poco á poco, el artista se refugió en el largo cenador tupido de
trepadoras; allí no se oía más ruido que el cadencioso del caño de agua
desahogando en el pilón semicircular para afluir después al estanque.
Silvio alzaba la cabeza de vez en cuando; el chorrito ritmaba sus
ideas; al menor soplo de aire, gotas frescas se descolgaban de las
ramas; algunas se detenían en la cabellera del lector. Por la abertura
circular practicada en el follaje, se veía la señorial tristeza del
jardín antiguo, de recortados bojes, de árboles ya senadores; y las
zuritas, descolgándose de la repisa del hórreo-palomar, bajaban á
trancos cortos, inquietas, las escaleras del estanque, para llegar á
sumir el pico en el agua revuelta por el aguacero, y donde flotaban,
con lentitud graciosa, peces de laca carmínea, de exótica estructura,
de nadaderas azul empavonado, compatriotas de Taikun.
--Las palomas--calculó Silvio,--de seguro acostumbran beber en este
pilón, y las estorbo. Me apartaré para que no tengan recelo.
Se desvió. Era exacto. Apenas las aves vieron franco el camino, se
precipitaron, se atropellaron al borde del pilón semicircular, riñendo
á picotazos por la vez, como las aguadoras en las fuentes públicas. El
pintor, abandonando el libro, sacó su carterita y su lápiz y apuntó
el rebullicio de las aves, el pilón sobre el cual se erguían esbeltas
y lanceoladas, semejantes á plantas de mayólica, las lustrosas hojas
y las flores duras y tersas del _arum_ ó cartucho. Encontrábase en lo
mejor del apunte cuando llegó la baronesa.
--Hoy no se va usted: el tiempo está inseguro; á lo mejor cae otro
chaparrón.
--Baronesa, ya abuso de su hospitalidad; mejor sería irme ahora,
aprovechando la mañana.
--¿Sin almorzar? ¿Está usted en sí? En Alborada no es costumbre
despachar á la gente con el estómago vacío. Pero, ¿qué prisa tiene
usted?
--¡Si al menos me utilizara usted para algo! ¿Quiere permitirme que la
retrate? Ha quedado un pedazo de papel, y lápices no faltan.
--¡Bah! Descanse; no se ocupe en retratar viejas... y al pastel mucho
menos. Ya me retratará usted otra vez, si Dios quiere. Porque se me
figura que usted, vuele adonde vuele, ha de recaer aquí... aunque sea
sin ganas.
--Ganas sobrarían; pero aún más de irme lejos, hacia donde encuentre lo
que tanta falta me hace. ¡Tengo que trabajar mucho!
--Para esa vida de trabajo, salud, salud y salud es lo que conviene.
Quédese usted aquí hasta que nos vayamos á Madrid; duerma, coma y
engorde. Hoy le daré á usted pimientos fritos, que le gustan, y
empanada de robaliza, ¿se entera? Y muy rica que estará, si la amasan
con manteca fresca, como he dispuesto.
--Lo que me gusta--declaró Silvio riendo de complacencia--es la cordial
franqueza que encuentro aquí. ¿Son así las señoras en Madrid? ¿Cómo son?
--¡Qué sé yo! ¡Las hay de mil maneras! En fin, no sea usted tonto, y
píntelas á todas muy guapas. Así ganará usted dinero; ¡el dinero es tan
indispensable!
--¿Usted cree, baronesa, que me saldrán retratos en Madrid?
--Todo será que las señoronas se den unas á otras el santo y seña y
que usted las saque preciosas. Esos retratos de la escuela moderna,
exagerando la fealdad y con chafarrinones azules y verdes en la cara,
vamos, ¡no concibo cómo hay quien se gaste una peseta en ellos! ¡Para
verse más horroroso de lo que uno es! Figúrese: la gente se muere; al
cabo de algunos años, nadie se acuerda ya de cómo era nadie; y siempre
un retrato bonito...
--¡Ay! ¡Si comprendiese usted cómo me carga lo bonito, señora!
