Recorrían la larga avenida solitaria del Prado, dirigiéndose á

Recoletos, donde ya bullía la gente mesocrática, trapitos al sol,

paseando ó sentada cara á los coches, curioseando ávidamente un perfil

conocido, un abrigo de última. La berlina torció hacia el Retiro. Los

cascos de los caballos percutían con ruido rítmico, pleno, el suelo

raso, bien nivelado; el correaje de los arneses crujía de flamante;

ligera espuma revolaba sobre los frenos. Una impresión de superioridad,

de existencia amplia y lujosa, surgía, no sólo del paso raudo de los

trenes, sino del parque, esmeradamente cuidado, del noble aspecto de la

vegetación, de las plantas raras, lozanas, fuertes, de las canastillas

en temprana florescencia, de las blancuras de estatua entrevistas sobre

el verdor del _grass_. Ni siquiera formaba contraste la aparición

de los dos ó tres golfillos mimados, privilegiados, que postulaban

familiarmente, llamando á los aristócratas por su nombre, poniendo

cara de risa, colocando chistes de teatro y almanaque, porque allí,

entre los señorones, no vale pordiosear con lástimas. Los golfillos,

conocedores de su clientela, iban limpios, lavados, y deslizaban,

entre su postulación, al oído de alguna señorita: “Por ay viene el

sito Andrés, á caballo... Junto al Angel quedaba”. Á Micaela Mendoza

nada tenían que avisarla los golfos correveidiles. Era de esas hijas

de madre bulliciosa, á quienes en los primeros tiempos de su salida

al mundo envuelve y eclipsa el remolino maternal. No se impacientaba

Micaelita: sentada la cabeza, aguzado el olfato, ojo avizor, aguardaba

la hora...

Á inconmensurable distancia espiritual del cuerpo juvenil que rozaba

con el suyo, Clara, asomando la cabeza por la abierta ventanilla,

miraba hacia la avenida donde pasea la gente de á pie, menos numerosa,

algo más selecta que en Recoletos. Una vuelta... pero _nada_ divisó.

Experimentó esa sensación de vacío y aridez que producen las multitudes

cuando entre ellas no está lo único que interesa. Á la segunda vuelta,

cerca ya del grupo de rebajuelos pinabetes, vió Clara _algo_... Su

delicada palidez se acentuó; un estremecimiento de felicidad, hondo,

impetuoso, como jamás lo había experimentado cerca del mismo Silvio,

activó el curso de su sangre y aceleró su respiración, al divisar

al artista, al cambiar con él una sonrisa de saludo y una seña

imperceptible.

--¡Hola! ¡El retratista guapo!--exclamó Micaelita.--¿Vas allí, eh? Hay

bebedizos en sus pasteles. Dicen que es un modisto delicioso. Mamá

empeñada en que yo me he de retratar con mi traje azul y ella con su

gran caparazón _vert amande_, de Laferriére... ¡Y qué bien se arregla

ahora! ¡Si va hecho un gomoso!...

Las palabras de su sobrina convirtieron en nácar rosa el marfil de

la piel de la Ayamonte; y su voz, enronquecida, subía del moderado

diapasón habitual cuando pronunció:

--Repites las tonterías que oyes, Micaela, y eso no está ni medio bien.

Á tu edad más vale callar cuando no se sabe lo que se va á decir. Lago

no es un modisto, sino un gran artista, como lo prueba el retrato de mi

padrino que está terminando; pero la gente no entiende y sale del paso

con vulgaridades.

--Perdona, tiíta--murmuró Micaela, entre confusa y avispada.--Si

sospechase que ibas á molestarte...--Y la sorprendió con un abrazo

para convencerse de que palpitaba toda.

--Molestarme, no... Es que me da pena que te inspires en Angustias

Camargo y los bobos de su trinca...

El resto de la tarde, tía y sobrina conversaron de una manera forzada.

Ni en Lhardy, al mordisquear los _petits fours_, se aflojó la tirantez.

