tono de mofa. Entró un chiquillo, uno de esos golfitos, industriales
al menudeo, y se nos arrimó insinuante. Creí que iba á ofrecernos
fotografías libidinosas. No; eran tablitas procedentes de cajas de
puros, donde una mano febril había indicado, á manchas de abigarrados
colorines, un árbol, una casa, una pared sevillana con azulejos y
tiestos, una cabeza de chula con orejeras de claveles.
--Dos pesetillas, señoritos... Pintás á la mano, firmás... Pá adornar
la sala, señoritos...
Mi amigo me agarró del brazo riendo con maligna satisfacción,
señalándome á la “firma”, una T gótica.
--¡De Solano!--exclamó.--¡Que sí, hijo, que las conozco á la legua! Se
embadurna tres ó cuatro en otros tantos minutos todos los días, sin
firma, con esa T que significa _Trigo_... y tiene infestados los cafés,
el Rastro y la calle de Alcalá... ¡Y el tupé de torcerte la cara á ti
porque retratas marquesas! ¡Es un fantoche! Y no llega: te digo yo que
no llega. No tiene miaja de talento, y muy mal gusto: ¡un cursi, un
cursi!
Me puse encarnado y compré sin regatear la media docena de tablas al
chiquillo. Que viva Solano, porque--aunque no lo crea Cenizate--él
mendiga más altivamente quizás que yo. Tiende la mano en la calle, yo
en los palacios.
Estreno mi ropa. ¡Parezco otro! Voy á casa de Regis. La marquesa,
señora á la antigua, madre de familia cariñosa, quiere un retrato de
la mayor de las muchachas, guardar el recuerdo de cómo era antes de
casarse--la boda está fijada para la primavera.--Pastel género romanza
de Tosti: traje rosa, escote virginal, bandós Cleo, rostro inclinado á
la derecha, sonrisa cándida. Ventajas: la señorita vendrá á mi taller
con la miss, y la despabilaré en dos sesiones, y podría en una, porque
esto es coser y cantar; pero desmerecería; lo creerían demasiado fácil.
Y adivino la escena: reunión de familia admirando la “preciosidad”,
apretón de manos del padre, felicitación y palmada en el hombro del
novio, marco Luis XVI, pago á tocateja. Por teléfono: la Palma; ¡Lina
Moros consiente! Pero esta semana, imposible; dos comidas de Embajada y
Legación, acostarse tarde, cansancio... Y la semana que viene, pruebas
en la modista, baile en casa de Camargo... Ya me avisará--Con mi
facultad de leer entre líneas, descifré de corrido: “hacerse valer un
poco; no se le abre á la gente la puerta así de golpe”. Y experimento
de antemano hacia la beldad una prevención hostil, una antipatía
nerviosa, complicada de atracción. Sus líneas me incitan á estudiarla;
su carácter... ¿qué sé yo? ¿ni qué me importa? Otro hombre, sobre tal
base, tendría la mitad del camino andado para enamorarse como un pelele.
Minia me llama por teléfono. Bajo al prosaico despacho de aguas
minerales, que parece una zahurda, y comunico, después de bregar cinco
minutos con las telefonistas.
--¿Oye?
--Oigo.
--¿Sabe que _La Época_ ha vuelto á dedicarle un buen retazo de _Ecos_?
--¿Sí? Lo deploro. Yo ahora quiero cuartos; fama no, no.
--Es lo mismo para el caso. Un periódico de _allá_, de la región,
también habla de usted.
--¡Sea por Dios!
--Hay además para usted dos recados, y con apuro. Esto va más aprisa
de lo que creíamos: viento en popa. Dice mi madre que esta noche
tenemos... Aquí un mosconeo en el teléfono, envolviendo el nombre de
platos clásicos en la tierra, y la invitación adivinada.
--Iré, iré, y así me enteraré de los recados.
Dos retratos más: el de la vizcondesa viuda de Ayamonte, el del
menorcito de los niños de Fadrique Vélez... Nombres de ruido sonoro,
que parece que acarrean historia.
--Como no saben sus señas--advirtió Minia--preguntan aquí; en este
papelito encontrará usted la dirección de ambos clientes, para que con
ellos se entienda usted. ¡Lleva usted trazas de hacerse de oro! Hablan
de usted en el _foyer_ del Real y en las tertulias. Ayer, en el te de
casa de Camargo, en dos ó tres grupos era usted el asunto predilecto.