--¿Cómo? Pues no es usted especialista en...
--¿En mentiras?... Ya le dije á su hija de usted...
--¡Ah! mi hija... ¡Le aconseja á usted mal, de seguro! ¡Es tan novelera
aquella cabeza! De fijo no le predica á usted para que en primer
término se gane el dinerito...
--No por cierto...--repuso riendo otra vez el pintor.--No es eso lo
que me predica. Á mí tampoco el interés, así, descarnadamente, como
interés, me arrastra. No voy para millonario. Quisiera ganar, á ver si
junto para estudiar en Francia, en Inglaterra, donde se pinta... en
gordo. Tengo necesidades; pero al mismo tiempo sé pasarlo mal, y hasta
ayunar...
--¡Ayunar! ¡Eso es locura! Lo primero, la buena comida.
--¡Si viese usted qué poco me dura un duro!--continuó Silvio con
indolencia indiferente.--Ahora venderé unas finquillas...
--¡Vender!--clamó la baronesa, horripilada.--¡Por Dios, conserve usted
lo que haya heredado, poco ó mucho! Su madre de usted tenía alguna
renta. Casitas...
--¡Pch! Casi no recojo un céntimo de ellas. Entre reparos,
contribuciones, administración... En fin, para que no ponga usted esa
cara tan asustada, conservaré una casa, muy pequeña, en Zais, donde
mi padre pasaba los veranos. Tiene su huerto, ¡vaya! y agua, y tres
perales... Si algún día me hago célebre y opulento (dos bicocas), ahí
me vendré á disfrutar... Su hija de usted dice que si he de acabar
retirándome á Zais, que empiece por el final y me ahorraré un mundo de
penas. ¡Tal vez!
--¡Sí, sí, tal vez estoy en lo firme!--exclamó Minia, apareciendo
precedida de Votán, el corpulento danés.--¡Votán, al agua,
pícaro!--mandó imperiosamente. El perro ladró de entusiasmo, tomó
vuelo, y se oyó el chapoteo de su zambullida en el estanque.--¿Pues
quién lo duda? ¿No espera usted en Zais tranquilidad y reposo? Cóbrese
usted adelantado. Ninguna cosa buena debemos aplazar: nos la podría
escamotear el destino. No, no; por si acaso... ¡Eh! ¡Votán! ¿Qué es eso
de querer salir? Quietecito en el agua. Así; ¡guapo perro!
--¡Qué afán de desalentar á la gente!--exclamó la baronesa.
--¿Desalentar? Sí; ¡cualquiera desalienta á cualquiera! No vaticinamos
para desalentar; se habla, como se grita cuando se recibe un golpe: es
involuntario. ¡Afuera, Votán! Basta de baño, buen mozo... Y á sacudirte
lejos, ¿eh? lejitos, que nos rocías. ¡Allá, allá! Oiga usted, haragán
de artista, ¿no quería usted ilustrarme hoy un plato al humo? ¿hacerme
una caricatura?
--Con la cabeza enorme y los pies invisibles--respondió Silvio.--En
cambio, me interpretará usted al piano una de sus _sinfonías
campestres_.
* * * * *
Silvio, recostado en el sillón, entornados los párpados, se encontraba
todavía bajo el conjuro de la música, mejor dicho, de las músicas
interiores que una combinación de sonidos evoca. La compositora, sin
alardes de _virtuosismo_, sin descoyuntar las notas ni obligarlas al
paso al través de aros ni al salto mortal; sencillamente, de corazón,
acababa de derramar en las ondas del aire, temblantes aún, el aroma
rústico de la tierra germinatriz. Silvio había percibido el olor húmedo
de las fragas, después de que la lluvia las viste con una capa de
hongos de terciopelo castaño y fulvo; el de los saúcos en floración,
equívoco, extraño; el de las agridulces fresillas silvestres; el de la
recién guadañada hierba; el de las colmenas, que reúne el deleite de la
miel al misticismo del cirio; el de madera apolillada, caduca, que se
exhala de los viejos Pazos; el del humo que envuelve á las casuchas sin
chimenea en túnica de gasa gris; el del mosto nuevo, que emberrenchina;
el del rancio Borde, que conforta; y, dominando á todos, hercúleo,
bravío, el del mar de Cantabria, sal, yodo, fósforo, vitalidad disuelta
en la respiración,--y también nostalgia, la melancolía de las playas y
las costas; sentimiento de penumbras, inquietud de las razas antiguas,
superiores y decadentes... Y Silvio escuchaba la cavernosa risa de
Poseidon, agrandada hasta el bramido al retorcerse en las volutas de
la caracola, y recordaba estrofas de Heine, la _Pregunta_ del mar del
Norte: “Explicadme el arcano...”
