las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde; y ya no veo,
siento vértigo, me duele todo; pero el cuadro está ahí, planteado,
completo, faltando únicamente pormenores de ejecución. Me enderezo;
las piernas me tiemblan; obscurece ya, y tambaleándome me dirijo á mi
alcoba, me acuesto, me arropo con el poncho, y, sin transición, me
quedo dormido con sueño profundísimo, de piedra.
¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. Despierto aturdido,
en la obscuridad. Doy luz eléctrica, y miro el reloj. Alboroto á la
portera.
--Pronto, algo de comer... Al café de más cerca... Chuletas, magras,
tortilla...
--Esa señora, la el retrato, dos veces ha venío á preguntar...
Una esquela á la Ayamonte, para fijar sesión. Que la lleven mañana
temprano. Devoro la cena con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y
otra vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. Esto ha sido una
orgía nerviosa, y claro, al salir de ella, la sedación se impone.
* * * * *
_Febrero._--¡Incidente! La Ayamonte acude puntual al otro día, á las
dos y media, á pesar de que hace un frío espantoso y cae una ligera
nevada.
--¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos piececitos...
Prolongaremos la sesión, porque hoy no vendrá, de seguro, nadie más que
usted. Las demás modelos, con este día, y atravesar á pie la calle de
Jardines...
Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo noto, porque la veo
fruncir el ceño; sus pupilas se llenan de sombra. Viene envuelta en
pieles: _jaquette_ de nutria, abierta sobre un corpiño de raso negro;
boa muy largo, manguito enorme.
--¡Por Dios! No se vista hoy, señora--murmuro para hacer olvidar mi
tontería.--Se agriparía usted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me
permite usted que?...
Avanzo y se las coloco; á mi proximidad la veo conmovida, y escucho
distintamente, al través del raso, el salto impetuoso del corazón.
--Vamos, ya está... Me quiere...--pienso con marmórea indiferencia.
Y, en alto, la sarta de imbecilidades:
--Descansemos. Hablemos un momento... ¿Verdad que usted me lo permite?
Tiene usted una mano divina.--En vez de besarla, me bajo y rozo con la
boca la frente descolorida, tersa, el lacio pelo.
Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de echarse atrás;
luego, una sonrisa de resignación, aceptando probablemente la fatalidad
de que el sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno,
monótono, sin diferencia ni respeto á la categoría de las almas. Yo,
que por lo mismo que no siento hondo soy apremiante, nada trovador, veo
la sonrisa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que hay respeto
y arrullo: medio sentado, medio inclinado, la rodeo el talle con un
brazo, y mi mano busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso
el contacto con la densa piel del animal es lo único que me produce
grata sensación. Por lo demás, empiezo á encontrar que todo esto es
ridículo, y que lo mejor sería estudiar las manos concienzudamente.
Mientras discurro así, conservando mi dura lucidez, la rutina me obliga
á murmurar al oído de Clara cosas tiernas, los inevitables “¿Verdad que
tenía que suceder?”--los “¿Á que no te lo figurabas cuando entraste
aquí?” La chubersqui, mal arreglada hoy, calienta poco; y el frío que
me engarrota bajo la blusa de dril, es lo que me impulsa á acercar la
cara á otra cara fría también como el hielo, y por la cual veo, con
asombro, deslizarse despacio, glaciales, perlinas, dos lágrimas.
Con un movimiento de desagrado, compruebo en mi interior la extraña
impresión de siempre: el instintivo desprecio hacia la mujer que se me
rinde. ¿No hay en esto algo de anormal, no es una inferioridad de mi
alma?--¿Ó es que me ha embrujado, al nacer, la celosa Quimera?
* * * * *
_La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín._
_Madrid._
Padrino mío querido: ¿á quién sino á ti ha de volver los ojos la pobre
Clara, cuando se ve otra vez envuelta, arrebatada por lo que tú llamas
_mi huracán_?
Bien sabes que no tengo á nadie más, padrino. Y mira si es triste
repetir esta verdad, al punto en que el huracán sopla y me lleva en
volandas. Los condenados por pasión, en el remolino del Infierno de
Dante, van siquiera dos á dos, eternamente enlazados; á fe que eso sólo
convertirá el infierno en cielo. ¡Ay del que gira y gira suelto, á
incalculable distancia de quien debiera ser su compañero hasta más allá
de la vida terrestre!
Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que pones. Ahora te
explicas por qué he dejado pasar tres ó cuatro semanas conformándote
con postales lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quiero más
y de otro modo que á un padre--¡ya lo creo! ¡con qué padre se tiene
semejante confianza!,--y á pesar de todas tus doctrinas, experimento
siempre confusión, sobre todo en los comienzos, mientras dura la
penumbra y la indecisión del amanecer, y me da á un tiempo alegría
y pena que te enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia
admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan probado.
¡Cuidado que te debo favores en este mundo! Déjame que los recuente:
si no es por agradecerlos, no: si es por acariciarme el corazón con la
memoria de que alguien me ha querido de veras y me seguirá queriendo
sin cambio ni tibieza posible.--Si la desgracia de quedar huérfana tan
temprano pudiese compensarse, me la hubiese compensado tu abnegación.
Al principio dedicaste toda tu ciencia--¡mira si es dedicar!--á
robustecerme: tuviste que pelear como una fiera, mejor dicho, como un
héroe, con mi delicadísima complexión y mi propensión á recoger el
contagio ó el germen infeccioso que pasase. ¿Te acuerdas de mi ataque
de angina diftérica? ¿Querrás creer que constantemente te veo inclinado
sobre mi camita, como eras entonces, con la tez morena, las barbazas
negras, el pelo revuelto, negrísimo también, la frente pequeña,
que ya surcaban precoces arrugas? ¡Ahora ha nevado sobre tu frente
inteligente, y estás más simpático aún, padrino!
En aquel tiempo eras joven. ¿Por qué no te casaste? Nadie me quitará de
la cabeza que por mejor consagrarte á mí. Al mismo tiempo que tratabas
de formarme una sangre rica, unos pulmones anchos, me cultivabas--¡con
qué precauciones de floricultor!--el entendimiento. Sin sujetarme á
promiscuidades de colegio, enemigo de conventos, me educabas en casa,
trayéndome aquella _governes_, la célebre y buena Miss Butter (á la
cual ni tú ni yo reconocíamos la menor autoridad pedagógica), sólo
para que me custodiase, á estilo dueñesco, cuando me daban lección
profesores varones, escogidos. Y después de las lecciones, tú charlabas
conmigo, me metías libros en las manos, me los quitabas apenas creías
que me fatigaba la lectura; me llevabas á jugar en el Retiro, al
concierto. El método lo aborrecíamos. Me decías tú:
--El estudio es igual que la comida. Si el estómago no está preparado,
no apetece, no secreta el juguito que lo dispone á la función... se
indigesta lo que se come.
En cambio, no me pusiste trabas ni antiojeras. ¡Qué de cosas aprendí,
al correr de mi capricho, tan diferentes de las que suelen formar “la
educación de las señoritas!” “Nada de método”, repetías. “Tú no has de
seguir carrera; sólo necesitas conocimientos varios, útiles, hermosos,
para que te sazonen el vivir y te afirmen la razón. No me he de meter
yo en acotártelos. Tu instinto es buen guía, porque tienes mucho
pesquis, Clara”. Pesquis yo, ¡pobre padrinito!...
Y toda esta independencia intelectual que me otorgaste, unida á
solicitud incansable para facilitarme el aprender; á cuidados
exquisitos para crearme “un cuerpo y una cabeza”... ¡la frase
es tuya!--quisiste que la disfrutase igualmente en el terreno
material; te volviste por mí lo que jamás has sido, hombre práctico
y calculador; defendiste con dientes y uñas, hecho un curial, la
herencia embrolladísima y casi perdida de mi madre, y me la sacaste á
flote; y... vamos, ¿crees que no lo sé? ¡Si entre tú y yo no hay nada
secreto, Doctor del alma!--Para ir colocando á interés los réditos de
mi hacienda, con tu noble trabajo de gran médico sufragaste los gastos
de la casa, los míos personales... ¡Ni en un ochavo se mermó mi caudal!
