--Ya veo que aquí estorbamos los pobres. Te has engreído, se te han

subido á la cabeza las marquesas. De poco sirve que sea uno amigo

viejo, el que pasó contigo tantas crujidas allá en América, cuando

comías pan reseco y tasajo, ¿te acuerdas? y subías al andamio á

embadurnar paredes... Tú ahora eres opulento, yo no tengo de qué... Si

esas dos mil pesetas fuesen mías, ¡qué fiesta en mi hogar! Se hartarían

los nenes; el pequeñín no se nos moriría, porque se nos ha largado el

pendón del ama; mi señora se compraría calzado y un mantón de abrigo;

consultaríamos al médico; satisfaría el pagaré. Lo que unos desprecian,

á otros les daría la vida. Así es este mundo amargo... Conque, abur,

hijo; dispensa...

Silvio se aplacó, se encogió de hombros.

--Tú eres quien ha de dispensar. ¡Dos mil pesetas no puedo dártelas! Á

ver... ¿Con cuánto remedias lo más urgente?

El sablista, palpitante, indicó:

--Unas mil y cien... Menos de eso...

--Suprimido el pico, ¿eh? Las tendrás mañana á esta hora; y ahora

lárgate... lárgate, y no pidas nada en diez años.

No quiso oir más el castizo tipo. Minutos después, en la acera de la

Puerta del Sol, exclamaba loco de alegría, parándose ante una señora

morena y pasada, que lucía monumental sombrero:

--¡Olé las jamonas hermosas!

En aquel mismo punto, ¡tirilirín! hacía irrupción en casa del artista

el fiel Marín Cenizate. Como la inmensa mayoría de los hombres,

Cenizate en sus actos partía del dato de sus propios sentimientos,

importándole los ajenos un comino; y siéndole infinitamente agradable

la compañía de Lago, no se fijaba en si Lago estaba á la recíproca.

Verdad que al decirle el artista: “Chico, vete”, ningún sentimiento

de amor propio lastimado mordía el corazón del adictísimo amigo.

Desfilaba... y hasta otra.

Como Silvio no le hiciese caso y siguiese trasteando para arreglar sus

desparramadas cajas de colores, Cenizate agitó los brazos ante los

retratos concluídos de Clara y Mariano Luz.

--¡Canela fina!--repetía entre dientes, con sofocación de

entusiasmo.--¡Canelita en rama, caballeros! ¡Vaya unos retratazos! ¡Que

se limpien los ojos los envidiosos de la Sociedad! ¡Que salgan ahora

con que si afeminado y si blando! ¡Ese retrato del señor tiene redaños,

redaños! Á quitarse el sombrero...

--¡Por Dios!--replicó Silvio, revolviendo febrilmente en una mesa

atestada de papeles, libros y cachivaches.--Me duele la cabeza... ¡No

me marees!

--Los exponemos--insistió Cenizate.--Dentro de un par de meses, van á

exhibir en el Hipódromo sus porquerías. Verás qué horrores. Llevas tú

este par de documentos y me los revientas. ¡Boca abajo todo el mundo!

Ó, escucha: mejor aún: ¿á qué aplazar? En Mayo tendrás preparadas otras

cosas bonitas... ¡Con la facilidad tuya! Estos me los conduzco yo

ahora mismito al Salón Amaré. ¡Buen golpe, buen estrépito!

Silvio se revolvió como un gato, blanco de ira, echando lumbre de sus

ojos, en tal momento felinos.

--¡Te guardarás! Los retratos ya no son míos. Están cobrados...

--Solicitando autorización...

--¡Necio! ¡Imbécil!--gritó el artista. Á pesar de su longanimidad, más

que el calificativo, el tono dolió á Cenizate, que retrocedió algo

inmutado. Silvio, de repente, se mesó el pelo, gimió.