Micaela rumiaba el descubrimiento; Clara no podía calmar el hervor de

la indignación. ¡Silvio, un modisto! Sola ya en el coche, habiendo

dejado á la muchacha á la puerta de su hotel, sonrió Clara y se frotó

las manos nerviosamente. ¡Ya verían si era modisto, cuando ella le

colocase en situación de desplegar las hermosas alas de su genio!

Disipó prontamente esta idea el remolino de las otras. La dulce

calentura de la esperanza, una vez más, abrasó las venas de la

Ayamonte. Al rodar de la berlina, que se abría disputado paso por

las calles atestadas de gente, la enamorada, aislándose, cayó en una

de esas meditaciones del porvenir que jamás supera, ni aun iguala,

la realidad. Era un ensueño amoroso que mucho tenía de heroico, en

el bello sentido de la palabra, pues Clara adivinaba y paladeaba el

sacrificio. “Todo por él... Con él, á las Mecas del arte: París,

Florencia, Amberes... Los medios de estudiar, de combatir, de vencer...

Su triunfo, debido á mí; su gloria, obra mía...” Y el sabor de la

abnegación era como de miel, y su fragancia como de vino puro y añejo,

que embarga los sentidos.

Al encontrarse el padrino y ella sentados fronteros, á la mesa del

comedor, demasiado amplia para dos personas, por cima del centro de

mesa de jacintos y blancas lilas, Luz buscó el mirar de Clara, y lo

encontró, y sintió su fuerza. Nunca tanta riqueza espiritual había

brillado en aquellas pupilas radiantes.

--¡Tal vez ahora sea feliz!--pensó el Doctor.--Y en voz alta, deseoso

de traer la conversación á terreno simpático:

--¿Sabes que mi retrato cada día me gusta más? ¡Desde que tiene toda la

intensidad de los toques de color, me parece tan franco, tan sincero,

tan _yo_! Obra maestra, niña.

No respondió Clara. Interrogaba con los ojos, y la ojeada, imperiosa y

expresiva, penetró en la voluntad del sabio como un cuchillo.

--El talento es innegable--prosiguió él.--Sólo necesita ambiente, y...

salud. No es fuerte, no es demasiado robusto _nuestro_ artista...

Tengo el deber de decírtelo, Clara, _antes_ de que... Noto en él

predisposiciones nada tranquilizadoras.

Clara continuó silenciosa. Bebió de un sorbo su copa de Saint-Galmier,

carminada con Burdeos. Y fresca la garganta, en tono resuelto, con la

lentitud que da á las palabras gravedad solemne:

--¡Padrino--articuló,--lo que notas en él son rastros de la miseria,

heridas de la batalla! ¡Si estás conforme y ratificas tu benevolencia,

habrá ambiente, y salud, y celebridad y todo!

--Sea como tú quieres--exclamó él, enviando á Clara una sonrisa de

indulgencia y bondad infinita.

Sin preocuparse de la presencia del criado que servía, correcto é

impasible, Clara se levantó de súbito, y fué á besar la frente y

el arranque del pelo ya casi blanco, todavía arremolinado con brío

juvenil, del Doctor.

* * * * *

Á las diez y media de aquella misma noche, el taller de Silvio Lago

se encontraba plenamente iluminado por la luna, que se filtraba al

través del amplio ventanal de vidrieras. La puerta que comunicaba con

el pasillo se abrió despacio, y un grupo de dos figuras estrechamente

enlazadas fué á reclinarse en el canapé Imperio, sembrado de fofos

almohadones, y donde la claridad del satélite recaía con prestigios

de teatral decoración. Un momento la mujer permaneció recostada en el

pecho del hombre; pero éste se desvió de pronto, y descolgando de la

pared una guitarra que formaba trofeo con dos caretas japonesas, y

arrimando al canapé una silla bajita, empezó á puntear distraidamente

una jota. Lo trivial de la música podía perdonarse en gracia de lo

atractivo del escenario. Los muebles, los objetos de arte, el contador,

el arcón, adquirían en la penumbra suave dignidad y misterio. El

soberbio retrato de Luz, allá en el caballete, cerca del estrado,

recibe un rayo de plata en fusión y parece moverse y respirar. Y la

mujer reclinada sobre los almohadones, sonriente, marmórea, alargando

los brazos, se asemeja á una estatua amorosa, que llama y atrae, para

murmurar al oído la última regalada confidencia.

