cromotipias, y pienso en la carne flamenca de Rubens, me daría de
cabezadas contra la pared. Materia, materia; esplendor de la carne: y
arrodillarse y adorarlo.
El realismo de Rubens es más brutal que si nos presentase gente pobre
y famélica. Sus hombres sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus
mujeres de senos de manteca y nalgas rosa te, eran gente rica y bien
alimentada; y así quisiera yo desnudar y pintar á la _high-life_.
Afuera tules. La carne, compacta, fresca; albérchigos y pavías. Verano
de la vida; y por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por esas
venas (¿no es triste que no tenga _venas_ la gente que yo retrato?),
por esas venas, circulando, el hierro y el calor de los siete pecados
capitales.
De todo esto saco en limpio... poca cosa: que quisiera ser Velázquez,
Goya ó Rubens, ¡un nene! ¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis
farsas puedo hacer. Porque ¿quién va á venir á retratarse en esta calle
sospechosa, en este taller desmantelado, sin un trapo antiguo, sin un
sitial coquetón, sin alfombra... sin estufa?
No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos!
Hoy tirito. La noche cae, y como no he de comer--no era la digestión
del boa, era la indigestión,--no salgo; me quedo en mi rincón, me
refugio en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que me sirve de
manta de viaje y de cama. Me siento mal, muy mal; parece que dentro
del estómago tengo una barra de plomo; la cabeza me duele... Trataré
de dormir. Á cerrar los ojos, á no acordarse de nada. ¡Qué nuca y qué
hombros los de la _Hilandera_! Lo asombroso de Goya, el misterio de
las pupilas de sus retratos: tienen _húmedo radical_... Bueno, ahora
lo de ene: bascas, escalofríos... ¿Si enfermaré de veras?... ¡No me
faltaba más que eso!
Quebrantado aún (¡qué indigestión, señores! ¡Yo creo que fué de
admiración más que de otra cosa! Es bobo y ocioso admirar á los que
ya pasaron; ¡arte nuevo, nuevo!), voy á la Sociedad de Acuarelistas á
dibujar. Empiezo á conocer algunos del oficio; muchachos como yo, tal
vez con las mismas esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! Les
veo que fuman, ríen, hablan de mujeres,--piensan con ahinco en algo más
que el arte.--Hay uno, sin embargo, rabioso, emberrenchinado como yo:
se profesa _impresionista_ (¡qué diablura!) y se llama Solano. Tiene
unos ojos que giran, que miran azorados, insensatamente: ojos de raposo
cogido en la trampa.
Me han preguntado mis proyectos. No les he contado palabra de verdad.
Me daba vergüenza confesarles que espero á que las bellas señoras
me hagan con sus deditos una seña: “Retrátanos... y que salgamos
arrebatadoras, celestiales”. ¿Y si, además, por encima de todo,
¡humillación doble!, ni aun eso encontrase; ni aun le comprasen al
charlatán sus mentiras, su agua de rosa y su blanquete?
Á bien que saldré de dudas pronto. Las de Dumbría me escriben que antes
de principios de Diciembre llegan.
Entretanto, como no debo perder tiempo, y como la labor de noche en la
Sociedad no me basta y quisiera aprovechar algo las mañanas, que me
paso tumbado en el diván leyendo ó haciendo castillos en el aire--me
determino á llamar una modelo y un modelo. Cuestan, pero no hay cosa
mejor para formarse la mano y adelantar en estudios útiles--una mano,
una pierna, la cabeza, el torso.
Por suerte, en la tienda de marcos, donde me surto de lienzos,
pinturas, pinceles, un caballete mecánico--comprendo que no se darán
prisa á pasar la cuenta. Les he insinuado que los meses de Navidad
y primeros de año no son á propósito para pagos, y en seguida
comprendieron: deben de estar acostumbrados, por su clientela de
artistas, á morosidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque parece
que no son nada estas fornituras--tubitos, frasquitos, pinceles,
palitroques,--y sólo el caballete representa un desembolso de treinta
y cinco duros. El amigo que me he echado en la Sociedad, un chico
paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado un apego decidido y se
dedica á aconsejarme y protegerme, al saber mis adquisiciones me dice
que anduve precipitado; que como la miseria siempre, y ahora más, es
tan acuciosa entre nuestros compañeros, en el Rastro y en las casas de
préstamos encontraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. No
le quise responder: “es que la tienda no me cobra ahora, y lo de lance
se pagará al contado”. La penuria de dinero, á veces, obliga á gastar
doble.
