Nuestro _chalet_, blanco, de tejados de pizarra, de anchos ventanales,
que al salir y al ponerse incendia el sol, de aleros y terrazas y palos
verdes, se alza en la colina entre los de las familias que comparten
nuestros gozos: la del cura que toca el esquilón de la ermita los días
de fiesta y trabaja también en otras cosas y caza los demás; la del
médico, que vigila la higiene y la salud de la colonia; la del
administrador, hoy convertido en mi ayudante; la de un mecánico belga,
viudo, que va aprendiendo el español, cuyas dos bellas hijas ayudan á
Rocío en la contabilidad, y que cuida de las máquinas; la del capataz de
cultivos; las de tres jefes de talleres; las de la maestra y del maestro
de escuela que educan á los setenta niños de los guardas y operarios y
pastores repartidos por la dehesa.
Sigue en amplias alas á esta instalación la de la granja y almacenes, y
en el anfiteatro de montañas ábrese frente á nosotros, cortado por el
Guadalmina, un valle de vegetación de paraíso. Yerguen las encinas sus
troncos sobre la yerbosa pradera donde crecen con un orden de jardín los
macizos de peonías, de espinos y laureles--floridos refugios de conejos;
cantan las tórtolas y los mirlos, volando desde el ramaje á los aéreos
velos que tejen por la perfumada frescura las madreselvas y las zarzas,
y las yeguas pastan fraternalmente perezosas junto á las vacas y los
mansos toros que se rascan en las peñas, y que ya no asustan á Rocío
cuando por la siesta corren como fieras hacia el río buscando algún
remanso que los libre de la mosca y del calor.
--¡Oh! ¡Qué bien..., si pudiéramos bañarnos y jugar á que nos pasasen
sobre el lomo á la otra orilla!
Niña de timidez de alma y de bravura singular que ama con igual
delicadeza lo infinitamente suave y lo violento, que gusta de jugar con
las rosas, con los niños y los toros. Para adornar la mesa suele cortar
haces de flores en el paraíso del valle que las brinda en todo tiempo, y
muchas veces la veo volver dándole avena y rascándole el testuz á un
novillo negro que la sigue con una carga en las costillas.
Es el que curamos hace meses. Se llama _Careto_. Acude así que gritamos
su nombre en mitad del encinar.
Recorremos la dehesa á caballo. Las majadas, donde nos ladran los
mastines; vemos los carneros de razas gigantescas y hablamos con los
pastores, que escuchan mis consejos. Sus chozas han sido sustituídas por
cómodas viviendas de cuatro ó cinco habitaciones, y ellos y sus familias
respiran bienestar. Más adelante, los cerdos, que reúnense á la voz del
mayoral con ruidosas algazaras que se le antojan á Rocío
«manifestaciones de estudiantes». Alejándonos siempre, inspeccionamos
los campos de regadío en que ya hemos transformado 670 hectáreas de la
vega, aumentando un 500 por 100 la producción de cereales y tréboles y
alfalfa. En tablares nuevos ensayo con abonos nuevos la remolacha de
forraje. Guarda un almacén los instrumentos de labor, y sobre el pavés
de los prados tienen también sus limpios albergues los gañanes y el
encargado de los canales y la bomba.
Para visitar los olivares y viñedos, el alcornocal y los pinares donde
se desmochan ó se cortan árboles de siglos, salvamos las montañas...,
siempre salpicadas de las casitas nuevas que les permiten á estas gentes
vivir con dignidad. Hemos procurado instalar cerca de nosotros, cerca de
la escuela, á los que tienen niños, y los guardas vigilan, más que los
hurtos de la leña, la seguridad de los muchachos. En todas partes nos
obsequian, sentándonos bajo los emparrados, mostrándonos su cariñosa
gratitud. Subidos á cuatro pesetas diarias los jornales, incluso de los
pastores, que antes percibían once duros al año y un poco de aceite y
sal cada semana..., al tipo de costo, además, y á todo el mundo, se le
facilita pan y carne en el horno y el matadero de la finca, otros
productos de primera necesidad en la especie de economato que rige el
cura, y tierras para su propiedad en rañas extensísimas, adquiridas por
nosotros alrededor de _La Joyosa_ á bajo precio, y que ellos, cuando
pueden, descuajan con bueyes y vertederas que gratuitamente se les
ceden. Así, futuros propietarios, atendidos sin dispendio en los
servicios de médico y de escuela y con leve gasto en sus necesidades
cotidianas, ahorran, se hacen limpios, están alegres y hacia nosotros
rebosan de bondad sus corazones.
