Confírmase mi antigua apreciación: lo singular de Rocío es la
sensibilidad que hácela vibrar á todas las emociones. De horror se
desmayó en el barco cuando el negro se arrojó al mar, de fe llora
arrodillada ante la Virgen y conmovidísima la he visto por un suceso
lejano que sólo en su corazón de santa podía repercutir de tal modo.
Esperando que vuelva de la misa suelo desayunarme en el _bar_, al sol de
las cristalerías de la azotea, y una mañana se me apareció loca de gozo
para mostrarme un periódico cuyos grandes epígrafes decían:
JACOBO WANSCKA HA MUERTO.--SUS ÚLTIMAS DECLARACIONES.--INOCENCIA
Y ABSOLUCIÓN DE LA MONTSALVATO.
Era la honda impresión de la compasiva que había seguido paso á paso la
tragedia y que inesperadamente se encontraba con un redentor final
folletinesco. Tomado también de compasión, leí los cablegramas--á la vez
que ella volvía á leerlos inclinándose á mi hombro.
Jacobo Wanscka, por una caridad del infortunio menos cruel que la de los
ilustres doctores que querían reservárselo á la horca, ha muerto de la
enfermedad que le aquejaba. Sus arrepentimientos de la agonía, en
solemnes declaraciones al confesor y á los jueces, dejan establecido que
en el asesinato del conde no tuvo la esposa ninguna intervención.
Rica la Montsalvato, esclava de él gracias al adulterio á que la empujó
la desdicha conyugal, y tan noble, sin embargo, que le hubiese odiado al
sospecharle siquiera designios criminales, el amante, para casarse con
la presunta viuda y disfrutar de su caudal, concibió y efectuó el crimen
sin que ella se enterase hasta que el ruido siniestro la atrajo de un
contiguo dormitorio. Seguían pormenores terribles de cómo la infeliz
incluso ignoraba que él hubiese permanecido oculto en el palacio después
de la velada, durante la cual envenenó á su víctima; de cómo,
desconfiando del veneno, el miserable le confió á sus manos el término
del drama repugnante, y de la espantosa escena de amenazas con que al
ser por la aterrada sorprendido la forzó al encubrimiento... Apresuré
estos pasajes, porque sentía á Rocío llorar detrás de mí; salté apenas
al que notificaba que el tribunal de Roma ha cerrado el proceso
proclamando inocente á la condesa, salvo en su mínima culpa de
encubridora por horror, de la que asimismo será absuelta bajo la piedad
del mundo así que ella no tarde en presentarse..., y soltando el
periódico me volví á la que lloraba.
--¡Siempre me resistí á creerla criminal!--sollozó, explicándome
concentradamente su emoción--. Si ella era ya rica, ¿por qué matarle?
Además, hay groserías de la maldad tan increíbles en una mujer fina y
educada...
La exactitud de este juicio me admiró. No sólo por él sentí más el gozo
de ver redimida á la dama delicadísimamente bella que he visto en los
retratos, sino que borró la acusación de absurda que al contemplarlos le
había lanzado á la Naturaleza, capaz de tal monstruosidad inarmónica
entra las líneas nobles de una cara y las líneas nobles de un espíritu.
Por transmitirme su contento no fué á la iglesia esa mañana el ángel en
quien tan bien se acuerdan los bellos trazos del espíritu y los bellos
trazos de la faz..., el ángel que todo me lo deja ver dentro de su
diáfana conciencia.
Sin embargo, generosa de lo grande y de lo exquisitamente impersonal
mejor que de lo que ella pensará que constituyen las vulgaridades
cotidianas, nunca me confidencia, nada de sus proyectos, de sus asuntos,
de su plan de porvenir; y hay en particular una ocupación, entre las que
la enferma madre la deja, la de escribir (tan absorbente ahora que la
hace madrugar y asimismo olvidarse muchas mañanas de la misa), que á mí
me esquiva en el misterio. ¿Qué escribe?... Notas, ó cuentas, ó cartas.
Debo aceptar su reserva como otra sutil delicadeza de la que no quiere
mezclar á nuestra idealidad los prosaísmos, y, no obstante, igual que un
robo de su alma me duele en ocasiones. Tanto más, cuanto que al fin el
nombre temido y ansiado fija nuestra situación: es _mi novia_.
