mis humildes amigos, los de Carboné Sequeiros, y de seguro las chicas,
á quienes daba lección gratuita de dibujo, han adivinado la causa.
Al padre podré contarle que no he dispuesto de una hora; las chicas
no lo tragarán. Saben ellas que siempre se dispone de una hora, si
se quiere disponer, para ir á preguntarles á las gentes qué es de su
vida. Saben que los hombres salimos á la calle cuando nos parece, y si
tenemos confianza con alguien, de día y de noche le vemos. Por otra
parte, las muchachas, y especialmente Matilde--que se había forjado
ciertas ilusiones,--me pronosticaron esto: “Ahora, con lo encumbrado
que está, no nos hará caso maldito”. ¡Lo que yo embarullé para
sosegarlas! Me puse como me pongo cuando el influjo de la compasión y
cierto instinto de justicia me revisten de momentánea sensibilidad.
Es un fuego de paja, y parece hoguera... No, yo no soy bueno, yo no
valgo nada moralmente. En la marejada de mis sentimientos todo es vana
espuma... cuando no amargor. Á los seres que de veras me quisieron les
hice siempre daño. No puedo olvidar la mirada de Clara Ayamonte, ni
las lágrimas que se sorberá, con la cabeza baja para coser, Matilde,
obscura niña de medio pelo, cuyas penas no salen de las cuatro paredes
de su domicilio...
¡Bah! Son ganas de atormentarme. ¿Clara Ayamonte? Dentro de seis meses
ni el color de mi bigote recuerda; y á Matildita Sequeiros... lo mismo
se le importaba del dibujo y del profesor, que á mí del emperador de
la China.--Lo que las traía locas en aquella casa era justamente que
yo anduviese por donde ando. Lectoras más asiduas de Ecos y Revistas
de salones no las hay. Me freían á preguntas. “¿Cómo viste Lina Moros?
¿Qué olor gasta? ¿Se pinta el pelo? ¿Usa esto, aquello y lo de más
allá? ¿Es cierto que la Sarbonet... así y andando?” ¡Matildita! Si
la caprichosa fortuna quisiese trasladarla de su tercero á un hotel
suntuoso, y convertir su traje de lana en funda ondulosa de gasa blanca
rebordada de lirios, conmigo no soñaría. Con algún _sportsman_, de
seguro...
* * * * *
Pasado mañana se abre la Exposición. Asistirán los Reyes. Mañana,
el barnizado; cada quisque se llevará allí su tarro de barniz de
espliego y su brocha, y trepando á una escalerilla, batallará con los
rechupados y las emplastaduras del color... ¡Cuántas fantasías, cuántas
decepciones! Lo que en el taller parecía un triunfo, allí se viene al
suelo... Ahora les salta á los ojos lo que convenía haber hecho; otra
cosa que esto, otra cosa. ¡Ya es tarde! Y aún hay alguno que allí mismo
quiere variar tal toque ó cuál efecto de luz, y á hurtadillas, con
febril mano, se corrige.
Me he colado, sin importárseme de miraditas, cuchicheos y señas; me
he paseado con las manos metidas en los bolsillos, perdiéndome entre
los grupos de curiosos impacientes que no quieren esperar al día de la
inauguración oficial, entre los cuales circulan críticos de periódicos,
individuos del Jurado, maestros rancios, á quienes saluda con respeto
la turbamulta, y expositores que escuchan, á veces sin querer, con el
corazón atenaceado, la más despectiva calificación de aquello en que
cifran lo hondo de su ensueño y quizás su pan diario. Pienso que yo
debería ser uno de éstos; que falta en las paredes el pedazo palpitante
aún de mis entrañas, manchado con sangre de mis venas, que se llamaría
mi primer cuadro de Salón. Sí; yo podría haber concurrido, y que mañana
los periódicos insertasen críticas, y la muchedumbre, al desfilar,
preguntase distraídamente: “¿Y esto? ¡Ah! De Lago el retratista”. Con
descolgar de mi taller la _Recolección de la patata_ y traérmela...
