Armonizados con la crueldad que nuestro paraíso nos impone, y que desde
hace tiempo nos permite otra vez cortar flores, coger ranas y tirar
tiros y cazar, seguros de que la perdiz herida por nosotros no tardará
un gavilán, en devorarla abreviando su agonía (forma de piedad de la
cruel Naturaleza), nuestra piedad, apartada de los brutos, concéntrase
hacia nuestros semejantes más intensa.
Nada con ellos nos fuerza á ser crueles; ni la torpeza que se nos
revuelve alrededor agresiva, y aun de algunos que sólo nos debían pagar
en gratitud. Un día, por ejemplo, Rocío recibió un anónimo; lo leyó y me
lo alargó sonriendo:
--¡Qué estupidez!
«Tu marido y Mary se entienden. Se ocupan más uno de otro que de la
caza, en los puestos de perdiz. Fíjate en qué poco la importa á Mary
enseñarle los muslos metiéndose en el río.»--Llegábanos en el correo, y
procedería de cerca de nosotros. De Matilde, de la administradora, á no
dudar. Dos semanas antes un conyugal escándalo que, en demanda de
socorro, hízola escapar campo traviesa con la cara llena de arañazos,
había dejado públicamente maltrecha su virtud. Parece que durante la
época en que dominaron aquí como señores, tratándose á gran prosopopeya
con los de los pueblos inmediatos, ella «se entendió» con el cacique del
Palmar...; y el marido acababa de encontrar en un armario cartas y
pruebas de que uno de los hijos no es suyo. Parece también que por
hallarse el administrador con el rival no muy limpio de conciencia en lo
respectivo á arriendos y negocios (lo que explicaría sus actuales
desahogos de rentista), pasado el arrebato prefirió echarle tierra á la
cuestión y perdonar á la traidora. Mas ya resultaba tarde para
devolverla los prestigios. Rabiosa, pues, Matilde; perdidas en la
consideración ajena las intachables aureolas de que tanto blasonó, con
el anónimo á Rocío, y quizá con malignas insinuaciones sobre Mary á todo
el mundo, buscaría nuevos escándalos que les igualase en tosca
desvergüenza á los que no habían querido igualarla en virtuosa
ostentación.
Tal suele ser la virtud de las rígidas burguesas..., lo mismo por los
campos que por los aristocráticos salones...; ¡pobres _Ineses_ que, muy
honestamente baja la falda á los tobillos, esperan siempre á su _Don
Juan_ en el sofá!
Y claro es que Rocío y yo, delante de la grave Matilde, que más ó menos
procesionalmente nos sigue acompañando en los paseos, seguimos sin tener
por qué ocultarla que Mary va sola conmigo á los puestos y seguimos
viéndola á Mary las piernas tantas veces como lo exigen sus inocentes
distracciones.
¡Oh, las nobles desnudeces de las que pueden con un poco de inocencia
desnudarse! ¡El cándido impudor de las que así saben perdonarlas hasta
el torpe intento de la extensión de su maldad á las mujeres
ruborosas...! Lo menos la mitad de los retratos que tengo de Rocío son
de su desnudo, unas veces porque dentro de nuestras habitaciones la
sorprendo en gentiles actitudes al bañarse, ó al salir del lecho y de
mis brazos y postrarse en saludo de oraciones á la Virgen, ó al traerla
Leopolda al niño, también sin ropas, y tenderse ella en el mullido de
una alfombra á darle paganamente juguetona y perezosa de mamar...; otras
veces, porque encerrado en la galería fotográfica hágola _posar_ de viva
estatua...; y estos retratos, cuando después los miramos al estereóscopo
como vidas pequeñitas petrificadas en gracia y en belleza, dijérase que,
á la plena gloria de su carne, son las imágenes del culto que desde la
armonía de nuestro amor le puede tender incluso al odio de por fuera de
nosotros la gracia y la belleza de todas las piedades.
Sí, sí, beben mis ojos y mi alma en la armónica belleza del alma y de la
carne de Rocío el misterio de una nueva y humana religión inmensa de la
vida, que á veces sube como inmortal desde mi corazón al cielo mismo por
encima de la muerte.
