Boston, Marzo 1919.
Tiene usted razón, mucha razón al decirme en su última que soy un
atormentado. Atormentado, sentimental, apasionado. Y con estas tres
características me hace usted representativo de un tipo de hombre que
se vería con más frecuencia entre nosotros los hispano-americanos que
entre los norte-americanos. Estos, en virtud de su temperamento racial
y su natural propensión a la actividad, ofrecerían con cierta rareza,
casos de individualidades atormentadas y serían, por lo común, serenos
y alegres, sin dejar de poner apasionamiento en la consecución de un
fin que se proponen.
En primer lugar, no me tome a mí como representativo de nada. Yo no
paso quizás de ser un desequilibrado; pero esto no quita que sea muy
acertada la distinción que usted hace de las características propias
de los habitantes de una y otra América, aunque exageradas al extremo,
digamos, para percibirlas mejor. Más importa no contentarse con señalar
la diferencia y atribuirla simplemente a una causa racial inevitable.
Creo que es posible ahondar más en el problema y buscarle otros
antecedentes. Por mi parte indicaría dos: primero las instituciones o
el régimen jurídico, y luego el medio social y la educación.
En lo que se refiere a las causas del primer grupo, la diferencia se
encuentra en que aquí se vive en una organización de más libertad
que allá. No vamos a estudiar el asunto en toda su amplitud, sino en
cuanto dice relación con el aspecto que a mí me interesa, o sea, el
del amor, del matrimonio. Si mal no recuerdo, en todos los estados
hispano-americanos, con excepción del Uruguay, los lazos matrimoniales
son indisolubles. Aquí, precisamente al contrario, en todos los
estados de la Unión, con excepción de una de las Carolinas, existe el
divorcio. Si allá ocurre el no improbable caso de que habla Goethe
en sus «Afinidades electivas»; de que una mujer y un hombre casados
se sientan al conocerse atraídos por irresistible simpatía que se
convierte pronto en pasión, se encuentran ellos en un conflicto sin
salida feliz o lícita. O sofocan su pasión y sufren el tormento de un
amor contenido, u, obedeciendo a los dictados de sus impulsos, caen el
uno en brazos del otro; pero lo harían a costa de quedar infamados como
culpables del nefando delito de doble adulterio. En los Estados Unidos,
la cosa no es para tanto. No han de faltar, por supuesto, desgarraduras
del corazón en los héroes de los dramas que aquí se desenvuelven y
solucionan en un ambiente más tranquilo que allá; pero el divorcio
ofrece a los enamorados la posibilidad de cortar lazos que ya no
corresponden al estado de sus sentimientos y ensayar una nueva vida.
Usted habrá leído en estos días en los diarios de los llamados «prensa
amarilla» o alarmista y escandalosa, la recordación de una historia
de amor ocurrida en Nueva York al principio de la guerra. Uno de los
cirujanos más afamados de la gran metrópoli, marido modelo durante
muchos años y padre de familia, se enamoró de la hermosa mujer de un
millonario, que era al mismo tiempo joven, buen mozo y buen marido. El
cirujano visitaba a la familia como médico de la casa. Los millonarios
también tenían hijos grandes ya. La señora correspondió a la pasión del
médico, ambos se divorciaron de sus antiguos cónyuges y contrajeron
nuevas nupcias. Deja la historia cierta impresión de pesar, no cabe
negarlo. Pero es ilustrativa para estimar hasta qué punto se respeta
en este país la individualidad, y cómo las instituciones no son
fetiches que oprimen a los miembros de la sociedad sino marcos dúctiles
mantenidos para hacer la vida feliz.
Un medio social semejante no tiene por qué formar tipos atormentados.
El individuo encuentra abierto delante de sí un camino ancho que
hace alegre el vivir. En cambio, entre los hispano-americanos, los
horizontes de la existencia cerrados a veces como abismos, la carencia
de posibilidades de ir viviendo conforme a los latidos de la sinceridad
engendran en el individuo el descontento, la apatía, la resignación.
A estas circunstancias, a todas las tradiciones, formas y prejuicios
sociales que coartan injustificadamente la libre expansión individual y
también a la sangre india y mestiza que corre por las venas de nuestros
pueblos, hay que atribuir su reconocida falta de alegría. Es como si
sufrieran la pena de un encadenamiento interior. Nuestras fiestas no
son a menudo más que bulla triste, risa triste, y palabrería vana y
triste. ¡Oh, amigo mío, es preciso romper las cadenas! No hay santidad
que valga para hacer respetar y mantener tradiciones e instituciones
tradicionales que se han convertido en trabas entorpecedoras de una
mejor y mayor vida. Deben ser veneradas en tal caso en cierto campo
de las letras, y de las artes destinado a la conservación de lo que
podríamos llamar la arqueología espiritual. Pero entendámonos: al
tratar de romper las cadenas, es menester proceder con cuidado a fin
de que, por un fracaso no vayan a quedar quien sabe hasta cuando más
remachadas que antes de la tentativa; es decir, conviene limarlas
previamente.
