la tuviese. Reconózcame alguna buena propiedad: no soy capaz de
representar la farsa que semejante combinación exigiría. Saldré á flote
con este dedito... y ¡por cierto! anoche soñé que se me gangrenaba, que
se me caía, y que me veía obligado á mendigar á la puerta de Fornos.
--¡Disparatado! ¡Chiflado! Clara será vengada; de eso estoy segura. De
vengar á Clara se encargarán otras mujeres, que le aniquilirán á usted.
--Iré á París, á Londres, á Nueva York. Allí un retrato se paga mejor
que aquí. Allí, con un retrato, vivo un mes... y á cavar hondo. Y su
madre de usted, ¿se queda hoy á dormir en Lara?
Como si la evocasen estas palabras pronunciadas con impaciente
nerviosidad, oyóse ruido de puertas, un andar vivo y seguro, y la
baronesa hizo irrupción en el estudio de su hija, riendo aún los
chistes de la piececilla por horas y lamentando que Minia no hubiese
compartido tal placer. “Estaban las de Tal, las de Cual, las de Be y
las de Hache...” Silvio contemplaba con envidia á la dama; abatido y
exasperado á la vez como se sentía, comparaba su juventud dolorosa á
aquella ancianidad exuberante, sana, lozana, divertible y divertida
tan fácilmente, abierta á las impresiones gratas y exagerándolas para
compensar las decepciones y los desengaños. El mismo pensamiento
ocurría á Minia; también Minia, cautiva entre las garras de la Quimera,
había deseado á menudo recortar su espíritu encerrándolo en círculo más
estrecho; en vez de tender á lo inaccesible, buscar el contentamiento
que se viene á la mano. Amar lo que está á nuestro alcance, es la
sabiduría suprema--discurría la compositora.--Salimos muy de mañana en
busca de regio tesoro oculto; caminamos y caminamos; á medio día los
pies nos sangran y el calor nos deseca lengua y paladar; á orillas del
sendero mana un hilo de cristal y crece un cerezo salpicado de maduros
corales; nos recostamos, y la magia humilde del agua pura, del fruto
jugoso, ponen olvido de la ambición lejana... Amemos lo pequeño; nos
escudaremos contra la negra Fatalidad y el mudo Destino... En la mirada
que trocaron Silvio y Minia se dijeron esto claramente, y también otra
cosa: “No depende de nuestra voluntad contentarnos con la fuente y el
cerezo. No amamos sino lo infinito y lo triste, la belleza soterrada y
guardada por los genios”.
La palabra rara vez manifiesta este género de ideas. Ni ideas son:
bruma de pensamientos y de ansias. Cuando más claras se formulan
dentro, es cuando la lengua pronuncia las frases más insignificantes,
que menos relación guardan con lo íntimo.
--Aquí tienes á Silvio, muerto de miedo...
--Baronesa, ¡no me pegue usted!
--Se trata del capital...
--Del millar de millares...
--Y no se atreve...
--No me atrevo... Déjeme usted colocarme á honesta distancia.
La dama permaneció silenciosa, fruncida. Al fin, con gesto seco,
hizo una seña negativa y rompió á andar hacia la puerta. Silvio se
precipitó, la cogió suavemente del brazo, con reverencia filial.
--Baronesa, por Dios, necesito ese dinero. No se empeñe en hacerme bien
contra mi voluntad: ya adivino sus intenciones... pero lo necesito.
--¡Necesita usted morirse en un hospital!--gritó la señora
revolviéndose furibunda.--Lago, Lago, ¡nunca será usted una persona de
buena cabeza! ¡Se empeña en irse á pique! No; no le doy los cuartos. Ni
están en casa. ¿Cree que se tiene tan á mano el dinero? ¿Que soy alguna
despilfarradora como usted? Siempre le habrán pegado el sablazo número
cuarenta y cinco mil cuatrocientos cuarenta y cinco. Rodeado de tunos
vive usted. Le beben la sangre. El día que usted les pidiese algo á
ellos, ¡veríamos! ¡veríamos!
--Baronesa querida, ¡por Dios! Un compromiso: he ofrecido mil pesetas á
un amigo desgraciado...
--Á un pillo redomado.
--¡Señora! ¡Qué modo de juzgar! Como usted cobra sus rentas, no se hace
cargo de lo que pasa en el mundo. Hay mucha hambre, baronesa, por ahí.
