tu vida direcciones objetivas, algo que la llenase y en que gastases
tu actividad y tus fuerzas. Ya ves, á mí me ha sucedido eso. Sentí...
como cualquiera; sufrí, no desengaños, pero dolores, y el trabajo y la
ciencia me salvaron. Eres mujer: no tienes refugio.
No necesito aplicar á tu alma los rayos con que registramos pulmones,
arcas de pechos y cañas de huesos en esta sorprendente clínica. Te he
estudiado día por día; te conozco. Y tu viejo padrino, al conocerte,
te quiere más, con piedad y ternura más sagrada. Tus males proceden
de que eres superior, en la esfera del sentimiento, á las mujeres
que te rodean, y que, como Adolfina, no conocen sino los estímulos
de la vanidad ó la impulsión orgánica. Tú padeces una _idealitis
crónica_. Este padecimiento no es vulgar; sólo ataca á privilegiadas
organizaciones. Yo esperé que, pasada la primera juventud, pactarías
con la realidad en una forma ó en otra... ¡En la que te fuese más grata
y fácil! Veo que no: y ante el hecho, me inclino--pues para ti, la sola
realidad, es ese mundo que llevas dentro.
¿Qué te podrían decir mi experiencia y mi cariño que no te diga el
recuerdo de tan rudas decepciones? Y mira, Clara, decepciones han
sido; pero no acuses á los que te las causaron: acusa á tu exigencia
de grandeza, de heroísmo sentimental,--parecida á la del artista, que
en cada modelo fantasease la perfección absoluta de la forma.--Tú eres
inteligente; y cuando tu corazón no está interesado, sabes observar
los defectos y miserias de la gente con la agudeza propia de tu sexo.
Así que interviene la pasión, esta facultad queda abolida. El que
encarna tu ideal es un ser aparte: le supones todas las cualidades y
excelencias de tu magnánima condición, todas las vibraciones exquisitas
de tu alma soñadora; le vistes la cota del paladín, ó le cuelgas
alitas, ó le rodeas de aureola, y con la sinceridad más generosa,
das por hecho que está bebido el filtro, y que como Tristán é Iseo,
cruzaréis la existencia sin atender más que á la virtud del conjuro.
¿Qué ha de suceder, niña eterna? Ellos son hombres, muñecos de barro,
de ese barro que cada hora desorganiza--¡si lo sabrá un médico!,--de
ese barro concupiscente en que bullen gusaneras de apetitos y
mezquindades... ¡Barro! Ni aún. El barro se conserva, la obra del
alfarero prehistórico llega á nosotros. El barro humano es limo
corrompido. No puede darle consistencia ni el fuego de la pasión más
sublime.
¿Qué nuevos martirios se te preparan? Si mi presencia puede servirte de
algo, á pesar del compromiso de honor profesional en que estoy metido,
á pesar de ciertos ensueños--también los tengo yo,--lo plantaré todo y
me largaré. Aciertas: no tienes más que á mí; dispón de mí: me harás
dichoso. Y, en todo caso, escríbeme sin ambages. Ya estarás persuadida
de que deploro y maldigo tu mal; pero te estimo, justamente por él. Es
lo que yo quería inculcarte, anticipadamente, para evitarte inútiles
torturas morales, en nuestro viaje por Suiza, y después, y siempre...
Estímate, estímate mucho: la estimación propia es el tónico más eficaz
que conozco. Adiós, enfermita mía. Te daría su salud, su prosa, y no su
edad, tu amantísimo padrino,
MARIANO
* * * * *
_La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín._
_Madrid._
Padrino querido: Me defines muy bien en la carta que acabo de recibir,
y, con todo, un alma es selva tan obscura, que voy sospechando si hay
en la mía rincones donde no penetran tus rayos X. El día en que en
Toledo me asomé á aquella ventana, y sin fijar en nadie mi pensamiento
sentí la revelación de la pasión con todo su poderío, lo que me causó
una alegría extraña fué reconocerme capaz de sentir tanto, tanto.
Descubrí tesoros, que me asustaron, pues todo lo inmenso asusta;
pero me inundó un regocijo como el que experimentan los héroes al
convencerse de su valor. Los horizontes de mi vivir, hasta entonces
vacío y sin sentido, se dilataron, irisándose con tintes mágicos. Ya
ves, yo á ningún hombre quería; después de aquella memorable noche,
aún tardé bastante en concretar mis indeterminadas esperanzas; la
revelación fué, pues, de mí misma, de las profundidades de mi propio
corazón.
