OBRAS COMPLETAS
DE
EMILIA PARDO BAZÁN,
CONDESA DE PARDO BAZÁN
LA QUIMERA
EMILIA PARDO BAZÁN
OBRAS COMPLETAS.--TOMO XXIX
LA
QUIMERA
[Ilustración]
ADMINISTRACIÓN
_Calle de San Bernardo, 37, principal._
MADRID
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que
marca la ley.
Imprenta LA EDITORA, San Bernardo, 19, Madrid.--Tel. 3.432
PRÓLOGO
Había prescindido en mis novelas de todo prefacio, advertencia,
aclaración ó prólogo, entregándolas mondas y lirondas al lector, que
allá las interpretase á su antojo, puesto que tanta molestia quisiera
tomarse; y esta costumbre seguiría en _La Quimera_ si, apenas iniciada
su publicación por la excelente revista _La Lectura_, no apareciese en
un diario de circulación máxima un suelto anunciando que “claramente
se adivina, al través de los personajes de _La Quimera_, el nombre de
gentes muy conocidas en la sociedad de Madrid, por lo cual el libro
será objeto de gran curiosidad y de numerosos comentarios”.
Desde _Pequeñeces_, se me figura que al público se le ha abierto el
apetito. Fué _Pequeñeces_ (tendrán que reconocerlo los más adversos al
Padre Coloma) plato tan sabroso, que trabajo le mando al cocinero que
sazone otro mejor. ¿Qué especias emplear? ¿Qué salsa componer? No vale
cargar la mano en la guindilla, que no por eso saldrá el _carrick_ más
en punto. _Pequeñeces_, á la verdad, y es justo decirlo, alborotó sin
recurrir á tratar de aberraciones, perversiones y demoniuras con que
hoy las letras van familiarizándose. Por ley natural de la escala de
sensaciones, se piden nuevos estímulos; vibra irritada la curiosidad,
y la musa ceñida de negras espinas, la de la sátira social, que
levanta ampollas como puños, aguarda su hora. Á todo novelista que por
exigencias del asunto tiene que situar la acción en altas esferas ó
sacar á plaza tipos más ó menos semejantes á los que por ahí bullen,
se le pregunta con ahinco: “--¿Nos trae usted la continuación de
_Pequeñeces_? Eso sí que nos encantaría. Agotaríamos la edición...”
Reconozco que en la sátira social pueden hacerse maravillas.
Remontémonos: ¿quién ignora que Dante, en la _Divina Comedia_, saca
al sol los trapitos de sus contemporáneos y conciudadanos, sin
omitir lo gravísimo (recuérdese su conferencia, en el Infierno, con
Brunetto Latini)? Los profetas de Israel, que iban clamando contra
las iniquidades de su época, sin respetar ni á las testas coronadas,
¿qué fueron, descontada su sacra misión, sino _satíricos andantes_? La
antigüedad, más realista cien veces que nosotros, no concibió el drama
con personajes inventados; y los dramaturgos griegos fundaron su teatro
en sucedidos históricos y en interioridades regias. En la _Odisea_, y
aun en la _Iliada_, hizo algo semejante Homero; Shakespeare (siguiendo
las huellas de Sófocles y Eurípides), en sus dramas históricos
dramatizó sucesos casi actuales y retrató á los reyes, reinas y
magnates con relieve cruel. Creo que basta de ilustres ejemplos, y
que no será desdeñar el género si declaro que no pertenece á él _La
Quimera_, ni fustiga, palabreja tan en uso, á nadie, ni verosímilmente
provocará, siquiera por ese concepto, comentario ninguno.
Si se me permite una breve digresión, antes de indicar, por mi gusto
y no porque interese, qué idea desenvuelvo en _La Quimera_, observaré
que quizás no se ha definido claramente la _sátira social_, y solemos
confundirla con la _sátira de clase_ y la _personal_. Sátira social es
aquella que, en los vicios y faltas de las clases ó de los individuos,
sorprende los síntomas de decadencia y descomposición de la sociedad
entera y se adelanta á la Historia: tales fueron algunas de Quevedo
(no todas, ciertamente); tales, las famosas de Juvenal, donde resuena
el toque de agonía del Imperio romano. Sátira de clase es la que, del
conjunto, ve sólo un factor, y á él endereza sus tiros. Así, Alvaro
Pelagio lamentaba especialmente los pecados y desmanes de la clerecía.
La sátira personal amontona, sobre pocos ó sobre uno solo, las culpas
de todos; es, de fijo, la más apasionada y sañuda, y, como ejemplo,
citaré el _Paralelo_ de Villergas entre Espartero y Narváez. Para ser
víctima de esta última clase de sátira, es preciso descollar.
_Pequeñeces_, aun cuando dejase entrever fisonomías que, no obstante
las protestas del autor, parecieron conocidas, tenía alcance de sátira
social; censuraba un estado general, lo podrido de Dinamarca. Los demás
novelistas españoles se han limitado á la sátira de clase (aunque
haya en Galdós no poco de sátira verdaderamente _social_ difusa). Y
al escribir la sátira de clase (de la aristocrática, única que _como
clase_ ha sido satirizada en la novela), frecuentemente confunden á “la
aristocracia” con “la buena sociedad”, que no será todo lo contrario,
pero tampoco es lo mismo.
Circunscrita la sátira al Madrid de los salones, deja de ser de
clase y es, á lo sumo, de círculo ó cotarro, degenerando en personal
infaliblemente. Sin embargo, yo no he solido ver, en las novelas
satíricas, esas semejanzas parlantes con Zutano ó Mengano; y más bien
sentí extrañeza al reconocer el corto tributo pagado á una realidad,
ni difícil de observar, ni pobre en colores y formas sugestivas. Y
discurriendo acerca de este efecto, doy en creer que la intención de
la sátira estorba el paso á la verdad, como la caricatura al parecido,
y que para pintar lo que fuere, altas, medianas ó bajas clases ó
individuos, es de rigor atenerse á la verdad sencilla (no á la verdad
_nimia_), y entrar en la tarea con ánimo desapasionado. Sobre todas las
cosas deberá evitar el novelista el propósito de adular la maligna
curiosidad y la concupiscencia de los lectores.
