El coche. Bella perspectiva de todo un día en nosotros mismos.
Almorzaremos en el Tigre. Sube Leopolda.
--¿Lloverá?--inquiétase, al subir, Rocío.
--No--afirmo, conminando á las sueltas nubes con el imperio de mi dicha.
Y el portero preséntame una carta cuyo membrete me indica que es, al
fin, del letrado á quien anteayer tarde consulté.
Entro en el portal para ocultar mi emoción, y abro la carta. «Tiene el
placer» de manifestarme que puedo recoger el informe cuando quiera. Un
frío de agujas me recorre; sin embargo, este «tengo el placer» parece
desvelar un poco el misterio en el sentido de lo no horrible. ¡Oh! Iría
mañana; pero, incapaz de soportar la duda que hoy turbase mi alegría,
les ruego á Rocío y Leopolda que me esperen en el Tigre. Va á retenerme
una hora la urgencia de un asunto.
Parten.
Tomo otro coche.
Veinte minutos después el letrado me recibe amabilísimo y me anticipa
sonriendo:
--Mal; largo. Mas no absolutamente imposible el divorcio, á la mira de
otro matrimonio, según le anticipé. Habría que realizarlo en Francia,
con previa nacionalización, y no sé si pudiendo prescindir de la
voluntad y la comparecencia de ambos cónyuges.
No advierte mi palidez, y pónese á leerme el informe:
«Código argentino. Capítulo VII. Apartado 198: El divorcio que este
Código autoriza consiste únicamente en la separación personal de los
esposos, sin que sea disuelto el vínculo matrimonial.
»164: Es válido en la república, y produce efectos civiles, el
matrimonio celebrado en país extranjero que no produzca allí efectos
civiles, si lo ha sido según las leyes de la Iglesia católica.
»159: La validez del matrimonio, no habiendo poligamia ó incesto, es
regida por la ley del país en que se ha celebrado, aunque los
contrayentes lo abandonen por no sujetarse á...»
No le atiendo.
Es el mismo efecto que si este hombre me hubiese arrojado contra un
muro. Contra el muro imbécil de la ley ó contra el muro de mi inmensa
estupidez. El lee, lee; yo vuelvo á atenderle cuando, á modo de
salvación, invoca la ley francesa:
--«La mujer casada tiene la nacionalidad del marido, aunque se halle
ausente.» Siendo así, bastaría que el interesado se nacionalizase en
Francia, sin la imprescindibilidad de llevar consigo á su mujer. Única
favorable contingencia que nos resta--y termina alargándome con el
informe la nota de honorarios--: doscientos pesos.
Pago.
* * * * *
Desde el despacho de ese hombre me encuentro de nuevo en la calle como
si me hubiese arrojado por el balcón al mar de mi infinita estupidez.
Las gentes pasan. Yo floto, vacío y perdido, sarcasmo de mí propio.
El muro de la ley y de mi infinita estupidez contra el cual me habría
estrellado el amable sonreír de ese hombre de la ley, y el mar de mi
infinita estupidez al cual habría caído un harapo lamentable. Más allá
de estas casas, que existen ó no existen, no existe ya Buenos Aires, ni
el Tigre..., ni ella..., todo borrado en mi sandez que se dilata á la
amplitud del universo.
¡Rocío!
Un cerco de hierro en la frente, un temblor de hielo en las entrañas, y
en mi desolación un solo convencimiento rotundo y frío: el de que acabo
de perderla..., el de que no deberá, en mi miseria, verme más..., el de
que para siempre me alejo de ella en el oleaje de la vida como el negro
aquél á quien vimos alejarse en el oleaje de las aguas...
Y lo que más le sorprende á mi corazón es que haya podido sorprenderse
ante una realidad de destrozo tan temida durante toda mi lenta obra de
soberano mentecato.
* * * * *
Cruzo, cruzo calles...; necio inmenso que huye avergonzado sin saber de
qué manera y dónde y hasta de él mismo esconderá su necedad.
A ratos, me paro. Me miran las gentes creyéndome borracho, quizá. Medito
correr al Majestic (antes que regresen á él Rocío y Leopolda) á tomar
rateramente mi equipaje que me permita escapar de Buenos Aires en un
tren, en un buque; pero me vuelve la impresión del guiñapo ó del
náufrago que no necesitan para nada meditaciones ni equipajes..., y
sigo--acabando á mi vez por hallar imbécilmente divertidas á las gentes
y á las cosas.
