La espero en el bar, donde la he esperado tantas veces y adonde ya hoy
acaso no vendrá. He dormido en la hipnotización de la sonrisa que
substituyó anoche á nuestro beso, y mi vida no es más que la melancolía
de una sonrisa. Calma extraña, recogida en la triste compasión de la que
al menos no me odia.
El sol tiende por la galería la alfombra de colores con que lo tiñen los
cristales. Se halla no lejos la viajera llegada anteayer. La inmóvil, la
aislada, la muda de extraña belleza monstruosa. Vestida de blanco, y muy
blanca su cara y sus manos exangües, recúbrese de alhajas y tiene el
pelo negro y unos ojos inmensos que miran con fijeza sepulcral. Es
jorobada y paralítica, esquelética; dos viejas sirvientes condúcenla al
sillón, retirándose detrás á sentarse, y ella ha contemplado en las dos
pasadas mañanas, con sus ojos inmensos y hermosísimos, la pareja de
triunfo que formábamos Rocío y yo ante el sarcasmo de su vida.
Irradia una simpática resignación de mártir, y la envidia con que sigue
contemplándome hiere el idéntico sarcasmo de la vida mía, que ella no
sospecha. Somos la misma burla de la suerte.
Mas... ¡oh! Acércase Rocío; me lo advierte una leve inmutación de la
jibosa, al verla en la escalera.
Me levanto. Viene pálida. Vuelvo á sonreírme como anoche, y en vano tras
la serenidad de su piedad pretendo escudriñar lo que acerca de nuestra
situación hayan podido concretarla la noche y el insomnio. Acaban de
entregarle dos cartas para mí; las leo, mientras el camarero nos sirve.
El ministro brasileño Rego da Silva nos convida á una cena «en que
estará también el ilustre dramaturgo español Carlos Victoria», y luego á
_Parsifal_; y los Rialta á una excursión campestre, á una _estancia_,
mañana, si tenemos libre el día.
--¡Oh!--me limito á lamentar, al darle á Rocío las cartas, cierto de que
no querrá exponerse más al ridículo en que la han colocado mis torpezas.
De tal modo he ido en ellas envolviéndola, que así á mi nombre la
invitan siempre, con su madre, como si fuésemos una familia cuya
representación ostento: como si fuese mi mujer. Y mi gratitud hacia la
abnegada que no me quita hoy, al menos, la sensación de la hermana que
sola y confiadamente desayuna con su hermano, anticípale consuelos
inefables al fallo que irá á decirme el honrado rigor de su conciencia.
--A _Parsifal_--me dice, dejando los pliegos sobre el mármol--iremos, si
quieres. Mañana, á la _estancia_, no. ¡Oh, mañana! ¡Habrán ocurrido
mañana tantas cosas!
Me estremezco. Indicación al enigma que irá en seguida á descifrarme;
pero inútilmente lo espera mi ansiedad.
--¡Cuáles!--No puedo, al fin, por menos de excitarla.
--Aún no las sé. ¡Es tan dulce jugar á la inocencia! Déjame seguir sin
querer siquiera pensarlas todo el día y pregúntamelas al salir de
_Parsifal_.
Se inclina. Toma el café á cucharaditas. En su sonrisa leo su decisión:
habrá resuelto partir mañana de mi lado, en rápida fuga, además, de su
falsa posición en Buenos Aires, y desea que hoy sea el último día de
nuestra calma en el olvido. No me asiste el derecho de turbarle á la
generosa esta mísera ampliación de «su engaño» con impaciencias ni
súplicas estériles. La pedía su caridad y me la otorga.
Parecemos dos hermanos á quienes les ha ocurrido una catástrofe de cuyo
bochorno no sabrían hablar sin removerse sus angustias, y á la mutua
campaña muda le fiamos el consuelo.
Terminado el café, propóneme salir; trata de que distraigamos en las
calles la obsesión que, ahondada en reflexiones, se nos hace
intolerable, haciéndosenos mortal.
Al poco vagamos por la Avenida, con Leopolda; miramos los escaparates.
Entran luego en las tiendas, y algunos de los objetos que adquieren
convéncenme de que han salido expresamente á adquirirlos. En una
perfumería, Leopolda se surte abundantemente de éteres y sales; en un
bazar, Rocío compra un neceser, una pequeña maleta, que habrán de
enviarle al Majestic, y en una librería, las _Conferencias_, del P.
Félix, _El arte de crecer_, de Augusto Nicolás, y _El mundo de Dios_, de
Lepton. Lo inminente se me impone. Propósito terrible el que confirmo.
Son los preparativos del viaje que de mí las separará mañana
eternamente.
Ni me atrevo á interrogarla, ni debo con lamento alguno reinducirla á
explicaciones tan necias como inútiles. Concentrado en mi yerta
persuasión, la contemplo--afanoso de fijar cada uno de sus gestos y
ademanes; la contemplo cual si, en fuerza de quererlo, pudiera
absorberla y guardarla toda dentro de mis ojos.
Novios que hemos llegado casi á ser amantes sin cruzarnos un «te adoro»
y sin los infantiles trueques de cintas, de pelo, de flores secas y
retratos, no me restará ni la reliquia de su imagen cuando mañana sólo
tenga su lejana caridad.