Las sensacionistas, que corren tras la mariposa de la novedad, van
estando pirradas por conocerle á usted.
--Si ven mi taller, salen pitando.
Esta idea me tuvo desvelado toda la noche. Me revolvía en la cama
furioso, al observar cómo mis actos se acompasan servilmente á la
marcha de la realidad, mientras mi espíritu sigue abrazado á la
Quimera. En teniendo mis cuatro ó cinco retratos al mes para vivir,
debiera bastarme y consagrar todas mis fuerzas á lo íntimo; y he aquí
que en mi cerebro, excitado por el insomnio, danzan y contradanzan
proyectos inspirados por lo que viene de fuera; mejoras en mi
instalación, en armonía con los gustos y las exigencias de esa multitud
que va á echárseme encima, y que al proporcionarme recursos me impone
desembolsos. Los recursos por ahora son semifantásticos, y lo otro urge.
Recorro con Cenizate algunas tiendas de anticuarios. Llevo una lista de
lo más apremiante.
Sofá (Luis XVI ó Imperio).
Dos sillones (ídem).
Un tapiz para el suelo.
Un mueble que sirva de escritorio.
Un par de taburetes ó sillas bajas.
Después de mil regateos, y á plazo de mes y medio la cuenta (sin
garantía alguna: estos anticuarios parecen confiadísimos), me decido
por dos fraileros, cuatro sillas de laca y seda brochada, un canapé
Imperio, una alfombra pequeña y viejísima, pero de colorido grato,
un contador italiano aparatoso--falso quizás,--dos ó tres Talaveras
recompuestos, un arcón tallado, basto, que me servirá de carbonera.
Todo ello, cerca de dos mil pesetas. Probablemente me han trufado;
entiendo poco de regateo, y Cenizate menos, á pesar de sus alardes
de inteligencia y sus reiterados “con esta gente hay que ser muy
escamón... Entre gitanos... No te fíes...” El engaño no me importa; lo
malo es que actualmente no tengo un real, y sacar de la yema de los
dedos tantas pesetas se me figura imposible.
Llegan las adquisiciones. La secatona portera, á quien tengo solícita
á fuerza de chorrear propinas, las acomoda á mi gusto, arregla, barre.
El camaranchón se transforma. Con mis estudios y bocetos, sujetos
por tachuelas, alegrando la pared; con la guitarra y los palillos en
panoplia; con los cuatro trastos antiguos, bien agrupados, formando un
rincón caprichoso que no me canso de mirar, esto es ya nido de artista.
Salgo, me lanzo á la calle del Caballero de Gracia y compro una palmera
y una camelia en flor. Es el toque que faltaba. Y aviso á las de
Dumbría, que vengan á admirar...
Minia y su madre, que me inspiran una especie de culto, á veces me
exasperan: me entran tentaciones de contestar desagradablemente á lo
que me dicen. Noto esta propensión desde que estoy en Madrid, y no la
pude reprimir cuando se resistieron á aprobar mis gastos.
--Sillas, bueno; pero sillas de á diez pesetas--declaró la
baronesa.--Así nunca tendrá usted un fondo para un imprevisto.
--Se ve que no quiere usted ser libre y dominar al destino--advirtió
Minia.--No me alarmaría este mueblaje, si no revelase su adquisición
que no tiene usted paciencia para esperar á ver reunido el dinero.
Derrochando, se ata usted de manos y pies. Lo que nos hace dueños de
nosotros mismos es la moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen
suprimir. Es la filosofía de la pobreza franciscana, que va segura y
posee el mundo.
Lo que me irrita es justamente la conformidad de estas ideas con las
mías; con las mías íntimas, y que no practico porque no puedo. No
hay cosa que nos fastidie, á ratos, como encontrar encarnado en otra
persona el dictamen secreto de nuestra conciencia. Ante Minia, me
avergonzaré de mis pasteles comerciales, como de una desnudez deforme.
Su mirada, á un tiempo llena de serenidad y de incurable desencanto, es
un espejo donde _me veo_... y me odio.
Esto se formaliza. Á mi taller, ya amueblado con cierta coquetería, me
atrevo á citar á los parroquianos; ¿vendrán? Por ahora se resisten. El
menorcito de Fadrique Vélez es un querubín: me han contado que es fruto
de amor, no de la coyunda, y en una familia contrahecha y esmirriada,
forman extraño contraste su gallarda figura, sus bucles rubios y su
tez de madreperla. Le retrato vestido de terciopelo azul, cuello de
encaje de Irlanda, tirabuzones á lo Luis XVII... La madre, que no se
aparta de allí mientras trabajo, se extasía y devora con los ojos al
retrato y al modelo.