--Mira--he llegado á concretarla uno de esos días en que ella le reza
desnuda á la Virgen, que por algo tuvo entrañas de las que salió otra
religión--, si el poco de materia que forma mi ser y forma tu beldad nos
forma una conciencia, la totalidad material del Universo debe de formar
otra conciencia: la de Dios. Al ser del Universo, cuyo alma es Dios,
seríamos dioses; nuestro corazón es Dios; nuestra vida es Dios; y porque
nuestra vida besa y ama es divina nuestra vida.
* * * * *
Con la emoción de que nuestro templo se nos reduce al alma, al corazón,
á la humana vida que quiere y puede gozar su cielo de la tierra, nuestro
cielo de la tierra, nuestro paraíso va rodeándose de otros paraísos.
Aparte la colonia autónoma, que en las parcelas descuajadas de las rañas
constituyen ya muchas familias convertidas en propietarios desde el
último otoño, funcionan asociados, bajo mis auspicios, dos grupos de
importantes labradores cuyas fincas lindan con la nuestra. Las máquinas
y el capital de iniciación se los facilitamos mediante contratos de
fácil cumplimiento.
Esto, y las peticiones de préstamos y socorros que se multiplicaban y
llevábamos en un desorden que habría acabado por ser perturbador, nos ha
inducido á instituír una suerte de pequeño Banco Agrario, cuyo objeto es
proporcionar á mínimo interés semillas y dinero á cuantos, en relación ó
no con nosotros, antes quedaban presos de la usura. Muchas veces, viendo
la afluencia de gentes que por tan varios motivos acuden á _La Joyosa_,
Rocío y yo nos hacemos notar de qué modo el trabajo, venturoso de sí
mismo, en cuanto de él haya de porvenir nos garantiza una ventura
indestructible; no ciframos su empeño en ambiciones expuestas al
desastre; al revés, somos unos capitalistas cuya fácil tarea, cuya
obsesión principal encamínase á la prosperidad de los extraños; y si mis
técnicas iniciativas acrecen los rendimientos que han de aprovechar
también á los demás, los cálculos y las numéricas prudencias de Rocío
vigilan contra toda posibilidad de nuestra ruina. Ni un negocio
ampliamos sin que la excelentísima _comptable_ haya medido bien sus
contingencias. Con el exceso del último balance hemos encargado máquinas
más perfectas á Berlín. ¡Capitalizaciones de ganancias que extenderán á
los demás el beneficio, sin dejar de quedar para nosotros! ¡Aritméticas
del corazón de las cuales nada más sabe su maravilloso resultado el
corazón!
Verdad es que á la creciente ola de gratitud no le faltan en torno, y
aun dentro de ella misma (como los de Matilde) los enojos de los
envidiosos y los de los soberbios y torpes egoístas que se creen
perjudicados: tenderos que vendían el bacalao y el arroz á triple precio
que en Madrid; prestamistas al mil por ciento y á la vista de
ejecuciones judiciales; granjeros y labradores que ven despreciados sus
malos productos por los nuestros; caciques que temen perder más cada día
su influjo para el mal... Las amenazas nos llueven; los hechos en que
muchas de ellas se resuelven, también. Hemos sido víctimas de una
descomunal asignación en el reparto de Consumos (que al cabo me forzó á
recurrir á las influencias de mi hermana para que el Gobierno provincial
no lo aprobase), y la impunidad en que uno de estos jueces rurales va
dejando á tres malvados que una tarde robaron á nuestro peatón del
correo, camino del Palmar, acaba de obligarme á valerme asimismo de mi
hermana para sustituír á dicho juez por un amigo.
¿Enconaré así la lucha que contra los odios y par mi parte yo quería que
fuese de amor únicamente...? Lo ignoro. Las violencias, sin embargo,
llegan á un punto que exige toda clase de defensas. Si oficial y
descaradamente hay quien pretende arrollarnos con esas tropelías, aun
son más numerosas y más graves, quizá, las que nos atacan sin cesar
desde la sombra. De seis meses á la fecha, ó lo que es igual, á partir
de la época en que empezaron las colonias nuevas, coincidiendo para el
silvestre reyezuelo del Palmar con su derrota del reparto de Consumos,
hemos tenido fuego tres veces: en los pinos de la sierra, era un almacén
de máquinas y en los depósitos de corcho; hemos visto amanecer asolados
un campo de mieses y una viña, y nos han destruído dos canales. Además,
y muy particularmente, nos ha causado pena seguir descubriendo la
ingratitud y la traición rastrera en nuestras gentes mismas.
