otro es más bonito por lo mismo, por la libertad, por la fantasía.
Ese es mío; lo compro yo. El otro casi está terminado, y en París le
dará á usted gran cartel. Total, dos retratos... ¿Cuánto le debo?
Sencillamente, entre amigos...
Al oir la cifra protestó.
--De ningún modo. ¡Qué desatino! Esos son los precios madrileños; aquí
es de balde todo. Permítame que inaugure los precios franceses. Dos
mil francos vale por lo corto cada pastel, y aquí traigo, justamente...
¡Qué deslumbramiento! ¡Cuatro mil francos de un golpe! Oscilé de
emoción. Me veía salvado, libre, pertrechado para la guerra. Pero era
demasiada vergüenza, demasiada felonía tomar tanto dinero de _aquel_...
¡Extraña casuística! Si me paga al precio de Madrid, no me da empacho...
--Vamos, no haga usted repulgos. Lo ha ganado usted bien; le debo á
usted más. Ya sé lo que pasa con María. Le ha hecho perder un tiempo
precioso, y de fijo le ha indispuesto con un sinnúmero de parroquianas.
Porque María es así. No habrá consentido que retrate usted, esta
temporada, sino á quien se le antoje á ella. Tendrá usted, por su
culpa, diez ó doce enemigas...
¡Perspicacia singular, alternando con absoluta ceguera: tú eres la
característica de los enfermos de celos crónicos!
Todavía añadió:
--Y, por supuesto, cuente conmigo en París--adonde espero que se
vendrá ahora en nuestra compañía--para lo que le haga falta, sin
restricciones... Me causaría usted una contrariedad si se dirigiese á
otra persona. No tema, no recele carecer de nada al establecerse allí.
La amistad de Valdivia es algo más que fórmula. No lo dude.
Hablando así, alargóme la mano, seca y calenturienta, y no me atreví á
retirar la mía, de seguro temblorosa.
--Sea usted mi amigo--dijo melancólicamente.--No soy un hombre
demasiado feliz, sino todo lo contrario. Sólo la amistad mitiga, á
veces, las quemaduras de lo que me abrasa. ¿No es cierto que esa
mujer tiene algo de irresistible? Y, en el fondo, créame... ella
no es responsable del mal que hace. Se encuentra sometida á una
fatalidad... ¡Si usted supiese lo que he batallado para apartarla de mi
pensamiento, para quitarme el vicio y la borrachera de su amor! Usted
puede prestarme un gran servicio, á cambio de todos los que yo estoy
dispuesto á prodigarle. Escúcheme con paciencia cuando le cuente mis
penas, y no se burle, como se burlan los amigotes de María en París y
aquí. Delante de ellos me presento como un hombre material y cínico,
harto de todo; y me creen, porque son lo mismo. Están gangrenados.--Les
aborrezco.--Hay, especialmente, un compañero de usted, un pintor belga,
¡que si yo tuviese valor para malquistarme con María, mi mayor delicia
sería clavarle una bala, después de escupirle! Sospecho que me ha
engañado con él, y he de seguir recibiéndole, y he de tratarle como si
tal cosa, y hasta dar almuerzos y comidas en su honor. ¿Verdad que es
aplastante sentirse hombre civilizado, de una civilización extrema, que
divorcia la acción del sentimiento? Ya le conocerá usted, ya conocerá
á ese tartufo... Marbley se llama. ¡Porque usted le hundiese daba yo
ahora mi sangre!
--¿Marbley? ¿El del _Harem turco_?
--¡El mismo! ¿Tiene usted noticia de él? Á fuerza de reclamos se ha
impuesto. Un farsante, sin miaja de genio; un hombre que sólo piensa en
cobrar, en sacar dinero á las norteamericanas ricas. ¡Si supiese usted
cómo cultiva el género! No hay ardid que no emplee. Paga artículos en
los periódicos; no sale de los tocadores y de las faldas. ¡Y envidioso!
Ya verá usted en cuanto eche la vista encima á este delicioso retrato.
Se lo voy á refregar... Quítele usted la clientela, arrincónele,
aplástele. Ese complot tenemos que tramar... Y cuente usted con
Valdivia. ¡Si yo soy el que queda obligado!