La Ayamonte es la primer alta señora que consiente en acudir á mi casa.
La propondré sesiones cortas y más numerosas; si no, cree el buen
público que esto se hace como buñuelos... y lo peor es que acierta.
Además, he de reservarme horas para mi dibujo y mis estudios de óleo.
Una modelo nueva--he despachado á la del corsé feo; la he estrujado ya
hasta el alma... que no tiene. Me queda de ella un estudio mediano:
_Ajustando el corsé_;--¿qué más había de quedarme?
La de ahora no gasta corsé. Gitana--auténtica,--y veinte años. Tipo de
raza admirable. Pelo azul, aceitoso, mordido por peinetas de celuloide
imitando coral; tez de cuero de Córdoba--negra soy, pero hermosa, hijas
de Jerusalén;--dientes de chacal joven; nariz y labios de escultura
egipcia; y, como está fresca aún, senos parecidos á dos medias naranjas
pequeñas, bruñidas por el sol.
Cualquier combinación con esta zíngara hace _asunto_. El pañolito
de espumilla y el mazo de claveles tras la oreja; la montera y la
chaqueta del torero; el cigarro entre los labios; sobre todo, la
tela de seda rayada, amarilla y marrón, imitando el tocado de las
esfinges, con el cual, su perfil adquiere la nobleza de lo secular y
primitivo, la precisión del camafeo; sus ojos se ensombrecen.--¡Pobre
Churumbela! (la llamo así).--Cuando yo fije, en pedazos de lienzo
ó de cartón, todos los aspectos de su típica figura y los clave en
la pared, como el entomólogo sus colecciones, me aburrirá. Es muy
pedigüeña, muy lagotera, y siempre la manía de decir la buenaventura,
y de pronosticarme fortunones y noticias felices que _van á yegá po el
correo_.
* * * * *
_Enero._--Más recados. El teléfono de Dumbría y el de Palma empiezan á
activarse para mí. De esta semana saldrán diez ó doce encargos por lo
menos. La Ayamonte viene; ¡al fin pisa mi taller una de las consabidas
y esperadas deidades! Se lo agradezco tanto, que me propongo esmerarme
en su efigie, y así se lo digo en términos penetrados de agradecimiento
entusiasta. Aun no he acabado de hacerlo, cuando me pesa; conozco que
acabo de dar base á una situación embarazosa.--¿Embarazosa? ¿Por qué?
En fin, tonterías...
La Ayamonte es viuda, acaudalada, libérrima; parece contar de treinta y
seis á treinta y siete años. ¿Fea? ¿Guapa? Al pronto, insignificante.
Fijándose (como tiene que fijarse el retratista para sorprender lo que
late en la fisonomía), produce impresión; atrae. Es descolorida, y
cuando se emociona aun se pone más pálida; los ojos, pardos; el pelo,
que ha debido de ser rubio, ahora es de un castaño muy suave, apagado,
sin ondulaciones, fino y limpio, revelando el esmero de la mujer
cuidadosa. Viste bien, pero la falta _chic_. (El _chic_ lo adivino yo;
tengo ese don fatal de inclinarme al _chic_, y á la vez lo detesto,
porque el _chic_ es la mueca de la belleza.) Pero lo que me llama la
atención de esta mujer, que á primera vista pasa inadvertida, es que
encuentro en su cara la misma expresión que en la mía, lo cual crea una
especie de semejanza.
Nadie notará este parecido, que no está en el dibujo ni aun en el
color; yo, sí. Con la imaginación, la corto el pelo y se lo revuelvo
como el mío; la aplico un bigotillo rubio, _vandikista_, sobre el labio
superior; la enjareto una blusa... y se me figura un hermano--mayor ó
menor ¿quién sabe?--porque las mujeres vestidas de hombre rejuvenecen,
cuando no son del todo viejas. Así la fantaseo... mientras pongo sobre
el papel gris las primeras placas de color.
Si en vez de escribir este libro de memorias hablase con alguien,
miraría lo que dijese, no me llamaran fatuo. Aquí, ¿qué más da? Me
confieso conmigo mismo.
