II

Nuestro _chalet_, blanco, de tejados de pizarra, de anchos ventanales,

que al salir y al ponerse incendia el sol, de aleros y terrazas y palos

verdes, se alza en la colina entre los de las familias que comparten

nuestros gozos: la del cura que toca el esquilón de la ermita los días

de fiesta y trabaja también en otras cosas y caza los demás; la del

médico, que vigila la higiene y la salud de la colonia; la del

administrador, hoy convertido en mi ayudante; la de un mecánico belga,

viudo, que va aprendiendo el español, cuyas dos bellas hijas ayudan á

Rocío en la contabilidad, y que cuida de las máquinas; la del capataz de

cultivos; las de tres jefes de talleres; las de la maestra y del maestro

de escuela que educan á los setenta niños de los guardas y operarios y

pastores repartidos por la dehesa.

Sigue en amplias alas á esta instalación la de la granja y almacenes, y

en el anfiteatro de montañas ábrese frente á nosotros, cortado por el

Guadalmina, un valle de vegetación de paraíso. Yerguen las encinas sus

troncos sobre la yerbosa pradera donde crecen con un orden de jardín los

macizos de peonías, de espinos y laureles--floridos refugios de conejos;

cantan las tórtolas y los mirlos, volando desde el ramaje á los aéreos

velos que tejen por la perfumada frescura las madreselvas y las zarzas,

y las yeguas pastan fraternalmente perezosas junto á las vacas y los

mansos toros que se rascan en las peñas, y que ya no asustan á Rocío

cuando por la siesta corren como fieras hacia el río buscando algún

remanso que los libre de la mosca y del calor.

--¡Oh! ¡Qué bien..., si pudiéramos bañarnos y jugar á que nos pasasen

sobre el lomo á la otra orilla!

Niña de timidez de alma y de bravura singular que ama con igual

delicadeza lo infinitamente suave y lo violento, que gusta de jugar con

las rosas, con los niños y los toros. Para adornar la mesa suele cortar

haces de flores en el paraíso del valle que las brinda en todo tiempo, y

muchas veces la veo volver dándole avena y rascándole el testuz á un

novillo negro que la sigue con una carga en las costillas.

Es el que curamos hace meses. Se llama _Careto_. Acude así que gritamos

su nombre en mitad del encinar.

Recorremos la dehesa á caballo. Las majadas, donde nos ladran los

mastines; vemos los carneros de razas gigantescas y hablamos con los

pastores, que escuchan mis consejos. Sus chozas han sido sustituídas por

cómodas viviendas de cuatro ó cinco habitaciones, y ellos y sus familias

respiran bienestar. Más adelante, los cerdos, que reúnense á la voz del

mayoral con ruidosas algazaras que se le antojan á Rocío

«manifestaciones de estudiantes». Alejándonos siempre, inspeccionamos

los campos de regadío en que ya hemos transformado 670 hectáreas de la

vega, aumentando un 500 por 100 la producción de cereales y tréboles y

alfalfa. En tablares nuevos ensayo con abonos nuevos la remolacha de

forraje. Guarda un almacén los instrumentos de labor, y sobre el pavés

de los prados tienen también sus limpios albergues los gañanes y el

encargado de los canales y la bomba.

Para visitar los olivares y viñedos, el alcornocal y los pinares donde

se desmochan ó se cortan árboles de siglos, salvamos las montañas...,

siempre salpicadas de las casitas nuevas que les permiten á estas gentes

vivir con dignidad. Hemos procurado instalar cerca de nosotros, cerca de

la escuela, á los que tienen niños, y los guardas vigilan, más que los

hurtos de la leña, la seguridad de los muchachos. En todas partes nos

obsequian, sentándonos bajo los emparrados, mostrándonos su cariñosa

gratitud. Subidos á cuatro pesetas diarias los jornales, incluso de los

pastores, que antes percibían once duros al año y un poco de aceite y

sal cada semana..., al tipo de costo, además, y á todo el mundo, se le

facilita pan y carne en el horno y el matadero de la finca, otros

productos de primera necesidad en la especie de economato que rige el

cura, y tierras para su propiedad en rañas extensísimas, adquiridas por

nosotros alrededor de _La Joyosa_ á bajo precio, y que ellos, cuando

pueden, descuajan con bueyes y vertederas que gratuitamente se les

ceden. Así, futuros propietarios, atendidos sin dispendio en los

servicios de médico y de escuela y con leve gasto en sus necesidades

cotidianas, ahorran, se hacen limpios, están alegres y hacia nosotros

rebosan de bondad sus corazones.

