las mujeres con gran frecuencia--observó Clara con fría amargura.
--¡No por cierto!--negó el Doctor.--No he conocido docenas de mujeres
que transformen el instinto natural en impulso heroico. Eres la
excepción.
Clara se cubrió un momento el rostro con las manos.
--De ti--murmuró--habían de salir esas palabras... De ti, que
me quieres y me sueñas, con el sueño limpio y blanco de tu casi
paternidad. Pero te engañas, padrino, te engañas. Yo sí que me
traduzco al pie de la letra: me he conocido, me he registrado... y
me he causado horror, al ahondar en mí misma. Tú das por hecho que mi
estado de ánimo se origina de haberme apartado de _él_... ¡Quiá! Si es
que me he apartado de mí misma, ¿comprendes? ¡y así, créeme, no se vive!
La sencilla frase fué dicha con tal firmeza en el acento y con tan
persuasiva vehemencia, que el Doctor sintió un golpe allá en lo más
recóndito del alma: la confirmación de sus terrores. Sabiendo cuánto
gasta la fuerza de las ideas sombrías el aire libre de la comunicación,
insistió, porfiado.
--¿Según eso, te aborreces, te condenas, te desprecias?
--¡Lo desprecio todo!--repuso ella.--¡Lo aborrezco todo! Me soy
intolerable; y sin algo de buena armonía con nosotros mismos, no se
lleva la carga que nos echaron al nacer. Tú, que me cuidas desde
chiquita; tú, que has mirado por mi salud y por mi inteligencia,
¿podrás enseñarme dónde está la resignación?
Ante este clamor de socorro, Luz quedóse mudo. No; en realidad, él no
sabía...
--Cada uno--dijo al fin--busca el consuelo por caminos diferentes... Yo
he tenido mis grandes penas, Clara... ¡grandes, mortales quizá!, y me
refugié en el trabajo, en la labor diaria... ¡y también, ingrata, en ti!
--¿Y pudiste conformarte, padrino?
--¡Ya lo ves! De muchas cosas se vive... Hasta de las pequeñas y bajas;
hasta de las ínfimas. El caso es querer vivir...
--No puedo--murmuró Clara desmayadamente.--No es culpa mía; no es
capricho. Es que me falta objeto; es que me parece que no vale la pena
de defender lo despreciable.
--Coloca el objeto fuera de ti--advirtió Luz,--y será mejor... ¡Si
supieses cómo absorbe y embriaga el estudio!--Y añadió, agarrándose
á lo primero que se le ocurría:--Si te decides á aprender, aquí
tienes maestro. ¿Por qué no me ayudas en mis trabajos? Detrás de su
aridez aparente, está el universo, la infinitud de lo real. No eres
tú un cerebro sin condiciones para reaccionar contra esa especie de
fiebre infecciosa sentimental que te ha acometido; cuanto te sucede,
cuanto notas en ti, del sentimiento dimana; desvía la dirección de
tu sentimiento; te salvarás. Antes venías mucho á mi despacho. ¡Me
gustaban tanto tus visitas! Ahora nunca apareces... Y tengo mil
cosas raras que enseñarte. No te has enterado... He traído de Berlín
novedades. ¡Si supieses! Yo también alzo mis castillos de esperanzas...
que, probablemente, saldrán fallidas... Entretanto, con su jugo me
sostengo.
--Dichoso tú si esperas--pronunció Clara.--Y como viese en la fisonomía
del Doctor rápida inmutación, aunque procuraba esconder su terror
violento, la dama sintió á su vez un prurito de disimulo, frecuente en
los que oprime entre sus tenazas de acero la idea fija, y rehaciéndose,
con la instintiva comedia de una sonrisa, añadió:
--No me niego á intentar la curación por la ciencia, padrino. Desde
hoy me asocias á tus experimentos, si no te estorba una ignorante como
yo...
Si Luz hubiese podido sospechar el cálculo secreto que acababa de
precisarse en la mente de Clara, se le helaría la sangre. Como les
pasa á muchas personas que sólo poseen una tintura de conocimientos,
adquirida sin método, la antigua leyenda era para ella algo positivo.
En el gabinete del médico suponía Clara que debía encontrarse, y
aun elaborarse, el remedio á todo mal, el remedio dulce y seguro...