* * * * *
En lugar de dormir bien, guardando en cartera cuatro mil francos, no
descansé en toda la noche. Dando vueltas y más vueltas, con uno de esos
insomnios invencibles que determinan en mí al igual las impresiones de
placer y las inquietudes profundas; oía á mi cabecera el tiquitiqui
del relojillo, metido en su marco de plata repujada, y me parecía,
sensación en mí bastante frecuente, que la cama estaba invadida por
miriadas de hormiguitas, y que estas hormiguitas, zigzagueando, se me
paseaban por el cuerpo, bullentes, ágiles. Mi pensamiento se desvanecía
como el humo disperso por el vendaval. Me ardía la frente. Y, en el
alma, bochorno, dolor inexplicable. Me golpeaba el corazón el recuerdo
de las palabras de Valdivia.
Yo no he nacido, yo no sirvo para esto. Yo no me rebullo en la perfidia
como en el agua el pez. Soy débil, ó tonto, ó lo que se quiera...
No puedo. La indiferencia moral, que me pareció hasta una gracia en
Espina, en mí--reconozco la contradicción--me parece sencillamente, en
este caso especial, una canallada. Á darle su nombre verdadero, yo seré
un canalla, el último, el presidiable, si me aprovecho del dinero de
Valdivia y, al mismo tiempo, de... no le llamo el amor... el capricho
de Espina por mí.
Bienaventurados aquellos que ó son malos ó buenos del todo. Yo no
siento constantemente el estímulo, la inquietud del deber. Sin embargo,
tengo impulsividades honradas.--Cuando empezó á filtrarse el día al
través de los resquicios de la ventana, había formado una resolución.
Estos cuatro mil francos... bueno: el precio de París. ¡Pero ni un
céntimo más! Y por mí, sosiéguese Valdivia. Ya puede Espina agotar sus
artes. Muy amigos, sí; trato, conversación... No otra cosa.
Y con esta decisión firme, que á mi ver lo concilia y lo borra todo,
las hormigas desfilan en silenciosa caravana, mi frente se refresca, mi
pulso se normaliza... Me quedo dormido regalonamente.
* * * * *
Mi fatuidad--porque en este medio me he vuelto fatuo--me sugería que
iba á ser necesario luchar para dar un corte á la relación íntima
con la Porcel. Lejos de eso, apenas me eché atrás, con torpeza,
con exageración (lo hice detestablemente), Espina adivinó, tragó la
píldora, me miró con sorpresa burlona; después exhaló un ¡ah! gracioso
y cómico; luego, con calma é indiferencia en que había menosprecio,
sacó un cigarro de su primorosa petaca y lo encendió, demostrando, como
casi siempre que fuma, impresión de bienestar, de _euforia_, debida,
sin duda, al opio que encierran sus papelitos largamente emboquillados.
Cuando la dije que, por indicación de Valdivia, les acompañaría á
París, me miró atentamente, y en sus ojos de venturina derretida,
irradiadores, vi lucir una chispa sardónica, cruel. Hizo luego un gesto
de los que se hacen cuando el destino se impone.
--Mucho me alegro de que le tengamos á usted por allá--pronunció
despacio, con expresión enigmática.
No me había apeado nunca el tratamiento, ni en medio de nuestras breves
pasionalidades; el toque de ternura del tuteo me fué rehusado, tal vez
por desdén. Asimismo observé que ha guardado conmigo cierto género de
pudor, no permitiéndome ver de su cuerpo absolutamente más de lo que
exigía el retrato.
Acaso crea que mi retraimiento es un pasajero capricho; segura de
su atractivo perverso, sonríe de un modo insolente, con reto en la
actitud. Me consagro á adelantar el retrato, y por cierto que sale
encantador.
* * * * *
Empieza á correr en los círculos sociales la voz de que me voy á París
con Espina, y la gente me jalea, me halaga más que nunca. Convites en
todas partes. La animación matritense es ahora extraordinaria, febril,
por la venida del rey de Portugal y consiguientes festejos.
Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso. Correspondes á una etapa
de mi vida en la cual no hice sino falsear y bastardear mis instintos
verdaderos, mentir á mi vocación, perder mi fe, mis convicciones, que
eran mi apoyo, sentir que á cada paso me aparto del ideal... y ni
siquiera reunir ochavos, porque la verdad es que en Madrid las bolsas
andan escurridas y lo único que se logra es trampear...
Siempre que emprendemos un viaje, entra por mucho en nuestra animación
la esperanza de que va á cambiar el aspecto de la vida, de que vamos á
renovarnos.
Á bordo del barco en que vine de América, recuerdo cuánto me sonreía
esa ilusión. La nueva existencia sería, forzosamente, mejor que la
pasada; aquello era la prueba, esto sería el premio. Y con todo, si
entonces me hubiesen vaticinado el golpe de fortuna y el arrechucho de
moda que me aguardaba en Madrid, hubiese dicho que era imposible.