«Debiese haber pintores de albas»--le oí una vez á Rocío--. Y según
puedo, torpemente, no mal del todo, sin embargo, á fuerza de paciencia,
desde hace días me levanto con estrellas y voy fijando en un gran lienzo
la impresión del amanecer primaveral en nuestro bello paraíso. Pero sale
pronto el sol, la veo en el silencio de sueño de la casa aparecer
blanca, eucarística como una imagen de altar que pudiese andar corriendo
por su templo, y dejo los pinceles. En la misma terraza, sobre una
mesita de flores, devoramos la manteca y el café. Acuden los tres gatos
á subírsenos encima. Con ellos juegan _Centella_, un galgo, y _Nínive_,
una setter. Poco á poco van sonando fuera los balidos de los rebaños,
los cencerros de las vacas, de las yuntas. La vida se despierta
alrededor.
Leopolda vigila á las criadas. Nosotros cogemos cestas, y cruzando el
jardín, y seguidos por los gatos y los perros, le aportamos á la
volatería su provisión. Rocío está ensayando una granja avícola, para
instalar otra en regla, ya experimentada. Abre las alambradas, y
capitaneadas por sus gallos van saliendo al centro del corral las Prat,
las Guineas pintadas, las rubias Wiendot, las negras castellanas de roja
cresta, las gigantescas Horpington. Un mar de vidas de pluma que nos
acosan, que no nos dejan movernos, y al que llegan los voraces pavos,
los patos, los gansos, más torpes y tardíos..., las palomas á densísimas
bandadas, aposándosenos en los brazos y los hombros... Arrojándoles al
fin todo el trigo, tenemos que huír del escándalo de cacareos y
picotazos.
¡Oh, sí, nuestros pobres animales son felices! Su felicidad forja algo
de la nuestra, como la lozanía, de las bien cuidadas flores. Estas pagan
calladamente nuestro amor con sus aromas. Perdidos por los macizos,
Rocío párase á regar; el sol pinta el iris en la lluvia de la manga; y
yo la encuentro á veces tan idealmente bella contra los fondos de rosas
á través de los policromas velos de cristal..., que abandonando mis
podas corro por el veráscopo y en placas de color obtengo espléndidos
retratos de la divina jardinera.
--¡Quieta! ¡Quieta!--la sorprendo.
Y me sonríe de gratitud de verme preocupado en cuanto es su adoración.
Guardo suyas más de mil fotografías. Prosigue su tarea, y á menudo el
éxtasis me obliga á sentarme en un escondido banco á contemplarla. Tengo
un amor, tengo el amor. No sabrían comprender lo que tal cosa significa
aquellos para quienes el amor representa algo socialmente accesorio,
como una esposa de hastío, frívolamente elegante como una linda
querida, ó al revés, trágicamente brutal como las lujurias que asesinan
ó la ciega pasión por la cual serían capaces de matar y de matarse. Mi
amor es la clave de todas las grandezas y dulzuras de la vida, y él me
impregna de la eternidad de la ventura capaz de desbordarse á todo en
torno nuestro. ¡Ah, Rocío, dulce compañera amada, esposa-amante en
perpetua luna de mieles de la gloria!... Tu belleza, tu talento, tu
bondad, complementan la humana, vida que Dios quiso partir entre el
hombre y la mujer á fin de que, sólo fundiéndose, pueda integrarse
encendida en la luz de amor del Universo. En tu ingenuidad de niña
salvada del dolor aprendieron los dolores míos á gozar, á reír, á adorar
igual lo inmenso que lo nimio.
Hasta materialmente parece nuestro hogar una expansión de nuestro ser.
Todo está calculado para la comodidad sencilla, en una armonía casi
rústica, sin lujos ni abrumos de suntuosos muebles que sólo servirían
para estorbarnos. Camas y lavabos y divanes rectos, claros, en los
dormitorios, de gusto inglés; anchas mesas en el comedor y en los
despachos, una biblioteca-salón de butacas y de amable chimenea para el
invierno, que es casi cocina, y por el _hall_, por el billar, por mi
galería fotográfica y por todas partes flores, luz, alegría de anchos
ventanales abiertos hacia el campo.
Advierte al fin mi feliz contemplación la animosa jardinera, y,
llamándome _holgazán_, me invita á llenar los cestitos de fresones.