--¡Y mucha sinvergüenza y holgazanería!--clamó fuera de sí la señora,
reprimiéndose para no atizar un pescozón á aquel tonto de artista.--¿No
está usted expuesto como el que más á que le haga falta, en una
enfermedad, lo que se ha ganado? ¿Es usted algún millonario? ¿Por qué
le chupan los tuétanos, vamos á ver? ¡Porque le consideran bobo, bobo,
bobo, bobo de remate!
No le permitían los nervios á Silvio, en tal ocasión, oir estas
cosazas, ni podía avenirse casi nunca á los consejos imperiosos, y en
llana prosa--llana y útil--de la Dumbría, que lejos de convencerle,
tenían la virtud de causarle una reacción de poesía bohemia; el
interés, colocado así en primer término, sobre pedestal, le indignaba,
como indigna á un pensador original y revolucionario un argumento de
buen sentido.
--Señora--articuló secamente,--ese dinero es mío y dispongo de él. No
pensaba recoger sino mil pesetas; ahora me da la gana de llevármelo
todo. Voy á mudarme de casa; tengo infinitos gastos...
Á su turno, la baronesa se puso grave, mostró tiesura quisquillosa.
¿Ah? ¿Conque así? ¿Qué se figuraba Silvio?
--Es justo... Ahora mismo; espérese un instante...
--Se ha enfadado--murmuró Silvio, con el tercer ó cuarto
arrepentimiento y contrición en el espacio de veinticuatro horas.
--Naturalmente. Y yo en su lugar le mando á paseo. No puede negarse que
dice la verdad y que usted es explotado por gentes que valen poco. Eso
no es caridad, Silvio, ni beneficencia, ni cosa parecida.
--Me río de la caridad, me río de la beneficencia. ¿De dónde saca
usted que tiro á filántropo? No. Es que he pasado miseria y sé que los
miserables sufren al pedir. ¿Cree usted que piden por gusto? Piden...
¡qué sé yo! Y ¡qué diantre! ¡ahorrar! ¡monises! Ya los sacaré de este
dedo, si no se me cae. Ahora, cuando venga la baronesa, la presentaré
mis excusas...
Entraba ya, portadora de un sobre que encerraba algunos billetes. En
la cara anterior del sobre se leía: “Esta cantidad pertenece á Silvio
Lago, que me la ha confiado en calidad de depósito”.
--Tome usted... Apuntado estaba, por si me moría... Y no me traiga más
cuartos. No lo puedo remediar; me fastidian ciertas candideces. Para
esto no necesita usted depositaria. Cuente, cuente, á ver si falta...
Silvio recogió el sobre sin examinarlo; miró á la baronesa, sonriendo
con la dulzura halagüeña de un niño; é inclinándose, cogió la mano
de la anciana señora y la besó religiosamente. Era el ritmo de su
psicología; era la continua fluctuación de su océano; era el repentino
salto de sus impresiones, siempre rápidas y extremadas, notas de un
instrumento demasiado tirante y vibrador.
--¿Quiere usted un ponche?--preguntó al verle humilde y callado la
baronesa, brindando al desfallecimiento moral un reparo físico. Vino
el ponche--tres vasos, coronados de fina espuma amarillenta;--y bebido
sosegadamente, retiróse la baronesa á cambiar de traje, y Minia se
sentó ante el armonio fatigado, y dejó oir los primeros compases de
una sonata de Beethoven. La acción de la música, al expresar para cada
uno de los dos artistas la vida interior, les entreabrió un momento el
cerrado horizonte de lo infinito. Todas las discusiones é incidentes
de carácter práctico se olvidaron, cayeron á tierra,--gotas de agua
embebidas por el polvo.--Eran las dos de la mañana; los ruidos de
Madrid se habían extinguido; sólo alguna rodada de coches, apagada y
distante, aumentaba la sensación de aislamiento y de seguridad para el
ensueño. En el espíritu de Silvio reflejábanse entonces claramente las
formas de un mundo invisible, y la corriente superficial de su existir
adquiría profundidad, lo intenso y real del sentimiento exaltado. La
aparición de la baronesa de Dumbría interrumpió la sonata y restituyó
al artista á la insignificancia de las preocupaciones anteriores:
--Vaya usted con cuidado. Lleva usted dinero: no le atraquen y se lo
quiten. La gente anda muy lista.
* * * * *
Á hurtadillas, ansiosamente, miraba á Clara el doctor Mariano Luz,
procurando que ella no notase la contemplación de que era objeto.