Á lo lejos, en la paz de la tarde, el chirrido de un carro de bueyes
penetró por la ventana abierta; á distancia, no es inarmónica la queja
interminable del eje sin ensebar. Silvio creyó que oía tan familiar
ruido por primera vez, y lo escuchó con alma, con sentimiento,
asociándolo á la música. Su imaginación se pobló de imágenes conocidas
que, en aquel momento, eran rudimentos de arte; vió labriegos y
labriegas de duras piernas desnudas, arrancando del terruño la patata;
jayanes sudorosos, dejando caer el mallo sobre la extendida mies;
viejas rugosas, á frunces, como manzanas tabardillas, rezuqueando ó
pidiendo limosna; vió en el playal á los pescadores, negruzcos de
cuello y cara, blancos de espalda y pecho, jalando del _bou_, que, como
bolsa rellena de monedas de plata, quiere reventar al peso argentado de
la sardina... Un transporte, una especie de deliquio de un instante,
puso al artista de pie, le obligó á acercarse á la ventana, porque en
la habitación no entraba aire suficiente para respirar: ahogábase; pero
el dogal era tan suave, que la sofocación parecía caricia.
--¿Qué tiene usted?--preguntó Minia levantándose del taburete.
--Que me veo ya cómo he de ser dentro de pocos años; con la obra
realizada, ¡con mi obra! Haré en el lienzo--añadió palpitando--lo que
usted en la música. Interpretaré la luz, el color, la esencia de este
país, que no ha tenido intérpretes, hasta la fecha, en la pintura.
--Verdad es, y quisiera darme cuenta de la causa--asintió Minia.--Aquí
no se han producido pintores... Ello es que apenas los produjeron las
demás regiones de la zona cantábrica. Casto Plasencia ha sorprendido
bien el tono de los verdes húmedos de Asturias. Beruete, que es un
realista sincero, ha reproducido exactamente algunos paisajes de aquí:
vea usted en mi estudio una _Ribera de Vigo_...
--Muy buena, muy seria--exclamó Silvio con la ardiente espontaneidad
que caracterizaba sus elogios á los del oficio.--Sólo que yo no me
reduciré al paisaje. Lo completaré con el hombre. Revelaré todo lo que
hay aquí; la poesía bucólica de este pedazo del mundo, como otros, por
ejemplo usted, la revelaron en la música y en el verso. Descubriré la
hermosura de esta ninfa dormida, para que se la admire. Me conquistaré
un reino. Haré verdad, verdad. ¡Hurra! ¡Sólo de pensarlo bailo!
Como lo dijo lo hizo. ¡Hip! Rompió á danzar, á la marioneta, uno de
esos bailes ingleses extravagantes, cómicos--zapateando el piso con las
botas gruesas de becerro, y castañeteando sus dedos largos, huesudos,
ágiles, habituados á tender el color.--La compositora le miraba danzar,
y, en vez de reirse, experimentaba una especie de susto. El repentino
arrebato de Silvio descubría la nerviosidad mal dominada, profunda como
una lesión orgánica, el desequilibrio de aquel temperamento de artista.
