puntilleos de oro, ni son grandes ni dulces. Su nariz respinga,
delatando algún plebeyo atavismo. Su boca ya sonríe juguetona, ya
señala un pliegue de tedio desdeñoso. Su pelo de luz no lo debe á
la naturaleza, sino al peluquero, á botecitos de aguas y mudas.
Afeite debe de ser también lo que presta á sus mejillas, hundidas
imperceptiblemente, ese toque tan puro, esa idealidad de lo florido
sobre lo nacarado, y á sus labios pequeños, carnosos, sinuosos y
húmedos, ese tono de coral marino entre agua amarga--demasiado vivo,
insolente.
Su ropa sólo se diferencia de la que gastan las demás señoras que me
visitan, en que parece inseparable de su cuerpo. Se enrosca y ciñe con
tal esbeltez á él, que en cualquier postura que adopte, los pliegues
hacen olvidar la tela. Lleva las faldas muy largas, pero ni tropieza ni
se atasca en ellas; las maneja con soberana maestría. Son tan blandos
los tejidos y van tan fundidos en la tela los adornos, tan difumadas
las degradaciones de color, que el gentil bulto parece terminar en una
bruma, en la molicie de un jirón de niebla pronto á borrarse.
Las damas de Madrid llaman vestir bien á encargarse ropa cara y
enfundarse en ella. Desde que he visto á Espina, se me descubre la
mujer moderna, la Eva inspiradora de infinitas direcciones artísticas,
agudamente contemporáneas.
En un descanso que ella misma reclama, saca de su escarcela de piel
ceniza, toda cuajada de capitolinos de rubí claro y diamantes menudos,
una petaca y una fosforera de oro verde, decoradas con lirios de
esmalte, primoroso modelo artístico. Pido las joyas para admirarlas y
apreciar de cerca el lujo intensivo y exasperado de la cosmopolita.
Hasta los cigarros son especiales: según me dice, se los fabrican en
Egipto expresamente. Enciende uno y me lo presenta. Fumamos, risueños,
libres por un instante del trabajo y de la _pose_.
La cachorra danesa, que dormía en un rebujo de tela antigua, sobre
un almohadón roto, despierta en aquel punto, y se acerca, entre
desperezos de á cuarta y ladridillos de queja mimosa, esos lamentos
histriónicos de los animales privados, cuando no se les hace caso á
ellos exclusivamente. Echa la boca á la niebla que envuelve los pies de
Espina, y empieza, á mordiscos y tirones, á destrozarla. Me precipito,
cojo en brazos al animal, le doy un coscorrón.
--¿Qué haces, bobita?--exclamo.
--¿Es hembra?
--Por desgracia.
--¿Cómo se llama?
--No está bautizada aún.
Espina brincó del asiento.
--Ahora mismo la vamos á bautizar.
Y batiendo palmas de alegría, llamó á mi criado, le dió órdenes
reservadas; yo, naturalmente, las adiviné. No me sorprendió ni pizca
ver entrar un cuarto de hora después al muchacho, portador de una
botella con cápsula dorada, y de dos copas anchas, sobre delgado tallo
de cristal.
No fué fácil la tarea del descorchado; faltaba cortaalambres y
tirabuzón; nos divertimos con las dificultades, como chiquillos. Al fin
el corcho saltó, hecho un rehilete, y fué á pegar en la misma nariz del
retrato de Lina Moros--el famoso retrato vestido de terciopelo _miroir_
amarillo.--Las carcajadas de Espina redoblaron, incoercibles.
--¡Estropeada la obra maestra!--gritó triunfante. ¡La gran obra
maestra! ¿Y si la bautizásemos también?
Según lo dijo, así lo hizo. Tomó la copa de Champagne, colmada, y
en pleno la arrojó á la faz morena, al escote mórbido, á los ojos
negros de la beldad. Me sentí trepidar de rabia; pero una mezcla de
encontrados movimientos del alma me paralizó. Mi impulsión era tan
brutal--como que se reducía á pegarle una bofetada á la señora,--que
su misma violencia sirvió para contenerme. La noción relampagueante
de las consecuencias de un acto tremendo impide realizarlo. Muchos
crímenes morirán así en capullo.--Casi instantáneamente, la reacción
fué encontrar “chic” la enormidad descortés. ¿Qué, después de todo?
Rivalidades de mujeres; envidias... ¿Quién sabe si algo más?
