El tiazo Goya me miró, con desconfianza de sordo, desde su pedestal.

Impulsado por la plenitud, en mí tan rara, de fuerzas vitales, quise

galopar un poco, y para continuar al Hipódromo salí hacia el paseo

de la Castellana. La soledad era mayor aún; el batir de los cascos

del caballo al emprender su galope sin arranque, de animal demasiado

diestro, levantaba del suelo arenisco sutil polvareda. Al tener que

llevar recogida á mi montura, desperté del sopor en que me deleitaba, y

la primer señal de haberse roto el pasajero encanto, fué que me comparé

á este caballo de picadero, dócil y maquinal como un siervo que se

resigna. ¡Qué hermoso es el caballo en su pradería, suelta la nunca

esquilada crin, naturales los botes y aires indómitos, que no igualaron

el látigo ni la caricia!

Al volver la cabeza vi que á aquella hora temprana, bajo un sol

ya picón, caminaban á pie dos hombres... Les reconocí. El uno era

Solano, el impresionista, derrotado, despeinado, retorcida alrededor

del cuello una corbata grasienta (es fácil que la camisa esté peor

que la corbata), y sus ademanes alocados, su trepidar de ojos, daban

animación febril al manoteo con que se dirigía á su acompañante.

Éste... Al verle, percibí el acostumbrado golpe, el que sufrimos

al encontrarnos ante personas en quienes pensamos ahincadamente, y

que, distantes al parecer de nuestro horizonte y nuestro destino,

influyen en él, sin embargo, de un modo decisivo y secreto.--Era nada

menos que aquel... _que yo quisiera ser_; el que--sosegadamente,

firmemente, desenvolviendo con tenacidad sus facultades, recogiendo

hilos de tradición tenuísimos, algo que procede de los grandes maestros

españoles de la pincelada franca y el contraste de luz vigoroso,--se

ha abierto ancho camino, sin artificios, sin concesiones, gran artista

secundariamente, pero, en primer término, reproductor literal y

pujante de una verdad de la naturaleza, de una violencia del color y de

la luz, de un aspecto fiero y esplendente de la tierra española. Con el

corazón palpitante me saciaba de mirarle, cual si de la contemplación

apasionada del seide y del fanático pudiese salir algo de asimilación.

Le miraba con dolor (lo hay en estos cultos idolátricos, y así se

explica el triste fenómeno moral de que las más profundas admiraciones

artísticas ó literarias hayan engendrado las más viperinas envidias y

los más acibarados odios).--Le miraba sediento, buscando en los rasgos

físicos, en la cara algo mongoloide, en lo recogido y recio del cuerpo,

en la misma pequeñez de la estatura, el misterio indescifrable de la

facultad genial y del heroísmo de la vocación, segura y definida, que,

al través de zarzas, espinas y guijarros, va á su objeto. Sentía esa

fascinación que nos causa la forma humana cuando encierra el espíritu

que apetecemos, el que hubiésemos ansiado que nos animase. Comprendía

cualquier demostración de las que ya no se estilan entre civilizados:

¡echar pie á tierra y besar el polvo hollado por sus botas!

En medio de mi transporte, me explicaba la excursión matinal

del maestro, en compañía de uno de sus peores y más amanerados

discípulos. Se dirigían al edificio donde se prepara la Exposición,

esta famosa Exposición tan cacareada, acechada ya por críticos al

menudeo y proveedores de la malignidad en forma de caricatura y

sátira. Indudablemente Solano ha echado el resto en alguna tentativa,

trabajando con vida y alma, luchando con los apremios de la estrechez

y con su mediocridad incurable; y el maestro reconocido, cuyos lienzos

se ostentan ya en Museos extranjeros, se presta, por solidaridad, á

intervenir en asuntos de colocación, á dar al artista obscuro una

muestra de condescendencia, el aliento del consejo y de la protección

visible.--Noto un dientecillo roedor, un mordisqueo de envidia.--No es

este pobre fracasado quien debiera, en esta mañana primaveral, bajo un

cielo tan puro, encaminarse al lado del maestro á la conquista de la

gloria, sino yo, yo mismo; yo, dotado de aptitudes que acaso principian

á atrofiarse ó acaso hierven en preparación de germinar.--El golpeteo

de los cascos de mi caballo distrajo un momento de la animada plática

á los dos pintores; volvieron la cabeza, solicitados por la vida que

pasa--y mientras Solano hacía sin rebozo un gesto despreciativo,

mofador, á mi elegante figura, el maestro fijaba en ella los ojos

de mirada moruna, graves, un tanto oblicuos, y fruncía el entrecejo

ligeramente. Su mirar era puñalero: cortaba, derramaba hielo de muerte,

cabalmente por su misma indiferencia y distancia.