--¿Te aburre mi guitarreo?--preguntó Silvio con resignación.--¿Quieres

que te traiga una copa de Málaga y unos dulces?

--No...--respondió Clara.--Quiero que vengas aquí, aquí.

Ojos menos vendados que los de la Ayamonte hubiesen observado en el

movimiento de aproximación de Silvio una violencia nerviosa, rayana en

repugnancia. “¡Todavía!” La cruda palabra no asomó á los labios; se

quedó en los recovecos del cerebro, donde el pensamiento se desnuda

cínicamente.

Clara pasó el brazo alrededor del cuello del artista, atrajo hacia sí

la frente y halagó con su mano de raso las sienes húmedas. Los dedos de

la enamorada entrejugaron con el rizado pelo rubio obscuro, despeinado

y revuelto entonces.

--¿Quieres que dé luz, nena?--interrogó el prisionero, deseoso de

evadirse.

--¡No! Si está divino el taller ahora; y además, para lo que vamos á

charlar... ¡prefiero el misterio! Súbeme el abrigo... así...

Silvio obedeció. Era el abrigo amplia pelliza de seda acolchada,

obscura y modesta por fuera, al interior forrada de riquísimo brochado

azul modernista. Clara echó sobre los hombros del artista un pedazo

de la fastuosa envoltura, y al sentir que el mismo tibio ambiente les

rodeaba, se decidió:

--Vamos á tratar de cosas formales... Déjame enterarme... ¿Tienes

probabilidades de romper la cadena? ¿Podrás dentro de poco renunciar á

los retratos y dedicarte á lo serio?

--¡Pch!--murmuró Silvio, interesado en la conversación.--¡Hija mía, eso

es fantástico!... ¡Por ahora al menos... y hasta sabe Dios qué fecha...

héteme cogido, atado á la rueda, vuelta y dale! Gano y gasto; ¡no sé

cómo lo arregla el demonio! Tengo un ahorro insignificante en poder de

la baronesa de Dumbría, que me lo guarda para que no lo derroche, pero

es por si enfermo y muero, no tengan que enterrarme de limosna...

--¡Calla!--gritó Clara, estremecida.--¡Loco! á ver si te pego en la

boca para atajarte el disparatar... Si yo me alegro, me alegro, de que

el remolino de los retratos _smart_ no te dé resultado para cumplir tus

anhelos... ¿No sería bonito--dí--hacerles una reverencia de corte á

todas las majaderas que vienen pidiéndote perlas de Cleopatra y veinte

años perpetuos, y volar adonde la vocación te llama?

Silvio inclinó la cabeza con desaliento.

--¡Bonito! Más que bonito, precioso... ¡Me encuentro tan harto ya de

producir calcomanías! Perdona; tu famoso retrato, que nunca se acababa

porque no queríamos que se acabase, ese... calcomanía pesetera... ¿Á

qué discutirlo? El de tu padrino... regular... Le falta... algo le

falta, ¿eh? no pienses que yo no lo comprendo. Le falta nervio, puño,

arranque... ¡El afeminamiento no se sacude en un día! Bueno: también

creo algo aceptable ese estudio de Lina Moros con el traje ceñido de

paño _prune_. Verdad que las líneas de esa mujer son de una perfección

desesperante. Nunca las copiaré en todo su hechizo.

Clara se desvió del artista, rápida, involuntariamente. No era la

primera vez que sentía celos bajos y degradantes, por lo mismo más

torturadores, de la beldad profesional con tal insistencia reproducida

por los lápices de Silvio, con tal entusiasmo elogiada por su boca.

--He dicho una tontería--murmuró él, percibiendo el movimiento

retráctil de la dama.--Es que Lina es para mí como un modelo: la

estudio y la estudio, pues entre las que cobran no hay formas así...

No estés triste--continuó apiadado, acercándose á Clara con cierto

infantil mimo.--Eso es arte, y yo... artista me conociste y artista

seré.

