Se espesa la telaraña de hipocondría, mientras bajamos por la calle

del Arenal, caemos en la plaza de Oriente, donde dan solemne guardia

á la mole del edificio regio las barrocas estatuas de granito; y

bordeando el costado de Palacio, pegados á la verja de los jardines

del Campo del Moro, descendemos hacia la estación y la ermita de San

Antonio de la Florida, cuyos frescos acuden á mi memoria en este

instante, como si los estuviese viendo á toda luz, según los vi. Al

pasar ante la iglesuela, una luna resplandeciente y tibia, de verano,

inunda la fachada y se derrama en olas de flúida blancura por todo el

paisaje. Bajo esa luz siempre fantasmagórica, al paso, por orden mía

muy lento, del desvencijado alquilón, los ángeles goyescos asoman,

flotan, como formados de neblina y de claridad lunar, en vapores de

plata, del blanco plata de los pintores. De toda la obra de Goya, en

que la luz realiza juegos tan caprichosos y á veces tan finos como

en el tapiz de la _Gallina ciega_ y en el de la _Vendimia_, lo único

esencialmente lunar--prescindiendo de sus terroríficos aguafuertes, que

son nocturnos--me parecen estas ángelas.

Las veo, con encarnaduras casi inmateriales á fuerza de delicadeza,

vestidas de ropajes que, al igual de los de Espina, se ciñen con

molicie alrededor de formas mucho más sugestivas que ningún desnudo;

veo esa mezcla singularísima de realidad y de ensueño delicuescente que

las ángelas ofrecen; veo que trepan al cielo, cándidas, leves, cuando

son el pecado mismo, la suprema idealización del pecado, la mayor

irreverencia que cometió jamás un artista; y veo sus cortos talles en

contraste con sus larguísimas, flotantes, abandonadas faldamentas,

que las visten como de esas nubecillas azulinas ó violeta que forman

pabellón al disco de la luna. Al sentirme cercado de estos fantasmas

de belleza enteramente actual, con la nota del sentimiento presente,

empiezan á hervir en mí las impresiones del día, y noto una sorda

angustia, una zozobra inexplicable, un tormento que se parece al mareo

de mar.

Lo que se me marea es el espíritu. Mi enfermedad es la duda. Dudo de lo

que siempre creí. Reniego, á pesar mío, de mi ideal estético.

