Dime si quieres tú que viva esta pobre mujer, ¡oh infinito, hacia quien

voy, pisando eso que tanto les envanece, eso de que se pagan, eso que

les pudre todas las flores, eso que llaman cordura!

Cuando tú, ¡oh infinito!, me saques del foso profundo, hagan de mí lo

que quieran aquellos que tienen forrado de grosura el corazón.

¡Ellos, del corazón, son ciegos y necios, aunque tienen los ojos claros!

Mi corazón ve; y porque ve, lloran mis ojos.

Lloran sin hincharse, lloran sin enrojecer, lloran invisibles lágrimas.

Me baño en un lago tranquilo, del país donde se llora callando.

Este lago de lágrimas y perlas no tiene orillas en cuanto mi vista

alcanza.

Y cuando pregunto quién ha vertido tanta lágrima, la voz me contesta

que son las lágrimas ocultas, que corrieron hacia dentro, que no

quisieron hacer barro, y que son más hermosas que las descaradas en

gritos y sollozos.

Porque las margaritas no se arrojan al camino para que las pisoteen

animales inmundos, y lo mejor del espíritu no se comunica en la plaza.

Y estas lágrimas secretas hierven al sol del infinito querer, y

abrasadas se vuelven fuego.

Como el vino, embriagan, y sostienen como la ambrosía.

Estas lágrimas son ruegos mudos; deseos, ansias, flechas rectas al

blanco; estas lágrimas ungen, ablandan, punzan, mueven y fuerzan.

Son la bebida que aduerme y son el rocío sobre la tierra seca, surcada

del escorpión.

Al caer ellas en lo árido, verdea y cría espiga.

Acrecienta, mujer, el lago maravilloso, baño de palomas, baño del

Serafín.

Cada lágrima te acerca á mí un paso; y según lloras, gemas irisadas por

luces de felicidad van recamando tus vestiduras nupciales”.

CUARTA MEDITACIÓN.--CANCIÓN DE BODAS

Apenas entré en el lago, cayóse mi vieja piel, mi piel de serpiente.

Angel me creía en mi orgullo, y serpiente era.

Mi nueva piel blanquea como el lino lavado y asoleado, y las lágrimas

adheridas á su superficie me visten enteramente de una túnica de gemas

finas, de oriente suave.

No merezco esta vestidura de fiesta real.

Ahora, el infinito se me aparece en su verdadera forma, que es amor, y

con su reverberación se enciende el caos y resplandece.

¡Cuánta iluminación!

Nace el amor, se ceba en la infinita hermosura, crece la llama, cobra

ímpetu irresistible; nada queda que no se transforme en él.

Ya está hecha la unión, atado el lazo.

Amor, no te conocía. Te buscaba entre muertos, y vivo estás.

Te confundí con sombras, y la luz es consubstancial contigo. Te

encerraba en mí, y ahora en mí no estoy yo; está el eterno amante.

¿Dónde me esconderé que no me roben este bien sumo? ¿Dónde celo esta

ventura, que no le hagan las brujas mal de ojo? Porque el mundo es

corrosivo al amor, y lo disuelve.

Si ven mi rica túnica de lágrimas emperladas, robarla querrán. Moverán

las cabezas los necios del corazón, y dirán sentenciosos: Enferma está,

trastornadas tiene las facultades.

Y á mi túnica nupcial pondrán asechanzas.

Mi hermosura ofenderá su vista.

Me ha dado el eterno amante un resplandor de rostro, un aderezo, que lo

ha vuelto más cándido que los jazmines; blancura de humilde fe. Me ha

puesto más colorada que el rubí espinelo; porque el calor del amor me

enciende y aviva mi esperanza.

Las caras de los que viven en el mundo me son odiosas; yo conmigo y con

el que se ha apiadado de mi larga pena.

Yo conmigo y con el que no miente ni revuelve en su boca engaño y

falacia.

Ya sin mí, pues he de darme tan por entero que no me quede ni sombra

mía.

Ni la que era soy, pues ya donde encovaba el dragón nace junco y

espadaña, y en el alma sin refrigerio de gracia brota la esperanza tan

verde.

No me conocerían los que saliesen á cerrarme el paso: he cambiado del

todo, y mi habla también. Me tendrán por extranjera, y ellos ya no

saben la senda por donde se va á mi morada.

¿Qué tenían tus otras esposas; dímelo, eterno y leal amigo á quien voy?

No más de un alma; un alma también.