--Es un experimento que hice--dijo acercándose á mí y presentándome la
copa llena de nuevo.--Se corre que está usted enamorado de Lina. Si
fuese cierto, me hubiese usted matado.
Y, sirviéndose en la otra copa, mojó en ella los labios ligeramente,
hizo un gesto donoso para indicar que la marca era detestable, y
tomando en brazos á la cachorra, derramó por su cabeza y sus sedosas
orejitas un chorro líquido. El animal, al llegarle el vino espumoso y
azucarado al hocico, se estremeció primero y se relamió después.
--¿Y el nombre?--pregunté subyugado.
--Bobita. Así la llamó usted antes... Bobita _for ever_.
* * * * *
Había terminado la ceremonia cuando entró el marqués de Solar de
Fierro. La vista del retrato de Lina, churreteado, perdido, le hizo
exclamar:
--¡Válgame Dios! ¡Buena ha quedado la reina de las hermosas!
--¿Quién la puso tal mote?--interrogó sardónicamente Espina.
--Mucha gente. Y nuestro joven artista ha consagrado su fama,
retratándola seis ú ocho veces, por el gusto de estudiar á un modelo
así.
--No han sido sino cuatro veces--protesté,--y otras tantas he retratado
á Minia Dumbría, que no es ninguna belleza.
--Y á mí, ¿cuántas me va usted á retratar?--preguntó Espina.
Rendido, murmuré:
--Las que usted quiera.
--¡Bah! Puede usted comprometerse. No tengo yo tanta paciencia para
la sesión como la reina de las hermosas. ¿Cuatro pastelitos? ¡Eso,
al repostero! ¡Estúdieme usted primero, ya que se le antoja; luego
retráteme en serio una vez, si puede, y luego... frrrtttt! Aquí, por lo
visto, á la gente la sobra tiempo. En París vivimos más aprisa.
Sin duda con objeto de poner paces, el marqués nos propuso que fuésemos
á almorzar á su casa. Vive solo; tiene buena cocinera, criado antiguo,
ama de llaves, una grave dueña que pisa tácito. Aceptamos. El coche de
Espina aguardaba á la puerta; nos llevó.
Teníamos un apetito estimulado por la novedad del convite. Fué
escogida, discreta la minuta. El servidor es viejo, rasurado, de
facha sacristanesca, y la dueña tiene una cara de luna, tranquila,
monástica. El comedor luce dos grandes lienzos de cacería de jabalíes,
atribuidos á Pablo de Vos, con alanos despanzurrados y fondos intensos,
jugosos, de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero esos pocos,
según me explica Solar, se cuentan entre los rarísimos, hispanoárabes
auténticos, por los cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre
todo, el _Triunfo del Ave María_, me enamora con su reflejo desdorado
y moribundo, de poniente, y la gracilidad de su lema gótico. Espina
señala con la conterita de la sombrilla al magnífico ejemplar.
--¡Dicen que eso vale tanto! Á mí me gustan más los cacharros que
fabrican ahora en Dinamarca y Suecia. ¡Son unas porcelanas lindísimas,
con cambiantes como de nácar, y tan originales! Algo de poético, ¿eh?
El plato antiguo español recuerda la escudilla. Basto, basto.
¡La que se armó! Creí que excomulgaba Solar de Fierro á la modernista.
Se enzarzaron. Espina no se achicó; sostuvo su criterio con intrepidez.
Todo es ahora, según ella, doble de bonito que en los tiempos de la
nana. Lo antiguo tiene mérito... sólo porque se les antoja dárselo
á cuatro señores. ¡En fin, con Luis XV y XVI transigía; pero nada
más! Por ejemplo... ¡vaya una decoración para comedor, esos perros
destripados y esas fuentes de barro tosco! ¡Diéranle á ella plata
cincelada inglesa, porcelana delicadísima de Sévres ó de Wegdwood,
_terra cottas_ de las que se ven en los escaparates de París;
estatuillas de alabastro y jade incrustadas de pedrería, ninfas de
_pâte tendre_ danzando en rueda sobre el blanco mantel, muebles de una
sencillez refinada, de unas hechuras cómodas, y retratos al pastel,
elegantes, deliciosos!--El marqués, por último, apeló á mí.
--Yo, ni con usted, ni con usted--respondí señalando á derecha é
izquierda.--Yo... lo real... y nada más que lo real.