* * * * *

Las ángelas desaparecen. Estoy en una calle muy amplia, de un pueblo

antiguo, que no conozco. Se desarrolla á lo largo de la vía una

procesión, precedida de música estruendosa. Desfilan pajes y heraldos,

que llevan en almohadones una armadura de torneo, nielada, repujada,

incrustada de oro, damasquinada, deslumbrante. Destacándose sobre el

gentío, una gallarda figura altiva, de paladín, se eleva mirándome con

calma orgullosa. Carlos de Gante, desviando con su mano aristocrática

la vuelta de su gabán aforrado en martas cebellinas, avanzando la

mandíbula prognata, con el tusón de oro al cuello, ladeado el birrete

que prende rico joyel, pasa esperando que yo me incline y le salude

hasta la tierra. El César va de pie sobre el carro triunfal, revestido

de paños de seda, del cual tiran ocho mujeres en la flor de la edad,

vestidas sólo de su hermosura y juventud. La escena no la ilumina

la luna, sino el sol, un sol de victoria, que juega en las largas,

trigales, destrenzadas cabelleras de las vírgenes que arrastran el

carro, de maderas preciosas, guarnecido de brillantes bronces. Los

balcones, llenos de gente, ostentan tapices. En pos del César se

atropellan viejos vestidos de terciopelo; matronas enfundadas en

brocado de plata, preso el cabello en red de perlas; niños rubios,

de cabeza ensortijada, en cueros las carnes lácteas, una gorrita

de terciopelo negro sobre los bucles; mancebos cuyos trajes acusan

musculaturas viriles; panzudos burgomaestres de ondulosa barba y

almenada toca; un obispo llevando en alto una cruz procesional de oro,

esmaltes, gemas, capitolinos, de un trabajo de hadas--y detrás, monagos

frescos y bellos, con el pelo en tirabuzones, sosteniendo bandejas de

postulación de labor magnífica, en que fuertes romanos se apoderan de

las Sabinas ó Faunos nervudos aprietan á las Driadas forestales. Y

cuando se ha alejado el cortejo, se ha callado la música, se ha quedado

desierta la calle, un hombre muy hermoso, calvo, de serena frente

ebúrnea, envuelto en túnica de lana armoniosamente plegada, se encara

conmigo y me dice:

--Soy Platón. ¿No me conoces? Soy la Belleza.

* * * * *

¡Y acabo de ver pasar en hirviente oleada, en imperial muestra, el

Renacimiento! Eso, eso, sólo eso--era el arte. No haremos nada que á

eso se parezca. ¡Miserables de nosotros! Dibujo de atletas; modelado

de escultores; colorido que es la sangre y la carne transportadas al

lienzo; en el más sencillo objeto de uso, la vencedora hermosura, y por

cima de todo, la expansión victoriosa, el himno... Una voz mofadora me

susurra: “¿Cuándo has podido pensar que cabía belleza en una labriega

de pies descalzos, maculados de negruzca tierra? ¿En el tiznado minero?

¿En la muchacha tísica, moribunda en el hospital?

“Dame ropajes de velludo y brocatel, cadenas refulgentes, nucas

pujantes, formas estatuarias.

“Dame el cortejo de Baco, su carroza de tigres.

“¿Qué es la Naturaleza? ¡Un concepto abstracto! ¿Y tu ensueño de

interpretarla fielmente? ¡Una vanidad! ¿La has de interpretar según es

en sí? ¿Y cómo es en sí? ¿La has de interpretar según la ves? ¡Entonces

ya la interpretas en ti!

“Y si la interpretas según la ven los maestros, lo que haces buenamente

es pisar la hierba pisada.

“Ríete de esa Naturaleza pura.

“Mira este glorioso irradiar de helénica alegría que el Renacimiento

derramó en el mundo.

“Ten sangre, ten músculos, sé insensible al dolor, sé estoico.

“Sólo hay un objeto digno de la vida: la victoria.

“Sólo hay una fe digna del que no nació con alma de siervo: la

sabiduría antigua, la más alta.

“No seas de estos cobardes vacilantes de la presente generación,

impregnada de la mujer, de su piedad, de sus lágrimas, de su histeria.

“Sé varón. Te lo ordena el Renacimiento.”

* * * * *

Entretanto, el coche, rodando despacito, me conduce á los Viveros, y

echo pie á tierra, y me pierdo entre las frondas en flor, envuelto en

el aroma penetrante, embriagante, de las acacias.

Una mujer viene á mi encuentro.--¡Espina, Espina!--Arrastra un traje

de gasa, de incierto matiz, de esos matices afeminados que la moda

ha bautizado con el nombre de _colores pastel_: tales son de tenues,

como suavizados por un dedo de artista. El traje, sin embargo, es lo

más atrevido que he visto nunca. Porque bajo la gasa, Espina lleva un

viso de tela sedeña, nacarada, de transparencias misteriosas. Sobre su

fosco pelo, una original capelina de la misma gasa, orlada é incrustada

con idénticos encajes vaporosos y caídos, como ablandados por la

negligencia, por la languidez.