Otras veces se sienta conmigo y me besa. Charlamos, entonces. Y nuestras
charlas, nuestra labor del jardín, en que continuaríamos perdidamente
como en cualesquiera otras de nuestra dicha sin tiempo ni medida,
interrúmpelas Leopolda al avisarnos que despierta nuestro hijo.
Corremos, á ver quién lo saca de la cuna; llego antes; paséole
victorioso sin querer soltarle, y enojada la mamá-niña nos castiga con
besos á los dos. El goza luego en la bañera. Manoteando, nos salpica. Le
sujetamos por un brazo cada uno: es un rollo de alabastro, de carne tan
fina que se escapa como un pez. El último antojo de Rocío, antes de ir á
su inteligente trabajo con las belgas, cífrase en vestir y adornar al
pequeño Jaime, que tiene el nombre del padre de ella, y de ella la
belleza de ojos claros. Nos lo disputamos tanto, que ya en estos besos,
y hasta delante de Leopolda, le vamos pensando el nombre á otro..., á
otra, que quiere la siempre apasionada.
--Será niña, ¿sabes?--me previene.
Nos riñe cómicamente púdica Leopolda, alarmada de oírnos, á besos, decir
á toda hora que habremos de tener muchos chiquillos..., y yo salgo con
una dichosísima sensación que aun más me dulcifica, pensando en las
inmensas noches de amor de la amorosa, mis dulces trabajos de la granja.
Actualmente construímos un molino de harinas á vapor, porque no basta el
del río, y ampliamos los hornos de pan, el matadero, el botiquín, al
frente del cual hemos puesto á un farmacéutico, y la especie de
cooperativa, que regenta el cura. Es que se extiende fuera de _La
Joyosa_ nuestra acción. No debíamos negar la ventaja de los bajos
precios á los que, al saber nuestro esplendor, iban viniendo de los
pueblos inmediatos á surtirse, y los sábados, en especial, fórmase una
feria de gentes que se llevan incluso la carne y el pan para toda la
semana.
* * * * *
Pero el trabajo, las cinco horas de trabajo aparte consagradas al ajeno
bien tanto como al propio, el noble trabajo que tampoco al lado nuestro
pesa en nadie abrumador, nos vuelve siempre, y vuelve á muchos de los
demás, el gusto loco de las campestres expansiones.
Nos hemos hecho cazadores de perdiz. Desde que se acaba de comer, á
prisa, porque tal manía llega á pasión en varios, empieza, al bello sol
de las encinas, una extraña animación. El médico cruza el primero, con
el reclamo á la espalda, en su jaca; á Rocío y á mí nos esperan los
caballos y los mozos; en una mula roja el maestro, y en una yegua blanca
el cura, se pierden hacia buenos sitios, que ellos presumen de conocer
únicamente, y Mary y Emma, que han de unirse con nosotros á la puerta de
su casa, preparan las pacíficas borricas de mantas, escopetas y
trebejos.
--¡Hala!... ¡Aire!... ¡Emma, niña!... ¡Vamos!--grítala Rocío,
impaciente, por un sport que halaga sus aficiones selváticas y su
habilidad de tiradora.
Ni á mí me aguarda si tardo en ordenar cartuchos y correas. Monta y
aléjase á esperarnos en mitad del encinar. Solemos encontrarla
jugueteando desde el potro con _Careto_, el negro novillo, ya casi un
toro, de rizada testuz y finas astas.
Solíamos encontrarla jugueteando con él, mejor dicho; porque una tarde
el pobre _Careto_ no acudió á las voces de su amiga. Le había tocado el
turno de morir para abastecer á la colonia. No comimos carne aquella
noche. Hubiésemos creído devorar algo de nosotros mismos, de nuestra
piedad tendida al mísero animal, tan mimado y tan dichoso. «¡Cómo pensar
que fuesen á matarle!»--«¡Claro, mujer, como á los otros! ¡Si al menos
hubiésemos cuidado de avisar que le dejaran!»... Cómicamente afligidos,
nos cruzaba el recelo ingenuo de estar siendo, en mitad de la Naturaleza
bondadosa, unos bárbaros hipócritas que criasen á las bestias con cariño
sin otro objeto que su muerte. Y ogros, monstruos los dos, nos
sonreímos, nos sonreímos; mas no hemos podido volver á poner tantos
fervores de inocencia en nuestra comunión de vida santa con las ovejas,
con las cabras, con los toros.