Al pronto no me dí cuenta exacta de esto, padrino. Equivocándome,
busqué fuera de mí el manantial que en mí brotaba tan abundante y, á mi
parecer, tan puro. Me lo enturbiaron; pisotearon su nacimiento... Culpa
mía fué, seguramente, porque mi locura igualó á la del que, poseyendo
una perla única, quisiese descubrir la compañera en la primer joyería
que encontrase. Yo tendré, allá en cualquier país, mi compañero; mas ni
él sabrá de mí, ni yo de él. El filtro de Tristán é Iseo se bebe, pero
no lo beben dos juntos. Uno solo, padrino.
Cansado estás de conocer los episodios de mi historia. Hemos convenido
en ponerles una cruz negra, emblema de lo que murió; el caso es que no
basta querer enterrar las cosas. Murió, sí, lo mejor: la ilusión, la
fe, la ternura. No murió lo infinitamente malo, lo que ha depositado
en mí un sedimento que tal vez ni sospechas... Te afligiría, padrino,
si te metiese en las cuevas sombrías de mi pensamiento. Hacía tiempo
que te hallabas contento viéndome descansar y reponerme de aquel
último golpe, el más traidor y el más imprevisto. No podrás adivinar
qué género de trabajo lento, insensible, se producía en mí, ni cómo
la desesperación desordenada de los primeros instantes, que tanto te
dió que hacer como médico, se transformaba en la apatía sorda, en la
depresión hondísima, predecesora de las grandes crisis. Así calificas
tú este fenómeno... y en mí, ¿lo has adivinado?...
Vamos á lo presente. Sin ambages: quiero otra vez. Es un artista
genial, joven, cuyas facultades no han podido desenvolverse y afirmarse
todavía. La necesidad de subsistir le obliga á dedicarse á un trabajo
que forzosamente ahogará los gérmenes de su gran talento. Retrata al
pastel, adulando á sus modelos, y no le queda tiempo ni tiene medios de
luchar como corresponde para ganar su puesto al sol de la gloria.
La prueba, padrino, del cambio que se ha verificado en mí, es el
propósito que tengo y que sólo depende de tu aprobación... Se acabaron
las tonterías, el empeño de encontrar la otra perla. Giro en el
remolino del Infierno, pero giro suelta, ya lo sé. Mejor dicho: lo
presiento, lo comprendo, y lo único á que aspiro hoy, ya que mi mal es
incurable, es á que me permitan hacer bien al ser querido. He pensado
ofrecer á este artista (el hombre más desinteresado de la tierra) mi
mano. Con ella va la fortuna, el medio de realizar su vocación. Conozco
lo arriesgado del paso que voy á dar; conozco que enajeno mi libertad,
y cometo (así te expresarías tú) la única locura hasta la fecha
milagrosamente evitada. No puedo menos. Me avasallan con violencia
dulce dos sentimientos: ansia de purificación y anhelo de sacrificio.
Es la forma actual de mi apasionamiento; ahora mi fuego arde así.
Cierta de no encontrar en los demás la abnegación, la descubro en mí,
en mis propias entrañas.
Padrino, espero tu consejo..., y lo temo, porque me quieres demasiado,
con excesivo egoísmo amante. Entiéndeme, padrino; explícate, por Dios,
mi sentir; no me protejas contra lo que me ha de hacer algo menos
indigna de esa estimación de mí misma, que tanto recomiendas á tu
CLARA
* * * * *
_El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en
Madrid._
_Berlín_
Clara querida, allá voy. Salgo mañana: y no salgo hoy mismo, porque
debo despedirme de mis colegas y de algunas personas que me han
dispensado atenciones. Lo dejo todo; me falta tiempo para llegar junto
á ti. Eres en este momento mi enferma de más peligro.
¡Casarte! Ahí es nada, criatura... ¿De modo que mientras yo preparaba
sueros en la clínica, tú adoptabas esa resolución insignificante? ¡Y
pensar que no se me pasó por las mientes que esto tenía que suceder,
que el día en que fantaseases hacer un bien muy grande á _alguien_
con la entrega de libertad, hacienda y persona, no serías tú quien se
privase del gustazo de la inmolación! ¡Es tan delicioso el frío del
cuchillo á la garganta!