Á menudo, la sed de ese remedio había abrasado sus fauces, en las
interminables noches de insomnio, y el aparato de tortura, agresión
brutal y degradación física, que se asocia á la perspectiva de tal
remedio, había apagado la sed. Pero los sabios deben de conocer
secretos para desatar el nudo sin que se entere la curiosidad póstuma,
sin que el gesto sea repulsivo y feroz, y sin que el cuerpo se degrade
al abrir paso al alma. “Para ti no hay otro desenlace”, repetía Clara,
dando vueltas á su propósito. “No más vergüenza, no más mentira, no más
decadencia, no más profanaciones... ¡Pobre padrino!” sugería acaso un
resto de apego á la existencia afectiva. “Pero él puede irse también
y dejarme aquí sola... y entonces... No; no conviene esperar...” El
estado moral de Clara era tan característico, que temía dejar correr
el tiempo, recordando que el tiempo, limador constante, gasta las
resoluciones.
Y decidió sorprender el misterio del antro científico que tenía á mano,
como, siendo niña, hubiese forzado un armario atestado de golosinas...
Allí estaba la solución del enigma; allí, tal vez al alcance de la
mano, el reposo tras de una jornada fatigadora.
Luz recibió la aquiescencia de Clara con alardes de alegría. Aunque
las enseñanzas de su ejercicio debieran haberle probado cuán iguales
se ofrecen el varón y la hembra ante el experimento del dolor,
conservaba rastros tradicionales y creía discernir en la mujer algo
de pueril.--“Se divertirá como una criatura”--pensó--“si la convenzo
de que aprende”.--Recordaba casos; sabía que el alma es curable; y al
igual de todos los tocados de leve manía, no dudaba que interesase á
los demás lo que tanto le importaba á él. Apartar á Clara un minuto de
su abstracción, era probablemente salvarla.
Empujó la puerta del gabinete de consulta, é introdujo á su ahijada;
pero no se detuvo allí: sacando del bolsillo una llave, abrió otra
estancia algo más espaciosa.
--Mira--observó--qué bien he arreglado este cuarto de los leones. Tú no
sabes de la misa la media. Como me tienes abandonado... Lo empapelé de
nuevo, y me encuentro aquí muy bien...
Era una salita cuadrada, vestida de gris, severa y hasta ceñuda,
por lo que siempre tienen de amenazador aparatos y mecanismos cuyo
objeto y manejo ignoramos. Al decir el Doctor que eran chirimbolos de
electroterapia y radiología, no perdieron para Clara su austeridad,
su enigmático aspecto. En la pared brillaban instrumentos de acero
dispuestos en panoplia; dentro de una vitrina se alineaban otros no
menos limpios y estremecedores. En un ángulo de la sala se erguía la
jaula destinada á someter á los pacientes al alta tensión eléctrica.
En primer término, ocupando buen espacio, una máquina de rayos X--ya
anticuada, tan de prisa va la investigación,--deslustrados por el
abandono sus dos amplios discos de metal, escudos de combate que
el combatiente arrinconó para servirse de arma más poderosa. En el
centro, la cama de operaciones radiográficas, con su cabecera movible
y su colchoneta de terciopelo mustio. Al otro lado, en la esquina, la
máquina flamante, la última, fácil de reconocer por ese indefinible
pero auténtico aire de juventud y vida que también tienen los objetos
inanimados. El Doctor se paró frente á ella.--Aquí--explicó--hago
yo estas radiografías que voy á enseñarte...--Trajo una caja
donde guardaba los clichés, y al trasluz mostró á su ahijada las
curiosidades, haciéndoselas observar.
--Fíjate... Una luxación de la cadera... Se nota, ¿ves?, la diferencia
entre los dos lados de la pelvis... Esta era una niña y se hubiese
quedado coja. Ahí tienes la fractura de un brazo por el húmero. En
esa mano, ¡con cuánta claridad resalta la aguja que no había modo de
localizar para extraérsela á la pobre lavandera!
Clara miraba los clichés con desgana, aunque por complacer á su padrino
repetía:--¡Es admirable!
El Doctor comprendió el entumecimiento de aquel espíritu ensimismado.
--¿Quieres--insistió--ver latir tu propio corazón?
Al tiempo de proponer á Clara la experiencia, Luz comenzó sus
preparativos. La dama, á pesar de su indiferentismo, se conmovió de
sorpresa al ver distintamente, al través de la pantalla, contraerse
y dilatarse la víscera con normal regularidad, que tenía mucho de
majestuosa.