Viniendo á _La Quimera_, en ella quise estudiar un aspecto del alma
contemporánea, una forma de nuestro malestar, el _alta aspiración_, que
se diferencia de la ambición antigua (por más que tenga precedentes en
psicologías definidas por la Historia). La ambición propiamente dicha
era más concreta y positiva en su objeto que esta dolorosa inquietud,
en la cual domina exaltado idealismo. Es enfermedad noble, y una de
las que mejor patentizan nuestra superioridad de origen, acreditando
las profundas verdades de la teología, el dogma de la caída y la
significación del terrible árbol y su fruto. El mal de aspirar lo he
representado en un artista que no me atrevo á llamar genial, porque
no hubo tiempo de que desenvolviese sus aptitudes, si es que en tanto
grado las poseía; pero en cuya organización sensible, afinada quizá por
los gérmenes del padecimiento que le malogró la aspiración, revestía
caracteres de extraña vehemencia. Ignoro lo que el desgraciado joven
hubiese hecho; conozco, en cambio, lo que le agitaba y enloquecía,
cómo se dejaba arrastrar palpitante en las garras de la Quimera; y
la batalla entre su aspiración y las fatalidades de la necesidad me
pareció tanto más dramática, cuanto que, para un artista en quien la
Quimera no tuviese fijos sus glaucos ojos, la situación de halagado
retratista de damas hubiese sido gratísima y provechosa. El _rapín_
bohemio, soplándose los dedos en su solitaria buhardilla, no me importa
tanto como este otro bohemio rápidamente puesto de moda y celebrado,
invitado á las casas de más tono, envuelto en sedas y encajes,
asfixiado de perfumes, pero agonizando de nostalgia, despreciándose
y acusándose de traición al ideal, y resignándose á la suerte y á la
caricia de los poderosos, sólo porque esperaba que le proporcionasen
manera de encaminarse á la cima ruda, inaccesible, donde ese ideal se
oculta. No de otro modo el soldado en vísperas de combate huye de los
brazos amantes para correr á su bandera.
Mientras notaba día por día la curva térmica de la fiebre de aspiración
en Silvio Lago; mientras obsesionaba mi imaginación _La Quimera_, la
veía apoderada de infinitas almas, ya revistiendo forma sentimental
(como en Clara Ayamonte), ya imponiéndose á las colectividades en el
anhelo de una sociedad nueva, exenta de dolor y pletórica de justicia;
y conocí que el deseo está desencadenado, que la conformidad ha
desaparecido, que los espíritus queman aprisa la nutrición y contraen
la tisis del alma, y que ese daño sólo tendría un remedio: trasladar la
aspiración á regiones y objetos que colmasen su medida.
Por la índole del trabajo á que Silvio Lago se dedicó, su medio social
fué en efecto prontamente el más _smart_, y no negaré que su vida se
prestaría á un picantísimo estudio de costumbres elegantes. Á mí me
atrajo en primer término el drama interior de su ensueño artístico; y
por eso, lejos de sujetarme á la menuda realidad, no la he respetado
supersticiosamente, adaptando lo externo á lo interno, procedimiento de
todos los que pretenden reflejar la vida moral. No sería fácil aplicar
nombres propios á los personajes de _La Quimera_, en el sentido que los
curiosos exigen; y si asoman caras conocidas, se las ve tan normales y
sonrientes como en visita ó en el teatro; así las pintaba Silvio.
De la contemplación del destino de Silvio he sacado involuntariamente
consecuencias religiosas, hasta místicas, que sin mezquinos respetos
humanos vierto en el papel. No me complacen las novelas con fines de
apología ó propaganda; pero cuando, sin premeditación, se incorpora
á la obra literaria lo que no quiero llamar _convicciones_ ni
_principios_, porque son vocablos intelectuales y militantes, sino
_sentires_ y _llamamientos_; si bajo la ficción novelesca palpita algún
problema superior á los efímeros eventos que tejen el relato; si un
instante el soplo divino nos cruza la sien, ¿por qué ocultarlo? ¿No es
esto tan verdad como las funciones del organismo?
LA CONDESA DE PARDO BAZÁN
SINFONÍA
LA MUERTE DE LA QUIMERA
(TRAGICOMEDIA EN DOS ACTOS, PARA MARIONETAS)
PERSONAJES
BELEROFONTE, hijo de Glauco, rey de Corinto. 30 años.
YOBATES, rey de Licia. 60 »
UN RAPSODA. 40 »
UN PASTOR. 20 »
LA INFANTA CASANDRA, hija de Yobates. 19 »
MINERVA, diosa de la Razón.
LA QUIMERA, monstruo. (No habla.)
ACTO PRIMERO
El teatro representa una sala baja del palacio de Yobates. Al través de
la columnata se ven los jardines.
ESCENA PRIMERA
CASANDRA, EL RAPSODA
_Casandra._--Bienvenido. Á ver si con tus canciones me distraes un
momento. Estoy enferma de pasión de ánimo. Dicen que soy feliz... Nada
me falta: tengo mis ruecas de marfil cargadas de lino finísimo; mis
arcas de cedro, llenas de túnicas bordadas y de velos sutiles; los
árboles del huerto me dan frutos en sazón; las vacas, densa y pura
leche... y yo, ni hilo, ni me adorno, ni gusto las manzanas, ni voy
al establo... Oprímese mi corazón; y cuando la pálida Selene cruza en
su esquife de plata, y la brisa de primavera arranca perfumes á los
nardos, siento que desearía morir, disolviendo mi alma en lo infinito.
_El rapsoda._--Tu estado, Infanta, es igual al de todas las doncellas
y los mozos de este reino, desde que vivimos bajo el terror de la
Quimera, cuyo aliento de llama engendra la fiebre y el frenesí. El
monstruo, á quien nadie se atreve, se habrá aproximado á los jardines
de tu palacio, rondando tus establos ó buscando quizás presa más noble,
y te ha inficionado con ese veneno de melancolía y de aspiraciones
insanas. ¿Cuándo un héroe, un nuevo Teseo, nos libertará de la Quimera
maldita?
_Casandra._--Te aseguro que yo no le tengo miedo á la Quimera. Al
contrario, me agradaría verla y sentir su inflamada respiración.
_El rapsoda._--Ahí está el mal. ¡La Quimera no es odiosa como el
Minotauro! El ansia del misterio de su forma te consume. ¡Ah, Princesa!
Olvídala si quieres vivir. ¿Permitirás que, inmóvil ante ti como ante
el altar de las divinidades, te recite una epoda?
_Casandra._--¿Una epoda? No.
_El rapsoda._--¿Un sacro Pean? ¿Un alegre ditirambo?
_Casandra._--Tampoco. ¿Por qué no me recitas la historia de Calice?
_El rapsoda._--Porque acrecentará tu pasión de ánimo.
_Casandra._--Mejor. No quiero estar triste á medias, ni á medias
regocijarme. Deseo ahondar en mí misma y rasgar el velo de mi
santuario. Recita, recita esa historia de amor y lágrimas.
_El rapsoda_ (_recitando_):
Venus cruel, divina y vencedora,
mira á Calice, la infeliz doncella.
Fué su delito amar: y el insensible
á quien amó, la despreció riendo.