--“¿Qué tal?--pregunta la deliciosa aparición.--¿Le gustan á usted

mucho los señorones vestidos de reyes de baraja? ¿Las mollazonas

indecorosas, de calcañales recios? ¿La carne? ¿La sangre? ¿La

mitología? ¿Todavía no está usted enterado de lo que es bonito,

hombre? ¡Es usted un pedazo de estuco! Debía de estar ya desasnado;

creí que tenía usted temperamento artístico verdadero, no como el

del pobrecillo marqués, que confunde lo hermoso con lo rancio. Hoy se

hacen cosas más encantadoras que nunca. Afínese usted, afínese; aprenda

á mirar. Lo natural es un mote con que se tapa lo grosero. ¿De dónde

saca usted que lo natural, por ser natural, ya es bello? Al contrario,

tonto, al contrario. Lo bello es... lo artificial.

“¿No soy bella yo?

“Pues en mí, lo natural no existe.

“Soy una civilización entera que ha infundido á lo raro, á lo facticio,

la vibración del arte.

“Mi pelo es tintura, mi húmeda boca es pintura, mi atractivo no es la

exhibición de mi cuerpo, sino el saber recatarlo, cual se recatan los

misterios de los santuarios.”

Angustiado, como el creyente á quien se le derrumba el ara de su fe,

exclamo lanzándome hacia la cosmopolita:

--¿Dónde está la verdad?

Ella responde:

“--En ninguna parte. Todo es apariencia, ilusión, desfile de sombras

chinescas sobre las paredes iluminadas ó lóbregas de nuestra alma.

“Todo cambia, nada persiste; y lo que ya profanó la admiración del

populacho, no merece ni la mirada del artista.

“Las opiniones, los sentimientos de la multitud, ignórelos usted. Las

sensaciones sencillas y francas... á los mozos de cuerda. La sensación

hay que pasarla por alquitara, destilarla y oscilar entre ella--pero

exquisita y sobreaguda--y el negro tedio que nos encamina á la

realidad antiestética de la muerte...”

* * * * *

Un sudor de fatiga corre por mi sien; se me figura que me llaman

apresuradamente, desde muy lejos, en tono del que avisa un peligro...

--¡Señorito! ¡Señorito! ¡Anda, se ha dormido como una piedra! ¿Se baja

aquí, señorito, ó vamos á seguir?

Despierto sobresaltadísimo, me froto los ojos, no entiendo ni respondo

en un minuto.

Estamos ante la puerta de los Viveros. La luna me baña en pleno la faz.

--No, no me bajo...

Y doy las señas de mi estudio.

* * * * *

_Fines de Junio._--En el desconcierto de mis ideas sobre arte--porque

tengo perdido el rumbo, y estoy como los devotos á quienes el ara se

les viene abajo,--me acuerdo sin cesar, á cada hora, de aquel sueño

raro que tuve en el camino de los Viveros, una noche de luna.

Los sueños son más directos, más leales que la vigilia.

Despiertos, nos engañamos, nos mentimos, por la compresión que ejerce

el mundo ajeno. Dormidos, sale afuera lo entrañable, lo que ni sabíamos

que llevábamos dentro, tan recóndito. En sueños toma forma radiosa la

vaguedad, lo obscuro resplandece.

Soñando se me derrumbaron mis convicciones, me sentí cambiado; otra es

ya mi fe, ó por mejor decir, lo que es fe, no la tengo; al contrario,

vivo de dudas y de incertidumbres; también dudar es un modo de vivir y

de creer; antes imaginé poseer método para realizar un poco de arte;

ahora no sé por dónde ir: la perfección antigua me desespera y abruma;

los rumbos nuevos me hacen parpadear, lo mismo que si estuviese mirando

á un foco eléctrico muy intenso.

Minia me ha aconsejado:

--No se crucifique. No disperse su espíritu. Usted no puede seguir las

huellas de ningún pintor antiguo. Entre los modernos, para atravesar

el período de imitación, mortificante pero forzoso, elija al maestro

que mejor se adapte á su modo de ser, y después de chuparle los

tuétanos, mátele dentro de usted mismo. De los antiguos, sin embargo,

podría usted sorprender secretos. Me han asegurado que Lehnbach, de

absolutísimo incógnito, haciendo creer en su país que viajaba por

Grecia, se estuvo un año aquí, copiando á Velázquez en el Prado,

apoderándose de procedimientos que saca á relucir ahora.