Pero la satisfacción se nos turba ante el dolor de otras gentes que al

regreso vamos encontrando. Son los trabajadores de las próximas aldeas.

Caravanas de hambre y fatiga; hombres y mujeres, mozas como viejas, que

vienen de matarse por un ínfimo jornal. Nuestro paraíso está rodeado,

pues, está el mismo cruzado por espectros del tormento...; y no podemos

traer á tanto desdichado con nosotros. Refrenamos los caballos. Nos

cuentan sus horrores. Ganan dos reales; gastan más que en comer en

impuestos y en botica, y siempre extenuados, siempre enfermos de la

fiebre, el hospital, el lejano hospital de la provincia es, á un tiempo,

su horror y su esperanza. Unos nos conocen, y ahorrándose con el

encuentro la vergüenza de venir expresamente, nos piden para trasladar

al hospital al hijo ó á la madre; otros no nos conocen, y

espontáneamente les causamos el asombro de un puñado de pesetas por

limosna.

Mas ¡oh! nos apena tener que dar de limosna lo que por derecho de su

esfuerzo merecerían tantos infelices, tantos infelices como dejarían de

serlo si un poco de inteligente actividad por todas partes les fuese

cercenando los jarales á los lobos para dárselos á los hombres en

tierras productivas, y Rocío y yo hemos intentado inútilmente reunir y

convencer de aquella urgencia, en nuestra granja y nuestros campos, á

los ricos--que ociosos en el Casino de sus pueblos se espantan el tedio

á bostezos y á manotazos las moscas. Vienen algunos, sorpréndense de la

lozanía de los sembrados, del tamaño de un carnero ó del brillo de las

máquinas..., y afirmando que ésto necesita un capital y un espíritu de

asociación que no existe en la comarca; que yo me arruinaré, que yo hago

mal al acostumbrar á los gañanes á mimos y sueldos de marqueses;

terminan con compasivo sonreír sin atreverse á expresar que les

parecemos dos tontos de remate.

Bien. Rocío y yo esperamos que el ejemplo á la larga les decida. Pero

mientras, ¡qué pena que siga el río perdiéndose hacia el mar, y que

sigan las rañas llenas de lobos menos hambrientos que los hombres!

Tratando de olvidar en nuestro paraíso lo que no podemos remediar por

nosotros propios, desde esas visitas, que solemos tener los domingos,

nos vamos al _tennis_ y al _skaating_ á jugar y á patinar con las

belgas, con la maestrita y los demás, llenándolo todo de risas y

alegrías, ó desde aquellas excursiones y á la espera de la cena quedamos

en la terraza, adonde las familias de los próximos _chalets_ vienen á

formarnos diarias y animadísimas tertulias. Unas veces, sobre la

sensación de nuestra paz, generalizamos acerca de un porvenir aun más

dichoso para el mundo, y surgen bizarras discusiones con el entusiasmo

de Herman Ferac, el belga, que es socialista. Pronto, sin embargo, las

corta el estruendo de las músicas y las canciones juveniles. Nuestra

vida social se caracteriza por la cordialidad, por la llaneza. A lo

mejor Rocío sepárase con las hijas de Ferac y la del maestro y del

médico á oírles cuentos á una zagalilla, ó si nuestro hijo está

despierto le cogen entre todas y le llevan en volandas. Hay en la

reunión quienes cantan y quienes tañen diversos instrumentos, y no es

difícil reunir orquestas de mandolinas y guitarras, á cuyo son van

llegando al pie de la escalinata mozuelos y pastorcillas que forman

bailes, como para no acabarse nunca, en la glorieta del jardín; Rocío,

Mary y Emma Ferac y las otras jóvenes, entre el alboroto de castañuelas

y almireces que refuerza la música, complácense en participar de sus

jotas y fandangos. Pero lo que principalmente les atrae y les causa un

encanto de estupor, es el gramófono, que hacemos sonar algunas noches, ó

el cinematógrafo que se proyecta desde dentro del hotel á una pantalla.