Ante tus aras, Madre de la vida,
Calice se postró: tórtolas nuevas
y corderillos tiernos ofrecióte.
Nada logró: que tú también, oh blanca,
pisas el corazón con pie de hierro.
Y Calice, una tarde (cuando Apolo
su disco de oro y luz sobre las aguas
reclina para hundirse lentamente),
sola avanzó hasta el seno misterioso
del azulado piélago dormido.
Abriéronse las ondas, y tragaron
el cuerpo de la virgen. ¡Oh doncellas
de Licia! ¡Traed rosas! ¡traed rosas!
No lloréis, que Calice ya no sufre.
_Casandra._--Gracias, rapsoda. Me has hecho mucho bien: estoy ahora
triste del todo, y mi alma es como una estancia bañada por la luna. Mas
¿quién llega por el jardín?
_El rapsoda._--Un extranjero, Infanta.
_Casandra._--Vé y dile que pase, que en este palacio se ejerce la
hospitalidad.
ESCENA II
BELEROFONTE, CASANDRA
_Casandra._--Extranjero semejante á los dioses, ¿qué buscas aquí? Pero
antes de explicármelo, descansa y repara tus fuerzas.
_Belerofonte._--Tu vista es al caminante fatigado mejor que el baño y
el alimento sabroso. Vengo, Infanta, de la corte del rey Preto, esposo
de tu hermana Antea, tan igual á ti en el rostro y en la voz, que me
parece verla y escucharla.
_Casandra._--Nos asemejábamos tanto, que cuando su esposo se presentó
para llevarla al ara, yo, por chanza, me envolví en el velo nupcial,
y los propios ojos del enamorado me confundieron con ella. Mas ¿quién
eres tú? ¿No serás el divino Apolo, que disfrazado baja á correr
aventuras entre los mortales?
_Belerofonte._--Mortal soy, Infanta, y muy desdichado: la cólera de los
inmortales me empuja lejos de mi reino y de mi patria. Mi noble padre
es Glauco, rey de Corinto, gran jinete y domador; heredero soy de su
corona, y vago por el mundo sin tener dónde recostar la cabeza.
_Casandra._--La compasión, como un cuchillo que hiere sin lastimar,
me atraviesa las entrañas. Tus males ya son míos. Extranjero, aquí
encontrarás asilo y defensa hasta que la mala suerte se canse de
perseguirte.
_Belerofonte._--No se cansa. Como loba rabiosa, va tras de mí en las
tinieblas. Pero aproxímate, y espantaré de la memoria el dolor. Pena
olvidada es sombra sin cuerpo. Traigo para tu noble padre un mensaje de
Preto, y quisiera entregárselo.
_Casandra._--Ya se acerca.
ESCENA III
Dichos, YOBATES
_Yobates._--¿Conoces tú á este extranjero, Casandra?
_Casandra._--Hijo es de Glauco. Viene de la corte de Antea, y te trae
letras de Preto.
_Yobates._--Salud á ti. ¿Dónde está el mensaje?
_Belerofonte._--Recíbelo (_le entrega las tabletas unidas_). Me ha
encargado que lo abras á solas. Sin duda encierra altos secretos.
_Yobates._--Cumpliré el encargo. ¿Qué hacías tú en el palacio de mi
yerno? ¿Por qué no te quedaste al lado de tu padre, aprendiendo á
sujetar corceles sin freno ni brida?
_Belerofonte._--Rey de Licia, no ignoro las hazañas de mi padre. Probé
á imitarlas en mi primera juventud, y me las hube con un corcel que
no nació en la tierra. Dos alas blancas y luminosas arrancan de su
lomo; sus fosas nasales destellan rayos de claridad y despiden vaho de
ambrosía; está loco de ansia de libertad, y no hay ave que así cruce
el azul espacio. No sufre ancas, ni jinete, ni palafrenero. Con sólo
agitar sus vibrantes alas, despide al atrevido que intente cabalgarle.
Ansioso yo de gloria, un día trepé á la sierra en que pace el divino
caballo. Hay en lo más inaccesible de las montañas, donde la nieve
cubre los picos, valles diminutos que riega el deshielo, que el calor
reconcentrado fecundiza, y en que una hierba virgen, jamás hollada,
crece con frescuras de flor. Allí, lejos de la bajeza humana, gusta de
retozar Pegaso. Oculto detrás de una peña, esperé á que se hartase
del pasto delicioso; y cuando estuvo ahito, por sorpresa le eché á la
cerviz pesada cadena, y, asido á ella, cabalgué. Furioso el corcel,
relinchando de ira, coceaba y se encabritaba; apretaba yo los muslos;
mis manos se agarraban á las alas, paralizándolas; mis talones le
hincaban el doble aguijón en el ijar. Por momentos creí ser lanzado al
precipicio; pero ya dos hilos de sangre rayaban el bruñido flanco del
corcel, y, trémulo, espumante, sudoroso, tuvo que darse por vencido y
domado. Entonces ofrecí el Pegaso á mi protectora Minerva. Dos veces ha
intentado quitárselo Apolo, envidioso de tan inestimable don.
_Casandra._--Padre, la clemencia de los inmortales nos ha traído á
nuestro hogar un héroe.
_Yobates._--¡Un héroe! ¡Sea cien veces bienvenido! Y dime, extranjero
igual á Marte, ¿no has encontrado en tu camino al monstruo que nos
tiene atemorizados? ¿No has visto á la Quimera?
_Belerofonte._--Me han hablado de ella los pastores en las majadas
y los enfermos expuestos al borde del camino. Cerca del templo de
Haifestos he sentido su resuello ardiente en la espalda. Me volví, y
nadie había.
_Yobates._--¿Por qué dejaste el palacio de tu padre? Ahora me acuerdo
de haber oído referir una historia... ¿No fuiste tú quien sin querer
atravesó con un dardo el corazón de tu hermano Belero?
_Belerofonte._--Pues es preciso decirlo, sí: yo fuí ese desventurado.
Los dioses, oh Rey, nos tejen la tela del existir; suponemos que
caminamos, y es que invisibles manos nos impulsan. En la Acrópolis de
Corinto hemos elevado un templo á la Fatalidad. La diosa tiene los
brazos de plomo, las manos de bronce, y en una lleva el martillo y en
otra los clavos de diamante que fijan nuestro destino. Nuestras culpas
involuntarias nos pesan como voluntarias: Edipo, sin delito en la
voluntad, vagó ciego y perseguido por las furias; yo vago expatriado y
sin familia.
_Yobates._--En el umbral de mi puerta la Fatalidad se detiene. Te
haremos grata la vida. ¿No es cierto, Casandra?
_Casandra._--Hilaré para tus ropas, y te daré miel de mis colmenas.
