--Mil gracias... Decía que á veces leo en los periódicos que echan

el guante á un monedero falso, y me asombro de que no prendan á los

infelices que sofisticamos lo más sagrado, el arte. ¡Envidiable suerte

la de usted! Contra la corriente de los convencionalismos; desdeñando

ataques y groserías, escribió usted sus famosas _Sinfonías campestres_,

empapándose en el sentimiento aldeano: en la realidad. Así han llegado

á todas partes, por la verdad que contienen. En Buenos Aires las oí

tocar, las vi aplaudidas. Como la necesito á usted, no digo más:

creería que soy un adulador...

Los ojos de Minia, pequeños, durmientes, se llenaron un momento de

infinito.

--¿Allí las oyó usted?

--Todas... Y me conmovían mucho. Usted y yo hemos nacido en el

mismo pueblo, en Marineda. Mientras no salí de él... experimentaba

hacia usted hostilidad. No sé por qué; sería porque hablaban de

usted continuamente... y yo era un niño, y á esa edad no sobra la

benevolencia. ¡Al contrario!--Después, cuando me vi tan lejos... la

nombraban á usted, ó á cualquier persona ó cosa de la tierra... y me

entraba alegría.

--¿Quiere descansar un momento? Me va usted á contar eso; su vocación,

sus viajes.

--No, señora--negó él en seco.--Perdone... Primero he de poner el

retrato á cierta altura.

--Como guste; usted es quien ha de dispensar--respondió Minia en tono

de cortés indiferencia.

--¡No adopte expresión enojada! La de antes, la de antes--suplicó

Silvio, contrito, apurado como si le acaeciese la mayor desventura.

--De eso sí que no respondo... ¿Quién se acuerda de lo que producía esa

expresión? Intentaré pensar en lo mismo que pensaba...

Volvió á descansar la mirada en el paisaje; quiso perderse,

confundirse, diluir su personalidad en las lejanías color amatista de

los montes que formando anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido

murmurio de notas, la efervescencia musical, era invencible. Hubiese

deseado estar sentada ante el piano, traduciendo todo lo que--con

la vaguedad del boceto al pastel en que se afaenaba Silvio--hervía

dentro de su cerebro fácilmente excitable. Como la ola tras la ola, y

aun del modo continuo y presuroso que cae el surtidor en el tazón, los

elementos de un poema sinfónico apuntaban y se desvanecían.

--¡La expresión de antes!--pensaba para sí.--Si éste es artista, si

posee sensibilidad, no ignorará que no nos bañamos dos veces en la

misma agua, ni se reproduce el mismo minuto de nuestra vida.

Silvio, entretanto, voluntariosamente, trabajaba; tenía, en efecto,

la mano ligera, la afluencia del toque, la justeza rápida de la

entonación; el parecido con el modelo se establecía desde el primer

instante, y de sus yemas febriles, ágiles, embadurnadas, salían

al papel matices deliciosos, medias tintas de una armonía suave,

comparable á la de los celajes cuando amanece, claridad ligeramente

velada de niebla perlina. Su colorido encarnaba, pero encarnaba por un

estilo inmaterial. Aquel pastel, que reproducía una cabeza de mujer, ni

joven ni hermosa, un rostro enérgico, lleno de imperfecciones, era, sin

embargo, elegante á la moderna, exquisitamente elegante, por la manera

de estar _puesto_, y tenía lo blando y fino del natural idealizado.

Una serie de exclamaciones admirativas de la baronesa de Dumbría, que

acababa de entrar, hizo levantarse á Minia. Se situó ante el caballete.

El pastelista interrumpió su tarea: esperaba ansioso. La compositora,

echándose atrás, dijo solamente:

--Bien, bien. No tema usted que le diga “¡qué bonito!” Los planos de la

cara son esos: la simplicidad del conjunto me agrada.

Y volvió á posar, arreglándose las gasas medio descompuestas.

* * * * *

Ya no estaban en la sala baja de la torre, de anticuado mobiliario, de

paredes cubiertas por bituminosas pinturas. Era en la terraza, bajo

la bóveda de ramaje de las enormes acacias, de las cuales, no con

violencia de remolino, sino con una calma fantástica, nevaban sin cesar

miles de hojitas diminutas, amarillo cromo. Bajo la alfombra de la

menuda hojarasca que moría envuelta en regio manto áureo, desaparecía

el enarenado del suelo completamente. Los sillones de mimbre que

ocupaban Minia y Silvio se adosaban á la baranda de hierro enramada de

viña virgen, sombríamente purpúrea; Taikun, echado en la postura de las

liebres, insólita en los canes, atrás las dos patas saliendo de enormes

bombachos de pelambre fosca y fulva, levantaba de tiempo en tiempo su

cabeza de alimaña de pesadilla, y mosqueaba el plumero de su cola.