--Padrino--murmuró,--¿no es raro que mi corazón funcione perfectamente?
¡Tantos martillazos como he recibido en él! Está visto que mi mal
no lo curas tú ni todos tus colegas... Pertenece al dominio de lo
desconocido...
Y con su hermosa voz de mujer apasionada, preguntó:
--¿Qué será lo desconocido, dime? ¿Te formas tú idea de lo que podrá
ser, después de tanto estudiar y tantas mecánicas?
Al formular la interrogación, Clara experimentaba una ansiedad
emocional, cuya razón sólo ella conocía. El enigma propuesto no era
sino consecuencia de los anhelos de su sér, deseo de romper ligaduras y
libertarse la cárcel de la vida. ¿Qué sigue al momento de la evasión?
Clara notó con sorpresa que había pensado en ello alguna vez, pero
nunca se había detenido hasta meditarlo. Cuando disponemos viaje á
tierra desconocida, nos enteramos con interés de las costumbres de
_allá_, de toda circunstancia. Clara notaba, atónita, que ni sospechaba
la geografía del país del misterio.
El Doctor respondió con su leve é indulgente ironía de científico:
--Para mí lo desconocido es... lo que todavía no hemos tenido tiempo de
estudiar. Lo desconocido de hace diez años, se llama ahora el telégrafo
sin hilos, el suero antidiftérico, los rayos X... Lo desconocido ahora,
tal vez se llame mañana con el nombre que yo le dé, si á fuerza de
trabajo consigo alzar otra puntita del velo...
Movió Clara la cabeza escépticamente. Aplicando la mano sobre aquel
corazón que acababa de ver latir, pensó que por muchos siglos que
girasen ensanchando los límites de lo conocido, algo allí dentro se
resistía á la explicación y al tratamiento de ciertos males por los
métodos de la ciencia. De pie aún ante la máquina, Clara sentía, en
vez de la admiración que esta clase de experimentos suelen producir
en quien los ve por vez primera, una reacción invencible de desdén, y
porfiaba, sonriendo con sonrisa de mártir.
--¡Lástima no haber nacido dentro de dos mil años! Entonces tú sabrías
curar á las enfermas como yo, que no presentan ninguna lesión cardíaca.
Luz apreció la significación de la frase. El menosprecio de aquel alma
lírica por las realidades científicas, lo había notado en más de una
ocasión, pero nunca tan glacial y total como ahora; y, sin poderlo
evitar, el Doctor pensó:--“Tiene razón, á fe mía. Dentro de mil años,
lo mismo que hoy, para lo que ella padece no se conocerá remedio. ¡Su
organismo, á pesar de las alteraciones del insomnio y la inapetencia,
no tiene brecha abierta; lo enfermo ahí es inaccesible...!”--Sin
dar repuesta, el Doctor, siguiendo el trabajo que pretendía hacer
recreativo, propuso á su ahijada la radiografía de la mano.
--Verás... Así la conservaré...
Extendió la dama su mano descolorida, de largos dedos, jaspeada en el
dorso con red de venillas azules, salpicada en el anular por la gota
cruenta de un rubí, y la colocó de plano sobre la tabla. Era una mano
enflaquecida y febril, y sólo con verla podía adivinarse un estado
anormal del espíritu. Ligera crispación nerviosa impedía á la mano
extenderse, y fué preciso que el Doctor la colocase, aplanándola, en la
posición debida.
Cinco minutos de quietud, el ligero picor de las descargas eléctricas,
hormigueo insignificante... Clara, inmóvil, absorta, escuchaba la
crepitación de la máquina, se absorbía en contemplar la gran ampolla
del tubo Crookes, semejante á enorme y translúcida agua marina, y
detrás la otra ampolla, de diseño más elegante, la de los rayos
catódicos, irisada de rosa sobre el verde suave, con cambiantes de
ópalo rico. Pasaron al tugurio en que el Doctor tenía los chirimbolos
fotográficos, á fin de revelar la placa. Sobreexcitada la fantasía de
la señora, se exaltó más en la obscuridad, combatida apenas por una
luz eléctrica de roja bombilla, que lanzaba reflejos de sangre sobre
el rostro enérgico y expresivo del Doctor. Éste, preparando la cubeta,
trataba de que la solución de hidroquinona bañase por igual la placa,
y los mechones argentinos de su pelo se incendiaban con resplandores
de hoguera. La habitación, reducida y atestada de trastos que se
vislumbraban apenas, sugería visiones de alquimia y de hechicería
medioeval. Tal vez del estado íntimo de Clara dependía su emoción ante
objetos triviales, que á plena luz sólo hablaban de cocina é industria.