--No sé lo que me digo... Si no te empeñas en atormentarme, no me

hables de esos retratos. No te importe por mí. ¿Á qué viene tanto

afecto? ¿Piensas que te correspondo? Te engañas. Á mi nadie debiera

quererme. Doy mal pago. Los cariños me apestan. Prefiero á los

envidiosos que dices tú. ¡Ojalá tuviese verdaderos envidiosos! No me

envidian: me rebajan con razón, que es distinto... ¡Manía la tuya de

ensalzarme! Y es que no entiendes de arte una patata. ¡Te mataría!

Cenizate, tranquilizado, desagraviado, sonrió, se acercó á Silvio.

--Arrechucho tenemos... No se hable más del caso. ¿Te hago tila? ¿Te

arreglo esa mesa, te preparo las cajas? Hoy vendrán muchas señoras. El

día está magnífico.

--¿Querrás creer--dijo Silvio, cambiando de tono con su acostumbrada

movilidad, y abriendo y cerrando á golpes los cajones del contador--que

me ha desaparecido mi petaquita de plata oxidada con el monograma de

rubíes, el regalo de la Sarbonet? Lo que me indigna es que, sin duda,

se la ha llevado el mal bicho de la gitana. ¡Qué mañitas!

--La dejas meterse aquí con una libertad...

--¿Qué he de hacer? ¿Mandarla esperar en la Saleta? Esa egipcia se

encapricha de todo... No ve fruslería que los ojos no se la encandilen.

Me tiene harto. Sabe de sobra que ya no quiero estudiarla, y vuelve y

vuelve... ¡Qué calamidad, un taller de pintor! Es una vega abierta...

--Pues bien pagada y bien recompensada está Churumbela, hijo, para

que venga á quitarte cosas. La semana pasada, sin que te sirviera de

modelo, ni Cristo que lo fundó, la diste cuatro duros. ¡Llevarse la

petaca! ¿Te parece que demos un parte?

--No--contestó el artista.

¡Tilín! La portera, resoplando:

--Aquí tié usté el remedio... ¡El recibí del Continental!... De la

tienda, que están con los marcos; que los remitirán cuando acaben. Unas

lonchas de pavo he traío de la Ceres pa el almuerzo. ¿Encenderé?

Absorbida la droga, funcionando la estufa, Silvio empezaba á sosegarse,

cuando ¡tilín, tilintín!--pasos precipitados, una ráfaga de aire frío

de la calle y de olor insufrible á esencia de clavo y pachulí... La

gitana en persona.

Cualquiera, aun sin ser artista, se agradaría de aparición tan

pintoresca. Churumbela, con la palma apoyada en el talle, el mantón

atado atrás, el pelo indómito alisado, con reflejos de empavonada

armadura, la expresión melosa y capciosa, propia de su raza, en

el perfilado semblante cetrino y en las largas pupilas de sombra;

entreabierta la boca bermeja, donde rebrillaba el nácar húmedo de los

sanos dientes,--no le iba en zaga á ninguna de las bohemias seductoras

del romanticismo.

No encontrando á Silvio solo, sus cejas delgadas se fruncieron; mas ya

el artista se lanzaba hacia ella, porque al verla había sentido ciego

impulso de cólera, la animosidad que engendra un largo hastío--hastío,

en este caso, de pintor fatigado de reproducir un tema, que se

complicaba con náusea moral, indefinible; especie de desagravio

involuntario á la Ayamonte.

--¡Á ver!--gritó.--¡Si no quieres que avise á la delegación, ya me

estás devolviendo ahora mismo mi petaca!

Retrocedió atónita la Churumbela, ensanchando los ojazos.

--¿Qué dise, señorito? ¿La petaca?

--Tú te la has llevado. ¡Á devolverla! ¡Perdida, tuna!

--¡Señorito... que yo no he cogío semejante mardesía petaca! ¡Por la

gloria e mi madre y por las yagas de Cristo Santísimo! ¡Así me condene

y me jagan en los infiernos picaíllo menúo! ¡Así me saquen er corasón

con cuchillos afilaos! ¡Sinco años llevo de andar entre pintores; er

señorito Marín lo dirá, y á ver cuándo Bruna la Churumbela, como usté

me yama, ha tomao valor de un perriyo que no sá suyo! ¡Soy honrá,

señorito, más honrá pué ser que muchas señorasas que usté pinta!--Y el

mirar salvaje y encelado de la gitana se clavó en los retratos.