Por ti me encuentro rica. Y mira si estoy convencida de tu ternura, que
no me pesa ese beneficio que te debo. Me has enseñado que en materias
de dinero la delicadeza es un grado de la moral, y el grado superior la
supresión de la idea misma de delicadeza por el cariño. El tuyo, ¡tan
puro, tan santo!, se ha revelado para mí en ese aspecto más. Mientras
yo viva, no tengo hacienda: la tenemos. Pero no alimento esperanzas
de darme nunca el gusto de corresponderte en este particular. Acuñas
mucha moneda con esa sabiduría portentosa; y aunque derroches en
suscripciones, libros, aparatos y viajes á las clínicas, siempre te
sobra para traerme finezas caras de París.
Mira: donde he visto más de relieve el alcance de tu bondad para mí,
no es en ninguna de estas cuestiones... Es en algo tan íntimo y tan
singular, que sólo de ti para mí puede conferirse, porque nadie,
¡nadie! sería capaz de entenderlo, de interpretarlo con la elevación en
que tú lo colocas... ¿Verdad que ya adivinas?
Mientras duraron mi niñez y mi primera juventud, me diste enseñanzas
que revestían la sinceridad de la ciencia; y aunque no me mantuviste en
ridículos y pueriles errores, por tal arte supiste respetar mi pudor,
que mi imaginación se conservó limpia: más limpia acaso que la de
muchachas á quienes se pretende rodear de misterios y mentiras ñoñas.
Entretenían mi imaginación tantas cosas; me distraías tanto, estaba
yo tan fuerte y tan alegre.--Por experiencia he sabido lo que es la
vida blanca. Padrino, es muy bonita. Huele bien; huele á los ramos de
violetas y reseda que me ponías sobre el tocador.
Recordarás cómo se arregló mi boda en la playa del Sardinero. No
tenías tú gana ninguna de que me casase tan pronto; pero la parentela
de mi madre, las tías San Benedicto, Teresa Vegarica, puede decirse
que me llevaron de la mano al ara para unirme á mi primo Víctor
Ayamonte. Lo del parentesco era lo que á ti te escocía más; confesabas
que el primo reunía condiciones: gallarda figura, caudal bastante,
carácter agradable y franco, vicios ignorados... “Pero, si tuvieseis
hijos, el parentesco puede jugarnos una partida serrana...” En fin,
con tu espíritu de respetar las decisiones ajenas, no te opusiste
cerradamente, y yo fuí al altar gustosa, lisonjeada por el novio
simpático y fino, que me envidiaban todas;--sin poner más condición
sino que tú seguirías viviendo conmigo. Recordarás cómo se opusieron
las necias de las tías; vamos, que armaron una gresca y soltaron unas
pullas... ¡Brujas más raras! Y yo empecé á entusiasmarme con Víctor
cuando exclamó: “Déjalas, primita, déjalas. ¿Quién va á gobernar en
nuestra casa, ellas ó tú? Mándalas á freir espárragos. Eso de que la
parentela se meta á disponer en lo más íntimo, sólo en los dramas se
ve... El padrino ¡vaya! habitará con nosotros. Haré excelentes migas
con el padrino”.
Recapacitando, yo afirmaría que los dos años escasos que duró mi
matrimonio fueron felices. No hubo tiempo de que se acusase la
profunda, irreductible diferencia de aspiraciones entre Víctor y yo; no
hubo tiempo de que su afición al bullicio y su ligereza le apartasen de
mí. En treinta meses sólo vi su amenidad de trato, su gracia de pájaro,
su inagotable buen humor. Me trataba amigablemente; quería llevarme
consigo á todas partes. Á ti te respetaba y te profesaba una deferencia
y una fe que le ganaban, si no mi corazón entero, mi simpatía. Su
hermana Adolfina, la hoy señora de Mendoza, era para mí una amiga; y
sabes que todavía lo es: amiga superficial, amiga que no me pesa...
Gentes así no marcan huella en el suelo. Las envidio. Conservo de
Víctor el recuerdo que se tiene de una visita grata, en que no nos
hemos aburrido un minuto, sin conmovernos un instante; su muerte fué
la única impresión honda que de él he recibido. ¿Qué tendrá la muerte,
padrino, que así lo solemniza y lo engrandece todo?