--¡Eeeh!--grítanme de pronto.
Un tranvía; por un centímetro y un segundo no me aplasta. Sonrío;
recuerdo que yo he pisado algún sapo alguna vez, y en el vacío de mi
pensar queda un pensamiento: el hombre es una cosa blanda y destripable
como un sapo.
* * * * *
A las doce, sin saber cómo, encuéntrome en el puerto. Y sí, sí, desde el
punto de vista del guiñapo he acabado por hallarlo todo
inexplicablemente divertido. Para transportar carbón los carros llevan
los caballos con plumas y platas y escudos, como caballos guerreros.
Leo: «Dársena Norte». Fondeado un buque: el «Mafalda»; salen señores y
damas del pasaje, muy dichosos. Ignoran que la dicha no es cuestión sino
de un centímetro y un segundo. Yo asimismo desembarcaba tan contento una
mañana. Yo asimismo creía hace dos horas mandar en la tierra y en los
cielos.
Pero un carro está ahora á punto de aplastarme, y recójome á la acera.
Hay que ir por donde se pueda ir muriendo sin peligro.
Cruzan marineros. Les oigo hablar, el italiano, el francés, el alemán, y
miro las tabernas y las tiendas de cuchillos donde ellos los comprarán
para partirse la barriga. Vuelvo á leer. Políglotas letreros: «Bubet»,
«Trattoria della Alta Italia», «La Giovane Somellina». Portalones de
antros cruzados de vigas y tinieblas. Un borracho que con su mujer come
salchicha, le larga á un hijito suyo un puñetazo que le tira contra el
suelo.
Y yo sonrío. Radicalmente estoy curado de piedad. ¿Qué me importa? ¿Qué
más le importa al sol que ese niño goce ó sufra, y que el padre, porque
puede, le suelte un puñetazo?
Aléjome hacia la confusión de los muelles y por mucho tiempo me
entretengo en mirar cómo entre dos diques alzan un puente para que pase
un vapor. ¡Qué estupidez, tantos vapores! Mil, diez mil, cien mil.
Cargaderos de trigo, galpones. Barricas de sebo. Bueyes. Negra multitud
de hombres que se afanan. ¡Qué estupidez! Al fondo, el Plata...; sucio,
como la vida.
Sigo, sigo, otro siglo ú otra hora.
Estoy ya fuera del tumulto. Aquí no hay más que lanchones de patatas;
llueve, por último, y me ampara el cobertizo de un figón. Me ladra un
perro y asusto á las palomas. Una moza que suda, pregúntame si quiero
almorzar: tiene jamón, vino. Perfectamente. Como, bebo, le echo la mitad
del jamón al perro y migajas de pan á las palomas. Son muchas; bajan y
vuelven al tejado. Vuela con ellas un pájaro negro con cresta roja, cuyo
nombre desconozco. El tampoco lo sabrá--y de seguro las palomas ignoran
que se llaman las palomas.
Las veo arrullarse y amarse libremente.
¿Qué dirían si las contase mis tristezas?... «Me veis morirme porque en
la bandada humana amé á una paloma que me huyó, y ya la bandada no me
dejará jamás amar á la que amo...»
Es decir--rectifico, volviéndome á mí mismo--: si por haberme unido á
una mujer la ley de la bandada no me deja unirme noblemente á otra
mujer, me grita, en cambio: «¡Imbécil! ¡Ahí tienes la falsedad para
engañarla, ó ahí tienes la prostitución en que legal y variadamente te
brindo mil mujeres!»
La honorable sociedad. Yo también de piedades y ternuras disfrazaba mi
vileza.
¡Oh Rocío! ¡Me esperas; hoy debiera haber sido un día más de los de mi
bella farsa en tu delicia..., y por primera vez tardo en volver á ti,
sin que sospeches que sea ésta mi tardanza de lo eterno... la fuga
vergonzosa del cobarde que te ha envuelto en el ridículo..., del
grotesco ladrón que, de tan necio, no ha acertado ni á robarte la
inocencia!...
