PRIMERA CARTA

Boston, Febrero de 1919.

Ya me tiene usted, mi querido amigo, en tierra americana después de

unos cuantos meses de estada en Europa. Mi primer saludo es para usted,

deseando que éste se pueda expresar pronto en un abrazo. Vengo a hacer

algunos estudios en la Universidad de Harvard y después veremos. Pero,

¡qué fría y de clima tan riguroso es esta grave ciudad de Boston! Sin

embargo, la calefacción anda aquí mucho mejor que en París.

¡Qué provechosa ha sido para mí esta temporada en Europa y cuánto he

enriquecido mi espíritu! Fuera de lo que atañe a los progresos de

mi profesión, de que he podido imponerme, he visto la desolación de

la Europa después de esta guerra bárbara y respirado en el austero

ambiente de heroísmo que ella esparció junto con el dolor. He

presenciado el justificado delirio patriótico del pueblo francés y

de los aliados en París el día de la firma del armisticio. Vivimos

a no dudarlo en un momento histórico trascendental y que lo es muy

especialmente para el pueblo norte-americano. Hace un siglo el mundo se

encontraba en una situación algo parecida en cuanto, tras las largas

guerras napoleónicas, agotado ya, llegaba por fin a una paz cualquiera.

Pero, ¡qué de diferencias por lo demás! Los vencedores de entonces no

tenían otra mira que los intereses dinásticos de monarcas absolutos;

los de hoy han llevado en sus banderas los lemas de la libertad y

democracia. Entonces la Europa se consideraba a sí misma como el único

continente civilizado y los Estados Unidos permanecieron sin tomar

parte en el conflicto como un niño sano y vigoroso que hace sus tareas

tranquilamente en su casa sin prestar atención a los ruidos de la

calle. Ahora los americanos, no sólo han vaciado sus arcas en favor de

los aliados, y los han provisto de armas, de pertrechos de guerra y de

víveres, sino que sus ejércitos han cruzado el océano para salvar a la

Europa y decidir muy a tiempo la victoria. En galardón, los americanos

han recibido de los vencedores homenajes de glorificación.

El Presidente Wilson ha sido objeto de apoteosis en las capitales

europeas que talvez nunca se han tributado en forma análoga a otros

jefes de Estado. Es una gloria para la nación que representa, pero,

lo es asimismo para él, porque esas manifestaciones han sido en

parte principal coronas discernidas a las virtudes relevantes de su

personalidad. Tengo una alta idea del valor moral, del idealismo,

del patriotismo y de la inteligencia de Wilson. En sus discursos se

ha mostrado siempre franco, avanzado, valiente y demócrata sincero,

y creo que en sus actos ha sido consecuente con sus discursos. Su

genio significa la síntesis feliz que resulta de haber fundido en una

sola alma las cualidades de un gran universitario y de un estadista.

Como adalid de los grandes ideales de la humanidad, la democracia y

la sociedad de las naciones--a la cual él ha sabido darle la forma

más perfecta que haya tenido hasta ahora--su figura ha alcanzado

proporciones eminentes.

Sin embargo, no todos juzgan a Wilson de la misma manera. El

corresponsal del _Times_ de Londres en París, decía en estos días:

«Wilson anda con diferentes baterías de pequeño calibre moral; pero

sus grandes cañones son asuntos de dólares. Más de un conflicto debe

haber entre su idealismo personal y los intereses financieros que él

representa. Recibe muchas instrucciones de Wall Street y de Chicago».

Vaya a averiguar usted lo que haya de cierto en esto.

¡La Sociedad de las Naciones! No faltan espíritus escépticos que

no crean en ella. Yo, a quien usted tiene motivos para considerar

uno de esos, sustento, sin embargo, la más confiada esperanza en su

porvenir. Creo aún que, como la especie humana tiene al parecer más de

dos millones de años de vida por delante y su historia se complicará

mucho si seguimos dividiéndola en la forma en que lo hemos hecho hasta

ahora, será menester englobarla en la simple distinción de dos grandes

épocas, la de la humanidad guerrera y la de la humanidad pacífica.

En el punto de separación de una y otra, nuestros días ocuparán un

lugar preeminente como precursores y preparadores de la nueva vida.

Entonces habrá triunfado la justicia social y habrá llegado la gran

era del arte y hasta de la metafísica. No sujetos ya los hombres,

como ocurre ahora, a la preocupación casi exclusiva de luchar por el

sustento, por la propiedad, por el dinero, dejará de ser la creación

artística la obra atormentada de unos pocos, las lucubraciones sobre

problemas ultra-científicos no serán sólo afanes de raros soñadores,

y el espíritu humano explorará en vuelos atrevidos, pero serenos y

resignados a veces, las regiones superiores de lo bello y de lo divino.

Para aligerar la carga de la memoria histórica se simplificarán los

períodos de la vida de la humanidad guerrera, como ha ocurrido más o

menos con la prehistoria, y se hundirán para siempre en el limbo de un

piadoso olvido los héroes de la espada, de la política y de la tiranía.

En el panteón de los hombres sólo se elevarán altares a los héroes del

espíritu, a los reformadores, a los filósofos, a los artistas, a los

hombres de ciencia, a los grandes fundadores de religiones.

En fin, amigo mío, esto no parece carta ya; acepte un abrazo cordial de

su amigo, escríbame y cuénteme de su vida.

Por las dos Américas · 第 30 / 32 题