VI

«NOTAS DE LA EX CONDESA DE MONTSALVATO»

Nací en Veracruz hace veintidós años. Cesárea Fernanda, por nombre de

pila. Mi padre era de origen español; mi madre, norteamericana. Le debo

á él mis cabellos negros y el fondo meridionalmente apasionado de mi

corazón, y á ella mis ojos claros y la fe serena de mi espíritu.

Se deslizó mi infancia en la dulzura de un hogar donde no recuerdo que

mis padres trataran casi á nadie. Ídolo de los dos y muñeca de las

inteligentes adoraciones de mi madre, ella me adornaba y me vestía, ella

me mimaba, ella exclusivamente me educaba y con ella aprendí los

domésticos cuidados y los idiomas y las cuentas que, desde bien niña,

permitiéronme ayudarla en su dirección de la correspondencia comercial y

de los libros de negocios. Nos acostábamos á las diez, nos levantábamos

al alba; juntas, rezábamos en nuestro cuarto de baño, mirando el cielo

del jardín, y juntas íbamos á la iglesia los domingos y luego á ver el

mar--á cuyo opuesto lado estaba mi padre con frecuencia.

El mundo figurábaseme una cosa tan vasta y limpia como el mar, tan

limpia y noble como mi casa, multiplicación de mi casa misma en un edén

abierto á los espacios y en el que el dolor y la maldad nunca hubiéranse

excitado. Gentil ilusión infundida en la niña por quien, creyendo poder

siempre ampararla con su amor, iba abriéndola el alma á los bellos

agrados de Dios y de la vida, sin entenebrecérsela siquiera con esos

terrores de los cuentos de ladrones y fantasmas que todas las madres les

cuentan á sus hijos. Así, á los doce años tuvo que ser enorme y como

absurda la primera conmoción del dolor en mi sorpresa con la muerte de

mi madre.

Golpe fatal para todos. Mi padre debía continuar sus viajes á Roma, á

Nueva York, á Nueva Orleáns, y, á medio formar mi educación, no quiso

confiarme á la antigua sirviente que tuvo que encargarse de la casa. No

habiendo buenos colegios en Veracruz, me llevó á uno de Nueva Orleáns,

ciudad por él muy frecuentada; y sus presencias allí, aunque breves, y

sus cartas, fueron mi consuelo. Cartas en que el dolido amor del ausente

mitigaba cada día un nuevo dolor de mi inocencia. Aunque de niña, era ya

aquello el mundo de la realidad, que me iba hiriendo á alfilerazos; y

hasta que me habitué, hasta que aprendí á ahorrarle la fatiga de mis

quejas á mi padre, sus cartas tuvieron que ser algo así como las de un

ideal enamorado que quería guardar mi alma para él, aterrándola con la

verdad, y aun tal vez la exageración, de las crueldades de la vida. Mi

dolor se refugiaba en su recuerdo, en el cariño de las monjas y en el

altar de una Virgen; pero á la luz de las estrellas, en la majestad de

las noches, evocando á mi madre, lloraba de no poder amar amplia y

candorosamente la vida, como ella me enseñó.

A los diez y seis años dejé el colegio. Mujer ya vestida de mujer, me

consagré á aquel padre infeliz cuya viudez le había minado la salud y en

cuyos ojos leía yo su miedo de morir y dejarme abandonada. Más de una

vez, en los viajes á que me llevó y en sus esfuerzos por hacerme

frecuentar en Nueva York la sociedad, vislumbré sus ansias de

encontrarme un digno marido; rica, no habría sido difícil; pero mi

ambición cifrábase en continuar la humilde vida á que habíame

acostumbrado la reclusión de mi niñez y la reclusión de mi convento.

Para aguardarle en las ausencias, me bastaba Ana Leopolda, la

sirviente--leal, buenísima, viuda de un torrero de faros holandés, y que

había puesto en mí el cariño de una hija (Rocío) que perdió también

cuando pequeña. La llamábamos Popó por familiar abreviación.

Los negocios de mi padre consistían en la importación y exportación de

caucho, algodón, maderas, café y petróleo. Su corresponsal más

importante era el marqués de Scoppa, linajudo prócer italiano, cuyo

hijo, el conde de Montsalvato, completábase la educación mercantil

viajando por América; llegado éste á Veracruz, fué acogido cordialmente

en nuestra casa.

Era un joven guapo y elegantísimo, de una corrección irreprochable. Su

anunciada estancia de tres días, dedicada á visitar los almacenes y

centros productores, se dilató á casi un mes. Yo parecía haberle

impresionado desde luego; pero supo mantenerse discreto para no

requerirme de sentimiento alguno que no fuese la amistad. Debo confesar

que me halagó su conducta, tanto como su arrogantísima figura,

impregnada de cierta melancolía y dulzura principescas, y que

correspondí á las cartas y postales que durante todo el invierno me

envió desde Nueva York y Filadelfia.

Inesperadamente volvió á presentarse en Veracruz y le solicitó á mi

padre mi mano, manifestándole el deseo de efectuar la boda (para lo cual

se había provisto de los necesarios documentos y permisos familiares)

con tal celeridad, que yo hubiera de seguirle inmediatamente á Europa.

Mucho aturdió á mi padre la sorpresa, y no menos hubo de aturdirme y

casi desagradarme á mí; porque por lo mismo que en mis vagos sueños pudo

haber entrado la no imposibilidad de ver á través del tiempo trocada en

más que de amistad aquella cortés correspondencia, heríame que el hombre

delicado aspirase á la brusca adquisición de mi cariño al modo de la de

una cosa comercial. Sin embargo, él, con su acento comedido, me explicó

tal vehemencia achacándola á la del amor que sentía por mí y á la

dignidad que le vedó descubrírmelo, como huésped de mi casa; mi padre,

por otra parte, conocedor de la honorabilidad del marqués de Scoppa, no

encontraba reprochable en la conducta del hijo más que, si acaso, su

excesiva cortesía, su excesiva corrección--y acabó por vencer mi

resistencia en su afán de situarme con un hombre distinguido y

laborioso. La pena de nuestra separación quedaba compensada para el

pobre enfermo que no lo parecía, para el pobre enfermo del corazón, más

grave de lo que yo imaginaba en su complexión aparentemente fuerte, con

la circunstancia de ser Roma una de las ciudades adonde le llevaban cada

dos ó tres meses sus negocios.

