Una semana--durante la cual ha quedado interrumpida toda ocupación que
no sea cuidar á Mary.
Yace en el lecho, sin conciencia, en un sopor que apenas interrumpen los
delirios cuando renovamos las compresas heladas de su frente ó la
inyectamos cafeína ó éter para reanimarla el corazón. Sobrepuesta á su
tormento, Emma la vela unas noches con Leopolda y las amigas, y otras la
velamos nosotros, obligando á Emma á retirarse á la contigua habitación,
donde llora más que duerme. El médico creyó ayer que Mary moriría.
Pero se ha iniciado hoy una reacción, y Rocío y yo esta noche hemos
hecho que todo el mundo se recoja á descansar. La enferma quiso á media
tarde como reconocer á Emma y hablarla; ha abierto desde entonces los
ojos, girándolos vagamente por la estancia, y al ponerla Rocío la última
inyección en un hombro, sin inquietarse de que los desnudos pechos
virginales (que de tan bellos la obligaron á decirme: «¡Mira, qué bella
es!») pudieran sufrir agravio de mis ojos, ella, fijándose en nosotros,
y como si me reconociese y con la conciencia volviésela el pudor, á un
inseguro movimiento de la mano trató de protegérselos.
Sí, se salvará. Encuéntrase mejor.
Ahora duerme tranquila por primera vez, hace tres horas.
Son las dos. Estamos en sendas butacas junto al lecho, y mientras yo
mirándola y mirando á Rocío y recordando á Herman pienso con desconsuelo
infinito que la brutalidad que nos acosa desde todas partes acabará por
embrutecernos también, por arrastrarnos en su oleaje de crueldades...,
Rocío, quieta, muda, inclinada sobre el codo al almohadón, contempla
este benéfico sueño absorta en no sé qué hondas reflexiones.
Tan hondas, que al advertir al fin cómo la intensidad del pensamiento
críspala la faz, tal que ante un misterio que se la estuviese desvelando
en su alma y en la enferma, y que á mí mismo me quisiera transmitir, la
excito:
--¿Qué piensas?
Me mira, recogida, en su enigmática abstracción. Va á hablar. Temerosa
de que Mary despierte, levántase y me invita hacia el _bay window_, al
fondo de la alcoba.
Nos sentamos en la otomana.
Tibia la noche, por las vidrieras abiertas la luna nos inunda, y nos
llega el trinar de ruiseñores y el perfume de nardos del jardín.
Un momento aún queda Rocío suspensa en sus concentraciones, perdida la
mirada por el cielo, y últimamente se gira á mí sonriéndome humildad:
--Lo que pensaba, lo que querría decirte, es difícil. Yo misma he
querido decírmelo á mí misma, y no sé. Pero, verás...: mirando á Mary
recordaba el zorzal de aquella tarde, y recordando á los que le habían
abandonado moribundo, recordaba también nuestro temor del otro día sobre
que fuese nuestra piedad una excepción, una vergüenza. ¡Oh, no! Si fuese
vergüenza, nuestra piedad, no habría de ser excepción, al menos; y si
hubiera de ser orgullo, tampoco tendría por qué excepcionalmente
envanecernos. Ni esa pobre niña enferma es el zorzal que vimos recogido
por el único consuelo de la muerte, ó el lobo herido de que habló el
maestro de la granja, ni nosotros ni Leopolda, ni Emma, ni nadie de _La
Joyosa_, somos los otros zorzales ó los otros lobos que la hayan visto
caer herida de dolor para dejarla sin socorro, aun á costa del propio
sacrificio. Fíjate: imposible mayor sinceridad que la de la pena de esas
jóvenes amigas que aquí han renunciado á su sueño por velarla con
nosotros; de ese don Luis, de ese médico, de esos hombres que por
ayudarnos á todas horas á cuidarla, y aun llorando muchas veces, olvidan
igual sus comodidades, sus casas y sus teorías divina ó humanamente
desdeñosas de la vida, ante el simple hecho de una humana vida que se
rompe; de esos pastores y zagalas que, despreciando su descanso, desde
todas partes de la dehesa y de fuera de la dehesa, no han dejado de
venir á llorar por la que fué ángel de dulzura para ellos... El dolor de
Mary estaba, pues, haciéndome pensar que la piedad existe de tal modo, y
tan fuerte, era las gentes que nos rodean y en las gentes todas de la
tierra, que así como en el Palmar pudo revolverse contra los desafueros
de un malvado, ni la guerra que asola á Europa es capaz de ahogarla en
el fragor de sus crueldades: tal que á Mary, aquí, con nosotros, entre
extraños, al fin, que la recogerán para siempre, con su hermana, como á
dos hermanas más, no le habrá faltado al pobre Herman la abnegación de
otros extraños, de un médico que querría salvarle y de una enfermera que
llorase sobre su infortunio en un lecho de hospital, si á él llegó con
vida; y no le habrán faltado, no le faltan á los que caen bajo el cañón
ó la desdicha, por muchos que puedan ser, esas mismas abnegaciones y
socorros, esos mismos hospitales en que transforman los ricos sus
palacios, y esos mismos llantos y caricias de la compasión universal que
acude con un poco de ciencia á cada herido, con un poco de pan á cada
hambre, y con una cruz siquiera á cada tumba...