Tenemos que estudiar todavía el ambiente hispano-americano desde un
punto de vista más social y moral. Nuestros hombres son ciertamente
más sensuales que los norte-americanos, hecho en que les corresponde
una parte principal como antecedentes al clima, a la raza, y también
al medio social, en cuanto éste significa un estado espiritual, una
idiosincracia colectiva que se va perpetuando por imitación. Es notable
que los sensuales hispano-americanos vivan sometidos a matrimonios
indisolubles y que los puros norte-americanos se hayan dejado la puerta
abierta para cambiar de mujeres según los impulsos de su corazón.
Pero en esta diferencia no debe verse ninguna contradicción. La
situación de los norte-americanos representa una conquista alcanzada
en las luchas por la libertad, meta a que todavía no han llegado los
hispano-americanos porque precisamente la sensualidad enerva y embota
para los esfuerzos del civismo. Nos es más fácil llevar una vida
hipócrita que luchar. Hemos nacido, pues, bajo una herencia sensual.
Rastreando en mí propio ser, muchas veces he llegado a pensar que lo
que le pasa a mi corazón, no es tal vez más que la herencia de la
sensualidad de mi padre un tanto idealizada por mi temperamento y mi
mayor cultura.
Por obra del mismo medio social saturado de sensualidad, los niños
reciben entre nosotros, en materias sexuales, una influencia malsana
prematura y, no obstante la acción de los educadores, no llegan
a la juventud en esa atmósfera de pureza en que crecen entre los
norte-americanos. Los tempranos y fatales simulacros del amor, la
corrupción del modo de pensar y de sentir infiltrada por la fuerza
deletérea del lenguaje imprudente y soez de los mayores, y las
enfermedades vergonzosas son partes no insignificantes para que muchos
de nuestros individuos no lleguen a formar en la edad madura más que
unos pobres abúlicos e infelices atormentados.
No es únicamente la raza, pues, amigo mío, la razón de las diferencias
que usted ha señalado entre los habitantes de una y otra América. No
olvidemos las demás causas mencionadas que bien pueden no ser rebeldes
a la acción de las reformas y de la educación.
Hasta luego, amigo mío.
* * * * *
Habiendo sabido que pronto íbamos a regresar a Chile, el doctor N.
vino por algunos días a Nueva York. Recorrimos juntos muchos de los
sitios más interesantes de la metrópoli, visitamos museos y asistimos
a teatros y cabarets. Una preciosa tarde de mayo subimos al Woolworth
Building, el edificio más alto de la ciudad, construído por el
millonario que le dió su nombre y que amasó más de cincuenta millones
de dólares por medio de almacenes en que sólo se venden artículos de
cinco y diez céntimos. Para llegar al último piso, el sexagésimo,
tomamos un ascensor expreso que, realizando lo que pareciera un sueño
de Julio Verne, se lanzó como una bala por su obscuro tubo interior sin
parar desde el suelo hasta la cúspide. Desde el alto mirador dominamos
toda la parte baja de la ciudad (Downtown) y el puerto. Aunque la tarde
estaba más bien despejada, no divisamos la sección alta (Uptown) y
norte de la población. Es ésta tan inmensa, que bastó la tenue neblina
que había, perceptible como ligero velo sólo a la distancia, para que
quedaran sustraídos de nuestra vista los barrios más apartados. El
puerto, o sea la isla de Manhattan, avanza entre dos ríos, el Hudson
por el oeste y el East River por el este, como una lengua de tierra
hacia el mar. A nuestro alrededor los rascacielos, algunos en forma
de torres y los más de cubos rectangulares gigantescos se aprietan
hasta el borde de las aguas. Aunque de treinta, cuarenta o cincuenta
pisos, todos quedan por debajo de nosotros. Es un hacinamiento ciclópeo
de cubos y de más cubos que deja la impresión de una obra portentosa
del hombre y ya superior al hombre por el misterio que encierra.
Las hileras simétricas de ventanas, como millares de manchitas
negras rectangulares, hacen pensar en los millones de almas que
trabajan ahí recibiendo de ellas el aire y la luz, hacen pensar en la
insignificancia del individuo en medio de la muchedumbre abrumadora de
la urbe. Y sin embargo, la gran ciudad es una cortesana sonriente para
cada individuo que sabe aprovecharla.