--¿Y qué es para usted lo real?--preguntó el arcaizante.--¿Llama usted
real á lo material? ¿No es real el sentimiento que preside á la labor,
por ejemplo, de un misalista ó de un mosaísta? ¿Considera usted real
únicamente lo popular y lo zafio? ¿Es usted un realista de la carne,
como Rubens; un realista del dibujo y del color, como Velázquez; un
realista de la luz, como Ribera; un realista de la caricatura y del
color local, como Goya? Porque hay cien realismos.
No supe qué contestar al pronto, y Espina saltó:
--¡Cien realismos, y todos horribles! Lo hermoso no está en lo real; si
estuviese, viviríamos rodeados _naturalmente_ de hermosura, ¡y sucede
lo contrario! Lo más hermoso, lo artístico, es lo que se diferencia de
eso que anda por ahí. ¡Vaya con lo real! Si las mujeres nos dejásemos
como la Naturaleza nos ha hecho, seríamos hembras de monos.
Quise romper una lanza por mi estética. Al hacerlo, pensaba:
--Hay flagrante contradicción entre lo que pinto y lo que defiendo, y
esta objeción tan fácil no se le escapará á Espinita.
En efecto, poco tardó en argüirme:
--¿Y sus retratos de usted? ¿Y esa Lina Moros tan ideal que nos
presenta, con veinticinco años y la mitad de cintura? ¿No sabe usted
la edad de Lina? ¿Cree usted en su pelo negro como el ala del cuervo?
¡Vamos, señor artista!
¡Qué hondamente mujer es esta mujer! La teoría no la conmueve: lo único
que provoca su apasionamiento es el hecho concreto, es la rival; y no
la rival en el terreno del sentimiento, sino en el de la vanidad,
campo de extensión infinita, más amplio que el del corazón.
Bebido á sorbos el mejor café que he probado en Madrid, Solar quiere
enseñarnos sus colecciones. Primero--estratagema--lo menos importante;
dos retratos desglosados de la colección Carderera: Lope de Vega y
Antonio de Solís, fronteros á dos copias de las clásicas jetas de
Quevedo y Calderón. En un recuadro, una especie de trofeo de la guerra
de la Independencia española; litografías de heroínas aragonesas,
caricaturas de Pepe Botellas y el ogro de Córcega. Á mí esto me parece
recoger por recoger. No veo valor artístico.
Lo único de algún mérito es la reproducción de la estatua de Fernando
VII, que fué derrocada en Barcelona, allá por los años 35. Alzábase
la estatua--explica el marqués--en el centro de un jardín, y por esa
actitud mandona del brazo y la violencia con que la derecha señala al
suelo, dijeron los catalanes, en excusa de haberla derribado, que el
tirano les ordenaba “comer hierba”.
--Hicieron bien en derrocarle. Á quien nos manda pacer...
--Sin embargo--objetó Espina con el airecito cándido que adopta á
ratos,--el que puede pagarse el gusto de hacer comer hierba á los
demás, no dude usted que... ¡Oh!
Indicó el gesto ponderativo que ya he sorprendido dos ó tres veces, y
me avasalló, como siempre, su franqueza sin velos, su menosprecio de la
humanidad.
Sigue el buen marqués graduando efectos y mostrando retratos, á mi
parecer, todavía mediocres: San Francisco de Borja y San Ignacio de
Loyola; mucho betún, mucho ascetismo, mucho españolismo... Por detrás
de la cabeza romántica del coleccionista, Espinita me hace un impagable
gesto de horror.
Luego, una madona dulzarrona, atribuída á Sassoferrato; una placa de
bronce, esmaltada de oro, la puerta del Sagrario de las monjas Teresas.
Esta empieza á interesarme. El marqués, con el acento misterioso de los
maniáticos, secretea:
--Van á ver la cajita que rondé diez y seis años antes de llegar á
obtener su posesión...
Con dedos respetuosos la toma de dentro de un estuchito y nos la
presenta.
--Desde que nadie tiene el vicio asqueroso de tomar rapé, hay
coleccionistas de tabaqueras... Desde que se acabó el heroísmo
nacional, se coleccionan sus recuerdos...
En la tapa vense incrustados en oro tres pedacitos de madera, y grabada
la siguiente inscripción: “Testimonio de hispánico valor. Carlos III.
De la Estacada de Gibraltar, 30 de Setiembre de 1780”.