La modelo... ¡pch! un desnudo regular: de la cintura abajo, algo
de morbidez; los brazos magros, los hombros puntiagudos, las manos
encanalladas. Para estudiarla sinceramente y á trozos no me importa;
pero si alguno quiere meterla en cuadros de ninfas ó de damas, ¡con
esas manos, á morir!
No sería yo quien me consagrase á damas ó á ninfas, y eso que desde mi
llegada á Madrid me parece que siento menos la naturaleza, y la verdad
áspera y plebeya no me seduce tanto. Aquí no hay campo, y la ciudad, ni
moderna ni majestuosamente antigua, no me atrae. Recorro sus calles,
sus paseos,--nunca salta la nota que me agradaría tomar. Vamos, ya
estoy maduro para mi campaña de retratos.
El desnudo del viejo, infinitamente mejor que el de la mujer. Es un
setentón que sería muy terne en sus mocedades, y que en vez de criar
grasa se ha desecado lo mismo que un gajo de uvas colgado al sol.
Se ha convertido en un Ribera. Creía yo que aquellos clarobscuros
y aquellos tonos de Ribera eran falsos. No: en la piel del viejo
encuentro el mismo ocre amarillo, la misma tierra de Siena, la misma
sombra calcinada de los ascetas riberescos; y su vello y su barba y
su pelambrera--á las cuales los artistas le hemos prohibido tocar: es
nazareno--son del mismo gris plomo, con toques blanco plata y los tonos
y reflejos de una armadura. Al estudiar al viejo, cargo la paleta de
colores á la española; mi pincelada se hace amplia, fuerte, y me voy al
estilo franco y á las grandes masas. Hasta me sugiere asuntos castizos
y anticuados; ayer le boceté de San Jerónimo, con su pedrusco en la
derecha.
* * * * *
_Final de Noviembre._--¡Llegan, llegan las de Dumbría! Preciso era;
porque se me iban acabando el resuello y la esperanza, y además, en
todo este mes no he comido cosa que digiriese; noto el estómago tan
frío, que--se lo conté ayer al hermano de mi amigo Cenizate, que es
médico--padezco una aprensión rarísima (él la calificó de alucinación,
engendrada por la dispepsia): la idea de que me lo cruza, sin
interrupción, una glacial corriente de agua.
Como he adquirido una tetera, me inundo de te para digerir las
porquerías; estoy muy nervioso, sueño dislates, y de día miro mi
taller desmantelado, mi casa sin muebles, mis perchas sin ropa--y los
planes de atraer aquí al gran mundo, y al gran mundo femenino, se me
representan como delirios de la calentura.
Por cierto, á propósito de este delirio, que la carta de ayer de mi
romántico amigo de Marineda, Florencio Goizán, es para desmigajarse
de risa. Me ha cogido en un día de los de humor más negro, y me lo
mitigó... Hay párrafos deliciosos.
“¡Mortal tres veces feliz!”--me escribe.--“De este aburridero, este
rincón donde no se puede ni soñar en ilícitas aventuras--porque detrás
de cada vidriera hay una vieja atisbando,--te envidio el jardín que
ya empieza á brotar en tu taller. ¡Qué jardín! Desde la altanera flor
de lis purpúrea, hasta la original orquídea modernista, no habrá flor
de estufa que ahí no pueda lucir en el caprichoso búcaro oriental.
¡Qué mujeres, Cristo! Ya las miro subir tus escaleras con el corazón
palpitante; llamar á tu campanilla con trémula mano enguantada de
Suecia; entrar con ese delicioso ruge-ruge de sedas que él solo
estremece; inundarte el taller de oleadas de _ideal_ y de _brisas
rusas_; reclinarse negligentes en el sofá Luis XV, mientras tú te
hincas de rodillas á sus pies sobre un almohadón de terciopelo y
empiezas á contar tus ansias. Habrás dispuesto (naturalmente, es de
cajón) el refresco en el velador árabe; allí sus emparedados, sus
bombones, y allí su vino de Málaga. Y si llegase impensadamente el
celoso marido, la dama adoptará _pose_ en el estrado, tú agarrarás tus
lápices, el retrato seguirá viento en popa,--y aquí no ha pasado nada,
caballeros.