* * * * *

A la boda concurrió el marqués, cuyas bondades me encantaron. Durante

los preparativos de ella, creí también confirmar en todo la excelente

educación del conde: sus maneras selectas; su ilustración, que le

permitía opinar con breve seguridad en no importaba qué cuestiones; la

sensibilidad de su alma á la moderna, liberada de aristocráticos

prejuicios é inclinada á amar lo dulce, lo modesto, lo sencillo.

Vuelto á Roma el marqués, partimos para Nueva York los recién casados.

Luna de miel harto extraña, por su misma violencia pasional y por

ciertos hábitos y rasgos de carácter que en la intimidad le fué

descubriendo á Guido. Aficionado á los licores y al éter, con los cuales

exaltábase su fondo de indolencia taciturna á una vida artificial,

inyectábase después morfina ó absorbía grandes dosis de cloral para

calmarse la excitación de los insomnios. Irritable en demasía, todo lo

hallaba ridículo ó ingrato: los museos, los enormes edificios, la

fastuosa insolencia de los grandes potentados que solíamos ver en la

ópera. Como potentados, sin embargo, él nos había instado en el mejor

alojamiento del mejor hotel, y por la menor cosa trataba á los criados

con dureza. Sólo á mí envolvíame en atenciones excesivas, como á una

niña que necesitase protección y guía á cada instante: al pasar una

puerta jamás dejaba de adelantarse á abrirla por su mano, no olvidaba

ofrecerme el brazo al bajar una escalera, y temía que en la calle me

atropellasen los coches ó que en las tiendas me engañasen, si no

intervenía él con su elección, acerca de la finura y el _buen gusto_ de

un dijecillo, de un abanico, de un sombrero que compraba. Incongruente

siempre, llevábame á media noche á cenar en los restoranes de cocotas, y

me contaba cuentos é historietas de inocencia encantadora..., en tanto

una tras otra iba apurando copas de coñac.

Pero las consideraciones infantiles, las fraternales sonrisas y las

tiernas delicadezas del hombre de veintiséis años á la niña de poco más

de diez y ocho, cambiaban radicalmente su cariz en cuanto nos recogíamos

al hotel. Guido bebía éter, me lo hacía beber á mí, y me obligaba á

fumar cigarros turcos, igual que me había obligado á tomar con él cloral

por las mañanas á fin de calmar las extenuaciones de las noches con unas

horas de narcótico descanso. Noches tremendas, horriblemente intensas de

placer brutal, y de las cuales no olvidaré nunca el estupor de mis

candores. Esposa demasiado inocente para poder juzgar en el mundo de

nuevas impresiones á que se me había lanzado de improviso, un instinto

de mi carne estremecida gritábame el ultraje á cada extraña caricia de

Guido, presintiendo en ellas la locura. Mas era mi marido, era el hombre

de inflexibles dignidades que me adoraba y no querría manchar á su mujer

de perversión, y la protesta de mi alma, cuando agotada y muerta

recobrábala en las hondas vergüenzas de mí misma, desvanecíaseme á la

consideración de que todo aquello debería de ser la íntima realidad del

matrimonio.

Guido me ofrecía cloral, volvía á ser el espiritualísimo hermano que se

levantaba á llevarme la cofia y la camisa porque no me molestase

enfriándome los pies, que sacaba de la alcoba las flores que pudieran

darme dolores de cabeza, que ahuecábame la almohada, que me contaba otro

cuento de inocencias al dormirnos á la luz del alba que filtraban los

balcones...; y despiertos de nuestro forzado sueño á las pocas horas, ó

tornábame al agudo infierno abrasador de sus caricias, para tratar de

pedirle luego á la morfina y al cloral nuevos letargos, ó nos

levantábamos y nos íbamos en un coche á reponer nuestra pálida fatiga

por las frondas de los parques...

En Roma, la familia de Guido, excepción hecha del marqués, me recibió

con fría curiosidad. Dijérase que esperaban en mí á una salvaje cubierta

de plumas de avestruz. Como si lo fuese, al menos, se me vigilaba en la

mesa y se me presentaba á las visitas temiendo que cometiese

inconveniencias. Se nos alojó en un departamento de la vetusta casa

solariega, más que de abundancias de dinero surtida de coronas y de

escudos, y yo me moría de pena entre los secos orgullos de tal gente,

entre los viejos muebles de caoba y bajo los apolillados artesones.

Aunque sabía por mi padre que el marqués de Scoppa no disponía apenas de

otras rentas que las de su trabajo, lo cual habíale constituído feliz

augurio á la hija del trabajador infatigable..., los desprecios de mi

marido á las magnificencias de Nueva York me habían llevado á imaginar,

ciertamente, una Roma mejor que aquella Roma y un palacio mejor que su

palacio.

Nueve hermanos. Él, el primogénito. Mi suegra y mis cuñadas, las dos

mayores, celosas de la impresión que yo causaba, celosas de cualquier

alhaja que llevaba á los teatros, celosas de «mis mejicanas riquezas»

que humillaban su económica estrechez..., trocáronme en franco

menosprecio la tolerancia hostil cuando Guido hubo de declararlas que no

ascendía la dote de mi madre, precisamente, al fabuloso caudal de un

Moctezuma. La _india_, según oí que de unas á otras me llamaban, perdió

sus últimos prestigios. No hubiesen perdonado mi plebeyez sin una lluvia

de oro que, redimiendo á Guido, volviéselas á ellas también más ó menos

directa y desagradecidamente á la opulencia.

Sin embargo, Guido se apresuró á comprar un automóvil, y aprovechándolo

les fué á las vanidosas posible desentenderse un poco de la servil

estimación que, por lucirse en el de ella, rendíanle á una encopetada

pariente (prima del marqués), llamada Bianca, marquesa de San Bassano.

Blanca les constituía el único nexo con el mundo aristocrático que les

cerraba la falta de fortuna. Alta, cínica, separada del marido, y de una

gentileza no mal conservada en sus cuarenta años, gozaba de enorme

libertad y de una intimidad en nuestra casa, especialmente con Guido,

que me chocó--aunque él me la explicaba por el afecto que debiérala como

á una tita discretísima, como á una especie de segunda madre cuyo

consejo le guió desde pequeño. Aparecía á cualquier hora de la mañana ó

de la tarde, y se instalaba con nosotros ó nos llevaba á conferencias y

conciertos.

Simpática, empezó por mirarme recelosa y acabó por cultivar mis

simpatías. De ella era la única asidua afabilidad que íbame restando en

aquel ambiente donde el bondadoso y triste marqués de Scoppa no

permanecía sino lo preciso á las horas de comer, y en el cual hasta mi

marido retirábame las suyas según absorbíaselas su madre, según se las

consagraba á la extraña tita que para leer ó conversar de arte y de

ciencias rodaba con él por los rincones.