Lo desmedido del júbilo, la imposibilidad de moderarlo, parecíanle
á Minia--idólatra del _self control_--síntoma de debilidad. “¿Es lo
físico? ¿Es lo moral lo que se opondrá á que este muchacho de dotes tan
extraordinarias llegue á ser artista completo? ¿Ó me equivoco, y no
sé reconocer en el desequilibrio la marca del genio? ¡Ojalá!” Deseó,
con piedad inmensa. “¡Dios le dé también el método, la paciencia, la
perseverancia!”
Silvio ya se sentaba, secándose la frente con el pañuelo, acortado el
resuello, entrecortada la risa, excusándose.
--No me diga usted nada; conocida es esa fiebre...
--Es que hay momentos... hay ideas... ¡Si se me ocurre que yo podría
abrirme mi surco, el mío, el mío sólo! Porque el resto... patarata.
Seguir á éste, al otro, al de más allá... porquería. ¿Verdad que sí?
--¡Sí, criatura! Seguir, nada más que seguir, no vale la pena. Sólo que
por ahí se principia. ¡Y se ha pintado tanto, y se pinta tanto y tan
bien, que no será pequeñez eso del surco propio! Calma, calma; aspirar;
pero con serenidad resignada de antemano; si no, va usted á padecer
como un réprobo.
--No importa sufrir. Se sufre por algo, ¡qué diantre! ¿Quiere usted
hacerme el favor de abrir este libro de Flaubert y que leamos un poco
en él? Ahí, ahí, en las últimas hojas... el diálogo de la Esfinge y la
Quimera...
Minia hojeó, sujetó al fin con el pulgar la página donde principia el
diálogo.
--¿Traduce usted bien á libro abierto?--preguntó la compositora.
--No; me costaría trabajo.
--Entonces, yo...
Y Minia recitó, con su voz llena y clara. Veíase que el pasaje se lo
sabía de memoria; el libro servía únicamente para darle la certeza de
no comerse un renglón ni un vocablo... excepto los que suprimiese de
propósito.
* * * * *
“Y frontera, á la otra orilla del Nilo, he aquí que aparece la
Esfinge. Estira las patas, sacude las vendas de su frente y se tumba
vientre á tierra.
“Saltando, volando, espurriando fuego por las fosas nasales, azotándose
las alas con su cauda de dragón, la Quimera de glaucos ojos gira y
ladra.
“Los anillos de su cabello, de un lado se entretejen con el vello de
sus ancas, de otro barren la arena y oscilan al balancearse el cuerpo.
“_La Esfinge._ (Inmóvil, mira á la Quimera).--Detente: ¡aquí!
“_La Quimera._--¡Jamás!
“_La Esfinge._--¡No corras tanto, no vueles tan alto, no ladres tan
recio!
“_La Quimera._--¡No vuelvas á llamarme, para que al fin te calles muy
buenas cosas!
“_La Esfinge._--¡No me soples fuego á la cara, no me ladres al oído: de
piedra soy!
“_La Quimera._--¡No me atraparás, pavorosa Esfinge!
“_La Esfinge._--¡No te quiero conmigo, loca de atar!
“_La Quimera._--¡Ahí te quedes, pesadota!
“_La Esfinge._--¿Adónde bueno tan aprisa?
“_La Quimera._--Á dispararme por las revueltas del laberinto, á flotar
sobre las cimas, á rasar los mares, á brincar en el hondón de los
despeñaderos, á agarrarme á la faldamenta de las nubes. Con mi rabo
arrastradizo rayo la arena de las playas; las colinas remedan la forma
de mis hombros. Y tú, ahí, eternamente quieta, ó dibujando alfabetos en
la arena con las uñas de tus garras...
“_La Esfinge._--Es que guardo mi secreto: calculo y reflexiono. El
mar se revuelca en su lecho, los trigos ondean, las caravanas pasan,
el polvo vuela, desmorónanse las ciudades--y la mirada fija de mis
pupilas, más allá de los objetos, escruta inaccesibles horizontes.
“_La Quimera._--¡Yo soy rauda y regocijada! Descubro al hombre
deslumbrantes perspectivas, paraísos en las nubes y dichas remotas.