La detengo de pronto, porque la vitrina de un óptico recuérdame mis
antiguas aficiones.
--Rocío, el día está espléndido. Paseemos entre flores. ¿Quieres?
Compraré un veráscopo y haré durante la tarde cien Rocíos pequeñitas...,
cien retratos tuyos para mí.
Compréndeme la angustia en toda su extensión, y accede agradecida.
Entramos. Elijo un veráscopo, al cual proveo de tres almacenes de
placas; dejo pagados también, con orden de que me los remitan al hotel,
las diapositivas, el revelador, las cubetas, una linterna roja y un
estereóscopo.
Tomamos en seguida un automóvil.
Volamos á Palermo.
Pero al cruzar en La Recoleta, frente el _Palais de Glace_, se me ocurre
conservar en mis clichés á la gentil patinadora. Mi primera instantánea
sorpréndela al bajar del auto con el pie avanzando hacia el estribo.
Media hora. Ella se desliza por el hielo, y yo voy grabando en el
veráscopo las graciosas actitudes de sus pies, de sus brazos, de su
estatua ágil, á la vez que la sonrisa de su cara dolorosa. ¡Oh, sonrisa
que jamás olvidaré! ¡Oh, temblor sagrado el de mis manos, que preparan
la vida de mi muerte!... Tiene algo de fúnebremente espantoso, á la
verdad, en el desierto _skaating_, este vuelo de la funámbula que por
última vez juega rauda á la sonrisa y al amor delante de quien va á
perderla para siempre.
Cuando he impresionado muchas placas, quince, veinte, el afán de sentir
cerca de mí la vida de alma que sólo en alma tengo desde anoche, me
impulsa á ponerme unos patines y á enlazarla y conducirla. Es un rato,
un momento nada más; pero un momento de gloria durante el cual la
caritativa se abandona á mis brazos como nunca en los _dehors_, y
durante el cual nuestras manos se oprimen como hierros.
A la una, estamos en Palermo.
Almorzamos en el restorán del lago, á cuyo borde he hecho otros dos
retratos de ella y de un cisne atraído por una golosina de sus dedos
(símbolo de Leda para la lumbre del recordar de mi memoria), y tras de
impresionar más placas en la mesa de champañas y gardenias á la diáfana
luz del recinto de cristal, el antojo de tenerla también en un retrato
galantemente bella junto á mí, llévame á instruír á su madre y á rogarla
que sea ella quien enfoque y _dispare_ esta vez sobre nosotros.
El resto de la tarde, hasta las cuatro, ya que tenemos que vestirnos
para la cena y la ópera, porque empieza á las siete _Parsifal_, lo
pasamos en el mismo agrado triste de seguir impresionando placas entre
rosas, entre acacias, por los más abandonados rincones de Palermo.
Una camelia de estufa, que compro al paso, cuando regresamos en el auto,
es el beso de flor con que pago á la que ya no volverá á darme sus
besos.
* * * * *
Llegamos al hotel de Silva. Alta etiqueta en que encajan bien las
elegancias de Rocío. Viste un blanco traje de gasa, cuyo cuerpo ciñe
delicadamente la elástica opulencia del suyo, hasta la rosada nieve del
escote, y luce en el oro del peinado una diadema de perlas. Está Carlos
Victoria; en la arrogantísima mujer no reconoce á la niña del buque; por
el parecido y por Leopolda, cree, al pronto, que sea _una hermana
mayor_.
Nos sentamos los seis comensales á la mesa, regada de pétalos de flores.
Entre la discreta conversación, sírvennos los platos tres criados de
media roja, y los vinos un jigantesco abisinio de exótico uniforme.
La señora de Silva es una de las damas más celebradamente hermosas de
Buenos Aires; plácela acompañarse de Rocío en los paseos, en los
teatros..., porque sabe que si una mujer muy bella es un encanto, dos
mujeres muy bellas aumentan de una á otra la beldad y el estupor que
esparce su presencia.
* * * * *
En el enorme teatro, un poco cansado el público de las grandezas del
lírico banquete sin entreactos (al modo de París), á pesar de las
semitinieblas vuelven los gemelos á fijarse en la señora de Silva y en
Rocío. Va terminando la ópera.
Semiobscuridad de catedral. Recogimiento y unción de catedral. Mística
llamaba á los espíritus por el genial espíritu de Wagner. Cuando niño
pasé en las catedrales horas como éstas, entre olor á inciensos, sin
noción del tiempo, purificado en beatitud y adorando en los altares á
una Virgen. Aquí, la virgen de alma únicamente está siéndolo Rocío.
Como bajo la, voluptuosidad de un día de sol en la primavera de los
campos el alma materializada cae á los ojos, á los sentidos, á todo el
cuerpo, para no ser sino cuerpo también é ir derramándose en sensual
emanación por la Naturaleza inmensa..., bajo la voluptuosidad de los
grandes dolores el cuerpo se sutiliza y se funde al alma para no ser
también sino alma é ir derramándose en eterna comunión con purezas
inmortales que están por encima del mundo.