--¡Ó te callas, ó...!--rugió Silvio, avanzando con los puños cerrados

y los dientes prietos. Se interpuso, asustado, Cenizate; retrocedió la

egipcia, y desde la puerta, con respingo de sierpe pisada, se volvió

para vociferar:

--¡Soy honrá por sima e la luna! ¡Negro día aqué en que te conosí, para

que me quitases er sentío! Eso é lo que tú me has robao, y no yo á ti

la susia petaca, ¿entiendes? ¡Malos mengues te coman á ti y á eya, y á

mí por sé una probe esgraciá, que no viste sea ni carsa guantes! ¡Er

pago que me das, meresío lo tengo; y agur, y Jesucristo y la Virgen te

perdonen, esaborío, que m’as sortao güena puñalá!

Y anegada en descompuesto llanto, Churumbela huyó á tropezones, batió

la puerta exterior, haciendo retemblar las paredes de la casa. Desde la

escalera se la oyó sollozar aún. Cenizate miraba sonriendo á Silvio.

--¿Conque ésta?...

El artista hizo un gesto de fatiga y de desdén.

--Pues chico, hasta la fecha no se sabía... Solano y varios la han

apretado bastante, y ella, nada. Modelo, corriente; otra cosa, no señor.

--¡Bah!--murmuró incrédulo Silvio, á cuya furia sucedía la

postración.--Ello es que mi petaca... ¿En qué casa de empeños ó cueva

de ladrones parará? Llaman... ¡Si es una señora, te vas volando!

Media hora después Silvio despachaba su fiambre é inconfortable

almuerzo, y bebía precipitadamente otra taza de te. ¡Tilirirín! La

_governess_ de casa de Torquemada, guarnecida de dos niños. Silvio, con

el estómago helado, á pesar de la infusión caliente, corrió al taller,

retiró del caballete á la Ayamonte, y puso en su lugar el empezado y

ya delicioso esbozo de una cabecita morena bajo una lluvia de bucles

negros--la niña Celi. Roberto, el varoncito, protestó. La _governess_

le echó una peluca sobre el tema de la galantería.

--Las damas, primero.

Y mientras la miss arreglaba el traje blanco de Celi, Robertito se dió

á curiosear la mesa, atestada de revistas ilustradas, de libros con

grabados, revueltos con bujerías y cachivaches tentadores.

--_Pray you, Robert..._--refunfuñó la miss, volviéndose;--y como

Silvio, maquinalmente, se volviere también, vió algo que le dejó

un instante hecho piedra. ¡La miss recogía, de manos del niño, la

petaca oxidada, donde brillaba el monograma de rubíes, y avanzaba á

entregársela á su legítimo dueño!

--Su estuche á sigaros, señor... El niño lo puede estropiar...

Para una caricatura, la expresión de la inglesa viendo que Silvio se

echaba á la cabeza ambas manos, en desesperado ademán, al mismo tiempo

que exclamaba, guardándose la petaca:

--Perdone usted... No puedo dar sesión hoy... Diga al conde que, si

gusta, envíe mañana los chicos...

--¿Se siente malo?

--Sí, algo indispuesto.

Sin más explicaciones, zafándose de la miss y sus alumnos, Silvio

corrió al dormitorio, recogió abrigo y sombrero, lastró el bolsillo con

un puñado de duros, únicos fondos que en casa tenía, y saltando las

escaleras de dos en dos, cruzando la calleja, voló á tomar un coche de

punto en el puesto de la Red de San Luis, dando al cochero las señas de

una calle mísera, en barrio extraviado y pobre.

* * * * *

Aquella noche, ya un poco tarde, Minia Dumbría, que á solas descifraba

un nocturno de Saint Saens en un armonio chico y cansado, se encontró

sorprendida con la visita de Silvio.

--¿Por qué no ha venido á cenar?--preguntó la compositora.