Con la misma dote nos recibes, con igual ajuar.

Hiéreme á mí como á ellas las heriste, con llaga que no tiene cura.

Hiéreme hasta que salga de mí misma y me disuelva en ti y en tu regalo.

Hiéreme con la entrañable herida.

No me arañes la piel; hiere en lo central y hondo del alma, y quema y

haz cenizas cuanto no eres tú.

Si aún queda algo ajeno á ti, purifica con el cauterio ese residuo.

No he de ver sino tu faz, que es el sol.

No sufres tú que me reparta; no cabe ni lo más limpio si te quita un

átomo.

Ni el amor tolera reparto; que si no es todo, no es amor.

Y si permites que así te quiera, dame fuerzas para llevar el peso del

bien, á mí que soy débil y caigo rendida.

Si me levanto de noche y te busco y no te hallo, podré creer que tú

también me abandonaste.

Y no serviría que yo por ahí preguntase: “¿Habéis visto al que

deseo?” Porque la gente, divertida en pensamientos de vanidad, no me

entendería, que no sabe lo que es amor.

Tendrías que volverte y llamarme por mi nombre, con silbo de zagal á

oveja muerta de cansancio.

¿Qué es esto? ¿Mi nombre pronuncian?

¡No hay duda, mi nombre; la música deleitosa del nombre propio dicho

con acentos de amor!

“¡Clara! ¡Clara mía!

No te detengas, esposa: la tarde declina, brillan las hogueras en las

majadas.

No te detengas: el lobo se prepara á salir de su escondrijo.

No te detengas: yo aguardo en la linde del bosque, y mi casa está

enramada de rosas purpúreas, cuyas espinas te clavaré para que gimas de

dolor celeste.

¡No te detengas, apresúrate!”

* * * * *

La Ayamonte, que tenía la cabeza recostada en la diestra y el cuerpo

lánguido reclinado en la meridiana de raso gris, moteada de botoncitos

plata, se incorporó súbitamente, respiró con ansia y dijo casi en

alto: “Es hora. ¡Algún día había de ser, Dios mío! Tú sabes que esto es

lo único que me cuesta trabajo”.

Esparció la mirada alrededor. La habitación, puesta con coquetería, con

intimidad, con esa gracia viva que revela juventud, era una especie de

tocador-biblioteca; sus dos rasgadas vidrieras caían á la calle. Una

credencia dorada, de cajoncitos, sostenía Talaveras henchidos de rosas

y lilas blancas, acostumbrado regalo matinal del Doctor Luz. El sol de

Mayo, radioso, entrando por la ventana abierta, avivaba los tejuelos

de las encuadernaciones de los escogidos libros de poesía y mística,

alineados en estanterías bajas de madera de limonero. Un primoroso

retrato francés, de dama empolvada y profanamente descotada, sonreía

con iniciativo melindre, á plomo sobre la meridiana recargada de fofos

almohadones con espuma de encajes y hopitos de cinta: “la jaquequera”

según Micaela de Mendoza. Y en un ángulo de la estancia, descansando

en grácil estela alabastrina ornamentada de bronce á cincel, el grupo

delicadísimo de Psiquis y el amor se enlazaba, blanco y casto en medio

de su transporte. Los muebles, el decorado, sonreían, halagaban,

alejando toda idea de ascetismo. Nada menos ascético, más mundano que

el atavío de Clara. Aunque para salir á la calle la Ayamonte vestía

con lisura, sin picantes y especias de ultramoda, dentro de su casa

era refinada, y pendían en su ropero vaporosos _deshabillés_, y en sus

armarios se apilaba un ajuar exquisito, nivoso. En aquella mañana, el

crespón de China color rosa te de su _vatteau_ se plegaba incrustado

de rombos de amarillenta _guipure_ antigua, y calzaban sus estrechos

pies chapines de raso sobre medias de seda, transparentes de puro

caladas y sutiles. Sin saber por qué, al romper á andar, este detalle

de indumentaria fijó la atención de la ahijada del Doctor Luz. Se diría

que era la primera vez que notaba la extremada sutileza de sus medias.

Pensó: “El pie casi desnudo, el pie descalzo, puede decirse”. Y sonrió

de un modo involuntario.

Salió de su habitación, y por angosta escalerita de caracol, reluciente

de frotaje, de enterciopelada barandilla, bajó pronto al otro piso, á

las habitaciones del médico; atravesó la sala de confianza donde se

reunían de noche, y se detuvo un minuto antes de pegar con los nudillos

en la puerta del despacho. Su respiración se apresuraba, su garganta se

cerraba, y repetía para sí: “No hay remedio, no hay remedio”.