A cada encubierto desaire, á cada grosería de mi suegra, tan torpe que

me lo juzgaba á mí lo necesario para no advertírselas, sólo Bianca, ó el

noble marqués, si hallábase presente, suplicábanme indulgencia á miradas

de piedad; mas como Guido no encontraba siquiera un gesto de reproche

para la burla que en presencia suya me inferían, yo me recogía á mi

cuarto, á llorar..., y sólo podía ser mayor mi desconsuelo cuando él, al

fin, iba de raro modo á consolarme.--«¡Discúlpala! ¡Discúlpala! ¡Me

quiere tanto mi madre!»... Pasábame la mano por los hombros, con la

lástima que pudiese merecerle un perro castigado, y yo lloraba más...,

lloraba más al sentirle partir á pretexto de que esperaba Bianca en el

salón...; y yo hube de llorar aún muchísimo más una vez en que,

ampliando su franqueza, quiso, sin duda, arrancarme más sinceros los

perdones: tras nuevas protestas del fanático cariño de su madre, me

declaró que «habíala disgustado nuestra boda, porque rompió su ilusión

de casarle con alguna alcurniada millonaria».

¡Ah, sí, inicuos procederes y consuelos espantosos de gentes sin

corazón, que ahondaban hora tras hora la sima en que me veía caída sin

remedio!

* * * * *

Confié en la posibilidad de corregir á Guido á fuerza de ternura, así

que nos viésemos libres del influjo de su casa; tomamos la nuestra en un

hermoso edificio de la Vía Nazionale, y en verdad que durante los

preparativos de la instalación creí que hubiera ido á realizarse mi

esperanza.

En muchos días no se me apartó, consagrados ambos á recorrer tiendas de

muebles y tapices, dedicados después á ordenarlos en estancias y

salones, y bellamente absortos, por último, en completar los adornos con

tal esplendidez, según él lo quería, que la envidia hizo desertar á su

madre y sus hermanas ante aquel lujo claro y moderno. Junto al garage

del automóvil, una cochera recibió un landó con buen tronco de caballos.

«--¿Qué te parece, nenita?»--consultábame á cada cosa el que, rendido de

la tarea, no necesitaba ya del cloral al acostarse; y yo, que, experta

en números, me hallaba inquieta por las enormes discordancias de tales

gastos y mi humilde capital, callábaselas, y, aun mejor, le animaba en

todo, contentísima de un derroche que á tiempo, y como Guido mismo,

podría enmendarse.

Desgraciadamente, la invasión de cocineras y criados, de la madre y las

hermanas otra vez, de Bianca de nuevo, volvió á precipitarle en su

mezquina realidad. No portaba por las oficinas de su padre; prescindía

de mí como de una necia incapaz de entender las «cultas conversaciones»

entabladas con su tita y los demás, y después de los teatros me dejaba

en casa y desaparecía con el auto, para regresar de madrugada, borracho,

y despertarme raras veces al horror de sus caricias.--Una tarde, ¡oh, el

altivo, que trataba á puntapiés á los sirvientes!, le sorprendí besando

á una doncella; echada de la casa tras el natural disgusto en que él, no

pudiendo disculparse, casi me injurió..., pocas tardes después Bianca y

yo le encontramos por el Corso, en un coche, con ella, vestida á pleno

lujo.

Y todo esto en cuestión de tres ó cuatro meses, completándome la

revelación de aquel hombre, lo mismo que sin transiciones al salir de

Veracruz hubo de comenzar á mostrarme sus cambios sorprendentes,

increíbles...; y de todo esto tan triste, yo no le contaba nada al pobre

padre mío, que creía en la dicha que seguían fingiéndole mis cartas, y

al cual, de otra manera, hubiesen abrumado los remordimientos del afán

con que me indujo á semejante matrimonio.

Guido, por lo demás, indiferente á la mudez sombría en que yo encerraba

mi dolor, ansioso de lucirme con él algunas veces, y no negado nunca al

«buen tono» de sus extremos corteses, continuaba abriendo las puertas

ante mí y dándome cancillerescamente el brazo al subir ó bajar las

escaleras.

* * * * *

Acompañados de la tita Bianca, emprendimos un viaje al llegar la

primavera. Niza, la primer etapa. Fué una fatigosísima peregrinación de

ciudad en ciudad, de sitio en sitio, durante la cual yo quedé bajo la

protección de ambos como una niña tonta. Me hallaba encinta, y, sin

consideraciones á mi estado, el afán insaciable de los dos hacía cuanto

las guías les señalaban de notable, hacíame seguirles de teatro en

teatro y de museo en museo, ó, en mulo, á lo mejor, á los picos de los

Alpes. Sus charlas (entre ellos ó con cualesquiera que encontrábamos),

eran de lo más vacío que cabe imaginar, no obstante sus pretensiones de

elegancia y trascendencia. En efecto, de mi marido, que á primera vista

impresionaba como un hombre culto porque hablaba de lo humano y lo

divino, yo sabía ya que toda la ilustración reducíase á su voraz lectura

de periódicos y revistas extranjeras; y los dos, en punto á arte y á

historia, no hacían sino repetir las vulgaridades del Bœdecker: el

estilo de tal arco ó de tal templo, el origen de tal histórico castillo,

las bellezas de tal plaza, las tales estatuas y tales cuadros y óperas

de Fidias, del Greco, de Wagner... Repetían y glosaban lo mismo tantas

veces, alternándolo con largas disquisiciones sobre automóviles y perros

y caballos, que yo tenía que escucharles en silencio sin acertar á

ponerme á tono con tanta necedad. En cambio, eso sí, él me reprendía

correcto sobre el modo mío poco distinguido de tomar el cuchillo, el

tenedor, y ella de cuando en cuando y compasivamente me dirigía

preguntas en varios idiomas para que yo las contestase y no me juzgaran

las gentes idiota por completo.

Así y todo persistía siendo la de Bianca la única afabildad con que

contaban mis tristezas; y en París, donde nos estacionamos algún tiempo,

multiplicando la vida de actividad al acudir á todas partes, ella fué mi

socorro en un trance que me puso á punto de morir. A las fatigas del

largo recorrido por Suiza y por Bélgica, uniéronse las propias de la

gran capital; y «por buen tono», siempre por «buen tono», aumentándolas,

discurrió Guido que yo aprendiese equitación, á fin de que elegantemente

recorriésemos los tres á caballo el Bosque de Bolonia. Tres mañanas en

un picadero, tres mañanas en el Bosque, yo junto á ellos como

improvisada amazona, trotando, galopando..., y, á la cuarta, el lecho

del hotel y el grave aborto de la pobre destrozada. Los dos primeros

días Guido y Bianca me cuidaron, compitiendo en atenciones; pero desde

el tercero él no se resignó al augurio del doctor acerca de que no

podría levantarme en muchos más, y lanzóse á los encantos de París,

dejando á la tita á mi cuidado.