¡Diez y seis años! Reconozco en esta tenacidad el sello de las garras
de Quimera; la tema del coleccionista.--He oído hablar mucho del
carácter y modo de ser del marqués. Á veces atisba años enteros,
rondándola con visita diaria, pretextada diestramente, una obra de arte
para su colección. Se cuenta--no sé si en serio--que hizo creer á una
solterona incasable que la pretendía con honestos fines, cuando sólo
preparaba la adquisición de cierta magnífica medalla única de Jácome
Trezo, conservada inmemorialmente en la familia, y que al fin cayó en
poder de Solar. Á esta tenacidad de cazador, á estos ardides de indio
bravo, el marqués reúne una memoria que es un cilindro fonográfico;
memoria de persona de entendimiento limitado y recortado, de voluntad
perseverante, reducida al deseo de cosas concretas y accesibles, de
esas que ceden al esfuerzo paciente y diario.
Nos enseña después un retrato de Isabel II, en mármol, obra de escultor
hábil y amanerado. Esta sí que es la “inocente Isabel”, tan querida de
sus vasallos, la reinecita en la frescura de su juventud y su morbidez;
y Solar, con sonrisa maliciosa de indiscreto triunfante, advierte:
--Recuerdo histórico de este retrato... Es dádiva especial de la Señora
á D. Francisco Serrano Domínguez, el que había de arrebatarla el trono.
Retratos, más retratos, miniaturas, medallas, óleos, camafeos, de
eminencias, de testas coronadas, de la dinastía borbónica (asusta
pensar lo que la han retratado en este mundo); y á renglón seguido, una
colección de relojes, desde Adán hasta nuestros días... Coleccionar
relojes ha sido la manía más terca del marqués, la que le hizo
desarrollar más diplomacia y arte. Reloj hay de éstos que lo ha
cortejado, como á la cajita, años y años; era propiedad de un amigo; el
amigo falleció. Con las primeras luces del alba, adelantándose á los
prenderos, entraba Solar en la almoneda del difunto.
--En vez de corazón tienes esta saboneta--dice Espina señalando á una
de forma cordial, toda incrustada de granates, y cuyo tic-tac imita el
latido.
El marqués sonríe y nos presenta, satisfecho, relojes libertinos, que
ocultan, bajo un esmalte de asunto cándidamente pastoril, segunda
tapa con escenas de sátiros y ninfas, desnudeces paganas. Espina, sin
asustarse, se encoge de hombros:
--¡Pchs! ¡Desnudos! Hay desnudos infinitamente más correctos que el
vestido. El desnudo no inquieta; ¿verdad?
La miro y compruebo la exactitud de su observación. Los maestros de
las decadencias y las afeminaciones voluptuosas del arte consiguen sus
efectos con ropajes y paños. Ahí están los artistas del siglo XVIII,
que no me dejarán mentir. El desnudo estorba para la picardía.
¿Acaso en los silencios expresivos, saturados de tedio, que guarda
Espina cuando me da sesión, no he notado que el atractivo peculiar
de esta mujer está en la ropa, en su habilidad para adaptarla al
cuerpo, enroscar, ceñir y plegar la tela, incorporada, identificada á
su persona? Revuelve y ondula tan bien las faldas, son tan cómplices
los tejidos que la envuelven, que no se la figura uno, en las audaces
figuraciones, sino vestida.
Bajo el ropaje de Lina Moros, su forma se exterioriza; en Espina no sé
distinguir la forma de la vestidura. En esto debe de consistir el arte
supremo.
El marqués, alzando una cortina de terciopelo bordada de seda y
oro, nos hace pasar al último salón--el ojo del boticario.--Aquí se
guarda la espuma del Museo. Plata repujada, realmente magnífica;
jarras españolas (nunca las había visto) sobredoradas, cinceladas. Me
deslumbran; recuerdan los vasos sagrados de los pintores venecianos
en las Cenas y en las Bodas de Caná. Hay objetos con que nos ha
familiarizado el arte, y que parecen irreales vistos. También me
encantan las veneras de la Inquisición, de pedrería, cristal de roca
y esmalte, y los grandes bandejones de plata del XVI, regiamente
relevados á martillo. El dorado de tan bellos objetos es muriente--una
caricia para la vista,--y la labor un portento. En el tesoro de Toledo
hay algo semejante. ¡Cómo se trabajaba entonces! ¡Qué fuerza, qué
prolijidad, qué ciencia, qué técnica! Mis ojos se encandilaban, y
dentro de mí se producía esa dilatación del sér que acompaña á una
modificación profunda de la sensibilidad. No me explico bien por qué
la soberbia plata antigua de Solar me impresionó como no me había
impresionado el Museo, á pesar de aplastarme de asombro. Tal vez el
Museo, por su mismo caudal y por las diversas edades que abarca, es
una cosa genérica, que no cifra determinado momento estético, mientras
esta plata, en su esplendor, me echa encima del alma todo el siglo del
Renacimiento, nuestro XVI, período heroico de nuestra nacionalidad, con
las corrientes artísticas italianas. Nace en mí una nueva visión de
arte; comprendo lo que no comprendía.