Derramo en las almas las eternas locuras, planes de dicha, fantasías de
porvenir, sueños de gloria, juramentos de amor, altas resoluciones...
Impulso al largo viaje y á la magna empresa... Busco perfumes nuevos,
flores más anchas, goces desconocidos...”
* * * * *
Detúvose Minia: su instinto femenil la impedía continuar, y, por otra
parte, ya había recitado los párrafos decisivos. Silvio, con los
ojos muy abiertos, conteniendo la respiración, bebía el contenido
del diálogo maravilloso. El hálito de brasa de la Quimera encendía
sus sienes y electrizaba los rizos de su pelo rubio ceniza; las
glaucas pupilas del monstruo le fascinaban deliciosamente, y su cola
de dragón, enroscándosele á la cintura, le levantaba en alto, como á
santo extático que no toca al suelo. El artista se echó atrás, alzó los
brazos y suspiró desde lo más secreto del espíritu:
--¡Triunfar ó morir! Mi Quimera es esa, y excepto mi Quimera... ¿qué me
importa el mundo?
Callada como la Esfinge, que enmudece justamente porque sabe, Minia
se levantó; Silvio la siguió, pues la compositora le había hecho una
seña con la mano. Tomó hacia la derecha; caminaba despacio, sin volver
la cabeza atrás. Empujó la puerta de la sacristía que comunicaba con
la sala, y estaba semiobscura, alumbrada por una lamparilla de aceite
ante un crucifijo tétrico, de tamaño natural, de cabellera de mujer,
también natural, enredada, como empapada de sudor; y de allí cruzó á
la capilla, donde negreaba el alto retablo de talla borrominesca, en
contraste con la blancura de las paredes caleadas y del granito de
los arcos.--Dirigióse al de la izquierda, que era un sepulcro.--En
la imposta del arco aparecían, toscamente cortadas en el granito,
las piñas de pino bravo y las veneras, símbolo de toda la naturaleza
de Galicia, las selvas y las costas; el hueco que había de ocupar el
sarcófago encontrábase vacío. La mirada de Minia, deteniéndose en aquel
hueco y volviéndose después hacia el artista, fué tan elocuente, que
Silvio entendió igual que si leyese un rótulo escrito en clara letra.
--¡La única verdad!...--murmuró.
--¿Es usted de los que encuentran desconsoladora la perspectiva del no
ser?--articuló bajito Minia, que se cubrió la cabeza, por respeto al
lugar sagrado, con el chal de lana ligera que llevaba al cuello para
preservarse de la humedad.
--Francamente, ¡sí! No concibo el fin de mí mismo: estoy por decir
que la muerte me parece absurda--y miró al arco de nuevo, como si le
fascinase.--Mejor dicho, ¡ni aun consiento pensar en eso! Déjeme usted
que cargue conmigo la Quimera y me lleve á la luna, al sol, á las islas
fantásticas...--Repentinamente horripilado, se echó atrás y gritó:
--Salgamos de aquí. Ese hueco vacío me hace señas también... ¡Vámonos:
al aire, al soto... adonde se vea cielo!
Ya en el soto, paseando por ancha calle abierta entre castaños y
alfombrada de hojas y secos erizos entreabiertos, Minia, arrepentida,
pidió excusas y bromeó para disipar la impresión que empalidecía más
las mejillas delgadas de Silvio.
--Acabo de cometer una tontería. No recordé que es usted
supersticioso... Procedí impremeditadamente al enseñarle la _isla
de reposo_, que dijo Espronceda... Me parecía tan estético mirarla
sin temor, y hasta recostarse en ella, y deshojar en ella rosas como
homenaje á las Parcas, á quienes pintan feas y viejas, pero que deben
de ser, en realidad, unas ninfas seductoras. Á mi edad, bueno... cabría
que uno se impresionase... ¿Á la de usted? Á su edad la marea de la
vida sube, sube, y es calor en las venas, intrepidez en el corazón.