Era la sensibilidad herida, la imaginación obsesionada.
Poco á poco, á los reiterados golpecitos de tableteo de la cubeta,
sobre la placa antes vacía comenzó á asomar una especie de nebulosa,
cuyos contornos fueron precisándose. Dibujóse, cada vez más
visiblemente, la marca terrible de una mano de esqueleto. Abierta como
estaba, desviado el pulgar, la mano tenía la actitud de un llamamiento,
de una seña imperiosa. Parecía decir: “Ven”. Clara, fascinada, miraba
fijamente, ávidamente, los huesecillos mondos y finos que acentuaban
su mística forma, esbozada antes, y los veía, sin nada que los uniese
en las falanges, exagerar su gótico y macabro diseño, que parecía
trasladado de algún viejo painel de retablo de catedral. Y siempre
la capciosa seña, el llamamiento insistente, persuasivo, hiriendo
las cuerdas de la oculta lira que Clara llevaba dentro y que sólo
esperaba el soplo de aire. “Mi propio esqueleto”--repetíase atónita
la señora.--“Así soy... ¿Dónde va la carne? No hay carne; la carne
se ha disuelto”.--Una asociación de representaciones, involuntaria,
fulgurante, presentó al lado de aquella mano seca la figura de otra
mano varonil, esqueletada también. En su alucinación, vió que las dos
manos, los dos haces de huesecillos áridos y obscuros, se buscaban y se
unían un momento, entrelazando y enclavijando sus grupos de flautines
de caña, y produciendo un sonido de choque de palillos, irónicamente
musical. Se soltaron por fin las dos manos de muerto, como asustadas
ó hartas de estrecharse, y los huesos sin trabazón rodaron esparcidos
por el tablero de la mesa, donde reprodujeron la sepulcral burlesca
musiquilla...
Á la claridad bermeja que continuaba iluminando sólo un punto del
mezquino aposento y concentrándose en la cara del Doctor, absorto en la
manipulación que realizaba, se apareció á la vizcondesa de Ayamonte lo
que basta para cambiar un alma, lo que impregna edades enteras de la
historia: la gran realidad de la muerte, única promesa infaliblemente
cumplida. Detrás se extendía el proceloso infinito...
Lo que Clara sintió en el espacio que tardó Luz en exclamar: “¡Ya
está!” fué como un vértigo; fué ese sacudimiento y temblor que los
gruesos y embotados de espíritu no comprenden, y que les produce
la admiración siempre algo incrédula del paleto ante refinamientos
extraños. Sin género de duda, para que se produzca tal fenómeno es
preciso que esté el alma ya trabajada, batida y macerada en nardo y
mirra. Lo que parece súbito, inesperado, es lógico y consecuente. Sin
embargo, el mismo interesado se engaña. Clara se figuró que una mujer
nueva nacía en ella; que por primera vez penetraba la significación de
una fantasmagoría hasta entonces indescifrable, fatigosa como todo lo
que carece de sentido, y sin embargo solicita la atención. “He vivido
ciega”, murmuró interiormente, estupefacta. No parecían posibles ni el
engaño, ni el desengaño. La sensación fué cual si hallándose en algún
recinto cerrado y donde escasease el aire, de ímpetu las paredes y
angosturas se desvaneciesen, penetrando un huracán vivaz, ardiente y
embriagador, y abriéndose á sus corrientes todo el sér. Aquel aliento
y aquel soplo la inmutaban, la llamaban á desconocida región; y en
tan decisiva hora, advertía el mismo transporte entusiasta que en la
ventana de Toledo, el mismo vibrar de alas invisibles colgadas de sus
hombros, la misma apetencia de espacio inmenso,--sólo que ahora se
reconocía segura de no caer, aunque de muy alto se lanzase.--De tal
engreimiento pasó (con la subitaneidad eléctrica que caracteriza á este
género de impresiones) á un anonadamiento profundo de arrepentida.