Mi impresión (y juraría que la de esta Rocío que ha escuchado á Wagner
adormecida en mis ojos) es la de estar existiendo en un limbo de cosas
irreales..., de cosas que jamás podrán dejar de ser porque nunca
hubieran sido. No hay más en nosotros ni en torno nuestro que su piedad
y el fondo de dulzor de mi desdicha: su piedad es Wagner, y ha sido la
consagración del Graal y esas polifonías armónicas de las brisas de las
selvas... He olvidado los hechizos de la carne que vi en la amorosa
abandonada, y el ángel y el perdón del ángel nada más están conmigo.
Crisis de mi ser ante ella, ante mí propio y ante todo. Durante la
representación, absorto alternativamente por el templo de la escena y
por la adoración á la mujer que al robárseme habrá de quedarme siempre
en eucaristía de su piedad, he tenido largamente que pensar si no seré
yo el equivocado, el equivocado con mis directos é intensos impulsos del
vivir, y si no serán los verdaderos hermenéuticos del sentido de la vida
éstos que la cercenan y reducen á fórmulas austeras: los Rego da Silva,
con sus serias etiquetas, que ahogan la espontaneidad del corazón; los
Wagner, que sobre el dolor de los humildes de la tierra pregonan la
miseria humana del amor, exaltando el cruel dominio de lo aristocrático
y lo heroico: los P. Ranelahg, en fin, predicando la renunciación al
mundo en nombre de la gloria. No lo sé; pero no tendrían razón,
entonces, las violetas que nacen sólo para el valle. No lo sé, y no lo
comprendo. ¡No lo comprendo!
Cae el telón. Aplauden. Ilumínase el teatro.
El público desfila.
Hiéreme en las escalinatas regias y en el _foyer_ de jaspes y columnas
lo que en los místicos y heroicos wagnerianos de dentro de la sala
vuelve á no ser heroico ni místico al contemplar el paso de la señora da
Silva y de Rocío, las dos vivas beldades. Si rugiesen las miradas,
irían cruzando las dos entre un rugido de lujuria... ¡Oh, Wagner! Y
ésto, en el pórtico del templo.
El automóvil de los Silva nos recoge con ellos y nos lleva volando hacia
el hotel. Vuela también el tiempo del limbo de mi dicha que se acaba. El
fatídico _mañana_ se acerca con la impasible velocidad de lo espantoso.
«Pregúntame, después de _Parsifal_.» ¿Qué irá á decirme Rocío?... Un
adiós, quizá un último beso sin inútiles palabras.
Cuando el ascensor nos deja en nuestro piso del hotel, aléjase Leopolda.
Rocío y yo permanecemos torvos frente á frente, sin mirarnos.
«Pregúntame al salir de _Parsifal_»--me dijo.
Me da miedo, un miedo horrible preguntarla, y ella, que lo advierte,
anticípase sombría:
--Dentro de medita hora te esperaré; ve á buscarme.
Y rígida, lenta, se aleja. Es una sombra blanca por la luna.
¿Qué se propone?
La he visto muy pálida; no me han mirado sus ojos; no me ha dado
siquiera la alianza de su mano..., y la súbita impresión de...
¡Oh!
Con un mundo de confusiones encamínome á mi cuarto.
V
A la media hora, invertida en cambiar por otro mi traje del teatro,
cruzo entre el sueño del hotel las galerías. No sé á qué ni dónde voy de
mi destino.
Cerrada la puerta del enigma.
Al apoyarme en ella á tranquilizar mi corazón, se abre.
La mano de conjuro que la ha abierto, vuelve á cerrar, sin ruido--y me
guía en la obscuridad á otra puerta que cierra también tras de los dos.
Avanzo, mientras el negro fantasma que antes era blanco echa la llave, y
siento después que se me acerca:
--Tú te crees un miserable; yo, lo soy. Para decírtelo y probártelo te
llamo.
--¡Rocío!--suspiro con la pena del dolor de ella por la ruindad de que
haya podido contagiarla.
Estamos en su dormitorio, situado salón al medio frente al de su madre,
y al fulgor de luna que recogen las vidrieras de un balcón. Las sedas
claras del lecho esfúmanse en el fondo. Una mesita sostiene en un vaso
mi camelia, junto á dos tazas y un samovar bajo el cual arde el alcohol
lívidamente.
Tuerce ella un conmutador, encendiendo un globo azul en el techo, y
torna á mí.
--Por si esta noche--me anuncia--es la última que tomamos juntos el
té..., ¡ve!, lo preparaba.
«La última». Frase de mis obsesiones; sus labios me la confirman.
Entretiénese poniendo azúcar en las tazas. Está tan pálida, tan
sobrenaturalmente transfigurada en su expresión, que la desconozco. Como
á Carlos Victoria, me parece una hermana mayor de ella misma que
aventajara su belleza por milagro. Si á explicármelo no bastase la
emoción que la sofoca, atribuiríalo al negro ropón que la envuelve desde
la barba á los pies y al peinado deshecho que descúbrela la frente pana
caerla en nudo pesadísimo á la espalda. ¡Ah, sí; yo la había visto
siempre con los bandós de oro arcangélicamente pegador á las sienes!
--Mira--vuelve á decir, con su voz y su sonrisa apagadas y siniestras--.
El té tendrá esta noche algo de mis gustos de chiquilla. Las monjas de
Nueva Orleáns lo hacían así. ¿Te gustará? Clavo, canela y cáscara de
limón cocidos con la leche.
