VI

Una semana--durante la cual ha quedado interrumpida toda ocupación que

no sea cuidar á Mary.

Yace en el lecho, sin conciencia, en un sopor que apenas interrumpen los

delirios cuando renovamos las compresas heladas de su frente ó la

inyectamos cafeína ó éter para reanimarla el corazón. Sobrepuesta á su

tormento, Emma la vela unas noches con Leopolda y las amigas, y otras la

velamos nosotros, obligando á Emma á retirarse á la contigua habitación,

donde llora más que duerme. El médico creyó ayer que Mary moriría.

Pero se ha iniciado hoy una reacción, y Rocío y yo esta noche hemos

hecho que todo el mundo se recoja á descansar. La enferma quiso á media

tarde como reconocer á Emma y hablarla; ha abierto desde entonces los

ojos, girándolos vagamente por la estancia, y al ponerla Rocío la última

inyección en un hombro, sin inquietarse de que los desnudos pechos

virginales (que de tan bellos la obligaron á decirme: «¡Mira, qué bella

es!») pudieran sufrir agravio de mis ojos, ella, fijándose en nosotros,

y como si me reconociese y con la conciencia volviésela el pudor, á un

inseguro movimiento de la mano trató de protegérselos.

Sí, se salvará. Encuéntrase mejor.

Ahora duerme tranquila por primera vez, hace tres horas.

Son las dos. Estamos en sendas butacas junto al lecho, y mientras yo

mirándola y mirando á Rocío y recordando á Herman pienso con desconsuelo

infinito que la brutalidad que nos acosa desde todas partes acabará por

embrutecernos también, por arrastrarnos en su oleaje de crueldades...,

Rocío, quieta, muda, inclinada sobre el codo al almohadón, contempla

este benéfico sueño absorta en no sé qué hondas reflexiones.

Tan hondas, que al advertir al fin cómo la intensidad del pensamiento

críspala la faz, tal que ante un misterio que se la estuviese desvelando

en su alma y en la enferma, y que á mí mismo me quisiera transmitir, la

excito:

--¿Qué piensas?

Me mira, recogida, en su enigmática abstracción. Va á hablar. Temerosa

de que Mary despierte, levántase y me invita hacia el _bay window_, al

fondo de la alcoba.

Nos sentamos en la otomana.

Tibia la noche, por las vidrieras abiertas la luna nos inunda, y nos

llega el trinar de ruiseñores y el perfume de nardos del jardín.

Un momento aún queda Rocío suspensa en sus concentraciones, perdida la

mirada por el cielo, y últimamente se gira á mí sonriéndome humildad:

--Lo que pensaba, lo que querría decirte, es difícil. Yo misma he

querido decírmelo á mí misma, y no sé. Pero, verás...: mirando á Mary

recordaba el zorzal de aquella tarde, y recordando á los que le habían

abandonado moribundo, recordaba también nuestro temor del otro día sobre

que fuese nuestra piedad una excepción, una vergüenza. ¡Oh, no! Si fuese

vergüenza, nuestra piedad, no habría de ser excepción, al menos; y si

hubiera de ser orgullo, tampoco tendría por qué excepcionalmente

envanecernos. Ni esa pobre niña enferma es el zorzal que vimos recogido

por el único consuelo de la muerte, ó el lobo herido de que habló el

maestro de la granja, ni nosotros ni Leopolda, ni Emma, ni nadie de _La

Joyosa_, somos los otros zorzales ó los otros lobos que la hayan visto

caer herida de dolor para dejarla sin socorro, aun á costa del propio

sacrificio. Fíjate: imposible mayor sinceridad que la de la pena de esas

jóvenes amigas que aquí han renunciado á su sueño por velarla con

nosotros; de ese don Luis, de ese médico, de esos hombres que por

ayudarnos á todas horas á cuidarla, y aun llorando muchas veces, olvidan

igual sus comodidades, sus casas y sus teorías divina ó humanamente

desdeñosas de la vida, ante el simple hecho de una humana vida que se

rompe; de esos pastores y zagalas que, despreciando su descanso, desde

todas partes de la dehesa y de fuera de la dehesa, no han dejado de

venir á llorar por la que fué ángel de dulzura para ellos... El dolor de

Mary estaba, pues, haciéndome pensar que la piedad existe de tal modo, y

tan fuerte, era las gentes que nos rodean y en las gentes todas de la

tierra, que así como en el Palmar pudo revolverse contra los desafueros

de un malvado, ni la guerra que asola á Europa es capaz de ahogarla en

el fragor de sus crueldades: tal que á Mary, aquí, con nosotros, entre

extraños, al fin, que la recogerán para siempre, con su hermana, como á

dos hermanas más, no le habrá faltado al pobre Herman la abnegación de

otros extraños, de un médico que querría salvarle y de una enfermera que

llorase sobre su infortunio en un lecho de hospital, si á él llegó con

vida; y no le habrán faltado, no le faltan á los que caen bajo el cañón

ó la desdicha, por muchos que puedan ser, esas mismas abnegaciones y

socorros, esos mismos hospitales en que transforman los ricos sus

palacios, y esos mismos llantos y caricias de la compasión universal que

acude con un poco de ciencia á cada herido, con un poco de pan á cada

hambre, y con una cruz siquiera á cada tumba...

Calla, un instante; calla la maga, que me está cruzando el ser de

glorias de luz ante las cuales se me borran las nieblas sombrías del

pesimismo... y cuando voy á agradecerla, no sé si á besos ó á palabras,

la fe que me devuelve, sonríe y me pregunta humilde, cogiéndome las

manos:

--Y di, Alvaro..., tú lo has de decir, puesto que esto era lo que

mirando á Mary no he acertado yo misma á decírmelo á mí misma: si la

piedad es una realidad indudable en los demás y en nosotros, si al lado

de la brutalidad y la fiereza no habría de ser en la Humanidad entera un

inútil histerismo, sino al revés, algo tan extraño que,

diferenciándonos de las fieras, de los brutos, sobrepónese al egoísmo

para hacernos amar el ajeno sufrimiento antes que el propio

bienestar..., ¿qué sería la piedad y qué cosa podría engendrarla de la

humana vida, que no tengan los brutos?

Queda ansiosa contemplándome tan bella que al contestarla sólo tengo que

robar la respuesta en ella misma:

--Tus ojos. Tu belleza... ¡El amor!

--¡No!--rechaza la que ya habrá medido esto--. También aman las fieras á

sus hembras que son bellas, y no saben de piedades.

Vacilo; pero insisto, tomando igual de otro resplandor de ella la

contestación:

--¡La inteligencia!

--¡No!--vuelve veloz á protestar--, los más inteligentes son todos esos

hombres que en la guerra se destrozan.

Tiene razón. No sé qué más responderla. El desánimo la hace soltarme las

manos, para girar la cabeza al cristal y suspirar mirando al cielo:

--¡Oh, Alvaro, somos buenos y no sabemos por qué ni para qué!

«No sabe por qué somos buenos.» «No sé por qué somos buenos.» «No

sabemos por qué ni para qué somos buenos y son buenas las gentes.» Acaba

así de plantearme el problema que cien veces creímos tener resuelto,

restituído por su delicadísima perspicacia á la indudable exactitud de

la piedad que guarda cada corazón como un sagrario, y ni aun con

revelársenos esa piedad tan fuerte y tan extensa, puede borrarnos la

penosa duda de que su fuerza no sea más que una apariencia vana

destinada nuevamente á sepultarse en las mansas brutalidades de la paz

ó en las fieras brutalidades de la guerra.

Triste y absurda suerte, entonces, la del mundo, que Rocío y yo, con

nuestros amores á la Vida, y á pesar de toda la tremenda imposición de

todas las crueldades implacables, no queremos admitir; pero, desde ese

absurdo, nuestras ansias vienen á estrellarse no menos implacablemente

en los hermetismos del enigma: ¿qué es, qué puede ser la piedad; qué

puede engendrarla con su tenacidad persistente á través de los dolores,

como una fuerza eficaz brotada de algo noble y como inmortal de la vida

misma...; qué sentido y qué valor debe concedérsele..., si no hubiera de

representar una tan terca como estéril sensiblería en medio de la

crueldad humana y en medio de la crueldad del Universo?