--Porque tenía el estómago revuelto y estoy á magnesia, á migranina,

á drogas. ¡Ay!--exclamó impaciente, sentándose sin ceremonia en el

sofá.--¡Qué antipático es ese florero de Venecia sobre el fondo carmesí

del damasco! Y ¿por qué se pone usted esta bata á rayas violeta? La

sienta como un tiro.

Se echó á reir Minia, y consagró con indiferencia una ojeada al florero

y á su _deshabillé_ de seda listada, holgado y sin pretensiones.

--Verdad que la combinación es fatal. ¡Azul, carmesí, violeta! Pero

si usted no estuviese tan desesperado hoy, no le sobresaltarían

semejantes menudencias. ¿Qué ocurre? Desahogue... Ya sabe mi teoría:

todos se confiesan; sólo que usted, equivocándose, ha escogido confesor

lego... ¿Cierro la puerta? Así... Bien...

Tardaba el artista en romper á explicarse. Al fin estalló la bomba.

--¿Está en casa la baronesa?

--No; en el teatro.

--¿Volverá pronto?

--La última de Lara se acaba cerca de la una.

--Aguardaré hasta entonces... Necesito verla inmediatamente.

--Para recoger el depósito de dinero, ¿verdad?

--¡Cómo me conoce usted!--suspiró Silvio, tomando la diestra de su

interlocutora y estrujándola con angustia de náufrago.

--¡Sus manos están hechas carámbanos! Acérquese á la estufa... Mi madre

le soltará á usted una filípica tremenda, merecida; pero le entregará

al punto lo que le haga falta.--Tranquilícese. Salga ese embuchado...

--¡Embuchado! Los embuchados y las contrariedades importan un bledo,

señora, cuando aquí dentro (golpeo de esternón) hay ánimos, hay

serenidad, hay esa flema de usted...

--¡Mi flema!--repitió Minia, hablándose á sí propia.

--Hoy fué un día desastroso para mí, un día negro; para otro, quizá

fuese un día como los demás. Á mí, esta tarde, volviendo de mi

excursión á las Injurias, nada menos que al paseo de las Yeserías,

hasta se me ocurría... ¡qué barbaridad! una de esas humoradas que

leemos en la prensa, y que entrando por la boca se alojan en la masa

encefálica. ¿No le parece á usted que esto es grave?

--Siempre. ¡Esa idea revela desarreglos nerviosos, lesiones ya

profundas! Es propia de _degenerados superiores_, como usted. Sin

embargo, á pesar de la relación que existe entre la sensibilidad

peculiar de usted y tal impulso, las circunstancias...

--¡Naturalmente! Oiga usted. Introito: mi portera se larga á recados,

y me quedo abriendo: lo más aborrecible. Á todas éstas, me acomete uno

de mis jaquecones. Llega el bueno de Crivelo, y el demonio la enreda de

suerte que no puedo negarle un préstamo de 1.000 pesetas...

--¡Incorregible!--gritó Minia, condolida de la hemorragia provocada por

el certero tajo de sable.

--Bien, suprima los regaños: con la baronesa basta... En seguida echo

de menos la petaca de plata, regalo de la Sarbonet; se me antoja que

me la ha quitado la gitana típica que tanta gracia le hace á usted, la

Churumbela; se aparece en aquel momento llovida del cielo, y la harto

de improperios; me pongo hecho una hiena; la pego casi...

--¡Pobrecilla! ¿Y no era ella?

--Verá usted... ¡Aguarde, que estamos empezando! Para desengrasar,

Marín Cenizate (el adicto que me abruma con todo el peso de su

adhesión) se empeña en exponer dos de mis retratos en el Salón Amaré,

para dejar bizcos á mis envidiosos. Así dijo el muy simple: á mis

envidiosos.

--¿No los tiene usted?

--No. En el verdadero sentido de esa palabra, no. ¡Y usted no lo

ignora! Sigo la relación. Vienen los chiquillos de Torquemada, y el

Robertito revuelve en mi mesa y me presenta... ¿qué dirá usted? ¡La

petaca, la petaca!

--¡Qué lance! ¿Ve usted? Tenemos el vicio de sospechar de los pobres.