¿Qué dolor parecido al mío sintió Bianca ante el abandono del que llegó

á faltar noches enteras?... No lo sé; pero me veía llorar, y so pretexto

de que mi inocencia perdonara, como ella, muchas cosas que de otro modo

encontraría siempre incomprensibles, se puso á revelarme el carácter de

él, deducido de su vida de soltero, y la inmunda historia de su madre.

Más aun que por la escasez de fortuna--á decir de Bianca--, la familia

de Guido hallábase distanciada de la alta sociedad por la discreción con

que el marqués de Scoppa hubo de recogerse en el aislamiento con su

mujer, antigua cómica á quien habían hecho célebre su desvergüenza y su

hermosura, querida de todo el que la quiso y la pagó, y con la cual, al

serlo suya últimamente, retirada á un campestre palacete en Montsalvato,

fué teniendo hijos--cuyo amor, al cabo de los años, impulsó á casarse al

más que generoso. Improvisada marquesa, la ex cómica, sintió á la vez la

invasión de los orgullos de una _parvenue_ y las iras de sus frustradas

ambiciones en el borde mismo de la vida de grandeza; quedó, pues, como

una especie de rabiosa loba presa en un cepo aristocrático; y si el

caritativo marqués supo evitarla el ludibrio social entre las gentes de

su clase, no supo impedir que los odios secos de la bestia á todo, á

todo lo del mundo, hacia lo de arriba porque no podía llegar, hacia lo

de abajo porque recordábala demasiado crudamente su indecencia,

transmitiérase á los hijos en la incongruente educación que les fué

formando con las finas y nobles maneras del padre y los instintos de

rencor y las toscas insensibilidades de la madre.

Guido (el predilecto de ella) resultaba su más lamentable víctima.

Cifrados en el niño gentil y luego en el joven arrogante sus ensueños de

desquite, el padre encaminábale al estudio y el trabajo--tanto menos

eficazmente cuanto más la madre imbuíale ideas de señorío, entregábale

dinero para que honrase su rango, en lo posible, y, tras de hacerle

conferir uno de los familiares títulos, acariciaba el pensamiento de

casarle con cualquier dama linajuda.

Espoleado Guido en tan inversas direcciones, habría ido cumpliendo su

forzoso papel de negociante de peor gana que su papel de aristócrata de

fuste; habríase mantenido en las ambiguas elegancias de una vida de

disipación, que le ofreció más aventuras al hombre guapo que novias

princesas al conde sin dinero, y, «buenísimo en el fondo--según

Bianca--, había venido últimamente á dar en una suerte de demencia

lujuriosa que hacíale desear ávido toda clase de mujeres y conocer todos

los vicios».

* * * * *

«Íntimamente»... Y ¿cómo sabía Bianca lo que Guido fuese «íntimamente»?

Quizá por experiencia conocería tan bien sus intimidades, que, al

escucharla, yo le había visto retratado en su miserable proceder conmigo

propia. No cabían más engaños para mi candor después de aquellas

revelaciones, y comprendí espantosamente claro y de una vez: Guido era

un fracasado negociador del matrimonio de honores y riquezas que habría

constituído su obsesión, y que al precio de su libertad, ya inútil, y

con la compensación siquiera de mis cien mil duros, pagó el cuerpo de la

plebeya que no habría de otra manera podido obtener un nuevo capricho de

su vicio. Saciado de mí en los brutos treinta días de Nueva York, desde

que llegamos á Roma y á los absurdos orgullos de su madre, yo quedaba

reducida á una estúpida intrusa que le había otorgado sus favores y á

quien el gran señor habría incluso de despedir si no necesitase mi

dinero.

Fluctuando como nunca entre las dudas de que Bianca fuese solamente una

tita cariñosa que querría guiarle y le pensara dejar su capital, ó una

antigua amante que en el otoño de la pasión y con tal de no perderlo le

pasaba todo al vicioso incorregible, volvimos á nuestra casa--donde

Guido organizó unos «artísticos» almuerzos, por él llamados

«intelectuales», y presididos por Bianca, en honor de yo no sé qué

bohemia laya de tiples de ópera, de pintores extranjeros y de jóvenes

poetas y sabios, que, á mi juicio, se burlaban disimuladamente de las

pedanterías de los dos..., no sin devorarme á mí, de paso, con los ojos.

De sus dos ó tres viajes á Roma, mi padre se llevó la ilusión de una

ventura mía tanto más fácil de mentir, aun en su presencia, cuanto más

amable y digno parecía seguir siempre mi marido con su _correcta

educación_.

* * * * *

Al año y medio, estábamos arruinados; ó lo que es igual, Guido había

dilapidado hasta el último céntimo de mi dote. Tuvo que vender el coche,

el automóvil, los lujos de la Vía Nazionale; y con un par de sirvientes,

tal que á una querida que se asila porque no muera de hambre y de

abandono, me recluyó en la campestre Villa Montsalvato, situada en el

tranvía de Grottaferrata, no lejos de Frascati, á una hora de Roma.

Aunque él se instaló conmigo, vivía realmente en la ciudad, y cada vez

más de tarde en tarde iba á verme y á llevarme algún dinero. Hacíame

escuchar terribles cosas de «mi plebeyez», de «mi pobreza», de «la

oportunidad de que me volviese á mi país, ya que él, no pudiendo con su

trabajo sostenerme, no debía tampoco imponerle á su madre que me

recogiese de limosna»... Y en una de aquellas ocasiones me dejó tan

desesperada y locamente ansiosa de volver junto á mi padre, que, porque

éste no demorase ni un momento el llegar á recogerme, le escribí una

larga carta contándole todo mi calvario.

La respuesta fué un cablegrama anunciándome que había caído enfermo, y

que hasta que él, pronto, pudiera emprender la travesía, enviábame á

Popó. Un augurio me hizo comprender horrorizada que la impresión de mi

carta habría herido gravemente al enfermo del corazón...--y, en efecto,

cuatro días después, firmado por un dependiente, pues que ya, Ana

Leopolda hallábase en el mar, otro cablegrama avísame su muerte.