Aprovechándose del equívoco de las circunstancias anormales, ha fingido
un día el administrador que tres facinerosos le robaron el caballo y una
suma importante cobrada en una feria--burda farsa desvelada por las
pesquisas con que la guardia civil averiguó que él propio le había
vendido el caballo á unos gitanos--, y en la destrucción de los canales,
imposible de realizar de otra manera, intervino un guarda nuestro, cuya
pasividad fué comprada por soborno.
--¡No importa!--solemos convenir Rocío y yo á cada una de estas hazañas
que de tarde en tarde nos turban la alegría--. Igual fueron nuestros
enemigos esos labradores, esos otros caciques de Valdeleón y de Palmar,
que ya son nuestros fieles aliados.
Siete pueblecillos nos circundan. Dos se han rendido en la dulce lucha
del amor. Los más pequeños. Quedan cinco, formando un cantón, donde van
exacerbándose y reconcentrándose los odios, y de los cuales el Palmar
viene á ser la cabeza y el cacique del Palmar su irritado tiranuelo.
--¡No importa! ¡No importa!--repetimos.
Y con la fe de la bondad de nuestra obra contra toda clase de obcecadas
rebeldías, con el perdón de nuestro amor dentro de la edénica belleza de
los campos, que nos hace olvidar pronto las injurias, seguimos, seguimos
por ellos gozando y amándonos y amándolo todo y riendo... sobre el mismo
pesar de haber tenido que despedir al administrador y su familia, al
guarda que consintió la destrucción de los canales y á otro que después
sorprendimos vendiendo corcho de las pilas por su cuenta.
¡Ah, son tantas ya las vidas buenas que están junto á nosotros y que se
podrían dañar de mal ejemplo!
--¿Qué pasa? ¿Qué es eso? ¿Qué suena?
Como Mary el día del ciclón, Rocío queda hoy en la mesa, escuchando.
Un tiro, y en seguida otro, y otro, y más, con un vago rumor de
griterío. Los tiros siguen unos minutos; luego, cesan; pero sigue la
algazara. Es en la vega. Un guarda ha cruzado á todo el correr de su
jaca. Recordamos que ayer pasaron dos ciervas, fugitivas de algunos
cazadores. Tranquilamente continuamos el almuerzo. Habrán vuelto á
aparecer y las persiguen.
Otra idea nos había sobresaltado. Es sábado, día de gran concurrencia al
economato; día de verdadera feria de todas las pobres gentes de
alrededor, que ya por los caminos han sufrido recientemente vejaciones
por parte de los mismos grupos mal fachados, de los mismos pagados
infelices que sin duda incendian y asolan nuestros campos, y se
comprende que al pronto sintiéramos el temor de cualquier nuevo
atropello.
Porque los atentados á la propiedad de las cosas y á la seguridad de las
personas, desde que, al fin, hace un mes, fué sustituído por otro el
juez indigno de Palmar, menudean, lejos de ir cediendo. El lunes estalló
otro fuego en una era; no pasa semana sin que nuestros pastores tengan
que sostener peleas á estacazos y pedradas con las siniestras patrullas,
que vienen á insultarles procazmente, y anteayer mismo nos faltaron al
trabajo, por expresa imposición del cacique de Palmar bajo pena de no
ocuparlos más en el pueblo, los braceros que de un modo eventual en esta
época de estío ayudan á las máquinas.
Mas... ¡oh! Tórnanos la alarma. Apenas transcurrido un cuarto de hora
sin que cese el vocerío que pudimos creer de diversión, unos
desgarradores gritos de mujeres que se acercan nos atraen á la ventana.
