--Figúrate--decía Clara al Doctor, que embelesado la escuchaba--cómo

estará de hueca Adolfina; hasta la fecha, no había conseguido ligar

enteramente con ciertos cotarros. Las inglesas le han echado un cable.

¡Ver á Micaelita entre Manolo Lanzafuerte, Julio Ambas Castillas, Lope

Donado y ese lindo atlético de Werlock, el secretario de la Embajada,

un Antinoo que las trae revueltas á todas! Te digo que Adolfina no cabe

en su pellejo.--Van á correrla por ahí. Para la primera correría, ¿no

sabes? estoy invitada.

Decíalo con un brillo de ojos y una expansión de sonrisa irradiadora,

que Luz tradujo por alegría orgullosa, placer de vanidad social

satisfecha.

--¿Adónde iréis?

--No está resuelto aún--contestó Clara.--Lo decidirán mañana; Adolfina

ha invitado á los expedicionarios á un almuerzo en Lhardy.

En el lujoso restaurant se trazó, en efecto, entre buche y buche de

_brut_ y bocado y bocado de _espuma_ de hígado graso, el programa de

la primer excursión, á la cual concurrirían, además del automóvil de

lady Mortimer, un magnífico Panard de Manolo Lanzafuerte, y el Mors de

Lope Donado, que se prestó solícito, al enterarse de que se contaba

con Clara Ayamonte. Donado, cuya fortuna tenía desportillos, rondaba á

Clara desde hacía tiempo, atraído por el caudal sano y jugoso y también

por la mujer, que se le había mostrado formal, quieta, reservada, en

grado humillante para sus pretensiones. La conquista de Clara, por lo

legal ó lo ilegal, era ya empeño, no sólo de interés, de amor propio.

Contaba con la libertad, el roce y las ocasiones del viaje.

La víspera de la expedición, Clara estuvo con el Doctor derretida

en cariño, cual si quisiese compensar los cortos días de ausencia

anunciados.

Esto á lo menos discurrió el padre, que con tal avidez recogía, desde

la decisiva conversación, los indicios del sentimiento que Clara

podía profesarle. Bebió,--lo mismo que se bebe el cordial que ha de

devolvernos fuerzas y en ellas la vida,--aquellos halagos dulces,

aquella humildad tierna y sumisa con que Clara le dirigía la palabra;

aquel afán pueril de no separarse ni un minuto de su lado, de apoyarse

en su hombro, de mirarse en sus ojos, de mimarle. Luz pagaba estas

demostraciones extremosamente. En su deseo de identificarse con Clara,

quiso que le enseñase el traje de camino, de masculina forma, el amplio

abrigo-saco color polvo, el sombrero de fieltro, donde gallardeaba un

pichón con las alas extendidas.

--¿Á qué pueblo, por fin?--preguntó.

--Creo que la Mortimer quiere empezar por Ávila--declaró ella con

velada voz.--Y oye: mucho sentiría tener que ponerte un telegrama

llamándote para componerme alguna fractura. Porque me enchiqueran en el

automóvil de Donado...

--¿Tu adorador?--preguntó Luz alegremente.

--Sí... El mismo.

--Te cuidará...

--Al contrario... Querrá lucirse como _chauffeur_, y nos

estrellaremos--murmuró Clara siguiendo la corriente de la broma.--Yo

tampoco soy muy prudente; me gusta llegar pronto, ¡mejor cuanto más

pronto! y seguramente le gritaré todo el tiempo á Donado: “aprisa,

aprisa...”

Tal es la sugestión del acento amado, que las restantes preocupaciones

de Luz se borraron ante la que Clara acababa de suscitar; y lo único

que oprimía su corazón al despedirse, á la mañana siguiente--al

recibir un abrazo extraño, violento, nervioso, al sentir bajo el velo

tupido, alzado un instante, humedad y calor de labios que se imprimían

fuertemente en sus barbadas mejillas,--era la amenaza del peligro

físico, la idea aterradora de un vehículo hecho astillas, gravitando

sobre un montón de carne magullada y rotos huesos.

“¡Cuidado!”--suplicó.--Y Clara, silenciosamente, se desprendió

temblorosa de sus brazos, bajó la escalera balanceando el saquillo de

cuero en que había metido aprisa algunos billetes de á cien y una carta

de letra grande, muy española, de ancho timbre, de basto papel...