Allá voy. Lástima no poder ir en globo. Voy, no á imponerme, sino á
cumplir el deber de observar y exponerte lo observado. Veremos qué
artista genial, qué hombre “el más desinteresado del mundo” es ese. Sí
que abundan los desinteresados. No te enfades conmigo, tirana, si una
vez más me viese precisado á pisarte con suela doble las florecillas
de la ilusión. Hasta pronto; te quiere tanto el padrino, que por
abrazarte antes manda á paseo sin protesta sus alquimias endiabladas.
Tuyo,
MARIANO
* * * * *
_Marzo._--En el taller de Silvio, á las tres de la tarde de un día
marzal, de esos de cielo azul agrio y frío puntiagudo, acaban de entrar
dos damas, cuyo saludo seco y altanero, en contestación al obsequioso
del retratista, evidencia cierto espíritu agresivo. El origen del mal
temple de las señoras se descubre por la exclamación de la más alta, la
marquesa de Camargo:
--¡En qué calle vive usted!... ¡Qué escalerita!
La malicia ya afinada de Silvio interpretó. Á las señoras bien tratadas
por la naturaleza, había él notado que no las molestaba el trecho de
calle equívoca que era preciso cruzar á pie para llegar á la casa.
Pasaban retadoras ó reservadas, provocando ó desdeñando el dicharacho
procaz de las mujerzuelas. En cambio, las clientes de incierta edad
y escasos atractivos llegaban siempre al taller irritadas contra la
calle y la subida, enviborado el genio por las desvergüenzas oídas al
abandonar el coche protector. “Habré de mudarme” pensaba Silvio; y en
alto:
--Busco otro taller, con ascensor... No lo he encontrado por ahora.
La verdad era que, á pesar de la afluencia de retratos, andaba
todavía alcanzadísimo de moneda, sangrado por los sablazos de
parásitos y zánganos como Crivelo, convencido de su incapacidad para
la crematística. Á fuerza de sermonearle la baronesa de Dumbría,
había resuelto hacerla su depositaria, y la confiaba, al cobrar un
retrato, pequeñas sumas. Era el tesoro de guerra, para mudanza, viajes,
enfermedades posibles...
La otra dama, rechoncha, mal ceñida, de faz lunar, era la duquesa
de Calatrava, ex-belleza del reinado de Alfonso XII. La obesidad,
desbaratando las facciones finas, apenas permitía adivinar lo que pudo
ser el antaño gracioso semblante; y ayudaba á desfigurarlo espesa capa
de blanquete y dos tiznones que se proponían agrandar los ojos. La
Camargo, flaca, cobriza teñida, de tez estropeada por el artritismo,
bien corsetada, silueta aún elegante y juvenil, indignó á Silvio un
poco menos.
--Á ésta--calculó,--escogiendo bien la trapería y sacando partido del
talle... Pero el otro fardo, ¡en cuántas triquiñuelas va á meterme!
Tendré que reconstruirla según sería en 1876... No transigirá con
menos... ¡Y el escote! Lo adivino. Veo asomar los encantos, como dos
medias vejigas de grasa... Habrá que acudir al vaporoso boa de plumas ó
al socorrido abrigo de pieles, negligentemente echado...
Mientras hacía para sí estas reflexiones crudas, Silvio, defiriendo á
una indicación de las dos damas, enseñaba los retratos comenzados,
los volvía de cara, los traía á la luz. Y las señoras sonreían,
cuchicheaban burlonamente:
--¡Ay, Celita Jadraque! Mira las perlas del hilo. No han engordado
poco. Parecen las que venden en _La Ciudad de Constantinopla_ á peseta
la sarta. ¿Las vió usted por vidrio de aumento?
Silvio, nervioso ya, no respondía, y seguía exhibiendo sus pasteles.
--¡Lina Moros!--exclamó la Camargo.--¿Ha venido por fin? Pues si nos
dijo que, á pesar del empeño de la Palma, no vendría; que no la daba la
gana de estarse aquí las horas muertas aburriéndose.