“Lo más sabroso ha de ser eso: engañar á un necio orgulloso de sus
blasones, con el pretexto tan socorrido de los retratos. ¡Porque
cuidado que es socorrido! No es pretexto sólo; es ardid de guerra. Si
yo fuese padre, amante, marido, cualquier día consiento que tu _la_
retrates y estéis solitos bebiéndoos á tragos largos la mirada horas
enteras. Vamos, se necesita ser memo. ¡Ya que la memez es epidémica,
incurable, triunfa, mortal tres veces feliz! No te pares en barras, no
te achiques al tropezarte con las rimbombantes genealogías: la mujer
es mujer, ya nazca en áurea cuna, ya en el arroyo; el flecherillo todo
lo iguala; los antepasados de coraza ó ferreruelo no se alzan de sus
tumbas, y tú acuérdate de Goya, que prefirió pintar mejillas ducales
y borrar luego con los labios el carmín, á legar á la posteridad un
nuevo título de gloria. ¡Ah! ¡Quién pudiese estar en tu lugar unos
meses siquiera! Desgarra encajes de Venecia, arruga sedas de Lyón,
desabrocha collares de perlas, descalza esquifes de raso, y compadece
á los amigos que se pudren leyendo cartas sin timbre y sin ortografía,
no llevando sus ambiciones más arriba del taller de costura, los
dedos picados y el zapato de cuero gordo. Más suerte tienes que un
ahorcado; es de esperar que sepas agotarla, y que en el verano, á la
sombra de los castaños de Zais ó en la playa de Riazor, nos refieras
episodios. ¡Digo, si es que te dignas volver á las natales costas, y no
te arrastra el torbellino del gran mundo hacia la isla de Vight ó los
arenales de Trouville!”
Así, copiado al pie de la letra.
¡Gastan imaginación en Marineda, vaya si la gastan! ¡Y lo cómico es
leer esto en el camaranchón que llamo taller, amueblado con una estufa
que no tira y el caballete mecánico, y visitado sólo--á tanto la
hora--por la modelo, la Eladia, que deja caer, al desnudarse, un corsé
muy usado, color lagarto mustio, del cual reniego!
--¿Chica, no tienes más corsé que éste?
--No, sorito...
El tono es tan triste, que arrío dos duros para un corsé nuevo y
blanco; al otro día sube con el antiguo. Que su madre está enferma, que
tuvo que comprar una medicina “barbaridá de cara...” ¡Bien, adelante!
De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y me sale regular; la modelo,
destacándose sobre la luz de la vidriera y ajustándose el corsé, con
un movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la vuelvo á dar
propina: la guita se me va que vuela.
* * * * *
_Diciembre._--Me he reanimado al ponerme al habla con las Dumbrías. Me
hicieron cenar allí la noche de la llegada, las provisiones que traían
en el tren, que me supieron á gloria, y eran, sobre poco más ó menos,
lo que hubiese comido en mi taller--fiambres, pastas.--¿Por qué digerí
mejor ya? ¿Es que mis nervios mandan en mí tan absolutamente?
Á la siguiente mañana me llamaron por teléfono--el teléfono del
despacho de aguas minerales, en el piso bajo de mi casa,--para avisarme
que vendrían á visitar mi instalación. Han venido, impresionando á la
portera, que al cabo ve aquí unas señoras; se han reído mucho de ver
cuántas cosas me faltan.
--Supongo--dijo Minia--que estará usted encantado, porque esta escasez
es poesía.
--No tal--grité.--¡Ay, los soñadores! ¡Señora, esa fantasía de usted!
Estoy perramente, y es imposible, aunque llegasen á enterarse de mi
existencia, que ninguna dama ponga los pies en tal desván.
--Muchísimas gracias, por la parte que nos toca...
--Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me entienden...
Horas después llamaron á la puerta y entraron dos mozos cargados
de trastos. Las Dumbrías, que justamente acaban de arreglar un
salón-biblioteca y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían
estantes para libros, cortinas, una cama de madera, un sofá, algunas
sillas. “No nos caben en casa”, decía el billete. “Vaya usted á comer
á las ocho, y no espere buen trato, estamos desorganizadas todavía...