Sobre la cera en aquel punto blanda y caliente de su conciencia, se
imprimió el _ut cognobit_ de los corazones mudados, de las almas
plasmadas por la diestra del sumo Artista. Un terror sin límites la
salteó: el miedo de perder aquella disposición en que se encontraba
desde hacía pocos minutos. Su voluntad, íntegra, se tendió y lanzó
hacia lo que acababa de entrever. “No me abandones, espérame” dijo
sin palabras. “Sácame de mí, llévame á ti”. Su cuerpo y hasta su
inteligencia le parecían ser cosa ajena, carga que la sujetaba al mundo
material.
Experimentaba el ansia de acción que acompaña á ciertos trastornos
espirituales, y era su inquietud como de cierva á quien atravesó la
flecha enherbolada, á quien persiguen lebreles, y á quien aguija, más
que el susto, el ansia de llegar á la fría fuente escondida entre
peñascos. Se daba cuenta de que hacía mucho tiempo, quién sabe cuánto,
acaso desde la primera edad de su vida, había sufrido aquella punzada,
aquel prurito; que el fuego en que se había abrasado su corazón no era
sino sed del manantial oculto. Á su memoria acudió el recuerdo de una
de sus lecturas caprichosas, guardada allí como en depósito.
Uno de los profetas de Israel, que eran grandes poetas, escondió en
cierta ocasión el fuego del sacrificio; mientras lo celó, se convirtió
en agua; pero á la hora de sacrificar recobraba el sér de fuego. El
símbolo se hacía para Clara, en aquel instante decisivo de su vida,
transparente. ¡Cuando recogiese en su interior la profanada llama, se
convertiría en agua y la refrescaría!
Sus ojos volvieron á fijarse en el cliché, siguiendo la vulgar
operación química que practicaba el Doctor. La especie de alucinación
se había disipado; ya no veía otra mano monda y descarnada juntándose
con la suya en fúnebre caricia; la placa radiográfica estaba allí,
natural, semiconfusa. ¡Su propia mano, sus huesos, no cual llegarían á
estar en el ataúd, sino animados de vitalidad singular!
Y, resuelta, contestó á la seña de la mística mano sin carne:
--Voy...
El Doctor, en aquel punto mismo, levantaba la cabeza pronunciando:
--¡Cómo se ve que es mano de individuo bien alimentado, bien
constituído, y cómo se indica la raza en la delicadeza de ese dedo
meñique, una verdadera monería! Y no hay deformación ninguna, ni
señales de alteración reumática en las articulaciones. ¿Verdad que
poder fotografiar así los huesos tiene algo de milagro?
--Algo de milagro tiene--repitió Clara.
* * * * *
(_Hojas del libro de memorias de
Silvio Lago_)
_Mayo._--Al trasladarme á mejor taller, en calle decorosa, cerca del
palacio de Bibliotecas y Museos, vuelvo á escribir en este cuaderno lo
que me ocurre; sirve para explicarme ciertos cambios que noto en mí, y
reconocer lo que puede desviarme de mi senda. Este procedimiento es más
eficaz que confesarme con Minia; nadie desenreda el ovillo como quien
torció la hebra sacándola de su propia substancia.
¿Qué importa lo material de eso que llaman _lucha_ en nuestro lenguaje
bohemio? Comer poco y mal, tiritar de frío, no mudarse, ver siempre al
soslayo la misma mancha aceitosa en la misma solapa... eso se ríe y se
pone en ópera. Lo difícil es conservar la disposición de ánimo para tal
género de vida.