A nosotros nos divierte el remedo más ó menos fiel de la Paretto, de

Anselmi, de Stracchiari, de los valses y las marchas de bandas célebres

y la ilusión de exóticos paisajes y escenas..., y el rústico concurso no

acierta á comprender que no hayamos escondido tras la bocina ó el telón

todo un montón de cantantes y tambores y cornetas y de hombres y de

cosas que se mueven. Tal que al teléfono y á la luz voltaica que ven

fulgir encima de ellos «sin mecha y sin aceite», se acostumbran poco á

poco el diabólico misterio de la vida sin la vida, de la música sin

músicos.

A las diez, desfilan. Las veladas nos dejan en la infinita noche una

serenidad inmensa de plástica ventura compartida dulcemente. Sin

embargo, aun á este pequeño mundo de selección que nos rodea es lógico

que le reste algo de su torpeza tradicional, y nuestros ojos tienen,

compasivos, que cerrarse para fingir que no lo advierten. El

administrador y su esposa, por ejemplo, mal hallados con haber perdido

su altivo señorío en la finca, á pesar de nuestras generosidades,

preferirían su antigua independencia; se le adivina á él la hostil

pasividad ante no importa qué iniciativas mías, deseoso de un desastre

que me volviese á alejar de aquí tornándole sus dominios, y ella,

Matilde, una no fea aunque demasiado gorda morena de cuarenta años, muy

metida en burguesa seriedad, aspira en todo instante nada menos que á

rivalizar con Rocío en distinción é incluso en belleza y juventud.

¿Sabe que Rocío no es mi mujer, y funda en ello sus pretendidas

superioridades de honesta?... No es de creerlo; ni para esta especie de

lugareña emperatriz que se pinta, que no abandona sus empaques de porte

y de corsé y los zapatos de charol, cuyo marido no vió nunca en Madrid á

Laura, ni para ninguno de estos pueblos y estas tierras donde no estuvo

Laura jamás. Sólo la discreción de mi hermana Elena, porque yo se lo

escribí, conoce el secreto de mi dicha.--Aunque, por lo demás, que

trascendiese ó no, nos fuese indiferente: aquí es nuestro amor ley

divina por encima de las gentes y las cosas, igual que las brisas y las

lluvias y el cielo azul y el perfume de las flores.

Manías inofensivas, al fin, de una pobre vanidad tanto más fácilmente

halagable cuanto que nadie se preocupa de semejantes competencias. Es

decir, un poco la hace el juego, y trata de emularla, la inquieta y

pálida maestrita. Celosas ambas del afecto que la comunidad del trabajo

en la oficina acrece entre Rocío y las belgas; celosas sobre todo de la

delicadísima belleza de las tres y de su buena armonía con la modestia

gentil de las demás de la colonia, ellas forman espiritual cantón

aparte, no obstante el afán de Rocío por impedirlo.

Mary Ferac tiene diez y ocho años; Emma, quince. Rubias las dos como la

estopa, poseen la misma ingenuidad de Rocío y coinciden en sus gestos de

indómitas chiquillas lanzadas á la plena libertad. Almuerzan á menudo en

nuestra mesa. Los lunes y los jueves van á una academia improvisada en

un saloncito de la granja, donde yo les enseño Agricultura á mozuelos y

mozuelas que estén siquiera versados en leer y en escribir; el cura,

principios de Moral, Historia y Geografía; el médico, algo de Física y

Química é Higiene; Ferac aplicaciones de las máquinas, y ellas,

Mecanografía y Contabilidad y hasta Francés á algunos aplicados (plantel

de futuros labradores que se sabrán regir y administrar...); y puesto

que ellas terminan antes que yo, salen juntas á esperarme por el campo.