Acababan de reunirse para pasar la velada juntos, en la salita de
confianza que precedía al despacho del doctor. Por una de esas
afectuosas formas de captación que se producen entre los que bien
se quieren, Clara había elegido, para refugiarse de noche á hojear
periódicos, dar cuatro puntadas en una labor ó entreleer una página de
revista, la estancia donde su padrino guardaba, en estantes abiertos,
su rica biblioteca profesional. En el despacho no tenía Luz sino
vitrinas con relucientes instrumentos y aparatos.
El silencio era significativo: silencio que palpita, que presta sentido
hasta al ritmo de la respiración. Otras noches el médico procuraba
tirar del hilo de conversaciones insignificantes; así engañaba y
ocultaba su ansiedad. Hoy--no acertaría á decir por qué--érale
imposible devanar una palabrería fútil. Se entretiene el tiempo cuando
se tantea en la incertidumbre; reconocida la existencia del mal, se va
derecho á combatirlo. Creía Mariano Luz escuchar ese aleteo de alas
negras que tantas veces, en casos desesperados, le había impulsado, sin
perder un segundo, á la atrevida operación.
--¡Clara!--exclamó. El tono de la voz expresaba tanto, que la señora se
estremeció de pies á cabeza.
--¡Clara, hija mía!--insistió él; y se levantó de la butaca.
Ella le dejó acercarse. Sonreía, con sonrisa más doliente que ningún
llanto. Siempre le parecía al doctor algo violenta la sonrisa de su
ahijada. En aquel momento la encontró propia del reo que quiere mostrar
serenidad ante los jueces.
--Clara--dijo por tercera vez,--¿estás enferma? ¡Ni sé por qué te lo
pregunto, niña! La respuesta la llevas en la cara. Sólo que en ti lo
enfermo se recata. ¿Merezco que intentes engañarme? ¿No comprendes,
Clara, que tengo derecho á tu mal, sea el que sea?
--Nunca he disfrutado de mejor salud; reconóceme, tómame el pulso... Te
convencerás.
Luz se aproximó á la dama y la imploró con las pupilas, con la actitud,
con todas las fuerzas de su voluntad de varón grave y entendido. Hasta
ansiaba ejercitar sobre ella un poderío de sugestión; y no era la
primera vez, desde hacía algún tiempo, que cruzaba por su mente la
tentación fortísima de someter á su ahijada á uno de esos experimentos
sobre la conciencia, que entregan los secretos del sentimiento, y hasta
las obscuras voliciones no definidas aún del sujeto, al experimentador.
--_Esto_--pensaba--no es como lo demás. Esto trae cola. ¡Su misma
placidez me asusta! Si yo fuese, por ejemplo, un marido, viviría en
seguridad completa hasta que una mañana me despertasen con alguna
noticia atroz... Antes, al caerse de lo alto de su ensueño, ha
solido presentar los síntomas de esta clase de afecciones morales:
desasosiego, crisis nerviosas, explosiones involuntarias de aflicción,
alteraciones funcionales, inapetencia, sueño cambiado y á deshora,
alternativas de risa y lágrimas... lo natural. Se deja correr... y
el tiempo interviene con su lima. Ahora... estamos peor, peor. Así
se manifiesta la incapacidad para la vida, el agotamiento de las
fuerzas que la sostienen. ¡Si yo pudiese provocar en ella un arranque
de confianza y de expansión! ¡Á menudo, por la boca se vierte lo más
envenenado del dolor, y sale, envuelta con el desahogo, la extrema
consecuencia que podría traer el dolor mismo!