Calla, un instante; calla la maga, que me está cruzando el ser de
glorias de luz ante las cuales se me borran las nieblas sombrías del
pesimismo... y cuando voy á agradecerla, no sé si á besos ó á palabras,
la fe que me devuelve, sonríe y me pregunta humilde, cogiéndome las
manos:
--Y di, Alvaro..., tú lo has de decir, puesto que esto era lo que
mirando á Mary no he acertado yo misma á decírmelo á mí misma: si la
piedad es una realidad indudable en los demás y en nosotros, si al lado
de la brutalidad y la fiereza no habría de ser en la Humanidad entera un
inútil histerismo, sino al revés, algo tan extraño que,
diferenciándonos de las fieras, de los brutos, sobrepónese al egoísmo
para hacernos amar el ajeno sufrimiento antes que el propio
bienestar..., ¿qué sería la piedad y qué cosa podría engendrarla de la
humana vida, que no tengan los brutos?
Queda ansiosa contemplándome tan bella que al contestarla sólo tengo que
robar la respuesta en ella misma:
--Tus ojos. Tu belleza... ¡El amor!
--¡No!--rechaza la que ya habrá medido esto--. También aman las fieras á
sus hembras que son bellas, y no saben de piedades.
Vacilo; pero insisto, tomando igual de otro resplandor de ella la
contestación:
--¡La inteligencia!
--¡No!--vuelve veloz á protestar--, los más inteligentes son todos esos
hombres que en la guerra se destrozan.
Tiene razón. No sé qué más responderla. El desánimo la hace soltarme las
manos, para girar la cabeza al cristal y suspirar mirando al cielo:
--¡Oh, Alvaro, somos buenos y no sabemos por qué ni para qué!
«No sabe por qué somos buenos.» «No sé por qué somos buenos.» «No
sabemos por qué ni para qué somos buenos y son buenas las gentes.» Acaba
así de plantearme el problema que cien veces creímos tener resuelto,
restituído por su delicadísima perspicacia á la indudable exactitud de
la piedad que guarda cada corazón como un sagrario, y ni aun con
revelársenos esa piedad tan fuerte y tan extensa, puede borrarnos la
penosa duda de que su fuerza no sea más que una apariencia vana
destinada nuevamente á sepultarse en las mansas brutalidades de la paz
ó en las fieras brutalidades de la guerra.
Triste y absurda suerte, entonces, la del mundo, que Rocío y yo, con
nuestros amores á la Vida, y á pesar de toda la tremenda imposición de
todas las crueldades implacables, no queremos admitir; pero, desde ese
absurdo, nuestras ansias vienen á estrellarse no menos implacablemente
en los hermetismos del enigma: ¿qué es, qué puede ser la piedad; qué
puede engendrarla con su tenacidad persistente á través de los dolores,
como una fuerza eficaz brotada de algo noble y como inmortal de la vida
misma...; qué sentido y qué valor debe concedérsele..., si no hubiera de
representar una tan terca como estéril sensiblería en medio de la
crueldad humana y en medio de la crueldad del Universo?