Ella adquirió entonces un poco de valor. Deseaba sobreponerse á todo

egoísmo, elevar, acendrar su pasión humana. Suplicante, precipitada,

lanzó el gran propósito.

--De ti sólo depende redimirte de esta esclavitud...

--¿Cómo?

Un susurro, especie de caricia al oído.

--Casándonos...

La voz, ¡qué ronca! El corazón, ¡qué desquiciado! Los ojos, ¡qué

humildes, qué imploradores!

Silvio, en un rato, no contestó. Se creería que no había entendido.

Al fin... Clara trepidaba de ansiedad... Al fin, se echó á reir

jovialmente y se puso en pie de un salto.

--¡Casarnos, nena! ¡Casarse! Y eso, ¿cuándo se te ha ocurrido?

¡Pobrecilla! Á ver: ¿es discurso del padrino... ó tuyo?

--¿Por qué me contestas así?--repuso Clara irguiéndose á su vez,

recobrando energía ante lo que tomaba por burla.--¿Qué motivos tienes?

¿Quieres á otra? ¿Me desprecias mucho, porque... por lo que hay entre

nosotros? Franqueza, Silvio... la verdad.

--¡Entera!... De haberte mentido á ti, que no lo mereces, jamás tendré

que acusarme. Se les miente á las coquetas, á las tunantas... Á las

buenas... no. Tú eres algo romántica; no sé si te convencerá lo que te

diga. ¡Es tan prosaico! Es que yo no puedo casarme, ¿sabes? ¡No sirvo

para tal vida: serías la mujer más infeliz!

--¡No importa!--gritó Clara descubriendo toda su sed mortal de

sacrificio.--No pienses en mí. Que triunfes... y me basta. Soy tu

pedestal. Písame... No voy á caza de dicha. Nunca esperé conseguirla

queriendo. ¿Te acuerdas del _primer día_? Lloraba...

--¡Válgame Dios! ¡En qué conflicto me pones!--articuló Silvio, algo

conmovido, abrazándosela.--Hay verdades demasiado descarnadas...

Bueno, ¡qué remedio! Las soltaré. Serías infeliz tú y más infeliz yo.

Á los ocho días, ¿sabes? viviendo con ella, viéndola peinarse, comer,

toser--no hay mujer que no me hastíe. ¿Digo hastío? Aborrecimiento. Me

juzgas por mi carita y por el tipo Van Dyck. No me conoces. Soy muy

bárbaro, mucho. Además estoy embrujado. Sólo existo para mis sueños...

--¡Ay de mí!--sollozó Clara.--¡Yo también!

--Sí... ya lo voy notando. ¡Por algo dije que nos parecemos... en la

expresión de la fisonomía! Tu sueño es de amor, el mío... de belleza,

de gloria; el tuyo es natural, el mío á veces creo que diabólico.

Venga del infierno ó del paraíso, ¡le pertenezco!

--Es que no me querrás--balbuceó Clara.

--No; de esa manera que tú desearías... no--repitió ferozmente

Silvio.--Perdona; ya convinimos en que todo, excepto mentir. No te

quiero _así_, y llegaría ¡yo qué sé! ¡á odiarte!

Ella vaciló, se esforzó para no desplomarse bajo el golpe.

--Lo sabía--arrancó con dolor inmenso.--Sólo que no quería saberlo...

¡Haces bien en no engañarme!

--No lo mereces. Si te engañase, sería aún más malo de lo que soy.

¡Ah! Soy malo: por éstas: malo, desalmado. Sólo tengo entrañas para mi

loco deseo de pintar como los semidioses. Á trueque de conseguirlo...

mira... á mi propia madre hubiese echado al arroyo, como á un perro.

¿Y qué tiene de extraño? El sentido moral se suprime ante estas ideas

fijas. Ó demente, ó bribón: escoge. ¡Vaya un marido que te preparabas!

--Escucha, Silvio--imploró Clara con humilde

mansedumbre.--Expliquémonos sin rodeos. Lo que te ofrezco es

justamente el único medio que existe de que sigas tu vocación. Te

estás incapacitando para ella. No creas que no entiendo algo de arte.

