SEGUNDA PARTE

I

Recorremos la ciudad con el encanto de unos ingenuos viajeros

complacidos en ir descubriéndola sin guías.

El azar nos cambia sus aspectos.

Recibidos desde el buque Avenida de Mayo adelante por un bulevar lleno

de carruajes, de palacios, de una animación completamente europea, fué á

la siguiente noche la magna fiesta patriótica que nos aumentó el asombro

con el espectáculo de una iluminación de magia, como si Buenos Aires se

alumbrara en el opulento incendio de sí mismo. Abierta la Argentina á

todos los progresos y en plena y pujante formación, á fuerza de dinero

importa á ella cuanto no tiene ni produce de lo más perfecto del mundo:

si necesita escuelas, teatros, hospitales, envía una Comisión adonde se

encuentren los mejores, y construye lo mejor de lo mejor; si quiere

recrearse con los reyes del teatro, contrata, como sucede ahora, á

Caruso, á la Paretto y la Guerrero; si desea para un jardín el prodigio

de una estatua, le paga á Benlliure otra _Dilecta_, ó á Rodin otro

_Penseur_.

Estamos en un país al que nada más le inquieta lo fastuosamente positivo

del dinero y las riquezas. Así, al hojear en el Majestic los periódicos,

alguien nos informa que sobre el frontispicio del alcázar de uno de

ellos hay una sirena que, cada vez que resuena anunciando nuevas

trascendentes, rompe en un kilómetro á la redonda los cristales--por lo

cual el Municipio le impone al periódico una multa de diez mil pesos,

sin perjuicio de que vuelva siempre á tocarla y á pagar; así nos dicen

que el Jockey Club es el Círculo más lujoso de la tierra, porque dispone

de unos cuantos hipódromos que le rinden millones cada año, y así, al

cruzar diariamente la Avenida, los inmensos carteles de las fachadas y

las vallas, luciendo también cifras de millones y millones de pesos, nos

hablan insolentemente del poderío de un emporio comercial.

Tierras, ganados, tabacos, buques, Bancos, explotaciones, nuevos

periódicos que se fundan para anunciar más con las planas á mil pesos...

Y pesos, pesos, pesos siempre; fija preocupación en las conversaciones

de los que corren las calles al apremio del negocio y en las de los que

descansan de los negocios en las terrazas de los cafés preparando otros

á copas de vermú.

La grandeza singular de Buenos Aires empezó, pues, anonadándonos un

poco; un poco, sí, como hecha para glorificar exclusivamente los

prácticos dominios de la vida..., como hecha expresamente para arrojar

de ella á dos ilusos soñadores. Huyéndole al tráfago mercantil nos

alejábamos del centro y por todas partes nos perdíamos en la infinita y

como provinciana calma de unas calles rectas y desesperadoramente

iguales, de casas de dos pisos, á kilómetros y kilómetros, cortándose á

cuadros con el implacable rigor de un tablero de ajedrez. Habríamos

jurado que Buenos Aires no fuese sino una vasta factoría adonde las

gentes del mundo entero llegaran de pasada á enriquecerse.

--Mire--solía decirme Rocío al bajar del coche en la acera del Majestic

é indicándome el cuadriculado del asfalto--: ¡el plano de la ciudad!

Sin embargo, la recorríamos, la recorríamos buscando al azar dentro y

fuera del dédalo geométrico sus remansos de hermosura, y no tardamos en

hallarlos: la calle Florida, madrileña carrera de San Jerónimo, llena de

joyerías y de bazares, donde pasea á pie la elegante juventud; Palermo,

espléndido parque de lagos y de selvas, en el cual desfilan los lujosos

trenes que no se ven por otros sitios sino en rara dispersión; el

_Palais de Glace_, un magnífico _skaating_, sobre cuyo hielo gustamos

Rocío y yo de patinar al ritmo de la orquesta; el río Tigre, en fin, de

aguas profundas que surcamos con ligerísimos esquifes y de paisajes

soberanos á los cuales nos lleva un tren cruzando interminables campos

de _sports_ donde los bonaerenses corren á caballo ó juegan al _tennis_,

al _polo_ y al _foot-ball_, en un británico culto á la higiene, todos

los domingos.

Así reconciliados con Buenos Aires, fuimos entrando, á través de su

grandeza material, en la grandeza generosa y joven de su espíritu.