Toda nuestra relación con ellos se basa en la sospecha. ¡Base extraña!

No sé cómo no nos han quitado ya hasta la respiración, porque si al

cabo les hemos de tener por ladrones...

--Cierto. Yo menos que nadie, pues fuí tan pobre, debía... En último

caso, ese modo de insultar porque nos quiten un dije inútil, esa

indignación ante pequeñeces, es algo bárbaro. En fin, me entró tal

fatiga, que á las Yeserías me fuí, y en la zahurda de la gitana casi me

arrodillé para que me absolviese.

--¿Y absolvió?

--Nada de eso. ¡Me trató peor que yo á ella! Me tiró á la cara el

dinero que la llevé. Y debe de hacerla falta. ¡Qué tugurio! ¡Tanto

churumbel color de aceituna! De todas maneras, quedé algo tranquilo con

haber reconocido mi yerro. “Pégame” la dije. “Á no matarte, desalmao,

no te toco”... fué la contestación; y allí se quedó llorando.

Calló. Minia reflexionaba; de un café próximo subían acordes, trozos de

música, amortiguados por la distancia. Silvio permanecía cabizbajo. La

compositora, mirándole fijamente, articuló por fin:

--Y... ¿no hay más? ¿No hay otro... embuchado?

--Embuchado no y embuchado sí... ¡Caso que lo fuese, ya se acabó! ¡Ñac,

ñac! Trueno...

Y Silvio castañeteaba sus dedos largos, flexibles.

Minia, repentinamente grave, prorrumpió:

--Culpa de usted, de fijo.

--Culpa mía... Lo reconozco. He estado despiadado, tremendo...

--¡Pobre mujer! ¡Y yo que la creo tan leal!

--Y no se equivoca usted--declaró Silvio con calor.--Por eso me odio.

Debí producirme de otra manera. Eso, eso es lo que me puso los nervios

locos.

--Si es sólo una riña... se arreglará--murmuró la compositora.

--¡Ni se arreglará, ni lo deseo! Del desarreglo me felicito. Lo que

me escuece son las formas que empleé. No procede así un hombre. Y es

que á cada hora del día soy distinto: créalo usted. Tan pronto me las

apostaría con los de la Tabla Redonda, como me sería indiferente hacer

méritos para ir á presidio.

--¡Exageraciones á un lado! Sepamos qué ha ocurrido--repuso Minia,

curiosa de lo sentimental, como todas las mujeres.

--Atención... Ha ocurrido... ¡el diablo son ustedes!--que quería...

quería casarse conmigo. Ea, ¿qué tal?

De sorpresa, se persignó Minia. Era conocida, proverbial, la

repugnancia de Clara Ayamonte á las segundas nupcias, y de esto, como

de otras cosas, se acusaba al Doctor Luz y á su pedagogía disolvente.

--¡Casarse con usted!--repitió.--¿Es de veras?

--Y tan de veras. Para darme medios de seguir mi vocación: para que no

haya más cromitos.

La confidente, con vivacidad, pegó una palmada en el borde del sofá, y

exclamó:

--¡Cuando yo decía que no es una mujer vulgar! Ese conato generoso,

óigalo bien, no lo tendrá ninguna de las que usted ha de engatusar

todavía, á pretexto de retrato. Lo que es ésta (confirmo mi opinión)

sentía, sentía en el alma. ¿Y usted la maltrató por tal ocurrencia?

Pues, sencillamente, le resolvía el porvenir. Cuidado, Silvio; lo

primero que hemos de hacer es ver claro en nosotros mismos y trazarnos

la vía.

--Trazada la tengo... ¡y aunque sea menester ir pisando brasas...!

--¡Fantasías...! Se equivoca. ¿Qué vía ni qué niño muerto? _Aspirar no

es querer._ Fíjese: vino usted aquí con el pío de que tres ó cuatro

retratos al mes le diesen para subsistir mientras ahondaba en labor

más seria. Por un golpe de varilla mágica, en vez de tres ó cuatro,

son treinta, cuarenta, cien encargos los que, apremiantes, le caen

encima. ¡Y qué clientela! La crema, la espuma, el éter de la sociedad.