Alzo la vista, recorro salón tras salón, y veo infinitas cosas peores
que mi estudio rural; seguramente menos sinceras y sentidas. Pero cada
uno es cada uno; me moriría de vergüenza si me diese á luz con la
_Recolección_. El que venga aquí debe traer algo; un trozo de verdad,
y no sólo de verdad, sino de verdad _suya_, vista por él, no al través
de los maestros que fuerzan la imitación de los principiantes. ¿Es
eso mi _Recolección_? No. El asunto lo he encontrado en mi tierra; lo
he visto con mis ojos, bajo mi sol; pero mis ojos estaban llenos de
reminiscencias; á mis ojos no se les había impuesto aún mi alma... y
ese cuadro es de la escuela del hombre que, en el camino del Hipódromo,
me miró con tan yerto desdén. ¿Cuándo veré las cosas dentro de mí y
en mí, iluminadas con luz obscura ó brillante que yo genere, y que
sea luz después para otros? ¿Cuándo dejaré de sentirme subyugado por
admiraciones y estrechado en brazos de una estética que sobaron los
demás? ¡Oh rabia! Al paso que voy, tal vez nunca... ¡Maldito sea,
maldito, si no trabajo sin descanso, si no me hago dueño de la técnica,
y si luego no descubro un rincón donde nadie haya sentado el pie y no
me acuesto en un lecho virgen--sea de hierba ó de peñascos! ¡Y pensar
que en un día de fiebre la _Recolección_ me pareció un paso en mi
carrera!
¡Como la _Recolección_, hay tanto aquí! La evolución de estos muchachos
expositores me explica la mía. La considero con indignación, mientras
el público, sin darse cuenta del por qué, la considera con desvío y
hasta con befa;--y esto el día del barnizado, en que sólo viene gente
algo entendida.--¿Qué será cuando entre aquí, por dinero, la recua
desconocedora del esfuerzo y de la lucha? ¡De todas maneras me indigno!
Trabajaron... ¿Y qué? En primer lugar, no trabajaron con paciencia.
Son improvisadores. Si no podían vivir, que barriesen las calles.
Todo menos exponer estas vergüenzas, que no revelan ni temperamento
ni personalidad; que son la cara de un maestro, vista en espejo
desazogado...
* * * * *
¡El desdén (_anch’io desdeño_) me sugiere resoluciones! En el ángulo de
un salón solitario (donde se exhiben engendros más torpes y caníjos, la
epilepsia de la imitación que se cree original porque exagera defectos)
me paro, y con la voluntad flechada y el espíritu recogido me agarro la
mano izquierda con la diestra, me la oprimo fuertemente, y me juro á mí
mismo no existir sino para mi inspiración, no transigir con nada que la
estorbe. “Si algún día figura en este Salón un lienzo con la firma de
Silvio Lago, será que el lienzo es, en efecto, de Silvio Lago, del alma
de Silvio Lago...” Aún seguía apretujándome, cuando Marín Cenizate me
interpeló.
--¿Has visto mis paisajitos?--preguntó afanosamente.
--No... ¿Dónde los han escondido?
--¡Escondido, justo!... Si yo me diese el tono de tener enemigos, diría
que mis enemigos los han colocado allí para fastidiarme. Pero habrá
sido porque á los señores del Jurado no les pareció que merecían más
consideraciones. Ven, verás.
Me arrastró, al través de la fila de salones, hasta otro arrinconado,
apenas visitado, donde muy altas y á mala luz campeaban varias tablitas
siempre inspiradas en Haes. Vibrante yo todavía de mi acto de fe,
costábame trabajo disimular la indiferencia y pagar mi tributo de
amistad con algún elogio. Cenizate comprendió, y, como siempre, su alma
buena se refugió, para consolarse, en la ajena esperanza.
--¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? ¡Porque mira tú que hay
moñitos que quitar! ¿Has echado un ojo á todo eso? ¡Van á tener que
leer las críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa Roma--lo
estaba diciendo Ruiz Agudo, el de _La Península_--es el estragamiento
de la poca espontaneidad que podrían tener los muchachos. Allí se
aprende á imitar... imitaciones. Ambiente europeo no ha vuelto á
respirarse allí desde el siglo XVIII. Convencionalismos, la eterna
_ciocciara_, la cabeza de estudio melenuda, rehacer á Serra y sus
paisajes melancólicos, de malaria, con paludismos verdes y un ara rota,
como gran alarde de modernismo. Ruiz Agudo está furioso: dice que en
el periódico va á pegarles á todos, á la Academia, á su Director, al
Gobierno, para que se convenzan de que hoy la pintura debe estudiarse
en Londres y en París y en Berlín... y dentro de poco en Chicago. Sí,
señor: en Chicago, entre tocineros.
--Yo iré á Londres muy pronto--indiqué.
--Bien hecho... ¡Tú, un día, te despiertas de humor y les pones la
ceniza á todos!... ¿Á ver, á ver: qué se traen esos señoritos que te
escupen tanto? Tengo ganas de que te fijes en lo que se traen. ¿No
sabes lo de Solano? ¿De veras no lo sabes, hijo? Con tus marquesas, no
vives en el mundo. Pues ha dado una batalla para que le admitiesen una
locura enorme (dice Ruiz Agudo que no es locura, sino tontería) que
tiene embotellada hace meses. El hombre quería disparar un cañonazo.
Te diré que puso toda la carne en el asador: el cuadro--yo lo he
visto--es... ¡descomunal!
--¿Pero dice algo nuevo?--pregunté interesado.
--¿Qué quieres que diga? Solano, el pobrecito de mi alma, por no tener
nada nuevo, ni botas ha estrenado en su vida... ¡Es un discípulo malo,
y un discípulo eterno! Está rabioso porque ha pataleado, pereciendo de
miseria. Su madre y dos hermanos menores aguardan para comer el día en
que Solano venda algo que no sean las consabidas tablitas de “la maera
vale más...” Ya las conocemos, ¿eh?
--¡Bien triste!...--murmuré impresionado.
--Sí, échate á llorar... No conoces á ese mal bicho. De ti dice
horrores, cosas feas. Si yo te las repitiese... No se contenta con
zaherirte como artista, no; te pinta como un intrigante que se vale de
todos los medios y explota ciertas cuerdas del corazón femenil para
medrar. ¡Déjale que se jorobe!
Sonreí con tranquilidad, y, en lugar de ira, me sentí inundado de
compasión. No es la primera vez que noto que me falta el resorte del
honor burgués. Me conmueven poco imputaciones de tal índole. Si llego
á convencerme de que no puedo hacer nada de arte, ¿qué me importa lo
demás? Siempre me han dado risa esos señores que se van á la redacción
de un diario á exigir que pongan un suelto enterando á los lectores de
que el Manuel Fulánez que fué sorprendido robando por el procedimiento
de la mecha no es el respetable procurador D. Manuel Fulánez. En
mi interior me he dicho muchas veces: “¡Qué dianche! Pues me tiene
perfectamente sin cuidado ser ó no todo un caballero...”
--Habías de ver--prosiguió Cenizate--lo que revolvió el indino para
colar aquí su engendro, un verdadero padrón de ignominia... Porque tú
no te puedes figurar lo que es. No vayas á estar soñando algo parecido
á lo que cuenta Zola en _La Obra_, y que Solano tiene una chispa
genial...
--¿Quién sabe?
--No seas así... Tú comprendes que ese haría mejor en empuñar la
lezna... ¡Se le ha puesto en el moño pintar; no puede, y odia de muerte
á los que pudieron! Esta vez decía que se jugaba la carta última,
la decisiva. Si el imbécil público no comprendiese lo sublime de su
cuadrángano, entonces ¡ya sabe él lo que le resta!
--¿Será capaz de un acto de desesperación?
--¡No eres tú poco romántico!--protestó Cenizate.--¿Lo que él será
capaz de hacer? ¡Otro ciempiés para la Exposición futura!