¿Subsistirá en Rocío el mismo remordimiento de traición cuando se monta
en el caballo y le acaricia á palmaditas?... No lo sé. Dos candorosas
bestias más rendidas contra su voluntad á nuestro arbitrio. El terrible
problema de saber por qué debieran estar excluídos del humano corazón el
despotismo y la crueldad hacia todo, vuelve á nuestras almas, un poco
avergonzadas de no acertar ó no poder seguir á la Naturaleza en su
plácida religión del bien. Seríamos los humanos perversos, entre todos
los seres, por excepción, aun siendo, asimismo, por excepción,
inteligentes...; y la inteligencia, pues, resultaría castigo mejor que
excelsitud. ¿Por qué no podemos ser buenos? ¿Por qué nuestra
superioridad ha de emplearse en lo tirano ó lo feroz?... Cierto estoy de
que si la dirigiese á la piadosa estas preguntas, de nuevo veríase
constreñida á confesar igual que yo:--«¡No sé por qué! ¡No sé por qué!»
Pero... dejamos pesar en la esclavitud de las caballos la vaga
pesadumbre de habernos descubierto menos buenos que creíamos, y con la
evidencia también de que la piedad, la piedad, la piedad que hubiese
querido desbordársenos desde las gentes á las bestias y á las aves, ha
encontrado un límite..., procuramos, charlando con los demás, olvidar
estas torturas, en la media hora de camino por los vergeles de la dehesa
hacia nuestra bella diversión.
Internándonos al fin otra media hora en la abrupta soledad de las
montañas, echamos pie á tierra. Sería siniestro el abandono de los
bravíos parajes de lobos si no fuese tanta su hermosura. Tal vez Mary
mata poca caza por su inquietud á la eventualidad de un lobo en cuanto
se ve sola, desamparada de nosotros, y á menudo la invito á
acompañarme--ya que su hermana y Rocío son irreductiblemente
independientes.
--¿Vamos, Mary?
Nos despiden las dos bravas Dianas, burlándose. Partimos, cada cual
hacia su sitio. El jaral nos traga, azotándonos con la miel de sus hojas
y sus flores. A los veinte pasos no nos vemos. A los diez minutos, al
llegar al puesto, diríase que nos hemos alejado unos de otros muchas
leguas. Situamos sobre una lentisca la jaula; tendemos una manta,
acomodándonos lo mejor posible en el estrecho púlpito de romeros y
chaparros, abierto al cielo nada más, y Mary procura mantenerse correcta
al lado mío.--Sin embargo, al desafío del de la jaula tardan, poco en
responder los perdigones del campo, cerca, lejos, por todas partes...,
y, al sentir que se aproximan, ella inclínase á espiar por la mirilla el
instante en que habrán de aparecer para verlos rodar entre el humo del
disparo. La alegría nos vuelve enteramente niños, en un total descuido
de si se tocan nuestros hombros ó me rozan los rizos rubios de su
frente. «¡Una!», «¡dos!», «¡cinco!»--va contando, según tumbo las
perdices; y hay ratos en que la trémula zozobra hacia otras que van á
entrar nos petrifica de tal modo en la violenta posición que une
nuestros cuerpos cuando cargo á escape la escopeta, que por no
espantarlas ella no se mueve.
La idea de la comodidad, no la del pudor intempestivo, impúlsala después
á rectificar sus abandonos. Apártase, tiéndese la falda á la pierna, tal
vez hasta la mitad advertida al aire..., y la tarde continúa
transcurriendo con un infinito dulzor en cuya calma suenan siempre el
cantar de las perdices y los tiros lejanos de las otras cazadoras...
Contándolos también, el afán de Mary es que no nos aventajen. No siempre
la suerte lo permite. Ahuyentan la caza con facilidad un leñador que
pasa, un zorro que se acerca hipando, un águila que se cierne por el
cielo. Cada ruido engaña en la distancia y toma en las soledades de la
sierra proporciones monstruosas. Cazando al salto se nos echó encima el
administrador una tarde, con sus perros, y el trasteo que en las malezas
armaban nos pareció el de veinte jabalíes... Nos alzamos alarmados, y él
se asombró de vernos surgir del nido de ramaje como de una caja de
sorpresas...