Un momento quedé paralizado. En la boca acíbares, en el pecho

constricción, como si lo ciñese fuerte aro de hierro. La más penosa

de las impresiones, la vergüenza--en el grado de bochorno y dolor de

haber nacido,--me abrumaba, infundiéndome sequedad y aridez infinita,

visión de desierto de arena que atravesar sin sombra de árbol. La

vida me pareció que había perdido de golpe todo valor, cuanto la hace

soportable; hubiese querido que se rajase la tierra y me sorbiese por

su hendidura, con caballo y todo. Miré como fascinado al maestro, y

al sentir que, puerilmente, los ojos se me arrasaban y las mejillas

se me encendían, clavé los agudos espolines de acero al domado bruto,

dándole, al mismo tiempo, tan vigorosa ayuda, como se dice en términos

de equitación, que el galope emprendido convirtió mi aliento en

resuello y me deslumbró un instante.

Á cada intento del animal para moderar el paso, volvía á hincarle las

estrellitas de acero y á fustigarle iracundo. El caballo resoplaba,

hasta iniciaba algún corcovo de protesta; pero pudo más su docilidad

de esclavo, y se resignó á dispararse por las grises y polvorientas

afueras de Madrid, bellas á su modo, secas y netas como país de tabla

quinientista. Así que gasté mi excitación por la embriaguez de aire,

revolví, y lentamente emprendí el retorno, sudoroso y apaciguado. En

Recoletos--ante una iglesia--me crucé con una señora que de ella salía.

La miré como se mira, sin verlas _dentro_, á las mujeres de bonita

silueta. Sus ojos se vertieron en los míos; iba pálida; palideció más.

Entonces sí que la vi dentro; no porque la quiera, sino porque la he

causado mal, y es lazo que une.

El dolor, obra nuestra, nos impide aislarnos del que sufre por

nosotros. Conocía yo bien la manera de ser de la Ayamonte, que en vez

de ruborizarse, con la emoción, palidece. Casi detuve el caballo--no sé

á que fin.--Tal vez fuese para decirla que me perdonase: que me pesa,

no de mi condición, pero sí de su malandanza. Con el aturdimiento, me

olvidé de saludar. Y ella pasó despaciosa, serena, y en sus pupilas

resplandecía algo; una luz singular, una proyección de alma... ¿Será

que...? ¡Bah! ¡Tan pronto!

* * * * *

El portero me ofreció ascensor. (En mi nueva instalación no podía

faltar este requisito.) Se hizo cargo del caballo jadeante, para

llevarlo al picadero. El criadito que he tomado acudió solícito á

desembarazarme de mi arreo de dandy y sustituirlo por la blusa.

Es increíble cómo me sentía de fatigado y descorazonado. Omití

friccionarme las sienes con agua adicionada de colonia; y sin enjugar

el sudor de la galopada, me arrojé sobre el diván del taller; mi

respiración era angustiosa.--¡Qué débil soy!--pensaba. ¡Acaso para

llegar adonde tanto ansío se necesite esa sólida estructura, esa

armazón recia y cuadrada del maestro! Es preciso, preciso, que

economice mis fuerzas... en todos los terrenos... que no pierda de

ellas una chispa inútilmente. Seguir un régimen, hacer _sport_ moderado

sin derrochar energías como hoy...--Según suele ocurrir, al formar

estos propósitos estaba á mil leguas de creer que pudiese cumplirlos.

Comprendía que no era dable ya sujetarme al método austero que

constituye la higiene moral del artista. Me acordé largo rato de la

Ayamonte. Tal vez tuviese razón esa mujer. Desde luego, me quería...