--¡Entra, Clara, criatura!--dijo la franca y simpática voz del Doctor.

--¿Estás solo?

--Ya no--respondió él cariñosamente, abriendo y haciendo los honores.

Sin conceder tiempo á ninguna zalamería, imperiosamente, la dama

exclamó:

--Da orden de que no recibes á nadie. Tengo que hablar contigo cosas

reservadas.

El Doctor se estremeció. Temblón de pulso, hirió el timbre y, al asomar

el criado, formuló la orden. Clara esperaba, flechada la voluntad,

procurando la calma de las conferencias supremas.

--¿De qué se trata?--preguntó con cierta dignidad Mariano. Su voz se

había quebrantado un poco, y su sangre refluía al corazón, en oleada de

angustia.

--Quiero que lo sepas antes que nadie, como es natural. Aunque soy

árbitra de mí misma y no es un consejo lo que vengo á pedirte,

padrino,--á ti sólo confiaré que voy á tomar estado...

--¿Estado?,--repitió él, sin comprender. ¿Qué novedad era aquella? ¿Se

habría arreglado lo de Silvio?

--Estado... Voy á retirarme á un convento.

El choque fué violentísimo. Luz brincó de sorpresa en el sillón, que

había recibido, en dilatadas horas de trabajo y quietud, la impronta de

su cuerpo. Sin embargo, algo parecido á lo que oía se le había venido

á las mientes en los últimos tiempos, y determinaciones más trágicas

había recelado. Formas del no ser temía para Clara: ésta, sólo como una

centella de extravagancia le había cruzado el cerebro. Le asombraría

quien le recordase que él mismo había enseñado á Clara la definitiva

verdad, la verdad mística por excelencia, en un experimento modernísimo

de laboratorio.

Sobresaltado, Luz despotricó como un demente.

--Vamos, ya te pescaron, ya hicieron presa en ti... ¡Tus frecuentes

salidas de esta temporada eran á la iglesia, y allí habrás tropezado

con algún cura ó fraile listo, con un intrigante!... La mujer es

materia dispuesta para tales cosas... Ea, sepamos el nombre del

embaucador; ese no desconoce la cuantía de tus rentas...

Fruncido el entrecejo, desdeñosos los labios, Clara pronunció con

lentitud categórica:

--No me crees tú capaz de mentir. ¡He ido á la iglesia espontáneamente,

porque... se me ha ocurrido; he resuelto lo que he resuelto, antes de

haber cruzado palabra con nadie acerca de... de estas cuestiones; me

he arrodillado en el confesonario ayer por... por primera vez, desde

hace años! Y _allí, allí_ mismo, no he dicho palabra de mis planes. Ya

quedas enterado, ya sabes tanto como yo.

Luz se cogió desesperadamente la cabeza entre las manos, silencioso.

Apoyaba los codos en el tablero de la mesa, atestada de papelotes y

libros, y su pelo revuelto, desbordándose de los dedos convulsos, que

se incrustaban en el cráneo, le daba semejanza con una figura plañidera

de titán aherrojado, vencido.

--Vamos, un poco de valor--murmuró Clara...--¡Yo te querré igual

desde... desde allá, padrino! ¡Sólo por ti sentiré dejar el mundo,

que ya sabes que vale... bien poco!--añadió con repentino alarde de

humorismo, llegándose al Doctor é intentando besarle en la frente,

cubierta por los mechones de la melena.--Luz se retrajo con una especie

de gemido, y al separarse los dedos, pudo ver Clara los ojos, á la vez

húmedos y ardientes, la cara desencajada de dolor.

--Imposible parece que tú...--murmuró; pero el Doctor, brusco y

enloquecido, la rechazó, haciendo un ademán insensato.

--¿Yo? ¡Sí, yo debo alabarte la ocurrencia! De ingratos estaremos

rodeados siempre; de ingratos, de sordos, de impíos. ¡Vete, vete!

¡Déjame abandonado, á mis años, con el recuerdo de penas muy crueles,

que no te he contado jamás! ¡Déjame, destrozado, al borde del camino, y

vete á cantar cánticos! ¡No tienes nada debajo del lado izquierdo del

pecho, ni me has querido en tu vida!