Como por el azar de una conversación, y sin expresos convenios, llegamos
á ser los grandes amigos que se lo comunican todo, desde lo nimio hasta
lo enorme, un nuevo é insignificante azar ha hecho que quedemos novios
proclamados sin necesidad de declaraciones por mi parte. Creyérase que
nos impulsa el Destino antes que nuestra propia voluntad.
Un azar. Nada. O algo que flotase en el aire envolviéndonos, y que á la
simple acción de presencias extrañas cuajó sobre nosotros. Acaeció...
que al mes de llegar no había visitado á ninguna de las personas para
quienes traía presentaciones. Las hubiera roto, feliz de encontrarme con
Rocío anónimo y aislado en Buenos Aires, y receloso de que el trato con
cualquier compatriota que conociese mi estado descubriéraselo á ella.
Pero una de las cartas, de la mujer de mi hermano á unos parientes
suyos, argentinos, me inquietaba, especialmente--porque también aparte y
con cariñosísimo interés habíales anunciado mi visita. Imposible
demorarla. No era de temer que supiesen si soy ó no casado, y fuí.
Amables los señores de Rialta, acogiéronme en familia desde luego,
obligándome á almorzar. Dos días después Rocío y yo, ella con una mano
dulcemente abandonada entre las mías, frente á un ascensor, y en espera
de la cena, charlábamos en un diván de la desierta galería de nuestro
piso; así nos sorprendió el ascensor, dando paso á los señores de
Rialta..., los padres, las tres elegantes hijas..., que venían á
visitarme. ¡Ah! ¿Cómo por un simple título de amigos explicar la
confianza en que me hallaban con Rocío? ¿Cómo corregir la ingrata
impresión causada en quienes creeríanla alguna aventurera de hotel?...
Me rehice; adelanté hacia ellos, les saludé y les presenté:
--La señorita Rocío Hoffmeyer..., mi novia, mi prometida ya, puesto que
será mi mujer dentro de poco.
Halláronla en seguida tan gentil las señoritas de Rialta, que,
celebrando su juventud y su belleza, la rodearon en lluvia de
atenciones. No tardó en llegar Leopolda--avisada personalmente por
Rocío, sin duda para prevenirla. Cenamos todos juntos, y admiré una vez
más los bellos dominios de la hija sobre la pasividad de la pobre madre,
cuyas extrañezas al oír que los dos nos tuteábamos nos hubieran puesto
con los invitados en conflicto. Terminada la cena, los Rialta se
obstinaron en llevarnos al teatro--y al salir, no pudimos eludir tampoco
su invitación de almuerzo al día siguiente. Amables, sí; muy amables.
Parecía que nos conociésemos de largos años.
--¡Adiós, hasta mañana!--me despedí aquella noche de Rocío, detenida un
segundo á la puerta de su cuarto, y confirmándola á solas lo que de los
dos había querido hacer la casualidad delante de las gentes--. ¡Adiós,
Rocío..., mi novia, mi prometida, pronto mi mujer..., tú!!
Con no sé qué congoja, alargándome ambas manos, me ofrecía en los ojos
el alma. Recogí sus manos, recogí su alma, y, ávido de su vida entera,
la estreché toda contra mí y besé sus ojos con el primer beso de pasión
de tantos besos como en tantas noches habían besado las purezas de su
frente.
Desde entonces ha dejado de ser la niña para ser plenamente la mujer. La
transfiguración viene efectuándose veloz, aunque insensible--según todo
en ella se realiza.
No me he dado cuenta de qué modisto la haya podido surtir, ni del
momento en que haya abandonado sus trajes de jovencilla, y el hecho es
que me parece (siempre la más bella) tan _vestida de largo_, además, y
tan alta y buena moza como cualquiera de estas arrogantes argentinas del
Majestic.
No he advertido cuál instante fué el primero en que correspondiesen sus
labios á los besos de mi boca, y ahora nuestras bocas se unen fugazmente
cada noche en despedidas donde sabe glorificar el ángel las lumbres del
amor.
No podría decir cuál minuto marcó el tránsito á la jovialidad expansiva
en la pensativa melancólica del buque, y es lo evidente que conmigo está
sin desagrado en las reuniones á que frecuentemente nos invitan.