El retorno á través de la noche fría, es de animadísimos comentarios,
que luego proseguimos con los demás en las cinegéticas veladas que ahora
sustituyen á las del cine y de los bailes. Arde la leña en el salón,
duermen al calor _Centella_ y _Nínive_, quedan los rincones llenos de
cananas y escopetas, y bien visibles en la campana de la chimenea cuelga
Rocío las ringleras de perdices. Don Luis, el médico, el maestro, van
llegando. La concurrencia neutral se apercibe al griterío de las
polémicas, y cada cual, acusando al otro de «comprarle la caza en el
camino á los corsarios», exageramos ó mentimos, que es una bendición,
nuestras proezas.
Pero una noche tomó la discusión sesgos inquietantes. Se nos tildaba de
«asesinos». Gran rondador de reses uno de los maestros de la granja,
oponíale sus luchas con los jabalíes y con los lobos á nuestras matanzas
de perdices. Argüíamos que precisamente el riesgo le quitaba á aquéllo
el carácter de inocente y noble diversión, y él, sobre encontrar la
nuestra monótona, aburrida, negábale hasta la inocencia y la nobleza:
matando lobos se descastaban los campos de feroces alimañas..., ¿qué
nobleza, en cambio, habría en atraer con engaño á una perdiz? ¿Qué
inocencia en matarla á mansalva, cuando acudía dichosa al amor del macho
prisionero?
No nos parecía tampoco muy salvado en noblezas el maestro de la granja
porque esperase á los lobos, que no tienen, como él, un fusil; mas no
por esto, al retirarnos á dormir y besar en la cuna á nuestro hijo,
Rocío dejó de lamentarse:
--La verdad es, Alvaro, que... ¡cuántos nidos de polluelos habrá ahora
sin padres por nosotros!
Y en los días siguientes, no ha podido ser tan loco nuestro encanto de
las tardes.
* * * * *
La lluvia ha interrumpido la caza en estos días. Provistos de
impermeables y botas recias, harto avezados á la intemperie, Rocío y yo
no la tememos. Regresando de la granja por el borde de un arroyo
espantamos un zorzal, que, al querer volar, abátese y se arrastra hacia
unos juncos. Le cogemos; está herido... ¡Infeliz! Rocío le suelta
horrorizada. Una municionada tremenda le ha saltado un ojo, le ha segado
el pico y una pata, le ha partido las alas y le ha hecho un boquete
enorme en la pechuga. Calado de agua, siniestro, abandonado quién sepa
desde cuándo á su agonía, sin posible socorro de los suyos, ha quedado
al fin inmóvil junto á un tronco, y nos mira como un espectro acusador.
Sobre su dolor caen, tal que un llanto elegíaco, las gotas del ramaje.
Llanto que es de amargura del cielo para nuestra tardía piedad, más
inicua. Así habrá por el campo muchas perdices mal heridas por nosotros,
y nos las figuramos arrastradas también hasta sus nidos, muriendo
lentamente al pie de los hijuelos en la tragedia de su sangre.
--¡Mátale!--suplícame Rocío.
No acierto á obedecer. Al ir ella otra vez á cogerle para, considerar si
podría salvarle, el zorzal salta y cae al arroyo. La corriente se le
lleva; más impávidamente compasiva que nosotros le ahogará.
Nos miramos é intentamos sonreír disimulándonos la angustia que puede
ser sensiblería...; mas, ¡ah!..., están solas nuestras conciencias,
capaces de todos los remordimientos infinitos, y el alarde de sonrisas
deshácese en la pena de una lágrima.
* * * * *
Inútilmente vuelve con el buen tiempo la animación de cazadores.
Disculpados de cualquier modo, no formamos ya en las gozosas cabalgatas.
Se reirían si supiesen el motivo, como nosotros mismos nos reímos de
nuestra perpleja envidia viéndoles partir; porque, en verdad, la cordial
repugnancia á un placer que se funda en la crueldad, no evita que algo
quizá implacablemente salvaje de nuestro ser añore las alegrías de las
tardes en la sierra, de las locas matanzas de perdices.
¿Cómo con ello podíamos sentir el gozo de una diversión sencilla, casi
patriarcal, casi santa, y quién nos habría dicho que la lágrima de duelo
ante un pobre pajarillo hubiese de persistir en nuestras almas como
minúscula lente á cuyo través hemos visto enturbiarse no sólo aquel
placer, sino toda la serenidad de nuestra dicha?