Me sobrecoge una trágica impresión. Completamente desconcertado, hallo
raro que para nuestro adiós me reserve tal dedicación de sus gustos
infantiles.--Vierte té en el samovar. Ante la dificultad de sus
movimientos en el abrigo forrado interiormente de pieles, que asoman á
los bordes y que pesadísimamente la maniata, quiero adivinar qué ropas
sean las que debajo me oculte..., de viajera ó de sencilla penitente que
quizá al amanecer y con su madre haya de ir á confiarse al P. Ranelahg.
Tibia, calurosa la habitación, lo que la extenuada pretende abrigar no
puede ser sino lo yerto de su alma. El neceser, la maleta y los libros
santos que hoy compró espárcense, los unos, aquí, al lado nuestro, en la
mesita, y los otros, en un rincón, como atestados de lo preciso para un
viaje.
¿Adonde el viaje..., á la tierra por la tierra... ó al convento?
Da lo mismo. A las eternidades de mi ausencia. No dudo más que no se la
alumbrará á mis ojos el sol del nuevo día. Tal vez su madre, que sabe
sus purezas, no ignore que ella me despide hermana y celeste como nunca
en esta noche.
Mas... ¿á qué, entonces, guardarse la angélica conmigo tras de llaves y
misterios?... La veo apagar el alcohol, dejando que el té se repose; veo
además en la mesa un paquete encintado y lacrado que dice: «Para él»...;
un extraño paquete que irá á abrir y á leerme..., testamento de la
lúgubre que me esconde en el secreto profundo de la noche por mostrarme
únicamente el mimo de agonía de sus sonrisas..., y..., ¡sí, sí!, mirando
como una redención las tazas, vuelve á cruzarme la sospecha del veneno.
¿Fuesen tan heroicos su amor y su piedad que deseasen...? ¡Oh! ¡Cómo yo
sabría morir en la delicia del último aliento de su ser!
Abrúmame á una silla la delicia. No cesa Rocío de observar mi ansia
hacia el «testamento» de su amor, y rodeando la mesa acércaseme de nuevo
y me dice, tal que á un niño torpe y terco:
--Durante mucho tiempo has sufrido la inquietud de averiguar lo que yo
escribía, cuando por escribir te me hurtaba algunas horas. Ahí lo
tienes. Eso. A ti.
De un gesto contiene mi impulso de tomarlo.
--No. Aun no. Mañana no estaré en Buenos Aires. Lo abres entonces; lo
lees. Dentro encontrarás la indicación de cómo y dónde mi alma, al
menos, queda esperándote siempre.
Es su sentencia. Al escuchársela expresa, por fin, me recorre un
calofrío.
Está á un paso de mí.
Tras una pausa en que, alto su rostro, alumbra bien el globo del techo
la lívida expresión de su amargura, me pregunta, mesándose atrás el
cabello con un rápido movimiento de las manos:
--¿Cuántos años crees que tengo?
En vano para inquirirlo acentúola mi atención.
--No lo sé--tengo que responderla.
Y es cierto que no lo sé ni puedo saberlo, porque hay un grado de
intensidad de la belleza, cuando llega hasta el prodigio, que triunfa de
la edad. Nadie piensa en los años de la juventud perenne de una estatua.
--¿Cuántos años--varíame su insistencia--crees que tenía la niña aquella
del vapor?
--Quince--me es ahora más fácil contestar.
Sonríese amargamente.
--Bien, sí, ven. Vas á ver las joyas _de la niña_.
Diríjese á un armario; la sigo. Lo abre. Percibo la finísima esencia de
las blancas ropas, según ella las remueve buscando un cofrecito.
Arrodillada, empieza á sacar de él medallas, cruces, rosarios de oro y
pedrería. Por un extremo, de sus ropas adviértola de improviso los dedos
de un pie, que ella en seguida esconde..., y... ¡oh!..., veo que está
descalza..., descalza!...; lo cual compruébame horriblemente que
descalza piensa ir en humildad de penitencia á su convento. Sigue
mostrándome alhajas. Conságrale á la tarea tal calma, que yo sonrío de
etérea gratitud imaginando que en la monja de mañana, en la divina
muerta para mí, sea ello el elegido juego de inocencia con que piensa
entretenerme el resto de la noche.
Pronto, sin embargo, me aturde la sucesión de cosas profanas que va
enseñándome, impropias de una niña: anillos con brillantes y esmeraldas
de altísimo valor; collares de gruesas perlas; pulseras y solitarios de
fausto regio; dos broches de liga, también con diamantes y zafiros...
Tantas joyas, que constituyen un caudal. Las voy mirando y
devolviéndoselas. Ella ha caído sentada á la alfombra, y me muestra
luego de una vez las que quedan en el cofre...; vuelve á guardar á
puñados desdeñosos las del suelo, y al alzarse, últimamente, e invitarme
á las butacas de cerca del balcón, ya no sé impedirme sospechar que no
haya puesto Rocío en lo que ha hecho algo más que un juego de chiquilla.
La incongruencia vibra en mí, en, tanto ella, después de servir las
tazas, me entrega una y va con la otra á ocupar la anchísima butaca de
enfrente. O son esas joyas de su madre ó algo muy singular significaría
que hubieran sido de la propiedad y el uso de una niña de quince años,
de la colegiala de Nueva Orleáns, del ángel del _Victoria Eugenia_.