Un cambio exterior que no afecta á la intensa sentimental que es á mi
lado. ¿Se debe á que su madre mejora desde hace algunos días, ó á la
confianza con que al fin se ve frente á la vida junto á mí?... A ambas
cosas, de seguro; y sobre sus alegrías... la duda de la posibilidad de
mi divorcio me apuñala el corazón y háceme diferir siempre como un
peligro afrentosísimo mi visita al abogado.
Cierro los ojos, cierro los ojos é insensatamente me abandono á la
delicia triste del ensueño, que acaso no me guarda más que un ridículo y
terrible despertar.
Los Rialta poseen en la Recoleta un magnífico hotel. Allí vamos tratando
á muchas gentes distinguidas: diplomáticos, banqueros, hombres de
negocios; es decir, vamos tratando á sus esposas y á sus hijas--ya que á
ellos, tomados por la argentina actividad que les obliga á pasar las
tardes en las oficinas y en las Bolsas y las noches en el Jockey Club
cambiando mercantiles impresiones, apenas suele vérseles. Sólo á fin de
recoger á las damas con sus automóviles aparecen á última hora en los
teatros; y cuando la solemnidad de alguna recepción los fuerza á
acompañarlas y á cambiar por la levita el habitual descuido de sus
trajes, como en un té donde la otra tarde cantaron la Barrientos y
Caruso, las miran con iguales indulgencias que á niñas candorosas
vestidas siempre de elegantísimas muñecas.
Y sí, niñas candorosas, grandes niñas candorosas, formado el corazón por
el fondo de las rancias virtudes castellanas y el alma abierta á todo lo
moderno, á todo lo mundial, esta contradicción las torna
encantadoramente incongruentes. Viven á la inglesa desde el punto de
vista del _confort_ de sus hogares, sienten en español, menos curiosas
por visitar á España que á Francia y Alemania é Inglaterra, y en francés
gustan al menor motivo de expresarse. Juegan al _tennis_ ó patinan, sin
que las importe lucir las piernas en las cortas faldas, y las mataría el
rubor si un descuido en visita se las alzase encima del tobillo.
Ofenderíalas un señor recién presentado que al día siguiente las
detuviese á saludarlas solas en la calle, y en el salón no tienen el
menor reparo en departir con él acerca del _Moulin Rouge_ y de las
célebres cocotas de París ó de cualquier tema escabroso puesto en boga
desde Europa por libros ó revistas.
Porque, sobre todo, gustan de las conversaciones evocadoras de sus
viajes y de la disquisición culta, de la polémica. Jactándose de la
ultranueva agilidad de su espíritu, libre de los seculares prejuicios
que en el viejo mundo le amodorran, frente á las extranjeras que las
tratan, en este cosmopolitismo bonaerense, muéstranse á menudo
orgullosas de la espléndida democracia de un país como el suyo, donde no
hay que rendir vasallajes á reyes ni señores. Sin embargo, no pueden
olvidar los ilustres apellidos españoles que muchas llevan, y así como
la señora de Rialta me presenta siempre consignando su parentesco con el
conde de Torre-Alba, mi hermano, ella y todas, picadas de
aristocratismo, conocen mejor que yo, sin duda por los retratos de las
ilustraciones y por las noticias de los revisteros de Madrid, á los
descendientes de nuestros históricos duques y marqueses y á los miembros
de nuestra dilatada familia real.
En este ambiente de ingenuidad, doblado de rígidas etiquetas, ha caído
Rocío como un encanto. Su dominio de varios idiomas confírmala desde
luego las simpatías que despiertan su belleza y su bondad. Es admirable
la perspicacia que sabe suplirla con una improvisada mundanidad sus
infantilismos de inexperta colegiala. Más que una niña educada entre
monjas creeríasela una señorita habituada á los refinamientos de un
salón. Ninguna acierta á elegir su adorno para cada oportunidad de
excursión ó de cena ó de teatro mejor que ella; ninguna se conduce con
más gentil desenvoltura de sonrisas y ademanes, y cual ninguna sabe
mantenerse en una equilibrada discreción durante las no siempre
sencillas discusiones que arman las demás.
Desde el tema tenaz de la Montsalvato, por ejemplo, absuelta como
criminal, aunque para estas damas severísimas abominada como adúltera
(sin que la disculpen las maldades del marido, que ahora en reacción de
sinceraciones y en honor á ella detalla la Prensa diariamente), en
términos generales se ha pasado esta noche al del porvenir de la mujer.