El marqués no cabe en sí de gozo porque me ve extático, y lo atribuye
al mérito particular de sus bandejas y jarras, no á la idea general que
me suscitan.
Espina, sin transigir, acentúa la expresión fría, inerte, de sus ojos
piel de Suecia.
--Todo esto de plata--dice,--para las iglesias, muy bueno.
--De iglesias procede--declara el coleccionista.--Estas bandejas son de
postular en las catedrales. Y aquí tiene usted--abrió misteriosamente
un armario--algo que todavía huele más á iglesia.
Del armario (antigua alacena de sacristía) salía un piadoso y enervante
aroma de incienso; dentro, en dos estantes toscamente pintados de azul,
vislumbré tesoros.
Solar fué sacando un incensario maravilloso, guarnecido en derredor
de un círculo de arcángeles con las alas plegadas y las manos unidas,
una naveta, menos fina, una caja de óleos, un porta-paz que, según su
dueño, figura en los grabados del catálogo Spitzer, y, por último, el
ojo del ojo--una medalla, como de una cuarta de alto, que encierra la
efigie de Santa Catalina con su rueda.
--Es única--me dijo,--no sólo por su perfección, sino por la
conservación. Si yo no la hubiese encontrado donde la encontré
(secreteo, balbuceo), temería una de esas sofisticaciones que se hacen
en el extranjero con tal maña. Pero esta medalla tiene más probada
su ascendencia que muchas casas que se precian de ilustres. Es tan
singular, que yo le he formado un expediente, una probanza en toda
regla. ¡Mírela usted! ¡Mírela usted bien!
La Santa me sonrió, fascinadora. Las elegancias de actualidad me
parecieron pobreza ante la artística, suprema elegancia de la mujer
engalanada por el orfebre, joyero y esmaltista del siglo XV.
Con ademán á la vez púdico y majestuoso, la Santa se recoge el manto
verde oliva, franjeado por una orla de delicioso dibujo, en que
alternan diamantes menudísimos y perlas imperceptibles, tostadas por
los años. La túnica es azul, de unos azules tornasolados y cambiantes
de acuática transparencia, que la visten como del agua dormida de
solitaria fuente. La cabeza de la Santa ostenta ese tipo andrógino
peculiar del Renacimiento: el pelo crespo y rizo acentúa la expresión
altiva, heroica, del blanco rostro; á la garganta lleva una cadena de
oro, rematada en pendentivo de perlas y esmeralditas. Las manos son un
prodigio de dibujo y de modelado: su elegancia patricia al hundirse
en los pliegues, la separación de los torneados dedos, su forma de
huso--todo divino.--Sobre la frente, algo bombeada, la ferroniera
(adorno muy anterior á la época que se le atribuye, explica Solar), y
bajo los reducidos pechos, un cinturón que es una filigrana. La palma,
la rueda de desgarradoras puntas, milagros de ejecución. Tal intensidad
de arte me deja aturdido. ¡Ahora que todo lo hacemos á toques, á
brochazos! El marqués ve mi impresión y se baba del gusto de poseer
tal preciosidad; sobre todo, “la envidia de Valencia de Don Juan” y
otros aficionados que se pirran por la joya, le viene al paladar en
onda de dulzura. Se relame, literalmente, y con señita confidencial me
cita ante otro tallado armario. Abierto, veo dentro un casco de torneo
milanés, una coraza nielada, repujada, cincelada, con mascarones,
bichas, monstruos, dioses, diosas, héroes, esclavos que se retuercen
bajo la cadena, mujeres de perfecto torso desnudo que terminan en
caballos marinos, centauros de pujantes riñones, el cántico de la
fuerza y del triunfo. Solar me dice:
--Desde que los asuntos que trata son pacíficos, el arte se afemina.
Espina fuma, sin dignarse mirar al armario. ¡Lo ha visto tantas veces!