Domino mi curiosidad--puesto que la enigmática parece ir siguiendo en
todo un plan preconcebido. Bebo, bebo el té, y lo cierto es que, si es
veneno, me sabe á veneno de la gloria; mas no beben ni dan las
envenenadoras de amor sus venenos, en verdad, con esta distraída
displicencia de atención, puesta en otras cosas, con que va tomándolo
Rocío.
Por no espiarla más en mi constante fracaso de supuestos, de torpezas,
vuelvo á mirar la habitación. Lujo y buen gusto de un hotel, en cuanto
cabe. La alfombra y los muros son pálidamente verdes; el lecho, de
caoba, y bronce, tiende sobre los almohadones el damasco verde agua de
la colcha...
--Alvaro--interrumpe Rocío mi observación--, ¿me has querido mucho?
--¡Oh!--me hace contestarla la sorpresa de oirla así--; y... ¿por qué
_haberte querido_? ¿Por qué no preguntármelo en presente?
Vuelve humilde á sonreír. Nota que he terminado el té, y corto su
intención de levantarse á recoger mi taza, yendo por la suya. Las dejo
en la mesa.
--Alvaro--óigola de lejos añadir, divagadora--; nunca nos hemos hablado
como novios. Sería bien que, al dejar de serlo y para dejar de serlo,
esta noche me permitieras preguntarte todas esas menudas y bellas cosas
que los novios se preguntan.
La baña la luna--novia excéntrica, toda envuelta en la negrura del
abrigo. Paréceme grato, si ha de hablarme como novia de un ensueño,
poder mirarla y escucharla al fulgor de ensueño de la luna..., y
pidiéndola permiso, acércome á la llave de la luz, la apago y vuelvo á
mi butaca.
Ya es de ensueño la intangible. Recostada en la honda concha del alto
respaldar, creyérase que duerme. Sobre el denso luto de su cuerpo, la
luna realza blancas las abandonadas manos y la faz con clarores diáfanos
de alma.
--¿Me quieres mucho?--interrógame esta vez.
--Sí--contesto--; pero la frase le es pobre á la sencillez de tu
grandeza. Te amo mucho.
--Explícame la diferencia de una y otra cosa. Explícame lo que para ti
mi amor significaba.
--La diferencia está... en que amar es más que querer, y más que adorar,
y más que apasionarse, ya que todo esto implica solamente insensatez ó
ceguedad, efímera locura. Te amo con el amor de la Vida, con el que no
es sino la mayor necesidad de perfecciones de la vida; con el que no es
al mismo tiempo, acaso, sino una forma de la gravitación universal, y
con el que resume, pues, las humanas simpatías más altas: porque
compendia las ternuras de la madre, las noblezas de la hermana, la
serenidad de la amistad y las atracciones del instinto. Por este amor
buscaba la miseria mía sus redenciones en tu inteligencia como amiga, en
tus delicadezas como madre y como hermana, y en la divina sensualidad de
tu belleza como amante. Sólo él hubiese hecho florecer mi alma de
ocioso enfermo á una existencia de ventura y de trabajo bello consagrada
á ti, á mí y á los demás..., y sin él volveré á ser el infinitamente
desdichado en un mundo de odios donde no encuentra un poco de amor el
corazón. Así te amo.
Desde la sombra que me protege he ido siguiendo á la luz de la luna, que
llena el severo rostro de Rocío, su expansión de dicha dolorosa.
--Y di, Alvaro, ¿me juzgas digna de ti? ¿Quieres decirme qué cualidades
mías te hayan hecho creerme digna de tu amor?
--¡Todas! Tu bondad, tu belleza, tu talento, tus noblezas, tus purezas,
tu candor.
Dóblase al brazo de la butaca, como agobiada de bochorno.
--¡Tu candor!--reafirmo, adivinándola el recuerdo de su abandono de
anteayer--. ¡Tu candor, por encima de ridículos pudores!
Mi enérgica persuasión no logra más que incorporarla retorcida en sus
angustias; tornando á caer hacia el respaldo, me pide:
--Si quieres jurarme que crees en mi bondad, en mis noblezas, en cuanto
sabes de mi alma, como creo yo en cuanto sé de la tuya á pesar de lo que
ignoraba de tu vida; si quieres jurarme que, á pesar de lo que también
tú de mi vida desconoces, creerás en todo aquéllo..., mi alma,
sintiéndose tal vez rendir justicia, se lo agradecerá á tu compasión;
pero... ¡oh!, no existen mis purezas.
Tiemblo de admiración hacia la tan pura que sin duda se obstina en
acusarse porque besó de amor mis labios, porque viéronla mis ojos
entregada en el amor, y juro con la mano sobre el pecho:
--Creo en tu alma y en tu vida y tus purezas; ¡en toda tú!
Pero sigue moviendo la cabeza en desesperación desfallecida que parece
rechazar la amplitud que la concedo.
--Me basta--díceme después con la insensata calma de un delirio--tu
sinceridad con respecto á lo que yo la conjuraba. Ahora, escúchame.