* * * * *
Y sin embargo, á las cinco me acerca al Tigre un automóvil. He releído
el informe y ha renacido mi esperanza; quizá tenía razón el hombre de la
ley: á Francia, Rocío y yo; la espera; el divorcio... con la voluntad ó
sin la voluntad de mi mujer. ¿Le aceptará la noble tantas dilaciones más
á la farsa descubierta?... Por lo pronto he visto también que puedo
darme tiempo á tranquilas reflexiones ocultándola esta tarde mis
angustias.
Tales son mis dudas de puñal y mi propósito cuando llego al Tigre Hotel;
cuando ella me recibe blanca, toda ángel..., advirtiéndome la trémula
zozobra, lo mismo que su madre, á pesar de mis esfuerzos placenteros.
Sin mí tuvieron que almorzar. No sé desentenderme de las preguntas
acerca de mi huída y mi retraso con un pretexto baladí, y... miento
malas noticias de España:
--Enferma Elena.
--¿Tu hermana?
--Grave--acentúo, mirando á Rocío, que no puede adivinar á qué hermana
se refiere la verdad de mi mentira.
Y como en la mentira se me brinda la oportunidad de dejarle tendido un
jalón á la inminencia de horror que desconozco, añado:
--Estuve cablegrafiando. No vendrá hasta mañana la respuesta. Acaso
mañana mismo deba irme á Madrid.
Cúbrela súbitamente el rostro un velo de pena en que no entra la menor
desconfianza. A su piadoso deseo de tornar á Buenos Aires, opone mi
tristeza el de distraernos paseando por el río. Dócil siempre, bajamos á
una lancha. Inútilmente Leopolda nos arguye que va á llover y que
anochece... Abro el motor, y como una flecha la pequeña nave se aleja de
Leopolda--cuyo miedo al agua la hace preferir la espera en la terraza,
igual que de costumbre.
Sino que, harto contra la costumbre, á la verdad, por mi ensimismamiento
ó por no sé cuál ansia de volar con Rocío á soledades inmensas donde no
hubiese leyes ni abogados, la lancha, veloz, sigue y sigue, perdiéndose
del Tigre Hotel por el ancho Luján, cauce arriba. Desde el hervor de
espuma de la quilla, parte la serena superficie en una ondulación que se
abre silenciosa para ir á besar la fronda en las riberas.
Empieza á chispear.
Rocío, la que tanto sabe hablar callando, de alma á alma, respeta mi
silencio.
Quedan atrás los embarcaderos, los chalets, el restorán, las últimas
cabañas de hortelanos. No rompo mi mudez sombría, ganoso sólo de correr
por el río desierto, y limítase la prisionera de mi fe á girarse de rato
en rato hacia la proa como á inquirir adónde iremos. Puesto el sol entre
las nubes que amenazan un diluvio, la luna filtra su claridad sobre
nosotros. Y va arreciando la lluvia; va calando la toldilla, que nos
deja caer algunos goterones.
--¡Oh, Alvaro, lloverá mucho, y es tarde!--me dice la que más lo dice
atenta á mi preocupación que no á temores.
--¡Oh, sí! Verdad.
Viro. Emprendemos el regreso. Pero aumenta la lluvia, con la cual
entablo al fin una desesperada competencia--y en nada de tiempo el manso
diluvio nos envuelve.
El Tigre Hotel dista media hora. No hallando más refugio que el
restorán, cuyas luces vuelven á brillar entre los cendales de agua, á él
nos acogemos.
Un mozo se encarga de la lancha; otro nos lleva á un gabinete.
Pido piña y champaña, según pedí jamón y vino en la taberna, por pagar
de cualquier modo los refugios á que hoy me fuerzan los desastres del
cielo y de mi alma.
Afortunadamente la toldilla nos protegió hasta aquí, bien ó mal. Rocío
tiene apenas que quitarse el jersey y el sombrerito de blanco fieltro, y
sacudirse un poco la falda.
Por los vidrios del balcón mira cómo cierra el aguacero el horizonte.
Resignada, se sienta; yo, con la barrera de mi indignidad ante la
dignísima, voy á caer en el diván--lo más lejos posible.
Quedo muy triste. Es más violentamente torvo el silencio en esta
confinada soledad. Empieza ella á sentir la desorientación del obstinado
hermetismo de mi pena, que la huye.
Apoyado en la mesa el codo, está bajo la lámpara. La contemplo, la
contemplo. Su obediencia en toda nuestra correría á través de lo
insensato, me sigue revelando la grandeza de su espíritu. La belleza de
su rostro, además, y la beldad de su viva vida entera, van lentamente
saturándome de lo que he de perder al perderla. Habrá de arrebatármela
el rigor social por encima de ella misma.