--Á Goya copiaría yo más bien--respondí.

--Sí; tiene con su alma de usted mayores afinidades. Cada día

sube Goya. Su decadentismo castizo le preservaría á usted del

afrancesamiento á que está muy expuesto. ¡Sobre todo, si se apodera de

usted Espina Porcel, que debe de ser una vampira!

La verdad es que Espinita, como pueda, arrolla los tentáculos al

cuerpo. Sin duda no tiene qué hacer en Madrid, y no sale de mi taller;

me acapara.

Veré si emborronando estas hojas consigo definir lo que me sucede con

Espinita...

En primer lugar, dicho sea en buen hora, de no estar enamorado de

ella, según la gente diagnostica el enamoramiento... ah, de eso tengo

seguridad completa.

Vería á Espina arrastrada por la corriente de un río, destrozada por

la explosión de una bomba de dinamita; la vería entrar en una casa

inequívoca... y me sería igual.

Sospecho que ella, por su parte, me vería en el banco del garrote,

argolla al cuello, y, pudiendo, no abriría la argolla; es verosímil que

prefiriese no perder la emoción.

El sentimiento hacia ella, en mí, unas veces es acre curiosidad, otras

irritado deseo de subyugarla, otras antipatía repentina, el gusto

imaginado de pegarla un latigazo que saque sangre; otras atracción

inexplicable, complicada,--una perversión que descubro en mí, y que me

asombra sin desagradarme, pues no puedo aguantar á la gente bonachona,

de psicología blanca.

Espina me atrae, tal vez por el sumo refinamiento de su existencia y

la desdeñosa altanería con que prescinde de las nociones admitidas y

vulgaronas.

No es la Porcel una de aquellas rebeldes románticas que siempre

estaban á vueltas con la moral, y que, al combatirla, la afirmaban:

sencillamente, para Espina no existe eso, ni nada, fuera de lo bonito y

lo selecto, de ese aquilatamiento sensual de la exterioridad, que hace

de ella una especie de Cleopatra,--pues, como le sucedía á la reina de

Egipto, _su vida es inimitable_. En otros términos: probablemente me

atrae Espina porque es exaltadamente elegante y rematadamente mala.

Comprendo que lo primero se justifica, mientras lo segundo es

dificilillo de justificar, aun cuando no tengo otro juez aquí que

yo mismo; pero sentimos ahincadamente infinitas cosas... que no se

justifican. Son.

Yo no causaría á nadie el menor daño. Yo sufro cuando por mi culpa

sufre alguien. Yo soy capaz de darle á un desgraciado la camisa. Yo

he pasado noches horrorosas cuando se suicidó aquel mal bicho inútil

de Solano. Yo quiero á mis amigas excelentes--la Palma, la Baronesa,

Minia. Yo deploré no acertar á querer mucho, de corazón, á Clara

Ayamonte. Todo esto parece bondad, parece altruísmo.--Y sin embargo me

deleito en la amoralidad de Espina, como si deshiciese en la boca un

fondán muy delicado, sápido á quintaesencias, de gusto desconocido, de

perfume que trastorna.

¿Será que, si uno es artista ante todo, puede tener muy buenos

instintos, pero nunca tendrá verdadera regla ética para la vida?

En fin, no me devano más los sesos. Lo efectivo es que Espinita me

trae y me lleva y me zarandea como se le antoja. Se verifica lo que

profetizó Minia: la mujer se apodera de mí, me subyuga--sin que el amor

prevenga la excusa dulce.

Porque realmente, ¿ha ocurrido entre Espina y yo algo que lleve sello

amoroso? Nada, lo cual es casi ridículo, para mí se entiende, cuando

esta señora está siempre aquí, y se pasa las mañanas fumando, tendida

en mi diván, confianzuda como en su propia casa.