No tenemos más convidado que usted...” Interpreto: puedo ir con
esta ropa. De perlas, la ropa. Es la misma con que vine de Buenos
Aires; la hice á principios del verano de allí, que es el invierno
de aquí, y por consiguiente, ahora, en otro invierno, después de
dos veranos empalmados, porque en Mayo me vine á España, cualquiera
adivina el aspecto que ofrece, y lo que abrigará. “Poesía, poesía...”,
dirá Minia... “Pulmonía...”, digo yo. Y además, el único gabán se
ha puesto del color indefinible del corsé de la modelo. Habrá que
equiparse.--¿Habrá...?
Al salir de casa de Dumbría para ir á dibujar á la Sociedad, una
digestión completamente feliz me despeja la cabeza. En fin, el caso es
que dentro de unos quince días, el tiempo estrictamente indispensable
para “arreglar” algo, darán tres reuniones por la tarde, á las cuales
yo no asistiré; expondrán el retrato de Minia, y malo será--opina la
baronesa--que no salten encargos.
--Sea usted, al principio sobre todo, muy transigente. Cobre poco:
en Madrid no se atan los perros con longanizas; las necesidades de
apariencia de la vida son muchas, y los más ricos y empingorotados
miran al microscopio lo que gastan. Préstese usted á ir á las casas á
trabajar; vale más, ya que tiene usted el taller en malas condiciones...
--Pero la luz...
--La verdadera luz son los cuartos. Déjese de historias.
De modo que ya se revela mi porvenir. Subir escaleras como los maestros
de piano, esperar en la antesala á que me mande pasar la señorita,
retratar con luces de interior y á la hora que me ordenen... Y lo más
vil es temblar, no á esas humillaciones, sino á que no llegue el caso
de sufrirlas; á que, al exponerse mi retrato, se encojan de hombros y
pasen á tratar de asuntos de actualidad,--riéndose del mamarrachista
y de la indiscreta bondad de las que le protegen. Ahora se me figura
que infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de desaliento,
me _siento_ sufrir y rabiar, no por lo que temo que va á pasarme, sino
(me ocurre muy á menudo) por cuanto de malo me ha pasado en la vida. Lo
repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contrariedades difuntas resucitan;
ni aun las grandes, no: las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi
suerte, ser carpintero ó herrero, no hallarme aquí, emprender un viaje,
recluirme en Zais; á pesar del contento del estómago, mi cerebro se
ensombrece, y de puro nervioso echo chispas como los gatos. ¡Miseria,
nulidad de la vida!
* * * * *
Orden, orden: á escribir sin temblequeteo de pulso.
Salí de casa (con el pie derecho, por si acaso), y cuidé de sentar
también el pie derecho, ante todo, en el portal de Dumbría.
Asistí á los preparativos. Acomodé yo mismo el retrato sobre un
caballete dorado, y _drapeé_ la tela antigua, tul bordado de flores
empalidecidas, con el cual hicimos un pabellón gracioso, arrugado por
mano de artista, al marco dorado y color madera. Me alejé, me acerqué,
le corrí, le encontré al fin el punto de vista bueno; y al sonar las
cinco, me escondí, con huída de gamo al través de los matorrales, en
las habitaciones interiores: Minia se reía, afirmando que en Madrid,
cuando se avisa para las cinco, ni un alma antes de las seis y media.
Y así fué.--Á las siete, apostándome impaciente detrás de una cortina,
escuché un zumbido de colmena, y destacándose de él, palabras sueltas,
exclamaciones. Servían el chocolate, y lo que pude entender se refería
á tal operación gastronómica. “Qué bueno es este bizcochón...” Á las
ocho fué acallándose el mosconeo de la gente; á la media, silencio, y
las señoras de la casa que venían á buscarme, con el rostro destellando
satisfacción. Á mi interrogación muda, Minia alzó un dedo.
--¿Un encargo?
--Uno solo, por ahora...; pero vale por cien. ¡Trae trébol de cuatro
hojas! La condesa de la Palma. Lo mismo fué fijarse en el retrato, que
exclamar: “Envíeme usted sin tardanza ese prodigio”.
--¿Ha dicho _prodigio_?
--Textualmente.
--¿Y cómo es esa señora?