* * * * *

En el coche que lleva á la Ayamonte va también Micaelita, ebria de

alegría, de velocidad, de travesura y riesgo. Impelido por la presencia

de Clara, Donado aprieta, aprieta; propónese “dar chaquetilla” á los

otros dos autos, y sorprender á los compañeros con tener ya preparados,

cuando llegasen, alojamiento y refacción en Ávila. Julio Ambas

Castillas, fijándose por primera vez en que la chica de Mendoza es muy

salada, bromea con ella sin cesar; supone lances terribles, accidentes

fantásticos, un perro aplastado, un salto mortal, un choque con un

toro de puntas. Clara, lejos de asustarse, ríe, anima al _chauffeur_.

--¡Más velocidad! ¡Toda la que se pueda! ¡Toda!

--¡Qué barbiana está!--piensa Donado.--¡Debe de ser tremenda! ¡Fíese

usted! Verdad que en estos viajes es cuando se descubre á las personas.

Es, de seguro, una grande, insaciable y valerosa enamorada.

Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido lo propio que una

seda. Los carreteros y trajineros miraban atónitos al artilugio

trepidante, que respiraba con resuello de monstruo y que ni tiempo

les daba á enterarse de su hechura. Volaban; los grises poblados,

las casuchas aisladas que, como arenas de sal, granean los desiertos

de Castilla, las áridas llanuras, los chaparrales y robledos de

polvoriento verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas de

sangre viva por las amapolas, desaparecían apenas entrevistos, mientras

el aire torrencial se metía en los pulmones, sofocaba á fuerza de

impetuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la crestería azul de

la sierra se dibuja en dentelladuras más agudas, y sobre la inmensa,

ilimitada aridez del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los

gigantescos cantos, recordando desparramados proyectiles de una batalla

de titanes. Micaelita, un momento, se asusta de aquel ceñudo y sombrío

fondo.

--¡Parece una lámina del infierno de Gustavo Doré!

Ya están al pie de las murallas de Ávila. Seguros de haberse

adelantado, moderan el paso para entrar en la ciudad melancólica,

adormecida. Su llegada la alborota: la gente sale á las puertas para

ver el artilugio, vivo contraste con cuanto la ciudad representa.

Delante de la fonda se junta una piña de curiosos, de admiradores, de

mendigos, de viejas que columpian la cabeza, se santiguan, desaprueban

y rezongan, maldiciendo de inventos y novedades. Es el primer automóvil

que ha llegado á Ávila de los Caballeros, á Ávila de los ascetas y

los santos, á Ávila del éxtasis; y Donado, haciéndolo notar entre

chanzas, habla de banderas como las que los alpinistas suizos clavan en

ventisqueros inexplorados.

Cuando después se comentaron las mínimas particularidades de la

expedición, que, según lady Mortimer, había de ser para ella

inolvidable y digna de referirse en Inglaterra por su carácter

eminentemente pintoresco y emocional, español neto, fijáronse en la

circunstancia de que Clara, después de recluirse en su habitación

una media hora, para quitarse el polvo y arreglar traje y peinado,

descendió al comedor de la fonda, que está en la planta baja, y allí,

pacientemente, esperó la llegada de los demás expedicionarios. El

automóvil de Lanzafuerte quedaba atrás, no se sabe con qué avería. Pero

Clara vió bajarse del de la Mortimer á Adolfina, que venía hecha una

breva y transida de miedo, y la dijo en tono natural.

--Ahí arriba tienes á tu hija. Está aseándose. Te la he guardado bien.

Y, cambiando algunas frases de cortesía y cordialidad con las

extranjeras, subió otra vez á su cuarto. Minutos después bajaba

atusada, de abrigo, de sombrero, arrollado al cuello un boa de plumas.

Los compañeros de viaje, ó se embellecían recogidos en sus aposentos, ó

daban instrucciones á los mecánicos. Clara, en la primer calleja, tomó

de guía á un pilluelo, á quien cargó con su saco.

--¡Al convento de Carmelitas descalzas!

La presentación de la carta del Obispo á la Abadesa hizo que la tornera

franquease de par en par el portón, rechinante de vejez y herrumbre.

--Nuestra Madre está en el coro--dijo solícita.--Pase; en seguida

acaban.--Y las hojas de la puerta volvieron á cerrarse, la llave y los

cerrojos á asegurarlas, archivando el arcano de Clara, celando entre

sus valvas tristes y ásperas de ostra criadora la perla sentimental.