Retratos por oficio, pueden hacerse unos meses, un año; pero á la

larga, te amanerarás. Rompe los grillos. Yo seré feliz si tú eres

grande. Necesito un objeto, una obra... Hay en mí un pozo de amargura,

una estepa de soledad. Mi propia vida no me importa casi. Hacer de

ti lo que estás llamado á ser, me bastará para recompensa. Si te

hastías... viajarás, volverás. Tendré calma. No me induce cálculo

alguno... ¡Te quiero tanto!

Al exclamar así, Clara arrastró dulcemente á Silvio al canapé. Á fuer

de legítima apasionada, dolorida aún por el desamor, siempre fiaba en

los ardides de su corazón, en el contagio de su ternura. El artista

frunció el ceño y volvió á desceñir los blancos brazos, que surgían

de las holgadas mangas de encaje antiguo. Torvo y malhumorado, en pie

frente á Clara, alzó los hombros.

--Eso, eso es lo que hay... Me quieres... ¡Razón suprema! Las mujeres,

cuando os encapricháis... Aquí el juicio lo represento yo. Tú, no más

que la impresión del momento. Casarnos, y tenerme siempre contigo. ¡Te

lucías! ¿Qué ibas á tener? ¡Ni mi cuerpo siquiera...!

Silvio comprendía que se expresaba desvergonzadamente, y no acertaba

á remediarlo... Sus nervios, como siempre, mandaban en él; los sentía

tenderse de impaciencia, de enojo, ante el amor de una mujer dispuesta

á coartar su libertad bohemia, unciéndole á un yugo áureo. “¡Dinero!”

pensaba. “¡Todo lo resuelven con dinero!” Y la aspereza, la brutalidad,

crecían en él; á puñadas se hubiese defendido.

--¡Ni mi cuerpo!--repitió.--Es preciso que me conozcas á fondo, y que

me dejes por cosa perdida. Hace cuatro ó cinco días lo más, en ese

mismo canapé, estaba sentada la modelo de pago, una gitana que huele

á bravío; y yo... sin acordarme de ti, como no me acordaría de otra,

aunque fuese la misma Dulcinea... Ya ves qué poco me parezco á tu

ideal; ya ves cómo engañan mis ojos, mi gesto de melancolía sublime...

¡Si supieses! Tengo un primo panadero, que es mi retrato. Estoy por

escribirle: “vente, repartiremos las conquistas...” ¿Qué diría él

amasando sus roscas?

Aquí el atroz monólogo se interrumpió. Del canapé no salía ni protesta

ni sollozo. Clara se arrebujaba apresuradamente en el abrigo; largos

escalofríos recorrían su cuerpo. Sus dientes se entrechocaban. El ruido

imperceptible, rítmico, que producían, aterró á Silvio al modo que

aterra á los medrosos el trueno. Corrió á arrojarse á los pies de la

dama, prosternado.

--Te he ofendido, nena. Perdón. Soy un vil miserable; no hagas caso,

despréciame. Hay horas en que no sé lo que digo ni lo que hago.

¡Perdón, perdón!

Clara no se movió. Rebozada hasta los ojos, temblando, tartamudeó muy

quedo:

--Lo vil, lo miserable, es esto que llaman amor. ¡Qué vergüenza!

Y añadió con imperio, irguiéndose:

--Enciende... Voy á vestirme.

Obedeció el artista. Conocía que era imposible destruir el efecto de

sus palabras, de su impremeditada confesión. Hay cosas que una vez

dichas... Dió vuelta á la llave; las luces eléctricas, de dura claridad

positiva, se comieron la de ensueño de la luna, y la Ayamonte rompió á

andar, volviéndose desde el umbral para contemplar por última vez el

taller, los retratos esparcidos, el contador reluciente de bronces,

sobre el cual una Madona gótica, de madera pintada y estofada, sonreía

con celeste ingenuidad, disputando una manzana al Infante. Permaneció

Clara en el tocador pocos minutos; salió, arropada la cabeza en la

mantilla negra, oculto el cuerpo por la holgada pelliza uniformemente

obscura. Su cara, color de yeso, parecía haber adelgazado súbitamente,

y sus ojos, enrojecidos, ardían, mientras la boca se consumía, y se

afilaba, como en las agonías, la azulada nariz. El pintor se lanzó

hacia la dama y la abrazó de estrujón, mientras cubría de caricias

arrebatadas aquella mascarilla trágica, fría, sepulcral.