Un viejo ex ministro sostenía que no pudiera cifrarse sino en la
reconstitución del hogar, cada vez más destrozado por perniciosas modas
y costumbres, y único semillero de purezas femeninas y de madres capaces
de darle al orden social ciudadanos excelentes. Un joven diplomático,
opinando que el curso de los tiempos les impondrá á las mujeres la
competencia con los hombres en todas las ramas del trabajo y del saber,
concedíale, en cambio, más interés al ideal de verlas libertadas, como
el hombre mismo, que no al de que continúen siendo sus esclavas
virtuosas. Varias señoras han tomado el partido del ex ministro, á pesar
de que alguna, junto á mí, me desliza que en su juventud dieron no poco
que hablar sus hazañas donjuanescas; más como otras, y entre ellas una
culta conferenciante del Consejo Nacional de Educación y una distinguida
señorita concurrente á la Escuela de Estudios Psicológicos, apoyan al
joven, la controversia sobreviene en una greguería adorable cuyo mismo
desorden la encierra pronto en dos extremos inflexibles: el de las que,
sin negar la masculina tiranía, juzgan precisamente exaltado frente á
ella el sacrificio de pudor y virtud de las mujeres, por lo cual nada
deberá cambiarse, y el de las que al sostener la igualdad del hombre y
la mujer defiendan que, ó ellos tendrán que confinarse en los hogares
con los mismos guardianes de virtud que les imponen á sus esposas y á
sus hijas, ó éstas deberán imitarles su absoluta libertad. Recabada mi
opinión, abstiéneme el temor de no saber acoplarla de conciso modo entre
tanta divergencia; solicitada Rocío más insistentemente, halla la
humilde fórmula que á todos satisface: «No cree que esté la solución en
que uno ú otro sexo se inviten á sus falsas posiciones actuales, sino en
un término medio por el cual los hombres cediesen tanto de su despótica
libertad como saliesen las mujeres de su cárcel de prejuicios, hasta
encontrarse dignamente.»
¡Oh! Aun conociendo su talento, la vaga profundidad de tal respuesta
lánzame al nuevo asombro de la gloria de su alma, tan consciente de ella
propia que por nada titubea. Rato después, camino del Majestic, forzado
el taxi que nos conduce á rodar despacio entre la aglomeración de otros
vehículos frente al teatro Royal, ofrécesenos un cuadro que explica la
confinación á que los graves señores argentinos, y los de todas partes,
obligan, con más ó menos éxito de resignación, á sus esposas. No todo en
ellos resulta abnegaciones de trabajo ni indulgencias desdeñosas á las
muñecas bien vestidas, puesto que otras muñecas bien vestidas, no con
tanta honestidad, lindas y congregadas en el Royal como en un mercado de
placeres, van siendo esperadas á la puerta por los mismos autos que
otras noches recogen en Colón honradamente á las honradas... Son las
austriacas, las italianas, las francesas; el doloroso cargamento de
lujuria y juventud que el viejo mundo le envía al nuevo para saciar el
vicio de sus hombres.
Comprende Rocío la significación del espectáculo. Sintiendo la pena del
mercado infame que subsiste en nuestro siglo de cultura, tal que en la
Alejandría de la barbarie, y recordando á las Eyllin y Placer del buque,
á los rebaños de europeas que venían también junto á las monjas,
volvemos los dos á evocar lo que yo la dije un día sobre la excisión
impuesta á la vida torpemente: ó lo espiritual, en la clausura de
renunciaciones de las monjas y en la dorada jaula de resignaciones de
las damas, ó lo tan cruel y tan bestial que estamos contemplando.
El auto nos aleja. Con queda voz le resumo á Rocío, sentada al lado mío,
enfrente de su madre:
--Todo esto no es sino una forma de la incomprensión á que aludí cuando
hube de referirte la mía de otra índole con Laura; y de todo esto hoy
tan desacorde, el instinto bruto de los hombres, la pureza de las damas,
el misticismo de las monjas y hasta el libre sonreír de las rameras...,
fundido alguna vez, por no sé cuál milagro, surgirá definitivo el
porvenir que preveías en tu respuesta.
Llegamos. Entramos en el hotel. Subimos.