--Tranquilízate, padrino mío, por favor--repitió Clara dos ó tres

veces, como si aquella invitación á la tranquilidad se la dirigiese á

sí propia. Luz proseguía, desatado:

--¡Yo no he antepuesto nada á ti! Hasta mis aspiraciones á dejar mi

nombre unido á algún adelanto, me importaron menos que tu bien. ¡Ya ves

si te quiero! Todo por ti... ¿Tienes algo de que acusarme? ¿He mostrado

egoísmo nunca?

--¡Te estoy agradecida... infinitamente agradecida!... No me pesa

sino afligirte... Si no me has enseñado á conocer á Dios, padrino, ha

sido... porque creíste que no lo necesitaba. En eso te equivocaste,

pero sin mala intención. Cuanto pudiste y supiste, otro tanto me diste.

¡Mi... misma conversión es obra tuya!

Luz se levantó, echó atrás su melena leonina, y súbito envolvió á Clara

en los poderosos brazos, apretándola hasta sofocarla.

--Te digo que no te irás--balbuceaba, perdida del todo la serenidad

que su guerrera profesión y sus hábitos de labor científica le habían

infundido siempre.--¡Te digo que no te irás, que no te apartarás de

este viejo, que tengo el medio de que no te apartes! ¡Y no lo harás, no

me dejarás solo, aunque te hayas vuelto tigre! Clara, Clara... ¿Cómo no

lo has sospechado? ¿Cómo no lo has adivinado? No se trata de abandonar

en sus últimos años á tu padrino, á tu tutor... Soy tu padre. ¿Lo

oyes? ¡Soy tu padre! ¡Tu verdadero padre, el que te ha engendrado, á

quien debes el ser!

Ella no dió un grito ni trató en el primer instante de desenramarse

de los brazos... Dijérase que, sin saber aquella verdad atroz, la

cobijaba en la conciencia, y sentía que perturbaba el culto del

pasado, el sagrado culto de los muertos, el primitivo. Por algo

habíale sido indiferente siempre el recuerdo del padre presunto,

cuyo nombre tantos años llevó; por algo á la memoria materna había

dedicado no sé qué nostálgica ternura, más de compasión que de

veneración. Comprendía ahora la causa secreta de su especial manera de

sentir, de sus exaltaciones pasionales, incorporadas á la masa de la

sangre hereditariamente, desde las entrañas que la concibieron entre

remordimientos y temblores, en hurto y delirio; y tan hondo se le

había hincado ya á Clara el dardo de su nuevo espíritu, que su primer

pensamiento fué para el alma de su madre, impurificada, separada del

cuerpo antes de la expiación.--“Yo expiaré por ti...”--Y despacio,

sosegadamente, anegada en llanto, llorando la culpa ajena, se desvió

del médico.

Luz se engañó respecto al manantial de aquellas lágrimas y se precipitó

suplicante.

--¡Tu madre era muy buena! Mejor, mejor que cuantas mujeres he

conocido. Sólo respeto merecía; si alguien procedió mal, fuí yo. Es

decir... mal no procedió nadie... De esas cosas... Si me permites que

te refiera...

Clara hizo un ademán de infinita nobleza: extendió la mano y la apoyó

abierta sobre la boca anhelosa, barbuda. El padre la devoró á besos

ávidos.

--¡Ni palabra!... ¡Ni palabra! No soy yo quien ha de tomar cuentas, no

soy yo quien puede acusar ni excusar. Mi madre era más buena que yo;

sabes que no lo digo por hipócrita afán de rebajarme. Soy indigna de mi

madre y también de ese cariño tuyo. ¿Ves cómo el mundo no es mi puesto?

Perdóname. ¡Perdonémonos! Necesito ser perdonada.

Al hablar así la Ayamonte, pagó al autor de su vida el abrazo.

Aquellos dos seres, unidos por el más fuerte vínculo--una misma

carne, dos espíritus de esencia tan distinta,--permanecieron buen

trecho abrazados, enviándose calor de consuelo contra el frío de la

inevitable desgarradora escisión. Y cuando Clara, deshecha en suspiros

y en sollozos se desenraizó y traspuso el umbral, Luz no hizo nada

por detenerla. Se echó en el sillón de nuevo, idiota de estupor y de

espanto, pesaroso ya de haber dejado volar su secreto, ave sombría, por

la ventana de la boca.