Los temores de Luz--que le salían á la cara en forma de excaves
plomizos, reveladores de los estragos que una idea produce en
la sangre--coincidían con otra clase de preocupaciones también
absorbentes, á las cuales hubiese querido entregarse por entero. Por
esta circunstancia especial sufría doblemente; los que consagraron la
vida á trabajos positivos que velan una aspiración ideal, llega un
momento en que no se resignan á morir sin realizarla. El tiempo que les
resta está por avara mano tasado y medido; conviene apresurarse. ¡La
noche llega; hay que encender la lámpara!--Este afán de sobrevivirse,
propio de la madurez ya decadente, se manifestaba en el Doctor Luz
por una serie de tenaces investigaciones encaminadas á aplicar uno
de los últimos descubrimientos científicos á la curación de cierto
grupo de rebeldes y crueles enfermedades, tenidas por incurables
hasta el día. Su devoción á Clara le había arrancado de Berlín cuando
principiaba á entrever consecuencias de principios, sendas que al
través de lo desconocido se marcaban confusamente, vagas titilaciones
de claridades, que medio se parecían, disipando momentáneamente las
tinieblas de lo ignorado. Hallábase, justamente, el médico en uno de
esos estados cerebrales que en arte se llaman inspiración y en ciencia
no tienen nombre, por más que hayan precedido á todos los señalados
descubrimientos. Su inteligencia se encendía, dispuesta á fecundizar
el antes estéril montón de adquirida experiencia, de observaciones
clínicas, atesoradas sin presumir que para nada sirviesen; y ahora las
veía juntar sus manos y formar una cadena luminosa. La augusta verdad
brillaba y se desvanecía, con desesperantes intermitencias de fanal
de faro. El Doctor se juraba á sí mismo que fijaría la claridad para
siempre. Á su nombre iría unido un triunfo sobre el dolor y la miseria
humana.--Viajando, dentro del tren, al acudir al llamamiento de Clara,
padeció una crisis de desaliento. El destino de un sér tan querido era
y seguía siendo su cuidado mayor, el único que tenía embargadas las
fuerzas de su alma. Mientras sintiese á Clara agonizar, no dispondría
de atención para la labor. La carne viva de su corazón le dolía
allí,--en otro corazón acribillado por siete puñales de pena.
--Es el sexo, es la ley fisiológica--pensaba el Doctor.--En ella, en
su delicadísima organización, reviste esta forma que se puede llamar
poética. Como las reacciones de la colesterina, que dan tan preciosos
verdes esmeralda, en belleza se convierte su amargura.
Los planes de matrimonio expuestos por la vizcondesa de Ayamonte,
la simpatía que Silvio Lago despertó en el Doctor, contribuyeron á
infundirle un poco de optimismo.
--Se casará... Tendrá á quien querer conyugalmente, y aun
maternalmente... Desviará hacia el dulce sacrificio diario el torrente
de su egoísmo pasional... Acaso, por instinto, acierte esta criatura
con la solución... Cásese enhorabuena. Si ella puede vivir, podré yo
trabajar.
Relativamente entregado á la confianza, el Doctor, un día, se despertó
aterrado. Al ocupar su sitio á la hora del almuerzo, al buscar los
ojos de Clara, la vió tan diferente, no ya de como solía ser, sino
hasta de como se mostraba bajo el influjo de un trastorno moral,--que
su corazón dió un vuelco. Con frecuencia la había contemplado abatida
de infinita tristeza, más pálida que de costumbre, sobre todo pálida
de distinta manera, con la desigual blancura del insomnio, jaspeada á
trechos por las marcas rojas y cárdenas que delatan el estrago de la
batalla espiritual, y no se confunden con las del padecimiento físico;
con frecuencia había reconocido en sus párpados el edema que produce
un llanto imposible de contener, retraído, delante de quienquiera
que sea, por el pudor y la dignidad.--No así en el momento presente.
La expresión del rostro de Clara, en aquella mañana y después, fué
alarmante para un médico por el sello de estupor que la caracterizaba.
Estupor tan invencible, que tenía algo de extático, si suponemos
éxtasis en medio de las torturas infernales. El Doctor recordaba haber
visto expresión semejante en una enferma atacada de enajenación,
semanas antes de declararse abiertamente el padecimiento. Se arrojó
hacia su ahijada y la arrastró á la ventana, abrazándola y empujándola.
Ante la no prevista acción, Clara volvió en sí y resplandeció en sus
ojos la conciencia. Su actitud dijo, mejor que prolijas explicaciones,
que estaba resuelta á reservarse lo íntimo, lo sagrado de su mal. La
llave del santuario y de la cámara de tormento, nadie se la arrancaría.