Siempre he sido yo la que ha oído con el dificilísimo silencio del
mentir de mi silencio la verdad de tus palabras, sombreadas, sin que yo
lo viese, de mentira, y te toca á ti, por fin, escuchar en silencio la
mentira de las purezas mías que voy á descubrirte. El propósito, ¡nótalo
bien!, no es improvisado de esta noche ni suscitado siquiera por la
franqueza que tú llamaste tus _miserias y traiciones de ladrón_. También
yo era una _ladrona que iba entrando de puntillas en tu alma_..., y en
esos papeles, escritos para ti, y escritos con tanto más dolor cuando
más lealmente franco te juzgaba, está la confesión que ya puedo
entregarte con menos repugnancia de mí misma.
Se ahoga. Recóbrase un instante.
--Como tú, lanzada por grandes crueldades del mundo á aquel buque en que
la fatalidad quiso juntarnos; como tú y más que tú envilecida é impura,
y con un afán tan grande como el tuyo de noblezas en que descansasen mis
tormentos, tu alma de martirizado solitario, que á su vez buscábase un
consuelo de ideal en la simple contemplación de la máscara de inocencias
de una niña, hizo que la infortunadísima mujer oculta dentro de la niña,
por primera vez admirada noblemente, quisiera descubrirte todos los
infantilismos del alma suya á que nadie jamás habíale concedido aprecio
en las brutas ambiciones á su carne. Amigos, hermanos pronto, me
entregaste tus pesares; y como los dos nos reconocimos al fin enfermos
de muerte en la misma ansia de piedad, tú, que falto de fe en el cielo
caminabas á la nada en la tierra, sin querer hacerme daño con tu amor te
fuiste enamorando de mi pena; y yo, que no con toda la fe necesaria
llevaba el horror de mi desdicha al olvido de un convento, sin querer,
sin querer tampoco hacerte daño con mi amor, me fuí enamorando de tus
penas, de tu amor, de tu piedad. Cada uno sabíase un miserable; pero un
miserable redimido en el pesar de su conciencia y humanamente salvado en
el «imposible amor de traición» al otro; y la lástima es que á ambos nos
faltase en tantos días, en tantos días, y sobre todo en aquéllos tan
diáfanos del mar, el valor de confesarnos mutuamente miserables--para no
haber tenido que llegar á la misma confesión en estas noches, tras un
calvario de vergüenza. Sin embargo, has sido el primero en la lealtad, y
tal vez el no haberlo sido yo haga á mi tardía confesión inútil para
redimir en tus caridades á quien, como tú, y más que tú, porque tú en
Madrid tienes una hermana, sin ti habría de seguir su triste camino sola
por el mundo.
--¡Rocío! ¡Tienes á tu madre!
Marca un silencio, y gime abandonándose á una mano:
--Leopolda... no es mi madre.
--¡Cómo!! Que... ¿Leopolda...?
--No es nada de mí.
¡Ah!
Enorme lo que afirma.
La contemplo; la contemplo.
Empiezo á temer que su tortura no sea únicamente la de la cándida novia
que me hubiese abandonado sus candores.
¿Por qué me ha mostrado sus joyas? ¿Por qué me acaba de hablar de
_brutas ambiciones á su carne_?
Inmensa mi confusión.
--Como tú, también--continúa, advirtiéndola--, igual que tú de mi alma,
guardo palabras de tu alma que pudieran servirle á mi perdón; que pueden
servirle al menos de disculpa á la tenacidad de mi amor, si en la vil
hubieses al fin de despreciarlo. ¿Recuerdas?... De Laura me dijiste:
«Era bella, dulce, noble; mas era al mismo tiempo demasiado pura,
demasiado niña; manchado de todas las vilezas, hubiese cambiado á
aquella niña por otra con alma de santa que asimismo, al ser buena de
nuevo, hubiese sido, sin quererlo, incluso infame..., porque _sólo
pueden saber de las ternuras infinitas las mártires del dolor y de lo
horrendo_». Esto te escuché una vez allá en el mar, y no puedes
figurarte, Alvaro, la alegría (¡tú la tomaste por el horror de una
inocente!) que sintió la que no era sino «una mártir del dolor y de lo
horrendo», y que ahora te pregunta: ¿lo repites para mí?
Quedan fijos en avidez sus ojos claros.
Su alma me está expresando tantas cosas de ignominia y de martirio, que
una súbita y terrible conexión de aquel ángel del vapor que todo lo
entendía y que no se azoraba de mis besos, de esta alusión á las _brutas
ambiciones á su carne_, de estas joyas y de esta madre que no lo es...,
fuérzame á pensar en no sé qué precoz prostitución involuntaria de la
cual la mártir, la mártir inocente, vendría de Europa huyendo con su
máscara de niña.
Por un instante, mi contemplación cobra los asombros de toda mi torpeza
y de toda mi piedad ante la víctima adorada y desdichada.
Y, erguido en la butaca, exclamo:
--Creo en ti, purísima, á pesar de tus posibles impurezas, y más cuanto
más grande tu impureza hubiese sido. ¡Te lo juro por la sombra de mi
madre!