* * * * *

Los primeros días que siguieron á la grave confidencia fueron de

tregua; de esos períodos en que el destino parece detener su paso

y dejar que nuestro existir corra indiferente. Ni Clara ni Mariano

Luz volvieron á referirse á lo hablado: lo evitaban como se evita

tocar á dolorosa llaga. Extremaban, en cambio, recíprocamente, las

consideraciones afectuosas, llegando á la exageración, síntoma peculiar

de ciertas situaciones difíciles; se diría que en archisensible balanza

pesaban las palabras y hasta los gestos, por no provocar conflictos.

Había dejo de tristeza y honda preocupación en dichos y hechos, pero

disimulado con atenciones, por parte de Luz, más que nunca amante; y

por parte de Clara, con respeto y significativa dulzura.

Corrida una quincena, Mariano empezó á vislumbrar una chispa de

esperanza por el favorable cambio que creyó observar en las costumbres

de la convertida. Clara, á la verdad, tampoco antes había hecho

extremos de devoción, ni manifestado en severidades de traje y de

aspecto su estado de ánimo; pero ahora parecía haber vuelto por

completo á la zarabanda social. El Doctor, al espiarla, como espía,

hasta sin querer, la ansiedad del cariño, notó que se dejaba llevar

á reuniones, teatros y paseos por las alborotapueblos de Micaelita

y su fastuosa y divertida mamá, la de Mendoza; y la ilusión de

felicidad, tan agradecida al riego, que no desea otra cosa sino

lozanear, lozaneaba. “He temido--pensaba Luz--cosas peores, si

cabe, que la eterna separación en vida; he temido el suicidio...

y me equivoqué... Puede ser que tampoco sea esto otro..., á pesar

de habérmelo notificado. La vida se remedia á sí misma de un modo

insensible; se lame las cuchilladas y se las cura.” ¡La vida! El

médico tenía en ella fe inagotable. Á pesar de rudos embates, no había

podido perderla. Vencido tantas veces por el no sér--el sér, con sus

reacciones, sus energías, su potencia oculta ó triunfante, era el numen

del Doctor.--Otra razón le impulsaba á confiar en que la tempestad se

disiparía. Á pesar del amplia facultad de compresión que se desarrolla

en los sabios observadores, Luz no comprendía la resolución de

su hija: y al no comprenderla, no creía que se realizase. “Es el

sexo--repetía,--es la ley fisiológica... Es la curva de la calentura

del desengaño... Eso tiene su ciclo, su desarrollo fatal. ¡Monja!

¿Acaso persiste en tal idea una mujer como Clara? ¿Acaso se renuncia

así á todo? ¿Suceden ahora, en nuestra época, cosas sólo vistas en

libros devotos, en tallas de retablo?” Experimentaba la incredulidad

del hombre en plenitud de vida ante la idea de que la gente se muere, y

de que él también se ha de morir.

Le cegaba además la influencia que en su juicio ejercía la profesión.

Inteligentísimo y naturalmente bueno como era, no podía alcanzar,

sin embargo, más allá de lo que permitía la índole de sus serios,

útiles y circunscritos estudios. Era el límite forzoso, inevitable. El

sentimiento, en Luz, no alcanzaba la refinada complejidad que revestía

en su hija. Tocaba, manejaba, aliviaba males y miserias del cuerpo; el

dolor de lo infinito no sabía estudiarlo.