Consternadas, corriendo delante de un disperso tumulto que aparece entre
los árboles, conducen á un niño ensangrentado.--¿Qué pasa?--tenemos que
interrogarnos--. Y como, sea lo que sea, es grave, porque vemos también
á un hombre á quien los guardas aprisionan, al mismo tiempo que procuran
defenderle de la agresión de varios armados de palos y navajas, y á
otros hombres que transportan á uno exánime, tendido..., yo cojo al paso
mi rifle, y escapo hacia el trágico barullo, sin poder impedir que Rocío
venga tras de mí.
¿Qué pasa?... ¡Ah! Lo que pasa, lo que acaba de pasar rápida y
brutalmente junto al río, en la alameda que aun está dentro de la
dehesa, no tardan en decírnoslo las rabias ó los lamentos y las lágrimas
de todos: una emboscada de miserables que aguardaban á los que
regresaban de sus compras, para insultarlos, para escarnecerlos, para
entablar, por último, una lucha á tiros, á puñaladas, á palos y
mordiscos y patadas, de la cual han resultado dos de ellos heridos,
heridos muchos más, niños y mujeres, y un muerto.
Día de horrible duelo. La sala de consulta que el médico tiene en la
farmacia se convierte en hospital; otro departamento en cárcel de tres
malvados, hasta que llega la guardia civil á recogerlos. Mary, Emma,
María Teresa, todos, con Rocío, ayudan á las curas. El muerto era un
honradísimo padre de familia, cuya mujer y una hija de trece años le
velan como locas. El niño herido muere también..., poco antes de
presentarse el Juzgado.
Día de horrible duelo, sí; días también de horrible pena los que siguen.
Se nos ha ofrecido esta vez, desgraciadamente, ancho campo en que
ejercer nuestra piedad. Pero la tristeza, la tristeza, casi el espanto,
queda indeleble en nuestra alma. Nada importa que hallamos remediado con
esplendidez el porvenir de los que han quedado sin padre, sin hijo, de
los que sufren y no podrían por algún tiempo trabajar ó subvenir con su
trabajo á cuidar bien á sus heridos, ante la horrenda verdad indudable,
absurda, sin embargo, de que «nuestra obra de amor» haya producido dos
muertos.
Los ojos cuajados de los muertos, los del niño sobre todo, mártir
inocente, creyérase que nos persiguen acusándonos de haber venido con
nuestra piedad á estas comarcas para emprender no una obra de amor, sino
de torpeza. Esas dos existencias tronchadas, ¿de cuántas más para la
expectativa del luctuoso porvenir serán el prólogo?
Nuestras ansias de bien y de paz han desencadenado los rencores que
dormían bajo el dolor; han encendido la guerra. En vano la misma enorme
impresión de los últimos sucesos parece haber mágicamente suspendido
hacia _La Joyosa_ toda hostilidad. Se trata de una tregua. Levantadas en
masa las gentes del Palmar ante la inicua bestialidad del crimen, y
comprendiendo que su culpa es del cacique que no sólo había lanzado á
realizarlo á los diez ex presidiarios que él tenía mimados como guardas
rurales y serenos, sino que además intenta sustraerlos á la acción de la
justicia, hay públicos disturbios y diarias manifestaciones colectivas
contra él, con amenazas de arrastrarlo; y la guardia civil reconcentrada
para velar por el orden y favorecer la recta acción del juez especial,
no siempre puede impedir las diarias colisiones en que van resultando
más heridos.
* * * * *
La Naturaleza, la salvaje Naturaleza, que es impasiblemente bella, es
también impasiblemente cruel; la humana vida debe serlo tanto más cuanto
más persista con ella identificada, en salvajismo. Unicamente de tal
modo logramos explicarnos en estas gentes la feroz crueldad, la grosera
y torpe envidia y los criminales egoísmos que no es capaz de contener
ninguna suerte de respetos: ni los humanos de la vida, ni los divinos de
la gratitud, ni los sociales de las leyes. No contemplamos Rocío y yo
con cobardía, en modo alguno, desde nuestra desorientación, el largo
porvenir de lucha; pero sí con el desaliento de la posible inutilidad de
nuestras quizá insensatas caridades.