¡Ah!, quiere saberlo, quiere saberlo Rocío, que alumbrada por la luna se
lo demanda con angustia á las estrellas; quiero, quiero saberlo,
contemplando á la que en vano me oyó decirla un día que este mundo
pudiera ser estrella y no lo es, y en el afán, como mortal, de
averiguarlo, y de averiguarlo, aún, en ella misma, pues no acierto á
entender cómo no dejé encerrada toda la razón de la bondad del mundo en
cada una de las dos respuestas que me dictaron su amor y su talento...,
clávanse mis ojos en la luz fosfórea de sus ojos, miran la sobrenatural
belleza de su frente y de su boca y de su cuerpo que es divino..., pasan
un punto á la contemplación del cuadro excelso que sírvela de fondo, con
el cielo azul, con los astros de la noche soberana, con los perfumes y
el trinar de ruiseñores del paraíso de hermosura que, á pesar de su
crueldad, es nuestro inmenso y dulce paraíso..., y cayendo otra vez á
ella el afán de mis ojos, la contemplo, la contemplo convencido de que
sólo en la armónica verdad de la que por ser mi bien y mi ternura fué mi
fe y mi salvación, puede estar la razón de todas las razones, de toda la
Armonía.
La contemplo con tal aguda y ardiente intensidad, que creo á ratos que
mis miradas la quemen como dardos encendidos que se hundiesen por su
carne y por su alma en pos de la mariposa del misterio que dentro de
ella revuela y se me escapa. Por su alma, por su carne..., por su boca y
por sus ojos..., por su vida de pagana divina amante de la Vida que no
puede admitir la suya en mentira gentil de la lujuria, si no fuera más
nuestro amor que el de dos fieras. Por su vida, de tal modo diáfana y
purísima á la pureza blanca de la luna, de tal modo sagrada junto á mí
en mitad de las sagradas grandezas de la noche y de los campos y los
cielos, que..., ¡oh, al fin!, la mariposa de ilusión de la pureza de
todas las purezas que persigo y se me esconde en sus entrañas, sube una
vez, salta en un destello ó en un suspiro desde la frente á los labios
de la amorosa pensativa, y rápida mi angustia la aprisiona con un grito,
con un beso.
He sorprendido y casi asustado á la inmóvil con el beso y el grito de mi
triunfo.
--¡Sí sé por qué! ¡ Sí sé, Rocío--la he dicho--qué es la humana piedad y
por qué en la Humanidad será su redención! ¡No el amor! ¡No la
inteligencia...! Pero ¡sí el sentimiento que sólo puede nacer de la
inteligencia y del amor cuando se funden!
Vuelvo á dejar un beso de infinita fe en su boca, otro beso en su
frente; y como la clave del misterio, que ya es mía, que ya es nuestra y
estaba en nuestro ser, alumbra desde ella y desde mí cuanto de paradoja
enorme de piedades y crueldades nos rodea en el mundo y los espacios, me
bastan unos segundos más de contemplación dentro de mí mismo para poder
decirla á la divina que tanto todo lo sabe comprender:
--Mira, Rocío, la Naturaleza, ni piadosa ni cruel, es tan sólo
impávidamente bella y perfecta con una perfección que impúsola su alma,
Dios, y que está por encima de nosotros; pero la Naturaleza es cambio y
renovación, la Naturaleza es lucha, y la vida, su creación, tiene que
serlo. Así la vida humana, con la lucha por condición inevitable, tiende
á la violencia; así la vida humana, hecha, como la de los brutos, de
sangre, de entrañas, de instintos, de corazón, tiende á la sensualidad
brutal; así también la vida humana, hecha, además, de inteligencia,
avergonzada de aquellas ferocidad y brutalidad, ha maldecido muchas
veces de sí misma y del mundo, sin pensar que maldice la obra de Dios,
porque no la entiende. El instinto fiero de la lucha, condición de la
existencia de la especie entre las demás especies; el instinto animal de
la sensualidad, razón de la especie misma, y la inteligencia, son, pues,
tres cosas esenciales y aparentemente contradictorias de la vida, cada
una de las cuales parece impulsarla en una opuesta dirección, y á las
cuales, sin embargo, no les falta más que armonizarse. Todos tienen
razón, los que se abandonan á los instintos contra la inteligencia que
parece detestarlos, y los que, confiándose á la inteligencia, torpemente
los detestan; y, sin embargo, ninguno tiene la razón. Aquéllos por el
contrasentido de su amor á la vida en nombre de una brutalidad y una
fiereza que hubieran de convertirla en algo exclusivamente destinado á
nacer para matar ó morir, y cuya barbarie no necesitaría pedirle á la
inteligencia medios destructores, ya que igual diese morir ó matar antes
que después contra un lobo ó contra un hombre y peleando con una porra ó
un cañón. Estos, por el contrasentido de su odio á la vida en nombre de
la inteligencia, que querría darla destinos exclusivos en el cielo ó en
el éter, sin perjuicio de estar proporcionándola progresos y comodidades
materiales que aumentan su odiada sensualidad, y defensas y civilizados
adelantos que acrecen su fiereza aborrecida. Quiere esto decir que
mientras subsistan los contrasentidos de la vida, será un contrasentido
la civilización, la tendencia al humano progreso material que la
inteligencia realiza, completamente innecesario para el cielo, y no
puede por menos de querer decir también que sólo cuando la inteligencia
(como siempre y á pesar de ella hácelo su obra) se vuelva hacia aquellos
instintos fundiéndose con ellos..., la vida misma, integrada, quedaría
capacitada para considerarse como un armónico tesoro. ¡Sí, Rocío...!