--¡Oh, no!--vuelve á rechazar en sobresalto que no estórbale á su faz
los destellos de un gozo como infernal, como excelso, y empezando lenta
á desabrocharse las trabas del abrigo, tal que si el calor la
sofocara--. Para perdonar ó creer, espera á conocer lo que ese escrito
te dirá. Por lo pronto bástame saber que no dudas de las lealtades de mi
alma, que no odias á aquella niña de inocencia que no fué nunca de
inocencia junto á ti, siquiera mientras no llegues á abominar toda la
infamia que te me puede hacer abominable... y que... siendo yo la que
_puede conocer todas las ternuras infinitas, porque sufrí toda la
infamia_, te adora mi alma como no adoró jamás una mujer, infame ó pura,
hasta ansiar darte esta noche la caricia entera de su ser en su pobre
cuerpo ultrajado por el mundo.
--¡Rocío!!--no puedo reprimirme de gemir en la doble sorpresa de cuanto
le brinda á mi afán y de cuanto á mi fe, aunque para otra fe, le está
robando.
Sin levantarse, su ademán es el de ir á despojarse de ropas, en una
lánguida y firme lentitud de las manos que iguala á la con que sigue
modulando sus palabras.
--En esta noche, sí, tuya; Rocío, aún, unas horas, toda para ti: ignota
enamorada de misterio entre tus brazos, de la cual desconoces hasta el
nombre de triste celebridad que yo propia te he oído pronunciar con
odio. Y mañana, cuando yo no esté, cuando te hayan dicho quién soy esos
papeles, me buscas de nuevo y me perdonas ó escupes mi memoria y me
maldices: no habría en mi castigo ni una queja.
Ante mi estupor, saca de las mangas los hombros y los brazos desnudos.
--La mártir de lo horrible, en tanto, te ofrece su vida vil, sin
pudores, sin sonrojos, según tú la querías..., santificada cuanto es
posible por su alma y por tu alma.
Abre el abrigo pesadísimo. Lo aparta á uno y otro lado... Sobre las
negras pieles del forro queda absolutamente desnuda.
¡Oh!
Mi impresión es de hechicería.
El hechizo, el prodigio, el portento de beldad me deja extático.
No he acertado sino á sobrecogerme con la sagrada veneración que
impondría una diosa.
Bórrame en un momento toda noción de impurezas del mundo su resplandor
de purezas del cielo, y ella, mostrada así, sólo me esquiva al fin su
emoción reclinando contra el respaldo la cabeza caída hacia una mano que
ocúltala los ojos.
Tiene la otra mano fuera de la butaca, tendida á mí, tal que una flor de
nieve. Un seno que altivo le proyecta sombra de valle de rosa á aquél
bajo el cual late el corazón, estremécese en la altura á los apasionados
sollozos del pecho como una paloma sorprendida. Ánfora de nácares la de
su busto, la de su talle, la de sus muslos unidos, cuya dulce
esplendidez me explica que hundiéranse al estribo los coches cuando los
pisaba el breve pie de la hermosísima criatura. Y es tan casta su
olímpica desnudez, que apenas si la luna tiene que recatarla en la
penumbra el rincón que en el regazo la forma rizoso y leve broche de
divina humanidad.
¡Oh! ¡La bruja de mi asombro!
¡El traje de alma que escondíame la penitente del amor!
Calladamente, como quien pudiera ahuyentar al hada de un ensueño, me
levanto y voy á sentarme en el brazo de la butaca, rodeándole el mío por
el áureo tesoro de su pelo á la divina.
--¿Quién eres?--la pregunto.
Se refugia en mí--de una convulsión. No me contesta.
--Quién eres lo sé mejor que tú; largamente ha ido diciéndomelo tu alma,
y me lo ha dicho de tal modo, que ni el temor me queda de que te lo
impida ser lo que hayas sido. Pero porque lo sé, porque en tu tormento
de indignidad eres la digna de mí, es preciso que tú, la valerosa, la
leal, al ser mía, y para que yo recoja á un tiempo y para siempre en tu
vida entera tu amor y tus dolores, arrostres la lealtad y el valor de
decirme lo que fuiste. ¡Ya ves, si no, Rocío que ni Rocío te llamas,
cómo la mentira de ese bello nombre suspirado por los besos de mi alma
en nuestro amor, mancharíalo de mentira!... Dime el tuyo.
--¡Ah!
Otra convulsión recógela más contra mi hombro.
--Dilo. Lo exige la fe suprema que en cada uno no nos haga desconfiar de
la del otro; la previa y noble firmeza de la conciencia de los dos, sin
la cual esto no significaría más que un término de farsa en el juego de
la farsa. Y puesto que él sólo bastaría, según me has anunciado, á
revelarme lo que fuiste, aunque de haberlo sido tu escrito mañana te
sincere..., y puesto que ya tus joyas, también, y esa madre falsa me han
revelado lo bastante..., dímelo, dímelo, pronúncialo, ¡tu nombre! ¡Ah,
pobre ángel mío!... Contra tu voluntad y tu inocencia pudo ser el de una
famosa vendedora de inocencia y de caricias. ¿Verdad?
Repentina, apártala de mi pecho un nuevo espasmo.
Una señorial dignidad hácela ocultarse instintiva el regazo con el vuelo
del abrigo.