Por toda respuesta, Silvio, crispado, colocó á ambos lados del primer
retrato de Lina otros dos en preparación: uno de blanco, vivo contraste
con la beldad morena; otro, con traje ceñido, obscuro, que moldeaba las
airosas formas estatuarias. La Camargo y la Calatrava se miraron, y el
comentario fué una ligera carcajada.
--¡Clarita Ayamonte!--dijeron después, al presentar Silvio un alto
cuadro, casi de cuerpo entero.--¡Qué bien está! La hace usted mucho más
guapa, y lo que nunca fué, muy elegantona. Ella siempre valió poco, y
está atropellada como si tuviese cincuenta años; pero así y todo hay
parecido, además de una creación poética.
Silvio sintió que montaba en cólera. Quería tratar con miramiento á
las damas, muy influyentes en sociedad: la Calatrava, por el altísimo
copete; la Camargo, por el círculo escogido que sabía formar á su
alrededor; pero cuando los nervios de Silvio se encalabrinaban, el
demontre. En su interior resolvió:
--¡Si éstas suponen que he de retratarlas!...
Justamente, un segundo después la Calatrava manifestó su deseo. Lo hizo
con cierta displicencia, segura de dispensar un favor.
--Vendríamos... La hora se la avisaríamos á usted por teléfono
cada vez... Porque si no, no seríamos nada exactas, ¿verdad,
Angustias?--añadió, volviéndose á la Camargo.--En esta época del año no
sé cómo se arregla, que está uno _de un ocupado_... ¡Es terrible!
--Lo siento en el alma, duquesa--respondió Silvio expeditivamente.--Ni
fijando hora ustedes, ni fijándola yo, me sería posible, en mucho
tiempo, encargarme de su retrato. Yo estoy _de un agobiado_ de
encargos, que ustedes no se pueden formar idea...
--¡Ah!--repuso, mordiéndose el labio y dando al codo á su amiga, la
Calatrava. Un instante la sorpresa las paralizó. Ya se entendían las
dos para una retirada hábil, que no dejase transparentar despecho,
cuando la puerta del taller dió paso á un caballero de buen porte,
no atildado, de aventajada estatura, de madura edad, de pelo y barba
grises, casi blancos; y las dos damas le saludaron con ese afable
apresuramiento que en Madrid, tierra de gente expansiva, se tributa á
los que han estado ausentes, al regresar.
--Doctor, Doctor... ¡Bienvenido!
--¡Gracias á Dios!--repetía la Camargo--¡No nos estaba usted haciendo
poca falta! Yo no he tenido un día bueno mientras usted rodó por esos
mundos... ¿Puede usted ir mañana á mi casa?
--Desde luego, marquesa.
--¿Viene usted á admirar el retrato de la ahijada...?
--No á eso sólo--declaró Luz, saludando á Silvio y presentándose con
sencillez á sí mismo.--Vengo á que también me retraten á mí: digo, si
el artista está conforme...
--¿Pues no he de estar?--gritó aturdidamente Silvio, emocionado.--No
sabe usted qué satisfacción es para mí. ¿Cuándo desea que empecemos?
--Dé usted las gracias, Doctor--pronunció la incisiva voz de la
Calatrava.--Es una distinción extraordinaria la que merece usted. Acaba
de desahuciarnos á nosotras porque no tiene hora disponible...
Silvio clavó sus ojos garzos, obscurecidos por la irritación, en la
dama, y dijo categóricamente, con la franqueza palurda que en ocasiones
le subía, irresistible, á la boca:
--El Doctor es persona que trabaja mucho; yo respeto su trabajo y le
sujeto el mío. Ustedes, en cambio, estarán tan desocupadas dentro de un
año como ahora.
Rióse Luz, invadido por repentina simpatía; y la Camargo, saludando
para despedirse, soltó en voz agridulce:
--La prueba de que estamos desocupadas Leonor y yo, es que hemos venido
á perder el tiempo. Doctor, adiós. No se moleste, Lago...
Las acompañó Silvio, algo volado, hasta la puerta. En el recodo del
pasillo, la Calatrava, desdeñándose de parecer picada y de guardar un
silencio que lo demostrase, cuchicheó:
--Por lo visto, retrata usted á Clara y á lo que resta de su familia...
--No entiendo, duquesa.
--Es usted muy nuevo en estos círculos--lanzó la Camargo, que no quiso
guardarse la pulla.