Este pensamiento me hace recogerme á las rodillas en una convulsión de
impotente rebeldía, y Rocío, que lo advierte, se me acerca.
--¿Qué tienes?--pregunta, posándome en el hombro la caricia de su mano.
Mas no sabe contestarle mi esquiva pesadumbre, y se sienta junto á mí,
volviendo á demandar, á la vez que procura atraerme compasiva con el
brazo:
--¿Qué tienes?
¡Oh, qué tengo! Lo que tengo es un ansia inconfesable de esta caridad
que se me brinda; y en otra convulsión refugio contra ella mi dolor.
Así permanecemos, y así se acrece insoportablemente mi martirio, porque,
envuelto por su alma, estoy oyendo el corazón de la que es tesoro de
todos los hechizos. Cruel la suerte que de tal manera háceme sentir
cuanto habrá para siempre de quitarme, lloro; y como Rocío, al notarlo,
álzame la frente insistiendo: «¿Qué tienes, Alvaro? ¿Qué tienes?», é
intenta besar y besa santa mis lágrimas..., yo, en un ímpetu, en un
exasperado impulso de apoderamiento loco, beso y retengo contra mi boca,
como para la eternidad de una agonía inmortal, la boca ya ungida por mi
llanto.
Beso muy hondo, beso muy largo; beso sin fin, al que un afán de morir
matándola le da la voluntad de irla aspirando hasta el último aliento de
la vida. Beso insaciable de vampiro que la agota, que al desfallecer le
desfallece y que hácela cerrar los ojos y continuar siempre el beso
pálidamente reclinada é inerte en la corona de reposo que por último nos
forman nuestros brazos contra el brazo del diván...
Mas ¡ah!, lo estúpido turba la letal gloria de veneno y nos fuerza á
separarnos. Me he levantado al ver entrar al camarero, que, á no dudar,
nos cree una impaciente pareja de aventura. Sin tiempo ó fuerzas para
incorporarse, Rocío permanece medio tendida y como dormida, ahorrándose
sonrojos.
Sigo contemplándola, en tanto el camarero ordena copas y cuchillos.
Es tan bella, que el pobre hombre retarda su faena por mirarla y
envidiarme. Y me daña tanto, últimamente, el sarcasmo de envidia tal en
el que no puede pensar que mi «aventura» redúcese á un adiós tristísimo
á la hechizada hechizadora, que el nuevo choque de la dura realidad en
mi vida, llena de los fuegos de su vida, me arranca del corazón una
centella.
Una centella, sí..., y con la instantaneidad de las centellas, negros
antros de mi ser se han alumbrado: la virgen, la novia, la confiada á mi
fe, la toda mía... lo será, y sólo cuando al lado allá del deshonor se
vea atada á mi farsa, tendrá que aceptarla sin remedio.
¡Oh, sí!
En cuanto el camarero sale, lánzome á la puerta y cierro el pasador. Al
volver, le llevo á la alarmada una rueda de piña y una copa de
champaña--pensándole á la escena una preparación de gentil galantería.
Pero suelto el champaña y la piña, de pronto--cierto de que no sé ni
sonreír, de que todo tendrá que suceder de un modo torvo y casi
tétrico--y llegando á la que por no agraviarme demás ha reducido sus
alarmas á incorporarse sobre el codo, me siento junto á su cuerpo en el
diván.
Nos miramos un momento: yo á ella duro y hosco; ella á mí con la humilde
dulzura de una víctima.
--Rocío--la digo secamente--, me confesaste una noche que crees en mí
como en Dios, por encima de pudores y temores. ¿Es esto verdad?
--¿Por qué lo dudas?
--Por nada, y no lo dudo; pero por algo que no debe importante (si es
cierto que crees en mí de tal manera), yo ansío la prueba completa de
tu fe _en la realidad_, y te pregunto: si quisiese verte ahora mismo
desnuda y si mi afán de tu beldad quisiese tenerte toda entera, ¿te
vería? ¿te tendría?
Cierra los ojos. No contesta.