Unas tardes las encuentro descalzas, metidas en los arroyos con la falda

á media pierna, cogiendo ranas y peces debajo de las piedras; Leopolda

cuida de nuestro nene, y aun diríase que tiene que cuidar de las audaces

que gritan al verse en trances apurados; desde lejos me guían sus risas

y chillidos, y las ayudo á pescar, descalzándome también. Otras tardes

es un tiroteo incesante el que me lleva á encontrarlas, y las descubro

en la vega tumbando al vuelo abejarrucos. Adiéstranse en la escopeta; yo

enseñé á Rocío, y la experta tiradora les transmite á Emma y Mary su

pasión. Mary apunta mal; es tímida; al disparar cierra los ojos.

O avisadas por el fragor del tiroteo, ó porque salgan desde luego con

nosotros, algunos de estos regocijos los comparten y presencian las

demás de la colonia. Matilde y María Jesús, la maestrita, del brazo y en

actitud de procesión, muy estiradas de pendientes y sortijas y corsés y

vestidas lo mejor que pueden, forman la nota grave, que desde la

dignidad de sus sonrisas parecen condenar las locas algazaras. Marchan,

se pasean, se sientan solemnemente. A cada escopetazo vuelven la cabeza

como damas educadísimas que por nada del mundo imitarían á las salvajes;

y si Rocío y Mary y Emma desnúdanse los pies, acompañadas por las otras,

lanzándose á los arroyos por las ranas, ellas dos se bajan más la falda

á los zapatos--virtudes que moriríanse de rubor si yo las viese los

tobillos.

Pero una tarde no fueron ranas ni arroyos la tentación de las salvajes

hechiceras. Al lado allá del vado del río descubrieron un vergel de

peonías granate, y osadas resolviéronse á arrasarlo; pronto dejadas en

el adelfal las botas y las medias, aventuráronse por la panda corriente

cuyos guijarros lastimábanlas los pies. Algunas de las que las seguían

(y entre ellas María Jesús, no siempre libre de los contagios de

alborozo), tuvieron que retroceder desde la mitad del vado, un poco

hondo, y en donde el agua comba despeñábase violenta. Las aturdidas no

hacían caso á las prudentes indicaciones de Herman, ni á las mías.

Llegaron, fué aquello una embriaguez de coger flores á brazadas, y con

ellas en triunfo volvió Rocío la primera. Desorientada Mary por el

ancho pedregal, metióse en una profundidad que aumentaba á cada

instante. Todos reíamos mirándola cómicamente parada en el aprieto; su

padre entró á guiarla de la mano..., y hubo momentos en que ella, por no

mojar las ropas, mostró la blanca desnudez de la pierna hasta más de la

rodilla...

--¡Qué horror!--comentó junto á mí Matilde--. ¡Delante de usted, esa

niña! ¡Qué poca vergüenza!

Hallábase tal vez más irritada por la defección de María Jesús, que aún

continuaba gozosamente descalza por la arena, y me limité á corregir

severo y dulce:

--No, Matilde..., diga usted «qué candor», más bien.

Y en esa tarde, detrás del triunfo de las flores que conducían en

grandes ramos las bellas vidas de contento y de juventud, detrás de la

torva Matilde aprisionada en los rígidos y ridículos prejuicios de sus

lazos y sus joyas; yo, volviendo á la paz de amor de nuestras casas por

el verde paraíso que endulza el ámbar rosa del crepúsculo, entre las

yeguas, entre las vacas, entre los toros, bajo el vuelo pausado de las

tórtolas y el trinar de ruiseñores y de mirlos, más que nunca fuí

sintiendo en la conciencia la recta convicción de que al fin, _sí sé por

qué_ se debe ser bueno y limpio de corazón en mitad de la Naturaleza,

que es infinitamente bondadosa, que es infinitamente noble é inocente, y

que dándonos, en efecto, el candor de poder mirar en las mismas desnudas

inocencias á las mujeres que á las aves, á las almas que á las rocas,

reserva para quienes tuercen y torturan su religión y su misma vida con

férreos torniquetes de artificio toda la perversión del dolor, de lo

cruel, de la falta de piedad y de alegría, de lo negro, del pecado.

Sí sé por qué: Novela · 第 23 / 27 题