Inmensa la que respiramos, no ha podido destruírse; pero está
desorientada sobre el fondo doloroso descubierto en ella propia.
Creíamosla forjada del amor que nuestros corazones vertiésenle á todo
alrededor, y aquellas lágrimas piadosas, por contradicción
incomprensible, han venido á amargarla tal que las gotas de un veneno
las linfas de una fuente.
No podemos mirar nada ahora sin percibir el daño que á pesar nuestro
repartimos. Pensando trocar la mansa ferocidad de aquellas cacerías por
la sencilla distracción de los paseos con Mary y Emma, en cuanto ellas
se entraban á pescar en los charcos comprendimos que no son las ranas y
los peces menos dignos de compasión que las perdices.
En todo así y en todas partes nos va acosando la visión de lo siniestro.
Como el día en que el sacrificio del novillo le restó candor á la
comunión de nuestras idílicas caricias á los toros, una sombra de
perfidia vela al fin nuestro cándido recreo de cuidar á las aves del
corral, de verlas cebadas y felices, no para que su felicidad sea parte
de nuestra felicidad, sino para que vayan más sabrosas humeando á
nuestra mesa ó valgan más en el mercado.
El corral, la granja, la dehesa toda, no son, pues, sino un criadero
perenne de gallinas, de pavos, de palomas, de rebaños de corderos, de
hatajos de cabras, de piaras de vacas y de cerdos, que á pesar del amor
que por cuidarlos nos desvela pasarán en sangrientos mataderos á
montones de cadáveres... Y cadáveres comemos; de cadáveres es nuestra
comodidad, nuestra alegría, nuestra riqueza; de espectros y despojos de
cadáveres están hechas nuestras ropas, nuestras botas y nuestros abrigos
de piel..., y hasta no son sino cadáveres las flores del jardín que
Rocío cultiva para cortarlas (matarlas) y adornar en nuestro comedor ó
en nuestro lecho festines de la vida.
A veces intentamos hablar seriamente de estas cosas por encima de la
desorientación de una felicidad que ya sabemos no formada por la de
todo lo demás, y que, sin embargo, subsiste. A veces, no obstante, lo
hallamos preferible, y bromeamos desde detrás del íntimo rubor que nos
causa la contradicción, la incertidumbre.--«Toma--sonríeme Rocío--ese
pedazo de cadáver de ternera, ese pedazo de cadáver de perdiz.»--Yo la
sonrío prendiéndola en el pecho «el rojo cadáver de una rosa».--Pero ni
la indulgencia de nuestro sonreír acierta siempre á dejar de contener el
instintivo ímpetu que nos lanza á lo mejor tras una mariposa, ó el
descuido con que marchamos por las sendas aplastando las orugas, las
hormigas. Sólo con movernos dejamos la muerte bajo el pie.
Hemos perdido la ingenuidad, ya que no hemos perdido la ventura.
Dijérase que un exceso de curiosidades del corazón nos ha forzado á
morder el fruto de la ciencia del bien y del mal y que nuestro paraíso
ya no tiene su inocencia.
Y esclavos del dolor de una piedad estéril, convictos reos de
involuntaria brutalidad en medio de la Naturaleza, no logramos entender
de qué modo su eterna y dulce religión de amor hubiera de seguirse.
* * * * *
--¿Qué es eso?
Como yo, como Leopolda, Mary y Emma, que almuerzan con nosotros, quedan
suspensas en atención á la alarma de Rocío. Hemos oído estampidos y
lejanos rumores formidables.
Suenan otra vez, y vamos á las ventanas. El sol luce en la pesada calma
del ambiente; limpio el cielo, divisamos por encima del encinar una
densa veladura que crece, que sube..., lúgubre polvareda de no se sabe
qué ejército infernal que se acerca galopando.
Pero con tal arrollador ímpetu de furias, que, en menos que puede
concebirlo nuestro asombro, por el fondo del valle se aproxima
inundándolo todo, subiendo á los espacios, borrando las montañas. Vemos
hacia nosotros correr despavoridas las vacas, las yeguas, en fuga
insensata del peligro que presienten, y el aire levantado delante de lo
horrible sacude la quietud de las hojas de los árboles, de las flores
del jardín; primero es un estremecimiento, cual si también las flores y
las hojas fueran despertándose al terror; luego un embate de vendaval
que retuerce las ramas y las troncha, haciéndolas saltar de las
encinas...; y árboles, casas, animales, pronto alcanzados, confúndense
para no ser más que algo perdido sin remedio en el caos de negrura y de
violencia que ya nos nubla el sol, que ya llega también á nosotros
azotando bárbaramente en una lluvia de tierra la ventana.