--“¡Clara, esposa mía! No te detengas: ya declina la tarde...”

* * * * *

(_Hojas del libro de memorias de Silvio Lago._)

_Junio._--...¡Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento.

Y lo hizo de un modo original. Formaba parte de la expedición de

automóviles--creo que la primera organizada aquí,--en obsequio á lady

Mortimer, inglesa muy _smart_, á quien voy á retratar por recomendación

de la Flandes, que empieza á lanzarme para mi futura campaña de

Londres.--Dicen que Clara iba animadísima, con traje de camino, velo

enorme y antiparras abultadas. Hasta aseguran que flirteaba con Donado,

en cuyo vehículo hizo el viaje.

Donado batió el record; Lanzafuerte se quedó detenido en una venta,

con averías, gracias que no en los huesos. Al llegar á Avila, término

de la expedición, Clara subió á arreglarse; apenas llegaron los otros

expedicionarios, salió sola y se fué disparada al convento de las

Carmelitas. Parece que á prevención llevaba una carta del Obispo

para la Superiora, y desde dentro escribió dos: una á su cuñada,

expedicionaria también, para que no extrañase; otra á su padrino,

despidiéndose. Por cierto que cuentan que está como loco el padrino.

Ahí había algo más que padrinazgo.

Á mí, no me ha escrito la romántica novicia.

Encuentro de buen gusto no hacer aspavientos antes de poner por obra

una determinación como esa; y me es simpático que Clara huya de las

Órdenes modernas, y no quiera ser de las monjas correnderas, que pisan

con zapatos gordos, á las cuales nos encontramos en el tranvía y en el

ferrocarril, y sabemos que cuidan á los viejos catarrosos ó se dedican

á moralizar á las criadas de servir, lo cual será muy santo, pero es

pedestre. No; la pálida Ayamonte necesita el ambiente contemplativo,

el misterio de las monjas reclusas, de huerto y coro. Su poesía lírica

reclama este fondo, en que tanto hay de arte. He de ir á Avila sólo

para mirar las tapias y las rejas del convento, donde, probablemente

por mi causa, vive dichosa una mujer.

¡Sí, señor; dichosa! ¿No tejemos la felicidad con el hilo de nuestros

sueños? ¿No es el mundo quien rompe y mancha el tejido? Clara, ahora,

libremente, extiende y goza la rica tela, que debe de parecerse á los

bordados góticos de las casullas de Toledo. (¡Los he visto anteayer!

¡Vaya unos bordaditos!)

Envidio á Clara. _Se ha realizado._--Por ahí no se habla de otra cosa.

La gente anda desorientada. Sospecha, olfatea; pero, en su egoísmo

superficial, no ahonda.

Sentiría, la verdad, encontrarme con el Doctor Luz.

De todos modos, ¿qué reproche, qué acusación podría dirigirme?

He procedido bien; he rehusado una fortuna que tentaría á muchos; y,

sin embargo, no estoy tranquilo.

Fuerte lazo nos une á aquellos que padecen por nosotros. Líbreme Dios

de tratar de ver al Doctor; acaso no vuelva á tropezarme con él en la

vida; y, sin embargo, él y Clara existirán para mí, con existencia

más real que la de personas á quienes todos los días hablaré. Un hilo

invisible, una corriente secreta va de mí á esos dos seres, en cuyo

destino he influído tan activamente. Por eso me empeño en creer que

Clara es feliz... en su convento, soñando.

* * * * *

Esto no es drama, sino pasillo de risa.

Estoy en el pináculo de la moda. El ahogado runrún relativo á Clara; el

probable encargo de Palacio; el retrato de la Flandes, son causa de que

se disputen la vez para posar las bellas. Las enemigas que tengo--la

Camargo y la Calatrava,--en honor de la verdad, no se han ensañado,

quizás porque el odio es una energía incompatible con las vanidades y

futilezas. Me llueven encargos; tengo que engañar, como las modistas.

Con exigencia inmediata se me presentó la condesa de Imperiales, y el

aplazamiento exaltó su antojo: su amor propio entró en juego. Porfió,

rogó, casi lloró; y yo, no sé explicar la causa, me aferré en no darla

turno hasta dentro de dos meses.

--Si no puede usted retratarme en seguida--suplicó ella entonces,--_por

lo menos_ véngase usted á almorzar conmigo mañana, en confianza

enteramente.