Al asombro de lo brusco que la ha dejado caer mi voluntad, sucede en su
cara la melancolía de una sonrisa. Con tal angustia se fuerza en
comprenderme, que adivino el proceso de su comprensión á través de sus
párpados cerrados y en la sonrisa que se la va dilatando y haciéndola
expresar una triste y recóndita alegría. Debe de pensar que, en mi
obsesión del «viaje á España», durante toda la tarde he estado meditando
el modo de asegurarme su amor, no importa cómo, contra olvidos de la
ausencia.
¡Oh, la generosa!
Aparto de su bello error el designio mío, en que es preciso que el
engaño la haya de ser irreparable, é insisto con igual lenta pesadez:
--Di, Rocío; dime..., ¿te tendría?
Mi acento, mi crispación, mi rigidez siniestra, mi sorda maniobra de
antes al cerrar el pasador..., todo, todo la confirma el sacrificio de
amorosa que no habré de perdonarla; el sacrificio de pudor á que no
puede negarse sin negarse ella propia en la divina sinceridad que me
mostró más libre en otra noche; el sacrificio de fe que torpe la está
imponiendo el que «por falta de fe para una breve ausencia» se lo
exige..., y la dicha y la amargura al mismo tiempo mantienen en el
silencio su sonrisa.
--¿Te tendría?--acósola implacable, acósola más duro, posándola como
una garra una mano sobre el pecho para más intimación.
La veo ahora abrir los ojos de esmeralda, fijarlos en mí todavía, en
vano suplicadores un segundo, girarlos después con pena al ajado lujo de
este inmundo saloncillo que yo hubiésele elegido por cámara nupcial á
nuestro amor, siquiera digno de otro ambiente..., y á la vez que cierra
de nuevo los ojos y abate y gira la cara al otro lado en la cabecera del
diván para esquivarme los rubores que la abrasan, la oigo ceder á mi
terquedad en un suspiro:
--¡Sí, me tendrías!
Queda á mi merced.
A menos de crueldad, he de ser yo quien la desnude.
Podría envolverla á besos en narcotismos de pasión que salváranla de
frialdad ingrata en el despojo de sus ropas, y sin saber por qué, sólo
acierto, temblando, á empezar á soltar trabas y corchetes por su peto,
por su talle. Suelto un imperdible de oro, en su garganta, temblando.
Suelto unos botoncillos de nácar y unas cintas temblando, temblando.
Temblor de un ladrón que se desliza á las vírgenes purezas de una vida,
pronto la tibia palpitación de estas purezas entre diáfanos encajes me
turba con el sacrílego estupor de un ladrón que lo fuese de la gloria.
Torpe y ávido aparto en el santuario de su pecho los últimos cendales...
Y ¡sí!, ¡sí!..., ¡glorias! ¡Dos glorias han surgido en la sagrada y viva
nieve que me quema!
¡Dos glorias! En una de ellas pesa paralizada de terror divino mi mano
de ladrón, y mis ojos la miran con divino espanto y miran á la inmóvil
virgen profanada que se muere.
¡Ah! Un miedo singular me petrifica. Por un rato no he acertado sino á
retirar la mano del ultraje á pureza tanta; pero mis ojos fascinados van
hundiéndose en la neta realidad de la traición inicua que realizo..., en
la rufianesca sensación de lo brutal, de lo grosero, de lo villano, de
lo cobarde que estoy haciendo con la noble abandonada..., y en la súbita
y colérica indignación de la repugnancia de mí propio álzome rugiendo:
--¡Levántate! ¡Despréciame! ¡Nos vamos!
La silla que ella antes ocupó me sirve para ir á ocultar sobre la mesa,
de bruces, el cieno de sollozos en que rompe mi ser mientras trata de
recobrarse de su nuevo asombro la asombrada..., mientras al fin me
obedece y arregla rápida y sombría el desorden de su pecho.
Esto ha sido mi galantería en el galante restorán.
* * * * *
Al poco estamos en la calle. No llueve. La luna nos alumbra. Dejado á
quien quiera el encargo de conducir la lancha al Tigre Hotel, caminamos
por las mojadas aceras, que reflejan la luz de los faroles, tal que dos
espectros, un poco separados uno de otro, sin habernos vuelto á cruzar
una palabra. Soy yo, cuando queda atrás el caserío y tomamos la avenida
á la sombra de los árboles, quien, como en un soplo de las negras
confesiones de su alma, pronuncia las primeras:
--Rocío, ¿recuerdas?... La última noche que pasamos en el mar te dije
que no me conocías nocías y que pudiera ser un miserable. Muy miserable
en otras noches habíame descubierto á ti la saña de purificación de mi
pasado, y juro que en aquélla parecíame purificado hasta no creer esto
que sigue siendo la verdad: que soy un miserable.