Nuestras miradas caen como por una interminable hendidura entre las
paredes de los rascacielos hasta la amplia calzada de Broadway, que se
alarga a nuestros pies, abajo, muy abajo, cual estrecho pasillo. Ahí
se sigue el ir y venir de puntos negros, cabecitas de hormigas, que
son los hombres; y los tranvías, y los autos, y los camiones parecen
frágiles juguetes lanzados por manos de niños invisibles.
No es dado contemplar el mar aquí, como en casi todos nuestros
puertos donde el horizonte, libre de construcciones y de bruma,
permite admirarlo en su majestad oceánica. Hacia el sur divisamos
cubiertas de verduras y de edificios bajos, las pequeñas islas que se
adelantan al puerto y forman otros tantos testimonios de lo ricamente
desmembrado que es este territorio. Entre ellas se encuentra la que
sirve de base a la estatua de la libertad que apenas se destaca en
medio de las fábricas gigantescas que la circundan. ¿Podría tomarse
tal circunstancia como un símbolo de que el progreso tendiera a
anular la libertad? Triste progreso sería en verdad el que viniera a
reducir y cercenar la ya relativa, pobre y precaria libertad humana.
Pegados a los muelles que en forma de hemiciclo acompañan al puerto,
se encuentran anclados toda clase de buques y vapores. Sobre el East
River divisamos algunos de los puentes colosales que unen a Nueva
York con Brooklyn, en la isla Larga. Son los de Brooklyn, Manhattan,
y Williamsburgh. Echando amplias raíces entre los rascacielos de uno
y otro lado, a la distancia de centenares de metros de ambas orillas,
y trepándose primero sobre ellos y sobre las calles, se alzan luego
por encima de las aguas, a bastante altura para no interrumpir el
tráfico de los buques. Por su material de hierro se presentan como
líneas negras que se extienden sobre el río sin más sostenes que los
formidables pilares de las orillas sobre los cuales se elevan a su vez
arcos góticos de que cuelgan los cables metálicos que, como guirnaldas
o festones, ligeramente ondeados, sujetan y dan firmeza a los puentes
por arriba. Sugiere el conjunto la impresión de algo fuerte, fino y
elegante al mismo tiempo, como si fueran los nervios y músculos que
ligan los dos miembros vigorosos del gran puerto.
--Esta es sin duda, dijo el doctor, la metrópoli más opulenta del mundo
en el momento actual, aun sin exceptuar a Londres.
--Londres puede competir con ella en población y además, como todas las
grandes ciudades europeas, en reliquias y monumentos históricos.
--Pero ninguna de las capitales del Viejo Mundo la supera en intensidad
de vida, en animación, en brillo, en variedad de espectáculos. Por
lo demás se explica este hecho: la guerra ha dejado extenuados a los
pobres europeos.
--Aquí sólo el derroche de luz que noche a noche anima ciertas
partes de Broadway es una fiesta. Normalmente se vive ahí en mágicos
y perpetuos fuegos artificiales, que hacen de la avenida una vía de
estrellas, soles y pedrerías.
--Mas a algunos sud-americanos no les satisface esto. Hacen gala de
refinados gustos estéticos, les falta aquí el ambiente artístico, los
sofoca tanto progreso material y suspiran sólo por Europa.
--Es claro, observé, que un país relativamente nuevo no puede ofrecer
al viajero aquellas cosas que sólo se crean en determinadas épocas del
progreso cultural y que después se tornan venerables por la pátina, la
veladura de ensueño que los siglos al transcurrir van poniendo sobre
ellas.
--Lo cual no quita que en la actitud de muchos de nuestros compatriotas
no haya un poquito de pose.
--En la tierra americana no es posible, en verdad, darse el placer de
plenitud de convivencia histórica, placer de expansión augusta, que
uno siente en medio de las ruinas de los foros romanos al pisar los
mármoles que los Césares hollaron o al pasar bajo los arcos que ellos
construyeron. No puede uno quedarse embebecido contemplando los restos
mutilados de unas Termas de Juliano como le ocurre en el barrio latino
de París. Y las catedrales y los museos y cuántas cosas más. Pero,
en cambio, ¡qué grandeza ostentan las obras de este pueblo americano
y qué hondo valor humano encierra la deificación que ellos han hecho
del vigor, del esfuerzo y del trabajo! Por lo demás, aunque no tan
valiosos como los europeos, se encuentran ricos museos de bellas
artes aquí en Nueva York, en Chicago, en Washington, en Boston y en
Filadelfia. Aparte de esto, el tiempo no dejará de pasar por todas
las obras del trabajo yanqui su estampa embellecedora y esta nación
encierra tanta potencia que la imaginación se siente abrumada al tratar
de figurarse las proporciones que puede abrazar su desarrollo en el
porvenir.
--Fuera de eso, pues, amigo mío, expresó el doctor, pedirle a los
americanos que tengan lo que los europeos han hecho o conseguido en
decenas de siglos es como exigir de alguien que hubiera sido activo
antes de su nacimiento.