Celebran Rocío y Leopolda la facilidad con que me adapto á la costumbre

argentina de guardar los billetes en el bolsillo del pantalón para

sacarlos á puñados, arrugados y revueltos; ellas también se van

habituando á llevarlos sueltos en las escarcelas, con el pañuelo, el

espejito y la caja de polvos, y los tres á la cierta _sorpresa europea_

que al principio nos causaba el verlos pródigamente correr de nuestras

manos.

País éste de paradoja, se llama de la Plata, es el de la riqueza y el

dinero, á no dudar, y lo único que le falta es la plata, ó lo que es lo

mismo, el dinero; lo representan los sucios billetes que nada valen, y

todo, en cambio, cuesta un dineral--que tanto menos se regatea cuanto

que parece que se paga con viejos papeles inservibles: un paquete de

bombones, diez pesos; un par de horas de «taxi», veinte; el hotel,

sesenta diarios para ellas y cuarenta para mí..., sin contar los otros

cuarenta ó cincuenta á que semanalmente ascienden las gratificaciones

repartidas á los camareros del comedor, al camarero y la camarera del

cuarto, al portero, á la telefonista, á los ascensoristas...

Pero nuestras _alarmas europeas_ se calman al considerar que un peso

equivale á diez reales solamente, y que hasta las clases más modestas,

viven confiadas á parecidos rumbos en un medio cuya característica,

quizá por desconocer la avaricia del dinero positivo, es la esplendidez

que directa emana de la abundancia del trabajo y de las cosas. Noble

concepto de una nueva Economía que le explica á Buenos Aires su joven

alma generosa.

Se desconoce la tiranía de ahorrar, por lo mismo que el ahorro es fácil

y compatible con la cotidiana comodidad de la existencia. La enorme

población que al principio tiende á aturdir con los faustos de un París,

y que aspira á ser la Nueva York de la América del Sur, es mucho menos

todavía; y, sin embargo, con su financierismo propenso á democratizar la

riqueza y á desterrar «iniquidades económicas» es ya, acaso, mucho más,

aun en medio de la monstruosidad de todo gran conjunto--porque

representa la naciente Arcadia donde la Humanidad va afirmando sus

decoros. No hay mendigos, no hay ladrones, y se inicia el respeto á la

mujer: florearlas en la calle está prohibido bajo multa.

Hasta las propinas las saben aceptar los serviciarios sin el servilismo

esclavo de Madrid, sin el servilismo fino de París, donde al que las

recibe puede el que las da llamarle «animal» al propio tiempo.

Mandé la otra tarde al chiquillo de un restorán, por un coche, y se

excusó de ir porque llovía; acertó á pasar uno, y lo tomó _para él_ el

mozo que acababa de servirnos y que ya se retiraba. Asombros, en Rocío y

en mí...; asombros sin enojos, en la buena, hacia el hombre

independiente que no se juzgó forzado á atenciones con extraños una vez

su obligación cumplida, y hacia el discreto muchacho que despreció el

peso con que habríamos querido lanzarle á mojarse en nombre nuestro.

--Hacen bien. ¡Oh! ¡Claro!--aplaudió Rocío. Y por castigarse en la

intención, llamó al chico y le dió el peso, con pretexto de la vuelta

de un periódico.

Asombro como el que en otro orden y en otra tarde nos produjo una

especie de rusita elegantemente vestida de pieles y que nos saludaba al

cruzar patinando á nuestro lado en el _Palais de Glace_. No la

conocíamos. Al día siguiente, la gentil patinadora me despertaba con el

desayuno en el hotel, y se reía de mi torpeza: era la francesa doncella

de mi cuarto, la que debe de sacar doscientos ó trescientos pesos

mensuales.

Cuando se lo referí á Rocío, comentamos el suceso, comprendiendo por

primera vez que en algún hotel del mundo haya lindas doncellitas que

puedan servir á plena dignidad.

Así, tocadas de blancas cofias, las vemos diligentes, como monjas de una

religión noble del trabajo, por los corredores de este entonado Majestic

que dijérase que sólo alberga diplomáticos y reinas.

Harto á diferencia que en el buque, nadie se preocupa de nadie; aquí

cada cual confínase en su gravedad cortés y en sus relaciones amistosas.

Joyas, sedas, escotes esculturales, desfile de lujos en bizarras

toaletas de las damas. Apenas Rocío y Leopolda dan una nota de casta

sencillez con sus trajes hasta el cuello, y todas miran simpáticamente

extasiadas la beldad niña de mi amiga. Creeríamos haber definitivamente

dejado el mundo de las frívolas miserias si no fuese porque también,

desde el momento de llegar, la charla de las encopetadas familias por

las inmediatas mesas del comedor nos sigue acosando con ese crimen de la

Montsalvato, que nada nos importa. Impórtale, por lo visto, al orbe

entero. Los periódicos mantienen la estúpida obsesión hinchando

cablegramas sobre que no era la condesa la aprehendida erróneamente en

Nueva York (sin duda lo que Lambea me contó en el mar la última noche) y

de que sea tifus ó no lo sea la grave enfermedad que en Roma tiene á

Vanschka á punto de morir antes que hubiese de ser afrontado y ahorcado

con su cómplice...