¡Bah! ¿Qué importa que le quieran ó no le quieran á uno? Lo que

interesa es que no le estorben, que no le aten los brazos.

Aún no me había repuesto, ni funcionaba normalmente mi corazón, cuando

entró el portero llevando en brazos un bulto gris, especie de manguito

raso.

--Lo que me ha encargado el señorito--dijo muy obsequioso.

¡Verdad! Se lo había encargado en un momento de tedio, de afán de tener

á mi lado algo en que emplear mi escaso capital afectivo.

Miré. Era un precioso cachorro de raza danesa, semejante á esos grandes

juguetes de porcelana que se colocan en antesalas y bajo las consolas.

La cabeza alongada, la magrez de las formas, declaraban la pureza de

la raza; la piel era fina como velludillo, y en el gracioso hocico

había esa expresión de inocencia cómica que tienen los cachorros, y que

asemeja su infancia á la infancia humana. Con un impulso de simpatía le

tomé de manos del portero y empecé á acariciarle. El animal sacó una

puntita de lengua de fresco coral rosa y me lamió la cara; después, con

dientecillos semejantes á puntas de piñones, mordisqueó lo primero que

encontró--la nariz de su futuro dueño.

--¿Es macho?--interrogué.

--No, señorito. Hembra es... No ha traído la madre de esta vez macho

ninguno--respondió el portero, que, al ver mi entrecejo, se decidió á

mentir descaradamente, imaginando engañarme. La verdad era que habían

nacido en las cocheras del duque de Lanzafuerte, próximas á mi estudio,

cinco hermanos de esta primorosa bestezuela, de los cuales dos machos,

reservados para amigos del duque, á quienes se los tenía ofrecidos sabe

Dios desde cuándo. Las hembras fueron relajadas al brazo secular del

cochero, que las explotó. En esta diminuta intriga el portero sacó su

tajada, amén de un duro que le solté.

Al exclamar yo:

--¡Lástima que sea hembra!--ya me sentía encariñado.--¿No sería mejor

que viniese criada? (Comprendía que estaban riéndose de mí y no me

atrevía á hablar gordo. ¡Soy imposible! Tiene razón la baronesa de

Dumbría.)

--¡Ay, señorito! Como mejor, sí sería mejor; pero el amo de la madre

quiere que sólo mamen las crías que él guarda para sí. No se apure el

señorito, que mi sobrino es mañoso y de esto ya entiende; comprará

leche y no pasará hambre. ¡Chuchita! ¡Es más bien cortada y más chula!

Volví á alzar los hombros. Me es indiferente que el portero tome café

con leche á mi cuenta. La gracia de la cachorra me ha conquistado.

¡No se alabarán de otro tanto las hembras de mi especie! La coloqué

sobre el rincón del sofá, la hostigué para que jugase; pero acababa

de atracarse y estaba adormilada; hecha una rosca, cerraba los ojos.

¡Envidiable, envidiable vida animal! Arropaba con mi _plaid_ á la

cachorra, cuando el criado anunció á la señora duquesa de Flandes.

* * * * *

Ya escucho con indiferencia los nombres sonoros; pero al oir éste,

no pude menos de sobresaltarme y correr á recibir á la rica hembra.

Entraba á paso cadencioso y arrogante, sin crujidos sedosos reveladores

de frufrús, arrastrando majestuosamente su faldamenta de paño obscuro,

semejante, como todo lo que ella viste--á pesar de proceder del gran

modisto,--á una falda de amazona. Llenaba el angosto pasillo con su

cuerpo lanzal y amplio de formas, y su cabeza bien puesta y gallarda

se erguía para mirar los bocetos que tengo clavados en las paredes.