Las dos salieron, dando á la puerta, que Silvio no tuvo la ocurrencia
de cerrar, seco porrazo. El pintor, no obstante, había comprendido,
recordando insinuaciones transparentes de la Sarbonet; alzó los
hombros, y minutos después buscaba en la fisonomía, bien delineada é
interesante, de Mariano Luz, semejanzas con la mujer que le abrumaba á
fuerza de pasión. La conclusión fué ésta:
--Me gusta más él que ella. Él, con esos mechones grises,
arremolinados, esa tez morena, esa frente pequeña y surcada, tan
inteligente, tiene una cabeza de estudio. Loado sea Dios. Descansaré de
encajes y rasos.
* * * * *
Era el final de un almuerzo, en casa de Palma, en la _serre_, á la
hora del café. La condesa llamaba con discreto siseo á Silvio, y le
arrinconaba, cerca de una palmera cuyo tronco surgía de un embrollo de
tela rameada, de colorido suave.
--Venga usted aquí, venga usted aquí, picarillo... Me han contado
muchas cosas... ¡Todo se sabe!... En primer lugar, ¿qué ha hecho usted
á Angustias Camargo y á Leonor Calatrava, que tan furiosas las tiene?
Ahí está una cosa que deploro: las dos nos convenían mucho para la
campaña; y si van diciendo pestes de usted, y que recibe usted á la
gente punto menos que á tiros...
--¡Dios mío! Condesa, exageraciones. He tratado á esas señoras como
debía, con respeto; lo único que hice fué negarlas turno. Francamente,
prefiero otros modelos: de ahí no se saca una aleluya. La Angustias
parece un mango de escoba tiznado de almazarrón, y la Leonor un _clown_
acabado de enharinar. No hay tintas posibles con ese par de cutis.
Divertida y sin querer confesarlo, la Palma protestó:
--¿Y para qué sirve el arte, la mañita? Hay que congraciarse con cierto
círculo; ya sabe usted que es reducidísimo, y una sola enemiga nos
puede hacer mucho daño.
--Con protectoras como usted nada temo. ¡Déjelas usted! Así que
desaparecieron del taller, me puse de buen humor. ¿Se representa usted
mis apuros ante los huesos de los codos de Angustias Camargo? Cuando
veo á esa Angustias, ¡me entran unas ídem!
Sofocada de risa, la Palma se llevó á Silvio más lejos, á un rincón
solitario del gabinete árabe que con la _serre_ comunicaba.
--Ha tomado usted tierra muy pronto; admirada me tiene usted--dijo
al artista;--no he visto á nadie que cayendo aquí de improviso
se desenrede y conozca las menudencias de sociedad como usted.
¡Indudablemente ha nacido usted para retratista de elegancias! Pero
conmigo no valen disimulos; me han informado perfectamente. Lo que
ocasionó que á usted se le atragantasen Angustias y Leonor fué que
dijeron algo poco amable de la simpática viuda...
--¿Qué viuda?--murmuró Silvio, muy atortolado.
--Vamos, hágase usted de nuevas... Clarita, Clarita... No, es aparte;
hizo usted bien en defenderla...
--Pero si ni la atacaron, ni la defendí...
--¡Es muy buena Clara!--declaró la condesa con su seria indulgencia de
mujer intachable.--Es buena, á pesar de la educación desastrosa y sin
freno recibida de su padrino, que será un sabio profundo, no lo niego,
pero en ese particular...
--¿Padrino?--recalcó Silvio con afectada ingenuidad, que velaba una
curiosidad caprichosa.
--¡Cuando digo que ha tomado usted tierra demasiado pronto! ¡Nada se le
escapa á usted!--replicó la Palma.--Á un lado maledicencias é historias
añejas. Clarita vale mucho. La pobre no ha encontrado, por ahora, quien
fije definitivamente su corazón. ¡Si usted lo consiguiese, tengo el
presentimiento de que sería usted muy dichoso! Además, su posición...
--Pero, ¿de dónde sacan todo eso?--protestó Silvio.--Quisiera yo
averiguarlo... ¡Pues es una friolera!
--Amigo artista... Los impulsos del querer nos venden... Acababa usted
de negarles turno á Angustias y Leonor, y entra Luz y todo se acaramela
usted y se lo concede inmediato.