--Como le podía á usted convenir que fuese la primer gran señora que
pide que la retrate. Moralmente, encantadora; culta, de una cortesía
y una lealtad en sus amistades, que escasean; con prestigio, con
relaciones sobradas para imponerle á usted. Físicamente, un tipo para
pastelista: rubia, blanca, ojos azules, facciones menudas, sonrisa de
inteligencia, malicia mundana en la expresión. Ya aceptado por esa
señora, podemos quitarle á usted los andadores. Ella le guiará. No se
alarme usted, no alteramos el programa: habrá otros dos chocolates;
verán mi retrato cuantos creamos que es conveniente para usted que lo
vean; pero el paso inicial está dado con suerte.
--Con el pie derecho--murmuré, acordándome de mis precauciones, y
sintiéndome tan gozoso que me volvía niño.--De pronto, una inquietud.
--Así de ropa, ¿cómo me presento en casa de la condesa?
--¡La condesa, ya le he dicho á usted que es buena é
inteligente!--insistió Minia.--No será ella quien se fije en eso; es
decir, fijarse sí, no se le escapará; pero se dará cuenta de lo natural
del hecho y no se burlará ni por asomos. No por ella; por conveniencia
general, encárguese usted algo. Le hace á usted tanta falta como los
pinceles.
¡Minia llama _algo_ á un traje completo de sociedad, con abrigo; otro
traje de mañana, corbatas, camisas, botas, guantes, el demonio! No hay
remedio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre vergonzante: así no
me _admitirían_. ¡Ah, mi gabán verdoso, mi pantalón color nuez, con
rodilleras, mi sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! ¡Yo
que aborrezco el frac!
Paciencia; si he de llegar á ser, á revelarme, necesito subsistir, y la
subsistencia así viene, y entretanto á adelantar, á adquirir impecable
dibujo; el colorido, después.--Se me figura que he conquistado hoy el
pan, y he vuelto á casa con el júbilo innoble de un perro que caza un
hueso circundado de piltrafas.
* * * * *
_Fin de Diciembre._--Además del retrato de la Palma--que en efecto es
como me la ha descrito Minia--han salido de los dos chocolates de casa
de Dumbría otros encargos: una señora quiere el retrato, de cuerpo
entero, al óleo, de sus niños; otra, un pastel con manos y busto,
envuelto en pieles de chinchilla.
¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al óleo. En el pastel
me desenredo; en el óleo estoy á ciegas. Antes de pintar al óleo un
retrato, debo ir á lavarles los pinceles á Sala ó á Sorolla, y á
barrerles el taller dos años; después, hablaríamos. El óleo es la única
_pintura_ positiva. Estuve á pique de negarme en seco. Las quinientas
pesetas de cada retrato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dumbría
no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero, quinientas! y con el
sastre amenazando...
En _La Época_, por primera vez, leo mi nombre, flanqueado de epítetos
lisonjeros. Es una crónica de las reuniones de Dumbría; elogian el
retrato de la compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan las
tradiciones aristocráticas del pastel, consignan que después de la
muerte de Madrazo no ha quedado en Madrid un retratista de damas--y
pronostican que ese retratista puedo ser yo.
¡Lagarto, lagarto! Otro es mi sueño...
_El Imparcial_ también me dedica un párrafo. Me llama “modesto
artista”. ¡Modesto! ¡Rayo! Modesto, no; ¡cargue Satanás con la modestia!
Á la siguiente noche, en la Sociedad, mientras Cenizate me suelta un
fogoso abrazo de felicitación, percibo en los demás, y especialmente
en los que creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa malévola,
gestos impertinentes. En un grupo se dan al codo y ríen; en otro bajan
la nariz y se chapuzan en el dibujo. Solano, el impresionista, me
vuelve la espalda. No existo. ¿Envidia ya? ¿Envidia de qué? _Ellos_
lo único que deben envidiar es la gloria; eso sí que lo envidio yo,
con rabiosos transportes y con respeto fanático á los gloriosos (si es
contradictorio, también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un pan
tan triste? ¡Miseria, miseria, miseria!
Además de la envidia, percibo otra cosa todavía más mortificante, ¡el
desprecio!
La simpatía de mis compañeros me animaba. Hoy parece que me miran por
cima del hombro; no desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al
intrigante.
--No hagas caso--aconsejó Cenizate cuando salimos juntos.--Tonterías.
Uno de esos amaneramientos de taller. El estribillo de que para ser
artista hay que ser un puerco-espín, hablar en carretero y en chulo, no
tratar sino á las modelos. Mejor si te llevan en palmas en los salones
y te sonríen las deidades.