Pero la satisfacción se nos turba ante el dolor de otras gentes que al
regreso vamos encontrando. Son los trabajadores de las próximas aldeas.
Caravanas de hambre y fatiga; hombres y mujeres, mozas como viejas, que
vienen de matarse por un ínfimo jornal. Nuestro paraíso está rodeado,
pues, está el mismo cruzado por espectros del tormento...; y no podemos
traer á tanto desdichado con nosotros. Refrenamos los caballos. Nos
cuentan sus horrores. Ganan dos reales; gastan más que en comer en
impuestos y en botica, y siempre extenuados, siempre enfermos de la
fiebre, el hospital, el lejano hospital de la provincia es, á un tiempo,
su horror y su esperanza. Unos nos conocen, y ahorrándose con el
encuentro la vergüenza de venir expresamente, nos piden para trasladar
al hospital al hijo ó á la madre; otros no nos conocen, y
espontáneamente les causamos el asombro de un puñado de pesetas por
limosna.
Mas ¡oh! nos apena tener que dar de limosna lo que por derecho de su
esfuerzo merecerían tantos infelices, tantos infelices como dejarían de
serlo si un poco de inteligente actividad por todas partes les fuese
cercenando los jarales á los lobos para dárselos á los hombres en
tierras productivas, y Rocío y yo hemos intentado inútilmente reunir y
convencer de aquella urgencia, en nuestra granja y nuestros campos, á
los ricos--que ociosos en el Casino de sus pueblos se espantan el tedio
á bostezos y á manotazos las moscas. Vienen algunos, sorpréndense de la
lozanía de los sembrados, del tamaño de un carnero ó del brillo de las
máquinas..., y afirmando que ésto necesita un capital y un espíritu de
asociación que no existe en la comarca; que yo me arruinaré, que yo hago
mal al acostumbrar á los gañanes á mimos y sueldos de marqueses;
terminan con compasivo sonreír sin atreverse á expresar que les
parecemos dos tontos de remate.
Bien. Rocío y yo esperamos que el ejemplo á la larga les decida. Pero
mientras, ¡qué pena que siga el río perdiéndose hacia el mar, y que
sigan las rañas llenas de lobos menos hambrientos que los hombres!
Tratando de olvidar en nuestro paraíso lo que no podemos remediar por
nosotros propios, desde esas visitas, que solemos tener los domingos,
nos vamos al _tennis_ y al _skaating_ á jugar y á patinar con las
belgas, con la maestrita y los demás, llenándolo todo de risas y
alegrías, ó desde aquellas excursiones y á la espera de la cena quedamos
en la terraza, adonde las familias de los próximos _chalets_ vienen á
formarnos diarias y animadísimas tertulias. Unas veces, sobre la
sensación de nuestra paz, generalizamos acerca de un porvenir aun más
dichoso para el mundo, y surgen bizarras discusiones con el entusiasmo
de Herman Ferac, el belga, que es socialista. Pronto, sin embargo, las
corta el estruendo de las músicas y las canciones juveniles. Nuestra
vida social se caracteriza por la cordialidad, por la llaneza. A lo
mejor Rocío sepárase con las hijas de Ferac y la del maestro y del
médico á oírles cuentos á una zagalilla, ó si nuestro hijo está
despierto le cogen entre todas y le llevan en volandas. Hay en la
reunión quienes cantan y quienes tañen diversos instrumentos, y no es
difícil reunir orquestas de mandolinas y guitarras, á cuyo son van
llegando al pie de la escalinata mozuelos y pastorcillas que forman
bailes, como para no acabarse nunca, en la glorieta del jardín; Rocío,
Mary y Emma Ferac y las otras jóvenes, entre el alboroto de castañuelas
y almireces que refuerza la música, complácense en participar de sus
jotas y fandangos. Pero lo que principalmente les atrae y les causa un
encanto de estupor, es el gramófono, que hacemos sonar algunas noches, ó
el cinematógrafo que se proyecta desde dentro del hotel á una pantalla.