--Ya lo creo. ¡Cien turnos! Condesa, ruego á usted que se moleste en
subir mis escaleras y ver el retrato del Doctor. ¡He sido tan feliz con
ese trabajo! Una cabeza viril, seria, algo que he podido _retratar_
y no _contrahacer_... Un estudio de lo real... Es lo primero de que,
en el pastel, estoy menos descontento; lo único que expondría sin
gran bochorno. Minia Dumbría lo pone por las nubes... y cuidado que
Minia es implacable. ¡Y el modelo! De ese sí que estoy prendado. Nos
hemos entendido. Me ha tomado cariño en pocos días. Con él, al fin del
mundo...--añadió sin desconcertarse bajo la mirada azul, penetrante, de
la dama, que, cortando el aparte con su maestría de salón, retrocedió
lentamente hacia la _serre_, á depositar sobre una mesilla la taza de
porcelana blasonada donde aún se enfriaba un tercio de café.
Á la misma hora, Clara Ayamonte se disponía á sacar á paseo á su
sobrina Micaela Mendoza. Mientras Adolfina enseñaba á su cuñada algunos
trapos de reciente adquisición, y la instaba á tomar parte en un abono
á unos jueves de moda--“real orden de Julieta Montoro; hija, no hay
remedio, no se puede faltar”--la muchacha se prendía el sombrero, se
calzaba los guantes, pedía el manguito, y un cuarto de hora después,
en la estrecha berlina de Clara, al trote del bonito tronco flor de
romero, bajaban inundadas de sol por la Carrera de San Jerónimo, hacia
el Prado. Frente al Hotel de Rusia, Clara hizo parar el coche, saltó á
la acera, entró en casa del florista, cuyo escaparate es una fiesta de
primavera en pleno invierno, y salió con dos gruesos ramos de violetas
y gardenias y un mazo de rosas rubí y tallos diminutos de combalaria.
El coche se inundó de perfumes; Micaela bajó el vidrio y acomodó su
ramillete en la ranura, ostentándolo.
--Tía Clara, á ti hoy te pasa algo. Estás muy guapa, muy sonrosada; te
relucen los ojos y has comprado doble surtido de flores. Siempre las
compras sólo para mí, diciendo que son propias de mi edad...
Clara rió, excusándose.
--No, á mí no me engañas--insistió la chiquilla.--Yo no me las trago
como mi madre. Te pasa algo. Moritos en la costa, ¿eh? Y qué tal: ¿es
digno del honor de ser mi tío? Anda, cuéntame. Yo callo; ni con tenazas
me arrancan tu secreto. ¿Es tu flirt, Lope Donado, que te persigue?
--¡Qué aprensión tan graciosa! Figúrate; las flores son para ti y para
Adolfina; tú se las entregarás al subir á casa. Ya sabes, Micaelita,
que estoy fuera de juego completamente. Amoríos, á las niñas como tú.
--¡Quiá! ¿Me mamo yo el dedo? La edad de las emociones es la tuya; á la
mía no hay sino sosera. Yo vegeto, y un día me entrecasarán... Ea; que
entre mis papás y yo, nos casaremos; digo, me casaré; ellos ya están
casados hace rato; la prueba á la vista la tienes. ¿Emociones á mí?
Ni las siento ni las concibo. Dicen que después aparecen las malditas.
Pienso hacerles la cruz. Emocionarse para desemocionarse, y vuelta otra
vez á la noria, y sube el cangilón de abajo, y baja el cangilón de
arriba, y disgusto va, y disgusto viene, y tener ojeras y enfermarse de
un qué sé yo qué cardíaco... No, tía; ¡no hay tío que valga eso!
--¿Cuál es para ti la felicidad? Porque tendrás alguna aspiración,
criatura--pronunció reflexiva la Ayamonte.
--¿Aspiración? Quisiera un marido rico, rico. Eso nunca estorba;
después, muy bonita casa, jardín, instalación de verano en Zarauz ó
por ahí, viajecito de otoño, mil comodidades, sus fiestas en invierno;
pero menos jaleo que mamá, menos pingos, y en cambio, un cocinero; ¡oh,
ideal! Soy golosa...--y pasó su lengua roja y húmeda por los labios.
--¡Pasión de vejez!--exclamó con extrañeza Clara.--¡Á los diez y siete
no cumplidos!--Y, transigiendo, indiferente, añadió:--Al volver iremos
á Lhardy.
* * * * *