¡Oh, el interés mundial que inspiran los científicos empeños y los

cuidados exquisitos con que un concurso de doctores obstínase en salvar

al pobre diablo! Insiste, insiste y detállalo todo la Prensa en tono

sentimental. De día á día relata los análisis de sangre que efectúan los

Laboratorios y Academias para encaminar mejor la curación, los desvelos

paternales y las frases de ánimo y cariño de los médicos ilustres al

enfermo y las tiernas gratitudes de éste..., cual si se tratase de un

héroe esperado por la gloria... Y como no puede ser más repugnante la

macabra caridad de arrancarle un hombre á la muerte sin otro fin que

entregársele al verdugo..., Rocío y yo, leyendo al menos con interés

esta incidente monstruosidad social del célebre proceso, sentimos una

tristeza que nos hace temblar y nos ahoga.

Siempre la misma desorientada interrogación de sus ojos á mis ojos. ¿Por

qué tanta inconsciencia de maldad ha de ser inevitable?

No atinamos á saberlo.

Lo intentamos, y no logramos comprender por qué. A lo sumo venimos á

parar á mi vaga adoración de la Naturaleza, que los ciegos hombres no

quieren imitar. No habría ferocidades de lobos, suponiéndolos

intelectuados, de ese refinamiento que con el manto piadoso congrega á

toda una sociedad cristiana contra un sentenciado inerme.

Sufre mucho Rocío, y, arrebatándola los periódicos, la hablo de mis

encinas, de corazón menos dura que el de las gentes, y de mis anchos

valles de España, donde está eternamente aguardando almas dolorosas un

templo humano del Amor... Y entonces, desde el mundo que es igualmente

horrible en todas partes, nuestras ansias de ideal vuelan á perderse en

los lejanos campos españoles de encinas, de flores, de cielo, de paz.

--Una noche, un lobo...--la cuento, por contarla historias de

pastores...

Mas ¡ah!, mi cuento no suele ser sino una cobarde desviación del

infinito miedo á acabar de decirla que sólo ella es en aquel templo la

esperada..., del íntimo terror de no saber si haya de resultar posible

la liberación legal que acaricié con el divorcio y que me hace retrasar

todos los días para el siguiente la consulta á un letrado cuyo juicio

negativo hubiera de dejarme en miserables desnudeces ante la angélica,

tan bravamente entregada siquiera á mi amistad. Canónico y civil mi

matrimonio, no admitirá quizá otra anulación que la civil; y...

¿avendríase á un enlace civil, y en tales adversas condiciones la tan

hondamente religiosa?... Cuando por las mañanas la veo volver sola de

misa, siento mayor angustia que si continuase ella bajo los sutiles

catequismos del P. Ranelahg.--«¡Buenos días!»--la digo besándola, la

frente, que nunca se me niega (hermana, hermana confiadísima á mi

amistad desde los besos del vapor...), y mis besos de ahora me amargan

como los de un farsante que pronto hubiese de quedar al descubierto.

Horrenda ya la duda, cierro los ojos á su espanto, me abandono á la

espiritual delicia con la hermana, agravando al paso de las horas

nuestra falsa situación, y en vano envidio á los pájaros--libres de

leyes que no les fuerzan á ser innobles, como muchas veces á los hombres

cuando más bajo la amplitud del cielo se querrían ennoblecer.

Pero es el hotel una artística jaula de hierros y cristales, de cinco

pisos, con un _hall_ central en el bajo, sobre el que van abriéndose las

abarandadas galerías de los demás hasta la diáfana techumbre que se

azulea de cielo, y en la tibia claridad de su interior, al menos, Rocío

y yo volamos como dos pájaros á todos los rincones.

No sólo por hábitos de la yanqui educación de Rocío, sino también porque

las vigilancias de la madre le fueran humillantes á la hija, capaz de

guardarse en su propia dignidad, Leopolda, atareada con sus ocupaciones

ó rendida con sus nervios, no se inquieta de nosotros.

