TERCERA PARTE

I

Buenos Aires. Madrid. Roma. Nueva York.

¡Qué lejos de vuestra confusión, de vuestro vértigo! ¡Qué lejos de

vuestro lujo, de vuestra farsa, de vuestros crímenes!

¡Qué lejos!

Hundidos en las frondas, bajo la paz de los inmensos cielos, nuestra

emoción es la de un apartamiento del mundo feroz de los privilegios y

las castas, como si á través del planeta hubiésemos venido á dar en una

selva de idílicos salvajes. Bendecimos á la España singular que en sus

abruptos rincones pudo reservarnos estos campos de hermosura, no heridos

jamás por el silbar de un tren, y estas gentes primitivas de zamarra y

de bondad, con cuyos tormentos resignados nuestras compasiones se

confunden.

Para llegar aquí tuvimos que salvar tantas cordilleras y jarales de

lobos y abismos de torrentes y de pinos y de rocas, que Rocío y Leopolda

comprendieron bien que veníamos á un perdido remanso de la vida, adonde

las gentes de Madrid no osarían aventurarse sino en una excursión

heroica como al centro de África ó al Polo. Y esto, con respecto á

Laura, «mi mujer»..., fué la última tranquilidad para la amada amante

que ya en el coche estrechaba también contra su seno al hijo de los dos.

La niña del mar, la novia del Majestic, la esposa de mi amor, desde el

primer abrazo florecido en sus entrañas, y que, hasta la muerte unida á

mí, venía de esperar en Berlín medio año el nacimiento de nuestro hijo;

la amiga espiritualísima que nunca á mi desdén de las riquezas habíale

oído hablar de mis riquezas..., hubo de asombrarse al saberme dueño de

una finca de millones. Asombro de la ávida de espacios que hallábale el

de muchas leguas á nuestra reclusión de libertad, y de la pródiga que

desde la piedad de ambos vió mucho bien que compartir con infelices.

Hace un año. El silvestre edén que en otros del pasado le apercibí á la

insensata que no llegó ni á visitarlo, ha sido y es para el ángel que

conoce todas las ternuras porque sufrió toda la infamia. Dijérase que el

huracán de lo horrible nos lanzó á estos bosques, y que sus senos de

verdor nos han tragado para siempre.

Rocío parece una hechizada. Vive en perennes embelesos, tal que si el

cielo y la tierra hubiéranse juntado en un limbo de inocencias donde

cobran igual solemnidad sus sonrisas á una flor y los éxtasis divinos de

su alma. La Naturaleza nos infiltra de castidades de tomillo y de

Universo, arrancándole letanías de veneración á nuestra enorme gratitud.

Dejados los templos de pudor que los hombres alzan para incensar á Dios,

y ser buenos con Dios dentro de sus muros y perversos entre ellos solos

al salir, hemos pasado al templo del espacio en que todo es templo de la

vida y en que Dios nos mira á cada instante desde el sol, desde cada

rosa, desde cada estrella, desde cada beso de luz de amor á nuestro hijo

y desde cada beso de lumbre de amor á nuestro amor.

Subimos algunas tardes á las sierras, y cuando la claridad crepuscular

muérese temblando por los valles al son de las esquilas de las cabras,

una unción de caridad, que llega en su fervor casi al tormento, nos hace

hablar de la insensatez de las ciudades, de la incomprensible torpeza de

las gentes que, entre tantos odios suyos y lujurias y envidias y lujos y

ambiciones, ignoran que el mayor deleite del vivir está en la honrada

hambre y el honrado sueño que á nosotros nos aguarda tras los días

inmensos de gozo y de trabajo, que la única gloria de la tierra es el

amor y que no hay adorno para la frente de la amada como una diadema de

amapolas.