--Tiene usted que perdonarme--decía Silvio--aquella negativa exabrupto.

No quería adelantar nada, mientras usted no se convenciese de que no

soy enteramente un desgraciado sin pizca de disposición. ¿Qué podrían

interesar á usted las ambiciones y las ansias de esos míseros que no

poseen elementos para llevarlas á la realidad? Y usted me creyó uno de

ellos.

--Así es--respondió Minia lealmente, dejando sobre la mesa de piedra el

libro.

--Lo comprendí. Yo soy muy listo: nada se me escapa. ¡Ay, lo que

pensará de mi presunción! Pero no importa, es cierto. Ejercito una

especie de adivinación de los pensamientos y las intenciones. Conozco

á los demás acaso mejor que me conozco, y de una palabra ó un gesto

deduzco... ¡Asusta lo que deduzco!--Usted quería darme despachaderas, y

si no es por la baronesa...

--No extrañe usted mi recelo. Siempre un retrato...

--Sí; entendido... En fin, gracias á Dios, no está usted quejosa del

suyo.

--Al contrario. Contentísima.

--Me atreveré entonces... Echaré mi memorial... Deseo que ese retrato

se lo lleve usted á Madrid y lo vean sus relaciones; quizás alguien me

encargue alguno, y modestamente pueda sostenerme allí, estudiando. No

tengo otra esperanza en el momento presente.

Minia reflexionó antes de contestar:

--Mi madre conoció á su padre de usted, y conoce á su tutor. Por ella

supe... Temprano fué usted huérfano. ¿No le quedaron medios de fortuna?

--Pocos... Hoy casi nada. No me importa. Mi problema no es de dinero.

Es decir, necesito el preciso para vivir y trabajar: no busco la

riqueza por la riqueza. Aunque tengo mil caprichos refinados, me falta

la casilla de la codicia. Se reiría usted si supiese cómo administro.

¿Bohemio? No; no es la nota bohemia. Es que no encuentro ningún goce en

el dinero guardado. ¡Guardar! ¡Qué estupidez! Para cuatro días que se

vive... Lo que me resta de la escasa hacienda de mis padres, que será

una miseria y rentará unas perras, lo liquidaré á escape...

--¿Le atrajo á usted el arte desde niño? ¡Porque es usted bien joven...!

--Veintitrés...--pronunció Silvio.

Minia le consideró. Era todavía más juvenil que de veintitrés la cara

oval y algo consumida, entre el marco del pelo sedoso, desordenado con

encanto y salpicado en aquel punto de hojitas de acacia. El perfil

sorprendía por cierta semejanza con el de Van Dick... Se lo habían

dicho, y él se recreaba alzando las guías del bigote para _vandikearse_

más.

--Á los ocho años pedía por favor que me permitiesen ver dibujar. Á

los catorce marché solo y sin amparo á Buenos Aires, porque mi tutor

había resuelto que yo siguiese la carrera militar; decía que pintar es

oficio de holgazanes. En Buenos Aires... ¡qué lucha! ¿Se lo cuento á

usted todo? Sí, sí; con usted, desde el primer momento, he deseado la

confesión. Se me agotaron los recursos. Tuve hambre. Trabajé de peón de

albañil, sirviendo cal y yeso para ganar una tajada de tasajo. Desde

entonces tengo el estómago endeble; el día que digiero bien estoy de

excelente humor. Lo malo no es haberse estropeado el estómago... Es

que vi la vida tan en crudo, en feo y en duro, que se me despellejó el

corazón y crió callo. ¿Se da usted cuenta?... Después embadurné frisos,

escocias... decoré... tonterías: pabellones, tocadores galantes...

Últimamente ya me las arreglaba mejor, gracias á los retratos y á

alguna tablita. ¡Volver á Europa! ¡Dibujar mucho! ¡Oler lo que se guisa

en tres ó cuatro talleres de París y de Londres!

--¿Y quién le ha amaestrado en el pastel?