Unas veces, pues, estamos en el _hall_ hojeando revistas, y de pronto

subimos al sol de la azotea, pasando por mi cuarto á recoger unos

gemelos para mirar panorámicamente la ciudad; es la hermana, sola

conmigo, que entra en mi aposento sin vacilaciones, sin malicias, sin

necesidad de ninguna invitación.--¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por

qué, teniendo ella más pureza y más espíritu, un equívoco pudor habría

de contenerla en la puerta con menos dignidad que á la doncella que me

lleva incluso al lecho el desayuno?--Otras veces descansamos en las

galerías del segundo piso, al pie del comedor, esperando para la mesa á

Leopolda, ó después de la cena tomamos el té en las mismas galerías

oyendo al gran violonchelista que figura en el sexteto y viendo la

exposición de lujos que forman al fin las damas al desfilar hacia la

ópera; los ascensores no cesan de bajar y subir; las que cruzan no dejan

de mirar á esta bellísima amiga mía que, aunque ya no luce las trenzas á

la espalda, se peina de un modo juvenil, y que gusta más de la

conversación conmigo que no de los teatros; y como á la media hora la

deserción alrededor nuestro es completa y han ido apagando muchas luces,

y Leopolda se ha retirado á algún quehacer de sus estancias, Rocío y yo

quedamos en la semiobscuridad y el abandono, y muchos ratos, oyéndola

decir cosas de ensueño ó escuchándola leer cualquier libro en el

estrecho confidente, reclino la cabeza en su hombro confiado á mis

dolores con ternura igual que el de aquella Elena hermana cuyas cartas

leemos juntos según vienen de Madrid.

No sé de nada tan dulce ni tan noble como el hombro de Rocío, como la

seda y el perfume y la tibia vida de esta niña, como la divina confianza

de esta criatura-arcángel que nos convierte en dos inocentísimos

chiquillos, á pesar ó por lo mismo que no desconoce ella mi pasado de

barbarie y que no olvida la memoria de mi pecho y de mis brazos los

encantos sentidos en la espléndida mujer el día que hubieron de

recogerla desmayada.

Olvido esos encantos, ó los exalto sin olvido en la misma castidad, y

juego con la mano que ella á veces me abandona; y como la mano de flor

es acariciada á un tiempo por mis manos y mis ojos, en el marfil blando

de los dedos descubro muchas noches sombras de tinta, que no desaparecen

bien á pesar de todos los cuidados, y que creeríanse la impregnación de

quien asiduamente coge la pluma con más absorta atención á escribir que

á no mancharse. Una mañana, en efecto, al entrar en el salón que separa

frente á frente las alcobas de ella y de su madre, la he sorprendido

escribiendo..., escribiendo grandes pliegos que se apresuró á ocultar en

la carpeta. Cierto estoy de que no cesa en tarea tal todas las mañanas.

Ocupación que me la roba algunas horas. Comentarios á sus libros, tal

vez...; aunque al interrogarla me ha dicho que son cartas y notas de

asuntos que lleva ella por ahorrarle á la pobre madre la molestia... Sí,

sí, bastante también podría explicar la indolencia de Leopolda su triste

enfermedad, que casi la incapacita. Más que la cariñosa directora de

Rocío, dijérase la dirigida por la niña afortunadamente tan sensata. Así

comprendo que en la última noche del buque fuera Rocío quien decidió si

aceptaban ó no las ofertas del P. Ranelahg.

Éste ha venido á reiterarlas su interés en dos ocasiones--un noble

interés nacido, acaso, hacia la niña indefensa, sobre la misma

comprensión de las bondadosas inutilidades de la madre; y desde la

segunda, porque almorzó aquí, y yo, naturalmente, no tuve por qué

desertar de la mesa, no ha vuelto.

¿Sospechó quizá, anticipándose á la realidad, que yo sea el novio de

Rocío, y que en mi lealtad también haya encontrado el ángel la

protección que haga innecesarias las demás?

¡Oh, cierro, cierro los ojos del alma y de la cara cuando pienso ésto

sobre el hombro de la confiada hermana noble, y háceme temblar el alma y

el corazón y todo el ser la idea de la responsabilidad que acaso he ido

acumulando sobre mí con tanta, insensatez, con tal encadenamiento de

insensibles ligerezas!

Porque es cierto que yo no soy el novio de Rocío ni á nada aun con ella

me he comprometido de un modo expreso...; ¿pero dónde encontrar más

abominable traición que la de mis torpezas con el ángel cuya fe para

entregarme su alma toda entera no ha necesitado convenios ni promesas de

palabras?

Sí sé por qué: Novela · 第 17 / 27 题