--¿Quién sabe nunca el alcance del desencanto y de la humillación en un
alma?--respondí.--Cuando estamos sanos y satisfechos de la vida, nos
es imposible representarnos la situación de quien se cae de lo alto de
toda su esperanza. Te diré lo que me sucede... Desde que entré aquí,
me ocurre si todo eso colgado en la pared y tan flojito como arte...
no tendrá un valor inmenso como psicología. El deseo que produjo todo
eso, ¡qué empuje representa! Esos cuadros suplican y lloran; piden,
quieren hablar... y á los jurados, á ti y á mí nos están voceando:
“¡Misericordia! ¡Nos han engendrado tantas ilusiones, y eran tan
bonitas! ¡Miradlas á ellas y no á nosotros!”
--¡Bueno andaría el arte si pensásemos así! ¡Hombre, los maletas
como Solano que escojan otro oficio! ¡Decirte lo que ha laborado!
Inverosímil. Recomendaciones á diestro y siniestro; influencias de aquí
y de acullá; sueltos con indirectas en los periódicos donde encontró
medio de introducirse; y, sobre todo, la protección á capa y espada
del maestro, á quien cogió por dos flacos: la bondad, la lástima, ¡que
tantas tonterías nos hace cometer!; y el homenaje del discípulo, que
siempre halaga... ¡Discípulo! No sabe el maestro que tienes tú una
_Recoleccioncita de la patata_... Esa sí... Y no has necesitado estarle
dando la tabarra en su taller para sorprenderle la factura.
--¡Calla! Si sólo por eso no traería semejante _Recolección_.
¿Presentarse con ropa prestada?
--¿Y me quieres decir si aquí alguien la tiene propia?
Á toda costa quiso Cenizate enseñarme los _fusilamientos_. Recorrimos
segunda vez los salones, y lejos de compartir la opinión de mi
amigo, me pareció que la juventud no se inspira verdaderamente en
los maestros (lo cual, por fin, exige paciencia y estudio); lo que
hace es buscárselas á encontrones, á saltos. Los únicos que imitan
concienzudamente á los maestros (pero quedándose á distancia) son...
los maestros mismos. Los que exponen aquí y los que he podido ver por
ahí en exposiciones particulares, rehacen pálidamente el cuadro que
hace veinte años les valió nombradía. El tiempo no ha transcurrido para
ellos... ¡Con qué rapidez, en cambio, transcurre para mí! Esto que me
atrevo á escribir ahora en un libro de memorias que nadie ha de ver, ni
á pensarlo me atrevería allá en la inolvidable Alborada. Era pueril mi
respeto á los que tienen cartel. Aún quedan restos en mi espíritu. Al
de la mirada desdeñosa le respeto aún. Verdad que _ese_ es _el que yo
quisiera ser_; mi admiración por _ese_ no se ha gastado al contacto de
la frialdad de las gentes distinguidas, que padecen tan poco el mal de
admirar. Y ansío, con ansia que tiene algo de frenesí, encontrarme ya
en París ó en Londres, donde existan otros _que yo quisiera ser_, en
cuya dorada estela pueda deslizarse mi barca.
* * * * *
Salgo del edificio y noto la gustosa reacción que causan el sol y
el aire libre después de la fatiga peculiar de los Museos; recojo
primavera en mis pulmones; compruebo, en lo aprisa y bien que ando,
que mi salud es ahora lo que debe ser: salud de gladiador. ¡Cenizate
apenas puede seguirme! En la Cibeles nos separamos; yo voy á tomar el
te con mi excelente Palma, que tiene que hablarme de varias cosas,
aconsejarme con su lealtad de costumbre, embromarme un poco, animarme,
transmitirme, de seguro, algún nuevo encargo...
Estoy allí hasta las siete. Salgo precipitadamente; necesito vestirme.