¡Este ya se figura!... ¡Otro como Goizán!
La Palma--noto que aquí nadie dice _la duquesa de Alba_, sino la Alba,
la Osuna, la Laguna,--la Palma me acoge con bondad suma, y está muy
contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su casa es un palacio,
en una calle anticuada y solitaria, donde se ignora el ruido de los
tranvías. En otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora
sólo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida--según me dice la
misma condesa. Ella ha hablado de mí á su círculo, y espera decidir
á alguna _elegante_ á que se deje retratar, en cuyo caso me pondré
muy rápidamente de moda. Pregunto qué elegantes son esas y en qué se
diferencian de las otras damas; si son más bonitas, más ilustres, ó
se visten por otro estilo; qué tienen de particular para que si se
encaprichan le pongan á uno en candelero. La Palma sonríe; sus ojos
azules chispean picaresca é indulgente jovialidad.
--Amigo artista--me dice en su correcto y reposado tono habitual,--no
quiero adelantarle á usted impresiones de sociedad, porque usted no
es de los que necesitan que les den la sopa con cuchara de bayeta.
Me alegraría mucho, por usted, que Lina Moros consintiese; es una
hermosura... ya verá usted. Con Lina Moros triunfaría usted en toda la
línea. Le conviene á usted retratar de esas bellezas profesionales.
Pedí detalles, rasgos.
--¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía.
Quedé deslumbrado. Aunque conozco las triquiñuelas de los fotógrafos
de alto copete, y cómo _ponen_ y cómo hacen... lo propio que yo hago,
¡infeliz de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habilidad; sé
descontarla. No es mujer, es una hurí. Las huríes me figuro yo que
se diferencian mucho de los ángeles: éstos tranquilizan y aquéllas
soliviantan. La Palma ve el efecto y me embroma.
--No vaya usted á prendarse; Lina hace estragos...
¡Prendarme! No tengo confianza bastante para explicarle á la condesa mi
interioridad en estas materias; lo único que se me ocurre es exclamar:
--La semana que viene espero adecentarme; y entonces, ya que es usted
tan bondadosa para mí...
El miércoles pruebo; el sábado me traen sólo el traje de diario y
el abrigo, lo que me corría más prisa. Las corbatas, las camisas,
¡maldición! hay que abonarlas al contado. Mi bolsa, escurrida como
tripa de pollo. Suerte que la Palma me envía en un sobrecito billetes,
el precio de su retrato. Los óleos de los chicos adelantan: van
desastrosos... pero, ingreso en puerta. ¿Será verdad que el pan se ha
conquistado?
Al retirarme de la Academia me acompaña siempre Cenizate; charlamos de
mis esperanzas, y se toma por ellas interés vehemente. Frustrado en
cuanto artista (se me figura que no irá más allá de lo que hace hoy,
paisajitos grises, con troncos rojos, una lamedura de Haes), teniendo
lo suficiente para vivir, porque es económico, ha concentrado en mí
la ilusión que tal vez no siente ya por cuenta propia. Un modo de
engañarse á sí mismo como otro cualquiera, el imponer en cabeza ajena
los sueños. Ello es que Cenizate se pelea desesperadamente por mí,
defiende mis pasteles--que atacan sin haberlos visto--y se pasa en
mi taller las horas muertas forjando planes y enunciando hipótesis.
“Has de tener que abrir las ventanas para que se vayan los perfumes de
tanta cliente...” Todo el mundo me envuelve en perfumes... y aquí no
huele sino á carbón de cok y á colillas de cigarro. Ayer, por la tarde,
subió con un recado la portera, y Cenizate saltó: “La _señá_ marquesa
de Regis, por el teléfono, que cuándo podrá el señorito pasar por su
casa...” ¿Marquesa de Regis? No sé quién es... Buenos oficios de la
Palma, ¡de fijo! “¿Lo ves?”, repetía Marín. Por la noche, en el café,
viéndome en un instante de abatimiento, me interrogó:
--¿No estás contento, ahora que los peces pican?
--¡Contento! Lo estaré así que me vea por el mundo adelante, metido en
harina de verdadero trabajo. No cuentes en la Sociedad ni esto; sobra
con la batahola de los periódicos. Solano es capaz de escupirme á la
cara...