Valdivia no aparece hasta la tarde. ¡Hago con él, desde luego, migas

excelentes! Toda mi prevención se ha desvanecido ante el primer apretón

de manos.--Llega difícil de respiro, retocado, peinado, perfumado,

con una ropa inglesa que quita el sentido de bien cortada, con esa

superioridad de actitud y esa calma algo triste, de buen gusto,

señorial, que sólo cría el hábito de vivir en grande. Es liberal y

simpático; sabe obsequiar con galantería á las señoras; no habla nunca

mal de nadie; no se mete con nadie; no tiene opiniones crudas y acerbas

acerca de nada; huele bien; su visible agotamiento y sus quebrantos de

salud hacen que se le tolere la insolencia de una fortuna calculada en

millones, sólo parcialmente comprometida--dicen--por los fantásticos

caprichos de Espinita, á quien igualmente se disculpa, en nuestro

país todavía idealista, porque se adivina que no son felicidad sus

relaciones con un hombre machucho y dispéptico.--La dicha es lo único

que no suele perdonarse.

* * * * *

Espina--voy estudiándola--no me parece tan mala como negativa,

inconsistente. Es un ser instable; ondea y culebrea. Sus impresiones

son repentinas, transitorias. No la he visto dos días de igual humor.

Hay mañanas en que parece sumida en extraordinaria placidez; otras,

está abatida, suspira, no responde; otras, cae en un tedio negrohumo;

frecuentemente se muestra excitable, cruel, rabiosa; al cuarto de hora,

jovialmente achiquillada, con antojos de criatura. Yo soy también

bastante veleta; lo malo es que no coincidimos al girar. Entra ella

saltando, y me encuentra de murria; me levanto tarareando, de buen

talante, y llega Espina reconcentrada, muda, y empieza á fumar con

una furia que descubre el estado de sus nervios. Somos dos gatos pelo

arriba, dos sistemas nerviosos en conflicto. Saltan chispas, hay

electricidad en el aire.

¡Qué suerte no quererla, no importárseme de ella! Se me figura que, en

el fondo, esta mujer, tan vertiginosa en sus goces, se aburre hasta la

desesperación.

Como el prisionero cavila para evadirse de su cárcel, cavila ella para

fugarse del aburrimiento. Llega á mi taller y trae alguna distracción

discurrida, ó quiere que se la discurra yo.

--Piense usted... Á ver... ¿Qué haríamos?

La he llevado al Museo, la he llevado á la Academia de Bellas Artes,

la he llevado á la ermita de San Antonio. Lo único que noto que le

impresiona algo es Goya. La maja desnuda y la maja vestida fuerzan

su entusiasmo, y ante esas dos figuras enigmáticas, profundamente

perturbadoras, hablamos otra vez del desnudo, hacia el cual reitera su

desprecio.

Las etéreas figuras de la Florida la seducen.

--Goya--me dice--es un moderno, un moderno. No lo son muchísimos que

pintan ahora, y que por dentro están en el año 60.

Como se cansa pronto, porque ve pronto, hay que variar, y la conduzco

á barrios populacheros, á admirar tipos madrileños, á los lavaderos

del Manzanares, donde llamamos la atención y nos dicen cosas chulas,

desvergüenzas, sobre el tema de que somos “parejita”. Nos creen en

escapatoria, y esa opinión deben de compartir las personas conocidas

de sociedad que, casualmente, hemos encontrado en nuestros paseos

matinales. Esto me va á dar postín. ¡Espinita! ¡Vaya! Sí, tono y mucho

tono.

Y la pregunto, con picor de curiosidad indiscreta:

--¿Qué dirá el Sr. Valdivia, si sabe las correrías á que se dedica

usted, en lugar de posar para el retrato?

Me mira como sorprendida por una incongruencia y repite:

--¿Valdivia? ¿Valdivia? ¿Mis correrías? ¡Pch!