Franco Galarza, un muchacho acaudalado que quiere que le dé lecciones
de pastel, me ha convidado á comer en su Club. Á la boca de la calle,
antes de acercarme al Viaducto para cruzarlo y saltar al tranvía de la
calle Mayor, un remolino de gente, gritos, exclamaciones. Allá abajo,
en la profundidad pintoresca del caserío y del arbolado, que desde
arriba produce vértigo de abismo, aún yace el cuerpo del suicida. Nadie
entre la multitud le conoce; es su destino que no le conozcan, pues
le faltaron puños para violentar á la Fama; pero como tiene la cara
hacia arriba, y sus ojos, antes giratorios y dementes, ahora vidriados,
inmóviles, se han posado tantas veces en mí con insultante ironía (sin
recordar que éramos hermanos), yo le reconozco, y me quedo pegado á la
barandilla, fascinado por la fascinación más poderosa, que responde al
sentido de terror y misterio que rodea nuestra vida: la fascinación de
la muerte...
¡Ese era, hace minutos, uno que anhelaba lo mismo que yo anhelo! Y
siempre más valiente que yo; lo mismo cuando embadurnaba sus tablitas
mendicantes y las enviaba á vender á los cafés, que ahora cuando reposa
en el suelo con los miembros rotos, convencido de lo imposible de su
Quimera.
* * * * *
Por la noche, en el Club, para olvidar, bebo unos cuantos cálices
de _extra dry_. El espumoso me acrecienta la melancolía en vez de
disiparla: mis nervios se alborotan y digo cosas, según Galarza, de
un carácter romántico delicioso. La noche no termina en el Club; á la
mañana siguiente me despierto estropeado, cadavérico, con una facies de
cera; y recordando el juramento prestado la víspera ante mí mismo (los
más sagrados, ya que son los más libres), me desprecio, y envidio al
que á tales horas reposa, rígido y helado, en el Depósito. Cierro la
ventana, y busco en la obscuridad y la soñolencia otra especie de no
ser.
LAS CUATRO MEDITACIONES
PRIMERA MEDITACIÓN.--EN LA SOMBRA
Alrededor de mí, tinieblas. Allá en el fondo--tan lejos que su contorno
se pierde--un disco de claridad. Dentro de él, haciendo la señal
misteriosa, la mano descarnada. Camino, y el disco retrocede, y las
tinieblas me siguen como perros negros que no aúllan.
¡Ay de mí! En tinieblas estoy. Desde el primer día me dejaron sola y
mis pasos fueron caídas. Obscuridad envolvió mis ojos; telarañas los
cubrieron, y sobre ellos creció espesa la carne.
Quiero ver.
En medio de esta negrura, algo hay que me guía. El disco ya no se aleja
con tanta rapidez. Se me figura que está quieto... No. Se desvía; pero
suavemente, sin malignidad.
Quiero ver. Quiero oir. También este silencio enfría y agobia, como
montaña que oprimiese mi pecho.
Una voz desmayada, susurro de un espíritu, que no forma acentos, que es
música sin notas, me rodea.
Aliento que no sé de dónde viene, que se mete por entre mis labios, me
conforta. La obscuridad es la misma, y sin embargo mis pupilas recogen
partecillas de rayos invisibles que sólo en mi interior alumbran.
Quiero seguir andando, llegar á cualquier parte, siempre que vaya en
dirección opuesta á mi morada antigua.
Porque yo moraba en paraje horrible.
No lo sabía; y moraba en un cenagal, y mi cuerpo pesaba mucho, á fuerza
de estar cubierto del espeso limo.
Ni percibía siquiera las sabandijas de sepulcro que reptaban sobre
mi piel, y al través de ella buscaban mi alma. Á veces salía del
charco y me extendía, para secarme, sobre abrasada arena; entonces los
escorpiones hacían presa en mí, y la sed retostaba mis labios, hasta
punto de agonía.
Y pensaba yo, en mi error, que las sabandijas y los escorpiones eran
hermosos.
Por lo cual más baja estaba yo que ellos.
Torpe era, y sobre mis párpados llevaba excrecencias que no me dejaban
abrirlos.
Lo que juzgué sabor era amargura de ajenjo; lo que tuve por cristal era
turbieza.
¿Será cierto que ahora voy rectamente? ¿Mis párpados habrán soltado su
costra?
Me pesa aún el cuerpo. En el arca del pecho siento gravitar barras de
plomo.
Quiero ir ligera, volandera.
Quiero vaciarme del todo, y dejar sitio á lo que va á nacer.