La de Víctor fué trágica; tragedia sencilla, de la realidad, pero que
no por eso dejó de abrir surco en mí; según tu parecer, hasta trastornó
mi equilibrio... ¿Te acuerdas? Todas las tardes salíamos Víctor y yo
á pasear en coche; él guiaba. Aquella tarde quiso probar un potro
andaluz, ya domado, según decía. Tú recelabas que yo asistiese á la
prueba; y Víctor, con su finura y su complacencia de costumbre, se
adhirió á tu opinión. “No, chiquilla, no vienes... Ya sabes que te
llevo siempre; hoy, no. Padrino acierta en eso como en todo”. Hora y
media después nos traían en parihuelas un cuerpo inerte, cubierto del
polvo de la carretera. En la frente, con amoratada huella, se señalaba
la herradura del caballo...
Cuando me viste envuelta en crespones, callada y abatida, el egoísmo
del afecto se despertó en ti. “Oye--me decías,--no repruebo la
tristeza, si sirve de algo; pero, estéril, debemos combatirla como
enfermedad; y lo es. ¡Á viajar! Te vienes conmigo, por Europa...”
Viajamos; me enseñaste Italia, Suiza, parte de Alemania... En este
memorable viaje empezaste á desarrollar tus teorías, que tanta
influencia ejercitaron sobre mi destino. Al principio les encontraba
el amargor de la quina; poco á poco, mi paladar se habituó á ellas, y
hasta las saboreó.
--La casualidad--dijiste--te ha dejado viuda á los veintitrés años.
Soltera, no me atrevería á hablarte así hasta los treinta. Viuda, es
otra cosa. Lee el Código, y verás que la mujer no es dueña de sus
acciones hasta que enviuda. Lógicamente, todas debierais desear la
viudez.
--Lo que es yo...
--¡Ya sé...! Has sentido á Víctor muerto, más que le has amado vivo.
El caso es frecuente, y también se da el contrario. Tus sentimientos
son propios de tu idealismo. Víctor, difunto, no tiene defectos; lo
que había en él de peligroso para tu porvenir, no saldrá á luz. ¡Á lo
presente! Triste ó contenta, eres libre, ¡libre! ¿Comprendes el alcance
de la palabra? Y no sólo eres libre por la situación legal en que te
hallas, sino por la posición social; porque la fortuna es libertad,
y la clase elevada, libertad también si se saben aprovechar sus
privilegios y hasta sus formulismos. Sin embargo, niña, la deliciosa
esencia de la libertad no has de extraerla de esas circunstancias
externas, sino de tu voluntad misma, de tu ánimo resuelto á no dejarse
encadenar. De poco sirve poseer las condiciones de la libertad, si no
tenemos un alma libre.
¡Ya ves que no he olvidado tus palabras! Me decías esto en Ginebra, en
la terraza del hotel, desde el cual veíamos la azul extensión del lago.
Te habían servido el café, y entre sorbo y sorbo, antes de encender el
cigarro, desarrollabas la idea que yo al pronto no comprendía.
--Padrino--exclamé,--¿eso significa que, para no enajenar mi libertad,
no debo volver á casarme? Te aseguro que si hay algo que esté á mil
leguas de mi pensamiento...
Tardaste en responder. ¡Cómo se te anudaban en la garganta las frases!
Con decisión de operador, al fin fuiste penetrando en los tejidos,
cortando y resecando lo que te parecía que me dañaba.
--No es eso precisamente; no se trata de una precaución material para
asegurar la libertad; yo quisiera ir más allá y libertarte en lo íntimo
de tu conciencia. Si fueses hombre, sería innecesario; la vida, para el
hombre, es desde muy temprano escuela de libertad, hasta de licencia.
Pero tú, ¡pobre mujer! dentro de ti misma están tu cadena y tus
hierros.--No te alarmes. Ahora empieza tu juventud, y es verosímil que
se despierte en ti el sentimiento amoroso, con toda la intensidad que
tu idealismo ha de prestarle...
--¡No lo quiera Dios!--exclamé.
--Supón que lo quiere...--contestaste con la voz atascada por la
faena de encender tu Londres.--Cuando eso suceda, niña, es preciso
que tengas formada la convicción de que tan natural fenómeno y...
sus consecuencias, ni rebajan tu dignidad, ni quitan ni ponen á tu
personalidad moral, mientras se desarrollen en el terreno propio de tu
carácter, que es generoso y bellísimo. Tus pasiones, siendo como tuyas,
en nada te deshonrarán: si las sustraes á la malignidad del mundo,
procederás con cordura, como procede el que se defiende de una fiera
dañina; pero eso no es lo que importa: es que en tu interior no te
creas humillada ni culpable porque te suceda lo que viene sucediendo á
la humanidad desde su origen. Contra esa falsa, injusta preocupación,
quisiera defenderte, pertrecharte...