¡Bah! ¡Está usted entregado á las carcajadas y á los ladridos de la
Quimera!
--Le juro á usted--declaró Silvio--que nunca creería que iba á
sucederme cosa tal; debe de haber pasado por mí algo que no sé
explicarme. En América he velado á compañeros muertos, he presenciado
escenas realmente trágicas, y me considero insensible... y lo soy en
mil cuestiones--de una insensibilidad de hipnotizado, según la frase
de un médico amigo mío.--¡Nunca nos conocemos! Lo que usted me enseñó
nada tiene de espantoso: un arco románico de piedra labrada, parecido á
los de San Francisco de Brigos... Un hueco vacío... ¿Será por eso, por
_vacío_, por lo que me espantó? Sudo frío aún--añadió enjugándose con
la mano las sienes.
--Mi pañuelo.--Y la compositora se le presentó, estremecida también.
Siguieron andando, pausadamente, metidos en sí; un espectáculo
atrajo sus miradas. Más allá del soto, bastante cerca sin embargo,
apoyando uno de los extremos del semicírculo colosal en las honduras
de la cañada que cobija la presa del molino, la zona polícroma del
iris ascendía del suelo á lo más alto de la bóveda gris, y volvía á
descender, diseñando un puente para titanes.--No llovería más.--Los
aéreos colores, verdes, anaranjados, violados, de transparente y
luminosa magnificencia, fueron apagándose con lentitud dulce; ya casi
invisibles á fuerza de delicadeza, se esfumaron al fin completamente, y
el paisaje quedó como abandonado y solitario, húmedo, escalofriado con
la proximidad de la noche otoñal traidora y pronta en sobrevenir.
II
MADRID
(_Hojas del libro de memorias de
Silvio Lago._)
_Noviembre._--Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de
la calle de Atocha, al fin encuentro un taller, á precio aceptable,
en la de Jardines. Tiene el defecto de que esa calle es del número de
las que Balzac llama _chauldes_, y aun de las que echan lumbre: en mi
vida he visto junta tanta paloma torcaz, y de plumaje tan sucio. No me
importa lo que me arrullan cuando me retiro de noche: pero ¿y si acuden
á retratarse bellas señoras? En esta calle no entran coches: las bellas
señoras tendrán que cruzar á pie, rozando con las pájaras y oyendo
sus retahilas... No hay qué hacerle: no hallo cosa mejor, dentro de
mis posibles. Traía unas dos mil pesetas para empezar á vivir--primer
plazo del importe de mis cuatro terrones; el resto no se cobra hasta
qué sé yo;--pero he encontrado aquí á Crivelo, el pobre Crivelo, con su
mujer, los niños, la suegra, el ama, y sin un cuarto; como que acaba
de establecer una litografía... y tuve que arriar setecientas y pico,
porque á no ser de bronce... Tiene razón la baronesa de Dumbría, al
llamarme _el de la mano horadada_. Razón: y sin embargo, me ataca
los nervios al darme consejos de economía; es como si á una adelfa la
dijesen: “Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho”.
Á propósito de garbanzos: mi comida es una desolación, y apenas
digiero. Ando á salto de mata, hoy en un bodegón, mañana en Fornos; me
desayuno con salchichón ó queso; no tengo tetera, no tengo te, no tengo
una criada que me ponga á hervir agua--¡el te, una de las contadas
cosas que me sientan admirablemente!--Me acuerdo de Alborada como los
hebreos de las ollas de Egipto. La portera sube á barrer, de mala gana,
á traerme agua y arreglarme la cama en un diván, á tropezones; estas
mujeres son muy astutas: ha visto que mis muebles se reducen á dos
caballetes, una caja de lápices y veinte libros; que _luzco_ un gabán
raído, que no me ha visitado sino Crivelo... y olfatea propinas de
cesante. La daré por adelantado dos duros, para que comprenda que el
hábito no hace al monje.
Estoy, pues, en plena bohemia. Lo más bohemio es el frío. Me trajeron
ayer un braserito. ¿Qué pinta un braserito en este inmenso taller?