--¡Bah! Nadie. ¡El pastel! ¡gran cosa! Dedos, dedos,--y mucha

triquiñuela y mucha picardigüela en el pulpejo; eso sí... Mejor que

nadie conozco yo que todo cuanto hago no vale un pepino. Agradable,

agradable, bonito, bonito... ¡Bonito! ¡Peste! Ansío subyugar, herir,

escandalizar, dar horror, marcar zarpazo de león, aunque sólo sea una

vez.

Minia meditaba,--una meditación palpitante.

--¿De modo que vocación, no profesión?

--¡Vocación... ó delirio! una cosa que parece enfermedad. Me posee, me

obsesiona.

--¿Y... finalidad?--Interrogaba precavidamente, con tactación médica.

--¿Finalidad? Ninguna. ¡Por hacerlo!--afirmó Silvio, cuyos ojos color

de humo claro relucieron con reflejos de acero desnudo.--Creo que ni

por la gloria, es decir, lo que así se llama. ¡Por la dicha de hacerlo!

Hágalo yo, y venga luego... lo que venga. Todo lo demás... ¡pch! ¡Ser

alguien! ¡Ser fuerte, ser fuerte!

Y las lindas facciones se crispaban, y el rubio ceño se fruncía de

un modo violento, casi torvo. La compositora guardaba silencio, el

silencio de las cuerdas del arpa que aún retiemblan sin sonar.

--Malo, malo--dijo por último.--El caso está bien caracterizado. Todos

los síntomas. Espero, en interés de usted, que rebaje la calentura.

--¡La padezco desde que nací, acaso! Si no es para eso, no tengo

interés en existir. No crea usted: á ratos... se me quita la fe. Ayer

mañana, por ejemplo, al venir de Brigos, me detuve en Areal. Tengo allí

un pariente, hijo de una hermana de mi madre, panadero... Yo venía

desfallecido; me dió caldo, _pifón_ y sardinas, y vi á su mujer y su

patulea de criaturas. Se quejan de la suerte, de escasez, pero están

sanos y son dichosos á su manera. Envidié esa manera.

--Tenía usted razón en envidiarla--afirmó lentamente Minia.--Sólo que

es un sentimiento inútil. La envidia no nos aproxima una pulgada á lo

envidiado.

--Ni yo me aproximaría. Son fantasías, mandolinatas pastoriles.

Cada cual ha de vivir su destino; el suyo, nunca el ajeno--declaró

Silvio.--No soy viejo, pero ya estoy en las horas irrevocables. De

aquí salgo á volar; de aquí... á Europa. Cuando subí por esa calle tan

larga de magnolias, y pasé debajo de estas acacias que llueven gotas de

oro, y me hicieron esperar en la sala, frente al piano,--presentí (soy

muy supersticioso y fío en los _avisos_) que me encontraba en ocasión

decisiva y que este rincón del mundo guarda para mí la clave de lo

venidero...

--¡Pobre criatura!--murmuró Minia sin mirarle.

--¡Le doy á usted lástima! Vamos, entiendo. Es que no cree usted que

poseo condiciones de triunfador.

--Ni lo creo ni dejo de creerlo... Ignoro. Con lo que usted es

capaz de hacer, sospecho que tiene asegurado el cocido, un cocido

sano, suculento, quizás una comida sólida... ¡y eso es mucho,

amigo!--¡Triunfar! ¡Dar ese zarpazo que usted sueña! El arte está

espigado. La genialidad, la inspiración, si las viese usted en forma

de improvisación, se equivocaría... Es el error de nuestros artistas:

quieren sorprender á la ninfa dormida, ser faunos nervudos. Y lo que

deben ser es caballeros andantes, cumpliendo mil hazañas obscuras,

mil pruebas, antes de desencantar á la infanta. ¡Si al menos hubiese

infanta! Se dan casos de encontrar en vez de infanta una bruja. ¿Y sabe

usted lo más curioso? Al artista caballero andante, después de tantas

heroicidades y de pelear con siete endriagos, lo mejor que le puede

suceder no es acertar con la infanta, sino acertar consigo mismo, y

autodesencantarse.

--¿No podré yo?--Silvio cruzaba las manos con angustia.

--¡Á saber!... De antemano córtese usted las alas de cera; disciplínese

la voluntad; precava el desengaño. ¡Beba cada día un sorbo de

decepción: el vaso entero, de una sentada, es dosis mortal! Un sorbo

es muy provechoso; aunque mejor sería no necesitarlo, no haber soñado,

y ser como los ciápodos, que tienen la cabeza junto al suelo--lo más

bajito posible; rasando la tierra; tanto, que sus pelos se vuelven

raíces...