Arrancaré, limpiaré, despejaré, quemaré; con dolor, si es preciso; y
mejor si es con dolor profundo.
Hay que quitar lo que oprime; hay que arrojar de la nueva morada á los
duendes, á las sombras, á los muertos, á los espectros.
Duendes eran, y agitaban el aire.
Sombras eran, y arrastraban.
Muertos eran, y dolían, como el miembro cortado duele desde el
cementerio.
Espectros eran, y hacían gestos para remedar la vida.
Vida les prestaban mis apetitos.
Mis apetitos zumbaban, nube de irritadas avispas.
Quiero abejas.
Quiero mieles, para mi boca seca de amargura.
Atrás los remedadores de vida. Vuelvan á la muerte y á la nada.
Les sostenía mi flaqueza, mi gozo, mi esperanza, mi frenesí.
Y cuando resuelvo enviarles otra vez á su reino irónico de mentira,
oigo que el imperceptible murmullo musical forma acentos balbucientes,
palabras rotas, que reconstruyo y que se escriben en mí con tinta de
oro inflamado.
“Para gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Desnuda tu espíritu:
hallarás quietud.
Apaga tu fuego:
llama muy bella y activa se alzará después.
Avanza en la obscuridad:
tienta con las manos:
si caes, levántate y prosigue.
Séate dulce que corra sangre de las rodillas despellejadas.
No tengas miedo.
En la obscuridad palpita y se estremece tu destino.
Te llaman, te llaman, te llaman desde las tinieblas amasadas con rayos
obscuros, como los que atravesaron tu carne y te mostraron tus huesos,
tu verdadera figura, la duradera.”
SEGUNDA MEDITACIÓN.--LA ESCALA
Desnudo está ya mi espíritu, y sigo andando, andando. Entre la compacta
negrura que me cerca, mis pies tropiezan con una escala; mis dedos se
agarran á los montantes de hierro, duros, polarmente fríos, y empiezo á
trepar.
¿Y si la escala no se apoyase en cosa alguna? ¿Y si bamboleándose
conmigo, me precipitase al abismo, donde corre el torrente?
Apenas lo pienso, trepida la escala, luego pavorosamente se balancea.
Oscila, oscila como un péndulo, y oigo el acompasado retemblar de una
campana al golpe del badajo--campana rota, que no suena y vibra.
Me rehago. Me resigno á caer. La escala no bambolea ya.
Sigo la ascensión. Peldaños, peldaños, la sensación de la enorme
altura. Vértigo y en las palmas hormigueo, que tienta á abrir la mano y
á soltar los montantes. La escala oscila otra vez.
Me rezuma de cada pelo una gotita glacial. La piel de mis manos se ha
quedado pegada al hierro raspón.
Y al dolor agudo noto mayor ansia de subir, de continuar, de engarzar
peldaño con peldaño y tormento con tormento.
Aún no estoy en la cima.
Subo, trepo, me arrastro; alzo el pecho á manera de serpiente pisoteada
y malherida.
Me detengo, porque se me va el sentido y la fuerza se acaba.
Y entonces advierto que he llegado.
¿Adónde? Se me figura estar al pie de un muro colosal, hecho de
tinieblas sólidas.
El muro tiene una puerta; la palpo y advierto la resistencia resonante
del bronce. Y en mí brota una voluntad de bronce también; pero
ardiente como el bronce cuando corre por canalejas, derretido, en la
fundición.
La voz tenue, balbuceadora, musical, me insinúa:
“La materia es limitada; pero no hay límite para ti.
Tú eres árbitra y entalladora y cinceladora de ti misma.
Elige.
Podrás degenerar en las cosas inferiores como los ciegos, y podrás
transformarte en las superiores y divinas.
Si cultivas tu cuerpo, crecerás como planta; si tus sentidos, te
revolcarás como bruto; si tu razón, serás como los hijos de los
hombres; si tu inteligencia pura, como los ángeles; y si volviendo á tu
centro te abismas en él, serás espíritu feliz.
Ni á murmurarte me atrevo lo que serás. Arcana es la palabra, arcano el
presentimiento.