Siempre que se encontraba en presencia de ese dolor raro y sublime, lo

maldecía. ¡La madre de Clara--á quien había adorado con tal vehemencia

y exclusivismo--sentía ese dolor en forma de remordimiento y pesadumbre

de cada hora, un reconcomio que fué minando su salud y contribuyó

no poco á acelerar su prematura muerte! Recordaba el Doctor sus

infructuosos esfuerzos para sosegar la pobre alma aterrada, la pobre

conciencia estremecida, con un género de terror y de estremecimiento

que no se originaban de haber ofendido y engañado á ningún hombre,

de haber quebrantado ninguna ley humana, sino de haber olvidado

lo infinito, encenagándose en felicidades de arcilla. Ni entonces

ni ahora, cuando con tan patente atavismo reaparecía en la hija el

espíritu de la madre, dejaba Luz de atribuir el fenómeno á la materia,

menospreciada por las dos idealistas; á las leyes orgánicas que la

rigen y regulan. ¡El sexo! ¡La fisiología, fuerzas vitales, actividades

desconocidas de células! De este concepto de los fenómenos afectivos

que sufre la mujer, dimanaba el curioso criterio pedagógico que había

presidido á la educación de Clara. Al contrario de lo que se hace

con la mayoría de las muchachas, á quienes se inculca esmeradamente

el recato y la grave responsabilidad en que incurren al perderlo, á

quienes se enseña una religiosidad que los varones no practican,--á

Clara, como si la preservase de un contagio, la había aislado el Doctor

de tales influencias y prevenídola contra ellas.--Á ser posible, el

Doctor practicaría á Clara la extirpación de la conciencia religiosa y

moral, para evitarle la tortura del escrúpulo, la protesta del ideal,

el terror de la falta, la amargura espiritualista. Se vive mejor en las

regiones bajas, mullidas de vegetación, del puro instinto satisfecho,

que no clava su aguijón en el espíritu. “Instinto es lo que da guerra á

Clara--pensaba él;--pero instinto transformado, complicado. Cuando se

producen estas reacciones de religiosidad en la mujer, es que quiere

olvidar amor falleciente, ó combatir amor naciente. Pero si vuelve

al mundo, como está volviendo ella, es casi infalible que encuentre

derivativos y vaya á la normalidad.”

No era fácil que Luz se diese cuenta de su error. Las dos almas de

mujer (de las que más había adorado en el mundo), lejos de equivocarse

confundiendo la conciencia y la pasión, se equivocaron al entrar en los

infiernos pasionales, donde encontraron la maldita llama y los sabores

de ceniza de las manzanas del Mar Muerto. El Doctor, en el transporte

instintivo de su cariño, había pretendido inútilmente cerrar á Clara el

camino de la gran verdad. No necesita esta verdad, que es la esencia

misma de ciertos espíritus, que la inculquen ni la prediquen. Aparece,

se abre paso á despecho de todo, y un día campea entre las espinas y

las rosas, más alto que ellas, el tallo recto de azucena blanca. Ley

tan profunda y misteriosa como la que hace germinar el bulbo de esta

flor pura, se cumple al erguirse dentro la responsabilidad y la pena

de haber delinquido. De esta clase de afecciones, Luz nada sabía;

había procedido con Clara, por ternura y celo, como procedería su

enemigo mayor. Más allá de la ciencia, el arcano de un alma superior,

su exigencia insaciable, insatisfecha, se le escapaba al sabio en

la doctrina de curar y preservar el organismo. Pastor engañado, por

esconder á la querida cabritilla la montaña y sus alturas, la había

conducido entre matorrales pinchones y desgarradores, y ahora la veía,

sangrienta y jadeante, huir, huir. Invocando, sin saberlo, el auxilio

de los enemigos del alma, de las fuerzas secretas del pecado, que

actúan sobre la decaída humanidad, el Doctor fiaba en aquel _mundo_

donde veía agitarse á Clara otra vez, y en el cual los anhelos íntimos

se extinguen, las aspiraciones hondas se calman, el sentimiento es

objeto de ironía, y la vanidad, infladora de globos, lo llena todo con

su aire cálido.

* * * * *

No sin gran satisfacción supo que aquel diablillo de Micaelita, y el

torbellino de su madre, en quien el prurito agitante crecía con los

años, se habían apoderado de Clara y la zarandeaban más que nunca.

Volvían de pasar en Sevilla las ferias, y Adolfina se dedicaba á

pilotear en Madrid á varias extranjeras que había conocido allí,

amigas también de la duquesa de Flandes. Eran inglesas, elegantes y

excéntricas, curiosas, ilustradas y fútiles á la vez. Invitadas á una

comida de aparato en la Embajada Británica, se contó con Adolfina, y

para el _aprés dîner_, con Clara, que se presentó, por cierto, bien

prendida y más guapa que de costumbre, luciendo un traje primoroso

de raso fofo azul, golpeado y franjeado de bordados zafireños, envío

reciente de un maestro en costura. En aquel sarao, las extranjeras,

entre las cuales se contaba la renombrada lady Mortimer, contrajeron de

esas superficiales relaciones mundanas, basadas en gustos de _sport_

y en comezones de galanteo. Dos ó tres muchachos de la alta, que

empezaban á olfatear el automovilismo, entonces muy exótico en Madrid,

se ofrecieron para acompañar á las inglesitas en sus excursiones

al Escorial, Aranjuez, Avila, Toledo, Segovia, amén de castillos y

cazaderos donde las invitarían y agasajarían. Se preparaba un fin de

Mayo y un principio de Junio de diversión aristocrática, entre un grupo

escogido y contado.

La Quimera · 第 14 / 33 段