--Habla usted así porque ya ha llegado.

--¡Hablo así porque estoy en un momento de sinceridad, virtud ó

cualidad antipática por esencia, presencia y potencia...! Y quizás

estoy en un momento de sinceridad, porque anochecerá pronto, porque el

aspecto del campo es solemne, y la humareda de las cabañas flota con

magia sobre el telón de selva. El paisaje, en mí, determina el estado

de alma. No me haga usted caso.

Silvio, al contrario, se impresionó. Era un océano amargo y hondo,

sin límites, lo que se asomaba á los ojos, á la fisonomía de la

compositora, lo que gemía en su voz. Creyérase escuchar el murmurio

fúnebre, amplio, del mar de Cantabria.

--¡Aun así!--exclamó el artista.--¡Aunque me cueste eso y más!

--¡Taikun!--llamó Minia, cambiando de tono, recluyéndose en sí.--¡Aquí,

monigote! Vamos, quieto... Ya tienes la lana llena de hojas, tonto;

ven, te las quito para que te luzcas.--Y con placidez afectuosa,

volviéndose al pintor:--Su aspiración de usted, ¿conformes, supongo?,

es incompatible con la felicidad, que consiste en desear cosas

accesibles, pequeñas, vulgares, corrientes, en cultivar manías

inofensivas y obscuras, como reunir variedades de claveles y tulipanes,

coleccionar botones ó hebillas de cinturón... Y usted renuncia á ser

feliz: convenido. ¿Renuncia usted también al triunfo? ¡Ah! Renuncie.

¡Sea modesto, fórmese un corazón humilde y puro, como los de los

grandes artistas desconocidos de la Edad Media... y quizás...! Usted,

hoy pastelista, sería antaño miniaturista y monje. En su celda, después

del rezo, diseñaría y policromaría lirios y mariposas; nacería una

primavera en la vitela, un jardín sobrenatural como el del _Cordero

místico_ de Van Eyck. Cuando sonase el _Angelus_, ¡que está sonando

ahora! ¿no lo oye? allá en la parroquial de Monegro,--vería usted entre

el azul de las lejanías una figura escueta, virginal, y un ser de alas

tornasoladas, divino: ambos descenderían de sus pinceles á la página

del horario... Nadie conocería su nombre de usted: muda la infame

fama... la imprenta por inventar... ¡Oh delicia! ¿Qué falta hace el

nombre? El arte anónimo es el Romancero, es las Catedrales... Usted,

de seguro, está dispuesto á batallar por la victoria de unas letras y

unas sílabas: _¡Silvio Lago!_ Veneno de áspides hay en el culto del

nombre. Por el nombre nos desempeñamos tras la originalidad--y el arte

uniforme, poderoso, se acaba; sólo hay el picadillo; falta la redoma

que nos integre y amase con el jigote la persona.

--¿Y usted se ha contentado con arte anónimo?

--No... Por eso he recibido en mitad del pecho todas las puñaladas. El

arte anónimo era como el sayal: vestidura idéntica, que identificaba

aparentemente. Dentro latía el corazón, el cerebro funcionaba, la

inspiración nada perdía. Hoy... es un infierno. Y en usted, además, ¡la

complicación económica! Cuenta usted veintitrés años, batalla desde

los catorce, y aún no ha juntado sus granos de trigo, pendiente de que

en Madrid le demos á conocer por... por el aspecto industrial... ¿Me

excedo?

--No, no; siga... ¡Al fin, alguien que me habla así! Pegue usted

fuerte, no duele; al contrario.

--Le damos á conocer... retrata usted... ¿á cuánta gente necesitará

retratar?

--Cuatro retratos al mes, á doscientas pesetas; ocho ó diez días de

trabajo... y me bastará. Los restantes veinte días... para dibujar

mucho; academias, desnudos. ¡Dibujar! la ortodoxia, la probidad de la

pintura. Así que dibuje... como aspiro, ¡á un estudio de notabilidad!

¡á postrarme ante Sorolla, por la luz, el aire, la pincelada!

--¿Sorolla?--repitió con extrañeza Minia.

--¿No le admira usted? ¡Pinta tanto ó más que Velázquez!