¡¡Su muerte!!... No quisieron creerlo mis ojos de loca, que negábanse á

llorar.

¡Yo le había matado!

* * * * *

Llegó Leopolda.

Guido fué á Méjico á recoger la no pequeña herencia.

* * * * *

Y pasaron, pasaron los meses. Ya sin padre, y dándome lo mismo continuar

en Montsalvato que en otro lugar de las soledades del mundo, vi con la

impavidez de una estúpida que mi marido reincidía en las disipaciones

que hubieran de lanzarme definitivamente en la miseria. Vuelto junto á

mí, y adquirido otro automóvil y dos caballos, en que inútilmente

intentó que, como en París, le acompañase á pasear (sin duda, le

_componía_ en «buen tono» mi figura), partía con el suyo en busca de

Bianca, y juntos tornaban muchas mañanas para cumplimentar, entre los

renovados lujos del hotel, los «intelectuales» almuerzos ofrecidos con

más fausto á los artistas, á los bohemios extranjeros, á los poetas, á

los sabios.

Me forzaba á presenciarlos, con mi lúgubre mudez. Lo demás del tiempo

pasábalo con Popó en la triste paz de mis estancias--en tanto que unas

veces Guido desaparecía por varios días de Montsalvato, buscado

desoladamente por la tita, y otras, prescindiendo también de mí y de mi

dolor, ella lograba monopolizarle, y ambos tocaban el piano en el salón

ó refugiábanse á leer en la profunda biblioteca.

Pero sobre la índole del afecto de los dos, y acerca de la condición de

los comensales de los almuerzos, empecé á recibir acusaciones

concluyentes. Anónimos, inicuos como cuanto me rodeaba en el ambiente de

asfixiadora iniquidad, sin duda escritos por cualquiera de aquellos

sabios y poetas que en la mesa me miraban con ansiosos disimulos.

Delatándome los amores de Guido con las aparatosísimas artistas, ó

llamándome «inocente y tonta», que ignoraba lo que toda Roma sabía de

Guido y Bianca, públicos amantes desde largos años, me citaban á tal

hora de tal noche y en tal sitio para sorprenderlos y «vengarnos» luego

en la misma moneda de traición.

Leía estos anónimos, los rompía con igual sardónico desdén hacia sus

autores que hacia las artistas y Bianca y Guido..., y solamente cuando

otra directísima acusación llegó á herirme en otro santo sentimiento más

vivo que los celos, me resolví á dejar mi indiferencia: una de las

«artistas», en un almuerzo, bien porque á su desaprensión nada le

importase ó porque desconociese el origen de lo que, regalo de Guido,

lucía ante mis propios ojos, llevaba una pulsera de esmalte negro y de

brillantes que había sido de mi madre.

A mi dura queja, cuando estuvimos solos, confirmada por la falta de la

pulsera en el joyero, Guido trató cortés, primeramente, de hacerme

pensar que estaría engañada, que habría perdido la mía y que pudiese

otra parecérsele..., y, al fin, montando en cóleras de gran señor, como

un bofetón ó un salivazo me echó por cara «la plebeyez mía tan ruin que

le creyera en su misma casa, ladrón de baratijas despreciables...»

Me limité á guardar mejor mis reliquias de recuerdo, y llorando,

llorando con Leopolda, volvimos largamente á meditar proyectos de

separación que nunca maduró nuestra ignorancia de cómo ni á nombre de

quién tendría Guido situado mi dinero. La idea de ser yo la que

revolviese como una ladrona en sus papeles, ó de provocarle con tal

objeto á una previa explicación, me repugnaba.

* * * * *

Un día apareció con un extranjero, «noble conspirador reclamado por la

policía de su país», y á quien Guido bajo palabra de honor había

prometido secreto amparo en nuestra casa. Era Jacobo Wanscka. Alto,

tétrico, moreno, de negras barbas, de unos cuarenta y cinco años;

hablaba poco y cifraba su distinción en rendir á cada instante

profundas reverencias. Iba sin un cuarto y vestido desastrosamente, y

tras de alojarle en una buena habitación, Guido le facilitó ropas suyas

y le sentó á la mesa con nosotros. No sé de qué ni dónde le hubiera

conocido; pero tanto él como Bianca, admiradores de lo _artístico y

genial_ dondequiera que lo hallasen, otorgáronle pronto un respeto de

adoraciones al que, diciéndose químico eminente, inventor y ex profesor

de ampliación de estudios sociales en Budapest, no era quizá sino un

profesional de la aventura que, como cuantos viven al azar, sabía un

poco de todo, y mal que bien había ejercido distinta profesión en cada

parte. Así «por sus ideas liberadoras forzado perpetuamente al destierro

y al incógnito, había tenido que ser maestro de lenguas en Rusia,

barítono de ópera en Hong-Kong y maestro de equitación y de esgrima en

Río Janeiro».

No sólo Bianca y Guido se extasiaban oyéndole hablar sentenciosamente de

filosofía y de sus viajes por el mundo, sino hasta dijérase que copiaban

la seca majestad de su voz y de sus gestos. Especie de rey gitano caído

en la desgracia, «que soportaba dignamente».

Tan dignamente--en opinión de Guido--que éste discurrió dignificarle la

estancia en Montsalvato con un sueldo, á pretexto de que me

perfeccionase á mí en la equitación y me instruyese en arte y filosofía.

«No se le podía dar á aquel hombre dinero para sus necesidades como á un

mendigo; yo, por otra parte, estaría harto necesitada de completar mi

social educación». De nada sirvieron mis protestas. Y como la desocupada

vida de la tita y el sobrino apasionábase por todo lo mentecato, Bianca

llevó otros dos potros de sus cuadras, y los cuatro comenzamos una serie

de paseos campestres en que, al menos, se le respetó á mi luto la

voluntad de no exhibirme en Roma. Por las mañanas, pues, á caballo; por

las tardes, una hora de lección de estética, á la que también concurrían

atentísimos los dos--y que me hizo pensar si, con disculpa mía, la

hubiesen dispuesto realmente para ellos.

Sólo que incapaces de cualquier orden, de cualquier esfuerzo sostenido,

antes de concluír una semana me abandonaron al extraño profesor. Claro

está que yo asimismo le abandoné á él, y que quedaron interrumpidas las

lecciones. No le vi por unos días más que en la mesa, donde hice

concurrir á Ana Leopolda. Guido volvió. Se enteró. Se incomodó mucho.