Déjate morir, y en el mármol de tu cadáver entalla tu estatua nueva.
Así que tenga forma, un soplo de amor la animará.
Y sólo entonces, bajo el soplo amoroso, conocerás que has resucitado”.
Sin aliento y sin ánimo me dejé caer ante la puerta de bronce.
El amor es ponzoña de víboras, pensé, y mi corazón está hinchado y
negro porque no se recató de la mordedura.
Gangrenadas tengo las entrañas, y en mis venas corre el veneno de su
descomposición.
“¡He pecado, he pecado, he pecado!”
La puerta entonces, majestuosamente, giró sobre sus ejes sonoros.
La sentí abrirse de par en par, y el aire que conmovieron sus magnas
hojas me refrigeró, aliviando mi calentura.
La voz cantaba esta himnodia:
“Desde hoy ese corazón graso y pesado y que mordió el áspid va á serte
extraído, y en su lugar te pondré otro leve, transparente, de diamante
y llama; y con él amarás amores desconocidos, ternuras mozas, de aurora
y de primavera en floración.
Abierta está la puerta; crúzala. Descubre el pecho, te lo sajaré, y
verás cuán dulce es de recibir el corazón niño, cofre lleno de perlas
que rebosan”.
Y franqueé la puerta, y todo seguía siendo sombra, pero sombra
tibia, cruzada por soplos de brisa como la que viene de agitar ramas
de árboles bañadas de sol. Descubrí sin desconfianza mi pecho, y
sentí como si me arrancasen todo lo encerrado dentro de su caja y lo
arrojasen lejos de mí.
Y en vez de padecer desfallecimiento, mi respiración fué más tranquila
y mi cansancio se disipó y mis pies heridos se curaron.
Veía mi nuevo corazón como había visto el antiguo, al través de una
placa de cristal; pero éste no palpitaba: lo veía quieto, sin bullicio
de sangre, alumbrado por una lámpara inmóvil, muy pura.
Y me dejé caer al suelo, que era de pradería tapizada de flores. Mis
manos se hundieron en lo mullido y quedaron impregnadas de buen olor.
TERCERA MEDITACIÓN.--LAS LÁGRIMAS
Y lloré copiosamente, de alegría.
Según lloraba, decía muy alto, á fin de que me oyesen:
“Al quitarme mi corazón viejo, pesado y graso, debieran quitarme
también este cuerpo donde anidaron los áspides y sobre el cual pasaron
los fríos reptiles.
Quisiera perder estas manos y pies que los clavos no atravesaron, que
no se endurecieron ganando pan ni se helaron esperando á la puerta del
rico.
Quisiera un cuerpo transido, paralítico, acardenalado, ulcerado, de
nervios retorcidos por la enfermedad y maceradas y marchitas carnes.
¡Quién se viese en el rincón de un pórtico, envuelta en raída lana,
tendiendo la mano, recibiendo el escarnio ó la moneda!”
Y la voz de armonía susurró:
“Todavía los sentidos te obscurecen la llama de la lámpara interior.
Los clavos atravesarán tu espíritu, y el dolor será más agudo.
Los padecimientos y miserias de tu alma, peores que si atacasen tu
envoltura mortal.
Has tendido la mano pidiendo socorro de bondad, y has sido despreciada,
y la escarcha de la noche ha envarado tus miembros.
Has palpitado de sufrimiento; en la tortura has gritado.
Has padecido injusticia, y has tocado con la mano la concupiscencia y
la bajeza y la dureza humana.
Y todo eso te ha macerado en mirra para resucitar de la sepultura”.
Bajé la frente y supliqué:
“Un deseo consume á mi nuevo corazón.
Quisiera saber dónde está el aroma, porque á mí misma no me puedo
sufrir; despido hedor.
¿Dónde se encuentra el nardo precioso?
¿El nardo espique, el nardo de Judea?
Mientras huela así mi vida pasada, creeré que estoy muerta y que soy
como el desventurado á quien he visto ayer corriendo á caballo. ¡Cosa
extraña, pues muerto está!