¿Nos habríamos equivocado buscándoles á nuestras ansias de amor mayores
perfecciones en la imitación de la cruel Naturaleza, huyendo del que nos
pareció artificio de la vida ciudadana--donde bajo el miedo á
arbitrarias leyes vive siquiera la impiedad suavizada en buenas formas?
A veces, departiendo con Herman Ferac y sus hijas, cuyo recuerdo de la
dulce Bélgica no les permite entender el salvajismo de este rincón de
España, llegamos á pensar si no debiéramos buscarle á nuestra empresa de
amor un más propicio ambiente en otras tierras. Ellos nos hablan de
Visé, en donde nacieron, y nosotros evocamos nuestras gratas memorias
del Berlín monumental del orden y de las educaciones exquisitas, y de
la Suiza, y de la misma Bélgica, cuyos verdes valles cuajados de
hotelillos, de fábricas, de granjas, de puentes y telégrafos, hubieron
de impresionarnos al correr de los trenes como olimpos ideales en que
hubiéranse fundido los bienes del progreso á la sencillez idílica del
campo.
Allí, sin haber la corrupción de las grandes urbes, no habría tampoco
estos salvajismos del crimen bruto, cien veces peor que el crimen de
guante blanco de París--domados los salvajes hombres y la salvaje
Naturaleza por cuanto irradian de noble la cultura, la educación, la
inteligencia--: allí, pues, serían posibles las santas prosperidades del
trabajo sin tener que temer á cada instante, ni jamás, el vandálico
atropello.
V
Los periódicos traen alarmas de una guerra europea, inminente.
No las creemos.
Herman Ferac, porque opina que la impediría el internacionalismo
socialista. Los demás, bien avenidos con el _statu quo_ de su trabajo,
porque rechazan toda intervención social de lo violento. Yo, porque
pienso que la misión de Europa, en el ciclo progresivo, habríase alzado
muy por encima de las guerras cuyo objeto fuese el destrozo de sí misma;
vasta y nobilísima labor de sus Ejércitos la difusión civilizadora, que
sólo ella ha realizado y deberá acabar en el mundo, faltaríale la razón
de los altos ideales, que siempre presidieron á las guerras de la
Historia, al lanzar esos formidables Ejércitos unos contra otros entre
próceres naciones que gozan de la misma civilización, de la misma
religión, de la misma amplia libertad industrial y comercial, de
idénticas costumbres y hasta del máximum de felicidad posible hoy sobre
la tierra. El gesto de Austria hacia Servia, á la cual le pide cuentas
del asesinato de un príncipe, provocando los enojos de Rusia, que á su
vez suscitarían, en guerra de odios, los de Alemania, Francia é
Inglaterra..., parécese demasiadamente al «si tú le pegas á ése, yo te
pegaré á ti, y todos nos pegaremos» de los chiquillos díscolos ó de los
bravos de profesión. Vengar la muerte de un hombre, habría de costar la
vida de millones de hombres. No, no creemos las bélicas alarmas; no las
creen tampoco esos millones y millones de hombres pacíficos que habrían
de guerrear, que habrían de matarse, porque uno mató á otro.
Y sin embargo, pocos días después, la guerra estalla. Su verdad se
impone como las furias de las tormentas estivales que llenan el cielo
azul de truenos y de rayos.
¡¡La guerra!!
Austriacos sobre Belgrado. Rusos y franceses en las fronteras alemanas.
Trombas de alemanes lanzadas hacia Rusia, hacia Francia, violando leyes
y derechos con el fragor de las granadas á través de la Bélgica neutral.
La guerra, la guerra llegando con su trastorno á todas partes, llegando
con su dolor hasta nosotros. Una orden de la Legación de su país, hace
partir como soldado de reserva á Herman Ferac, sin tiempo más que para
llorar en los brazos de ellas y en los brazos nuestros el abandono de
sus hijas.
¡¡La guerra!!