Contra las razones que le aduje sobre mi poca gana de paseos, y,

principalmente, sola por los campos con un desconocido, contestó «que

aquel desconocido tenía cien veces más decoro que yo misma»; que «aquel

desconocido hallábase al amparo del honor del dueño de ella en nuestra

casa», y «que aquel desconocido, además, un hidalgo en el fondo, en la

apariencia era un maestro de equitación, un serviciario, una suerte de

lacayo con el cual cualquiera dama que supiese serlo no tendría en

hacerse acompañar á caballo más reparo que si lleváselo en el pescante

de su coche»... A título de ejemplo «de buen tono», para vencer «mis

vulgares suspicacias», me recordó las jóvenes elegantes amazonas que

habíamos visto en el bosque de Bolonia acompañadas por un _groom_; y, en

suma, no saldría á caballo, ya que no tenía yo gana de salir; pero,

dispuesto á que no le dejase en ridículo, _exigíame_ la continuación de

las lecciones literarias, aunque no estuviese él, sin la onerosa

vigilancia de Popó en la sala ni en la mesa.

* * * * *

¡Ah, bien! Era Wanscka un hombre «con cien veces más decoro que yo

misma». Las lecciones siguieron. Perspicaz el profesor para saber más

del mundo que no de artes ni de letras, y pronto habiendo podido hacerse

cargo de la desairada situación mía (en modo alguno necesitada de

grandes perspicacias) con respecto á Bianca y muchas más, sus lecciones

consistieron en lecturas y torpes glosas de novelas y de libros, como

_Afrodita_, como _El Satiricón_, como otros de la biblioteca frívola de

Guido, de los que, luego de hacerme oír pasajes escabrosos ó francamente

indecorosos, tomaba pie para filosofar de grosero modo acerca de las

«licencias de la antigua Grecia»; cuando al verme cerrar los ojos de

asco y de dolor pensaba el miserable que mi emoción érale propicia, iba

poco á poco acercándoseme, acercándoseme, acosándome--hasta que yo me

levantaba y me marchaba gravemente.

No podía quejarme á mi marido. Indelicado y tosco el brutal aventurero

para intentar siquiera «mi conquista» de otro modo, yo me resignaba á

volver, á escucharle con desprecio y en silencio, á insinuarle alguna

vez la conveniencia de cambiarle el giro á sus palabras y á encerrarme á

llave por las noches. Todo menos delatarle su conducta á Guido, que

hubiésela achacado á recelos de «mis vulgares suspicacias», ó tal vez,

antes aun que dudar del «hombre de decoros», á provocaciones ó

abandonos de la que sólo fiara en su virtud con guardas de presencia.

* * * * *

Quince días después, parecidos á quince siglos, había cambiado mucho el

aspecto de las cosas. Cuando Bianca y Guido no estaban con nosotros,

Jacobo Wanscka vagaba siniestramente por la casa, como un tigre. Dos

noches seguidas le había sentido llegar á la cerrada puerta de mi

habitación, y la segunda se atrevió á llamar. No me dí por entendida.

Sin embargo, á la tarde siguiente, durante «la lección», comprendiendo

por mi mayor desprecio que le hubiese oído, osó querer buscarme la

disculpa en una dolida declaración de la «noble pasión que le mataba por

la mártir á quien agraviaba todo el mundo»... Le interrumpí, indicándole

que se debía marchar de Montsalvato; no hubo desde entonces más

lecciones, y pérfidamente reducido él á la condición de un esclavo que

me extremase los respetos, otra tarde fué á avisarme que Guido, en la

biblioteca, me esperaba.

Creí que Wanscka hubiese resuelto partir, evitando así nuestra absurda

situación, y que Guido me llamase para facilitarle cualquier cosa

indispensable... Al ir á entrar en la biblioteca, sin ruido por la

alfombra, desde la entreabertura de las cortinas del despacho vi á la

tita Bianca sentada en un sofá, leyendo un libro, con una pierna alzada

al respaldo de una silla de enfrente, que la desordenaba las ropas hasta

el muslo, y al «sobrino» tendido de espaldas y con la cabeza en el

regazo de ella... No quise turbarlos, ¿á qué?...; la indignación contra

las canallas intenciones de Wanscka, principalmente, hízome alejarme,

renunciando á una escena tan ingrata como inútil... Pero debía pasar de

un repugnante asombro á otro, y Wanscka, que me espera en la sombra de

un rincón, saltó á mí y me besó, aprisionada entre el hierro de sus

brazos. Pude huirle, por último..., y le escupí.

Al poco rato sonaba bajo mi balcón el automóvil. Bianca y Guido iban á

salir. Le llamé á él, y, despreocupada de su conducta ante la del otro

miserable que afectábame aún más personal é inminentemente, mi primer

ímpetu fué confesarle todo para que no pudiese vacilar; sino que temí

embrollar la cuestión suscitando los enojos del que á su vez resultaría

acusado y provocando un escándalo complejo por demás, en que todos

estaríamos contra todos, y por simplificar, en mis vivas ansias de

calma, opté por la prudencia.

--Guido--supliqué--; creo que no debe permanecer más tiempo tu amigo en

nuestra casa.

--¿Por qué?

--Porque ni yo necesito sus lecciones, ni, faltando tú tanto tiempo de

ella y siéndote fácil socorrerle en una fonda, es correcto que me

obligues á su estrecha intimidad.

Le impacientaba la prisa por Bianca. La faz fulgurábale de ira.

--¿Cómo, en su estrecha intimidad?--hubo de decirme.

--El come y cena conmigo--traté de suavizar humildemente--; está solo

conmigo por las tardes; anda á todas horas por todas partes á su

antojo..., y, ya ves, Guido, los criados, las gentes, tratándose de un

hombre que no es de la familia y á quien apenas conocemos, acabarían

pensando mal.

Nos hallábamos de pie, lejos el uno del otro; yo con la mirada en el

suelo; mi marido cerca de la puerta, trémulo de rabia, crispados los

puños. Se me acercó.

--Mira, Cesárea; porque tú ames la vida de ignorancia y soledad idiota,

que me ha apartado de ti, ó... por lo que sea, te propones estorbar

todos mis proyectos: un día me llamas ladrón y obligas á que no pueda

volver una dama á nuestra mesa; otro, me inculpas de abandono, pretendes

señalarme líneas de conducta y quieres expulsar á quien yo he acogido

bajo el honor de mi palabra... Y esto no puede ser; y esto puede ser

menos, todavía, cuando en nombre de una virtud más que sospechosa, á

fuerza de miedo y terquedad, me amenazas con el temor de que en opinión

de las gentes peligre mi respetabilidad porque alojo en mi casa á un

caballero.