_Yobates._--Ahora, refrigérate y descansa. En esa estancia hay una
pila de mármol, agua clara, aceite perfumado para ungirte, túnica
y sandalias para mudarte, mientras se prepara el festín. Salve,
Belerofonte, mi huésped. (_Vase Belerofonte por una puerta lateral._)
ESCENA IV
Dichos, menos BELEROFONTE
_Yobates._--Ya que se ha retirado, descifraré el mensaje de Preto.
_Casandra._--Te dirá que honres á Belerofonte como al propio Apolo.
_Yobates._--Eso será. Veamos. (_Abre las tabletas; una pausa, en que
descifra._) ¡Dioses! ¿Qué acabo de leer? ¡Desgracia, afrenta sobre
nosotros! ¡Maldición al hijo de Glauco!
_Casandra_ (_le arranca las tabletas y descifra_): “Belerofonte el
fratricida ha deshonrado á tu hija y mi esposa Antea. Arbitra medio
de darle segura muerte apenas llegue á tu palacio”. ¡Ah! (_Cae
desvanecida. Yobates la sostiene y la saca afuera por otra puerta
lateral, frontera á la que acaba de cruzar Belerofonte._)
ESCENA V
BELEROFONTE, YOBATES
_Belerofonte._--He oído un grito... Era la voz de tu hija... ¿Corre
algún peligro Casandra?
_Yobates._--Ninguno. Grita de terror porque imagina ver llegar á la
Quimera. Es preciso que tú seas el héroe encargado de exterminarla.
_Belerofonte._--La exterminaré, si me concedes llamarme esposo de tu
hija.
_Yobates._--Después de que hayas vencido á la Quimera, puedo
prometértelo todo.
ACTO SEGUNDO
Los jardines del palacio de Yobates. Una estatua de Eros.
ESCENA PRIMERA
CASANDRA, BELEROFONTE. (Viste aún el traje de viajero.)
_Casandra._--¿Nadie nos ha seguido? ¿Nadie nos espía?
_Belerofonte._--Nadie. Rumor de hojas agitadas por el viento de la
noche es lo que escuchas, amor mío, y sombras movedizas de ramas es lo
que tomas por cuerpos de perseguidores.
_Casandra._--Tengo miedo, miedo delicioso.
_Belerofonte._--Acércate á mí. No tiembles. Aquí hablaremos libremente.
¿Qué es lo que tanto ansías decirme?
_Casandra._--Casi no lo recuerdo. Antes de verte componía mil discursos
para recitártelos; y ahora que estoy á tu lado, ni una sola frase se me
ocurre. Sin embargo, algo grave... (_Dando un grito._) ¡Ah! Sí, ¡ya sé,
ya sé! ¡Huye, huye cuanto antes de este palacio! Mi padre tiene encargo
de darte muerte.
_Belerofonte._--¿Encargo? ¿Á mí?
_Casandra._--Las tabletas que trajiste contenían un mensaje de
Preto... ¿Comprendes? (_Pausa. Belerofonte guarda silencio._) ¡Veo que
comprendes! (_Con horror._) ¿Era cierto?
_Belerofonte._--Sí, Casandra. No he de mentir; cierto era.
_Casandra._--¡Mi hermana!
_Belerofonte._--Te amé en ella antes de amarte en ti misma. Es tan
hermosa como tú, pero tú, piadosa virgen, por dentro eres blanca como
el vellón de las ovejas de tu aprisco; á ti, no á ella, aspiraba mi
espíritu, ansioso de algo muy grande. La propuse que siguiese mi
errante destino y rehusó: no quería dejar el palacio donde es reina, el
lecho de marfil, las ricas estancias con artesonados de cedro. No me
quería.
_Casandra._--Yo iré á donde tú vayas, y pisaré tu huella con los pies
descalzos. Si esposa, esposa; si amante, amante; si esclava, esclava.
La helada Escitia y la Líbia ardorosa, infestada de áspides, me son
iguales contigo. Descender al reino de las sombras reunidos, ¡qué
alegría! Tu vista fué para mí como filtro de maga. Quisiera bajar á lo
más secreto de tu espíritu, como bajan al fondo del Océano los buzos
para traerme las perlas de mis collares.
_Belerofonte._--Baja, y sólo encontrarás tu imagen celeste. Casandra,
mañana á esta misma hora huiremos de aquí juntos.
_Casandra._--¿Mañana? No; hoy mismo, ahora. ¿No ves que quieren hacerte
morir? Pronto, pronto. Conozco el camino hasta la selva: he ido allí
con mis rebaños. Te guiaré.
_Belerofonte._--Antes de arrebatarte de aquí como el milano á la
paloma, tengo que cumplir mi destino heroico: tengo que vencer y
exterminar á la Quimera.
_Casandra._--¡Á la Quimera! ¿Pero no ves que ése es el medio que
han elegido para enviarte al reino de las sombras? Nadie vencerá al
monstruo. Hace pedazos á quien se aproxima. No irás: te sujetaré con
mis brazos.
_Belerofonte._--Iré y la venceré. Presiento que la sombría Diosa
que me guía, la más poderosa de todas, la Fatalidad, cuyo templo se
eleva frente al palacio de mi padre, ha decretado que al endriago lo
extermine yo. La sola idea del peligro y del horrendo combate, la
perspectiva del momento en que hundiré mi espada hasta el puño en el
escamoso pecho de la Quimera, mientras sus garras de acero pugnarán
por clavarse en mi cuerpo y resbalarán sobre la tersura de la coraza,
¡ah! estremece mi corazón de gozo y de locura, como á la virgen el
abrazo del esposo. Casandra, Casandra mía, ¿de qué nos sirve haber
sido concebidos en el vientre de nuestras madres y haber visto la luz
de Apolo y gustado el tuétano y el añejo vino, si hemos de vivir en
cobarde obscuridad? Antes morir joven, espiga segada verde aún, que
envejecer en miserable inacción. Déjame ir á la Quimera. La adoro con
rabia: ¡de otro modo que á ti! ¡pero también, también la adoro!
_Casandra._--Yo siento igualmente una especie de atracción extraña por
el monstruo. Quisiera conocer su aspecto terrible. ¿No sabes? Desde
que apareció por estos contornos, mi padre no me permite salir al
aprisco ni visitar los establos. Teme que encuentre al monstruo y sufra
la suerte de otras doncellas, que arrastró á su cueva para devorarlas.
Y yo, sin pavor, anhelo verla: mis ojos tienen sed de ella, como tienen
sed de ti.
_Belerofonte._--Muerta te la traeré y á tus pies arrojaré sus despojos.
Y mañana, á esta hora...
_Casandra._--¡Juntos!
_Belerofonte._--Para siempre.
_Casandra._--¡Á pesar de todos!
_Belerofonte._--De todos y de todo.