Como voy siendo (lo noto y no lo puedo remediar) algo fatuo, se me

figuró... Se hinchó más mi fatuidad, cuando vi que habíamos de almorzar

en _tête à tête_. La Imperiales estaba dislocada, nerviosa (eso lo nota

siempre quien no es lerdo); apenas comía, hablaba salteado, sufría

distracciones y me devoraba con los ojos, á hurtadillas. Es mujer

todavía guapa, morena, de tez limpia de artificios de tocador. Sobre su

labio, un dedo de bozo la hace vulgar. Sospecho que el bozo este, que

amenaza subirse á mayores con los años, ha tenido la culpa de que yo no

la quisiese retratar pronto.--Estaba vestida con alta coquetería, con

ciencia de lo que conviene á su tez: funda azul pálido muy incrustada

de encajes rojizos rebordados de perlitas, entre las cuales flojeaban

hilos de amortiguado oro. Dos pesados borlones bizantinos, de perlas

verdaderas, colgaban de los remates de su estola.

Confirmó mis suposiciones el estudio de este traje.--¿Qué fué cuando,

bebido el último sorbo de café, dada la última chupada al cigarro

turco, se levantó, me hizo seña de que la siguiese, y, atravesando

salones suntuosos, me condujo á un gabinete en figura de rotonda, con

cierre de cristales, que es una diminuta estufa llena de plantas raras?

¿Cuándo vi que cerraba la puerta y daba dos vueltas, firmemente, á la

llave? Por fortuna, no cometí la ligereza de corresponder á tan extraña

acción con hechos ni dichos, á mi parecer, adecuados. ¡Si lo hago, me

luzco!

Apenas encerrados, la dama se volvió hacia mí, y con ademán expresivo

señaló á una mesa. Miré, y distinguí hacinados un caballete, una caja

de colores, rollos de papel, tableros: los chismes del oficio, nuevos,

flamantes, excelentes--(me pertenecen ya, me los ha enviado al taller).

En voz emocionada--voz que salía de muy hondo--ordenó la señora:

--Á sentarse, á retratarme ahora mismo; la luz es buena... ¡Sin

objeción! ¡No la admito!

Mal repuesto de tal sorpresa, empecé á presentar dificultades:

absolutamente no podía; me esperaban en mi taller á las tres y media;

me comprometía á volver pronto; daría á la Condesa, sin dilaciones,

hora en mi casa, pues tal era su empeño... Pero ella, colocándose

delante de la puerta en la actitud de la Valentina de _Hugonotes_,

abriendo los brazos, echando lumbre por unos ojos españoles todavía muy

flecheros, exclamó:

--¡De aquí no sale usted, así sean las cinco de la madrugada, mientras

no me haya retratado! ¡Que no sale, he dicho! Á menos que emplee la

fuerza... Á menos que me pegue...

La situación no era para tomada por lo trágico. Mejor reir. Ella

también reía, con enervante risa, que la obligó á sentarse, á secarse

los húmedos ojos. No aproveché el momento para hacer girar la llave y

zafarme del compromiso. Decidido, me instalé ante el caballete, busqué

la mejor luz, preparé los trastos. En la vida hice retrato con más

facilidad, ni encajé tan á gusto, desde los primeros toques de color,

la figura. La Imperiales, extasiada, repetía:

--No se preocupe porque hayan ido al taller y no le hayan encontrado.

¡Mejor! Volverán más entusiasmadas al día siguiente. Las mujeres

somos así. Yo, si usted me concede el retrato cuando fuí á pedírselo,

¡pchs!, ni me da frío ni calor... Desde que me lo aplazó hasta sabe

Dios cuándo, le aseguro que me entró una especie de manía, un afán tan

desmedido, que si no lo consigo creo que caigo enferma. No he sentido

nunca, en los días de mi vida, en _ningún caso_, emoción como al

prepararle esta encerrona... Fíjese: los peluqueros y los modistos más

insolentes son los que más partido tienen y más caro cobran. ¡Hágase

desear! ¡Remóntese!... ¡Sea inaccesible... ahora que yo logré mi

capricho!

* * * * *

Tenía razón la antojadiza. Cuanto más impertinencia, mayor prestigio.