* * * * *

En su despacho ha puesto Rocío, bajo una imagen de la Virgen, retratos

de su madre y de su padre, ampliados por mí, junto al suyo y el mío y el

de nuestro hijo y el de la buenísima Leopolda; y allí, como en un salto

de las purezas de su hogar de Veracruz á las purezas de estas calmas,

como en un olvido de haber sido la condesa de Montsalvato (olvido que la

respeto sin recordárselo jamás), ella misma no sabría cuándo le reza á

sus consagraciones juntas en oraciones de oración y cuándo en oraciones

de trabajo. Si llego y la interrumpo y la doy un beso, la delicia de su

sonrisa y de sus ojos se lo ofrecen á su madre.

«Mi madre me enseñó. Mi padre me enseñó»--díceme, ansiosa de mezclarle á

mi amor los nombres de los que ya no existen, siempre que tengo que

admirar la perfección con que lleva la contabilidad comercial en libros

y en carpetas. Y cuando, también menajera excelente, dentro de un orden

que la deja tiempo para todo, prepara junto á la cocinera platos y

helados y dulces exquisitos que luego devoramos con Leopolda, vuelve á

repetirle á mis sorpresas:--«¡Ah, sí, mi madre me enseñó. Leopolda me

enseñó.»--Besa á Leopolda; paga mis felicitaciones de besos besándome

delante de ella locamente, y mientras Leopolda sonríe nuestra dicha, yo

recuerdo que Rocío se sabe amada con pureza tal que no se inquieta de

que algunas mañanas entre Leopolda á nuestro cuarto á despertarnos y la

vea salir del lecho al baño completamente desnuda de su sueño junto á

mí.

Igual que funde á nuestra vida viva la memoria de cariños suyos

sublimados por la muerte, funde sus fervores de cristiana á sus cultos

de pagana en un mismo sentimiento. Por eso se ha acostumbrado á dormir

desnuda, á andar divinamente impúdica de candor y de inocencia por la

intimidad de nuestras estancias, y lo mismo si llora el niño salta del

baño hacia la cuna de la contigua alcoba para darle de mamar, envuelta

apenas por el ropón de felpa, que desnuda, arrancada de las guirnaldas

de mis besos, se arrodilla en sus saludos matinales á la Virgen.

«Venus idealizada por el místico resplandor de la Concepción»--díjela

una vez al encontrarla así, recordándola mi ensueño; y me repuso:--«Sí,

tienes razón. A la que nos ve, es preciso que yo la diga que sé que sabe

que puede verme inmaculada por la Vida entre tus brazos».--Ora, pues,

ella, cuando reza, cuando rinde el corazón al recuerdo de sus padres,

cuando dedica al trabajo el pensamiento y hasta cuando ama con el alma

de su carne encendida en el placer: y esto último no se lo entendería

más que como pecado el cura á quien óyele la misa los domingos y con

quien nunca se confiesa.

¡Bella y delicadísima salvaje ganada plena por la Vida, al fin, en la

rebeldía á toda traba torpe!... Viene de tanta esclavitud, que hállase

encantada de poder amarlo todo confiadamente desde mí--según quería su

madre; y como sus galas de muñeca están guardadas no sé dónde, sus

etiquetas y falsas cortesías, alambres que forzábanla á moverse, están

contados de su ser. Otras que las de bajar cancillerescamente una

escalera y manejar á la moda el tenedor, las difíciles cortesías de

nuestras almas. Somos del bosque, de las praderas, del jaral, como las

perdices y las ciervas. Nuestros rostros se curten al dorado fuego de

los vientos. Así mordemos las naranjas que rebosan su zumo en nuestros

labios; así la miel nos sabe á miel y la comemos en moreno pan, á leche

la leche que en las majadas bebemos en los cuernos y la vida á vida

pura.

Una rabia por deshacer lo artificioso, hundiéndonos en la rusticidad de

lo sencillo. Nos gusta correr, reír, tirar tiros, aspirar el olor de los

establos, tendernos en la yerba. A las esencias de los pomos de cristal,

preferimos la esencia de los juncos. Se sienta Rocío conmigo al pie de

la ribera, en un tronco, á escuchar, con más devoción que los de Wagner,

los conciertos de las ranas--porque son la música de Dios--, y cuando en

el selvático antojo de sudar y de rendirnos, sin miedo al sol y

espantando los lagartos, escalamos las montañas, es néctar al que se

dobla de bruces nuestra sed el agua que entre helechos vierte la poceta

de algún cancho á la sombra de los robles.