La mujer es un peligro en general; para mí, con mis propósitos, sería
el abismo. Por fortuna, no padezco del mal de querer. Hasta padezco del
contrario. No hay mujer que no me canse á los ocho días. Cuando estoy
nervioso me irritan; las hartaría de puñetazos. ¡Concilien ustedes
esto con mi cara soñadora y mis ojos llenos de vaguedad romántica,
que tantos timos han dado involuntariamente! Lo malo es que no doy el
timo sólo con los ojos; lo doy, sin querer tampoco, con la voz, con el
gesto y con la frase. Y estoy notando el efecto, y pienso que no es un
proceder honrado, y sigo adelante, y recargo la suerte... Fatalidad, ya
irremediable. No lucho; ¡á luchar, lucharía para no disolverme en los
crueles brazos de la Quimera!
Cuanto más tierno é insinuante me pongo al exterior, más crudas se
alzan en mi interior las protestas de mi desdén hacia ese instinto
natural que, convertido en ideal, tanto disloca á la especie humana.
¡Darle á _eso_ trascendencia, existiendo el arte!
Al caso: la Ayamonte, desde las primeras palabras que hemos cruzado,
comprendo que se ha conmovido algo por mí.
¿Hay tonto que no se dé cuenta de estas cosas? ¡Bah! Trasparente es el
vidrio, el agua, los tules... Más transparente un alma de hembra. Nunca
he dudado; equivocarme... raras veces. Por lo mismo que no me importa,
que no me ciego, adivino, adivino... Hasta he solido prever cómo va á
desarrollarse todo; qué trámites mediarán, qué incidentes, qué bordados
llevará la orla. Lo cual me enfría más aún. Y miro á la Ayamonte, y
siento de antemano el tedio de lo ya conocido; y ella nota que la
miro--de otra manera que como se mira para retratar,--y absorbe en mi
mirada qué sé yo cuántos quintales de ilusión...
El retrato es de tres cuartas partes de cuerpo; más bajo de las
rodillas. Discutimos el traje, la posición, mientras yo descanso
de haber indicado ligeramente la cabeza. Convenimos--con efusión
de temprana complicidad--en que retrataré despacio, despacio... La
Ayamonte me ruega que no la avise ningún miércoles; es el día que
almuerza en casa de su hermana la señora de Mendoza; ni ningún viernes,
es el día en que saca á paseo á la sobrinita, una criatura de diez y
siete años á quien tendré que retratar. ¿El traje? ¿Terciopelo negro,
raso gris, chiné rosa?
--¡Qué colores para usted!--grito desesperado.--¿No tiene usted algo
crema... algo marfil?
--Marfil, marfil... Sí, un traje de verano, con mucho encaje y moños de
cinta nacarada.
--Ese. Y perlas.
Á la segunda sesión, envía una cesta; dentro, el traje. Las perlas las
trae ella misma, en su bolsa de brochado. Pasa á vestirse á un cuarto
que he habilitado para tocador... de cualquier modo, ¡buen tocador
te dé Dios!--Polvos, horquillas, y sobre una mesa de pino, un espejo
de siete pesetas... Tarda poco: no es mujer de coquetería; cuando se
presenta en el taller, la felicito, y empalidece.
El conjunto me satisface: los tonos marfileños de la piel los suavizan
el encaje, y la carlanca, de perlas redondas y menudas; el pelo liso es
una nota intensa y dulce; las manos, admirables, de un dibujo perfecto;
y al considerarla atentamente, así en conjunto, comprendo el interés
de su figura, la expresión apasionada y soñadora de los ojos y los
labios. ¿Mentirá esta cara, como miente la mía?--Dentro del género,
este retrato puede ser más que los otros; ¿por qué no intentar que
resulte algo delicado y serio? Trabajo, pues, con empeño, guiñando los
párpados, alejándome, acercándome, reposando y conversando. La voz
de la Ayamonte es simpática, afectuosa, algo velada; la emoción la
enronquece en seguida; su conversación revela cultura extraordinaria
en mujer, hasta sensibilidad artística; advierto que es la suya una
organización fina y nerviosa hasta lo sumo.--¿Se parecerá en esto
también á mí?
--¿Señora, no ha notado usted que... es ridículo, no se burle... que
hay una vaga semejanza entre la expresión de su cara y la mía?
--Quiera Dios, en favor de usted, que sólo en eso nos
asemejemos--contesta con calma triste.
--¿Tan mala es usted por dentro?
--Mala... no. Malaventurada.
Pausa.
--¿Malaventurada...?--repito mientras empiezo á indicar muy en esbozo
las tintas amarillentas del blando y rico encaje, para entonar mejor
después el rostro.