No añade sílaba más; pero yo bien he adivinado que Valdivia es celoso,

y observo que un goce que saborea Espina es hacerle tragar á Valdivia

todo el acíbar de los celos. Con uñas de gata feroz, proyectadas fuera

de la patita terciopelosa, araña despacio, profundo, este corazón tal

vez fatigado de sentir, pero todavía sensible, acaso más sensible que

nunca, en el ocaso de un temperamento esencialmente pasional. Bajo su

aspecto de vividor distinguido, escéptico, es evidente que persiste el

Amadís de antaño. El muro viejo brota alhelíes. Los cincuenta y pico no

preservan al desdichado de la infección mortal. Y al mirar al mísero

esclavo, me envanezco del sentimiento de detestación que, en el fondo,

consagro á Espina y... á las demás, genéricamente.

En cambio, le voy cobrando un cariñazo enorme á Bobita, mi perra. Es

una delicia... Ningún chico hace más gracias. La verdad es que me lo

destroza todo, que no me deja cosa sana, que mis zapatillas se las

trae arrastrando al taller y mis calzoncillos lo propio, que ayer me

descacharró un cuenco de Talavera antiguo, que me ha borrado un retrato

medio concluído: será preciso remendarlo... Y esto me viene tanto peor

cuanto que ahora, con la absorción de la Porcel, casi no hago nada de

provecho. Voy á encontrarme mal de fondos, pero muy mal. Mis mañanas me

las estropean las excursiones, en compañía de esta señora que me trae

al retortero. ¿Á que un día me cuadro? Va siendo el bromazo pesadito.

Lo peor es que no sólo me priva del trabajo, sino que me impone gastos

tontos. Siempre que voy por ahí con ella se le antojan porquerías,

que al regresar á casa tira con desprecio. Claveles, rosas, piñones,

dátiles, macetas de albahaca, naranjas, panderetas, caricaturas de

ministros, juguetes ordinarios, ¡hasta una pepona! Así que llegamos al

portal, me dice imperiosamente:

--Déle usted al portero ese horror, para sus sobrinos... Ó si no,

bótelo usted por la ventana...

¡Esos horrores me cuestan lo que tal vez no tengo!... Son efectivamente

baratos, de baratura inverosímil; pero al fin hay que pagarlos, y en

una bolsa tan flaca... ¡El castigo de vivir al día!

No contenta con la gracia de las compras, Espina ha dado en la flor de

venirse á almorzar conmigo. Los días en que no se encuentra invitada

por alguna diplomática, por alguna de sus cremosas amigas, no sabe qué

hacerse y aquí se encampa. Unas veces dispone traer de casa de Lhardy

platos á la francesa, otras se encapricha por los comistrajos de los

muchos figones que en Madrid abundan; pero invariablemente hace gestos

á la minuta, declarando que aquí nos envenenan, que esto es infecto,

que no concibe cómo tenemos paladar. Y agrega despótica:

--Se viene usted conmigo á París; se viene usted.

Lo poquísimo que come, lo come de través y con la punta de los

dientecitos, cogiéndolo con el tenedor, remilgada, de la manera más

mona que se puede soñar. Sus manos son perlas peraltadas, gemelas,

dignas de un estuche. El más prolijo cuidado se revela en sus uñas,

diez pulimentadas ágatas, de un rosa de concha del Mediterráneo, con

reflejos brillantes, que hacen resaltar la mate blancura del menudo

dedo.

Se las alabo, y responde en tono de tristeza:

--¡Si aquí están horribles! Me falta Madame Denoir, mi manícura de

París. La que Lina me ha recomendado y que decía que era un portento,

es una imbécil. No sabe bruñir ni tallar. Esa “reina de las hermosas”

es poco exigente. No entiende de tocador.