Me incliné, me deshice en salutaciones y reverencias,--porque esta

gran señora, aun donde muchas grandes señoras han pasado ya gastando

mis impresiones, es cosa aparte. Parece la definitiva sanción de mi

papel de retratista de las alturas. La entrada resuelta y noble de

esta virreina consagra mi taller y refrenda mi categoría. Viendo á la

duquesa de Flandes, por un momento me consolé de la humillación sufrida

en el paseo. Se me impuso la noción de la jerarquía social, poder no

inscrito en Códigos ni en Constituciones, y que se burla de ellos y de

las revoluciones niveladoras. Doblemente fuerte, por lo mismo que no

tiene carácter legal, y que la retórica de la mentira proclama cada día

su desaparición. La duquesa de Flandes, para quien no esté en mi casa,

será... otra duquesa más de las que figuran en la Guía, y entre las

cuales tan curiosas diferencias establecen las circunstancias íntimas

y los antecedentes biográficos; pero yo, aunque rápida y de seguro

incompletamente iniciado en la vida mundana, no ignoro lo que significa

esta mujer, que entre las frivolidades pegajosas de la sociedad y la

apatía suicida de la gente aristocrática, conserva su conciencia de

clase, el sentido de sus prerrogativas y del valor histórico de su

nombre. Ella, y no el marido--el cual es realmente quien lleva en las

venas la sangre de Flandes y Utrecht, encarnación de la vida española

cuando aún era gloriosa;--ella, y no el marido, es quien ha consagrado

tiempo y voluntad á elevar á altura principesca la casa, impidiendo

que, como otras muy resonantes, descendiese á la quiebra y viese

dispersos sus egregios despojos en almonedas judiciales y tiendas de

anticuarios. Ella, y no el marido, ha cuidado religiosamente de salvar

los restos y testimonios de antiguas proezas, y desempeñado los tapices

representando batallas, los retratos del Ticiano, las iluminadas

ejecutorias, los probantes documentos, desempolvando el archivo,

registrándolo con amor, últimamente con golosina; ella, por último, se

ha consagrado á cultivar la memoria del antepasado terrible, que tan

grande fué contra el sentido y la corriente de los tiempos modernos,

y á que los descendientes aparezcan todavía (pese á desvinculaciones,

locuras y decadentismos) vestidos de un reflejo espléndido de tal

grandeza. Ella--desde el primer día de su vida conyugal--se ha dado

cuenta de que en los muy altos linajes la mujer tiene un deber más, y

entre ejemplos nada edificantes y relaciones de elegancia corrompida,

ha permanecido tranquila en su dignidad, imponiéndose á la maledicencia

por la seriedad de su conducta. Ella--sin llegar á extremos de altivez

como los que se cuentan de su esposo, que á muy pocas personas

consiente alargar la mano--es toda la casa de Flandes, amenazada como

las demás de desmigajarse por el reparto, no sólo de bienes, sino de

honores y títulos.

La miré deslumbrado, encontrando un género de belleza peculiar en su

tipo viril, de grandiosas líneas, en su torso prolongado y sólido de

cazadora y de regeneradora de raza. Se acercó saludándome y hablándome

llanamente, con palabras de amabilidad cordial. Tenía noticias de

mi destreza... El pastel de Lina Moros, con el traje de terciopelo

_miroir_ amarillo, un encanto... Deseaba un retrato caprichoso, algo

diferente...

--Sólo en el hecho de ser retrato de usted, señora, había de

diferenciarse. Cuando el modelo tiene personalidad...

Explicó la idea. Un pastel hasta la rodilla, que la representase con

su chaquetilla verde, su faja carmesí, su pavero de fieltro gris, su

larga pica de acosar y derribar empuñada; el atavío con que se solazaba

en la dehesa boyal, metiéndose intrépida entre las reses, en las

tientas. Es este castizo deporte uno de los contados antojos tocados de

extravagancia de mujer tan formal, y en él, cosa rara, coinciden sus

aficiones y las de su marido, siempre entregado al _sport_.

--No va á resultar muy género pastel...--murmuró disculpándose.

--Mejor--exclamé. Y ante la sonrisa benévola y franca, como de

amiga, de la Flandes, me sentí animado á una de aquellas desatadas

confidencias que había tenido con Minia, que pueden tenerse con las

mujeres cuando son varonilmente sencillas y leales. Escuchóme con

interés; “comprendía” y “encontraba natural”.