--...ísima--afirma sonriendo un poco.
No me resuelvo á insistir, y la miro, vertiendo mis pupilas en las
suyas. Se demuda, se estremece. Visiblemente se ha estremecido.
¿Qué haré? ¿Seré tonto si cuando se levante para mirar el retrato no la
paso el brazo por el talle, ó más bien la tontería consiste en meterme
en la camisa de once varas del galanteo?
* * * * *
La Ayamonte me avisa que está algo indispuesta y no vendrá en unos
días. Acuden otras señoras, sin preocuparse de la calle; no he notado
más síntoma de aprensión en ellas sino que al apearse del coche (lo he
visto por la ventana) se remangan mucho el traje y pisan con melindre.
Emprendo la cromotipia de la Sarbonet, una regordeta campechana,
teñida de caoba; en realidad, lo que quiere retratar es su abrigo, de
chinchilla y armiño verdadero. Tantos pellejos dan unas notas bonitas
al lado del raso fofo, á ramos, del traje, y saco de esa mujer vulgar
un pastel de los mejores, en el cual hay algo de brío. Me siento de
buen humor; tomamos confianza. La Sarbonet descubre el retrato empezado
de la Ayamonte, y me cuenta mil chismes. La conoce desde pequeña.
--Pretenciosa, espiritada, romántica... La ha educado del modo más
estrafalario su tutor...
Aquí, tos afectada.
--¿Tutor?--repito para estirar una lengua que no lo ha menester.
--Tutor, padrino... ¡qué sé yo! El famoso Doctor Luz, D. Mariano;
el último figurín de la medicina, el que nos trae las novedades de
Alemania. Á mí me quiso curar la jaqueca con masaje... No se ría usted,
¡qué guasón! Si no amasa él; si envía una amasadora muy borrica, que
le pega á uno cada cachete... En fin, que el doctor era el amigo de la
casa, que asistió á la madre de Clarita en el parto, de resultas del
cual murió; que apadrinó á la chica; que, según dicen, ayudó á salvar
la fortuna, algo comprometida por las tonterías del Coronel, el...
papá, que, por fortuna, también se las lió pronto; y lo cierto es que
Clarita tiene una posición excelente.--Sólo que, ¡la educación! Aquella
cabeza es una olla de grillos; tantas cosas raras aprendió... Leyó
cuanto quiso, estudió extravagancias... pero...
Mohín púdico, que le cae á la Sarbonet como á un galápago una mitra.
--Pero... corrección... y religiosidad... ¡ni pizca! ¡Más _shocking_!
Cambio de frente, inspirado por la cara que yo debía de poner:
--Y... ¿quién la arregló el traje? Ella no sería: se viste como una
portera...
* * * * *
Ya voy teniendo en mi taller, no sólo á los que se retratan, sino á
algunos curiosos, aficionados, inteligentes, ociosos, _flanistas_,
cronistas, clubistas. Vienen desperdigados; no tertulian. Desde
el primer día he establecido rigoristamente que si hay una señora
retratándose, no se pasa. Los encargos arrecian; he abierto un libro
con fechas, plazos, indicaciones. Á no ser así, no me entendería.
Ello es verdad, este caso inverosímil ocurre; me he puesto de moda
en un par de meses, y llevo camino de que se me disputen, pues ya
comienzan los recaditos avinagrados, las esquelas imperiosas, los
gritillos nerviosos, por teléfono, que indican la exasperación del
deseo. “¿Qué dice? ¿Que no puede hasta dentro de dos semanas? ¡Pero
si para entonces tengo que irme á Sevilla! Ahora, ahora mismo”. Según
creen personas expertas, no deja de contribuir á este apuro el rumor
de que voy á subir los precios. Noto que en Madrid la gente, al
abrir el portamonedas, hace un esguince involuntario. Es que la vida
moderna entra aquí con sus exigencias y refinamientos, y no encuentra
preparados ni los bolsillos ni las voluntades; se ha trabajado poco, se
ha vegetado entre orgullo é inercia, esperando quizás estacionarse en
el período de la alcarraza y el coche de colleras, mientras en Europa
se multiplica el goce y los automóviles echan demonios; las fortunas
aquí deben, pues, de ser mediocres, y, en general, desproporcionadas
con la posición y las ansias de confortable. La gente vive de pantalla:
palcos, coches, trapos quizás, y lo que no tiene que ver con esto (mis
pasteles, verbigracia) es un renglón extraordinario... Total, que me
asaetean á prisas, por si subo. Total, que debo subir.