Ya no pudo Luz volver á sus indagaciones ni concentrar sus facultades
para seguir el semiadivinado filón. El peligro del sér adorado
obligaba á descuidar lo demás. Venía tan embozado, tan traidor, y era
tan desusado, que no sólo preocupaba al amigo, sino que excitaba la
curiosidad del médico. El Doctor sufría la atracción que ejercen sobre
los profesionales que conservan el fuego sagrado ciertos fenómenos y
estados que no se explican sólo por lo físico; y la idea suicida, la
incapacidad de vivir, se contaban en este número.--Mariano Luz sostenía
que no se llega á concebir tal propósito sin una preparación larga y
honda. No dejaba de parecerle sacrílego considerar la enfermedad de
Clara “un caso”; pero creía que, tratándose de curarla, era preciso
mirarla como á las otras enfermas. Necesitábase el hábito observador,
el ojo clínico, para discernir los progresos del mal bajo la apariencia
de normalidad y frialdad indiferente de que Clara se revestía. Igual
que siempre, comía con poco apetito y distraída; se recogía á las horas
de costumbre; se levantaba con puntualidad, y sólo en su alejamiento
de todos los lugares donde pudiese encontrar á Silvio se revelaba
superficialmente la herida.
Pero el único amigo verdadero que restaba á Clara la conocía demasiado,
la había estudiado con sobrado amor, para que pudiesen despistarle
exterioridades facticias. Sabía Luz de memoria lo que no se finge,
porque no tiene sobre ello dominio la voluntad; el metal verdadero
de la voz, el sentido de sus inflexiones timbradas ó enronquecidas,
las empañaduras del cristal de los ojos, las securas de los labios
quemados por nocturna fiebre, el temple urente de las manos, la
fatiga y decaimiento del andar ó su desigual rapidez, la posición de
la cabeza, la tirantez forzada de la sonrisa, el hundimiento de las
maceradas sienes, la contextura de la epidermis, donde en pocos días
habíanse marcado pliegues todavía no atribuíbles á la edad. Lo más
significativo para el Doctor eran ciertas fulguraciones repentinas de
la mirada, aceradas y terribles, que tenía apuntadas en sus cuadernos,
por haber visto coincidir ese síntoma con resoluciones decisivas,
con actos de violencia, con accesos de locura. La siniestra centella
denunciaba el volcán oculto.
Ni por un momento pensó Luz en interrogar al pintor. Hubiese jurado
que Silvio le diría la verdad; pero la verdad que en circunstancias
tales se dice, no es sino cáscara de otra verdad íntima; cáscara de
hechos secos y sin vida ni sentido. Nada son los hechos, aislados del
espíritu donde recaen y han de germinar. Sólo cada cual sabe y conoce
su verdad propia, que al pasar por ajena lengua se disuelve en humo.
Clara, y nada más que Clara, podía interpretarse... si pudiese; si el
alto silencio que á veces cierra los labios, á fuerza de despreciar
la manifestación verbal, no los tornase piedra. Estatuas hay--pensaba
Luz--que nos dicen mucho, tal vez lo infinito, y sin articular palabra.
Dió entonces en traducir el mutismo de su ahijada, y la traducción fué
espantosa. “Es preciso romper el hielo y animar la piedra--resolvió--de
cualquier modo”. En todo caso de apelación á la verdad hay un largo
período en que se la teme, y un instante en que á toda costa, y aunque
sea entregando la vida, la solicitamos. Era llegado este instante para
el Doctor.
--Hija mía--imploró,--si algo merezco de ti, devuélveme aquella
confianza de otros tiempos. Es inútil que me digas que no te pasa nada;
ya sé que no has de decírmelo. Nuestras inteligencias han convivido;
nuestros corazones creo que se entendían. ¿No me quieres ya... un poco?
Clara dejó caer la cabeza sobre el hombro de su padrino.
--Pregunta--murmuró.--Aun de mala gana, te diré... lo que sepa. ¡No
creas que lo sé todo, ni mucho menos!
--De ti misma no sabes... Es natural, niña mía, pobrecita. ¡Qué
natural es! Ni nos sospechamos, lo mismo en lo físico que en lo otro.
Ni nuestras enfermedades conocemos; solemos morir de algo que para
nosotros carece de nombre. En fin, ¡á lo que importa! Perdona. Me
consumo también yo; ¿no ves? Voy á recetarme bromuro. ¿Cómo quieres que
no me sobresalte? No tengo descanso. ¡Quién sabe si estoy pasando peor
rato que tú!
Hizo Clara, débilmente, muestra de agradecer aquella tierna simpatía, y
el Doctor notó el abismo que el movimiento abría entre el presente y el
pasado.
“Me quiere menos, me necesita menos que antes.”