Su confusión es tan grande, que nada puede comprender.
--Un miserable que te ha mentido siempre, siempre...; que hoy también no
ha cesado de mentir, y que con mi última traición, ladrón de amor,
habría querido robarte los decoros entrando de puntillas por tu alma. Ni
está mi hermana enferma, ni es cierto que haya recibido noticia alguna
de Madrid: sólo lo es que jugaba á lo inicuo con todas las purezas y que
soy un miserable.
Me mira, y vuelve á bajar los ojos. La aturdo. No puede entenderme; no
puede creer ladrón de amor á quien la acaba de renunciar de tal manera.
--Escúchame--prosigo--. Juntas nuestras compasiones lloraron demasiadas
veces sincera y pródigamente generosas la miseria y el dolor ajenos, y
la tuya, tan santa, tendría ahora que volverse á mi infinito dolor de
miserable por el daño que me he hecho con el daño que te he hecho.
Habrás de odiarme y despreciarme, y ya ves tú si cábele á crimen alguno
de la tierra castigo más terrible. Pero diciéndote mi infamia, y porque
siquiera me reste en tu desprecio tu piedad, déjame evocar al mismo
tiempo en nuestra historia algo que pueda un poco disculparme. El ratero
de tu amor, mendigo ya únicamente de las caridades de tu alma, guarda,
como las que han estado á punto de servirle de ganzúa, otras palabras
tuyas, á que se ampara al fin un desdichado: «Si me causases un mal
pensaría que me lo causases contra tu voluntad y noblemente.» ¡Ah,
Rocío!, esto me dijiste, y no; noblemente, no; que no admite noblezas la
doblez; pero sí, acaso, y sólo, torpemente.
Hay un monótono ritmo en la desesperación cuando se arrastra sangrienta
y destrozada, y tras un descanso de aliento lo recobro:
--¿Recuerdas?... Al embarcar en Cádiz yo era un enfermo de pesares de la
vida; un hombre enloquecido por la brutalidad del mundo; un místico
visionario de purezas, de ideales, que al huir en las Placer y Eyllin
los escarnios del humano amor que él soñó divinizado, te encontró
divina..., á ti, niña tan niña que llevabas la inocencia del ángel en
los ojos y las trenzas á la espalda. Trece, quince años--supuse yo, que
aun ignoro los que cuentas; una madre, dos venerables sacerdotes y una
virgen del altar guardaban tus candores. ¡Ah, di, Rocío..., para el
pobre ansioso de ideal, para el mísero que con todo su posible sedimento
de vilezas venía arrancado del consuelo de una hermana, ¿podrían
juntarse en ti misma y alrededor tuyo mejores garantías de la lealtad de
su intención?... Como á otra hermana te elegí, por niña, por dulce niña
triste, triste como yo y única que, al no jugar con las demás, amaba las
soledades donde mi corazón podía rendirte adoraciones que no importaba
que nunca conocieses... No sé cuál sucesión de insidias flotantes sobre
nosotros pudo hacer que aquel melancólico leal ansioso de castidades
infantiles, sin notarlo, sin que acertase al menos á estimar el preciso
instante del funesto cambio para haberle opuesto la voluntad que lo
evitara, pasase á ser el mortalmente prisionero del alma y de la vida de
la niña aquella del vapor; no lo sé, y se me ocultará eternamente
incomprensible de no achacarlo á la magia que en la niña, por conjuro ó
portento más incomprensible todavía, consumó la transfiguración á la
mujer que temblaba hace poco entre mis brazos. ¡Oh, Rocío, Rocío..., á
la verdad que si en los amaneceres del mar el genio que iba á operar el
prodigio hubiese querido mostrarnos en proyección de porvenir, la niña
de trenzas á la espalda no hubiese concebido que fuese ella misma esta
mujer dolida que va escuchándole su traición á un miserable!... Mujer:
no eras la mujer..., y esa traición del genio que me engañó en la niña,
contiene la razón, la única razón de sus traiciones... ¿Recuerdas? Yo no
te hablaba de amor; nos hablábamos de almas; nos fundimos en las almas;
por ternuras de las almas te besaron mis labios una vez..., y al fuego
de tu vida se fundieron en las almas nuestras vidas... ¿Recuerdas?... La
mañana dulce, bella..., el negro..., tu desmayo..., mis besos y mi
enorme abrazo de piedad... Supe entonces de mi amor y de tu amor y fué
tarde para desvelarle á la mujer lo que antes no le hubiese interesado á
la chiquilla... Recuérdalo... ¿Lo recuerdas?, ¿lo recuerdas?... A la
chiquilla le había contado pocas mañanas más atrás mi pena de una Laura
que asesinó mis ilusiones, y ahí estuvo mi culpa ó mi torpeza, que ya
debiera quedar inconfesable entre los dos: te mentí; aquella Laura del
Carnaval horrible, no era mi novia: era mi mujer, es... mi mujer.