A nosotros nos divierte el remedo más ó menos fiel de la Paretto, de
Anselmi, de Stracchiari, de los valses y las marchas de bandas célebres
y la ilusión de exóticos paisajes y escenas..., y el rústico concurso no
acierta á comprender que no hayamos escondido tras la bocina ó el telón
todo un montón de cantantes y tambores y cornetas y de hombres y de
cosas que se mueven. Tal que al teléfono y á la luz voltaica que ven
fulgir encima de ellos «sin mecha y sin aceite», se acostumbran poco á
poco el diabólico misterio de la vida sin la vida, de la música sin
músicos.
A las diez, desfilan. Las veladas nos dejan en la infinita noche una
serenidad inmensa de plástica ventura compartida dulcemente. Sin
embargo, aun á este pequeño mundo de selección que nos rodea es lógico
que le reste algo de su torpeza tradicional, y nuestros ojos tienen,
compasivos, que cerrarse para fingir que no lo advierten. El
administrador y su esposa, por ejemplo, mal hallados con haber perdido
su altivo señorío en la finca, á pesar de nuestras generosidades,
preferirían su antigua independencia; se le adivina á él la hostil
pasividad ante no importa qué iniciativas mías, deseoso de un desastre
que me volviese á alejar de aquí tornándole sus dominios, y ella,
Matilde, una no fea aunque demasiado gorda morena de cuarenta años, muy
metida en burguesa seriedad, aspira en todo instante nada menos que á
rivalizar con Rocío en distinción é incluso en belleza y juventud.
¿Sabe que Rocío no es mi mujer, y funda en ello sus pretendidas
superioridades de honesta?... No es de creerlo; ni para esta especie de
lugareña emperatriz que se pinta, que no abandona sus empaques de porte
y de corsé y los zapatos de charol, cuyo marido no vió nunca en Madrid á
Laura, ni para ninguno de estos pueblos y estas tierras donde no estuvo
Laura jamás. Sólo la discreción de mi hermana Elena, porque yo se lo
escribí, conoce el secreto de mi dicha.--Aunque, por lo demás, que
trascendiese ó no, nos fuese indiferente: aquí es nuestro amor ley
divina por encima de las gentes y las cosas, igual que las brisas y las
lluvias y el cielo azul y el perfume de las flores.
Manías inofensivas, al fin, de una pobre vanidad tanto más fácilmente
halagable cuanto que nadie se preocupa de semejantes competencias. Es
decir, un poco la hace el juego, y trata de emularla, la inquieta y
pálida maestrita. Celosas ambas del afecto que la comunidad del trabajo
en la oficina acrece entre Rocío y las belgas; celosas sobre todo de la
delicadísima belleza de las tres y de su buena armonía con la modestia
gentil de las demás de la colonia, ellas forman espiritual cantón
aparte, no obstante el afán de Rocío por impedirlo.
Mary Ferac tiene diez y ocho años; Emma, quince. Rubias las dos como la
estopa, poseen la misma ingenuidad de Rocío y coinciden en sus gestos de
indómitas chiquillas lanzadas á la plena libertad. Almuerzan á menudo en
nuestra mesa. Los lunes y los jueves van á una academia improvisada en
un saloncito de la granja, donde yo les enseño Agricultura á mozuelos y
mozuelas que estén siquiera versados en leer y en escribir; el cura,
principios de Moral, Historia y Geografía; el médico, algo de Física y
Química é Higiene; Ferac aplicaciones de las máquinas, y ellas,
Mecanografía y Contabilidad y hasta Francés á algunos aplicados (plantel
de futuros labradores que se sabrán regir y administrar...); y puesto
que ellas terminan antes que yo, salen juntas á esperarme por el campo.