Le ahogaba la soberbia. Viendo que no lograría convencerle de otro modo,

fuí á descubrirle el proceder de Wanscka, en lo referente á mí, cuando

menos--y no me dió lugar.

--Pues bien--continuó--; no lo olvides nunca: de la mujer del conde de

Montsalvato, ni los criados ni nadie por nada del mundo debe poder

sospechar eso que dices..., ¡ni tú misma, aun siendo la villana estúpida

que eres!...

Me descargó un tremendo bofetón que me hizo caer vacilante en la

otomana, y partió.

Y apenas rodó en el jardín el automóvil, entró Wanscka.

Yo no estaba llorando. Tendida como una mujer de hielo, únicamente tenía

la mano en el dolor del ultraje de mi cara y los ojos secamente

abiertos.

En otras ocasiones parecidas, aunque no tan inicuamente brutales, mi

desesperación, resuelta en lágrimas, me había dejado fuerzas para irme á

buscar á Popó ó á rezar ante la Virgen; pero en aquélla quedé

desamparada del mundo y de los cielos..., y miré á Wanscka con el

infernal rencor impávido de la inmediata venganza que al frío de fuego

de mi ser le brindaba su misma repulsión...

Se me acercaba, y no le rechacé. Se inclinó á besarme, y bajo su

contacto duro y huesoso de diablo cerráronse mis ojos y sonreía mi boca

de maldita. Sin una palabra suya, sin una palabra mía, en la plena

insensibilidad de mi indecencia, era ya su poseída de mármol cuando el

automóvil no habría corrido cien metros fuera de las verjas...

* * * * *

Hecho lo hecho.

Hecho lo que ya no me era posible deshacer cuando recobré la sensación

de la conciencia.

Lloré mucho.

Mi locura no me había permitido pensar que, desde las tiranías de un

insensato, atada de pies y manos iba á parar, además, á la servidumbre

de un bandido.

Le confesé mi vergüenza á Popó, y las dos lloramos juntas. En vano

habría intentado negarme á Wanscka nuevamente. Dueño de mi terror,

quedaba dueño de mi asustada voluntad y dueño de la casa. Lejos de

guardar reservas, como no fuese respecto á Bianca y mi marido, dejó

traslucir nuestra situación á los criados por el descaro con que á

cualquier hora entraba en mis habitaciones á instalarse junto á mí, y á

las gentes de fuera haciéndome pasear á caballo y sola con él por todas

partes. Esta sumisa y triste obediencia mía para el profesor de

equitación y de estética, encantaba á Guido, que poníala en cuentas de

la eficacia del bofetón, á no dudar. Y tanto le agradaba verme, al fin,

dulce y complaciente con él, con Wanscka, con la «tita» Bianca, con las

actrices y poetas y periodistas de los almuerzos (ante las miradas de

los cuales los ojos del tétrico Jacobo ejercían delatoras vigilancias de

dominio sobre mí), que él propio tornó á desearle mi cuerpo á sus

desenfrenadas caricias ciertas noches--aquellas de las series de tres ó

cuatro días que recluíanle en Montsalvato, á reponerse, la extenuación

de sus orgías por Roma en ausencias de semanas.

* * * * *

A los dos meses de semejante vida, Wanscka resolvió, sin dejar, claro,

mis «lecciones», y pretextándole á Guido que había encontrado otras que

le empezaban á permitir la independencia, trasladarse á residir en

Marino, pequeño pueblo á un kilómetro en la carretera del hotel. Ni á mí

se tomó el trabajo de fingirme otro motivo cualquiera de tal resolución.

Amo despótico siempre, convencido de que yo, á pesar de todo, le

aborrecía, me hablaba poco, me saqueaba de cuanto dinero podía

entregarle, rufianescamente renegado de que, «siendo mío, la usurpación

de Guido me impidiese mayor prodigalidad», y sabía que para nada podría

contar jamás conmigo á no ser por el espanto. La idea de suprimir á

Guido de juntó á la pusilánime á quien por el solo secreto de su honra

de mujer hubiese impunemente de explotar á plena libertad, debió de

sugerirle el crimen; y el objeto de aquella previa é inexplicable

separación, no era otro--según revelaron pronto los sucesos--que

prepararse una coartada.

Una enfermedad del desdichado Guido precipitó la ocasión. Vuelto un día

desde sus crápulas con una hemiplejía que le paralizaba el lado

izquierdo, bajo la asistencia médica y sus propias cobardes aprensiones

quedó recluído en Montsalvato. Bianca y yo le asistíamos; su madre y sus

hermanas iban á verle con frecuencia; y Wanscka, solícito, vigilaba sus

medicamentos y le formaba la tertulia hasta última hora de la noche.

Habituado á los narcóticos, no lograba conciliar el sueño más que con

inyecciones de morfina; y como él no podía valerse, Wanscka se las ponía

también, antes de partir. En la noche terrible, sólo me extrañó un poco

la atenta lentitud con que detrás del enfermo apercibía Wanscka la

inyección, y el afán que mostró de hacer constar ante los criados su

salida de la casa..., de la cual, por lo demás, él hallábase provisto de

llaves para llegar furtivamente junto á mí.

* * * * *

La alcoba de mi marido hallábase apartada de la mía por el cuarto de

baño. Serían las tres de la madrugada. Me despertó un lúgubre quejido y

un rumor sordo de lucha. Salté de la cama, acudí al dormitorio de

Guido... (¡me horroriza la evocación!), y vi á Wanscka aferrado á su

garganta...; sorprendido y vuelto á mí, ya sus manos no soltaban más que

el cuerpo de un cadáver con la cara descompuesta.

Quedé petrificada. No podría ahora ordenar siquiera mis recuerdos. Sólo

sé que, sin acción para gritar, creyendo que el asesino no se habría

procurado como amante las llaves de la casa más que para poder así

matarnos y robarnos, un azorado terror me postró de rodillas

implorándole piedad.

Y de sus palabras, secas, feroces, en tanto me agarrotaba una muñeca,

dirigidas á no sé qué bárbaros reproches de imprudencia por haber ido á

presenciar «lo que nadie debería haber sabido nunca», sólo también

recuerdo éstas, que, luego de haberme arrastrado al cuarto de baño,

aclaráronme con no menos espanto la horrorosa situación:

--Tú no has visto lo que has visto. El conde ha muerto de un ataque. Si

cuando amanezca, en vez de llamar serena á los criados y en seguida al

médico para que lo certifique así, me delataras, tú, mi querida...

hubieras de ser la que _conmigo, y por librarnos de él_, le habrías

asesinado.