--No se trata de pintura ni de admiración. Sorolla es enteramente

adverso, me parece, á los gérmenes que usted lleva en sí. Cada cual

debe abundar en su propio sentido, desarrollar sus tendencias. ¿No

estima usted la elegancia, la distinción? ¿No era Van Dyck, ante todo,

un aristócrata?

--No; yo sólo estimo la fuerza. Ó pintaré como un hombre, virilmente, ó

soy capaz de pegarme un tiro.

El _Angelus_ seguía sonando; sus lágrimas de plata caían en la

atmósfera acolchada de bruma transparente. Los obreros que trabajaban

en terminar la torre de Levante, la más alta de las tres de Alborada,

se escurrieron de los andamios y cruzaron en fila de hormiguero

dando las buenas noches, zuequeando y haciendo crujir la arena. Eran

picapedreros, mozos la mayor parte, y el sábado les alborozaban la

cobranza, el descanso, el bailoteo en perspectiva. Obscurecían la

terraza con sus cuerpos vestidos de telas pobres; olían acremente á

sudor; el ambiente se enturbió cuando ellos desfilaron.

--Tal vez éstos--observó Silvio,--si consiguen lo que se proponen,

si llevan adelante sus colectivismos, traerán, andando el tiempo,

otra etapa de arte anónimo. Encasillados los artistas, cubiertas sus

apremiantes necesidades, trabajarán sin exasperación de la vanidad,

sin el aguijón del nombre. En Buenos Aires he conocido á bastantes

socialistas... Los anarquistas, sin embargo, nos salvarán del

anonimato, idea á que no me puedo habituar.

--Porque es usted todavía medio chiquillo. Si vive y paladea las

ambrosías... ya me contará el sabor de boca que le dejan.

Un imperceptible orbayo, un soplo frío que extinguió la hoguera lejana

del Poniente. La noche. Un globo de oro que al elevarse palidecía,

se convertía en enorme perla gris y nacarada: la luna. Y la gran

escenógrafa traía su telón romántico preparado, la fachada lateral de

las torres toda en sombra, el frontispicio luminosamente blanco, los

detalles de arquitectura adquiriendo un realce y una significación

de misterio, el bosque ensanchado por la obscuridad, las acacias más

grandiosas con su desmelenado ramaje, y allá en último término, el

valle anegado en una nebulosidad azul que borraba los contornos y

le daba apariencias de lago encerrado entre nubes y vapores de una

delicadeza etérea.

* * * * *

El domingo siguiente oyeron misa en la capilla de Alborada. Llovía,

llovía; plantas y flores se bañaban voluptuosamente, agradecidas; el

otoño había sido bochornoso y seco. De las fauces de piedra de las

gárgolas, un chorro continuo descendía á estrellarse en la enarenada

tierra. El capellán no consintió, sin embargo, quedarse á comer en

espera de la escampada. Despachado el caraqueño, trasegado el último

sorbo de agua donde se disolvían caramelosos residuos de azucarillo,

se encasquetó el sombrero de ala ancha, se colgó el rudo capotón, y

encajándose á lomos de su montura, salió hacia la carretera, á trote

corto, protegido por un paraguas monumental. Silvio presentó á Minia

una hoja de álbum con la donosa caricatura ecuestre del clérigo.

--¡Pobre hombre!--sonrió la compositora.--¡Bah! Su misa vale

exactamente como si la dijese Lacordaire, que era tan elocuente y

tan apuesto. Nuestro corazón es soberbio; lo tenemos asediado por

los sentidos. No nos basta Cristo en cuerpo y sangre; nos lo ha de

consagrar un cura pulido, un cura _bien_--que no sea ese casi labriego,

con tierra entre las uñas.

--¡Quién tuviese fe religiosa!--suspiró Silvio.--Á mí el corazón, como

le dije á usted, se me ha encallecido; otro inconveniente para ser el

monje miniaturista, apacible en su celda.

--Sí, la fe era una de las felicidades; y probablemente, la única

que no sabe á ceniza. Suponer que hoy no cabe tener fe, es igual á

suponer que ya no nacen las azucenas aunque las sembremos. No repita

usted esa muletilla cargante de la fe deseada é inaccesible. Humildad,

purificación, preparar el nido á la golondrina: ella vendrá.

--¿Y si no se comprenden ciertas cosas?... Vamos á ver: ¿cómo se

arregla uno si los dogmas repugnan á la razón?