Lo malo es mi pícara condición, mi incapacidad de ahorrar, por lo cual

tengo que admitir trabajos que no me dan tono. No puedo, como ciertos

modistos, escoger la parroquia. Ayer retraté (detestablemente) á una

chamarilera, á quien debo aún mi Madona estofada y dorada. El retrato

irá por la antigualla, y en paz. En la escalera se habrán cruzado

la anticuaria, que bajaba los peldaños, y una cliente excepcional,

embutida en el ascensor. Me la había anunciado la Flandes, que la trata

mucho; y en casas remontadas he oído comentar su próxima venida á

Madrid. Es del número de las aves de paso, de primavera. Ahora procede

de Sevilla; á Sevilla se vino desde París, donde reside.

Tiene aquí amigos de los más encumbrados esta María de la Espina

Porcel--Espinita, familiarmente. Es andaluza por parte de padre,

mejicana por parte de madre, parisiense por residencia habitual y

gustos; yo la llamo “la cosmopolita”. Me anuncia su presencia un

ruge-ruge de sedería, de volantes picados y escarolados, un taconeo

atrevido y menudo, un golpeteo de contera de sombrilla larga sobre

el entarimado del pasillo, y comparo esta entrada bulliciosa con la

majestuosa de la Flandes, y la bocanada de jaquecoso perfume, compuesto

de varias esencias, que penetra al mismo tiempo que Espina, al olor

discreto de violetas, apenas perceptible, que la rica hembra exhalaba

á cada movimiento de su señorial persona. No puede ser más vivo el

contraste entre estos dos recuerdos.

Espina, desde el mismo punto en que se me aparece, es una revelación.

Se diferencia de cuantas señoras he retratado en América y en

España; es la mujer de una civilización avanzada, refinada y disuelta

ó ¿descompuesta? en la decadencia artística. Sobre un plantío de

garbanzos, Espina surge como una de las más raras orquídeas que se

cultivan en las estufas calientes. Muchas veces me he dicho en mis

soliloquios:--“¿Cuándo me veré lejos del garbanzal?”

El garbanzal es Madrid. La estufa, París. París, simbolizado por

Espina, acaba de metérseme en el estudio.--De fijo las madamas que

antes he retratado visten en París igualmente; sus corsés, sus zapatos,

su ropa interior, sus postizos, de París procederán; sin embargo, no

son así, no son como Espinita... Al cambiar con ella las primeras

frases de acogida y saludo, me ocurre que si mis pasteles pudiesen

hacerse carne viva, carne sin músculos, sin venas, sin hueso, con

nervios solamente--una carne artificial,--encarnarían en esta mujer.

Percibo en ella, bajo su estilo ultramodernista y decadente, elementos

de la mentira estética de otras edades. Sonríe como un Boucher y pliega

como un Vatteau.

El efecto que me produce no se le escapa. Descifra mi contemplación

y la interpreta como suele interpretar la vanidad del sexo. Crece su

aplomo.

--¿Vengo á mala hora? ¿Espera usted modelo? ¿Tiene dada sesión?

¡Sí que la tengo dada! En mi _carnet_ figuran los chicos de Jadraque,

la señora del Ministro de Estado, ¡la propia Lina Moros! Y contesto

apresuradamente:

--No importa. Ya lo arreglaremos.

No me da las gracias. Sin duda halla natural que por ella quede mal con

todo el mundo.

--Haremos--la propongo--un ensayo, un boceto, y me lo guardaré yo para

mí; luego otro, destinado á usted; y si no la agradase, cuantos desee.

¡Si lo sabe la baronesa de Dumbría, que me echa una filípica siempre

que retrato gratis á alguna de estas “estrellas con rabo”!

Espina indica mohines, reverencias--entre burla y gratitud.

--Amabilísimo... ¿Empezamos?

Se instala frente á mí, en un sillón Luis XVI, forrado con tela

de desvaídos tonos amarillo y violeta. Emprende la operación de

descalzarse los guantes. Son de esos guantes largos y flexibles que

no tienen botones, que guantean dejando á la mano y al brazo soltura,

acusando hasta las uñitas. La contemplo. Me acuerdo de Lina, y comparo.

Ésta no es un tipo de belleza; sus líneas no evocan reminiscencias

clásicas. Hasta diré que carece de líneas. La línea, en ella, es algo

tan flexible y muelle como ese guante de tonos neutros, de corte

facticiamente elegante, distinto del de la verdadera mano.