--No se preocupe usted--exclamó con simpatía.--Lo que usted necesita es

salir de Madrid, donde no encontrará estímulos, donde se amaneran los

artistas, é irse á Londres. Allí, con muy pocos retratos que haga, como

se pagan seriamente, tiene usted bastante para vivir, y puede estudiar

con pintores, ¡de los primeros del mundo! ¡Francamente, aquí no los hay

de esa talla! En Londres creo que le irá á usted bien.

Me entró alegría. Las palabras de la duquesa me vengaban del desprecio

sufrido en el paseo matinal.

--¡Londres! Seré un átomo perdido en la enorme ciudad. Nadie me

conocerá, ni yo conoceré á nadie.

Una sonrisa de bondad iluminó el rostro y los ojos de vastas ojeras

obscuras, mazadas; ojos que parecen revelar un organismo minado

secretamente.

--¿No me conoce á mí?

Tembloroso de esperanza, murmuré:

--¿Estará usted en Londres cuando yo vaya, si es que voy?

--Esté ó no esté--y si es en la _season_, no tendría nada de particular

que estuviese,--le puedo dar á usted cartas para amigos míos. Si Pepita

Castelfirme continúa entonces en nuestra Embajada, le será á usted muy

útil. Los retratos en esos países se pagan diez veces más que aquí. ¡Y

en libras!

Suspiré. Me acordaba del reciente grupo de retratos de una familia

tenida por millonaria, y que me está siendo difícil cobrar; ¡tanto, que

ya me resuelvo á dejarlo por cosa perdida! La Flandes insistió:

--Una temporada en Inglaterra conviene para todo. No sólo aprenderá

usted arte, sino que se robustecerá; es muy sano residir allí. El clima

es excelente, digan lo que quieran; la comida nutre más; no sé en

qué consiste... Hará usted un poco de ejercicio; ¡aquí la gente vive

sentada!...

--Bicicleta por lo menos--declaré.--La primavera que viene voy á

seguir su consejo de usted, duquesa, y pasar el Estrecho. Por ahora no

puedo... ¡No puedo de ningún modo!

--No puede usted...--asintió ella,--entre otras cosas, porque ahora va

usted á retratar á Sus Altezas.

--¿Es seguro?--articulé.--Por más que diciéndolo usted... La amistad

que lleva usted con la Reina...

Se hizo atrás, protestando.

--¡Oh, amistad! Respeto y adhesión, naturalmente. ¡Si yo no sé nada!

Lo he oído decir por ahí. Es natural que se le ocurra á la Reina

retratar á la Princesa y á la Infanta: ¡están en una edad tan bonita!

Las fotografías son antiartísticas, y un retrato al óleo haría duro.

Supongo que también el Rey se retratará. Es un honor para usted, porque

no á todos los pintores se les admitiría en la intimidad de Palacio,

donde se hace vida tan severa. Las princesitas han sido educadas

perfectamente. Ya sé que es usted una persona capaz de estar allí como

debe estarse.

Gesto de asentimiento mío. ¡Seguramente, no se me habría ocurrido

cometer ninguna incorrección en Palacio! Las palabras (bien

intencionadas y bondadosas, sin embargo) de la rica hembra, me

recordaron la distancia entre el mundo del cual procedo y el mundo en

que las circunstancias me sitúan. He entrado en él tan de golpe; mi

facultad de adaptación me ha permitido de tal modo, desde el primer

momento, salvar escollos, que me mortifican advertencias como las que

acaba de dirigirme esta ilustre señora. No saben hasta qué punto soy yo

hábil; ¡si soy un sofista griego en Roma! Esta índole especial también

suele indignarme. Sería vigor conservar la bravía y rugosa corteza del

proletariado bohemio, y no he tardado un día en soltarla. ¡Ya la perdí

en Buenos Aires, desde mi transformación de obrero en retratista! Allí

también anduve entre señoras, más pacatas, por cierto, que las de aquí.

¡No; no oirán de mis labios ni verán en mí esas blancas niñas reales

cosa que pueda arañar la superficie de su candor! Seré para ellas un

mudo y respetuoso mecánico del retrato, que vierte en el papel líneas

y tonos con inmaterial desinterés, como se copia á las imágenes. No

posaré mis ojos en las dos lises adolescentes sino para sorprender su

forma, que tiene la ingenua y casta sequedad de las figuras de santas

de los primitivos. Á ser posible, gustaríame incluirlas en un díptico,

y con aureola.