Á pretexto de convencerme de la torpeza de la manícura, cojo la diestra

perlina y la retengo, examinándola, cerca de mis ojos. Detallo una por

una las sortijas, de incomparable pedrería, de artístico engaste. Las

joyas de Espina, lo he notado, son muy ricas, pero el arte en ellas

hace olvidar la riqueza. La mano, cautiva en las mías, que se insinúan

con hábil presión, no palpita, no se estremece; parece una de esas

manos de plata del tesoro de las iglesias, en las cuales lo humano es

un hueso inerte, una reliquia.--La memoria de los sentidos me hace

evocar las trémulas estrechaduras de Clara, la profunda palpitación

de todo su cuerpo al contacto menor. Y suelto, indeciso, la mano

ensortijada, hierática. Puedo dar un paso en falso, y como no me

enloquece Cupidillo...

* * * * *

Ahora sí que ha sucedido. ¡El diablo cargue con lo que ha sucedido!

Porque en vez de satisfacción, ni de engreimiento, ni de alegría de

ninguna especie,--lo que experimento es fatiga, hastío, pésimo sabor de

boca...

Desde que ocurrió el lance estoy de tal humor, que me rompería la

cabeza contra las paredes del estudio.

¡Si los hombres y las mujeres tuviesen sentido común, escarmentarían!

Lo mejor que pueden hacer cuando están juntos es prescindir de las

tonterías que cometen... no sé por qué: por cariño, por ilusión, no

será. Antes vivían en paz... Después, tiene razón Tolstoy, se detestan.

Al menos éste es mi caso. ¿Habrá tantos casos como individuos?

No; el verdadero origen de mi preocupación no he de callarlo... ¿Á qué

disimular ante yo mismo? Es una aprensión ridícula, es que siento...

vulgares remordimientos de haber engañado á Valdivia, y bochorno de las

circunstancias en que se ha verificado el engaño. Lo que yo hice no se

hace, ¡no hay perversión, no hay decadentismo que valga! Lo que yo hice

es _vil_, y no puedo borrar, ni reparar, ni decirle á este hombre, como

le dije á Churumbela:

--Pégame...

Si se lo dijese, es verosímil que me contestase cual la pobre gitana:

--Pa no matarte, desalmao, no te toco...

No me sirve de descargo acusarle á _ella_ de haber preparado la

ignominia. En Espina eso es natural; no se burlaría poco de mí, con su

chispeadora burla, si la dijese: “¿Sabe usted? Me acusa mi conciencia”.

¡Conciencia, lealtad, sentido de lo infame!--No, lo que es este

secreto me lo guardo. Porque si algo me ha llevado hacia Espina, fué

el diabólico afán de probarla que soy más indiferente á lo bueno y más

inteligente para lo bello que ella y que toda su casta.

Llegó, pues, esta criatura infernal á mi estudio, bastante temprano,

hecha un sol. Antes me había enviado una carga de flores y un billete.

“Colóquelas usted; repártalas en cada rincón”. Engalané el estudio,

el comedorcito, mi alcoba, el pasillo y, sobre todo, el tocador donde

Espina se viste. Eran magníficas rosas, de estas que en Junio empiezan

á escasear en Madrid,--pero todo se consigue tirando dinero.--Me

pareció no haber visto nunca, ni en Alborada, rosas como aquéllas, tan

satinadas, tan tersas, tan suavemente húmedas, tan bien acapulladas,

tan vírgenes. Y, en un relámpago, concebí el retrato de Espina--el que

había de llevarse ella á París,--como anhelaba: algo nuevo, inusitado,

sin perlas, sin moños, sin arrequives, sencillamente nubado de tules

blancos, vestido de un manojo de rosas, de las cuales surgiese el busto

de la mujer, entre gloria primaveral.

Inspirado, y sin esperar la llegada del modelo, empecé el bosquejo de

memoria, sólo para fijar la radiante visión y aprovechar el momento en

que no habían principiado á languidecer las divinas, las fragantísimas

rosas.

La Quimera · 第 17 / 33 段