Minia guardó silencio un instante. Silencio desalentado. La paralizaba

aquel argumento pobre y mísero, pero que, para ser rebatido, exige

una transfusión de alma del creyente al incrédulo; y pensaba que las

almas son solitarias, incomunicables, huertos cerrados, selladas

fuentes... Silvio se equivocó: creyó que Minia, vencida, callaba

por imposibilidad de contestar; y se excusó, temeroso de incurrir en

desagrado.

--No debí discutir de tales materias con usted...

--¡Discutir!--repitió Minia alzando los hombros.--No hay discusión de

este género que no sea un esfuerzo estéril; ¿sabe usted por qué? Por la

misma causa que impide á los enamorados, en la mayor ansia de íntima

comunicación, trocar espíritu por espíritu. Somos _nosotros mismos_;

lo somos desesperadamente, fatídicamente, hasta la última gota, la

última fibra. Y lo inefable es lo que más nos guardamos: el pomo de

esencia divina, incrustado de gemas que fueron llanto, lo queremos

en el seno á toda hora, tibio de nuestro calor. Diga usted, Silvio:

¿discutiría usted acaloradamente de estética con Dalín, el bizco, que

tiene en Areal un almacén de paños y zarazas? ¿Ó con el cura que acaba

de decirnos la misa?

Silvio se puso encendido hasta las orejas.

--¿Soy, según eso, como Dalín?--pronunció resentido.

--No; al contrario: es usted una naturaleza afinada, quintaesenciada;

está usted en las cimas; su vehemente aspiración artística le sitúa en

la región donde habitan los aguiluchos: podrán volar, ó cansarse, ó

caer atravesados por el plomo: aguiluchos eran, con pico y garras...

No se sobresalte usted: lo único que quise expresar es que un lado,

un aspecto de su sensibilidad permanece tan rudimentario como la

sensibilidad estética de Dalín el bizco. Usted no ha perdido la fe:

no la siente: no perdemos un brazo cuando se nos queda tullido. No

le ha faltado á usted sino negar el milagro--y es milagro todo.--¿Por

qué me contesta usted _razón_ cuando digo _azucenas_? La razón, ¿le

explica á usted el misterio de una azucena, que es el mismo misterio de

la vida universal? ¿Es que no advierte usted hasta qué punto enraízan

nuestros pies, aletean nuestros pulmones y descansan nuestros ojos en

el misterio? No hay sino él; en él nos movemos, vivimos y somos. Él nos

refresca, nos arrulla, desarrolla nuestro embrión en las entrañas que

nos abrigan y disuelve nuestro cuerpo en la fosa que nos recoge cuando

caemos--no siempre tan sosegadamente como las hojas amarillentas de las

acacias. ¡La razón! ¡Vieja chocha, sentenciosa, que no sabe sino cuatro

casos _de sucedidos_ y cuatro máximas roídas de orín! Su báculo tiene

mugre secular; sus pies los calzan zapatos con suela de plomo. Lo mejor

que hace el hombre suele ser contra la razón. He oído que el mundo

rueda porque le empuja la locura, ó mejor dicho, la superrazón, que es

fe. La razón, en arte, es el neoclasicismo académico; en ciencia, los

sistemas que cierran el paso á la libre indagatoria. ¿Quién ha reunido

en haz, á modo de cordeles de disciplina, los dictados de esa lógica

con la cual nos quieren azotar? No lo sé. Nadie. Cada cual con su

razón, que decía el gran dramaturgo; y es que á la razón, si la concedo

mucho, la concedo que sea (como la fe) esperanza--otro subjetivismo.

--¿Y si los subjetivismos se contradicen?--arguyó Silvio.

--Calma, y á vivir; ya se concertarán cuando usted necesite, de verdad,

creer, y más todavía esperar; y esa hora llega para todos los que

no son Dalín el bizco, ni se reducen á roncar, comer y digerir con

pachorra...

--¡No hable usted mal de la digestión!--imploró festivamente el

pintor.--Digerir es la beatitud.

--¡Contento se quedaría usted si una sibila le predijese que su único

porvenir era perfeccionar la función digestiva!

--¡Quién sabe lo que eso vale! ¡Sin eso, me río de lo demás!--respondió

Silvio con alarde de prosaísmo brusco.--¿Sabe usted que escampa y

clarea? Voy á leer un rato en el cenador de las pasionarias. ¿Me presta

usted el librito que leía ayer?

--_¿La Tentación de San Antonio?_ Voy á casa y se lo envío.

* * * * *

La Quimera · 第 2 / 33 段