La Flandes se retira, después de convenir en que volverá mañana á las

once--ésta es de las que madrugan y hacen vida activa, oreada,--y en

que el domingo iré yo á almorzar á su palacio, para ver su Ticiano,

sus tapicerías, sus tesoros de arte. Una vez más sufriré la decepción

de que ante la pintura antigua (hecha con los jugos y esencias de

edades más estéticas, y que sólo por recordar esas edades ya excita la

imaginación y la puebla de bellas sugestiones), nuestra pintura actual

desciende muy bajo.

La invitación de la Flandes me halaga de pronto: al cabo es la primer

casa de Madrid, después de la que domina la Plaza de Oriente; pero soy

de tal madera, que apenas me solivianta la hinchazón de la vanidad, ya

estoy arrepintiéndome, pensando que un convite á almorzar es justamente

el modo que tiene la duquesa de colocarme, desde el primer día, en mi

puesto de artista á quien se recibe en pie de dependencia disimulada

por llanezas de buen gusto. Sé que en la mesa de Flandes, los almuerzos

reúnen á los que no _alternan_, y las comidas, muy poco frecuentes,

á los elementos sociales homogéneos. En fin, ¿qué diablo me importan

esos tiquis miquis? Quién soy yo para... Ó, mejor dicho, ¿quiénes son

ellos, los de ese círculo, para influir en el estado de mi conciencia?

¿Será exacto lo que asegura Minia, y no atravesaré impunemente un medio

donde la vanidad lo informa todo? ¿Es que no aspiro á algo superior,

infinitamente superior, á una invitación en casa de Flandes?

* * * * *

Pues sin embargo... Media hora después de hacerme estas reflexiones,

se presentan en mi taller una señora oronda y dos niñas enfaroladas,

á quienes conozco de haberlas visto por ahí en todas partes (tienen

la ocurrencia de no perder ripio); las de Barrachín. Las muchachas

no son malejas; la mayor, la rubia, conserva una frescura que aún no

han podido destruir los afeites... La mamá... un amasijo de plumas,

cintas, colorete y brillantes. Vienen á solicitar que las retrate

en seguida; pagarán cuanto yo quiera, y doble, “porque el arte y la

inspiración no tienen precio”. Más frío que la horchata de chufas,

contesto que no puedo, que no tengo un minuto, que no lo tendré hasta

Dios sabe cuándo. Hablo precipitadamente, empujando las palabras,

como si me faltase tiempo de ver fuera á las Barrachinas.--Y es el

caso que (por casualidad; porque algunas de mis clientes que habían

de venir esta semana, hacen ejercicios de marianismo selecto en el

Sagrado Corazón, cosa que las Barrachinas no sospechan, pues si no allí

estarían de patas...) tengo, no minutos, horas libres, y tres ó cuatro

retratos--las Barrachinas desean reproducir las fisonomías de toda la

familia, sin exceptuar al grifón favorito,--tres ó cuatro retratos,

digo, pagados contante y hechos al correr del dedo, no me vendrían nada

mal, ahora que acabo de mudarme y que el armario de la Dumbría, ¡pobre

señora!, no guarda un céntimo de ahorros míos...--Pero el individuo

de adaptación que hay en mí, el hombre de cera, moldeado ya por un

medio absorbente, se abochorna de conceder la alternativa á gentes

caricaturales que andan en solfa. Encajo á las de Barrachín cuatro

sequedades, que me evitarán cuatro cuchufletas de Lina Moros, pero me

dejarán el bolsillo tan flojo como está... Se retiran cariacontecidas,

previos reiterados y ramplones ofrecimientos de casa y amistad (la tema

de ofrecerse es una de las notas características de estas infelices).

Cuando me quedo solo, me reprendo, me pongo de perro humor, pensando si

ya mis actos no estarán regidos sino por los hilos de la marioneta.

* * * * *

La Quimera · 第 12 / 33 段