_Casandra._--De aquí á mañana, ¡cuánto tiempo!
_Belerofonte_.--Acortémoslo. No me separo de ti hasta que amanezca.
_Casandra._--De aquí al amanecer, ¡qué corto plazo!
_Belerofonte._--Ya declina la luna.
_Casandra._--Y el aroma del nardo es menos penetrante.
_Belerofonte._--Todavía embriaga.
_Casandra._--Desfallece con él mi espíritu.
_Belerofonte._--¡Qué silencio tan dulce!
_Casandra._--Oigo los latidos de tu corazón.
_Belerofonte._--No; es el tuyo.
Mutación.--Sitio solitario y salvaje, donde se ve la entrada de la
cueva de la Quimera.
ESCENA II
CASANDRA, MINERVA
_Casandra._--Aquí debe de ser. Veo la boca del antro. Escondida detrás
de aquellos peñascales asistiré al combate; y si mi amado perece,
saldré á entregarme al monstruo para que me haga pedazos también.
_Minerva._--¿Cómo en este paraje hórrido, Infanta de Licia? ¿Cómo
has abandonado tus estancias atestadas de riquezas, tus jardines
deleitosos, donde músicos y rapsodas, mimos y acróbatas, porfían en
inventar canciones y juegos con que entretenerte? ¿Ignoras cuánto valen
la paz y el honor de que disfrutas? ¿No piensas en la aflicción de tu
padre, si la Quimera te destroza? Vuélvete.
_Casandra._--¿Quién eres para hablarme así?
_Minerva._--Un numen.
_Casandra._--No me suena tu voz cual suena la de los númenes y los
oráculos. Voz me parece de la tierra, de la pedestre prudencia y de
la senil sabiduría. Los númenes deben alentarnos cuando un generoso
arranque nos alza del suelo. Quizás entonces nos parecemos á los
númenes. ¡Númenes somos quizás!
_Minerva._--¡Insensata! ¡Nadie me ha desdeñado que no se haya
arrepentido! Otro consejo, y desóyele si quieres. La Quimera va á salir
de su guarida...
_Casandra._--Sí; percibo el sofocante calor de su resuello.
_Minerva._--Olfatea la presa. Apártate, huye: la atrae tu presencia.
_Casandra._--¿La tuya no?
_Minerva._--No. Para ella soy invulnerable.
(_Salen Casandra y Minerva._)
ESCENA III
BELEROFONTE (armado con coraza, espada y escudo), UN PASTOR.
_Pastor._--Estamos en la madriguera del monstruo. Esa es la entrada.
Te he guiado bien; ahora déjame volver á mi aprisco. Me tiemblan las
rodillas, y un sudor helado corre por mi frente. Yo no soy héroe, sino
pobre pastor.
_Belerofonte._--No temas, quédate sin miedo. La Quimera va á perecer.
Verás su cuerpo deforme tendido en tierra. ¿No te agrada la lucha? De
pastores de ovejas han salido pastores de pueblos.
_Pastor._--Cuando la Infanta Casandra venía al aprisco, y con sus
propias manos ordeñaba las ovejas, yo deseaba haber conquistado un
reino, para que no se burlase de mí y no me abofetease si la cogía por
la cintura. Por temor al monstruo hace tiempo que no viene. ¿Volverá
si la Quimera sucumbe? Entonces dame espada y escudo. Antes que tú,
pelearé.
_Belerofonte._--Á tus rebaños, pastor. No son para ti estas empresas.
Déjame solo. ¿No oyes un ronquido extraño? ¿No percibes tufaradas de
boca de horno?
_Pastor._--¡La Quimera se revuelve en su antro! Mi vista se nubla, mis
dientes castañetean... (_Huye despavorido._)
ESCENA IV
BELEROFONTE, MINERVA
_Minerva._--Alienta, hijo de Glauco, domador del corcel divino. Libra á
la tierra de ese endriago que trastorna las cabezas y me impide hacer
la dicha de la humanidad, apagando su imaginación, curando su locura y
afirmando su razón, siempre vacilante. Muerta la Quimera, empieza mi
reinado. Invisible estaré cerca de ti. Cuando el monstruo se te venga
encima, no busques su vientre ni su pecho; métele la espada con rapidez
por la abierta boca. Serenidad y puños, Belerofonte.
ESCENA V
BELEROFONTE, después la QUIMERA
_Belerofonte._--Un traqueteo horrible estremece la cueva. Ya se siente
cerca el ruido... ¡Qué bocanada ardiente! Me abrasa... Mi sangre se
incendia... ¡Ya asoma... Dioses! El cielo se obscurece... ¡Ah!
(_La Quimera se arroja sobre Belerofonte, que vacila, pero se rehace, é
introduce la espada por la boca del monstruo. Lucha breve. La Quimera
exhala un rugido pavoroso, de agonía._)
_Belerofonte._--¡La espada se derrite al ardor del hálito de la
Quimera! ¡El metal quema sus entrañas!
(_Cae la Quimera, expirante. Se retuerce y queda inmóvil._)
ESCENA VI
BELEROFONTE, MINERVA, CASANDRA
_Belerofonte._--¿Por qué he luchado con ella? ¿Por qué la he matado? He
corrido un riesgo espantoso, inaudito. ¿Quién me ha metido á mí en tal
empresa?
_Casandra._--¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo se me ha ocurrido dejar mi
palacio magnífico, mi lecho de marfil cubierto de tapices de plumón de
cisne? Ahora tengo frío, y las asperezas de la sierra me han lastimado
las plantas. ¡Cómo me duelen!
_Belerofonte._--Y en el palacio de Yobates quieren asesinarme vilmente,
á traición. ¡No seré yo quien vuelva allá! Desde aquí mismo me pongo en
salvo. (_Vase por la izquierda sin mirar á Casandra._)
_Casandra._--Ea, yo regreso á mis jardines. Allí me lavarán los pies
y me servirán leche y frutas. Me siento desfallecida de hambre.
¿Estaría loca, para no mandar que me esperase ahí cerca el carro,
cuyos caballos enjaezados de púrpura me trasladan de una parte á otra
tan velozmente? En fin, no habrá más remedio que andar á pie. ¡Es
divertido! (_Vase por la derecha._)
_Minerva_ (_ya sola_).--¡Gloria al héroe! ¡La Quimera ha muerto!
LA QUIMERA
I
ALBORADA
Los últimos tules desgarrados de la niebla habían sido barridos por
el sol: era de cristal la mañana. Algo de brisa: el hálito inquieto
de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda. En los
linderos, en la hierba tachonada de flores menudas, resaltaba aún
la malla refulgente del rocío. El seno arealense, inmenso, color de
turquesa á tales horas, ondeaba imperceptiblemente, estremecido al
retozo del aire. La playa se extendía, lisa, rubia, polvillada de
partículas brilladoras, cuadriculada á trechos por la telaraña sombría
de las redes puestas á secar, y festoneada al borde por maraña ligera
de algas. Á la parte de tierra la limitaba el parapeto granítico del
muelle, conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.
Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, recio, llevaba del ronzal
á un caballejo del país, peludo y flaco, á fin de bañarlo cuando el
agua está bien fría y tiene virtud. Volvió la cabeza sorprendido, al
oir que le hablaba alguien y ver que un señorito bajaba corriendo desde
el repecho de la carretera de Brigos hasta los peñascales, término del
playal.
--¡Rapaz! ¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adónde cae?
--Venga conmigo, se la enseñaré--contestó en dialecto el muchacho,
tirando del ronzal del jaco y volteando hacia el caserío, en dirección
á la plaza. Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las gallinas,
guió al forastero hasta la panadería, situada frente á la iglesia
parroquial. La puerta del humilde establecimiento estaba abierta. El
forastero echó mano al bolsillo y dió una peseta á su guía, que se
quedó atónito de gozo, apretando la moneda en el puño, temeroso quizás
de que le pidiesen la vuelta. Al ver que el forastero entraba en la
panadería sin acordarse más de él, besó la peseta arrebatadamente, la
escondió en el seno y partió disparado.
La tienda del panadero, estrecha, comunicaba con la cocina y el
horno; éste, con un salido á la corraliza. En la tienda no encontró
el forastero á nadie. Un olor vivo y sano á cocedura, á pan nuevo, le
alborotó violentamente el apetito. Una mujer todavía joven, sofocada y
arremangada de brazos, se le presentó, saludándole con un “felices días
nos dé Dios”.
--Muy felices, señora... ¿Está Rosendo?
--¿Qué le quería?
--Soy su primo Silvio, el que ha venido de Buenos Aires--contestó el
forastero.--Quería... nada; verle.
--¡Ay, Jesús!... Siéntese... Haga el favor de aguardar un instantito.
Y, exagerado por la emoción el acento cantarín y mimoso de la tierra,
gritó metiéndose adentro:
--Sendo... ¡ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom...!
Apareció el panadero, sudoroso, empolvado de harina, y no dijera nadie,
al pronto, sino que era el propio Silvio, ó un hermano gemelo. La
misma finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de menudo bigote
dorado, de tez blanca, de cara oval, de pelo alborotado, sedoso, rubio
ceniza. Mirándoles más despacio, se advertía que, bajo iguales máscaras
de carne, la cara verdadera, espiritual, era no sólo diferente:
opuestísima. Sendo, al reconocer á Silvio, se había parado, receloso de
lo desconocido; Silvio avanzaba con los brazos abiertos.
--Y luego... ¿Tú por aquí?...--murmuró el panadero con retraimiento y
precaución.
Silvio comprendió. Su sensibilidad sufrió un arañazo leve. ¡Pobre
primo! ¡Temía que viniesen á explotarle! Se apresuró á situarse en
terreno despejado.
--Sí, hombre... Vengo de Brigos, de casa de Moleque. Voy á Alborada...
--Vamos, ¿á las Torres?--asintió Sendo, tranquilizándose, con
entonación respetuosa. ¡Buena señal! Cuando Silvio iba á las Torres...
--Y como no quiero llegar allí sin haber almorzado, me daréis una taza
de caldo, ¿eh? y un poco de bolla fresca. Vengo á pie: estoy cansado.
Toma--añadió precipitadamente;--esto lo compré en América para tu
chiquilla mayor. ¿Dónde anda?
Era un dije de oro bajo, con rubíes falsos y perlitas. La panadera
exhaló un suspiro de admiración y placer.
--Están ella y los hermanos en el arenal á se divertir, los pobriños.
Mientras se cuece hay que espantarlos de aquí, que no dejan trabajar
á uno. Sólo tengo al de pecho; descansa como un santo en la cuna. ¿Lo
traigo?
--No--replicó Silvio.--Antes de irme los veré.
--Á ver luego el caldo, mujer--ordenó Sendo imperiosamente.
Salió la frescachona á trastear por la cocina, y sentáronse los dos
primos en la tienda, en sillas de paja desventradas y sucias. Hablaron.
Cada tres minutos les interrumpía un parroquiano, pidiendo un mollete
de á libra ó una rosca de trenza. Levantábase el panadero á despachar
y cobrar, y era lento en retraer el coloquio adonde lo cortaban; no
obstante, con habilidad y sorna aldeana, al fin lo conseguía. ¿Qué tal
le había ido á Silvio allá en esas tierras donde tanto dinero se gana?
¿Traería, de seguro, un capitalito?
--No...--y Silvio reía.--¡Aquí os figuráis que allá llueven billetes
de Banco! Allá también hay ricos y pobres... Yo no emigré por hacer
fortuna.
Viendo la sombra de preocupación que nublaba el gesto del primo, añadió
prontamente, con algo de nerviosidad:
--Al principio... ¡pch! me fué muy mal. Ahora ya ganaba para vivir. No
pido limosna. ¿Dices que al segundo hijo le pusisteis mi nombre? Ahí
tienes para comprarle dulces...
Tendió un billete de última fila, de á veinticinco. El panadero,
radiante, después de varios “no te molestes”, lo recogió. Así como así,
él iba á dar de almorzar á Silvio, ¡á obsequiar también! En una vuelta
se acercó á la cocina, y por lo bajo:
--María Pepa, mujer, si hubiese sardinas del pilo... Es loco por ellas.
Traerás un neto de vino tinto de lo mejor, ¿eh, mujer?
Serían las once cuando María Pepa dispuso la pitanza, en la mesa de
la cocina. Al ver sobre el mantel gordo y rugoso la fuente de barro
llena de sardinas asadas, plateadas y negruzcas, Silvio sintió que
se le henchía de saliva la boca. Su estómago flojo, estropeado por
privaciones y miserias en la primera edad, tenía súbitos antojos
de golosina, como los niños y los enfermos, y le encaprichaban
especialmente los platos ordinarios, los sencillos condumios
regionales. Se arrojó á las sardinas; ayudadas por la bolla caliente,
sabíanle á pura gloria. El vinillo del país, acidulado, hacía un
maridaje delicioso con la carne blanca, salada á granel, de los peces.
María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al primo devorar.
--Coma, coma, que le preste, ya que le gusta... ¡Mire qué afición le
llevan, Jesús!
--Dile á tu mujer que me hable de tú, y que se siente á almorzar con
nosotros--suplicó Silvio.
--Tiene cortedá--rió Sendo.--Como es la primer vez que te ve, hombre...
Ya almorzará ella luego, ende acabando de servirnos...