Se susurra que ya fermenta el encargo de Palacio... Muy bien. ¿De

qué le sirve para la _aspiración_ tal golpe de fortuna? ¿Ahonda? Ni

un azadonazo. ¿Ha recaudado siquiera fondos, tesoro de guerra? De su

ensueño se halla usted á mayor distancia que el día en que, con ropa

raída de verano, en segunda, llegó á esta villa y corte. Le faltan á

usted condiciones vulgares, y acaso reúne facultades extraordinarias.

Ni sabe ahorrar, ni reservarse, ni metodizar el trabajo. No será usted

_snob_, no adora la sociedad; pero se deja arrastrar por ella, y será

vencido. Está usted cogido en un engranaje enteramente incompatible

con las altas inquietudes que me descubrió en Alborada... Y viene una

mujer, llena de cariño, poseedora de cuantiosa hacienda, distinguida,

intelectual, sensible, á acercarle al ideal, suprimiéndole toda

preocupación del orden práctico, y la recibe, por lo visto, á puntapiés.

El artista, preocupado, se mordía el rubio bigote.

--¡Y mi libertad!--clamó.--¡Señora, usted es muy ilusa! Clara,

probablemente, lo que buscaba era impedir que yo retrate á otras; en

una palabra, hacerme suyo... comprarme.

--Yo ilusa y usted fatuo é ingrato... ¡Vaya unas deducciones bonitas!

¿De dónde saca tales supuestos?--replicó Minia, indignada.--Clara es

incapaz de un cálculo egoísta, mezquino. Júzguenla como quieran, y sin

que yo la canonice, su carácter y su corazón valen oro. Esa mujer lee

en su destino de usted y lo interpreta mejor que el interesado...

--Diga usted, al menos, que el desinteresado...--objetó Silvio.

--¡Conforme!--prosiguió ella, riendo otra vez, á su pesar, como se ríe

la salida de un niño.--Confiese que Clara pudo encontrar novio, novios

más brillantes, en su esfera social, que usted... Los móviles de su

proposición la honran: asociarse á una vocación de artista, dar alas al

genio... ¡La libertad, dice usted! ¡Ah, bobo! ¡Ya verá qué libertad le

aguarda! Cada elegante cliente trae en la mano un eslaboncito de cadena

para soldarlo al anterior. Cuál es de oro, cuál de plata, cuál de

diamantes roca antigua, cuál de diamantes al boro... Todos eslabones.

¡El tiempo me dará la razón!

Agachaba Silvio la cabeza bajo la rociada. Minia, persuasiva, apretó.

--Ahora empieza el sermón... La idea de Clara no representaba para

usted solamente la libertad económica: representaba algo superior: el

arreglo de su conducta, su moralidad. ¡No le amonesto á usted en nombre

de cosas... en que usted no cree; no se trata de eso...!

--¡Sí se tratará!--rezongó Silvio.--¡Siempre respira usted por la

herida! El otro mundo, ¿verdad? ¿La cuenta que hemos de dar, etcétera?

--¡Ah! ¡Si yo pudiese inculcarle _eso_!--Y Minia bajó la fervorosa

voz.--Pero eso no se inculca. Eso es lo más inefable: es la _gracia_...

Dice Fray Luis de Granada que la gracia cura el entendimiento y sana

las llagas de la voluntad; pero no dice que el entendimiento y la

voluntad basten para recibir el don de la gracia. Hay quien puede

otorgárselo á usted. Él se lo otorgue.--Así es que hablaremos... en

profano, en mundano y en crudo.--¿Se figura usted que su aspiración no

sucumbirá, más ó menos pronto, á manos del libertinaje? ¿Cree usted que

su salud no se resentirá también?

--¿Qué es eso de libertinaje? ¡Vaya una palabreja cursi! Ni que fuese

usted Goizán, el de Marineda, que me escribe retahilas de desatinos y

me cuelga la lista de las _mile e tre_... ¿No se ha enterado, señora,

de que no gasto pasiones volcánicas?