Como siempre, retrásase Rocío en la puerta de su cuarto brindándome el
beso de despedida habitual; pero mi beso en plena boca, y en la vasta
sensación de nuestras vidas intensas y diferentes á la vez que parecidas
á todas las demás, es tan hondo, es tan largo, fundiendo desde mis
labios á sus labios todos los misticismos y purezas y sensualidades de
las vidas de los dos, incendiando desde el fondo de mi ser el exaltado
afán que en esta noche me invade por saber si la prodigiosa conciencia
de Rocío es en verdad tan firme que por nada titubee..., que ella tiene
que cortarlo, reclinándose al muro mareada de delicia. Retenida su mano
en mi mano, contemplo las gallardas líneas que recorren su estatua hasta
los pies.
--¡Qué bella eres! ¡Toda!
Sigo contemplándola, sigo envolviéndola en lo que es otro inmenso beso
de mis ojos, nuevo para la casta novia del novio singular que nunca la
habló ni la besó sino como hermano, y sobre el rojo anhelo de sus labios
sus ojos bajos me esquivan el rubor de su sorpresa.
--¡Qué bella eres toda, toda tú! Una mañana de aquellas de nuestro
amanecer de almas en el mar sentí en tu camarote los grifos de tu baño,
y cuando saliste estuve para haberte dicho que habría sabido contemplar
tu desnudez con idénticas purezas que á tu alma. Así, bajo estas sedas,
te estoy ahora imaginando desnuda, purísima y perfecta.
Se estremece. Aumentan la confusión y las lumbres de su faz. Mas no
cedo, no quiero ceder, y la reprocho:
--¿Te inquieto? ¡No osas levantar tus ojos á los míos! ¡Ah! Mira, no dí
en casa de Rialta mi opinión de la mujer, de la religión de amores que
guarda el porvenir y que ya en nosotros se presiente, porque no habría
acertado á formularla con las grandes sencilleces de la tuya; la misma,
sin embargo: la de la pagana cristiana sin sonrojos de su alma ni su
carne, hechas por Dios, y sin ese pudor, por consecuencia, que á solas
conmigo te impide confirmar que sea él una de las cadenas de prejuicios
de que hablabas hace poco. ¿Te engañabas antes, al decírselo á las
otras?
--¡No!--expresa, comprendiendo al fin la intención de mis audacias y
entregándome en la firmeza de la voz y de los ojos la brava seguridad de
su conciencia.
--¿Qué significa, pues?
--Si lo prefieres, y para ti, para nosotros--sonríe, torturada en
humildad--, llámalo «emoción», sencillamente.
Estremecido yo ahora de grandezas, quedamos mirándonos, fijos, serenos,
con una serenidad trémula de majestades de la Vida.
--¿Crees en mí?
--¡Como en Dios!
--¿Por encima de toda clase de desconfianzas, por encima de toda clase
de temores?
--Sí.
--¡Aunque hubiera de causarte algún mal!
--Aunque hubieras de causármelo; pensaría que tu nobleza me lo causase á
pesar tuyo.
--¡Ah! ¿De modo que crees en mí incluso por encima de pudores, por
encima de prejuicios?
--Incluso por encima de pudores; incluso por encima de prejuicios.
La acoso--por ver su serenidad cuánto resiste:
--Entonces, ¡ah Rocío!..., ¿si quisiera mi antojo verte desnuda alguna
vez?
No vacila. Unicamente al contestar vuelve á bajar los ojos.
--Me verías.
--¿Y si en la alucinación de tu beldad--apuro yo hasta lo cruel--ansiase
mi pasión tenerte toda entera?
Se acoge toda roja al refugio de mi hombro y responde en un suspiro de
su mismo corazón:
--Me tendrías.
Lo ha dicho con sublime sencillez la purísima, la virgen. Humilde y
confiada, su frente háceme en el hombro sentir la de una diosa. Reposa
su dignidad en mi dignidad. Ambos callamos.
Es mía y es mi preciadísimo tesoro. Es alma, clara alma de cristal desde
la frente á los pies; un alma que en su abandono pasa dulce sobre mí el
inmortal peso de la Vida, y con la eucarística unción que á una divina
alma que se podría romper, beso su frente; besa ella, santa, mi mano, y
así nos despiden en esta noche los dos besos más castos que hayan podido
cambiar jamás nuestras noblezas.