Unicamente la inteligencia, cayendo á la sensualidad y ennobleciéndola,
puede hacer que la sensualidad se alce convertida en sentimiento de amor
que á su vez la impregne de ternura, de caricia; y únicamente de la
fusión del amor intelectuado con la enamorada inteligencia surge la
piedad capaz de hacer que las entrañas sepan decirle á la inteligencia
que todas las sabidurías sin amor no son más que crueles é inútiles
orgullos, y de hacer que la inteligencia sepa agradecerlos á las
entrañas que sean el veneno de la vida que á ella misma la engendra y
perpetúa para que en vez de odiarla la guíe y la ampare generosamente
con su divino resplandor.
Estrecho más á la bella vida que me escucha con el corazón y con el
alma, y prosigo--cierto de que me entiende de inmenso modo y de que
igual pudiese ella proseguir:
--¿Comprendes ya lo que representa la piedad...? Toda la incoherencia de
la Humanidad á lo largo de los siglos se encuentra informada por esa
tenaz y lamentable irreconciliación de los tres elementos esenciales de
la vida Hay una historia profana del mundo, como hay una Historia
Sagrada, y si en la una lo instintos que por naturaleza nos hunden en la
animalidad, aferrándonos al amor de la vida no han acertado, por
equivocación á la vez en su abandono, sino á que la vida salte desde la
perversiones sensuales de la paz á las destrucciones de la guerra, que
algunos llaman purificación (¡extraño modo de purificar la vida
hundiéndola en la muerte!), en la otra la artificiosa creación de
códigos morales depreciadores de la vida, y de religiosas piedades y
virtudes que habrían precisamente de fundarse en tal desprecio, no han
logrado impedir que continúe la vida debatiéndose entre sus crueldades
de la guerra y sus abyecciones de la paz, cuando no por propio influjo
provocando las más sangrientas matanzas con las guerras más crueles. Es
que la vida, indestructible y poderosa con sus alientos de lucha y de
sensualidad y de espiritualidad, rectifica siempre á cuanto en vano
intenta cercenarla ó deformarla, derrumbándole sus aislados absurdos con
un simple desperezo; y por eso la piedad, y sólo la piedad, conciencia y
sentimiento de su plena integración, al concederles desde la armónica
fusión de todos ellos su armónico valor á cada uno, será la fuerza, que
en lo porvenir rectifique el tremendo error de los que, á su vez
rectificando á Dios, creen que no se pueda amar á Dios amando al mundo
en los altares de la Vida; será la fuerza que rectifique el tremendo
error de los que no pueden creer que la humana vida sea una cosa divina
de carne y alma que debemos adorar como el único bien recibido del Dios
que quiso crearla así para el reino de la Tierra, pedazo ó estrella más
de su infinito reino de estrellas, de su infinito reino de amor del
Universo..., y será la fuerza, en fin, que rectificando el terrible
error de los que al obedecer á la Naturaleza en su ley de lucha no
aciertan á verla otra finalidad que la ferocidad y la destrucción, le dé
á la lucha el sentido racional del triunfo, el sentido racional del gozo
de lo conquistado noblemente. ¿A qué ni para quiénes, si no, triunfos ni
máquinas, ni sabidurías, ni civilización, si lejos de subordinarse al
dominio soberano del hombre que los crea hubiesen eternamente de servir
para su muerte...? Sí, sí, ¡oh, sí Rocío...! Luchó ya demás la
Humanidad, tiene ya sobradas máquinas, sobrados medios para constituirse
inteligentemente en el gozo de la victoria de sí misma, definitiva,
garantizándola en su reinado absoluto del cielo de la tierra contra toda
clase de barbaries, y á la civilización de la mecánica, que nos
concedió tantos prodigios, le falta solamente completarse con la
civilización del corazón. Ceda un poco por todas partes la inteligencia
en su manía de los talleres, de las fábricas, de los fríos gabinetes de
los sabios, de la yerta pequeñez cerrada de los templos, de donde sale
el odio porque se adoran imágenes del hombre en vez de adorar al Alma
Universal en el misterio de la sagrada inmensidad de la creación; caiga
al altar del corazón, á la beldad de la mujer, tan excelsa que la propia
inteligencia no supo encontrarles otras formas á Venus y á María..., y
en las entrañas mismas de la carne, que dicen que es bestialidad y
sensualidad, hará nacer la piedad, y por todas partes, también, y en
todos, como en nosotros, porque supimos besarnos con fervor igual en la
frente y en la boca, surgirá la piedad, que no es más que el amor
tendido á la Humanidad entera desde las entrañas, y que más fuerte que
todas las crueldades le impondrá al mundo alguna vez la religión
divinamente humana de la Vida, que está tan bella, en tus labios y en tu
frente!