--Padrino--dije de muy buena fe,--se me figura que no llegará el caso.
Contigo, y dueña de mí, es como seré dichosa.
Sacudiste la cabeza, sonreíste.
--El caso llegará. Y aun es fácil que sea, no caso, sino _¡casos!_
¡Ay, padrino! Me pareciste brutal; protesté con enojo. Si no lo has
olvidado, perdónalo. Me levanté, y dejándote solo en la mesa, me puse
de codos en la baranda. Anochecía: algunas luces empezaban á brillar
en las quintas que rodean el lago y lo ciñen de verdor con las altas
coníferas de sus parques; la nieve de los picachos, en segundo término,
era como reflejo vago, luminoso, que de repente vino á colorear de rosa
y naranja el último rayo frío del sol; debajo de mí, casi á plomo,
una barca se deslizaba por el Lemán, acercándose al embarcadero: un
barquero remaba, y una pareja de turistas (sin duda jóvenes, aunque
ya la semiobscuridad confundía sus figuras) ocupaba el fondo de la
embarcación, á popa. Me pareció que iban embelesados en coloquio de
amor, y me quité de la baranda, irritada y descontenta de ti, de mí, de
todo.
En algún tiempo no volviste á tocar la conversación peligrosa;
seguimos viajando; recorrimos otros lagos, otras ciudades... y con
habilidad que me admira en ti, dado tu modo de ser franco y directo; no
desperdiciando ocasión; aprovechando los recuerdos y las impresiones
de historia y de arte, humorísticamente unas veces, con gravedad
otras, fuiste trayéndome al terreno en que deseabas situarme, y
gastando con la lima de una discusión serena mis ingenuos radicalismos.
Penetraban en mí tus doctrinas de un modo insensible; si me hubieses
preguntado entonces, respondería con sinceridad que nos encontrábamos
en completo desacuerdo y que tú sostenías cosas del todo antipáticas
para mí. Encontraba placer en repetirte que no estábamos conformes, en
refutarte (así lo creía) con argumentos de un exaltado romanticismo;
y mientras lo hacía, allá dentro de mí, hasta lo más recóndito de mi
pensar, como flechas certeras que rasgan la carne y cortan el hueso
hasta el tuétano, penetraban tus razonamientos, tus ironías, tus
indignaciones contra la mentira social, los convencionalismos absurdos
y las leyes del embudo, aceptadas dócilmente por sus propias víctimas.
Dos razones imagino que se aunaron para predisponerme á recibir tan
amargo evangelio. Una, que me parecía inadaptable á la realidad, pues
yo había decidido que nunca semejantes doctrinas tendrían para mí
aplicación práctica, y las escuchaba como el terrestre, que ni sueña en
embarcarse, oye bajo los plátanos de un paseo el relato de naufragios
que le hace un atezado marino. Otra, que entre lo acerbo de tus
enseñanzas venía lo tónico de la idea de justicia, que me habituaste
desde la niñez á considerar eje del mundo moral; y á favor de esta
idea, se infiltraban en mí las consecuencias que de ella deducías.
Tuviste el acierto de aparentar creer que no me habías convencido;
y cuando volvimos á Madrid renunciaste á tus predicaciones, dejando
que lo sembrado germinase poco á poco, al calor de la vida, la gran
germinatriz. El retiro que me imponía el luto se hizo menos severo. No
ignoras quién empezó á sacarme de mis casillas. La propia hermana del
muerto, Adolfina Mendoza, que me encontraba ridícula con mi eterna lana
negra y mis paseos por la Moncloa y el Pardo:
--Hija, todo lo que se exagera... Año y medio pasado... Ya debías usar
seda y _pailletés_ negros... Ea, mañana vengo y te llevo á casa de mi
modista.
Insensiblemente dejé el crespón; mi juventud pareció renacer, al
soltar la librea de la muerte. Sin razonar la causa, me sentí alegre,
dispuesta á sacar partido de lo más insignificante, para gozar como una
chiquilla. Adolfina aprovechó mis buenas disposiciones. ¡Qué admirado
estabas tú de verme tan disipada!