--Pues bien, ahí va... lo que es posible que vaya--dijo ella.--Lo
sucedido es poco; nada casi. Ya sabes que se me había puesto
aquí--apuntó á la frente--que debía... casarme con él. Era tal vez
una locura, tal vez una determinación ridícula; pero me parecía á mí
cosa divina, el único asidero para reconstruir mi existencia estragada
y perdida y darle un fin. ¡Un fin, un objeto! ¡Tú sabes que eso es
necesario, que eso es indispensable!
--Verdad--contestó Luz.
--Yo--prosiguió ella--así lo entendía. Él lo entendió de distinto modo.
Y... en concreto... no ha pasado más.
--¿Qué razones dió á su negativa?
--¡Razones!--exclamó Clara.--Aunque me hubiese dado cien... No sé de
cosa más despreciable que una razón. Desde que esa vieja lela, cargada
de sentencias, cargada de paja y de abrojos, sale á relucir...
--En fin, él alegaría algún pretexto...
--No; si él estaba en lo firme. No me quería.
--¿Eso tuvo el valor de decirte?--gritó el Doctor, indignado.
--Eso precisamente no... pero es igual. Nunca eso se formula en
explícitas palabras. Seamos razonables, padrino; yo debo hacerle
justicia; no adobó embustes: habló franca y hasta brutalmente. Me
dijo las cosas que ruborizan y las cosas que desgarran; las cosas que
imprimen estigma y las cosas que asfixian, ¿sabes? Él no es insensible.
El dolor que causa, le duele. Casi en el acto le vi contrito. Su
contrición era un acceso de piedad, un desquite de la conciencia. No lo
dudes, tengo dos beneficios que agradecerle: el cauterio, y la caridad
de querer aplicar bálsamo sobre la quemadura. ¿Te parece poco?
--No es poco para la naturaleza humana...
--Te aseguro que no le acuso, no; el que no miente, no falta. Si pienso
en él, le veo lejos, lejos... mezclado y confundido con otras imágenes
y memorias, que en realidad forman una sola y se llaman--para mí--el
mundo de tierra.
Luz se levantó y paseó agitado por la estancia, buscando consuelos,
reactivos.
--Eso no es cierto--prorrumpió al cabo.--Si le hubieses borrado de tu
recuerdo, estarías tranquila; y no digo nada si algo nuevo hubieses
escrito en ella. Y no tienes más camino: te han vaciado el alma, te han
arrojado á la obscuridad. Llena el vacío, busca el sol.
Ella hizo un gesto de desahuciada que sabe que lo está.
--Dime, por lo que más quieras--insistió el Doctor.--¿Esta vez... fué
_como las otras_? ¿Querías más, ó por otro estilo?
Clara tardó en responder: parecía que se examinaba despacio, que
recorría todas las moradas del alcázar interior.
--Esta vez--pronunció al fin lentamente--hubo una diferencia que tú
sólo puedes apreciar, porque sabes que no miento. Antes... quise ser
feliz... pretensión que debe de constituir un crimen, según se castiga.
Ahora, ya lo sabes, no pedí tanto: sólo quise que por mí fuese feliz...
alguien. Puse mi felicidad fuera de mi egoísmo, y así pensé asegurarla.
Acaso la ilusión se disfrazaba de abnegación. Él me lo arrojó á la
cara.--“Lo que pasa es que me quieres, y á lo que aspiras es á tenerme
siempre cerca de ti, asociando nuestras vidas”.--¡Verdad! ¡Mi generosa
proposición envolvía un negocio... de amor... pero negocio, interés!
Respingo impetuoso de Luz.
--¡Si tal creyó, creyó una infamia! ¡Analizando así, se destruye y se
disuelve todo! ¡No concibo que exista en el mundo espectáculo más bello
que el de un alma como la tuya, cuando el amor la solivianta y la hace
descubrir lo que permanece oculto en la vida diaria y vulgar! ¡Mira,
niña, si yo no fuese... lo que soy para ti desde hace tantos años; si
te conociese ahora, como te conozco desde la hora en que naciste, diría
lo mismo! No hablo así por quererte tanto, no. ¡Es que como tú no hay
muchas! ¡Apasionada, te colocas á la altura de los caracteres heroicos:
se te caldea esa voluntad, se eleva ese corazoncito, y eres capaz de lo
más grande! ¿Y ese hombre es artista? ¿Cómo no ha sentido la belleza
que en ti resplandece? ¿Cómo no te adoró de rodillas? ¡Cuánta fuerza se
pierde, cuánta semilla cae sobre la roca!