--¡Tu... mujer!
Detiénese, espantada como si la sima de mi infamia hubiérase abierto en
el camino.
El faro de un automóvil que nos alcanza y nos pasa lanza nuestras
sombras fantásticamente alargadas, á los troncos de los árboles. Su
sirena se aleja resonando en lamento clamoroso.
Y los fantasmas volvemos á marchar--un poco oblicuamente ante mí la
desdichada que lleva roto el corazón.
Yo la he herido. Con la misma calma de ferocidades sin remedio he de
ensancharla las heridas para atenuar en lo posible mi infamia y sus
angustias.
--Laura vive; pero Laura murió y está muerta en mi alma--digo,
arrancándola lo primero el puñal de que mi anunciado «viaje á España»
hubiera de haber sido por Laura que me aguarde--. ¡Nos unió una ley
cruel, y nos separó hace muchos años el desprecio! Libre mi vida y mi
corazón, y sólo mi nombre esclavo de una ley absurda, en la posibilidad
de romper con el divorcio tal absurdo, en este país de libertad á que
veníamos, descansó mi conciencia del dolor de la única mentira (¡de la
única que te he dicho jamás!) al saber que te adoraba. Mas, ¡oh!,
_posibilidad_, no _seguridad_, la mía, escondida en mis tremendas dudas
tuvo que permanecer la indecisión de mi esperanza; y no otro tuvo que
ser también el secreto que le seguí guardando á la niña, cuya voluntad
no se había revelado aún sino en luces de los ojos; no otro el secreto
que mi vergüenza le siguió guardando á la mujer enamorada; no otro el
secreto que para mí propio he ido guardando día tras día entre el ansia
y el horror de que mi consulta á quien pudiera resolverlo en gloria
resolviéralo en catástrofe..., y no otro el secreto, en fin, resuelto ya
en catástrofe, porque mi divorcio no se puede efectuar en la Argentina y
sí nada más en Francia á través de no sé qué dilaciones de obstáculos y
años, que, por forzarte á afrontar esos obstáculos, me acaba de impulsar
á la traición de encadenarte á ellos y á mí por tu deshonra. Demasiado
noble, demasiado pura para mí, á tiempo, afortunadamente, ha podido tu
pureza infundirle al ladrón un respeto religioso. Aborrécele; pero
concédele tu perdón, tu caridad..., á cambio de este papel que esta
mañana recogí y que te patentizará su torpeza más que su vileza.
He sacado el informe. Tal que su llaga un leproso, se lo muestro á la
luz de una farola. Lo toma. Detiénese y lo lee con indolencia triste. Me
lo devuelve...
Seguimos silenciosamente avanzando al Tigre Hotel, que ya se ve á cien
metros.
Nada me ha dicho. Nada que no sea una digna majestad de mártir puedo en
ella traducir.
--Rocío--imploro al pisar la escalinata--, ¿qué piensas de mí?
Y como me retardo, un momento gírase hacia mí, solemne:
--Déjame el espacio de esta noche para que lo piense y sepa contestarte.
--¡Oh, Rocío, Rocío! ¡Siquiera tu piedad!
Entramos.
Mantenida en la dignidad de sus decoros, lo explica breve á su madre la
tardanza.
Al regresar en el tren, ella no desdeña intervenir melancólicamente
alguna vez en la charla á que me fuerzo con Leopolda--la cual, aunque su
discreción lo calla y la mía procura distraerla, comprende que algo
horriblemente ingrato nos sucede.