--Pero yo no me conformo. Es un favor que te pido. Que se siente. Anda,
María Pepa; cuéntame de tus chiquillos. ¿Los crías tú?
--¿Y luego? ¿Quién me los ha criar?--exclamó la frescachona.
--Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra?
--Cuasimente, sí señor; uno cada año... no siendo el año que estuvo mi
esposo muy malísimo de calenturas.
--¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada ó criando?--preguntó
Silvio escanciando un vaso lleno á María Pepa.
--¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito... Los pobres...
--¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has dado unas sardinas, María Pepa,
que no las trocaría yo por ningún guiso de cocinero francés. Sendo,
tu mujer vale mucho. Me parece que sois felices y que os lleváis como
ángeles; ¿no es cierto?
--¡Ay! Eso sí, alabado Dios--respondió Sendo por su mujer, la cual,
avergonzada, se sofocó más.--Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo
á reñir tenemos! Como nunca falta qué hacer... Pero, y entonces
tú--porfió suavemente, con la insidiosa blandura del país,--¿no traes
de allá para vivir descuidado? Si yo me fuese _allá_ á amasar pan, algo
traería; puesto ya un hombre á pasar el charco, ¡caraina!
--Ya te dije que no iba en busca de cuartos--replicó Silvio, engolfado
en una escudilla de caldo de berzas y patatas con espeso de harina de
maíz.--¡Vaya un caldito! ¡Qué antojo tenía de él, así como lo hace
María Pepa!
Sendo miraba á su primo, no atreviéndose á preguntarle por qué se
embarca un hombre cuando no va en busca de cuartos.
--Algún día--sonrió Silvio, á quien la beatitud del estómago alegraba
el pensamiento--puede ser que tenga cuartos de sobra aunque no los
busque. Entonces os pido á mi ahijado, ¿eh?, y me le dais, y lo educo y
hago de él una persona.
--¿Y tus hijos? Te casarás--objetó Sendo prudentemente.
--No me casaré. Sólo me casaría con una como María Pepa, lo mismito.
Una que sepa hacer estos caldos--añadió.
--¡No se burle!--arrulló cantando María Pepa. Oyóse el llanto de una
criatura; corrió la madre al dormitorio, y un segundo después se
desabrochaba el justillo y acercaba al mamón á un seno gordo, tenso,
de venas azuladas. Silvio, ahito, dilatado de bienestar, contemplaba
el cuadro: la mujer, morena, sana y dorada como el pan, lactando á un
chicazo que pegaba manotadas á la teta y se volvía curioso, con la boca
untada de leche.
--¿Quién sabe si ésta es la felicidad?--pensaba.--Al menos, es la ley
de naturaleza.
Así que su crío se puso que no le cabía gota más, la madre, engreída
por la expresión de simpatía de los ojos de Silvio, le llegó el
pequeño á la cara mendigando la alabanza y el beso. El pequeño olía á
descuido y á lo que huelen los nidos de paloma. Silvio, perturbado en
su digestión y en su refinamiento, se hizo atrás. Instantáneamente se
le desvaneció la ilusión idílica, ese sueño que es el reverso de la
megalomanía; soñar con ser menos, recortando la aspiración, espejismo
de luchadores fatigados.
--¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino de Alborada, para que me
guíe?--articuló con sequedad impaciente.
--El nuestro, el mayor, puede ir--ofreció Sendo.
--No, no; prefiero otro. No va á volverse solo el niño.
--Deja pasar la fuerza del sol, hombre. Á tal hora, en Alborada estarán
almorzando.
* * * * *
Á una revuelta de la carretera empezó á emerger, de la ramazón tupida
del castañal, el alminar de las torres de Alborada. Poco á poco, la
mole del edificio entero: parecía ascender, todo blanco, de piedra
granítica; al mismo tiempo olores finos, azucarosos, de flores
cultivadas, avisaron á los sentidos de Silvio. Llamó á la campana
de la verja y esperó, bañándose en un ambiente saturado de esencia
de magnolia. Tardaron bastante en abrirle: los perros, á distancia,
presos, ladraban tenazmente.
Cuando entregó, para solicitar una entrevista con “la señora”, la carta
de presentación del doctor Moragas, notó despechado un encogimiento que
le enfriaba las manos y le enronquecía la voz. Con lúcida fidelidad
recordaba que en Marineda, antes de pensar en emigrar á la Argentina,
todavía adolescente, entre colegiales, había dibujado una caricatura
insultante de aquella mujer, en quien deseaba ahora encontrar eficaz
auxilio. Angustiado, volvió á ver el mugriento pupitre del colegio,
los trazos de lápiz sobre el papel; oyó las risas... ¿Dónde pararía la
caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre compositora? ¿Si le
recibiría con desdén ó con repulsa severísima?
La aprensión de Silvio creció al dejarle solo el criado en una sala
baja, amueblada de caoba y cretona, cubiertas las paredes de retratos
viejos, bituminosos. En un ángulo aparecía el piano, resguardado de
la humedad por una manta de seda rameada y entretelada. Los objetos
ejercían sobre Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el
instrumento confidente de la inspiración artística, le impresionaron.
Prestó oído: creía escuchar pasos, taconeo, roce de faldas, y repitió
en sus adentros: “Este es un momento muy solemne... Tal vez decide
de mi porvenir... Entran”. Entraba, sí, un singularísimo perrillo,
ladrando aguda y hostilmente; su extrañeza atrajo á Silvio, le
distrajo. El chucho parecía uno de esos asiáticos monstruos de bronce
que guardan las puertas de los santuarios japoneses. La idea de tomar
un apunte se apoderó de Silvio; y ya buscaba su lápiz y su diminuto
álbum, cuando, al volverse, vió á una dama que le saludaba y le ofrecía
asiento.
La reconoció. Apenas cambiada por los años transcurridos, era la
baronesa de Dumbría, madre de la compositora.
--Tal vez sea difícil, al menos en algún tiempo, que pueda usted
retratar á mi hija--declaró, leída la carta que servía de presentación
á Silvio.--Minia anda siempre escasísima de tiempo, y... además...
La verdad: tantos retratos le han hecho, y tan medianos todos... que
siente aversión hacia los retratos. En fin, vamos á ver... La diré...
Aguarde usted aquí.
Se alejó la baronesa. Silvio, entretanto, descorazonado, apuntó en dos
de sus actitudes extrañas al asiático vestiglo. Al cuarto de hora, otra
vez pasos, y la baronesa, expansiva, triunfante.
--Minia dice que aquí dispone de algunos ratos libres, y que si usted
tiene tanto empeño y cree que eso le puede ser útil, por su parte, con
mucho gusto... Pero es aquí, fíjese usted bien: en Madrid, Minia no
dispone un instante... ¿Á ver ese dibujo? ¿Es Taikun?