--¡Nunca te quise sino ahora!--repetía, persuadido de sentir así, en

aquel pronto,--nena, nena; me hace daño verte tan pálida. ¡La boquita!

¡Quédate! ¡Vuelve mañana! Mira que te esperaré...

Ella se desprendió, desviándose con fuerza. Echó á andar pasillo

adelante, llegó á la puerta, descorrió el cerrojo, tiró del resbalón...

--Dame al menos tiempo á coger sombrero y gabán... ¿Vas á ir sola hasta

encontrar coche?

Estaba ya en el segundo rellano de la escalera, y desde él, entre la

obscuridad, murmuró sencillamente:

--Adiós, Silvio.

* * * * *

_Marzo-Abril._--Silvio se levantó de humor endiablado, rabioso contra

sí mismo, al día siguiente de la ruptura con Clara. Por su gusto no

saldría del abrigo del lecho; pero justamente, tenía citada á una

cáfila de señoras... Saltó descalzo á los fríos baldosines, renegando

de la dura ley. Mientras se chapuzaba en la palangana, estremecido,

redactaba mentalmente la carta á la vizcondesa de Ayamonte. No para

reanudar, ni menos para aceptar la propuesta... Para repetir que la

quería como nunca la había querido; que se reconocía un miserable, y

solicitaba de rodillas absolución.

--No pondría otra cosa el hombre más prendado--pensaba media hora

después, al lacrar,--y en este instante me sale de dentro escribir

así...; y si ella me contestase “bueno, iré á firmar las paces...”, soy

capaz de volver á ofenderla para que se largue pronto. No; ella no es

como yo; ella tiene distinto carácter; no pone aquí los pies. ¡La he

precipitado desde tan alto! ¡Bah!--añadió, viendo entrar á la portera

con el servicio del te.--Así emigrasen todas á Cochinchina... No sirven

más que para levantar jaquecas como la que me está amagando. Se prepara

el gran día... Oiga usted--añadió, dirigiéndose á la comadre.--Vaya

usted á la botica por esta receta de migranina... ¡No ponga usted cara

atontada! Al Continental, calle de Tetuán, que lleven esta carta...

Encienda bien la estufa... Pásese por la tienda de marcos, que envíen

lo que les encargué... ¿No me podría usted arreglar un puchero, algo de

comida sana, para hoy?... ¿No entiende?

--Dios, ¡qué barbaridá! Entender, sí, señor...; pero no alcanzará

el tiempo, señorito... Primero que despacho tanto divino recao...

Y la portería abandoná, porque á mi esposo hoy le han avisao de la

Ministración pa unos papeles...

--Bueno; otro día de comer frío...--calculó enervado el artista.--¡Cómo

se multiplican las necesidades!... Habrá que tomar un criado...

Respondiendo á sus pensamientos, la portera advirtió:

--Salga usted si llaman. Abajo no quea nadie.

Silvio tragaba el último sorbo de te, cuando... tilín: la apremiante

campanilla.

--¡Á estas horas!--refunfuñó, corriendo á la puerta.--¡Ah, eres

tú!--murmuró desalentado, al vislumbrar la castiza jeta de Crivelo

tras el embozo de una capa raída. Aquel eterno chupón se parecía más

que nunca á un retrato antiguo, cuando subía tres dedos de chafado

terciopelo carmesí á la altura del mostacho.

--Vienes en mala ocasión--declaró Silvio, atravesado en la puerta, como

obstruyéndola.--Me encuentro sin un céntimo, chico; sin un céntimo.

El enjuto Crivelo se hizo atrás, desembozándose con gallardía hidalga.

Era un completo tipo español, entre alabardero y soldado de los tercios

invencibles; faltábanle tizona y chambergo, sustituído por abollado

hongo.