--La opulencia de este país, continuó, da lugar a una aparente
antinomia. Las diferencias de fortuna son enormes. Entre los
archimillonarios de la Quinta Avenida y de West End y los pobres
diablos de la Primera, Segunda o Tercera Avenida hay un abismo. Con
frecuencia encuentra uno por las calles rostros pálidos y demacrados
de gente que tiene que luchar ásperamente por la vida. En las
estaciones de los trenes subterráneos suelen dar pena las infelices
mujeres que reciben los boletos: flacas, extenuadas, fatigadas con
su labor mecánica, los ojos pesados y somnolientos, proclaman con
su laxitud falta de sueño y de alimentos. Y los admiradores de las
grandezas yanquis proclaman que en la nación americana reina soberana
la igualdad. Cuando esos admiradores son chilenos se complacen en
presentar el contraste del cuadro que ofrecería nuestro país, donde
las desigualdades, serían irritantes. Sin embargo, considerando
sólo las cifras de las fortunas, no puede haber entre nuestros más
encumbrados millonarios y el más desastrado roto la misma diferencia de
riquezas que se observa entre el opulento y el pobre norte-americanos.
--Hizo bien en decir Ud. que la antinomia era aparente. Cuando se
habla de la igualdad de los Estados Unidos no se puede referir eso
a otra cosa que a una mayor igualdad de oportunidades, que a la más
amplia posibilidad de triunfar que tiene el individuo si lucha. La
desigualdad aparece en nuestro pueblo como más irritante, porque al
revés de lo que ocurre en los Estados Unidos, es más de clases que
de individuos y porque lo que podríamos llamar la endósmosis social
funciona de una manera más imperfecta. En Chile no existe todavía un
movimiento tan intenso y abierto como en este país, de los elementos
de las capas sociales de abajo hacia arriba. Hay algo más. Mientras al
archimillonario yanqui Ud. no lo ve porque vive en otro plano o porque
no lo conoce, Ud. puede codearse todos los días con nuestros diminutos
millonarios en las calles de Santiago y Valparaíso, puede hacer
comparaciones y, aunque la diferencia sea muchísimo menor que aquí,
resulta mayor porque se la percibe desde un punto de vista más sensible
y despierta el sentimiento de la rivalidad humana.
--No olvidemos tampoco cuanta obra de bien y progreso social emprenden
los millonarios norte-americanos para hacerse perdonar sus millones,
actitud en que los nuestros, por lo común ni proporcionalmente ni a la
distancia los siguen, dando pruebas de que su altruismo suele no tener
más horizontes que los muros de sus casas.
La tarde declinaba y nos dispusimos a bajar. En la parte alta de la
torre vendía álbums, tarjetas y otros recuerdos una niña de suave
hermosura, pálida, de cabellos rubios tostados y de ojos azules
inteligentes, serenos y con claridad interior. Le compramos álbums de
vistas de Nueva York y otras cosas y charlamos con ella. Su persona
tenía el encanto de la dulzura de Ofelia e invitaba a quedarse a su
lado. Nos sonreía con la bondad ingenua que a menudo florece en las
niñas americanas. Hubo un momento de palpitación de simpatías. Al irnos
nos dijo con voz suave y ojos sonrientes «_Come again, come again_».
Descendimos a Broadway y tomamos el tren elevado de regreso a Uptown.
Antes de separarnos el doctor me comunicó sus intenciones:
--Pienso quedarme en los Estados Unidos quién sabe hasta cuando. Quiero
sumirme en la vida de este país; que me penetren sus ondas de intenso
civismo, de idealismo social, de carácter, de confianza: quiero tentar
una reconstrucción espiritual.
--Magnífico y sabe Dios, repuse riendo, si de entre tantas ondas
surge alguna irresistible ondina que quiera poner sus manos de hada
anglo-americana en la obra de reconstrucción.
* * * * *
Llegó al fin el día de la partida. Muchos amigos y compatriotas nos
despiden en el _pier_ o muelle. Fuera de la tristeza de la despedida
no sienten pena de quedarse. Algunos regresamos con gusto; otros nó.
Una señorita se muestra inconsolable de dejar la tierra yanqui. «Es tan
agradable aquí la vida, dice, y tan sin preocupaciones. Hay tanto que
estudiar. Estados Unidos es el reino de las mujeres... mientras que en
Chile...». Y un mohín gracioso de la boca acompañado de un movimiento
de las manos juntas y de un escorzo de hombros completan sus palabras
en lo que querían decir de los prejuicios de la sociedad chilena.
--¡Ah!, le observó una amiga, es menester ir a luchar allá a fin de
conquistar para nuestra patria esas mismas libertades que admiras aquí,
esas grandezas, esos encantos y oportunidades de la vida.