En un mes, Inglaterra y el Japón hunden doscientos buques de gran porte
y Alemania sesenta; ha quedado sembrado de medio millón de cadáveres el
camino de París, y se derrumban Lieja, Reims, Lovaina bajo la metralla y
el incendio; porque el horrible fuego con que la civilización lo
destruye todo, destruyéndose á sí propia, con sus submarinos y sus
aeroplanos y sus acorazados y sus minas y sus cañones y sus gases
asfixiantes arde igual en los aires que en el mar y en los fondos del
mar y en la tierra y en los senos de la tierra. Como en los tiempos más
bárbaros, se saquean al paso las ciudades, se abusa de las mujeres, se
fusila á los ancianos y á los niños..., y rotos los armónicos hilos de
la Vida, restan sólo abiertas las esclusas de la Muerte.
* * * * *
¡Oh! Ya sí que esperamos Rocío y yo con ansia los periódicos. Imposible
hablar en nuestras tertulias de otra cosa que la guerra.
Alguien, que lee alto cada noche para la atención de los demás, hace
correr lágrimas por las mejillas, al ver los llantos de las pobres Mary
y Emma, que no saben de su padre. Ambas nos han hablado de una familia
pariente suya, de Visé, á la cual escriben sin tener contestación, y
cuyo jefe era un hombre que en fuerza de trabajo había logrado reunir un
capital y construírse un hotelito, donde viviera feliz con su mujer y
sus hijos, tres gentiles rubias, las mayores, entre ellos, de las cuales
tienen y nos han mostrado los retratos; y una noche, cuando al azar de
la lectura hemos escuchado los relatos de la toma de Visé, donde los
invasores habían hundido á cañonazos las casas y fusilado á uno de cada
tres vecinos, encarcelando á todos los demás para consagrarse mejor á
una orgía de la que habrían resultado enloquecidas por la deshonra y la
desesperación muchas madres, muchas vírgenes, y aun muertas las que sólo
consintieron entregarles la vida con el honor á los asesinos de sus
padres ó de sus esposos..., el frío del espanto y la piedad nos ha
ahogado de congoja, al tiempo que hacía caer á Mary accidentada.
Están las dos hermanas con nosotros desde que las dejó el ausente, y
retirada Mary á su habitación, la asistimos sin poder olvidar el cuadro
de Visé, símbolo de todas las fierezas de la guerra.
Nos obsesiona, á través de la trágica incertidumbre, la suerte que les
haya podido caber á ese honrado jefe de familia y á esas hijas cuyos
retratos conocemos. Si viven, las infelices, compañeras y mártires con
su propia madre, tal vez, de la obscena brutalidad de una noche del
infierno; si no han perdido para siempre al menos el corazón y la razón
en forma tal que no las quede sino el reír y el delirar de lo insensato;
si por las humeantes ruinas de la ciudad, y entre los cadáveres podridos
de las calles, con los espectros dolorosos de otras sacrificadas
vírgenes, siguen aún buscando á su padre y sus hermanos..., ¿qué
pensarán de la virtud, del pudor, de la bondad, de la dulzura y de la
piedad para los niños..., de aquellas tantas cosas delicadas, dulces,
nobles, que con tanto afán y por tantos años inculcáronlas sus padres
desde la cuna misma, los sacerdotes en los templos y los maestros y los
libros santos en la escuela...? ¿Que pensarán de la pureza inmaculada y
de aquel aliento de respetos para todo y para todos con que educáronse
sus almas en su hogar...? ¿Qué pensarán de la tremenda mentira que
hiciéronlas creer acerca de la hidalguía de los hombres educados...?
¡Oh! ¡Si siquiera los que acaban de pasar rugiendo odio por encima de
sus vidas y lujuria por encima de sus cuerpos hubiesen sido cafres y no
europeos de un próximo país que á ellas en el colegio las mostraron como
colmo y arquetipo de cultura y perfección...!