Unas tardes las encuentro descalzas, metidas en los arroyos con la falda
á media pierna, cogiendo ranas y peces debajo de las piedras; Leopolda
cuida de nuestro nene, y aun diríase que tiene que cuidar de las audaces
que gritan al verse en trances apurados; desde lejos me guían sus risas
y chillidos, y las ayudo á pescar, descalzándome también. Otras tardes
es un tiroteo incesante el que me lleva á encontrarlas, y las descubro
en la vega tumbando al vuelo abejarrucos. Adiéstranse en la escopeta; yo
enseñé á Rocío, y la experta tiradora les transmite á Emma y Mary su
pasión. Mary apunta mal; es tímida; al disparar cierra los ojos.
O avisadas por el fragor del tiroteo, ó porque salgan desde luego con
nosotros, algunos de estos regocijos los comparten y presencian las
demás de la colonia. Matilde y María Jesús, la maestrita, del brazo y en
actitud de procesión, muy estiradas de pendientes y sortijas y corsés y
vestidas lo mejor que pueden, forman la nota grave, que desde la
dignidad de sus sonrisas parecen condenar las locas algazaras. Marchan,
se pasean, se sientan solemnemente. A cada escopetazo vuelven la cabeza
como damas educadísimas que por nada del mundo imitarían á las salvajes;
y si Rocío y Mary y Emma desnúdanse los pies, acompañadas por las otras,
lanzándose á los arroyos por las ranas, ellas dos se bajan más la falda
á los zapatos--virtudes que moriríanse de rubor si yo las viese los
tobillos.
Pero una tarde no fueron ranas ni arroyos la tentación de las salvajes
hechiceras. Al lado allá del vado del río descubrieron un vergel de
peonías granate, y osadas resolviéronse á arrasarlo; pronto dejadas en
el adelfal las botas y las medias, aventuráronse por la panda corriente
cuyos guijarros lastimábanlas los pies. Algunas de las que las seguían
(y entre ellas María Jesús, no siempre libre de los contagios de
alborozo), tuvieron que retroceder desde la mitad del vado, un poco
hondo, y en donde el agua comba despeñábase violenta. Las aturdidas no
hacían caso á las prudentes indicaciones de Herman, ni á las mías.
Llegaron, fué aquello una embriaguez de coger flores á brazadas, y con
ellas en triunfo volvió Rocío la primera. Desorientada Mary por el
ancho pedregal, metióse en una profundidad que aumentaba á cada
instante. Todos reíamos mirándola cómicamente parada en el aprieto; su
padre entró á guiarla de la mano..., y hubo momentos en que ella, por no
mojar las ropas, mostró la blanca desnudez de la pierna hasta más de la
rodilla...
--¡Qué horror!--comentó junto á mí Matilde--. ¡Delante de usted, esa
niña! ¡Qué poca vergüenza!
Hallábase tal vez más irritada por la defección de María Jesús, que aún
continuaba gozosamente descalza por la arena, y me limité á corregir
severo y dulce:
--No, Matilde..., diga usted «qué candor», más bien.
Y en esa tarde, detrás del triunfo de las flores que conducían en
grandes ramos las bellas vidas de contento y de juventud, detrás de la
torva Matilde aprisionada en los rígidos y ridículos prejuicios de sus
lazos y sus joyas; yo, volviendo á la paz de amor de nuestras casas por
el verde paraíso que endulza el ámbar rosa del crepúsculo, entre las
yeguas, entre las vacas, entre los toros, bajo el vuelo pausado de las
tórtolas y el trinar de ruiseñores y de mirlos, más que nunca fuí
sintiendo en la conciencia la recta convicción de que al fin, _sí sé por
qué_ se debe ser bueno y limpio de corazón en mitad de la Naturaleza,
que es infinitamente bondadosa, que es infinitamente noble é inocente, y
que dándonos, en efecto, el candor de poder mirar en las mismas desnudas
inocencias á las mujeres que á las aves, á las almas que á las rocas,
reserva para quienes tuercen y torturan su religión y su misma vida con
férreos torniquetes de artificio toda la perversión del dolor, de lo
cruel, de la falta de piedad y de alegría, de lo negro, del pecado.