Mientras preparo los chirimbolos, Espina, con sazonada y picante

menestra de frases, con indiscreciones y reticencias divertidas, va

rompiendo el hielo. Listo como soy para entender á media insinuación,

la calo; creo reconocer en ella á la criatura amasada de vanidad y

antojos, pero infalible en estética femenil. La veo anestesiada para

el sentimiento; y con histérica sensibilidad para el refinamiento del

lujo delicado, del arte de vivir exaltadamente, agotando el goce. Sus

ojos de color de aventurina, de contraída pupila, no sabrán llorar,

pero ¡mejor! Me detallan implacables; me miran como la fierecilla á

la presa. ¡Mejor, mejor! Desmenuzan mi taller, y en él lo encuentran

todo tan feo, tan menesteroso, tan ordinario. ¡Mejor! Así me afinaré yo

también. Miradme, ojos perpetuamente exigentes y descontentos.

No es un traje, unos guantes, una armonía de exterioridades, lo que

se me impone en mi nueva parroquiana. Es el espíritu de desencanto,

de inquietud, de desprecio, de insaciabilidad,--es el ideal maldito

que supongo en ella. Trajes, galas... se las planta cualquiera; la

superioridad no está en vestir como se viste en las decadencias, á lo

bizantino y á lo arcángel; está en tener el alma, ávida y exhausta á

la vez, que las decadencias, forman. ¡Gracias á Dios! Una mujer que me

divierte.--Con Espina no sentiré los accesos del mal del retratista, el

aburrimiento de la sesión.--Cada palabra, cada ademán, me irrita, me

conmueve, me produce un sentimiento no previsto.

* * * * *

Vuelve al día siguiente. Es cosa convenida que se despedirá á todo el

mundo, con una sola excepción: el marqués de Solar de Fierro, á quien

la propia Espina ha citado aquí.

Este señor, versadísimo en antigüedades, ha venido ya á mi taller dos

ó tres veces cuando retraté á su nietecillo, prodigio de belleza.

Pero ha de saberse que el abuelo es casi más guapo que el chiquillo.

Con su cutis marfileño y rosado, de vitela ligeramente tocada de

miniatura; con su plateada trova, enrollada alrededor de un rostro

oval, sereno, esclarecido por ojos azules, limpios como los de los

niños; con su facciones de una precisión gótica, exquisita, de San

Juan de retablo, es el marqués de Solar de Fierro otro objeto de arte,

al cual el paso del tiempo ha comunicado esa gracia de distinción que

nunca lo contemporáneo tiene. Viste el marqués con románticos dejos,

del romanticismo extranjerizado, atildado, culto, intelectual, estilo

Madrazo. Posee colecciones importantes y afamadas, y en las casas de

anticuarios se lo encuentra uno siempre: son las únicas _matinées_ á

que concurre; se sienta en las pacíficas trastiendas, en sillones de

cuero sobado, y allí, tertuliando con los demás, aquejados de igual

manía, charla de adquisiciones recientes, de falsificaciones, de

descubrimientos inauditos en algún poblachón, de soberanos chascos á

los inteligentes,--las solas historias que les interesan.--Todo entre

el brasero y el gato, en calles angostas del viejo Madrid. No conozco

nada más garbancero que las reuniones de casas de anticuarios.

La amistad del marqués con Espina, de este arcaizante con esta

modernista, nadie sabe de cuándo procede, y sobre su origen hay varias

versiones. Unos dicen que el marqués, antaño muy tenorio por lo fino,

se entendió con la madre de Espina; otros, que Porcel, padre de Espina,

sacó al marqués de graves apuros económicos. Lo cierto es que apenas

llega Espina á Madrid, el marqués prescinde de sus tertulias de gato y

brasero, se lanza al mundo, acepta invitaciones, se olvida del reúma y

demás alifafes, y sale hecho un cadete. Verdad que las apariciones de

Espina coinciden con la primavera.

Solos todavía la cosmopolita y yo, trabajo en adelantar el estudio

de la cabeza. Es el primer retrato, el que proyecté boceto, y está

saliendo con todos los requisitos. Espina viste traje de calle,

sencillo, gris: no consiento que deje de sombrear el áureo pelo la

enorme ala del sombrero, de negro tul rizado. Guiñando los párpados,

recogiéndome, la examino bien, me impregno de su forma y de su color.

¿En qué consiste su encanto?

La Quimera · 第 15 / 33 段