No por eso espero mejorar mucho mi situación económica. He cobrado
dos ó tres retratos ya, he dado un ten-paciencia á los anticuarios y
estoy con el agua al cuello. Aún no he podido abonar la factura del
sastre, que ya me la ha presentado políticamente una vez; las cuentas
de carbón y plaza, administradas por la portera, hinchan, hinchan;
el de la tienda de marcos también echa sus indirectas; y hay mil
imprevistos, y el segundo plazo de la venta de mis cuatro terrones aún
falta tiempo para que llegue á mi poder. Y entretanto mi estudio se ve
visitado por gente de buen tono; á veces me deslizo á ofrecer una taza
de te incorrectamente servida, cachifollada, entre el revoltijo de los
lápices, los bocetos, las paletas cargadas y las cajas de colores; me
han invitado á algunos saraos; no he ido, tengo pocas ganas--y evitaré
prodigarme y ser pintor faldero, al menos en este respecto...--¡Ah! el
mote de pintor faldero sale de la Sociedad de Acuarelistas, donde cada
vez soy más impopular; los bombos de Monteamor en _La Época_ me cuestan
ver muchas caras de cuerno y muchos gestos burlones. Por Cenizate sé
lo que de mí se murmura. Nunca seré nada; no tengo de talento ni tanto
así; soy un adulador, un degradado; me ensalzan porque intrigo, porque
mi tipo afeminado encapricha á las señoras--á las bribonas, es lo
literal;--sigo la brillante carrera de retratista guapo... etcétera.
Nadie se acusa con mayor severidad que me acuso yo; pero, al fin
y á la postre, cuando me azotan así, es cuando me sublevo. ¿Qué
hicieron ellos, vamos á ver; qué hacen, qué harán? ¿Se nos prepara
una nueva generación de gran altura? ¿Dejan tantas obras maestras
las Exposiciones? Ellos y yo, por ahora, garrapateamos, manchamos,
tanteamos... Acaso ellos, en mi pellejo, descubierto este filón de los
retratos fáciles, no continuarían abrasándose, como yo, en el ansia
devoradora de _lo otro_...
Al enterarme de estas chismografías bohemias, no pegué ojo en toda la
noche; me levanté temprano, con el estómago revuelto, amarilla la tez;
me parecía tener calentura; di orden á la portera de que despachase
á todo el que viniese, diciendo que me encuentro algo indispuesto
y no puedo recibir--á pesar de ser el día en que me pide otra vez
sesión la Ayamonte.--Y, dominando un jaquecón que me parte las sienes,
atiborrándome de te, con el pulso temblón, vuelvo de cara á la
pared los retratos empezados, sin precauciones para no borrarlos, y
cogiendo un lienzo, armando mi paleta, empiezo á bocetar un cuadro al
óleo--_Recolección de la patata en la Mariña_.
Este cuadro puedo decir que lo tengo en apuntes, en notas tomadas
directamente, aldeanas. Al volver á verlas, después de tanto tiempo
y tan lejos de donde las recogí, ¡qué alegría!--me parecen fuertes y
sinceras. La vieja que se cubre con el paraguas de algodón azul; la
mozallona que se inclina al suelo marcando sus groseras formas; la
otra labriega, niña y rubia, figurita mística quemada y curtida ya por
el sol y la labor; y sobre todo, el paisaje, un paisaje sin engañifas
ni trapacerías; el terruño bermejo, craso, destripado por el azadón y
enseñando sus riñones, las patatas; allá en el fondo, el _cómaro_ que
limita el predio.--Y los colores chillones de las ropas, y el verde
insolente de la vegetación, y el cielo brumoso--y la augusta verdad.
Me embriago componiendo, olvido las mezquindades ajenas y propias; el
cuadro adelanta; me parece que lo saco de mis entrañas; lo besaría.
Á las doce, la portera me sube un par de huevos estrellados y un
chorizo frito.
--Déjelo usted ahí...
Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción del estómago, una
onda de saliva en la boca, me avisan de que la bestia pide su ración.
Trago los huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. ¡Es que
sale bien de veras! Á las dos, la velada voz de la Ayamonte en la
antesala:
--¿Que está enfermo?
--No, señora; un poco indispuesto ná más... Se ha acostao.
Y la voz, enronquecida:
--Si se empeora, avíseme, calle... número... Anochecido, volveré á
preguntar.