--¡Las pasiones no son el libertinaje! Cuanto más árido y seco el

corazón, más expuesto un hombre en su situación de usted al desorden

moral... y físico. Goizán verá visiones... lo cual no quita que tenga

razón. Siempre sobrarán ocasiones fáciles, donde falten cariños hondos

que, á defecto de mejor escudo, protegiesen á usted. Ya está usted

picado al juego. Se arruinará usted gastando perros chicos... pero se

arruinará. Con Clara, el arte y la existencia tranquila; por añadidura,

el amor.

--Ta, ta, ta...--Señora, señora... No la conocía á usted casamentera.

¡Vaya un nuevo aspecto de su eximia personalidad! Ahora me permitirá

que hable. Encarece usted mucho la lealtad de Clara, su generosidad; no

se deje engañar; yo calo más: eso se llama... que me quiere. Hoy, mucho

de dar alas á mi _genio_; mañana, las recortará con sus tijeras de

tocador. Clara es ilustrada, su temple de alma muy noble; corriente...

pero es mujer, y para ella, lo primero, el amor; lo segundo, el amor...

y lo tercero, el amor; ¡qué rábanos! No puedo contratar sobre tal base.

Y recibir y no dar... tampoco es lucido papel. Atrévase usted á jurar

que, en mi pellejo, diría _sí_. ¡Quiá! Los que la Quimera roza con sus

alas gustan de ser independientes, con feroz independencia, y luchar y

morir; y si no llegan adonde pensaron... pensar en llegar les basta.

Supone usted que puede arrastrarme la sociedad... que no me reservo...

¡Pues si no me reservase un poco! ¡Á mí déjeme usted: los consejos me

crispan!

--Me río de sus crispaciones. ¿No ha venido á hacerme confidencias?

Fúmese ese cigarrillo musulmán, regalo de Turkán Bey; como tiene opio,

le servirá de calmante. Y pues se crispa tanto, sepa que aún falta el

consejo mejor.

--¿Cuál, vamos á ver? Alguna sentencia que soltó algún fraile.

--Una sentencia de Sancho Panza. Que en atención á que sus pasteles

le proporcionan dinero, elogios y relaciones cada día más altas, á

ellos se atenga y no busque pan de trastrigo. Déjese de andar contando

á la gente que sus retratos son cromos: en primer lugar, no lo son;

en segundo, la gente se apresura á creer cuanto malo decimos de

nosotros mismos. Pudiera suceder, Silvio, que ese género delicado y

aristocrático y algo artificioso fuese el que la Naturaleza ha querido

que usted represente dentro del arte. Es usted el único que lo cultiva

hoy. Ya eso sólo... Quédese donde está bien; así habló Zaratrustra.

--¡Ya sabe que _no puedo_! Cuantos obstáculos se me opongan los

arrollaré; y pues el más frecuente es la mujer, la mandaré al demonio.

Para el trabajo que me cuesta...

--¿Cree usted eso? Nunca interpretamos nuestro enigma. Silvio, aunque

no le llegue á usted al alma la mujer--está usted en sus manos.--Es el

grave inconveniente de su especialidad; yo al pronto no lo sospechaba.

Por la mujer gana usted nombre; por la mujer, dinero; por la mujer,

llegará á entrar en las casas más inaccesibles; á la mujer se encuentra

usted sujeto; la respira; la lleva ya en las venas. Es la invasión

lenta, de cada segundo, á la cual no se resiste; el proceso orgánico.

Sueña usted rudezas y violencias y verdades desnudas de arte, y la

mano se le va, sin querer, hacia la dulce mentira de la dama; mentira

de formas, mentira de edades, mentira de figurines, mentira, mentira...

Sólo le salvaría el _amor_, un amor bueno, digno, total...; ¡y cuando

asoma, le pega usted azotes al pobre chiquillo!

Un suspiro profundo del artista comentó las observaciones, demasiado

exactas, de la compositora.

--Estoy muy triste. ¡Si tuviese usted razón!

--La tengo. Reconcíliese con Clara.

La Quimera · 第 9 / 33 段