¡La tienen tan sin cuidado las antiguallas!
--¿No sabes--pregunta de pronto dirigiéndose al marqués--que llega esta
noche Valdivia?
Rióse Solar.
--Sí, ríete... Quisiera ponerte en mi lugar á ver si te divertía
mucho...
Nuevo guiño del marqués--ya inequívoco, pues señala hacia mí, como
diciendo:--“¡Esta muchacha está loca! ¡Delante de un extraño!”
Ella hace un gesto de indiferencia fatigada, y murmura:
--Lago lo sabe, de seguro, por alguna mala lengua... Y lo cree: á
las malas lenguas se las cree siempre, porque siempre dicen verdad.
¿Niéguelo usted?
Yo, realmente, _no lo sabía_. Esta murmuración mundana no había llegado
hasta mí. En la sociedad no se maldice tanto como cuentan, y, además,
suele evitarse hablar de ciertas cosas delante de los advenedizos.
Por otra parte, Espina, ave de paso, no suscita aquí las encarnizadas
enemistades que inspiran las campañas de descrédito. Se la obsequia,
se celebran sus adornos y su gracia exótica, y nadie incurre en el mal
gusto de colgarla moralejas. Esto me decía el coleccionista, cuando
Espina, malhumorada, acababa de despedirse con rumbo á una partida de
polo que se jugaba en el Hipódromo.
--Si yo no sé lo que pasa con esta chiquilla: tiene bula... Si otra
hiciese las niñerías que ella hace... La pobre... ¡Qué desgraciada es
en el fondo! ¡Pobre María! Yo la defiendo á capa y espada, eso sí.
Su marido, el sér más egoísta; siempre paseándose por Bélgica, por
Inglaterra, por Mónaco, á verlas venir, sin darla un céntimo para su
ropa, cuando Espina, al casarse, era poderosa, opulenta, y ese tahur
casi le ha disipado la fortuna. Para fin de fiesta, el majadero de
Valdivia, un brasileño hijo de español, que tendrá el oro y el moro,
conformes, pero que está gastado y hecho una plasta, y para ostentar su
protección no vacila en ponerla en berlina, y para espiarla, la sigue á
todas partes... No; á ese, cuanto le suceda le estará bien empleado. ¿Á
qué se mete en aventuras?
Comprendo, como si leyese en el pensamiento del coleccionista. Éste
no es padre clandestino: es un galán, contemplativo por fuerza. Está
furioso con Valdivia, de esos extraños celos que pueden existir sin
amor, al menos sin lo que por amor se entiende. Yo tampoco estoy ni
estaré enamorado de Espina, y, sin embargo, el amigo pachucho que va á
aparecerse me impacienta; daría algo bueno porque no hubiese tenido la
ocurrencia de descolgarse en Madrid ahora.
Salgo de casa de Solar al caer la tarde. Paseo á la ventura por las
calles inundadas de gentío. Como en Fornos, sin ganas. Sudo, pues hace
bochorno, y al mismo tiempo experimento la sensación desesperante
de incurable frialdad en el estómago. Plomo es en él la comida. Allá
dentro debo de tener un glaciar suizo.
Y, sin saber por qué, tal vez por la mala disposición gástrica, me
siento mortalmente triste. Lo vano de la vida, lo inútil del esfuerzo,
lo deleznable de todo, hasta de las Quimeras sujetas por el ala, me cae
encima como una losa. Salgo del popular café, salto á una manuela y
digo al cochero:
--¡Vaya usted por ahí... por donde se le antoje! Hacia la Florida,
hacia los Viveros. Donde no haga calor.
Las vías céntricas son un horno. La Puerta del Sol está envuelta en
una especie de vapor rosado y ardiente, que parece el hálito de una
boca juvenil. La concurrencia hormiguea. Voces, murmullos, jipíos que
salen de los cafés, violines de ciegos, gritos de chicos pregonando los
periódicos de la tarde, rodar de coches que cruzan apresuradamente,
llevándose á las señoras retrasadas en el paseo, y que regresan á sus
casas con el apremio de vestirse para el Circo ó para la comida...
La melancolía de las multitudes, entre las cuales se siente uno más
abandonando, me asalta. Quisiera estar en las Mariñas de Marineda, á
esta misma hora, cuando la campana de la parroquia de Monegro llama á
la oración y por los caminos se encuentra á los labriegos que vuelven
del trabajo y saludan con un “santas y buenas noches”...