* * * * *
Inundaba el sol de primavera--de la corta é intensa primavera
castellana--de luz rubia y de efluvios indisciplinados y ardientes
las correctas avenidas del Retiro, cuando las recorría yo al paso
igual de uno de esos matalones de picadero, que alquilan á precio
módico los novicios en equitación. La esfera en que he ido entrando
insensiblemente me impone unos ribetes de vida deportiva. El caballo
y la bicicleta me atraen. Me he arrancado á encargarme el atavío de
_gentleman ridder_: al estrenarlo y mirarme al espejo del armario de
luna, me pareció irreprochable la figura encuadrada entre los biseles;
algo exagerada la forma de las piernas, con las arrugas amplias del
calzón en el muslo y su angostura en la pantorrilla, subrayada por
la fila de menudos botones, y disimulado lo único plebeyo de mi
estampa--¡bien plebeyo y bien delator!--que es el pie. Al lado de esta
silueta de vida lujosa, mi retentiva de pintor evoca la sórdida estampa
de mis primeros días en Madrid: las botas gastadas y torcidas, el viejo
gabán verdusco, el pantalón nuez con rodilleras, el sombrero abollado,
las trazas menesterosas de pobre vergonzante. De la asociación de
aquellos dos tipos en contraste, del recuerdo plástico de un ayer tan
cercano, me sobrevino, no la alegría orgullosa del engreimiento, sino,
al contrario, una especie de acceso de desolación: porque medí, con
sagacidad de que no carezco, el camino andado para distanciarme del
ideal, y el ascendiente que en tan corto tiempo han adquirido sobre mí
ciertas exigencias sociales. En mi primer ensayo de vestir de frac,
hasta ridículo me había encontrado, y ahora me reflejo en la clara
luna, con la librea de la última moda, dispuesto á cumplir un rito
de la nueva existencia que me han creado las circunstancias, y en la
cual principio á sentir que enraízan, mal que me pese, mis plantas
de vagabundo y de obrero libre, maculadas del polvo de los caminos.
¿Es que soy definitivamente esclavo ya? ¿Es que se ha filtrado en mi
organismo la imposición de ciertos afinamientos, el cosquilleo de
ciertas satisfacciones mezquinas; es que ya lo popular y lo burgués
se me revisten de ridiculez sainetesca ó de insignificancia? No;
aunque sufro el yugo, la protesta del ideal se caracteriza; siento las
ansias del profeso que al huir de su convento quisiera también huir de
sí propio. Me refugio con furioso vigor espiritual en la esperanza.
Esto no es sino una etapa del viaje hacia la tierra prometida: etapa
inevitable.
Al aire que prefiere la montura--paso de procesión--avanzo por la casi
solitaria calle, guarnecida de lantanas y después de altas coníferas,
algunas de las cuales tuercen enérgicas su negro tronco, desdeñosas de
tanto orden... Me siento en disposición optimista, con la cabeza vacía,
el estómago tranquilo, como suelo tenerlo al día siguiente de comer en
casa de Minia guisos caseros; y merced al bienestar físico, el porvenir
se me antoja á la vez seguro y lejano, algo que llegará á su hora y
que no debe estropearnos el presente. Al cruzarse conmigo me saludan
con zalamería dos ó tres aficionadas á guiar y á pasear temprano; los
saludos tienen carácter de familiaridad bonita, lo que sabe poner de
halagüeño en un gesto la mujer maestra.
Sin embargo, en estos saluditos tan monos hay una especie de captación
tiránica, una advertencia imperiosa. Juzgué que encerraban este aviso:
“Nuestro eres”.
Pero me notaba tan beato de cuerpo y de espíritu, que no me preocupé
más. Mi independencia de alma, mi quisquillosa independencia, no
gritó, no se rebeló, adormecida por el dulce soplo vernal y por la
sonrisa de las cosas en torno mío. Hay horas así, en que una sensación
de ventura nace en nosotros, como el agua clara y cantadora surte sobre
el fondo de un paisaje. Es sensación, porque no se origina de ningún
convencimiento racional, ni siquiera de ningún movimiento emotivo. Es
sensación: pura animalidad, no brutal, sino plácida, reposada, que por
un momento se impone á la siempre vigilante conciencia.
Se desata por las venas la vida fisiológica, y el mundo exterior
nos inunda y nos arrebata de la prisión de nosotros mismos. Nos
reconciliamos momentáneamente con lo que suele oponérsenos; un baño
de gozo nos refrigera; el aire es amoroso á los pulmones; la sangre
circula con generosa braveza; el cerebro se aduerme... ¡Á veces,
borrada la memoria de supremos instantes de la existencia, es posible
que el recuerdo de satisfacciones tales, que no son sino perfecto
equilibrio de la salud, venga á alumbrar las desazonadas horas de la
vejez!
Saboreando descuidadamente lo grato del momento, revolví haciendo
trotar á mi alquilón, y me perdí en las calles de pinos y plátanos,
viendo á ambos lados edificios raquíticos ó ampulosos, las
construcciones que afean el Retiro.