--¡No!--protesta luego, solemne y lenta--. ¡No he sido jamás lo que
sospechas!... Más infame, menos vil. Habría preferido que, si has de
maldecirme; no me maldijeses hasta que yo no pudiese oír tu maldición;
pero te obstinas; tienes razón, además, y... sabrás mi nombre, ¡Oh, mi
nombre!
Se gira á mí, pleno el rostro á la luna; vuelve á echarse y á ahuecarse
el pelo hacia atrás con ambas manos.
--Mírame bien, Alvaro: aun antes de conocernos, tu repugnancia y tu
desprecio estaban hartos de verme retratada en los periódicos... entre
el escándalo de un crimen... ¿No me recuerdas?
¡De... un crimen! ¡Ah!
En las transfiguraciones, en las sorpresas, en los asombros que la
hermética del misterio me guardaba, éste es el más horrible y el último.
Estoy contemplándola, esclavo de la fija voluntad con que excita mi
memoria, y adquiere su belleza soberana algo de fatídico. Surge su busto
como el de una esfinge de marfil de las negras pieles que la frisan la
cadera, y la luna alumbra por igual el vello negro en sus axilas y el
rubio pelo en su cabeza sujeta por las manos.
--¿No me recuerdas? ¿No me recuerdas?--persiste, trágica, advirtiendo mi
atención á su cabello y sus axilas--. ¡Claros mis ojos, que no pude
transformar; hueco, así, pero negro también, y no rubio, mi peinado!...
¿No me recuerdas?... ¡Oh, has mirado tantas veces mi retrato en los
periódicos, conmigo misma, junto á mí, y te he oído despreciar mi propio
nombre tantas veces!...
Tremenda insinuación. Mis torpezas se rasgan.
--¡Tu nombre!--exclamo--. ¿Tú?... ¿Tú eres... tú te llamas...?
Y como me paraliza el terror, ella deja caer los brazos, dobla la frente
y termina:
--¡Sí..., la condesa de Montsalvato!!
Repelida de la que ha dicho este nombre, sepárase mi mano tal que de una
víbora.
Lo más aparte que puedo, desde el brazo del sillón, la contemplo; ella,
en rechazo de mi huída recogida de improviso también al otro lado,
fulge sobre la espantada torva su halo siniestro del crimen...
La contemplo, la contemplo sombría toda y envuelta la cara en la
blancura misma de sus brazos, monstruo increíble, y miro alrededor de la
estancia cual si en un rincón de sus tinieblas estuviese un hombre
estrangulado y el tétrico asesino Wanska tras de mí.
Demasiado espantosamente comprendo ahora el descuido de la extraña
_madre_ para aquella niña del vapor..., para esta mundana mujer en que
pudo transformarse la niña en Buenos Aires..., para esta inicua
disfrazada de rubio arcángel en los altares de la Virgen, y en mi
corazón de enamorada candorosa...
Mas... ¡oh!... Llora... Veo que el forzado silencio de las lágrimas
recórrela la espalda en congoja de sollozos que la ahogan, que la matan,
y su desconsuelo ata, las repulsiones que impúlsanme á escapar.
Llora. Llora.
La súbita cobardía de mis nervios disípase dejándome en no menos súbita
reacción de angustiosas reflexiones.
Transpira alma su dolor, alma á cuyos fosfóreos resplandores recobro
amarga y plena la serenidad de la conciencia. El muerto y el asesino se
funden y flotan en sombra sobre mí y sobre la que no es más que una
víctima inocente..., sobre la que pudo para mí mismo seguir siendo
siempre la Rocío de su mentira impenetrable y por la sola noble voluntad
de su lealtad deja de serlo..., sobre la que es _la mártir calumniada y
santa que sabe todas las ternuras infinitas porque, sin ser infame,
sufrió todas las infamias_.
Inocente, sí, inocente; inmensamente infortunada. Y así, absolviéndola
allá en Roma, lo habría de haber reconocido el Tribunal de la justicia,
y en el mundo entero el tribunal de la opinión, para que, ¡ah!, por el
delito de su generosidad y de su amor, por el delito de haber sabido ser
ángel de perdón á mis vilezas efectivas, ciegas la condenasen mis
vilezas.
Me inclino á ella, la atraigo con la dulce y casi brutal violencia del
enorme pesar del corazón mío por haber podido abominarla ni un minuto, y
con la emoción de sus bellezas sagradas, excelsas, beso su frente, beso
su pecho, uno mi boca á su boca.
Cuando la he infundido fervores absolutos, la alzo, medio envuelta en
las pieles, y la llevo contra mí hacia el lecho nupcial que ella ha
sabido delicadamente prepararle á nuestra vida.
--¡Rocío! ¡Esposa, perdóname!... ¡Juro por ti, lo más alto sobre que ya
sabré jurar, que aunque pudiese no te libraría de las infamias que
volviéronte mi Ensueño...! Seas quien hayas sido para los demás, para mí
eres el Amor, eres la Amada, eres y serás siempre la Mujer, la criatura
de Dios, el Ángel que no habría podido ser tan ángel sin las feroces
crueldades de la tierra. Nunca cuando yo te hablaba de lo horrible, pude
imaginar que me escuchase quien lo había sufrido de tal modo. Nuestra
noche triunfal hará que olvidemos el pasado, y Rocío de nombre y alma
siempre quedarás para mi alma...