--¿Quién te pide nada?--pronunció en tono de herida dignidad.--¿Ó te

desdeñas de que entre á informarme de la salud?

Las mejillas de Silvio se enrojecieron. No había cosa más contra su

genio que humillar á los menesterosos.

--¡Qué disparate! Adelante, hombre. Ven á mi cuarto. En el taller no

han encendido aún.

--Llévame un momento á ver las duquesas y las princesas que retratas...

--¡Princesas! ¡Echa princesas! ¿Quién os encaja esas mentiras?--gruñó

Silvio, exasperado otra vez.

--Anda; como si no supiésemos que aquí tienes á lo más cogolludo de

la corte. ¿Qué te haces con tanta guita como te llueve, hijo? No lo

entiendo. ¡Quién tuviera tus manos! Á estas horas era yo rentista. ¡Y

solo, solo, sin boca que te pida pan! ¿Qué dirías si te despertases

padre de siete criaturas?

--Que era un fenómeno muy raro.

--¡Guasón! Quisiera que te dieras una vuelta por mi casa, Madera,

13, cuarto. Mi suegra, baldada de una ciática; mi señora, yendo á la

compra y guisando; ya sabes que ella nació en pañales muy finos... Los

chiquillos, rabiosos por tragar...

La cara típica, velazqueña, del litógrafo, expresó aflicción verdadera.

Se conmovía al detallar sus ahogos, y no creía faltar á la sinceridad

callándose que en parte eran fruto de su afición al café, al copeo de

coñac y á matar el tiempo en teatruchos, dejando litografía y cuentas

al cuidado del dependiente.

--Créeme, yo me evaporo por no ver lástimas... Aquellas paredes se me

caen encima. El negocio, de remate. No se trabaja, no saltan encargos.

Dicen que saltarán hacia Octubre. ¿Y mientras? ¿Me ahorco? Van á vencer

los pagarés del material. Mañana mismo he de recoger uno. Como no lo

recoja con pinzas... ¡Buena mujer! ¡Vaya una hembra!--exclamó sin

transición, extático ante el retrato de Lina Moros, que Silvio acababa

de volver para enseñárselo.--¡Eres el hijo de la dicha! ¡Pintas á

éstas y encima te pagan!

Tilirín... La campanilla. Crivelo se precipitó.

--No te molestes... Yo abro...

Se encuadró en el marco de la puerta un criado de buena casa, rasurado,

limpio, serio.

--De parte de la señora vizcondesa de Ayamonte, aquí está el importe de

dos retratos, y deseo entregárselo al señorito Lago en persona, y que

tenga la bondad de firmarme un recibí, si no le molesta.

El pedigüeño palideció de emoción.

--¿Cuánto trae usted?--preguntó balbuciente.

--Dos mil pesetas en un cheque... ¿El señorito Lago me hará el favor de

recogerlas?

Silvio acudía ya á la antesala, turbadísimo. Le asfixiaba la vergüenza.

Si Clara hubiese estudiado cómo humillarle, no procedería de otro modo.

¡Dinero; doble suma de lo convenido!

--Diga usted á la señora--pronunció extendiendo la diestra para

rechazar el sobre--que los retratos nada valen y que le ruego me

permita enviárselos como recuerdo.

--¿Estás loco? Pero, ¿qué haces?--saltó Crivelo, agarrándole de la

manga.--¡Dos mil pesetas! ¡Que son dos mil pesetas!

--¡Al diablo!--Y Silvio dió un empellón al litógrafo, mientras el

criado, después de saludar, se retiraba pausadamente.--¿Quién te mete

en mis asuntos? ¡Pues hombre! ¡No faltaría! ¡Como vuelvas! Yo tiro á la

calle lo que me da la gana, y esas peseteras pesetas lo primero.--¡Á

ver!

Crivelo, calándose el hongo, recogiendo la pañosa en actitud gentil

de galán de comedia calderoniana, se encaró con el artista. Le conocía

bien y sabía tocar el registro conveniente.

La Quimera · 第 8 / 33 段