Tenemos que cerrar. Se han arrancado los estores, y el vuelo de un lado
del mantel ha lanzado al suelo la vajilla. Tiembla y se conmueve la casa
y retumban los portazos en estrépito de cosas que se hunden ó se rompen.
Los cristales trepidan á la granizada de arena y polvo que antes nos
cegó, y á su través vemos un momento aun entre el turbio huracán volar
por las alturas alambres y palos del teléfono, ramas desgajadas, tejas y
persianas y tubos de chimenea arrancados de las viviendas de enfrente.
Pero ya no divisamos nada en la luz de eclipse, de tinieblas. Se ha
echado encima el ciclón y la fragorosa confusión de lo espantoso nos
envuelve, zumbando, zumbando, sucia marea de piedras y de troncos que
baten como arietes formidables los muros, los cuales gimen
protegiéndonos de cuanto es ruina alrededor. Rocío ha ido á recogerse en
un rincón, abrazada á nuestro hijo. Leopolda reza en otro fondo de la
estancia...
Diez minutos después, el sol, en medio del cielo azul, alumbra con una
calma de ironía la desolación de nuestros campos. Encinas y frutales
tumbados, caídos los postes del teléfono y la luz, arrasada la huerta,
casas con desperfectos. El hundimiento de una nave de la granja ha
cogido á cinco operarios, fracturándole á uno las costillas; y
sorprendidos sin amparo, hay más hombres y niños heridos, leves, por
fortuna, y muertos muchos animales.
* * * * *
La Naturaleza ha querido mostrársenos, al fin, tal como ella es: bella,
inmensa é impasiblemente bella; inmensa é impasiblemente feroz, también,
si se pone á serlo. La sonrisa con que crea las hermosuras de sí propia
sin cesar, puede trocarse en la siniestra insensatez con que á sí propia
se destruye para volverlas á crear entre sonrisas.
Pero hasta la sonrisa de su amor oculta su impávida impiedad. Rocío y yo
hemos aprendido á ver esto con nuestra atención ya despierta hasta á lo
íntimo y fugaz de las más pequeñas cosas. Y ahora, cuando en los dulces
días de paraíso nos sentamos bajo un árbol á descansar, á dejarnos
penetrar por todos los poros de la vida en los aromas de las flores y
las delicias serenas de las frondas y los aires, asimismo nos penetra la
impresión de que todo es crimen, de que todo es muerte entre las mismas
divinas y como santas armonías del aire, de las frondas, de las flores.
Una abeja que liba una corola, roba, mata; mata, riendo sus trinos de
alegría, el pájaro que busca abejas y larvas en la yerba; mata al pájaro
un águila en las purezas del espacio, ó el gato montes en el ramaje de
la encina donde le sorprende cantando sus amores, y acaso el gato montés
no vuelva á sus guaridas de la sierra sino para ser la víctima de un
lobo.
Un día, un hermoso día de la Naturaleza, alza sus triunfales himnos,
pues, sobre la muda y perenne renovación de juventud que le constituye
la incesante lucha de la vida y de la muerte.
La Naturaleza es cruel. Nuestras ansias persistentes de piedad han visto
deshacerse en ella el templo de la religión de las piedades.
¿Dónde prendiéramos de nuevo aquellas ansias?
Hemos gustado demás las amplitudes de la vida, Rocío y yo; está asentada
nuestra dicha demasiadamente en esa amplitud que se nos tiende por el
alma y por la carne, que la hace á ella glorificar desnuda su amor en
oraciones excelsas á la Virgen..., para que nuestro Dios y el de la
Virgen que sonríe al amor de la pagana, pueda volver á ser aquel que en
nuestra niñez adivinábamos oculto en un rincón del cielo, invisible
contemplador irritado de su obra...; para que nuestro Dios pueda ya
dejar de ser otro gran Dios espaciado con su bien y su alegría por los
aires, por los ríos, por las montañas, estando igual en la piedad y la
crueldad de nuestro corazón que en la piedad y la crueldad del
Universo.