--¿Es japonés, señora?--preguntó á su vez Silvio, algo animado ya,
respirando mejor.
--Japonés... é inglés. Vino preñada su madre á bordo; parió en
Gibraltar... ¡Qué gracioso el dibujito! Y ¡qué aprisa!
El efímero elogio dilató más el pecho de Silvio; se colorearon un poco
sus mejillas mates, rasuradas de una barba leve.
--En ese caso, señora baronesa, ¿qué día y á qué hora he de volver para
la primera sesión? No molestaré mucho; á falta de otro mérito, tengo la
mano ligera...
--¿Volver? Se quedará usted aquí. ¿Había usted de estar haciendo viajes
á Marineda ó á Brigos? ¡No faltaba más! Voy á disponer que le preparen
habitación. Las Torres son bastante grandes... ¿Ha traído usted papel y
lápices? Caballete lo tenemos aquí.
--Proyectaba traerlo todo mañana de Brigos. Es mejor que me vaya, y
vuelva con los trastos; ¿no le parece á usted?
--Nada de eso. ¿Tiene usted el hormiguillo? Un propio á Brigos al
instante. La distancia es una bicoca. ¿No ha venido usted á pie?
--Pondré dos letras entonces, señora, ya que tan buenas son ustedes, á
la hija de mi tutor, Lucía Moleque, á fin de que entregue mi caja, mi
blusa, los rollos de papel...
--Eso es... Que le envíen lo preciso. Venga usted por aquí á mi
escritorio.... ¿Ha almorzado usted? ¿Quiere refrescar? ¿Cerveza?
El corto día de otoño expiraba cuando el propio regresó de Brigos.
Hasta las primeras horas de la tarde del siguiente, no se empezó el
retrato al pastel. Silvio, no obstante, no había perdido la noche
anterior. Á la luz artificial, sobre la maciza mesa de caoba de la
sala, había bocetado ligeramente, á la pluma, la cabeza vigorosa,
de incorrectas facciones, de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones
pueriles, jugó con la figura de la compositora, de la cual se
estaba apoderando en una caricatura humorística y respetuosa, de
extraordinaria semejanza. Diseñó también otra vez á Taikun, y á las
once, cuando se retiró á su cuarto, notó que se encontraba en Alborada
como si hubiese pasado allí la vida entera.
Los preparativos, la colocación del modelo, se discutieron á la
mesa, á la hora de almorzar. Era preciso graduar la luz por medio de
cortinajes; y al plantearse la cuestión del traje, Minia contestó que
no tenía en Alborada ningún cuerpo escotado.
--Lo improvisaremos--añadió.--De cualquier manera.
Sencillamente recogido el pelo, rodeados los hombros de una nube de
tul blanco sujeta con cintas anchas color de mar, _posó_ resignada la
compositora. Suponía que el retrato iba á salir desastroso.
Silvio disponía febrilmente sus lápices de pastelista ante el pliego de
papel grisáceo fijo en el tablero con doradas chinches. La prolongada
blusa de dril le daba semejanza con un obrero. Guiñó las pupilas,
frunció el ceño, contrajo la frente, registrando en el modelo con
avidez líneas y colores, y valiéndose de las yemas de los dedos mucho
más que de los lápices, principió sin delinear, aplicando ligeras
manchas. Dijérase que era la nebulosa de una cabeza y un busto lo que
nacía, vago y fino sobre el muerto fondo cenizoso.
Minia no fijaba la vista, ni aun por curiosidad, en el trabajo del
pintor. Sus ojos de miope descansaban en el familiar paisaje que
encuadraba la ventana. La cañada suave, el bosque de castaños, la
espesura de pinos, las tierras de labor segadas, todo tostado y
realzado con oros rojos por la mano artística del otoño, y á lo lejos
el trozo de ría como fragmento de rota luna de espejo, entraban una
vez más por su retina en el alma, y la adormecían con sorbos de
beleño calmante. El oleaje de notas musicales que en ella se agitaba,
aplacábase ante la naturaleza. Y eran los únicos instantes en que
Minia reposaba algo; no percibía la música como tensión y esfuerzo
de facultades, sino que la sentía como un río fresco, como baño de
dulzura, y repetía mentalmente versos de Fray Luis.
_El aire se serena...
¡Oh desmayo dichoso!
¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!_
Llegó á prescindir enteramente de que la retrataban, porque la idea del
retrato más bien era desagradable; de un modo mecánico, conservaba sin
embargo la _pose_. La voz de Silvio la restituyó á la tierra.
--¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted mirar un momento?
Ya la nebulosa iba concretándose. Surgían la cabeza, los hombros
blancos. Sonrió la compositora...
--Veo que me hace usted favor. Lo apruebo. Siempre hay que proceder así
cuando se retratan mujeres.
Como si le hubiesen pinchado en el punto sensible, saltó Silvio, en un
impulso de los que no sabía reprimir, desatándose á hablar, emocionado,
nervioso.
--¡Pues si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Usted de seguro
comprende... Yo hermoseo á cuantas pinto: á usted, proporcionalmente,
no la favorezco casi. Se me figura que así la respeto más. ¡La doy á
usted toda su edad, su corpulencia,--y su misma expresión, la misma!
Suavizo un poco las líneas.
--¡Falta hace!--interrumpió Minia festivamente.--No sé qué alfarero me
amasaría la cara; escultor no pudo ser.
--¡Bah! ¡Las líneas!--continuó Silvio.--Corregir líneas, corregir tonos
del cutis, hacer de lo ajado lo suavemente pálido y de las remolachas
rosas... eso, cualquiera sabe. Más difícil es infundir un alma en caras
que no la tienen. El intríngulis es meter esa belleza del ensueño y
del pensamiento en fisonomías de modelos que están rabiando porque el
vestido sienta mal ó porque el corsé aprieta. ¿Verdad que los retratos
siempre parece que nos cuentan algo, algo muy melancólico y digno ó
muy amoroso? En cien casos, es que el retratista presta al modelo el
espíritu de que carece.
--Según--respondió Minia, interesada por la teoría.--Hay pintores muy
realistas, por ejemplo, don Vicente López, y un flamenco antiguo, Franz
Hals, que retratan la naturaleza animal y la expresión vulgar... ¡Y
hacen prodigios... vaya!
Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el pañuelo. Sus labios
palpitaron al nombre de los dos pintores.
--¡También lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate de vanidad! ¡No se
ría usted de mí...; también yo probaría á hacerlo! Eso es lo bueno,
lo bueno: la verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que no
necesitan falsificar nada! Á veces, señora...
--Mis amigos me llaman Minia--advirtió ella benignamente, apiadada por
lo que ya iba adivinando.