Con la impetuosa gratitud de cuanto ha sabido revelarme voy á besarla de
nuevo la frente y los labios, y es la diosa de carne de ilusión, es mi
Venus idealizada por los místicos fulgores de María, la que se anticipa
á lanzarse á mí en tal triunfo de abrazos y de besos... que Mary se
despierta.
Se despierta; Mary se despierta.
--¡Rocío!... ¡Emma, Emma!--la oímos.
Corremos á ella. La vemos incorporarse.
Está salvada.
Con la inconsciencia de los sombríos limbos del no ser, de donde surge,
mira alrededor y llora, al fin, cuando Emma, que acude rápida de la
contigua habitación, arrójase á sus brazos llorando pena y alegría.
Rocío, llorando, abrázase á las dos. Lloro también, tendiendo un brazo
sobre el grupo de piedad que forman las tres bellísimas criaturas, la
que ha sido mi salvación con su amor de carne y alma y las que con su
amor del alma herido por la falta del padre serán para nuestro amor y
para siempre dos hijas ó dos hermanas más..., y en tanto que Rocío
ahogada de sollozos se lo afirma así á la pobre Mary mitigándola la
sensación de abandono en que habríala dejado el mundo..., para llorar
más mis ternuras me alejo nuevamente al mirador.
Lágrimas que siguen fluyendo de mi ser arrancadas por la paz augusta de
la noche que allá lejos turban los sacrilegios de la guerra y por este
grupo cuyo santo amor ni todas las ferocidades juntas han podido
destruír.
Lloran, lloran los corazones del bello grupo de piedad, y yo pienso que
sólo ella, la PIEDAD, tan grande y tan fuerte en nosotros y fuera de
nosotros, que ni la guerra con la ley de lo feroz logra aniquilarla; tan
grande y tan fuerte que al huracán de la guerra se hunden murallas y
pueblos y templos, y ella persiste; tan grande y tan fuerte y tan
exaltada bajo el turbión de lo horroroso..., que irá á ser la única ley
que, restando incólume y perenne cuando la guerra agotada por la
violencia de sí propia deje al mundo entre el destrozo de sus frágiles y
viejas inconexas leyes religiosas y sociales, en nombre del corazón se
bastará á imponerle al mundo la religión divinamente humana del Amor,
la eterna religión divinamente humana de la Vida.
Armonizada la Vida, civilizado el corazón (que es lo que le falta que
civilizar á tanta civilización de muerte y odio en torno suyo), la Vida,
en el paraíso eterno de la tierra, tal que en nuestro pequeño paraíso va
venciendo el ímpetu salvaje que aquí disperso con uñas y con dientes
sobre la rústica inocencia se llama unas veces ignorancia y otras
caciquismo, vencerá el ímpetu salvaje que oculto unas veces bajo la
cultura mundial se llama inmoralidad, se llama crimen, se llama
hipocresía, y otras veces descarada y oficialmente bien organizado de
_superdreadnoughts_ y de cañones, se llama imperialismo.
¡Oh! ¡Imperialismo! ¡Caciquismo...! Diese igual si aún aquél no fuera
más salvaje porque tiene más medios para serlo.
Pero... ¡qué importa!
La Vida os creó para su triunfo, y yo, al fin, sí sé por qué á vosotros,
que con vuestro ciego horror de amor creasteis las piedades, la Vida os
matará.