Y si vive aquel padre infeliz, que asistió á los rápidos
desmoronamientos absolutos é implacables de su bien, cosa por cosa...,
de su dicha y sus respetos, de su fortuna y su hogar, de su honra y de
la honra y la vida de sus hijos...; si en su humillamiento y execración
totales de vencido, mirando entre el desastre general el desastre de los
que son carne de su carne y alma de su alma, y tienen pena, y tienen
frío, y no tienen ni tendrán para comer y cobijarse, ha encontrado el
esfuerzo que no le haga sucumbir, con otros como él, en la sima de
ignominia..., ¿qué pensará de la ilustración, de la fraternidad, de la
propiedad, de la sandez de los contratos y las leyes...? ¿Qué pensará de
la honradez y de la eficacia del trabajo, y del amor á la sabiduría y al
bien, que hubieron de infundirle los sabios y los libros...? ¿Qué
pensará de las cándidas altezas del arte y de la ciencia, de la
filosofía y de la poesía...? El y los otros desgraciados, si no mueren
al bochorno de haber nacido á una vida tan inmunda; y los desgraciados
honestos padres del mundo entero, que con el martirio de ellos se hayan
estremecido de estupor, cuando puedan reflexionar habrá cada uno de
creer amargamente que todos vivieron engañados en la farsa de los sabios
y las leyes, que la bestia humanidad es irredimible y que el bien y la
civilización no serán jamás sino dos embustes colosales en la bola de
barbarie que habrá siempre de ser nuestro planeta.
* * * * *
Al volver ahora melancólicamente de la calma de estos campos, donde
sabemos que se esconde el salvajismo, Rocío y yo no podemos contemplar
nuestro _chalet_, riente con su blanca alegría de palos verdes, como una
jaula entre las frondas, sin pensar que ya se encontraría destrozado á
estar en Bélgica. Un miserable consuelo el de ese mayor salvajismo del
mundo que se decía civilizado. No sólo no habríamos hallado en él
ambiente propicio á nuestra obra de piedades, que ni siquiera el pequeño
rincón de respeto para nuestro hogar, limitado á nuestro amor y nuestro
hijo.
Un singular fenómeno registran los periódicos. Aquella indignación que
por todas partes hubo de levantar la sorpresa de la guerra, alrededor de
ella, y por todas partes también, se va cambiando en apasionado
partidismo. Contágianse de ferocidad hasta los más pacíficos, y no queda
de la lucha sino su aspecto teatral, su trágico interés.
En nuestra misma tertulia, y aun por encima de los compasivos
sentimientos hacia Emma y Mary, se habla y se discute al fin de la
catástrofe horrorosa como de algo natural que no mereciese ni extrañeza.
El señor cura ha acabado por creerla el aviso con que la Providencia
querría llamar la atención de la Humanidad acerca de las miserias de la
vida, cuyo único reino fuese el cielo; sin embargo, contradictorias sus
cristianas esperanzas y sus visiones terrenales, se declara germanófilo,
por entender que así la vida mundial se deslizaría mejor bajo férreas
férulas de orden y de fuerza. El médico, el farmacéutico, el maestro de
escuela, anglófilos y francófilos en nombre de la libertad, piensan que
únicamente por la obra previsora de tener que atacar, de tener que
defenderse, tal que ahora Francia é Inglaterra, se habrían inventado,
con tantos individuales sacrificios, los acorazados, los submarinos, los
aeroplanos, los gigantescos cañones del 42, las maravillas químicas de
los gases asfixiantes y las mil perfecciones industriales en que para
ser ricas y poder soportar en cualquier momento el costo enorme de las
modernas luchas se esfuerzan y rivalizan las naciones; en cambio, sin el
ansia perenne de la dominación, ó lo que es lo mismo, de la guerra, el
trabajo derivaría hacia la comodidad liviana, y el mundo estancaríase en
esos lagos de molicie que arrastran á la perversión á las grandes
capitales: la guerra sería, pues, la gran purificadora de la vida y
espuela de la moral y del progreso; el maestro de la granja, en cambio,
más rotundamente lógico con su independiente selvatismo, sostiene que la
guerra no es más que la brutal consecuencia lógica de la brutalidad del
mundo, donde nada hay ni habrá jamás que no signifique el odio y la
pelea perpetua de todo contra todo; por eso él ama el peligro de sus
cazas, en un completo desdén á la vida de las fieras y á la propia, que
vienen á ser iguales, y por eso los hombres de Europa, á la sazón, se
dedican al placer de matar y destruír, pasando sobre el abandono de sus
muertos con la misma indiferencia que la bandada de pájaros ó la manada
de lobos pasarían sobre los suyos.