Iba tal vez á romper de un alarido el mudo nuevo horror de lo que oía, y

me tapó la boca:

--Si gritas--dijo--, los que acudan certificarán desde luego,

encontrándonos aquí, que _fuimos los dos los asesinos_.

Demasiado complejas, demasiado terribles emociones. Medio caída en el

suelo, mi estupor se recogió en el pánico de temblores que me hacía

castañetear los clientes. Wanscka volvió al dormitorio á comprobar que

el muerto estaba muerto; tornó para instruirme en la macabra comedia que

yo debería representar, y se marchó por el sigilo de la casa.

El miedo me llevó corriendo al cuarto de Leopolda. La conté lo que

pasaba, entre ahogos y sollozos, y tras no sé cuánto tiempo de congoja

impúsosenos la urgencia de alguna decisión. ¿Habría salido,

efectivamente, Wanscka? Como por la noche se escondió ó volvió para

vigilar los efectos del veneno, habría podido esconderse para espiar mis

obediencias... ¡Oh! Nuestras pobres confusiones impedíannos discernir

nada de nada, y no habían sabido hacer más que encerrarnos á llaves y

cerrojos... El cadáver allá, con sus ojos abiertos, en un rincón del

hotel..., el asesino quizá en otro, todavía, dispuesto á asegurar el

secreto de su crimen por nuestro silencio de esclavas ó por nuestro

silencio de la muerte..., y yo, de todos modos, aunque á voces

demandásemos socorro contra él, por él ante un Tribunal acusada de

complicidad y llena de ignominia; á él ligada por una irreparable

ligereza; sola en el mundo entre los odios de la familia de Guido, y

abandonada á una pública opinión que volveríaseme también adversa al

trascender á ella lo que de mi adulterio era sospechado por muchas

gentes de Roma y de Montsalvato.

Dos infelices cobardes, en suma; dos inexpertas mujeres acorraladas en

un ambiente enemigo, y que con la prisa de resolverse á algo en medio

del horror y de la maldad, resolviéronse (sin otra guía que el instinto,

acertado ó torpe en su angustia--lo ignoro todavía) á lo que, dentro de

lo siniestro siempre, era, cuando menos, lo más fácil.

Y no me abandonaron ni hacia el martirio sombrío del crimen las

abnegaciones de aquella sirviente fiel, á quien ya mi ceguedad había

envuelto tanto en mis vergüenzas.

A partir de aquí, la premisa divulgó abrumadoramente los detalles.

Las señales de violencia encontradas por los médicos. La autopsia.

La busca del hábil criminal, que entró y partió de la casa sin dejar

rastros.

Mi dolorosa postración, que no tenía que exagerarse para merecer

respetos compasivos.

* * * * *

Salvo la contrariedad de no haber podido pasar como muerte natural la de

la víctima, las cosas parecían marchar bien en los planes del bandido.

Iba transcurriendo la segunda semana. Mi íntimo y nuevo horror más

grande, mi idea, predominantemente fija, consistía en la repugnancia de

tener que volver á entregarme á él; y tan cierta estaba de que él no

hubiese de lograrlo, de que yo me moriría antes que ceder, que segura

también, por otra parte, de que el fatídico ladrón deseaba, más que mi

cuerpo, mi dinero, invertía los reposos que empezaban á rodearme en

revisar los papeles de Guido, viendo la manera de poder ofrecerle á

Wanscka, de una vez y cuanto antes, una fuerte suma, á condición de su

partida. Por lo pronto, íbame librando de aquella mortal repugnancia la

inquietud que le mantuvo alejado del hotel. No iba á verme sino en

breves y raras visitas delante de las gentes--porque, tarde, pretendía

despistar de nuestras relaciones á la policía, que vigilaba.

* * * * *

Cuando un periódico deslizó las primeras sospechas sobre Wanscka,

insinuando «como pista digna de seguirse» mi intimidad con él--me vi

perdida. Fué Wanscka á vernos y nos conminó á la fuga, sin otra

dilación que un perentorio plazo para «reunir de mi capital lo más

posible». Iba á ser un salto desde la ignominia á otro vacío abismo de

ignominia; tuvimos que someternos: aparte las amenazas del criminal,

pesaba ya en mí y en Leopolda la efectiva responsabilidad del

encubrimiento.

Gracias á que él, sin delatarse, no podía personalmente emprender la

negociación de mi dinero. Esto nos salvó; porque al tercer día, cuando

aún faltaba otro para que lo retirásemos de un Banco, tuvimos la

desgracia y la suerte, á un tiempo, de que Wanscka escapase con toda

rapidez. Era que los periódicos arreciaban contra él, y que al regresar

una tarde había visto rodeada de polizontes su casa de Marino. Desde la

estación, con un mandadero nos envió una carta avisándonos que «nos

esperaría en Trieste»; y para asegurar nuestra sumisión añadía que, si

no fuésemos, ya él en salvo, le escribiría al juez participándole «que

yo, su amante, había matado al conde».

* * * * *

No volvimos á verle. A las veinticuatro horas nuestra huída también se

realizaba; pero antes aún que de Roma y del rigor de la justicia,

huíamos de él y de mis públicos bochornos...; huían, dos desdichadas

inocentes, de aquella funesta condesa de Montsalvato que yo había sido,

y cuyo recuerdo querían por siempre borrar de su memoria como una

pesadilla del infierno.

* * * * *

Nápoles. Marsella. Lyon. Unos trajes humildes; unos viejos documentos de

Ana Leopolda (Popó, breve, y nada más, para los jueces y las gentes que

dejábamos atrás), por engaño de los cuales yo debería pasar como su hija

Rocío, de quince años..., y á Barcelona después, vestida de niña y

pintada de rubio ángel la que, por suerte, según parece, no había

perdido su aspecto infantil ni á través del calvario de lo horrible y de

lo inmundo.

* * * * *

Ultimamente, el mar, el buque..., en donde estaba por el Destino escrito

que yo hubiese de encontrar, con el amparo de respetabilidades santas

que acabaron de alejar de sobre mí toda sospecha, el dilema de la

redención siquiera de mi alma en un convento, ó el de la purificación de

mi vida en las noblezas del Amor.

* * * * *

Alvaro: si tu piedad no pudiese seguir amando á tu plena enamorada

amante de una noche, después de haber leído ésto, perdóname y déjame que

mi alma pueda creer que Dios quiere perdonar y acoger en sus asilos á la

que quiso siquiera una vez estar entre unos brazos de amor

santificada.»

Sí sé por qué: Novela · 第 21 / 27 题