Se filtra un aire glacial por los paineles de cristales sin maderas
ni cortinas; y la tubería de la chubersqui, sin chubersqui, aumenta
la sensación polar. ¡Brrr! Aunque merme el fondo (vaya un fondo),
habrá que comprar chubersqui. No: y lo diabólico es que después de
la chubersqui necesitaré carbón. Las chubersquis debieran criar su
combustible, como el borrego su lana.
He visto el Museo. Volví de él aplanado y loco (estados que parecen
difíciles de asociar). Entré á las diez, con ánimo de pasar dos horas,
y á las tres todavía estaba allí, desfallecido y sin enterarme del
desfallecimiento. Al volver á casa me harté de mortadela y queso de
Gruyére: primeros momentos de estupidez: la digestión penosa del boa.
Entre los afanes de la pícara función fisiológica, restos de la fiebre
de la mañana, un devaneo sin tregua, que va y viene, y vuelve y se
enreda en tres nombres: Goya, Velázquez, Rubens.
Orden, orden, señora cabeza mía. ¿Qué piensa usted de esos tres tiazos?
En primer lugar, no experimento gran entusiasmo, en general, por la
pintura antigua. Nos han fastidiado bastante con la admiración de lo
antiguo, negro y embetunado y con luz falsa. Los antiguos eran otros
embusteros, igual que yo. Hasta nuestro siglo, y bien adelantado, no se
supo lo que era la verdad. Y no la tragan, no la tragan los condenados
burgueses. ¡La luz cruda, dicen! ¿La quieren cocida, guisada? Mejor se
pinta hoy que se ha pintado nunca. Y si es así, ¿por qué me he vuelto
del Museo destrozado de asombro?
Con Velázquez me pasa que reniego del cerebro. Ese tío no pensaba; lo
que hacía era _copiar_, pintando de una manera bestial: la pincelada,
la santa pincelada, el santo natural, el santo dibujo,--y fuera ideas,
que son una peste.
Velázquez no debió de sentir calenturas. Velázquez se reiría de
nosotros. Sano, equilibrado, cortesano, creyéndose un funcionario y
no un genio, no buscaba originalidad; ¿para qué? La originalidad es
una tontería. Pintar más que Dios y dejarse de originalidades. Si
_pintásemos_, ¿eh? ¡digo _pintar_!, ya me entiendes, Silvio, ¿qué falta
nos hacía discurrir? La naturaleza no presume de original, ni discurre;
el sol, la luna, son lo más trivial. Velázquez es naturaleza pura.
Da gusto cómo trata á los dioses. Su Marte, un soldadote velludo; su
Vulcano, algún herrero de la Ribera. ¿Y el chucho de las Meninas?
Silvio, ¿te contentarías con haber manchado ese chucho?
¡Qué bárbaro soy! ¿Pues no estoy diciendo para mí: No, no me contentaba?
Prefería ser Goya. El equilibrio y la indiferencia de Velázquez, bien;
el desate de Goya, mejor. ¿Por qué mejor? No lo sé explicar; pero me
gustaría tener un modo _mío_ de sentir el natural, y me gustarían
esas rarezas de sátiras y delirios, el infierno y el cielo, el amor,
la muerte, la horca, el fanatismo, los asnos dómines, las duquesas
histéricas y tísicas, con colorete, las familias reales retratadas
hasta el alma, hasta la misma medula de sus huesos, enseñando la
sensualidad de la reina y la inepcia bonachona del rey. Me gustaría
haber sido el primero á sorprender la luz rubia y acaramelada de las
primaveras madrileñas, y los grises tonos, vaporosos, de las épocas
de pelo empolvado y sedas tornasol. Me gustaría ser el primero que
interpretase el colorido de España. ¡Goya! Sus cuadros patrióticos, sus
_fusilamientos_, telones--telones divinos. ¡Qué arranque! ¡Qué ímpetu!
¡Ese colmillo de jabalí, ese navajazo feroz de baturro airado!--¡ah,
qué envidia!