Y oyéndolos, oyendo á don Luis, al cura, que á pesar de sus
contradicciones recoge la realidad de miserias de esta vida, que no
podría ser de bien más que en el cielo; oyendo al boticario y al maestro
y al doctor, que no obstante sus incongruencias encierran también
exactitudes indudables en su dilema acerca de que el destino del mundo
no pueda ser sino estar saltando incesantemente desde las perversiones
de la paz á las destrucciones de la guerra...; oyendo, en especial, al
maestro de la granja, que con su ruda sinceridad de pensamiento (ya que
no con la de su espíritu, puesto que, lejos de odiarnos y mordernos,
adora á sus niñitos y ayuda con todas las fuerzas de su fe á nuestra
obra de bondades) suele tener la virtud de impresionarnos más que los
demás..., como en aquella noche en que nos acusó de «asesinos de
perdices»--nos retiramos muchas de estas noches á dormir pensando en la
triste verdad de sus palabras.
El orbe entero ardiendo en odio, parece darle la razón, igual, aunque
con más estrépito, que no tardó en dársela, ante el estupor de nuestros
ojos, aquel zorzal abandonado á su agonía. No le faltarían al pajarillo
infeliz hijos ó hermanos ó una hembra compañera que, en vez de quedarse
al lado suyo, seguían dichosos volando por los aires. Así, en el
salvajismo de los hombres, más cruel, ellos propios son los que van
matando y pasando, con la satánica alegría del triunfo, por encima de
los montones de heridos, por encima de montañas de cadáveres. ¡Oh, sí!
¿Cómo negarlo...? Es demasiado grande la confirmación de brutalidad que
Europa está haciendo en nombre de la Tierra toda, y este hombre, quizá,
tiene razón.
Pero, si la tiene..., ¿adónde habría ido á parar el templo que nuestra
religión de la piedad trasladó desde la cruel Naturaleza al corazón de
los humanos...? Nuestro amor, nuestras piedades se contemplan, y
sentimos á veces Rocío y yo la vergüenza y la enorme confusión de no
saber siquiera, al fin, si no seremos una ridícula excepción entre las
gentes...; si no sería nuestro amor un bruto instinto más, lujuria
hipócritamente disfrazada de excelsitud por la pasión mía, por la
belleza de ella..., y si no habrían de ser nuestras piedades más que las
morbosas y estúpidas y cobardes sensiblerías de un histerismo.
Más desorientados que nunca, quedamos sobre la misma emoción de nuestra
noble dicha al besar á nuestro hijo en una especie de acorchamiento de
imbéciles que fuesen buenos y felices por su amor y su ternura, aunque
no quisiesen serlo.
* * * * *
Recibimos en el mismo día noticias de dos sucesos que nos afectan: unas,
proceden de la guerra: el hundimiento, por un submarino inglés, del
buque en que venían nuestras máquinas encargadas á Berlín; otras, llegan
de cerca, y se refieren al traslado, á la fuga del cacique del Palmar á
otro pueblo lejano, en vista de que los riesgos personales corridos en
el suyo, y el término del proceso con la condena á presidio de los once
delincuentes (habiendo estado á punto él de acompañarlos) le han probado
también la terminación total de sus influjos.
Pero, aunque esto es ya un iris de paz para nuestro incierto porvenir,
así, libres siquiera de los más osados malhechores y del más terco
enemigo, y la pérdida de las máquinas nos representa un daño de ciento
cincuenta mil pesetas, ni la alegría egoísta de aquel bien, ni el
egoísta dolor de tal daño, han podido impedir que nuestra piedad,
nuestra piedad, ¡siempre y á pesar de todo nuestra piedad!, saliendo
fuera de nosotros se acongoje por el rigor cruel que concédenos favor
echando á unos desdichados á presidio ó al destierro, y se acongoje,
preferentemente, en casi olvido de nuestro mal, por las trescientas
vidas de hombres y mujeres y niños que han ido al fondo del mar con
nuestras máquinas.
* * * * *
Me buscan en la granja, á escape. Corro, y encuentro en su despacho á
Rocío y á Emma sobre el cuerpo de Mary tendido en un diván.
Un periódico francés yace por tierra.
En él han leído las dos hermanas la muerte de su padre.