¡Ah!, quiere saberlo, quiere saberlo Rocío, que alumbrada por la luna se

lo demanda con angustia á las estrellas; quiero, quiero saberlo,

contemplando á la que en vano me oyó decirla un día que este mundo

pudiera ser estrella y no lo es, y en el afán, como mortal, de

averiguarlo, y de averiguarlo, aún, en ella misma, pues no acierto á

entender cómo no dejé encerrada toda la razón de la bondad del mundo en

cada una de las dos respuestas que me dictaron su amor y su talento...,

clávanse mis ojos en la luz fosfórea de sus ojos, miran la sobrenatural

belleza de su frente y de su boca y de su cuerpo que es divino..., pasan

un punto á la contemplación del cuadro excelso que sírvela de fondo, con

el cielo azul, con los astros de la noche soberana, con los perfumes y

el trinar de ruiseñores del paraíso de hermosura que, á pesar de su

crueldad, es nuestro inmenso y dulce paraíso..., y cayendo otra vez á

ella el afán de mis ojos, la contemplo, la contemplo convencido de que

sólo en la armónica verdad de la que por ser mi bien y mi ternura fué mi

fe y mi salvación, puede estar la razón de todas las razones, de toda la

Armonía.

La contemplo con tal aguda y ardiente intensidad, que creo á ratos que

mis miradas la quemen como dardos encendidos que se hundiesen por su

carne y por su alma en pos de la mariposa del misterio que dentro de

ella revuela y se me escapa. Por su alma, por su carne..., por su boca y

por sus ojos..., por su vida de pagana divina amante de la Vida que no

puede admitir la suya en mentira gentil de la lujuria, si no fuera más

nuestro amor que el de dos fieras. Por su vida, de tal modo diáfana y

purísima á la pureza blanca de la luna, de tal modo sagrada junto á mí

en mitad de las sagradas grandezas de la noche y de los campos y los

cielos, que..., ¡oh, al fin!, la mariposa de ilusión de la pureza de

todas las purezas que persigo y se me esconde en sus entrañas, sube una

vez, salta en un destello ó en un suspiro desde la frente á los labios

de la amorosa pensativa, y rápida mi angustia la aprisiona con un grito,

con un beso.

He sorprendido y casi asustado á la inmóvil con el beso y el grito de mi

triunfo.

--¡Sí sé por qué! ¡ Sí sé, Rocío--la he dicho--qué es la humana piedad y

por qué en la Humanidad será su redención! ¡No el amor! ¡No la

inteligencia...! Pero ¡sí el sentimiento que sólo puede nacer de la

inteligencia y del amor cuando se funden!

Vuelvo á dejar un beso de infinita fe en su boca, otro beso en su

frente; y como la clave del misterio, que ya es mía, que ya es nuestra y

estaba en nuestro ser, alumbra desde ella y desde mí cuanto de paradoja

enorme de piedades y crueldades nos rodea en el mundo y los espacios, me

bastan unos segundos más de contemplación dentro de mí mismo para poder

decirla á la divina que tanto todo lo sabe comprender:

--Mira, Rocío, la Naturaleza, ni piadosa ni cruel, es tan sólo

impávidamente bella y perfecta con una perfección que impúsola su alma,

Dios, y que está por encima de nosotros; pero la Naturaleza es cambio y

renovación, la Naturaleza es lucha, y la vida, su creación, tiene que

serlo. Así la vida humana, con la lucha por condición inevitable, tiende

á la violencia; así la vida humana, hecha, como la de los brutos, de

sangre, de entrañas, de instintos, de corazón, tiende á la sensualidad

brutal; así también la vida humana, hecha, además, de inteligencia,

avergonzada de aquellas ferocidad y brutalidad, ha maldecido muchas

veces de sí misma y del mundo, sin pensar que maldice la obra de Dios,

porque no la entiende. El instinto fiero de la lucha, condición de la

existencia de la especie entre las demás especies; el instinto animal de

la sensualidad, razón de la especie misma, y la inteligencia, son, pues,

tres cosas esenciales y aparentemente contradictorias de la vida, cada

una de las cuales parece impulsarla en una opuesta dirección, y á las

cuales, sin embargo, no les falta más que armonizarse. Todos tienen

razón, los que se abandonan á los instintos contra la inteligencia que

parece detestarlos, y los que, confiándose á la inteligencia, torpemente

los detestan; y, sin embargo, ninguno tiene la razón. Aquéllos por el

contrasentido de su amor á la vida en nombre de una brutalidad y una

fiereza que hubieran de convertirla en algo exclusivamente destinado á

nacer para matar ó morir, y cuya barbarie no necesitaría pedirle á la

inteligencia medios destructores, ya que igual diese morir ó matar antes

que después contra un lobo ó contra un hombre y peleando con una porra ó

un cañón. Estos, por el contrasentido de su odio á la vida en nombre de

la inteligencia, que querría darla destinos exclusivos en el cielo ó en

el éter, sin perjuicio de estar proporcionándola progresos y comodidades

materiales que aumentan su odiada sensualidad, y defensas y civilizados

adelantos que acrecen su fiereza aborrecida. Quiere esto decir que

mientras subsistan los contrasentidos de la vida, será un contrasentido

la civilización, la tendencia al humano progreso material que la

inteligencia realiza, completamente innecesario para el cielo, y no

puede por menos de querer decir también que sólo cuando la inteligencia

(como siempre y á pesar de ella hácelo su obra) se vuelva hacia aquellos

instintos fundiéndose con ellos..., la vida misma, integrada, quedaría

capacitada para considerarse como un armónico tesoro. ¡Sí, Rocío...!

Unicamente la inteligencia, cayendo á la sensualidad y ennobleciéndola,

puede hacer que la sensualidad se alce convertida en sentimiento de amor

que á su vez la impregne de ternura, de caricia; y únicamente de la

fusión del amor intelectuado con la enamorada inteligencia surge la

piedad capaz de hacer que las entrañas sepan decirle á la inteligencia

que todas las sabidurías sin amor no son más que crueles é inútiles

orgullos, y de hacer que la inteligencia sepa agradecerlos á las

entrañas que sean el veneno de la vida que á ella misma la engendra y

perpetúa para que en vez de odiarla la guíe y la ampare generosamente

con su divino resplandor.

Estrecho más á la bella vida que me escucha con el corazón y con el

alma, y prosigo--cierto de que me entiende de inmenso modo y de que

igual pudiese ella proseguir:

--¿Comprendes ya lo que representa la piedad...? Toda la incoherencia de

la Humanidad á lo largo de los siglos se encuentra informada por esa

tenaz y lamentable irreconciliación de los tres elementos esenciales de

la vida Hay una historia profana del mundo, como hay una Historia

Sagrada, y si en la una lo instintos que por naturaleza nos hunden en la

animalidad, aferrándonos al amor de la vida no han acertado, por

equivocación á la vez en su abandono, sino á que la vida salte desde la

perversiones sensuales de la paz á las destrucciones de la guerra, que

algunos llaman purificación (¡extraño modo de purificar la vida

hundiéndola en la muerte!), en la otra la artificiosa creación de

códigos morales depreciadores de la vida, y de religiosas piedades y

virtudes que habrían precisamente de fundarse en tal desprecio, no han

logrado impedir que continúe la vida debatiéndose entre sus crueldades

de la guerra y sus abyecciones de la paz, cuando no por propio influjo

provocando las más sangrientas matanzas con las guerras más crueles. Es

que la vida, indestructible y poderosa con sus alientos de lucha y de

sensualidad y de espiritualidad, rectifica siempre á cuanto en vano

intenta cercenarla ó deformarla, derrumbándole sus aislados absurdos con

un simple desperezo; y por eso la piedad, y sólo la piedad, conciencia y

sentimiento de su plena integración, al concederles desde la armónica

fusión de todos ellos su armónico valor á cada uno, será la fuerza, que

en lo porvenir rectifique el tremendo error de los que, á su vez

rectificando á Dios, creen que no se pueda amar á Dios amando al mundo

en los altares de la Vida; será la fuerza que rectifique el tremendo

error de los que no pueden creer que la humana vida sea una cosa divina

de carne y alma que debemos adorar como el único bien recibido del Dios

que quiso crearla así para el reino de la Tierra, pedazo ó estrella más

de su infinito reino de estrellas, de su infinito reino de amor del

Universo..., y será la fuerza, en fin, que rectificando el terrible

error de los que al obedecer á la Naturaleza en su ley de lucha no

aciertan á verla otra finalidad que la ferocidad y la destrucción, le dé

á la lucha el sentido racional del triunfo, el sentido racional del gozo

de lo conquistado noblemente. ¿A qué ni para quiénes, si no, triunfos ni

máquinas, ni sabidurías, ni civilización, si lejos de subordinarse al

dominio soberano del hombre que los crea hubiesen eternamente de servir

para su muerte...? Sí, sí, ¡oh, sí Rocío...! Luchó ya demás la

Humanidad, tiene ya sobradas máquinas, sobrados medios para constituirse

inteligentemente en el gozo de la victoria de sí misma, definitiva,

garantizándola en su reinado absoluto del cielo de la tierra contra toda

clase de barbaries, y á la civilización de la mecánica, que nos

concedió tantos prodigios, le falta solamente completarse con la

civilización del corazón. Ceda un poco por todas partes la inteligencia

en su manía de los talleres, de las fábricas, de los fríos gabinetes de

los sabios, de la yerta pequeñez cerrada de los templos, de donde sale

el odio porque se adoran imágenes del hombre en vez de adorar al Alma

Universal en el misterio de la sagrada inmensidad de la creación; caiga

al altar del corazón, á la beldad de la mujer, tan excelsa que la propia

inteligencia no supo encontrarles otras formas á Venus y á María..., y

en las entrañas mismas de la carne, que dicen que es bestialidad y

sensualidad, hará nacer la piedad, y por todas partes, también, y en

todos, como en nosotros, porque supimos besarnos con fervor igual en la

frente y en la boca, surgirá la piedad, que no es más que el amor

tendido á la Humanidad entera desde las entrañas, y que más fuerte que

todas las crueldades le impondrá al mundo alguna vez la religión

divinamente humana de la Vida, que está tan bella, en tus labios y en tu

frente!

Con la impetuosa gratitud de cuanto ha sabido revelarme voy á besarla de

nuevo la frente y los labios, y es la diosa de carne de ilusión, es mi

Venus idealizada por los místicos fulgores de María, la que se anticipa

á lanzarse á mí en tal triunfo de abrazos y de besos... que Mary se

despierta.

Se despierta; Mary se despierta.

--¡Rocío!... ¡Emma, Emma!--la oímos.

Corremos á ella. La vemos incorporarse.

Está salvada.

Con la inconsciencia de los sombríos limbos del no ser, de donde surge,

mira alrededor y llora, al fin, cuando Emma, que acude rápida de la

contigua habitación, arrójase á sus brazos llorando pena y alegría.

Rocío, llorando, abrázase á las dos. Lloro también, tendiendo un brazo

sobre el grupo de piedad que forman las tres bellísimas criaturas, la

que ha sido mi salvación con su amor de carne y alma y las que con su

amor del alma herido por la falta del padre serán para nuestro amor y

para siempre dos hijas ó dos hermanas más..., y en tanto que Rocío

ahogada de sollozos se lo afirma así á la pobre Mary mitigándola la

sensación de abandono en que habríala dejado el mundo..., para llorar

más mis ternuras me alejo nuevamente al mirador.

Lágrimas que siguen fluyendo de mi ser arrancadas por la paz augusta de

la noche que allá lejos turban los sacrilegios de la guerra y por este

grupo cuyo santo amor ni todas las ferocidades juntas han podido

destruír.

Lloran, lloran los corazones del bello grupo de piedad, y yo pienso que

sólo ella, la PIEDAD, tan grande y tan fuerte en nosotros y fuera de

nosotros, que ni la guerra con la ley de lo feroz logra aniquilarla; tan

grande y tan fuerte que al huracán de la guerra se hunden murallas y

pueblos y templos, y ella persiste; tan grande y tan fuerte y tan

exaltada bajo el turbión de lo horroroso..., que irá á ser la única ley

que, restando incólume y perenne cuando la guerra agotada por la

violencia de sí propia deje al mundo entre el destrozo de sus frágiles y

viejas inconexas leyes religiosas y sociales, en nombre del corazón se

bastará á imponerle al mundo la religión divinamente humana del Amor,

la eterna religión divinamente humana de la Vida.

Armonizada la Vida, civilizado el corazón (que es lo que le falta que

civilizar á tanta civilización de muerte y odio en torno suyo), la Vida,

en el paraíso eterno de la tierra, tal que en nuestro pequeño paraíso va

venciendo el ímpetu salvaje que aquí disperso con uñas y con dientes

sobre la rústica inocencia se llama unas veces ignorancia y otras

caciquismo, vencerá el ímpetu salvaje que oculto unas veces bajo la

cultura mundial se llama inmoralidad, se llama crimen, se llama

hipocresía, y otras veces descarada y oficialmente bien organizado de

_superdreadnoughts_ y de cañones, se llama imperialismo.

¡Oh! ¡Imperialismo! ¡Caciquismo...! Diese igual si aún aquél no fuera

más salvaje porque tiene más medios para serlo.

Pero... ¡qué importa!

La Vida os creó para su triunfo, y yo, al fin, sí sé por qué á vosotros,

que con vuestro ciego horror de amor creasteis las piedades, la Vida os

matará.

Sí sé por qué: Novela · 第 26 / 27 题