SEGUNDA CARTA

Boston, Marzo 1919.

Mil gracias por su saludo de bienvenida.

Me pregunta usted cuál es el estado de mi corazón. ¡Ay! amigo mío, no

obstante el interés que he tenido y tengo por muchas cosas, mi alma

se encuentra más o menos como usted la conoció hace algunos meses.

La imagen de esa mujer, de esa amiguita querida, como solía llamarla,

me ha seguido a todas partes. La tengo metida en el alma y cuando no

duermo, ella ocupa mi conciencia. En los bulevares, en el teatro, en

alguna recepción he mirado a la distancia trajes parecidos a los que

ella solía llevar y ya creía verla surgir de repente; he sentido el

perfume que le era propio y he vuelto la cabeza esperando encontrarla

no lejos de mí. Es una obsesión.

A veces me entra una ternura sin motivo inmediato; es como si se me

abrieran suavemente las entrañas y me dan ganas de llorar. ¡Qué dulce

debe ser una vida en que, después del trabajo diario, se encuentre

un pecho en qué reclinar la cabeza fatigada y hacer que esa ternura

que se ha abierto en uno no lo ahogue, y corra, corra como una fuente

refrescante, bienhechora y blanda! Otras veces, viendo la inutilidad

de mis sueños, me desespero. Si amanece un día hermoso, el azul del

cielo me causa enojo. ¿Para qué brillas sol, digo, si no he de ver con

tu luz a la mujer que amo? Si azota la lluvia y bajo un cielo gris

estalla la tempestad, me es indiferente: son tan grandes mi pesar y

mi desesperanza, que se me ha formado una coraza contra todos los

males que puedan venir de afuera. Con resignación pienso que, a pesar

de mi soltería, éste será mi último amor, que viviré con él y lo

llevaré conmigo, como una herida siempre abierta a cuyo dolor me iré

acostumbrando.

En este mundo de ajetreo sin fin, no encuentro sino una cosa que lo

justifique: el amor. Ahondo, ahondo y no veo a qué resultado definitivo

pueda conducir nuestra actividad. No es que el amor signifique una

explicación de la vida, no; el amor es el imperativo de la vida y una

fuerza que nos toma de las entrañas, la fuerza más poderosa para querer

la existencia. El amor y la actividad son las mejores alas para hacer

el tránsito por este mundo; pero no explican nada. La vida humana se

presenta (y así será aunque dure millones de años), como una franja de

luz entre dos noches infinitas. El amor y la actividad, he dicho; mas

cuando el amor es desgraciado, la laxitud que se apodera de uno como un

fluido enervante, no permite ser activo.

¿Y la libertad de los hombres? No digo nada de la mía; ya irá viendo

usted que mi pecho es un escenario dantesco en que hay rachas de

infierno, de purgatorio y de cielo, y que en medio de ellas--no quiero

hablar de mi libre albedrío--mi voluntad no es más que una pobre

ave encogida, entumecida, sin fuerzas, con los resortes de sus alas

relajados. Pero me consuelo pensando en cómo suele andar la libertad

de los demás, ¡ah! sin exceptuar a los más graves y campanudos. Que se

hable de amor y de mujeres delante de sabios, políticos, filósofos,

financieros, es decir, ante la crema de lo sesudo y reflexivo, y se

verá cómo se les transforma la fisonomía. Les pasa un halo de ensueño,

a veces también una sombra de pesar; recuerdan las mejores horas de

su existencia, piensan tal vez que la vida no les ha ofrecido todo

el amor que habrían deseado: es lo único que les llega al fondo del

alma. Se ve que bastaría la menor tentación para hacerlos perder el

equilibrio y que si no caen muchas veces es por miedo al qué dirán,

no por obra del noble broquel espontáneo de la pureza interior. ¡Oh,

infelices!

Calcule usted que obran testimonios de un revolucionario del tiempo

de la independencia que confiesa que su odio a Inglaterra provino de

que un oficial de la marina inglesa le quitó la prenda y he oído aquí

a gente docta afirmar que hay motivos para creer que la revolución

la causaron no los impuestos, como se dice generalmente, sino las

muchachas de Boston que preferían a los oficiales ingleses sobre los

americanos.

¿Admirable, no?

La única libertad posible no consiste quizás más que en hacer con amor

las cosas que el deber impone. Y cuando esto no se alcanza en el primer

momento, habría que buscarla en el dominio de sí mismo, en un llamado

al estoicismo, a ese tesoro legado a la humanidad por los filósofos del

Pórtico. Pero, ¿es siempre hacedero ese enfrenamiento de las pasiones?

Los pedagogos y moralistas, gente un poco roma y obtusa a veces en

achaques de sentimientos, (¡ah!, perdone usted, no reza esto con todos)

tienen que sostener la afirmativa por deber profesional; pero yo que no

disfruto del honor de pertenecer ni a una ni a otra categoría y no paso

de ser un pobre hombre que ama, sufre y se desespera porque el mundo

social no se haya arreglado de otro modo, dudo de esa posibilidad en

mis horas de angustia.

Hay ocasiones en que la pasión se yergue en mi pecho como una ola

irresistible, arrolla y derriba todas las ideas y sentimientos que

la centrarían, se alza triunfante, en su soberbia llega a tomar voz

y grita con acento satánico: «Para ti, tu pasión, tu gran amor es lo

primero; la vida no te ofrecerá nada mejor que el cariño de una mujer

amada; mienten los filósofos y los moralistas que te aconsejan el

renunciamiento; anda, atropéllalo todo, lucha por ella, hazla tuya».

Y luego lo único que saco es quedar como botado por la misma ola,

extenuado, tendido en las arenas de mi desconsuelo.

Ya ve, amigo mío.

Lo abrazo cordialmente.

Por las dos Américas · 第 31 / 32 题