--Me gusta que te diviertas, niña... pero el vértigo de Adolfina no
está en tu naturaleza; te cansarás.
Se realizaron tus presunciones; á fines del invierno, sentí necesidad
urgente, física, de calma y soledad, y nos refugiamos en Toledo, donde
pasamos aquel Febrero delicioso, con tiempo espléndido, recorriendo
callejas y revolviendo historias. El fondista, al hablar de ti, me
decía: “Su papá...” Nos reíamos; saboreábamos el bien de encontrarnos
solos, libres del visiteo, del mentireo, de la frivolidad, de la nada.
Una tarde, sentados en el admirable Miradero, volviste á la tema
antigua. “Revístete de fuerzas, pequeña, porque amaga la crisis... Te
acercas á los veinticinco años. Experimentas ansia de reconocerte á
ti misma; te vas á reconocer por el sentimiento. Este afán de huir de
Adolfina y del mundo es un mal síntoma...” Te contesté chanceando, y
nunca supiste que aquella misma noche, al encerrarme en mi habitación,
al abrir, como siempre, la ventana, antes de mi aseo nocturno,--vi
claro en mi arcano, y sufrí el primer acceso del mal que acabará
conmigo...
No revistió el acceso forma penosa; al contrario. Fué una exaltación,
una embriaguez dulce y violenta de mi espíritu, que comunicaba á mi
cuerpo ligereza y fluidez, desprendiéndolo, por decirlo así, de la
tierra. Aquel cielo sombrío que la ventana encuadraba, figurábame yo
tener alas para cruzarlo. En estados de ánimo así conciben los hombres
las empresas reputadas imposibles, los altísimos hechos, las sublimes
locuras.
Pasé la noche desvelada por mi venturosa fiebre, y al otro día tú me
viste tan descolorida, que resolviste la vuelta á Madrid, donde te
reclamaban tus tareas profesionales. Mira: en Madrid, ¡vé tú á adivinar
por qué!, la noche de Toledo, la revelación de mi estado de alma, se
me antojó que era devaneo de la imaginación; que no respondía á nada
real. La frialdad absoluta con que veía á los galanes de sociedad, me
tranquilizaba enteramente. Aún no había yo observado entonces este
rasgo característico mío: el extremo del indiferentismo... hacia
los indiferentes. Á él debo el respeto con que se me trata, á pesar
de murmuraciones. Tal vez los galanes creen que cuando ellos no nos
impresionan, es que no somos impresionables.
¡Ay, Dios! Esta carta se alarga hasta lo infinito, y es hora de
llevarla al correo... Se continuará, padrino; escríbeme, confórtame. Lo
necesito más que nunca.
CLARA
* * * * *
_El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en
Madrid._
_Berlín._
Niña de mi alma: á pesar de que ando loco de quehacer con los estudios
y experiencias objeto de mi viaje, contesto á correo vuelto á tu carta,
que he quemado, y en la cual me dejas á obscuras de lo que hoy te
sucede. No me sorprende tu proceder: conozco su origen. Es el pudor,
una creación artificial y, sin embargo, fuerte como los instintos
naturales en el alma femenina. Deseas hablarme de lo único que hoy
existe para ti, y te da vergüenza, y lo retardas con esas excursiones
por el pasado. ¿Creerás que engañas al padrino? Ya es viejo, pequeña; y
además, ¡su terrible profesión le ha dado tantas ocasiones de analizar!
Tú habrás oído por ahí, á los profundos psicólogos y psicólogas de
salón, que pierden el pudor las mujeres cuando quieren de veras más de
una vez. Si esas mujeres son de tu temple, di que, por el contrario, la
susceptibilidad pudorosa se les exagera. Á tu inteligencia no se oculta
la razón.
Clara, Clara querida: tu mal consiste, te lo he dicho y te lo repito,
en un exceso de elevación moral unido á una sensibilidad demasiado
viva. Ojalá--no me llames bruto--fueses una mujer de más bajas y
materiales inclinaciones. Lo inferior se encuentra donde quiera. Lo
inaccesible es ese ensueño tuyo, esa aspiración ardorosa que trae de la
mano el desengaño y la caída del cielo. Cuando te he visto en el suelo,
magullada, palpitando, rotas las alas, he lamentado que seas ave y no
insecto ni alimaña. Así, sin más retóricas.