Solemos encontrar á un cabrero que no ha querido abandonar su chozo de

los riscos, y que llámala de _tú_, y la place á Rocío reír y conversar

con él perdidamente. Es tan viejo, que apenas ya puede trepar tras las

cabras. El se corta las correas para sus vestimentas de pellica y se

fabrica abarcas y calcetas. Nunca salió de estos contornos, ni de su

edad tiene otra idea que la de haber nacido cuando «hubo un cólera muy

grande».

--Pero, tío Nieves, ¿no sabe usted qué hora es, ni el año en que

estamos, ni si es martes ó lunes?

--¿Pa qué, niña, cuidiaos? ¿L’has visto tú al perro relor ni

candalarios, por una casual?... ¡Pus no tengo que dir á levantarlo si

viene el lobo ó husma á mano qué come!...

Dichoso como el perro, recio también más que el perro, explícanos la

filosofía de su existir, encerrada en pocas normas: si tiene gana, come;

si tiene sueño, se tumba; cuando sale el sol, es «qu’amanece», y si

siente frío échase encima la manta y será que «s’acabao la buena

temporá».

Le dejamos, pensando que sobre las peñas y bajo el cielo azul dejamos

una felicidad que forjó la Naturaleza, y al llegar á nuestro _chalet_ y

encontrar periódicos y revistas de Madrid, que no leemos, pero cuyos

grabados nos distraen unos instantes, los lujos cortesanos de algún

salón con sus hombres de frac y sus damas escotadas nos parecen un

absurdo. Tan lejos de la barbarie se han ido para llegar á otra barbarie

de plumas y de joyas, en busca de la felicidad, que ya no sabrían ni

comprender la del cabrero.

Tal vez el término justo no consistiese en más que quitarle al uno las

roñas del cuerpo y de la cara, obligándole á bañarse en agua y

pensamiento, y á los otros las del alma, obligándoles á bañarse en

sencillez y en inocencia.

Rocío cierra compasiva el periódico, y su compasión de ángel á las vidas

y á las cosas háceme seguirla á un establo, convertido para un pobre

becerrillo en hospital. Se despeñó, se rompió una pata y le curamos: yo

sujeto al rebelde por el cuello; ella le lava y le aplica el algodón;

pero á veces se debate, salta, lucha y acaba por tirarnos al lecho

húmedo de paja... ¡No importa! Reimos, sacudiéndonos. Rocío dice que

pronto podrá vencerme el pulso y cargarse un costal de trigo, como los

gañanes.

Un día la sorprendí entregándole cincuenta pesetas á una forastera que

vino á pedirlas, llorando, como ya otras de su aldea y de otras

circundantes, para ir á que operasen á una hija suya en la ciudad; al

verme la caritativa, se avergonzó, tal vez porque sabe que yo hubiese

dado el doble... Y este es el ángel, ruboroso de su piedad misma, de

quien la infamia social pudo hacer la querida miserable que en Roma, á

escondidas del esposo, le entregaba dinero á un asesino.

* * * * *

Madrid. Roma. Nueva York.

¡Oh, sí!

¡Qué lejos estamos de vuestro vértigo, de vuestra crueldad, de vuestros

crímenes!

La Naturaleza es nuestro templo abierto de Dios y de la vida.

La Naturaleza nos infiltra de santidades de romero y de Universo,

arrancándole letanías de adoración á nuestra enorme gratitud. Porque la

Naturaleza es toda ella bondad, toda ella belleza, toda ella candor;

porque la Naturaleza es la única religión de altísima moral capaz de

condenar con sus dulzuras el extravío de crueldad de los humanos.

Sí sé por qué: Novela · 第 22 / 27 题